Temporada I. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 5

Despierto gracias a la alarma, pero me siento tan fatigado que quisiera seguir tendido en la cama y no levantarme hasta que sea en verdad muy tarde.

Me muevo y arrastro hacia abajo las sedas que cubren mi cuerpo. Restriego mis ojos con el revés de las manos y al abrirlos, mi mirada está fija en mí. Lanzo un bostezo, soy incapaz de levantarme, pero la alarma sigue sonando y recordándome que debo estar levantado para cumplir con mis actividades de hoy, entonces me estiro e incorporo sobre la cama hasta salir completamente de las sábanas y me dirijo a la ducha.

Después de unos minutos me encuentro frente al closet, escogiendo algo no tan formal. Al estar listo busco el móvil y salgo de la habitación. Continúo por el pasillo, la puerta de la habitación que asigné a Bill permanece entre abierta y me detengo en seco. La curiosidad me llama, incapaz de dejar pasar la oportunidad, asomo un poco la cabeza y veo unas cuantas prendas en el suelo —entre ellas mi camisa—, el cubrecama caído por una de las esquinas y una maraña hecha con las sábanas y cojines que están sobre su cuerpo.

«Que horrible manera de dormir» pienso.

Me adentro en la habitación, deteniéndome junto a la cama, justo del lado donde está durmiendo. Noto que su cabello está ligeramente revuelto sobre la almohada y unos cuantos mechones le cubren el rostro. Mi mano se dirige hasta él y mis dedos acarician su cabello oscuro hasta que le retiro los mechones del rostro, soy consciente de lo perfecto que es incluso dormido.

¡Dios! Tan solo hacer esto, recuerdo nuestro momento en la piscina.

Puedo asegurar que hoy me evitará a toda costa, pero sé que Bill no podrá resistirse por mucho tiempo. Anoche su cuerpo reaccionó ante mi cercanía. Es cuestión de buscar la manera de seducción a la que él responde, seguir el patrón hasta atraerlo lo suficiente y no soltarlo.

Lo he dicho, le tengo planes a ese chiquillo.

Bill se mueve sobre la cama y arruga la nariz como si algo le molestara, doy un paso atrás y le miro hasta retroceder lo suficiente. Aparto del camino la ropa que yace en el suelo y una de sus prendas despierta mi curiosidad por saber con qué tipo de ropa llenó el clóset, pero no soy para acercarme a mirar, prefiero ser sorprendido por él. Hoy pretendo llevarle a conocer la mina de oro que alimenta mis lujos, así que espero un estilo único para la ocasión.

Salgo de la habitación dejando la puerta abierta a mis espaldas. Miro la agenda en mi móvil y hoy solo tengo pendiente ese recorrido en el hotel. Como no tengo nada más que hacer en la ciudad, volveré a casa y agotar los espacios vacíos de la agenda hasta dentro de un mes.

Sigo por el pasillo y al bajar las escaleras me encuentro con Steve.

—Llama al aeropuerto, que tengan listo el jet a las cinco— le digo sin siquiera permitirle el darme los buenos días—. Prepara mi equipaje ligero. Quiero regresar a California cuanto antes.

—Entendido, señor— asiente y deja de bloquearme el paso—. ¿Va al hotel?

—Así es. Iré a informarme de cómo van las cosas— me encamino al comedor, donde ya me espera el desayuno—. Steve, ¿serías tan amable de subir y despertar a Bill? Que se aliste y baje a comer algo de inmediato, quiero estar temprano en el Bellagio.

—Claro que sí, señor— asiente—. Por cierto, ya envié a la tintorería la ropa que dejó afuera— dice en voz baja y le reprendo mediante una mirada. Se disculpa y va escaleras arriba a por el Bello Durmiente.

Me molesta que se haya atrevido a decir eso. No tengo porque aclararle las cosas, anoche no me importó vestirme nuevamente para entrar a la casa, pero me hace pensar que se ha hecho de ideas acerca de por qué incluso la ropa de Bill yacía húmeda cerca de la piscina.

