Fic Toll de RubelangelTwc

Capítulo 2

Fui andando por los pasillos, yendo hacia la planta de abajo para poder coger algún café y desayunar algo en condiciones.

Después de levantarme y ver a Bill dormido aún en su camilla, junto al supuesto desayuno en la mesita de noche el cual nos habían traído las enfermeras, como siempre hacían con cada comida, decidí bajar para poder comer algo que realmente fuera un desayuno, y no eso.

Bajé por el ascensor y, para mi mala suerte, justo cuando estaba por llegar a la cafetería, me encontré con Nat allí sentada, tomando tranquilamente de su desayuno.

Se me pasaron dos opciones por la cabeza; o irme de allí, o coger un café a pesar de que ella me pudiese ver. Y, cuando recordé la comida que ponían en el hospital, opté por la segunda opción.

Anduve hacía allí y me tapé disimuladamente la cara con mi cabello, me puse en la barra y enseguida el olor a café me inundó.

– ¿Qué desea tomar, chico? – subí la mirada y me encontré con una mujer de mediana edad, la cual tenía un delantal atado por la cintura.

– Un café con leche, por favor – pedí con una leve sonrisa para mostrarme educado. Ella asintió y se fue a preparar mi desayuno.

– ¿Tom? – me giré al escuchar que alguien me llamaba y, para mi desgracia, era Nat. Mierda… – ¿Qué haces aquí? – preguntó sonriéndome y sentándose a mi lado junto a su desayuno.

– Eh… A ver, sabes que la comida del hospital es una mierda y…

– Has venido a por un café ¿No? No pasa nada, me quedo callada. No sé nada de esto – la miré extrañada y cuando ella soltó una risa yo también sonreí. No me imaginaba que pudiera ser así, normalmente todos los que trabajaban aquí me hubieran obligado a comer el desayuno del hospital – ¿Sabes? Te pareces mucho a Bill, él también venía aquí antes para comer. Odiaba la comida que le traían, y se quedaba a hablar conmigo. Era una buena compañía, no entiendo por qué todos los compañeros de habitación le decían que…

– Que necesitaba un psicólogo porque era raro ¿No? – continué yo al ver que ella se quedaba callada.

– ¿Lo sabes? – me preguntó repentinamente sorprendida.

– Sí, él me lo contó – le dije, y vi que sonreía.

– Le caes bien – me dijo de repente -. Y dime ¿Tú qué piensas sobre él? – preguntó, y yo simplemente me quedé sin palabras ¿Qué podía decir de él si solo lo conocía desde hace unas horas?

– Pues… pienso que es extraño, pero en el buen sentido. No lo sé, nunca sonríe con naturalidad y… me contó que su infancia fue una mierda. Pero no pienso que necesite ir al psicólogo simplemente porque se maquille y esas cosas, es diferente ¿No? Eso es bueno. Me dijo que tiene cáncer de pulmones y no mucho más, después vinieron su madre y su hermana, muy linda por cierto, se parece mucho a él – dije, sin saber qué más poder decir.

– Chico, aquí tiene su desayuno – me giré y me encontré con la mujer que me había atendido antes con un café en la mano.

– Perdone, ¿Me podría poner otro igual? – le dije.

– Claro, ahora mismo – sonreí y se fue de nuevo.

– ¿Por qué otro? – preguntó Nat a mi lado.

– ¿No decías que a Bill no le gustaba la comida del hospital? – me sonrió abiertamente y asintió.

– Eres bueno para él. Creo que podrá tener por fin un amigo aquí dentro – me dio un par de golpecitos cariñosos en el hombro y yo hice una mueca con la boca, no me gustaba oír eso, porque yo, había pasado tristemente por lo mismo cuando estaba en adopción.

– ¿Por qué no tiene ningún amigo? Es decir, no será tan solo por su físico, porque para mí es amable y buena persona – pregunté curioso, y Nat borró su sonrisa. Vi cómo titubeaba entre responderme o quedarse callada, así que abrí la boca para decirle que no me lo dijera si no quería, pero ella habló primero.

– La gente sigue siendo homofóbica a pesar del siglo en el que estamos – fruncí el ceño y la miré confundido.

– ¿Es gay? – le dije, pero ella negó.

– Bisexual, más bien – contestó, pero no le di importancia, me importaba muy poco sus gustos sexuales ¿Qué importaba si le gustaban los chicos o las chicas? -. Cuando llegó aquí tenía novio pero… Pasó una cosa, y le dejó. Estuvo muy mal desde aquel día… Pero la historia completa te la tiene que contar él, no yo – asentí y sentí la extraña sensación de querer saber más sobre su vida.

