Temporada I. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 8

Estaba enfadado con lo que hizo y como se dejó tocar por esa rubia. Sólo quería darle su merecido, pero no podía por dos razones; estaba alcoholizado y no conoce las reglas.

Es cierto que hacía unas semanas atrás dijo que me complacería, pero no aclaramos en qué términos sería eso. Fue culpa mía.

Anoche Bill cayó inconsciente apenas tocó el sofá. Tomándole en brazos, le llevé hasta la ducha y despertó bajo el chorro solo para decir incoherencias. Después de volver el alcohol por el inodoro y volver a lavarle, le vestí con el pijama y le llevé a la cama.

Verle dormir anoche me hizo recordar que se había permitido hacer algo más mientras estábamos en el Night Club. Bill me mostró otra faceta de él, algo distorsionada, debo decir. Y mientras más pensaba en eso, volvía a mí todo lo que ocurrió en el lugar; la mirada de Bill, ese calor incontrolable, la excitación y la necesidad de contacto se sintieron tan reales de nuevo, incluso sus coqueteos, las caricias y las reacciones que él causaba en mí. Jamás había sentido un deseo incontrolable por alguien. Ansío presentarle en un encuentro, decirle las reglas, hacerlo mío y ver hasta donde es capaz de llegar para llenarse de placer. Quiero saber qué tipo de juegos le atraen y empezar cuanto antes. Conociéndome, no creo ser capaz de tener suficiente de él. Debe llegar la hora en que le diga las reglas.

Repasando los hechos, me di cuenta de que no estaba enfadado con él, o la rubia que le acarició con sus finas manos e intentó seducirle. No. Estaba enfadado conmigo mismo por haberle dejado, y yo que pensaba hacerle pagar por mi error, aunque unos azotitos no harían mal. Me gustaría ver su piel enrojecida.

No pude dormir y sinceramente estoy fatigado de tanto pensar en el error de anoche. Todo iba bien hasta que le dejé solo.

Me paso la mano por el pelo al entrar a la cocina, necesito otra taza de café. Veo a Steve preparar una desayunadora con lo que a Bill le gusta comer por las mañanas, pero ya pasa del medio día y supongo que él recién ha despertado. Él se sorprende al verme, pero disimula al dedicarme una sonrisa.

—¿Todo bien?

—Eso creo— dejo la taza en la isla y me acerco a él para tomar de sus manos la desayunadora—. Yo lo llevo, Steve.

—¿Está seguro?

Le dedico un asentimiento y sin perder el equilibrio, subo las escaleras hasta la habitación de Bill. Le veo salir del baño justo cuando estoy por entrar, noto que restriega sus ojos con el revés de las manos mientras se dirige a la cama dando pasos cortos.

—¿Qué haces de pie?

—¡Ahg! —Bill se sorprende por mi repentina aparición. Lleva ambas manos a su pecho y se vuelve a verme—. ¡No vuelvas a hacer eso!

—¿Qué haces de pie? —insisto al adentrarme.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Creo que eres capaz de notarlo.

—No tengo hambre— dice instantes después, supongo que ya se le ha pasado el susto. Su gesto se contrae como si le diera asco el solo mirar la comida, intenta disimular cuando sube a la cama—.

¿Puedes llevártelo?

—Debes comer algo porque no creo que vivas del aire— me acerco para poder dejar la desayunadora junto a él en la cama, pero me esquiva cuando estoy lo suficientemente cerca.

—Me gusta tu sentido del humor, ¿sabes? Es único— añade con un deje de sarcasmo y me aparto de él—. Me he lavado los dientes y no quiero volver el estómago otra vez cuando todo me sepa horri…. a enjuague bucal— termina por corregirse.

—Vas a comer— menciono con determinación. Él me mira inconforme y medio junta las cejas.

Voy al sillón individual que está al otro lado de la habitación, cerca de la puerta corrediza que da paso a la terraza, pero antes de tomar asiento, me acerco a la cortina para correrla y que entre la luz. Hace tiempo que insistió tanto en que éstas no fueran de una tela ligera y en realidad no me va que esté oscuro.