Bebo un poco de café mientras reviso el correo electrónico entre otras cosas, me llegan varias invitaciones de intercambio de pareja, las rechazo todas pues aún no he involucrado a Bill en eso.

Acabo con todas las notificaciones y por último atiendo un correo de voz, Amara lo ha dejado.

«¡Tom, querido…! ¡Hermosa velada! Jace y yo estamos satisfechos con nuestro encuentro de anoche, ambos coincidimos en que nos hubiese encantado ir a un apartado contigo y tu delicioso acompañante. Me encanta lo inocentón que es Bill, hace que mi corazón se derrita de ternura, pero, por otro lado, sé que tiene potencial para esto. Lo veo en sus ojos y sí que es ardiente. Me encantó verte de nuevo, y me encantó conocer a tu nuevo acompañante. ¿Repetimos?»

Voy a enviarle una respuesta en un texto, pero en eso, un débil carraspeo llama mi atención. Bill se acerca al comedor, toma asiento muy lejos de mí y se limita a mirarme. Viste de negro casi por completo, excepto la camiseta, que es una combinación entre gris y figuras negras. Se ve impresionante. Creí que tardaría un poco más en arreglarse, esta vez no tiene los ojos maquillados, está diferente y demoró menos tiempo debido a ello.

—Buen día— saludo, pero me ignora. Steve le acerca un plato con frutillas y un vaso con zumo de naranja—. Dije algo, Bill.

Me mira… me mira. Se llena la boca con pequeños cubos de frutillas y sigue así, despreocupado y sin hablar.

—Bill…— insisto.

Me ignora. Ahora fija su vista al frente y sigue comiendo.

Con qué estas tenemos. Cruzo los brazos sobre la mesa y mantengo la mirada fija en él. Me gustan los retos y Bill se ve como uno muy interesante.

El silencio sigue entre nosotros, ni siguiera me mira, procura pasear su vista por todos lados mientras sigue comiendo. Veo que ha quitado las manzanas de su plato y me da curiosidad el que lo haya hecho.

—Con que no te gusta el fruto prohibido, ¿eh?

—Me da la alergia— añade sin emoción al terminar de comer y deja caer el tenedor sobre el plato.

—Veamos… En la cena de anoche fue la pimienta y hoy las manzanas, ¿a qué más eres alérgico?

—A ti— gruñe por lo bajo.

Pese a que sus palabras y la forma en que lo ha dicho, logran molestarme mínimamente, me hace gracia el que diga ser alérgico a mí.

—Te recomiendo que informes a Steve de eso, pero respecto a mí, me temo que no podrás hacer nada, Precioso.

Me lanza una mirada fugaz, veo lo enojado que está y cómo intenta disimular que no le jode. Su vista se detiene en la mesa. Me pongo de pie, le hago una señal para que me siga, pero no se levanta. Le toco el hombro dos veces y sin siquiera mirarme, se levanta de su asiento para seguirme el paso.

—Ya le tienen el auto listo— dice Steve cuando me cruzo con él en el corredor. Le dedico un asentimiento para agradecerle.

Nos dirigimos afuera y sedo el paso a Bill para que se acerque al auto. Parece impresionado. Al menos ver que su mirada destella ante el lujoso vehículo —estoy seguro de que lo considera así—, pero no es para tanto, tan sólo se trata de un Lexus en color rojo. El auto más discreto que poseo.

El chofer hace ademán de abrir la puerta, pero levanto una mano para indicarle que no lo haga.

—Conduciré hoy. Gracias Wallace, puedes retirarte.

Asiente con un suave cabeceo y sale de mí vista después de entregarme las llaves. Abro la puerta de copiloto e invito a Bill a acercarse. Me mira con desconfianza y tuerce los labios ligeramente hasta que no muy convencido entra, pero es él quien cierra la puerta. Sin quitarle la mirada de encima, rodeo el auto hasta adentrarme en el.