– Perdone, aquí tiene su segundo café – vino de nuevo la mujer y me tendió los dos cafés, le sonreí y se los cogí.

– Gracias ¿Cuanto es? – pregunté, pero Nat se adelantó.

– Tranquilo, yo pago. Ahora sube antes de que te vean – curvé mis labios en una sonrisa de agradecimiento y me fui de allí con los dos cafés en mano. Cogí el ascensor para subir otra vez a mi habitación y poder desayunar de una vez. Cuando llegamos a la planta anduve por los pasillos hasta que llegué definitivamente a mi cuarto, y cuando entré, mi sonrisa se esfumó rápidamente.

Bill estaba sentado correctamente en su camilla, ya se había despertado, y sujetaba una pequeña hoja entre sus manos, la cual supuse que era una fotografía. No apartaba la mirada de ella, cayendo débiles lágrimas silenciosas de sus ojos rojos. La apretó entre sus manos, arrugándola, y vi que la rompía en dos a causa de la ira. Hizo su mano en un puño y tiró la fotografía al suelo, para después romper a llorar, ocultándose entre las mantas.

Sentí una sensación extraña en mi pecho y corrí hacia él, no podía verlo así.

– Háblame de ti, Bill… – dije en un susurro, acercándome a él y agachándome para coger aquella fotografía que había rasgado, dejando los cafés a un lado y dándome cuenta de que había un niño de unos diez años junto a un hombre de mediana edad, el cual supuse que era su padre. Mientras los dos sonreían a la cámara, felices.

– Ya te hablé de mí el primer día que nos vimos. No pretendas que te cuente mi vida en el segundo – respondió secamente, dándose la vuelta para no mirarme.

Me resigné y tan solo decidí guardar la fotografía en mi bolsillo. Él tenía razón, llegué ayer aquí y ya me estaba metiendo en su vida cuando ni siquiera habíamos entablado una segunda conversación. Necesitaba conocerle lentamente, y de eso me encargaría justo en este momento. Me llamaba demasiado la atención saber de él.

– Está bien, prometo no meterme en tu vida si te tomas conmigo el café que he traído – vi cómo se removía en la camilla y se sentaba en ella, limpiándose las pequeñas gotas saladas que seguían en sus mejillas. Me miró con esa potente mirada y yo cogí una silla que allí había para poder estar más cerca de él.

– ¿Café? – preguntó, asentí con una sonrisa ladeada y agarré los dos, tendiéndole uno el cual cogió – Gracias, hacía mucho que no tomaba uno… Es mejor que la comida de hospital.

– Opino lo mismo – respondí, viendo cómo llevaba el café a sus labios y le daba un pequeño sorbo -. Nat me dijo que antes ibas a la cafetería todos los días – solté sin importancia, bebiendo del mío a la vez que Bill asentía – ¿Por qué ya no vas?

– Me negaron salir de la habitación hace meses, si no voy acompañado por mi madre o por alguna enfermera no puedo salir de aquí – respondió cabizbajo.

– ¿Por qué? – pregunté extrañado de ello. ¿Meses sin salir de aquí? ¿De este hospital? Eso tendría sentido por su piel tan blanca… Pero… No lograba entenderlo.

– Estás volviendo a meterte en mi vida. Pero supongo que si no te lo digo, no dejarás de preguntármelo – le miré atento y volvió a beber antes de hablar -. Intento de suicidio. Me escapé a enfermería y cogí de todo tipo de pastillas que había allí. Me las tomé y estuve drogado durante dos horas, pero desgraciadamente me pillaron antes de morir y me lavaron el estómago. Desde ese día me prohibieron salir sin seguridad – me quedé momentáneamente en blanco, callado y mirándole tan solo a los ojos. No lograba asimilar todo esto, era… demasiado fuerte. ¿Intento de suicidio…? Joder…

– ¿Tanto odias vivir? – pregunté aún en shock.

– Odio hacer daño con mi vida a las personas que más quiero. Prefiero morir y que ellas puedan vivir por fin, sin tener una carga – dijo sin más, volviendo a estar callado.

– ¿Por qué piensas eso? Bill, estoy seguro de que tu hermana te quiere, y también tus padres, no entiendo…

– ¿Padres? – me cortó – Mi padre nos abandonó hace años, ¿Y sabes de quién fue la culpa? Mía, Tom, fue mi puta culpa de que mi hermana no tenga padre, de que mi madre no tenga marido, de que les falte comida en la mesa para poder pagar mis putos medicamentos. ¿Ellas se lo merecen, Tom? ¿Enserio crees que se lo merecen? Las quiero mucho, es lo único que me queda. Mis amigos me abandonaron, mi…

– ¿Tú…? – incité a que siguiera, pero tan solo desvió la mirada y se mordió el labio.