—¡Ciérralo! ¡Ciérralo! —grita escandalizado, cubriendo su rostro con una almohada.

Me olvidé de que Bill está con resaca y casi actúa como vampiro y se esconde de los pocos rayos de sol que entraron a la habitación. Cierro las cortinas de inmediato, pidiéndole disculpas mediante una mirada. No era mi intención incomodarle de esta manera.

—¿Ya las cerraste? —pregunta ahogadamente aun cubriéndose el rostro. Le digo que sí y poco a poco se descubre para comprobar que no miento. Me mira con furia y avienta una almohada, pero ésta no logra golpearme, Bill tiene mala puntería y, además, la caché al vuelo—. ¡¿Te importaría preguntar antes de hacer las cosas?! ¡Casi me dejas ciego!

Está ligeramente despeinado, con mala cara y un humor que se ve empieza a irse por la mierda. Me divierte. Se ve tan infantil.

—¡Basta! Detén esa sonrisa de millón de dólares.

—¿Qué tiene mi sonrisa de millón? —pregunto entre extrañado y divertido, haciendo lo posible para no reír mientras tomo asiento.

—¡Es idiota igual que tú! ¡Y quisiste exterminarme con el sol! Tengo resaca y tú… ¡Ahg! —lleva ambas manos a su cabeza, cubriendo también sus oídos—. Debería dejar de gritarte.

—Entonces empieza a comer.

—Ya te dije que no tengo hambre.

—Come.

—No quiero.

Me mira y me mira. Ni siquiera se atreve a dirigirme un gesto.

—Pues no me iré hasta que acabes— le aclaro.

Ahora está escéptico. No me cree ni media palabra, así que lanzo un guiño y recargo los codos sobre mis rodillas después de tomar el móvil. Le escucho bufar y como choca el tenedor contra el plato, mirando la comida como esperando a que se le antoje.

No puedo evitarlo, entre ratos desvío la mirada hasta él y noto su cara de aburrimiento y desesperación. No quiere que esté aquí, tampoco quiere comer, noto su cansancio y como mira la cama con ganas de tumbarse otra vez. Se mira al espejo en el muro de en frente, se aplaca el cabello y analiza su rostro ante la distancia. Vuelve la vista al café que hay en la desayunadora y lo toma al fin para darle un sorbo. No pasan más de cinco minutos y me pesca echándole una mirada. El contacto visual permanece hasta que se siente incómodo y baja la mirada. Es incapaz de mirarme tanto tiempo porque oculta lo que en verdad quiere.

—¿No piensas hablarme después de todo?

Me produce un extraño cosquilleo en el interior el que diga eso. No puede estar cerca de mí sin hablar de algo, aunque sea la más mínima cosa. No puede. Quiere mi total atención como aquella noche en que me lo reprochó. Y lo admita o no, la curiosidad por mi le puede bastante.

—Con exactitud, dime qué es «todo» para ti.

—No lo sé, «todo»— lanza un gruñido pequeño—. ¿Estarás sentado ahí hasta que termine esto y no me dirigirás la palabra?

—Entonces dime de qué quieres hablar.

—No lo sé, yo…

—Si tú no sabes, yo tampoco— interrumpo, pero él también se adelanta a hablar.

—Tengo preguntas.

«No, ahí vamos de nuevo» pienso. Suelto una leve risa falsa y le miro, me sorprendo de que sus ojos hayan estado fijos en mí.

—No hagas preguntas, podemos tener una conversación sin hacerlas.

—Creo que todas las conversaciones empiezan con una pregunta— se encoge de hombros.

—No las mías— vuelvo al móvil—. Así que transforma esas preguntas en oraciones, por favor.

—Pero…

—Tómate tu tiempo— le corto y sigo con lo mío.

Bill lanza un suspiro y el típico «Mmm…» de concentración o algo por el estilo.