Los primeros cinco minutos que llevamos dentro, hay un silencio bastante incómodo. He mirado fugazmente a Bill y le he sorprendido haciendo lo mismo. Avergonzado, vuelve el rostro hacia la ventana para perder la mirada por el camino.

—Tengo una sorpresa para ti, pero la verás después de ir a donde quiero llevarte— menciono rompiendo el silencio y me detengo en un alto, aprovecho para volverme a verlo.

—No creo que tus sorpresas sean de mi agrado.

—¿Lo dices por lo de anoche? Eso no era una sorpresa. Como sea, sé que ésta te gustará.

Avanzo en el cambio de luz y él se mantiene callado. Vamos por la autopista un rato más hasta que llegamos al Bellagio, el hotel casino que me pertenece por herencia.

Bajo y espero a que Bill salga y se ponga a mi lado. A lo lejos el asistente de mi padre deja de hablar con uno de los botones y se dirige a mí a la par del hombre del valet parking.

—¡Hola, Tom! Bienvenido, ¿llegaste esta mañana? —me saluda Luche estrechándome la mano.

—Llevo un par de días aquí. De hecho, anoche estuve con unos colegas en el MGM— sonrío tras recordar y le dirijo a Bill una mirada cómplice. Me hace una especie de gracia recordar lo nervioso que estaba él y lo impresionado que se mantuvo ante tanto lujo en la cena de anoche.—. Con cuidado— digo al hombre del valet antes de que suba a mi auto y desaparezca en el estacionamiento.

—¿Algo novedoso que nosotros podamos mejorar?

—No, todo igual que siempre. Bill nos mira sin entender nada.

—¿Y vas a quedarte hasta fin de mes?

—Esta noche regreso a California, así que cualquier cosa, solo por teléfono. No me gusta que mi padre sepa que estoy aquí, en cuanto lo sabe intenta inmiscuirme en el trabajo y yo realmente estoy huyendo de esto. Hay eventos importantes este verano y quiero estar totalmente disponible. Quizá después pueda venir y cumplir mis funciones.

—Me parece espléndido— intenta sonreír, pero sé que está inquieto con la presencia de Bill.

—Tranquilo, Luche, él viene conmigo. Necesito que alguien le de un recorrido por separado,

¿mandarías a alguien?

—Dame un momento— toma su móvil y marca un número, se aleja un poco para continuar la llamada.

—Ni creas que aceptaré una niñera— dice Bill mordazmente junto a mi oído.

—No es una niñera, es un guía— justifico y le dedico una media sonrisa—. Y te enseñará cada rincón del hotel, aún que claro, el penthouse te lo mostraré yo— vacilo un poco al acercarme y le toco el rostro, pero Bill pone distancia inmediatamente y me clava una mirada intimidante. Sin embargo, él no asustaría ni a su propio reflejo.

—Acompáñenme— indica Luche y nos encaminamos a la recepción.

Alguien espera a por Bill, es otro de los asistentes de mi padre. Le digo que dentro de un par de horas quiero verlo en el penthouse y entonces nuestros caminos se dividen. Él no sabe qué hacer, sigue el paso del empleado mientras me mira por encima de su hombro exigiendo una explicación, le lanzo un guiño y sé que eso lo desconcierta.

Le sigo hasta donde me alcanza la vista, niego divertidamente con la cabeza y empiezo el recorrido con Luche, quien me muestra una de las bitácoras que lleva en su libreta. Hay varios asuntos pendientes, rápido me las ingenio para hacerlo todo de una buena vez. Nos dirigimos a las piscinas. Creo que es necesario un cambio en el snack bar, algo más moderno con temática hawaiana por la noche. Pienso que se vería genial hacer un luau el primer día del verano, algo único para los huéspedes. Sí, sería algo magnífico. Cambiaré el uniforme de los empleados y puede que incluso se haga el recorte de personal.

