
Fic Toll de RubelangelTwc
Capítulo 11
Nos besábamos lentamente pero con pasión, fundiéndonos en los labios del otro, sintiendo cómo nuestras lenguas jugaban entre ellas a un juego que cada vez cobraba más calor y excitación por tocarnos y no acabar nunca con ese sentimiento de plenitud que ahora mismo me invadía al poder estar así con él. Las puntas de mis dedos pasaban en una suave caricia por sus pequeñas y estrechas caderas con las cuales me deleitaba, pareciendo inclusive las de una chica.
Sentía que con él no quería hacerlo rápido, con él no iba directo a la acción, quería que las caricias y los besos fueran importantes, no solo tener sexo o, en este caso, hacer el amor con él.
Estaba nervioso, sumamente nervioso de hacerle el amor, de que quizá no le gustase, de que quizá su primera vez no fuera tan especial como creía. Me daba miedo porque yo jamás había hecho esto con un chico, sabía cómo se debía hacer, pero otra cosa muy diferente era ponerla en práctica. Sin embargo, las caricias que él me propinaba en mi espalda me hacían relajarme de sobremanera, haciendo que solo pensase en que todo iba a estar bien, en fundirme de una forma especial y única con su cuerpo.
Ahora mismo no buscaba placer en esto, buscaba el amor. Cuando estás enamorado supongo que el placer pasa a segundo plano.
Sentía que su respiración cada vez era un poco más acelerada, así que dejé de besarle para que pudiera respirar con normalidad y ataqué a su cuello, saboreándolo y haciendo pequeñas mordidas en él que le causaban un escalofrío en el cuerpo que yo mismo sentía al estar contra mi pecho.
Bill me desató el último botón sin previo aviso y sonreí contra su piel al sentir él mismo me lo quitaba con lentitud.
– ¿Y si… entran? – susurré sin dejar de lado mis besos.
– Por la noche los doctores nunca entran, además de que cuando te has dado la vuelta he cerrado con llave para que no puedan entrar… – sonreí y solté una pequeña risa.
– Me encantan – dejé escapar entre mis labios antes de que Bill deslizase completamente mi bata por mis hombros, cayendo al suelo y quedando ahora tan solo en bóxer ante él y esa mirada brillosa que pasaba por mis pectorales y mi abdomen, sin despegar su vista de ellos. Pasó una de sus manos por ellos, deleitándose con mis músculos que, a pesar de no ser muchos, se marcaban lo suficiente.
– Tú sí que me encantas, y ahora mismo no sabes cuánto – sonreí mucho más cuando me miró y volvió a conectar su potente mirada con la mía. Volví a acercarme a él y nuestras lenguas volvieron a entrar a ese sucio y glorioso juego.
Cogí a Bill de las piernas sin un aviso previo, haciendo que soltase una risa y me agarrara de los hombros para no caer. Enrolló sus piernas alrededor de mis caderas mientras yo le sujetaba de los muslos, casi tocándole el culo. Nos besamos de nuevo y yo comencé a andar hacia su camilla, dejando mi bata atrás tirada en el suelo. Ambos reímos cuando choqué contra ella sin quiera darme cuenta y dejé suavemente el cuerpo de Bill sentado allí antes de tener que separarnos para que pudiera recostarse y así yo también poder entrar y ponerme encima de él, volviendo a juntar nuestras bocas y respiraciones agitadas.
Agradecía que estas camillas fueran lo suficiente grandes como para caber los dos sin temer por caernos. Parecía una cama, no muy grande, pero una cama donde podríamos hacer el amor sin problema.
Bill enrolló mi cuello con sus brazos y sus piernas alrededor de mis caderas, sintiendo que mi pene el cual comenzaba a ponerse erecto debajo de los bóxer chocaba suavemente contra sus muslos, calentándome más de lo que ya lo estaba haciendo el húmedo beso. Le agarré de la cintura e hice un movimiento rápido y suave, quedando yo ahora abajo y Bill sentado en mi regazo.
Dejamos de besarnos para mirarnos a los ojos, yo puse detrás de mi cabeza una almohada que había por allí para poder quedar más o menos sentado y con él encima. Seguíamos cerca, muy cerca, pero sabíamos que no queríamos hacerlo rápido y por ello ahora mismo nos mirábamos a los ojos, asegurándonos de lo que íbamos a hacer. Las uñas pintadas de negro de Bill viajaron hasta mis pectorales, recorriendo con ellos cada músculo que aparecía por él, llegando hasta mi duro estómago, donde comenzaba el elástico de mis bóxer negros.
