Administración: Este fic fue muy solicitado, lamentablemente por la censura, Wattpad lo eliminó, así que lo hemos rescatado aquí. Que lo disfruten.

Temporada I. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 1

—Buenas noches señor…— dijo el hombre que estaba a tres pasos de la entrada. Me observa tratando de averiguar quién soy.

Desvió la mirada hacia la derecha, aprieto el asa del maletín que sostengo y con la mano izquierda ajusto la máscara de color negro que cubre la mitad de mi rostro.

—Collins. Noa Collins— miento dando el nombre de mi colega quien me dio la invitación para venir.

—Es un placer tenerlo por aquí, señor Collins— tomo del bolsillo interno del saco la invitación para la subasta, se la entrego, pero hace ademán de estirar la otra mano, capto de inmediato y le entrego el maletín—. El evento durará cerca de una hora, espero que la selección sea de su agrado.

—Espero lo mismo— logro decir antes de que el hombre se dirija a una ventanilla ubicada a la derecha.

Es la tercera subasta en la que asisto esta noche y no me iré a casa con las manos vacías. Espero poder encontrar algo interesante. Necesito compañía urgentemente.

No puedo ver nada al final del pasillo, una espesa cortina roja me prohíbe visualizar lo que se encuentra detrás, pero puedo escuchar voces de algunos hombres e incluso unas cuantas risas. Dejo escapar la respiración para relajarme un poco. La idea de poder ver la gran selección que mostrarán, me tiene ansioso.

Cuando el mismo hombre regresa, me entrega un pin dorado con el número tres, grabado en color negro. Le doy las gracias y me dirijo por el pasillo, justo donde me indica. Atravieso las cortinas y miro el lugar con discreción, ignorando a la gente. Nunca he estado en un sitio parecido, esta subasta parece aún más exclusiva que las dos anteriores pese a que se llevaron a cabo en el mismo lugar. — Tomé un vuelo esta tarde en mi jet privado para llegar aquí. Más tarde el auto me trajo al puerto de Galveston—. Me encuentro en un barco de pasajeros que proviene de Francia, y es una sorpresa saber que este tipo de eventos tienen lugar en sitios inusuales como este. Me pregunto si después de esto podrían brindarme un camarote para charlar con tranquilidad con mi futura adquisición hasta llegar a un momento más excitante.

Steve, el hombre que se encarga de mis asuntos, y me atrevería a decir que también es mi mano derecha; me informó hasta hace unos minutos que aún disponía de poco más de una hora para estar en el aeropuerto y regresar a Las Vegas. Espero que sea en compañía de una sumisa bastante atractiva.

Evitando a un pequeño grupo de hombres que lograron llamar mi atención al referirse a mí como

«enmascarado», me muevo hacia donde hay una entrada y camino por un extraño pasillo curveado. Levantando la mirada, me doy cuenta de que camino en dirección contraria a la numeración que tengo y regreso sobre mis pasos, me dirijo por la entrada de la derecha y entro a la amplia cabina de mi número correspondiente donde me espera un sillón reclinable de cuero rojo para disfrutar el evento.

La habitación está a media luz y el terciopelo de color negro hace que este lugar se vea un poco más íntimo. Inspecciono la cabina; enfrente de mí hay una ventana que me da la vista a un enorme circulo giratorio de alfombrado rojo que es iluminado por luces blancas. Puedo notar las otras once ventanillas polarizadas, guardando la identidad de los invitados. Debajo de la ventana yace una bocina alargada que reproduce en un nivel bajo una melodía bastante sensual, haciéndome sentir el morbo en el aire.

Me vuelvo al reclinable y noto que precisamente en el hueco de porta vaso, se encuentra un control con apenas dos botones resplandecientes en color rojo y anaranjado. Presiono el segundo botón y en cuestión de tiempo alguien llama a la puerta.

—Adelante.

La puerta se abre dejándome ver a un hombre bien vestido con traje gris.

—¿Qué desea tomar, señor?

—Whisky— improviso.

El hombre volvió al pasillo y regresó con mí bebida instantes después. Me ofreció un habano de cortesía y una vez a solas, me deshago del antifaz y me dispongo a fumar cómodamente desde el reclinable.

Ya podía imaginar la clase de juegos que disfrutaría en compañía de mi nueva sumisa. Pensaba en los distintos lugares a donde le llevaría solo para hacerle disfrutar hasta el exceso. Ya me deshacía la idea de llegar al intercambio, ver como alguien más le poseía mientras observo sus muecas de placer, y dirigiéndome una mirada, me pide que la tome… que la haga mía tantas veces me apetezca.

¡Que ganas de poder volver a mi vieja vida de esta manera más que perfecta!

Cierro los ojos imaginando todo aquello como una película en cámara lenta. Un calorcito me recorre el interior y me da un vuelco. El deseo vuelve a mí con intensidad después de tiempo.