—Respecto a lo de anoche…— sus palabras captan mi atención. Apago el móvil y me incorporo para mirarle detenidamente—, no sé qué pasó.

—Algo debes recordar.

—Sí, yo… bailaba y bailaba— dice aun sin despegar su mirada de la mía—. ¿Contigo? —hace memoria, le digo que sí y él continúa: — Luego estaba en la barra, ¿cierto?

—Creo que sí sabes qué pasó— un tanto impaciente, me levanto de mi asiento.

—Te molestaste— en su tono de voz hay algo parecido a la confusión.

—Bastante.

No quiero recordarlo.

—Pero no sé por qué.

—Ya no hables, lo pasaré por alto— me detengo en seco para mirarle.

—¿Por qué?

—Solo conoces una regla, Bill. Dijiste que me complacerías y mi error fue no haber especificado en qué quería que lo hicieras y cómo sucedería eso.

—¿Y si me dices de una vez?

El sonido se reduce al eco de su voz dentro de mi cabeza repitiendo aquella pregunta.

—Digo, así no lo jodemos ni tú, ni yo.

No creí que el momento llegara tan rápido. Tampoco creí que las palabras salieran de su boca y fuera directo al grano. Él es tan diferente a los demás y eso me gusta.

Le dedico una sonrisa y me planto a su lado. Está ligeramente nervioso. Puedo sentir lo calientes que están sus mejillas cuando paseo dos dedos por su rostro.

No me creo que esté pasando esto. La idea de hacerlo, de mostrarle lo que le espera y lo que quiero que disfrute, cruza por mi mente y no puedo dejar de imaginar su reacción ante el morbo. Me gusta. Es tan caliente que me enciendo con solo pensarlo.

—Para que te las diga debes estar muy seguro de ello— murmuro cerca de él.

—Estoy seguro.

—¿De verdad estás preparado? —levanto una ceja. Él junta las suyas.

—Sí.

—No te creo, Precioso— voy hasta la puerta para cerrarla y ponerle seguro—. Pero veamos si después de esto lo estás.

—¿De qué?

¡Qué carita me pone!

Apuesto que esto deshará por dentro a cualquiera con quien acepte una invitación de juego.

—Tengo dos pruebas para ti, son bastante sencillas, a decir verdad— me acerco a él con paso lento.

—¿Qué tengo que hacer?

—Desnudarte y decirme tus experiencias sexuales— respondo de inmediato.

Bill me mira con sorpresa, tal vez cree que estoy bromeando. Me planto delante de él y le tomo por la barbilla para acercar su rostro al mío.

—Quiero que me mires a los ojos y no sientas vergüenza— murmuro tan cerca de él que debo poner algo de distancia para evitar la tentación de besarle—. Quiero verte desnudo y si es posible, tocar tus tatuajes mientras me hablas de lo que te ha gustado en el sexo.

—Quieres que yo…

—Sí— le corto. Él suelta la respiración—. Entonces, si te sientes listo para conocer esas cuantas reglas, anda, cumple las pruebas.

Me mira en silencio, hace ademán de desviar la mirada, pero se lo impido. No dejo de mirarle, sus mejillas adquieren un tono rosado y en sus ojos hay un brillo bastante peculiar. Se ve precioso. Podría apreciarle durante horas, pero estoy ansiando su respuesta.

—Estoy listo, Tom— dice en voz baja—. Dime las reglas.

—Bueno, muéstrame cuánto quieres conocerlas.

Pongo distancia, regreso a donde estaba sentado y me acomodo para disfrutar lo que tiene para mostrarme. Le hago una señal para que se acerque, no lo hace, en su lugar, su vista va de un lado a otro intentando buscar una excusa, quizás.

—¿Ahora? —apenas es capaz de decir.

—Empieza cuando quieras, yo te miro.

—¿Y qué pasará si lo hago? —se levanta, avanza un par de pasos y se detiene.