– Lo que yo decía, prototipo de heterosexual – sonreí y me reí por su comentario del cual él también rio. Me acerqué y le robé un pequeños beso sonoro.
– Quiero que tu primera vez sea especial – susurré, ganándome de nuevo una pequeña mirada de él.
– Todo contigo es especial – sonreímos como un par de idiotas y Bill me cogió de la mano -. Sólo hazlo – asentí a sus palabras y nuestras sonrisas se transformaron en un fogoso y ahora más que húmedo beso. Queriendo deleitarnos entre nosotros, queriendo tocarnos y hacernos colapsar, queriendo juntar nuestros cuerpos, queriendo, queriéndonos.
Bill me cogió mis manos y las llevó hasta la parte baja de sus caderas, tocando perfectamente su culo. Sin denegar su petición de no tener vergüenza a tocarle, subí mis manos por un momento a sus hombros para poder desatarle los botones y así quitarle la bata. Me impactó incluso a mí la velocidad y destreza que tuve al desatarle los botones a Bill sin siquiera ver cómo lo hacía, pero supuse que era por la excitación y el calor del momento, o quizá por haber quitado tantos sujetadores.
Enseguida y sin dudarlo bajé mis manos por su cintura para cogerle el final de la bata y alzarla, separándonos un momento del beso junto a un gruñido que dejé escapar al no querer hacerlo. Aún así, cuando su bata cayó al suelo junto a la mía y pude ver a Bill semidesnudo encima de mí, todo, absolutamente todo mereció la pena.
Quizá no tenía un gran cuerpo, quizá no tenía unas enormes tetas, tal vez las curvas de su cuerpo no eran significativas, tal vez no era el cuerpo de una chica, pero, sin un tal vez de por medio, era lo que quería, lo que me gustaba, lo que necesitaba. Todo de Bill me gustaba, esa blanca y suave piel, ese pecho y abdomen plano, sin rastro de músculos, haciéndolo ver simplemente perfecto para mí.
Ni siquiera me sorprendí de que en estos me gustara mucho más el cuerpo de un chico, de Bill, que de cualquier chica, me dio prácticamente igual que me sintiera también físicamente atraído por él. Era simplemente perfecto, un cuerpo pequeño y blanquecino, como un muñequito de porcelana, demasiado perfecto incluso para mí.
Todo de Bill era jodidamente perfecto. Hasta por las mañanas cuando sus ojos eran pequeños a causa del sueño.
Sus piernas eran delgadas y largas, cubiertas por un casi imperceptible vello rubio. Pasé mis manos por sus muslos, subiendo por ellos y encontrándome con los bóxer que llevaba puestos, aún así seguí subiendo hasta que quedaron en su cintura, la cual rodeé y acerqué a mí, soltando un pequeño gemido involuntario cuando restregó su culo por mi pene ya erecto. Bill sonrió al darse cuenta de mi reacción y se agachó mínimamente para cogerme de las mejillas y besarme mientras, de nuevo y para joderme, volvía a mover su culo de atrás a adelante, acallando mi jadeo con su lengua.
Estaba tan perdido en su cuerpo, en sus caricias y en sus besos que me sentía flotar en una nube, de la que seguro caeré, pero joder, qué bien se está ahora mismo aquí contigo.
Quería darle a él también un poco de este exquisito placer que me estaba brindando con sus pequeños movimientos de cadera, así que bajé mis manos y lo agarré del culo sin previo aviso, escuchando un jadeo de su parte al estar sorprendido por mi acción. Sonreí sobre su boca y empecé a dejar caricias en su culo, sobre la tela que le impedía ser completamente mío, pero era mejor así, paso a paso, queriendo acaparar más a cada momento, volviéndonos locos por tenernos.
Mi mano ahora pasó a su parte delantera e hice como que sin querer rozaba con mis dedos su pene también duro, escuchando que ese pequeño jadeo se convertía en un gemido acallado. Oculté mi sonrisa y empecé a juguetear con su elástico, metiendo una pequeña parte de mi dedo en sus bóxer, estirando levemente de vez en cuando.
– Tom… – escuché que susurraba mi nombre entre ese fogoso beso, así que decidí separarme por unos segundos de él y nos volvimos a mirar. Estaba agitado y sus ojos estaban dilatados, diciéndome con su mirada que pasáramos a la verdadera acción, yo le hice caso pero antes uno de mis dedos pasó por su rostro, parándose en ese tubo que seguía ahí para ayudarle a respirar.
– Prometo hacerlo especial – murmuré.