– Nada – respondió -. No pienso hablarte más de mi vida, así que mejor cambia de tema si quieres llevar una conversación conmigo – le miré sin poder apartar la vista de él. Lograba sin entender cómo una persona podía sufrir tanto.

Parecía bueno. No, no lo parecía… Lo era. Yo no sería capaz de hacer todo lo que él hizo por su familia, por su madre y su hermana. Él… no era como los típicos chicos de dieciocho años, era diferente sin duda alguna. Reservado en ocasiones… Y callado en otras.

– ¿Y si vas conmigo a la cafetería te dejarán ir? – pregunté de la nada, estaba decidido a conocerle totalmente. Me bebí el café de un solo trago y lo dejé a un lado, al igual que él.

– ¿Harías eso por mí? – asentí y él me sonrió abiertamente, una sonrisa real – Sí, claro. Muchas gracias – le sonreí yo también, complacido.

– Oye, háblame de ti – me miró con una ceja levantada y yo me reí -. Quiero de decir, tu color y comida favorita. Tus hobbies, qué superpoder tendrías…

– ¿Superpoder? – preguntó riéndose de ello, haciendo que sus ojos se volvieran pequeños. Asentí sonriendo por su risa contagiosa – Pues… probablemente volar. Siempre me han gustado las alturas, me hacen sentir libre por un momento – me dijo sonriendo de lado – ¿Y tú?

– Creo que mi superpoder sería poder aguantar las cosquillas – dije soltando una pequeña carcajada y ganándome una mirada de extrañeza por parte de Bill.

– Eso no es un superpoder. Es fácil aguantarlas – subí una ceja a modo de sarcasmo y me levanté de la silla.

– ¿Ah sí? – pregunté con una sonrisa en la cara. Él agitó la cabeza de arriba a abajo y decidí acercarme – ¿Eso lo veremos ahora! – grité, estirando mis brazos para comenzar a hacerle cosquillas. Empezó a reír sin cesar y a removerse debajo de mi cuerpo, carcajeándose sin cesar, haciendo que yo también riera sin poder evitarlo. Movía mis dedos sobre sus costillas sin parar, hasta que vi que le costaba respirar y salían pequeñas lagrimas de sus ojos, haciendo que cesara de moverlos y me separara de él para que pudiera coger aire.

– ¡Tom! Jajaja – gritó Bill aún riéndose al igual que yo.

– Vaya, sí que te veo contento, cariño – miré hacia la puerta y me encontré con la madre de Bill, mirándonos sonriente desde allí. ¿Nos había visto? Mierda, qué vergüenza…

– Hola, señora – saludé sonriéndola.

– Oh, llámame Simone – curvó sus labios y entró a la habitación. Me tendió la mano la cual estreché.

– ¡Tommy! – vi que entró por la puerta la hermana pequeña de Bill, agitando sus manos y dando saltitos, haciendo que las coletas que tenía se movieran de un lado a otro – ¡Mira lo que te hice! – la cogí en brazos cuando noté que me estiraba de la bata al ser mucho más bajita que yo. Me dio un fuerte y rápido abrazo por el cuello y me tendió con sus pequeñas manitas una hoja pintada – Como ayer no pudimos venir a verte otra vez, mi mami me dijo que te hiciera un dibujo – sonreí enternecido con la pequeña y no pude evitar darle un fuerte abrazo lleno de cariño. Joder, era tan linda…

Miré el dibujo y vi un dibujo en la que estábamos ella y yo cogidos de la mano. Nos había hecho el cuerpo con palos y mis rastas parecían serpientes que salían de mi cabeza, las cuales me hicieron reír. Arriba ponía con mala caligrafía «Tommy» junto a un gran corazón al lado.

– Gracias, pequeña – susurré sonriéndole -. Es precioso – curvó sus labios y la dejé sentada en mi camilla – ¿Qué te parece si ponemos el dibujo en la pared? – pregunté animado.

– ¡Sí! – gritó contenta, Soph. Se levantó energética y me cogió el dibujo, alzándolo y haciéndome reír – ¡Billy, dame una chincheta para poder ponerlo! – dijo mirando esta vez a Bill, quien alzó una ceja con una sonrisa.