—Quiero que entiendas que no debes avergonzarte, aunque me gusta verte así y debo decir también que es algo que me pone, estoy deseándote cada vez más. Nuestros pequeños encuentros en estas semanas me han dejado totalmente alucinado y anoche, estando ebrio, te permitiste algo más conmigo— le hago una señal para que se acerque un poco más, duda en hacerlo y evita el contacto visual—. ¿Ya te olvidaste de ese par de ocasiones en las que te acercaste a mí? Puedes ser muy determinado cuando te lo propones, Precioso, y cada vez demuestras que te fías más de mí, así que no deberías temer. Sé que te gusto y que disfrutas cuando me acerco a ti, pero quisiera escucharlo con tus propias palabras. Quiero escuchar que también tienes ganas de mí y que esperas llegar más lejos de los roces que hemos tenido.

—¿Y tú cómo sabes eso? —se atreve a preguntar. Levanta el rostro y me mira, casi podría decir que me enfrenta.

—Tus ojos son demasiado expresivos, más que los de cualquiera que haya conocido— Bill, sosteniéndome la mirada, se mueve hasta plantarse a dos pasos frente a mí. Como no dice nada, le provoco—. Atrévete a mentirme, Precioso.

Aprieta los labios, me mira aun sin decir nada hasta que niega con un suave cabeceo.

—Demuéstrame que quieres conocer esas reglas y no me hagas pensar que en tu determinación solo hablan las ganas que tienes por complacerme para así terminar lejos de mí lo más pronto posible.

—¿Te parece que hago eso? —su tono me hace pensar que no ha dicho aquello con sorpresa, sino que, por alguna razón, se sintió ofendido por mis palabras.

—No hay otra cosa que me haga pensar el por qué estás tan ansioso.

—Tal vez te cuesta creer que quiero que me digas tus juegos— Bill continúa con esa actitud desafiante, se cruza de brazos y me sostiene la mirada, haciéndose el temerario.

—Me cuesta creer que puedas desinhibirte de todo tan rápido. Las personas como tú necesitan más tiempo.

—Las personas como yo, sabemos para lo que nos necesitan los sujetos de tu clase ¿No se te ha ocurrido que llegué a esa subasta sabiendo lo que pasaría, conociendo y gustándome lo que te rodea?

—Entonces tienes una idea de los placeres por los que me dejo llevar, ¿no es así?

—Sí.

—Muy bien, hagamos algo… si tus ideas están cerca de la clase de encuentros que disfruto, te salvas de desnudarte frente a mí y hablarme de los tuyos. ¿Qué te parece? Debes decirme al menos cinco, si no aciertas, tendrás que cumplir.

—¿No puede ser otra cosa?

—¿Me estás diciendo que no puedes? —extrañado, me pongo de pie y le encaro.

—No, solo que…

—No puedes— le corto.

—Que sí.

—Demuéstralo.

Mantengo el contacto visual en medio del silencio que nos rodea. Bill no se atreve a decir nada más. Llevo una mano a su rostro, repasando sus facciones hasta tomarle por la barbilla.

—¿Quieres conocer las reglas? Convénceme, Precioso, y búscame cuando te decidas… pero eso sí, en cuanto lo hagas, cumple con lo que te he pedido.

Pongo distancia y me encamino a la puerta para salir.

—No olvides comer.

&

Lo he pasado en el estudio solo para perder tiempo. Mis pensamientos van de un lugar a otro, se centran en Bill, en lo que pudo decirme para convencerme de decirle las reglas, en lo que me gustaría presentarle, decirle lo que quisiera de él e involucrarlo un poco en la habitación que está destinada a los juegos y el placer.

Solo me hago de ideas. Bill no parece querer dar el paso, quizás hace falta tentarle para acceda.