Todo aquello es apuntado en la libreta de Luche para después ser aprobado por mi padre.

El itinerario es largo, pero me las arreglo para ordenarle las ideas y propuestas a Luche para poder darme un respiro. Hacer esto tres veces al mes no me molesta, mientras haya dinero en mi tarjeta de crédito al final del día todo, marcha bien. No soy del tipo de persona que despilfarre el dinero en cosas que no son necesarias, pero confieso que puedo dejarme llevar. Nada es lo suficientemente costoso para mí, y lo cierto es que tengo una pequeña obsesión; algo que en verdad valga la pena,

merece todo mi esfuerzo y medios para conseguirlo a como de lugar. No me gusta quedarme de brazos cruzados. Si lo quiero, lo obtengo.

Después de unas horas terminamos los pendientes, Luche queda de enviarme algunos mails con el desempeño de los empleados para que determine si serán despedidos o hacemos intercambio con otros hoteles, para que me comunique con los de recursos y se encarguen del resto.

Nuestros caminos se dividen, él va a por mi padre yo me dirijo al último piso del hotel. En el camino todos me reconocen, saludan sonrientes y demás, mostrando ser eficientes en su trabajo porque saben que puedo echarlos a la calle. No correspondo sus saludos, sigo caminando hasta el ascensor. Oprimo el botón de último piso y me encuentro ahí en unos instantes más.

Hay un botones esperándome para abrir la puerta, pero no le permito que entre para explicarme los cambios de la remodelación que pedí hace tiempo, porque puedo notarlos desde el pasillo. Ahora todo es más lujoso. Los colores juegan muy bien con toda la decoración. La grandísima ventana da una estupenda visión a la ciudad y a la fuente de aguas danzarinas que pertenece al hotel. Me acerco al mini bar y me preparo algo para después acercarme a la ventana, escucho la típica canción de Las Vegas —aquella que canta Elvis Presley—, la fuente de aguas danzarinas acaba de empezar el show y desde arriba todo se ve impresionante. Si Bill estuviese aquí, para ser más exactos, de pie frente a mí, podría yo mostrarle lo maravilloso que es el show. Juntaría mi pecho a su espalda y susurraría a su oído mil cosas para hacerle ver que conmigo puede tenerlo todo. Yo se lo daría porque se lo merece y sé que ha deseado este estilo de vida por mucho tiempo, no por nada le encontré en la subasta. Pero ahora que lo pienso, no sé qué tanto conozca en cuanto al estilo de vida que llevan quienes van a parar a las subastas, pero es claro que es nuevo en ello y que tal vez yo fui demasiado rápido. Necesito que entre en confianza, pero mis impulsos por tenerle cerca harán que él desee estar lejos de mí. No lo voy a permitir. Quisiera poder empezar con su propuesta, aquella de conocerle bien y que me conozca a mí. Quiero saberlo todo de él, sin falta algún detalle. Y eso puede ser tan bueno como malo, pues él estará conmigo sólo para complacerme. El involucrarme de más me lo tengo prohibido y no quiero darle a entender otra cosa o que a la larga sea yo quien lo haga, pero teniéndole tan cerca y a todo momento, es lógico que nos mezclaremos.

Me doy cuenta que el show de la fuente está a punto de acabar. Veo como los chorros de agua se elevan varios metros en el aire, dan giros, se mueven y pierden altitud y movimiento momentos después.

Escucho el ruido de la puerta abrirse. Sonrío divertido y después de darle un trago a mi bebida, me vuelvo hasta Bill, quien luce desconfiado al entrar y no avanza ni un paso más. Me mira con temor a que le haga algo y enseguida se vuelve hasta el botones que yace detrás, pero le indico a éste que se retire.