– ¿Y no le vas a dar ningún beso a tu hermanito? – preguntó, y enseguida Soph saltó hacia él y Bill la cogió en brazos. Ella enredó los brazos alrededor de su cuello y le dio un fuerte beso en la mejilla – Ahora me gusta más – dejó ahora él un beso en su frente. Abrió uno de los cajones de la mesita de noche y le tendió una cajita llena de ellas.

– ¿Quién tiene chinchetas en su cajón? – le pregunté gracioso.

– Una persona que tiene una hermana pequeña la cual es muy pesada poniendo dibujos en su pared – me hizo reír y Soph le soltó una mirada indignante.

– ¡Eh! Yo no soy pesada. ¡Mamá, Billy me ha dicho que soy pesada! – gruñó cruzándose de brazos y mirando a su madre, la cual solo reía.

– No, tú no eres pesada. Solo te gusta mucho dibujar ¿A que sí, pequeñaja? – me agaché a su altura y le susurré en el oído. Ella asintió feliz de repente y la cogí de nuevo en brazos, alzándola y haciendo que quedara a la altura de la pared – Vamos, ahora tenemos que poner esto – puso el dibujo contra la pared y yo apreté la chincheta para que quedara bien en esta, haciendo fuerza para poder traspasarla y, cuando lo hizo, Soph aplaudió con sus pequeñas manos.

– ¡Bien! – dijo contenta, la bajé de mis brazos y la dejé de pie en el suelo. Miré hacia el cabezal de mi camilla y sonreí feliz – ¡Mami! ¿Puedo ir a por un chocolate? – preguntó de repente, y salió corriendo de la habitación cuando Simone asintió sonriente y le tendió una moneda.

– ¿Así que te gustan los niños pequeños? – me dijo, mirándome y poniéndome mínimamente nervioso.

– Oh, sí, los adoro. Cuando estaba en adopción siempre jugaba con ellos – respondí, y vi cómo cambiaba de cara al decir «adopción».

– ¿Eres adoptado? – preguntó extrañada.

– Oh, no. Mis padres murieron cuando yo era pequeño y pasé toda mi vida allí hasta los 18, cuando pude irme. Ellos me dejaron una casa pagada y mucho dinero. Estoy estudiando en la universidad y tengo un trabajo de camarero, pero supongo que lo tendré que dejar todo – me encogí de hombros cuando acabé de hablar y momentáneamente se quedó callada, seguramente sin saber qué decir.

– Lo siento… Yo…

– ¿Señor Trümper? – interrumpió una enfermera picando la puerta. Me puse correctamente en pie y asentí – Tiene cita con el doctor ahora mismo – me quedé estático al escuchar eso. Mierda… ¿Qué me dirían sobre el cáncer? ¿Qué me harían? Esto era jodido, muy jodido… No era una simple visita al médico, aquí me jugaba la vida… ¿Qué pasaría a partir de ahora? Me estaba muriendo, tenía un puto tumor en la pierna que me estaba matando ¿Enserio merecía morir joven después de todo? ¿Merecía morir justo cuando estaba viviendo?

– Eh, Tom tranquilízate. Las primeras semanas solo te harán pruebas hasta que sepan oficialmente qué hacer. Y por lo que me dijiste ayer estoy seguro de que no será nada grave – me dijo Bill al verme tremendamente nervioso. Yo le miré dubitativo, y le hice caso, después de todo él entendía mucho mejor esto que yo al tener cáncer desde pequeño… Lamentablemente.

– Está bien – susurré armándome de valor. Fui hacia la salida de la puerta y me senté en la silla de ruedas la cual tenía la enfermera. Le miré por última vez antes de desaparecer por los pasillos rumbo hacia esa jodida cita, a la cual cada vez le tenía más miedo.

&

Cuando llegué a allí me atendió un simpático doctor de mediana edad, haciendo que mi miedo y nerviosismo bajaran considerablemente.

Me cogió una muestra de sangre y de saliva para poder tomar resultados oficiales sobre ellos que, según él, llegarían dentro de una semana o dos. Me habló durante mucho tiempo sobre el cáncer y sobre esa depresión involuntaria que te entra al saber que tienes esa enfermedad, sin embargo, no es tan maligna como hacen creer, como si fuera un tema tabú del que no se puede hablar. Me explicó que hay muchos tipos de esta según la persona, podías vivir durante muchos años con una vida normal a pesar de haber sufrido cáncer gracias a la quimioterapia; también había otros que, desafortunadamente, le tenían que extraer esa célula maligna que podían tener ya que la quimioterapia no funcionaba y, por último, las personas que jamás podrían superar el cáncer porque tenían metástasis y el cáncer se trasladaba fácilmente por el sistema, sin cura alguna; el cáncer terminal. El cual, me hizo recordar a Bill… ¿Tan mal lo habría pasado?