Me imagino llevándolo ahí, nos veo salir de su habitación, seguir el corredor y al final, en la derecha en otro amplio pasillo que lleva a una estancia y después de las puertas corredizas, está la terraza y los sillones de descanso. A la izquierda, a unos metros de la falsa chimenea, hay una puerta del mismo color que las paredes, a excepción del picaporte que es dorado. En la repisa cercana a la chimenea hay una vela aromática en una esfera naranja, la levanto y tomo la pequeña llave que yace debajo. Me acerco a la puerta que oculta lo prohibido y mi máximo placer, le digo que se acerque y así mostrarle un poco más lo que podríamos disfrutar juntos. Me vuelvo a él, no dice nada, aprieta suavemente los labios por el nerviosismo que le causa la mirada que le lanzo.

«Ya puedes entrar» le digo, extendiendo la mano para que él la acepte.

Bill ignora el gesto que tengo con él, se acerca a paso desconfiado sin dejar de mirarme, hasta que se adentra. Voy detrás de él después de tomar la llave y dejo la puerta cerrada a nuestras espaldas. Las luces están apagadas hasta que llevo la mano al interruptor de mi izquierda y las enciendo.

«Bienvenido, Precioso…» menciono en medio de un susurro.

Frente a nosotros hay una cortina de tela casi transparente en color carmesí, la abro para él y avanza dos pasos.

Mi fantasía se esfuma cuando llaman a la puerta. Es mejor así, no sirve de nada hacerme de una por el momento.

—Ahora no, Steve— digo medio alzando la voz, pero él insiste—. Dije que no…

La puerta se abre, dejándome ver a Bill. Se adentra en silencio, cierra la puerta detrás de sí y se queda ahí, le veo jalar las mangas del suéter que lleva puesto y con intenciones de avanzar otro par de pasos, pero no lo hace ante mi mirada.

Me giro un poco más en mi asiento, alejándome del escritorio al mismo tiempo. Le miro de arriba abajo y con un ademán le invito acercarse.

—Acepto— dice en cuanto se acerca.

Me sorprende que diga eso, a la primera no lo entiendo, pero mis ideas comienzan a enlazar. No demuestro mi sorpresa, voy a jugar un poco con él, a ver qué sucede. No siempre uno tiene oportunidades de este tipo, hay que tomar ventaja ya que ha venido hasta aquí, como si mis fantasías le llamasen.

—¿Qué cosa? —pregunto al fin.

—Lo que dijiste está mañana.

—¿Y qué dije? —pregunto con simpleza.

—No juegues conmigo— advierte, cosa que me hace gracia.

—Qué genio…— digo en burla—. Vienes decidido, Precioso. Me gusta… Está bien, hagamos esto a tu modo y vayamos al punto— me pongo de pie, yendo hacia él, deteniéndome justo en frente—. No tienes idea de lo que reflejas en esa mirada que tienes— me provoca verle así. Le acorralo contra el escritorio, él se deja hacer, pero luce un tanto nervioso con la cercanía—. Dime lo que viniste a decirme.

Bill enmudece unos instantes, pasa saliva con pesadez como queriendo llevarse alguna palabra de la que se arrepiente de haber querido usar, se piensa las cosas y entonces le escucho:

—No puedo evitar querer más cuando te acercas, por mucho que los nervios me hagan decir que no— menciona con lentitud, sin dejar de verme, aceptando la manera en la que llevo las manos a sus costados.

—¿Entonces admites que te gusto, que deseas llegar lejos en vez de andarnos con simples provocaciones y que realmente no quieres irte de mí?

Mis palabras le quitan el habla nuevamente, me dedica un asentimiento. No me va en lo absoluto, pero voy a pasarlo por alto.

—Entonces dime, ¿tienes idea de lo que me llama? Porque justo ahora muero por saber si

coincidimos en algo…

—He estado pensando en ello— me hace saber. Bill hace el intento de poner distancia solo para verme—. Creo que te va el sado, eso de usar mordazas, fustas y objetos para herir.

—No voy a mentirte, eso me encanta.

—Con que así son tus juegos— logra decir apenas. Parece que ha contenido el aire, estamos muy cerca.

