
Fic TWC de Setsuka
Capítulo 4: Sabias palabras
Tom guardaba sus cosas. Su padre había sido insistente y no le había quedado alternativa que empezar a empacar.
Bill, que se había olvidado de todo ese asunto, entró a la pieza del mayor sin tocar, viendo como su hermano miraba por un tiempo prolongado cada cosa y luego procedía a guardarla con cuidado en una caja.
Sus puños se contrajeron de rabia. No podía creer que su padre presionara al mayor de tal modo que ya estuviera guardando todo para irse. No podía entender la pasión que tenía su padre por forzar a los demás a hacer cosas que ni siquiera querían.
Su corazón le decía que Tom no quería nada de eso, que Tom no quería nada de lo que su padre le había ofrecido a lo largo de su vida. Algo en la mirada de su hermano cuando su padre le palmoteaba el brazo, o cuando le tenía preparada una sorpresa, le decía que el mayor estaba insatisfecho con la vida que llevaba, pero no le quedaba otra opción que acatar como si de un niño regañado se tratara.
Lo que más le dolía de todo era saber que su hermano se tragaba todas esas amarguras y las cargaba como un saco pesado que llevaba día a día, sin reclamar, solo sintiendo ese inmenso peso que estaba seguro que lo dañaba infinita y silenciosamente.
—¿Quieres que te ayude?— preguntó el pelinegro.
—¿No tenía que salir con esa tal Silvana?— alzó la ceja.
—¿Se llamaba Silvana? Ni lo recordaba— se encogió de hombros. Nunca recordaba el nombre de las chicas con las que salía.
—Eso deberías saberlo tú—rió. Algo en aquello le confortaba. Sabía que para Bill ninguna chica era importante, que nunca se había enamorado. Ambos tenían algo en común, nunca se habían enamorado de ninguna chica con la que habían salido o tenido como pareja.
—¿ En qué quieres que te ayude? Dime primero que cosas no debo tocar—sonrió.
—Primero que nada, no quiero que toques las cosas de debajo de la cama, porque es mi colección de infinito porno—bromeó.— Y tampoco quiero que toques la tercera gaveta de abajo, porque tiene mis armas sadomasoquistas que ocupo con Adelin.
Bill abrió desmesuradamente los ojos.—¿Hablas enserio?
—Jajaja…debías haberte visto la cara. No voy a comprar cosas que posteriormente vendrás a robarme para experimentar con chicas como la tal Silvana.
—Tom—se sonrojó.—Sabes que yo no…
—Si, Bill, lo sé—su sonrisa de multiplicó por diez. Eso era lo que más amaba de Bill, saber que aún no había llegado a ningún nivel más con las chicas, más que manoseos y besos fogosos.
—Ayúdame con lo que quieras—asintió.
Bill escogió la segunda gaveta, la gaveta de contenía la ropa interior de su hermano.—Maldición—dijo por lo bajo.
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¿Qué pasa, bebé?—preguntó Simone, que había visto a su hijo decaído todo el día.
Bill estaba sentado en el jardín trasero, jugando con un par de piedras.
—No es nada—cerró los ojos.
—Supe que declinaste la salida con tus amigos.
—Sólo por hoy— dijo con honestidad. Tenía que vivir su momento de tristeza a solas, sin amigos ni fiestas.
—¿Es por Tom?
Bill levantó su cabeza de donde la escondía, miró a su madre un segundo, y luego la volvió a enterrar entre sus piernas.—No quiero hablar de ello.
—Yo creo que deberías hablar de ello. Es bueno hablar de las cosas que te preocupan.
—No va a solucionar nada que diga lo que me preocupa. Odio a papá.
—Bill…
—Todo es culpa de él ¿crees que Tom es feliz? no lo es…—no esperó que su madre contestara.—No sé que te atrajo en ese hombre tan malvado, tan cruel y antipático.
—Bill, por favor.
—Lo odio. Nunca cambiarás mi pensamiento—se levantó y caminó hacia la casa.
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Ya eran las doce de la noche. Tom guardaba las últimas cosas.
Nunca le agradó estar en la casa porque su padre era un idiota, pero ahora que este le estaba dando la gran oportunidad de liberarse de él, no quería irse.
¿Cómo iba a dejar a Bill tan solo? Iba a extrañarlo con todo de si. No quería romper el lazo que tenía con el menor porque su padre lo había obligado a irse.
No había querido llorar en todo el día, se había estado conteniendo porque pensó que sería fuerte, pero cada vez que guardaba algo, le recordaba a Bill.
—Estoy enamorado—susurró.— Pero también estoy acabado—negó con la cabeza.
Odiaba tener que asumir cada día al levantarse y acostarse que Bill no era suyo ni sería. Ahora con este cambio no tendría ninguna posibilidad de tenerlo cerca, ni siquiera para hablar de la vida. Tendría que empezar a olvidarse de esas largas charlas de noche, cuando ninguno de los dos podía conciliar el sueño.