—¿Sorprendido? Eres libre de curiosear, si gustas— sé que piensa con tan solo tener este nuevo contacto visual—. ¿Te gustó el recorrido? —pregunto, me acerco a paso lento y Bill se queda inmóvil por algunos instantes—. Asumo que ya te habrán dicho que soy algo así como el segundo dueño de este palacio— me acerco un poco—. Ahora puedes dejar de verme como un secuestrador y todo lo que sea que imaginaste— sin evitarlo, suelto una carcajada—. ¿Ya están resueltas algunas de tus dudas?

—Lo he comprobado— dice al fin y sin responder a lo que pregunté. Me detengo frente a él y espero sus palabras, sé que aún tiene cosas que decirme—, y lo siento. No eres lo que pensaba.

Su disculpa me sorprende, pero no quiero demostrar que lo ha hecho. Me acerco al mini bar para dejar mi vaso.

—Te dije que lo verías con tus propios ojos— digo arrogante y me vuelvo a verle. Unimos miradas en silencio, le dedico una sonrisa y regreso a él —. Soy de los buenos, Bill— acerco mi mano a su cabello y le acaricio las rastitas.

—Aún no confío en ti— confiesa. Pero sé que miente.

Sigo siendo un completo extraño para él, sé que me he sobrepasado, pero en el fondo siente que no soy del todo malo. Bill incluso me está dejando tocar su cabello en estos momentos sin temor a nada. Él confía en mí, inconscientemente y no lo sabe. En algún momento tendrá que darse cuenta por sí mismo.

—Eres de los buenos— admite con algo de dificultad.

—Precioso…, aún no me has probado del todo como para decir eso— añado en doble sentido. Él entiende y traga saliva pesadamente—. Y quiero que lo hagas, Bill. Pruébame y verás que no soy malo como piensas— siseo. Sé que procesa todo aquello con dificultad.

—¿A qué te refieres?

Está nervioso. Su carita me pone. Quiero provocarle un poco, así que camino lentamente alrededor de él sin quitarle la mirada.

—Tú me pediste algo, Bill. Querías conocerme, saber cosas de mí para darte cuenta del momento en que miento o digo la verdad, supongo. Me pediste algo que sólo a pocos les he otorgado el placer.

Me acerco a su espalda y me detengo muy cerca de él, retiro su cabello y descubro su oído para acercarme, a medida que lo hago, mi diestra va hasta su hombro y desciende lentamente por su brazo.

—Conóceme, Bill, y déjame conocerte muy a fondo— termino con un leve ronroneo. Sé que le prende. Los vellos de su nuca se han erizado.

—¿Conocerme?

—Eso y mucho más, Precioso…, déjame demostrarte que puedo hacerte tocar el cielo.

—Si se trata de algo como en la cena de anoche, yo n-no… no estoy listo. Sonrío cerca del lóbulo de su oreja.

—Pero ya lo estarás.

Mi mano, la cual sujetaba su muñeca, suelta el agarre y continúo mis pasos lentos a su alrededor hasta detenerme frente suyo.

—Jamás olvides mis palabras: «Tarde o temprano vendrás a por mí»

Me mira con algo de escepticismo y añade: — Júrame que sólo quieres conocerme.

—Por ahora…— jugueteo con la mirada.

—Júralo— insiste.

—Lo juro, Precioso.

Me rio por su mirada intimidante. Es tan inocente que no puede aparentar ser rudo.

—Solo eso— dice rotundamente.

—Solo eso— repito—. Hasta que tú lo desees, Bill— avanzo dos pasos para encaminarme a la sala y me detengo a su lado para decir: — Recuerda mis palabras… Es cuestión de tiempo para que quien se acerque seas tú.

Estiro la mano y logro darle un suave guantazo en el trasero. Bill se ruboriza por completo. Le doy la espalda al dirigirme a la sala y paseo la lengua sobre mis labios para disimular mis gestos. Esto de provocarle y ver su gesto avergonzado es tan entretenido como caliente.

Me gusta.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.

por administrador

Publico con autorización del autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!