—Claro— me acerco a su rostro y le hablo muy cerca de sus labios, tentándolo al acariciarlos con el pulgar. Bill deja escapar de poco en poco todo el aire que ha logrado contener—. ¿Eso te gustaría?

—N-No…

—Me gustaría que conocieras lo básico, así podrías darme una respuesta más conveniente. ¿Cómo puedes decir que no si no lo has probado?

—No… no me… yo soy débil, me dejo hacer— dice entre titubeos.

—Ya lo había notado, Precioso.

Pongo distancia cuando él hace amago de acercarse otro poco.

—¿Vas a lastimarme?

¡Pero qué pregunta!

Nonono… ¡Más inocentón no se puede ver!

Sonrío con malicia, le miro, casi siento que empiezo a comérmelo con la mirada.

—He de confesar que anoche quería darte unos azotes— acaricio su mejilla. Su mirada castaña brilla intensamente y no dejo de mirarle. Noto que sus labios están entre abiertos y deja escapar un jadeo. Apuesto a que está extasiado—. No muchos, solo dos… cinco…, quien sabe. Pero tienes una piel tan delicada que en realidad temo en hacerte daño, así que iremos por niveles.

—Y-y-yo…

—Shhht— lo callo posando mi dedo índice sobre sus tentadores labios.

Tengo el corazón al cien. Quiero verlo tal y como lo vi en la subasta y carbonizarme de excitación. Quiero apreciar cada uno de sus tatuajes, especialmente su estrella; quiero contar sus lunares, unirlos con mis labios y llegar tan al sur como sea posible. Quiero tocarlo, encontrar en su cuerpo los puntos que logren arquear su espalda y erizar su piel. Quiero embriagarme de su sabor, de su aroma y degustarlo de principio a fin una y otra vez para saciar mi necesidad de él. Quiero tomarlo y llegar tan profundo como me lo permita, que entierre sus uñas en mi piel y deslice sus manos por mi cuerpo. Quiero escuchar su voz decir mi nombre y acallar sus sonidos de placer y quiero que me mire directamente a los ojos cuando le provoque un orgasmo.

Le hago darme la espalda y le llevo contra el escritorio. Bill se sujeta del filo y se inclina hacia adelante, pero le hago incorporarse al acercarle a mí. Una vez se han unido su espalda y mi pecho, llevo una de las manos junto a la suya, sujetando el filo del mueble y la otra la llevo a su barbilla, así le hago volver el rostro a mí.

—El sado no es solo eso, pero me gusta y aquello que dijiste me va en lo absoluto…

—Creo que te gusta mucho imponer la fuerza, sorprender a con quien sea que estés— dice, interrumpiéndome así.

—Contigo, Precioso. Voy a estar contigo— me adelanto a decir.

Medio me inclino hacia adelante y logro friccionarme contra él, Bill se arquea tan solo un poco, y lo hace deliciosamente, a decir verdad.

—Eres de los que les gusta que uno pida más, que te vuelvan loco, te puede cuando alguien te seduce, pero quieres ser quien lo haga primero. Imponer es algo que te satisface demasiado y no resistes lo embriagante que es cuando alguien ha sucumbido ante ti…

Sus palabras están tan cargaras de verdad como de un sutil descaro, logran encenderme y quiero demostrarle cuán cierto es todo lo que ha dicho.

—Mientras pensabas en eso, ¿imaginabas cómo sería estar conmigo?

—Yo…

—Sí o no— le corto.

—Sí.

—¿Y te gustó?

—S-Sí…

—Y si estuviera a punto de follarte…— nuevamente me fricciono contra él y deja escapar un jadeo que logra darme un subidón—, ¿qué te gustaría que hiciera?

—Decirme las reglas.

Me toma por sorpresa que pase de los titubeos y nerviosismo a las condiciones, porque la manera en que lo dijo me sonó a condición. Que hacerlo se le da muy bien, claro que no siempre obtendrá lo que quiera, pero ahora sí. Estoy que me muero por hacérselo saber.