Una lágrima se deslizó por su mejilla, rompiendo inmediatamente su coraza, mostrándolo débil, roto y destruido.
—Tomi—llamó de pronto Bill.—¿Tomi?
—No, Bill, no puedes entrar—dijo secamente. No quería que Bill entrara en un momento de esos, donde se veía infeliz.
—Pero…
—Vete.
—No.
Tom que aún seguía de espaldas se mordió el labio inferior. Sabía que el menor no iba a darse por vencido hasta que estuviera mirándose a la cara. Bill siempre comprobaba las expresiones de otros para esperar reacciones.
—¿Hice algo mal?—preguntó temeroso el menor.
Tom se limpió las lágrima y se volteó.—No…
—¿Estás…?—abrió los ojos de par en par.—Tomi…—se acercó.
—No estoy…
—No quiero que te vayas.
Eso fue suficiente para que Tom llorara con más fuerzas y se entregara a un amargo llanto. No sabía por qué demonios lloraba, si era porque se iba y no podría cuidar a Bill, porque Bill no le correspondía, porque tal vez su vida a cada paso que daba se volvía más insignificante, o porque estaba estudiando algo que no le gustaba…
Ya no tenía nada claro, lo único que sabía era que ese abrazo que Bill le estaba proveyendo era más de lo que podía pedir. Sus frágiles manos abrazando su espalda, a veces apretándola, otras veces acariciándola suave, cariñosamente, haciéndolo derretirse.
Suspiró.—Bill—aún seguía llorando, pero ya era más pausado, sólo algunas lágrimas caían de su rostro.
—No llores, ese es mi papel—trató de alivianar un poco los ánimos.
Tom se sonrió levemente.—De verdad me gustaría que vinieras conmigo, pero…
—Papá se molestaría. Lo sé. Papá se molesta por todo, porque me odia, porque respiro, porque estoy cerca de ti y te distraigo, porque existo en general. Creo que esto también es mi culpa ¿No crees?
—No digas tonterías. Nada es tu culpa.
—No creo que pueda soportarlo sin ti.
—Shhh… pasarás más tiempo en mi departamento de lo que pasarás en casa.
—Ya quiero ver mi habitación—sonrió.
—Te dejaré la habitación más bonita—besó su frente.
Y no mentía. Cuando decorara le dejaría la mejor habitación al menor. Incluso dormiría allí las noche que Bill no estuviera, imaginando que le acompañaba.
—¿ Y fuiste a verlo?
—Si, es enorme. Está ubicado en el centro.
—Oh, genial, podremos ir a fiestas—celebró.
—¿Que te hace pensar que iré contigo a fiestas?—se cruzó de brazos.
—Que me quieres—sonrió triunfante.
Y era cierto. Jamás le iba negar algo al menor. Si Bill le pedía una mansión seguro iba a dársela sin titubear. Pero Bill no quería eso, sino amor, cariño, y Tom iba a dárselo a ojos cerrados.
—Um… tal vez un poquito.
Bill golpeó su brazo.
—Pensaba pedirte que te quedarás esta noche, pero…—ladeó la cabeza.—Te estás poniendo demasiado violento.
—¡Tomi!
Obviamente Tom bromeaba; Bill se quedaba si o si en su cama. Era la última noche que compartirían en la casa y tenían que pasarla juntos.
Esa noche difícilmente pudo conciliar el sueño, no junto a un Bill que respiraba deliciosa y apaciblemente en su cuello, generándole cosquillas hasta en los lugares menos adecuados.
Se odiaba por ser tan calentón cuando Bill estaba alrededor. Tendría que empezar a calmarse si no quería que su hermano lo descubriera.
Cambió de posición un poco para que la cabeza de Bill tuviera más acceso a su cuello, y rodeó con su brazo la estrecha cintura de su hermano. Esta postura ciertamente era más cómoda, pero más enfermante, ahora sentía como los labios de Bill acariciaban su piel, cosa que sin duda no permitiría que durmiera ni un minuto.
&
—Entonces— habló su padre.—¿Empacaste todo?
—Si, papá— contesto con cero ánimo. No había dormido nada y no tenía ganas de hablar con nadie. Bueno, casi nadie.
—Bien, buen muchacho.
Bill rodó los ojos. Su padre le hablaba a cada uno de sus hijos como si fueran perros amaestrados. Cada vez lo odiaba más.
La cena continuó en silencio. Mandy hablaba con Bill, como siempre. Si Bill no hablaba con Tom hablaba con Mandy, su amiga de bromas e inmadurez extrema. Pero nadie podía culpar a la chica, era solo una Bill versión chica, por las maldades y por la bocota sucia que tenía. Por otra parte, Angelo y Tom dialogaban temas referidos a la carrera. Ambos estudiaban lo mismo, por lo que Tom solía ayudarlo.
—Así que en eso perdiste el tiempo en vez de estudiar— miró su padre a Bill,interrumpiendo la conversación de este y su hermana.