– Ya lo está siendo, sé que lo será – sonreí y asentí, volviendo a atacar hambriento sus labios, mordiendo su inferior y terminando de meter la mano en sus bóxer, quitándoselo con las dos, bajando por sus piernas hasta caer al suelo junto a toda la ropa. Le agarré de las caderas e hice que esta vez él volviera a quedar debajo de mi cuerpo, recostado sobre la camilla y con las piernas abiertas para que pudiera caber entre ellas. Sus manos viajaron sin ningún tipo de pudor a mis caderas y bajaron lentas hasta el comienzo de mis bóxer, tirando de él para poder sacármelo de una bendita vez. Jadeé cuando mi erección salió por fin de entre la tela que lo aprisionaba y ella cayó junto a los bóxer de Bill y nuestras batas.
Nos miramos por unos cortos milisegundos a los ojos antes de bajar los dos la mirada a la vez para poder vernos completamente desnudos. Sin embargo, yo volví a mirar su rostro completamente rojo por la vergüenza que ahora mismo lo consumía y le mordí una mejilla levemente, entrelazando nuestros dedos de la mano.
– Estás rojo – murmuré en su oído.
– Es la primera vez que estoy desnudo con alguien…
– ¿Por qué? Eres hermoso… Jodidamente perfecto, no sientas vergüenza de nada – asintió y se llevó una de sus manos unida con la mía a su rostro, deshaciendo la unión que tenían para meter uno de mis dedos dentro de su boca, sintiendo cómo lo chupaba para lubricarlo.
Y probablemente me hubiera corrido ahí mismo de tan solo mirar su cara y cómo mi dedo entraba y salía de su boca, pero me contuve, tan solo me contuve porque tenía unas inmensas ganas de poder hacerle mío, y de poder también ser suyo.
– Mhmm… – Bill sonrió coqueto cuando sacó mi dedo de su boca y besó mis labios, removiendo sus caderas para que hiciera lo que debía hacer. Con los dedos húmedos y lubricados por su saliva bajé lentamente por su cuerpo hasta llegar a su ingle, rozando con mi mano su erección para escuchar el jadeo que soltó. Dejé de besarle y puse mi frente contra la suya, mirándonos para darnos seguridad entre nosotros. Mis dedos acariciaron sus testículos y bajaron hasta su entrada, supuse que no sería tan difícil, como a una chica, así que sin miedo hice presión en su agujero el cual estaba demasiado apretado y vi la pequeña pero perceptible mueca que hizo Bill cuando comencé a adentrarlo hasta estar completamente dentro de él.
Me agarró con ambas manos de los hombros y los apretó, cerrando sus ojos y con su respiración descontrolada.
– ¿Te duele? – pregunté removiéndolo un poco dentro de él.
– Sólo… es incómodo – asentí y besé su mejilla, moviendo de un lado a otro mi dedo para poder dilatarle. Lo curvé y escuché un pequeño gemido de su parte, incrustando sus uñas en mi piel y abriendo la boca para coger aire. Sonreí y volví a repetir la acción un par de veces, dándome cuenta de que la mueca incómoda que puso antes desaparecía conforme mi dedo entraba y salía con menos dificultad de su anatomía, arrancándole quejidos y gemidos de su garganta.
Saqué el dedo de dentro suyo y decidí meter dos de golpe, escuchando que se removía al no esperárselo.
Y así estuve, moviéndolos dentro de él para que se dilatara, metiendo un dedo más cada vez que lo encontraba lo suficientemente abierto, hasta que casi los cuatro estaban dentro de su entrada y Bill gemía descontroladamente debajo de mi cuerpo, con la mueca de dolor y incomodidad totalmente desaparecida entre ese placer que ahora mismo estaba sintiendo.
Me erguí un poco y saqué los dedos de su entrada ya dilatada, dejando los brazos en mi pecho mientras él mismo colocaba una de sus piernas en mis hombros. Los dos ya estábamos sudando cuando el calor de nuestros cuerpos se disparó a niveles que superaban lo que alguna vez sentí.
Su pene, más o menos igual que el mío, estaba erecto entre sus piernas al igual que el mío, deseando ser atendido. Coloqué una de mis manos en mi erección y me masturbé un par de veces, esparciendo por él el poco pre-semen que había comenzado a chorrear de la punta. Lo cogí y me incliné para llevarlo a su entrada, chocando mi punta con ella y, literalmente, viendo las estrellas del puro placer.
– Hazlo… – susurró Bill sobre mis labios.
– Si quieres que pare, solo dímelo – asintió y se mordió el labio, juntando completamente mi cara con la de él mientras me adentraba entre sus estrechas paredes -. Joder… Te quiero tanto… – murmuré mientras sentía que el placer me invadía al tan solo entrar completamente en Bill.