—Tú ganas, Precioso.

Doy un beso en su cuello, él ladea el rostro hacia el otro lado, pidiéndome así un poco más. Le doy lo que quiere, mis labios van sobre su cuello, desciendo a medida que jalo el cuello del suéter hasta su hombro. Su aroma llega hasta mí y enardece mis intenciones. Bill empieza a ceder, le siento fluir junto conmigo, incluso lleva una mano sobre la mía en el filo del mueble y me da un apretón. Esto le gusta. Siento como se eriza su piel y me detengo, veo uno de sus lunares, voy sobre el y le doy un ligero mordisco, Bill omite un quejido.

Pongo distancia y le hago volverse. Mirándole a los ojos, sé qué es lo que quiere ahora. Aquello en sus ojos logra contagiarme. No quiero perder tiempo.

—Ven conmigo.

Tomo de su mano y le hago seguirme. Repito el camino que recorrí en mi fantasía y le llevo hacia la puerta más discreta en toda la casa, aquella que guarda detrás lo que tanto ansío por mostrarle.

Introduzco la llave para abrir y giro la perilla. Sin soltarlo, le hago seguirme adentro, retiro la llave y dejo la puerta cerrada detrás de nosotros. Enciendo la luz pulsando el botón a mi derecha, la cortina de tela translúcida es corrida hacia un lado por él. Suelto su mano, él se adentra y mira en todas direcciones; el color rojo casi predomina en la habitación, a excepción del alfombrado negro y otras decoraciones del mismo color. Se vuelve a mí, pidiéndome permiso de curiosear mediante una mirada, le dedico un asentimiento y le veo moverse por la habitación.

Las cajoneras más cercanas contienen varios antifaces, mascadas de seda y un par de sogas. En el interior de una mesita alta más a la izquierda, se encuentran diferentes tipos de esposas; unas son para los tobillos, otras para las muñecas y también las que sujetan extremidades cuatro en uno. Las fustas y látigos yacen colgadas en el pequeño armario de atrás, donde también guardo algunos juguetes sexuales y batas de seda que son usadas por mis invitados en algunos encuentros de tres o más. Bill abre y cierra cada cajón y puertilla que encuentra, dirigiéndome una mirada de vez en cuando.

Sus pasos se dirigen a la cama. La King Size está al centro de la habitación con un par de escalones en alto y es iluminada desde el techo. La cabecera tiene un acojinado negro y espacios a los extremos para enganchar las esposas. Las sábanas son de satén carmín, pero claro que si Bill quiere podemos cambiarlas por otro color, yo sugiero un tono oscuro, esos le van mejor a su tono de piel y su candente mirada.

Bill nota el diván a unos diez pasos a la izquierda de la cama —que es de piel color negro—, y del otro lado de la habitación se encuentra la puerta que da al cuarto de baño. Él no se ha movido de su lugar, en cambio yo he caminado hasta la mesita alta para tomar un antifaz.

—¿Te gusta? —llego a plantarme frente a él después de un momento.

—Sí, me gusta, pero me inquieta.

—No pienses en el sado, hay otros juegos que podemos considerar al entrar aquí.

—¿Cómo cuáles?

—No comas ansias— le digo, llevo una mano a sus cabellos y le acomodo un mechón detrás de la oreja—. ¿Qué me dices de lo que hay dentro de cada cajón? Harán que tu placer crezca incontrolablemente, ¿te gustaron?

—Algunos. Mmm… ¿Podré escoger?

—Dependerá del encuentro.

—¿Por qué? ¿Tiene que ver las reglas?

—Vamos a ver— le hago sentarse en la cama—. ¿Creíste que te diría las reglas al instante en que entráramos aquí? A penas estamos calentando, Precioso. ¿No quieres divertirte un poco antes de conocerlas?

—Dime las reglas, Tom.