—No perdí mi tiempo—dijo desafiante.—Es más, también lo ayudaré en su departamento.
—Tienes responsabilidades.
—Lo haré de todos modos—dijo despreocupadamente.
—Lo hará Angelo—su padre miró al segundo de los hermanos. Este asintió.—Tu no tienes mi permiso, y si yo no te doy mi consentimiento no puedes hacer nada en esta casa ¿ entendido? No creas que porque vives en este techo puedes hacer lo que quieras, niñito.
Tom que estaba comiendo, se sorprendió de lo antipático que su padre estaba actuando con su propio hijo sin razón alguna. Definitivamente tendría que llevarse a Bill con el la mayoría del tiempo, así le iba a evitar el dolor al menor y de paso estarían juntos como siempre. No quería por nada del mundo que su padre lo maltratara.
—¡Jorg!—reprendió Simone.
—¡Yo soy el padre!—alzó la voz.
—¡Y yo soy la madre!—levantó la voz tan alto como le fue posible.—Y Bill puede ir a ayudar a Tom, porque yo así lo quiero.
Todos guardaron profundo silencio. Ni una respiración se oía.
Era la primera vez en mucho tiempo que su madre se sobreponía a su esposo. Y no era casualidad, estaba pensando seriamente en lo que le había dicho Bill. A veces su esposo era muy duro, demasiado antipático, todo lo contrario a como lo conoció.
—Angelo tu también puede ayudarlo si gustas—suavizó su voz, levantándose de la mesa para dejar su plato.
El segundo de los hijos suspiró. Si Bill iba, no había punto en que fuera a ayudarlo. De hecho al minuto de saber que Bill iba a ayudar a su hermano lo excluía completamente. No quería ser parte del circo estúpido de Bill.
Bill se paró segundo después para esconderse donde siempre solía cuando algo salía mal, en el patio trasero de su casa, detrás de un enorme árbol.
—Te encontré—sonrió Mandy.
—¿Qué quieres?—respondió de mala manera.
—No seas idiota, Bill ¿ Seriamente vas a deprimirte porque papá es un maldito viejo chiflado que no se soporta ni al el mismo?
Bill sonrió un poco. Mandy tenía el poder de decir cosas demasiado chistosas aún conservando su expresión seria. Ella era un personaje.
—No dejes que te la gane. Creo que le causa satisfacción vernos tristes, no sólo a ti, a mi también ¿ Cuántas veces me he escapado de casa? Soy más rebelde que tú, pero no lo tomo en cuenta y ha dejado de molestarme. Aunque puedo sentir como su mirada me perfora de vez en cuando—se rascó la cabeza.
—El me odia porque soy irresponsable, pero por lo que más me odia es porque me la paso con Tom. Quizá debería dejarlo en paz.
—¿Vas a dejar que tu estúpido padre arruine un futuro romance con tu propio hermano?—bromeó.—Estás loco.
—Mandy—se escandalizó.—¡Pervertida!
—Mucho yaoi—rió.
—¿Yaoi?
—Nada, nada hermanito—se contuvo la risa.— Es algo que heterosexuales como tu no debe saber.
Mandy bromeaba, pero igual por su mente había pasado un par de veces la palabra yaoi, y sus dos hermanos juntos por su mente. No había punto en negárselo a si misma, pero seguro que si le decía sus pensamientos al menor iba a asustarlo. Iba pensarlo dos veces antes de traumatizarlo. Ya suficiente tenía con su propio padre.
—¿Y Tomi?—preguntó de repente.
—Iba a venir por ti pero papá lo detuvo.
—Dime algo nuevo—ironizó.
—Bill—dijo seriamente esta vez.—No sacrifiques tus sueños por los sueños de papá.
—No lo haría.
—Escúchame bien, Bill—lo miró fijamente a los ojos.— A la larga la presión se hace mucha, sólo mira a Tom—dijo tristemente.—Tu eres su única alegría, lo único real que tiene…
—Y Adeli…
—No, Bill, tú eres su familia, algo que jamás lo abandonará no importa las circunstancias. No te alejes de él, no creo que sería algo sabio ni para ti, ni para él. Finalmente terminarás siendo un clon de papá si haces todo lo que te dice al pie de la letra, si te privas de vivir como quieres.
Bill asintió. Mandy se levantó del lado del menor, e hizo su camino de vuelta a la casa.
El pelinegro se quedó allí, analizando cada una de las sabias palabras de su hermana, que parecía toda descentrada, poco seria, incluso le pasó por la mente pensar que estaba loquita, pero que por primera vez dijo algo con mucho sentido, algo que lo ayudaría para continuar, para sobrellevar el día a día o los momentos que Tom no estuviera con él.
Quizá había una luz. Tal vez si había gente que creía que uno podía perseguir sus propios ideales.
Bill iba a escuchar a su cabeza y corazón, no a su padre.
Continúa…
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