– Yo más – me dijo en un susurro entrecortado -. Sólo… espera un momento – supe que al ser su primera vez debía de acostumbrarse, así que asentí y durante ese tiempo me entretuve en besarle hasta que sentí que movía su culo para que empezara con el vaivén el cual no dudé en comenzar. Salí de él sin llegar a estar fuera del todo y me volví a adentrar lentamente, para no hacerle daño. Escuché que gemía y mordía con saña mi labio inferior. Sonreí y comencé a repetirlo un par de veces hasta que los dos nos descontrolamos y cada vez las penetraciones eran mucho más fuertes y certeras.
Sus gemidos aumentaban de nivel junto con mis jadeos, el sudor era cada vez más presente, el placer nos invadía totalmente y llegó un momento en el que sentí que valió realmente la pena pasar por toda la mierda del cáncer por compartir este momento con él, por estar así, entregándonos totalmente al otro para poder tener esa pequeña felicidad que siempre deseamos alcanzar, teniéndonos a ambos, muriendo por el otro, sintiéndonos y deseándonos más que nunca.
Mis movimientos eran fuertes, metiéndome lo más que podía dentro de él, chocando mis testículos contra su culo y su erección se restregaba contra mi abdomen, machacando su próstata cada vez que llegaba lo más adentro que podía de él.
Mis gemidos eran descontrolados y el placer cada vez se hacía más presente, haciéndonos llegar al límite. Nuestras bocas volvieron a juntarse en un beso húmedo y repetí un par más de penetraciones antes de acabar y llegar al orgasmo dentro suyo junto a él, el cual su semen salió en cascada, manchándonos a ambos el abdomen. Dejé escapar todo el aire que contenía y también ese gemido que no me molesté en callar, llegando al paraíso con él.
Jadeábamos sin control y decidí salirme de dentro de Bill, viendo que se dibujaba una sonrisa en su rostro en la cual dejé un beso. Me quité de encima suyo y me recosté a su lado, cubriéndonos a ambos con la manta para no estar desnudos.
Besé su espalda y me concentré en regular mi respiración al igual que él, consiguiéndolo en unos pocos segundos los cuales fueron de pura calma.
Había sido tan diferente, tan especial, no era sexo, esto era hacer el amor, unirme no solo para sentir placer, sino para sentir otra cosa, otra cosa difícil de explicar, otra cosa que jamás había sentido con nadie, sólo con él, y sin duda, me gustaba muchísimo más.
Era amor, por supuesto que era puto amor lo que sentía por él.
Me daba igual llevar un día, un mes, un año, un para siempre, porque siempre sabría que lo que sentía por él era amor.
– Ahora soy un chico de 19 años, guapo y listo, el cual no es virgen – me reí por lo que dijo al recordar que yo le dije lo mismo cuando me enteré de que era virgen.
– ¿Te ha gustado? – pregunté rodeando su cintura.
– Me ha encantado – murmuró sonriendo y rodeando mi mano con la suya.
– No entiendo por qué eres tan jodidamente especial – dije contra su piel.
– ¿Por qué soy el primer chico con el que te acuestas? – dijo de broma, pero yo negué con la cabeza.
– No… Sólo… Creo que ha sido especial porque te quiero, ojalá mi primera vez hubiera sido contigo – murmuré.
– Me da igual no ser tu primera vez… Si… me dejas ser la última, a pesar de ser imposible
– Claro que es posible, tonto. Seremos… un para siempre pequeño, me da igual el tiempo – dije.
– Me has hecho el hombre más feliz del mundo – susurró girándose entre mis brazos, quedando cara a cara. Le sonreí y besé la punta de su nariz, quedando muy cerca el uno del otro.
– Deberíamos dormir, mañana recogemos todo esto… – asintió y se acobijó en mi pecho.
– Buenas noches, Thomas Kaulitz, rapero que quiero tanto – sonreí y lo abracé mucho más, queriendo detener ahora mismo el tiempo, poder olvidar lo que me estaba ocurriendo.
– Buenas noches, Bill Kaulitz, rockero que amo – dije después de un largo silencio en el cual él se durmió entre mis brazos y pude admirar su belleza.
Temía no poder despertar mañana, dentro de una semana, o quizá un mes o, como mucho, en un año, pero si él siempre estaba entre mis brazos ese temor se reducía a nada.
Lo mejor sería alejarme de él para no hacerle daño, pero lo sentía tan atado a mí que era imposible.
Era imposible dejar de amarle, y esta vez sería egoísta, jodidamente egoísta por los dos.
Porque joder, qué bien se estaba entre tus brazos, Bill.
Continúa…
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