Quería que la subasta empezara ya. Me incorporo en el sillón, miro directamente las luces y el círculo giratorio, mientras le doy un trago a mi bebida. Como si mis deseos fueran órdenes, las luces que iluminaban el lugar se apagan por escasos segundos y la luz ámbar de la cabina subió un poco su intensidad. Dejo mi bebida en el portavaso, me hago del puro y presto atención a la entrada estelar.

—La subasta comienza con Annette Flores. Veintiséis años. Nacionalidad colombiana. Historial; dos amos satisfechos— escuché la voz de una mujer salir de la bocina que había bajo la ventanilla.

La luz se encendió dejándome ver a una guapa morena de delirantes curvas modelando una lencería en color escarlata y unos zapatos altos en un tono oscuro.

Suelto el humo ante la impresión que aquella mujer me ha causado y pienso dos veces antes de hacer mi movimiento, aunque mi dedo ya se encontraba sobre el botón rojo del control.

—Un millón de dólares— ofertó la misma voz femenina.

¡Qué curvas! ¡Qué pechos! ¡Dios! Lo que no haría con esa morena.

¡Que culito! Vaya…, vaya…

El circulo giratorio se detiene y ella queda en dirección a mí. La bella Annette no puede verme, pero mi mirada se une a la de ella y…, no. Definitivamente no sentí que tuviera mi atención totalmente. Ya, es guapa, pero no ha logrado encenderme. Que lastima. En cuestión de tiempo fue vendida por diez millones de dólares al número siete.

Mi mirada totalmente cargada de perversión se unió con las miradas de todas aquellas mujeres que habían pisado el círculo giratorio, pero realmente ninguna había logrado encenderme a pesar de sus sensuales miradas. Y así continuaron mostrando la selección, que más bien era buena y no tan única como Noa me había comentado. De saber que esta era su definición de Gran Subasta, me hubiese retirado hace mucho.

Comenzaba a impacientarme. Ya me había bebido tres whiskies y aún no veo nada interesante. Cuando se vendió a la última chica, las luces se apagaron y lo di todo por perdido. Me levanto de mi asiento y suspirando de la pura frustración, pretendo salir de la cabina hasta que aquella voz femenina me hizo volverme hasta la ventanilla.

—Subasta sorpresa.

¿Escuché bien?

Estoy intrigado. Por lo poco que sé, este tipo de subastas son realmente competitivas. Pocas veces lo hacen y cuando esto sucede es porque la mercancía es de la más alta calidad.

Necesito quedarme a comprobarlo.

Nuevamente tomo asiento. Las luces se encendieron de poco en poco en el círculo giratorio que se encontraba detenido. Instantes después aparece de perfil una esbelta figura cubierta por una caperuza de seda color rojo y la capucha, que le cubre la mitad del rostro, luce un poco abultada en su cabeza. Sus frágiles piernas eran vestidas por medias de red en color negro y se tambaleaba ligeramente gracias a los tacones altísimos que tenía puestos.

Tiene algo peculiar que atrapa mi atención, pero no sé qué es. No es el misterio que causa la manera en la que viste, mucho menos lo poco que puedo ver al momento.

Necesito mirarle a los ojos.

El nerviosismo se remueve en mi interior. Mi corazón se acelera y respiro con pesadez.

—La subasta sorpresa presenta a una auténtica joya. Por primera vez tenemos entre nuestra selección…—habla la presentadora y hace una pausa para mantener la intriga—, una belleza andrógina.

El círculo comenzó a girar. Le vi de espaldas frente a mí, girando lentamente. Paseé la mirada por sus piernas, subiendo y notando algo poco abultado en su culito. Seguí por su espalda y hombros, veo que lleva las manos a la capucha y ésta cae sobre sus hombros, revelando su oscura cabellera y una especie de diadema con orejas blancas ajustada a su cabeza.

¡Que se gire ya! El misterio me excita.

Le necesito en mi cama, bajo mi cuerpo y esperando por mí y por lo que sea que le pida.

Voy a ganar una joya que nadie más podrá tener.

—Vamos, necesito saber tu nombre.

Mi pulgar estaba ansioso por presionar el botón. Estoy desesperado por saber quién es. Me pongo de pie yendo frente a la ventanilla y con lentitud me paso los dedos por los labios porque estoy tentado.

—Nombre; Bill Trümper. Veinte años. Nacionalidad alemana. Historial; ninguno. Cien por ciento puro.

Caí en cuenta, hablaban de un chico.

Estaba aquí, tentado y jodidamente deseoso de mirarle a los ojos, averiguar qué diablos era lo que llamaba mi atención de su persona y ahora sé que se trata de un chico. Esa belleza andrógina es un chico y yo solo puedo pensar en dos cosas que están poniéndome en mis límites:

Hace mucho tiempo que no tengo sumisos, en especial un chico como él. Necesito ese pequeño conejito atado de manos en mi cama justo ahora.