La determinación en su voz y la mirada que me dirige le hace ver un tanto desafiante, o no, quizás le da en el orgullo el que no me tome la seriedad que esto requiere —seguro piensa que por eso le doy largas—. Debo admitir que me gusta esta actitud. Me pone en serio.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Y si te las digo… ¿dejarás que juegue contigo?

Las palabras se le va apenas y separa los labios para hablar, estoy tentado en acariciarlos nuevamente.

—Sí…— responde después de unos instantes. Tiene las mejillas sonrosadas.

Creo que lo ha pensado de más, pero estoy seguro de que después de decirle lo que debe saber, no podrá decir que no, más aun, lo que haré para demostrarle las reglas.

No me limito más, le tomo de la barbilla, haciéndole levantar el rostro para mirarme y acaricio sus labios entreabiertos con el pulgar, sintiendo su tibio aliento. Me inclino para estar a su altura, tentándole con la cercanía.

—Bien.

Le pongo el antifaz de seda y me aseguro de que esté bien colocado.

—La primera regla que debes saber es…— susurro cerca de su oído, desciendo por su quijada, voy al centro hasta que su nariz y la mía chocan con suavidad. Está tentado, se inclina y después de unos segundos y pensárselo, se acerca con timidez, pero me retiro con una sonrisa en el rostro ante sus intentos por besarme—. Mis labios y los tuyos jamás se tocarán hasta que yo lo decida.

Se castiga mordiendo su labio inferior y eso me gusta. El color en sus mejillas se ha intensificado.

Me acerco a la mesa de la derecha, me pongo un guante de seda en la mano izquierda y tomo una fusta del armario. Regreso con Bill y con la punta de la fusta recorro su brazo hasta llegar a su hombro, él une sus manos con nerviosismo.

—Repite lo siguiente, Precioso: «Sí» y «No».

—Sí. No…

—Regla número dos…— continúo el camino de la fusta y la punta acaricia parte de su cuello hasta que me detengo en el mentón y levanta un poco la barbilla—. Esas dos simples palabras serán habituales para ti a partir de ahora. Responderás con ellas cuando sea debido y debes deber que yo mando en ti y acepto las citas de intercambio, pero si no quieres ser tomado por alguien debes decírmelo y rechazaré la oferta, al igual que puedes negarte a algo que te pida. Confía en mi palabra, no haremos nada que no quieras.

No dice nada. Ha enmudecido, entonces continúo:

—Y la tercera regla es…

Le guío hacia atrás hasta que queda recostado en la cama. Le hago subir hasta la altura de las almohadas y voy sobre él. Acaricio su cabello con la mano izquierda y desciendo hasta su quijada. La suavidad le gusta, lo noto. Me sorprendo cuando separa los labios para dejar escapar un suspiro. Su boca, húmeda y caliente, me hace fantasear.

—No importa cuán deseoso estés por jugar, jamás lo harás si no estoy contigo. Se lame los labios, tentándome a un nivel incontrolable.

—Entonces pregunto ahora, Precioso: ¿Estás dispuesto a complacerme en todo?

—T-To… ¿Todo?

—Así es, Precioso. Responde, no me hagas esperar más— le pido. Me acerco a su oído y mis labios atrapan el lóbulo de su oreja.

—¿No me lastimarás? ¿Seguro no me forzarás hacer algo que no quiera? —se inclina a la derecha, dejándome libre la vista a su cuello.

Aspiro su aroma, la punta de mi nariz desciende por la zona y me encuentro con uno de sus lunares.

—¿Te fías de mí? —pregunto y se queda mudo. Su pecho sube y baja con irregularidad—. Dímelo, Precioso.

—S-s-sí.

—Entonces… ¿Me complacerás? —le doy un pequeño lametón.

—Sí— responde un tanto sofocado.

—¿En todo? —mis labios besan su cuello, él se estremece.

—En todo.

¡Le tengo en mis manos!

Quiero deshacerme de su ropa de una buena vez. Mi piel arde. Una oleada de éxtasis se origina en mi interior y sube por mi pecho.

Es hora de divertirnos…

Continúa…

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