La bata de seda se desliza por su piel hasta quedar en el suelo y me chupo los labios al devorarle con la mirada. Es tan delgado que, si llegásemos a jugar, probablemente le rompería. Tiene un culito poco voluminoso y en medio de sus nalgas, noto que aquello que le hacía verse abultado, era un pompón simulando el rabito del conejo. Mi vista se dirige a sus piernas y veo que las medias en realidad le llegan hasta la mitad de los muslos. Admiro su tez blanquecina, es realmente preciosa, no puedo evitar pensar que se presta sólo para las tonalidades oscuras en la habitación de juegos.

El círculo giró un par de grados más y ahora él se encuentra frente a mí, totalmente desnudo y mostrándome su erección. Una media sonrisa maliciosa se acentúa en mis labios.

No puede verme, pero mi mirada conecta con la suya y siento una oleada de excitación recorrerme desde el vientre. Estoy prácticamente absorto en lo bonito que es, lo inocentón que me parece verle así vestido y lo sensual que luce una estrella en su oblicuo derecho.

El lugar de ese conejito es junto a mí. Ya tengo en mente planes para él.

Antes de que pudiese buscar algún otro tatuaje en su cuerpo, escucho la primera cifra.

—Treinta millones.

¡Debe ser mío! ¡Tiene que serlo! ¡Esta es mi subasta!

Presiono el botón y me muerdo el labio con nerviosismo cuando la cantidad monetaria aumenta. Presiono el botón, incrementando la cantidad anterior. Alguien interfiere, la suma aumenta, pero puedo hacerlo mejor.

—Ochenta millones. Cien millones. Ciento veinte millones. Ciento cincuenta millones…

Los otros compradores se retiran, solo quedamos el número diez y yo, la suma aumenta, pero finalmente supero su oferta.

—Vendido por doscientos cincuenta millones al número tres— dice la voz femenina y las luces se apagan.

Está hecho. Noa me había advertido sobre la máxima cantidad monetaria que podría permitirse en una subasta, pero esta noche yo me fui a los extremos y el dinero que disponía para al menos dos nuevos acompañantes, corresponde ahora para Bill. Ni un centavo más, ni un centavo menos.

Dejo escapar el aire que he contenido. He ganado la subasta y mi conejito valdrá cada centavo.

Abandono la cabina después de calmar mi respiración y en el camino me coloco el antifaz. Los compradores se dirigen a una habitación especial para poder reclamar sus pertenencias. Soy el último en acercarme, quiero total discreción ante esto.

El mismo hombre al que le había entregado el maletín cuando recién llegué, se acerca a mí para entregármelo y le doy de regreso el pin dorado. Él se encarga de guiarme a una cabina aún más apartada y detrás de una ventanilla veo a una mujer rubia, ella acepta el pin dorado y me pide que me acerque cuando el hombre se retira.

—Doscientos cincuenta millones, señor Collins.

Ligeramente nervioso, subo el maletín a la superficie plana, digito el código para abrirlo y lo entrego a la mujer. Ésta me pide que tome asiento en una silla que recién me doy cuenta que estaba ahí, pero no me aparto del lugar. La rubia, sin decir nada, hace todo frente a mí. La veo usar una pequeña máquina que cuenta los billetes y después telefonea a alguien cuando hubo contado hasta el último dólar.

—Usted es diferente a nuestros demás clientes— comenta después de haber colgado el teléfono—

. Nadie ha traído tanto dinero y lo justo para adquirir algo en una de nuestras subastas. Tiene usted mucha suerte, o todo calculado, si me permite decir.

Me abstengo de responder el por qué no entregué un cheque como seguramente muchos lo han hecho. Me entrega un sobre amarillo, dice que es la documentación de Bill Trümper y los tomo del interior para comprobarlo. Veo su nombre en los documentos, pero más tarde los miraré a detalle, ahora me dirijo hacia la puerta que me indica, justo en el lado derecho.

El picaporte se gira y la puerta se abre, entonces logro ver a mi conejito tambalearse un poco al salir. Me mira fugazmente, sus labios se vuelven planos y termina por agachar la cabeza. Me acerco a él, anudo con suavidad la cinta de la caperuza y él vuelve a tambalearse. No voy a dejar que se lastime al llevar esos zapatos, me pongo en cuclillas frente a él, le descalzo y los dejo a un lado. Levanto la mirada, sus ojos conectan con los míos y poco a poco me pongo de pie sin romper el contacto visual. Estando a la altura, él luce un poco más bajito ahora. Llevo una mano a su frente y remuevo el flequillo que me impide admirarlo con detenimiento. El color castaño en sus ojos es algo que no había visto jamás.

—Tu mirada me hipnotiza, Bill— le dedico una sonrisa pequeña, pero aparta sus ojos de mí. Me acerco hasta su oído para poder susurrar:

—Es hora de complacer a tu nuevo amo.

Continúa…

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4 comentario en “Compláceme”

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