– Señor, usted cree que… ¿Tendrán que cortarme la pierna? – pregunté asustado y con el corazón a cien. Él me dijo que había casos así, y eso me devastó ¿Y si yo era uno de ellos…?

Se quitó las gafas y cruzó manos, mirándome directamente con un semblante serio.

– Sinceramente, Tom, no lo sé. Se lo he explicado, y dese por contento de que no tiene leucemia, ya que es incurable. Necesitaré hacerle pruebas y un PET, si usted me deja, claro. Es mayor de edad y puede hacer lo que quiera – me mordí el labio y tan solo asentí con la cabeza gacha. ¿Así que había posibilidades? Mierda… Esto cada vez me hundía más sin poder evitarlo.

– Sí, está bien. ¿Cuándo sería el PET? – pregunté, y vi que sacaba una hoja de su cajón.

– Tome, debe de firmar esto para dar permiso de que podemos hacérselo – me tendió un bolígrafo y simplemente lo hice -. Pues no lo sabemos con exactitud, dentro de un tiempo se lo podemos hacer, o cuando quiera – dentro de un tiempo… sonaba demasiado pronto incluso para mí. Sin embargo, sabía que si esperaba más, cada día estaría dándole vueltas una y otra vez, sin poder quitarme ese tema de la cabeza… Así que tan solo afirmé.

– Sí, está bien- respondí, un poco más seguro.

– Perfecto – dijo – Y… por cierto, me temo que tendrás que quitarte el piercing. Los metales…

– Está bien, no importa – le corté. Sabía de todas formas que tendría que quitármelo. Él me miró complacido y comenzó a ordenar todos los papeles que tenía en la mesa en una carpeta la cual ponía mi nombre, suponía que allí estaría todos mis datos personales… Vi cómo sacaba una llave de su bolsillo y abría uno de los cajones, el cual tenía cientos de carpetas iguales. Lo cerró de nuevo con la llave y, justo cuando se la iba a guardar de nuevo, picaron a la puerta.

– ¿Señor Hall? Le necesitamos un momento en la planta cuatro, un paciente pregunta por usted, dice que es muy importante – dijo una enfermera que llegó de repente. El doctor subió la mirada y dejó la llave sobre la mesa.

– Voy ahora mismo. Tom, puede irse – asentí y los dos nos levantamos de la silla, pero Hall tan solo se puso la bata y salió corriendo de allí, quedando esta vez solo en la habitación, con la enorme tentación de abrir el cajón y… buscar el nombre de Bill.

Miré de un lado a otro a pesar de no haber nadie en ese momento, cogí silenciosamente la llave que estaba encima de la mesa y anduve hacia la otra parte del escritorio, donde estaban los cajones. Me agaché y decidí abrir la primera.

Busqué entre todas las carpetas, pero todas iban desde la «A» hasta la «J», así que lo cerré y abrí el de abajo, dándome cuenta de la primera letra «K».

Xavier Kamal, Lucas Karen, Logan Kaube, Bill Kaulitz, Alexander Keil… Espera, espera… Bill Kaulitz ¡Lo tenía!

Cogí la carpeta con su nombre entre mis manos y me la guardé entre la bata para que nadie la pudiese ver. Cerré el cajón y dejé la llave justo en el mismo sitio, como si nada hubiese sucedido.

Sonreí victorioso y salí por la puerta sin que nadie me viese. Corrí por las pasillos del hospital sin llamar realmente la atención, ya que cesaba el ritmo cada vez que pasaba por el lado de algún médico. Cogí el ascensor que me dejó en la sexta planta, y miré alrededor. Todos los médicos hacían su trabajo y nadie ponía su atención en mí, así que sin más decidí sacar la carpeta antes de llegar a la habitación, mientras andaba hacia allí lentamente.

La abrí y enseguida aparecieron millones de palabras que no les encontraba ningún sentido, palabras raras sobre alguna infección o enfermedad. Sin embargo, entre todas ellas, pude ver «Anorexia», la cual entendí perfectamente, la cual me asustó. ¿Bill había sufrido anorexia? Estaba delgado, pero… ¿Anoréxico? ¿Tan lejos había llegado su depresión? Mierda…

Seguí leyendo muy a mi pesar, viendo que estaba redactado el «intento de suicidio por consumir gran cantidad de pastillas» que me explicó él mismo. Vi el tipo de cáncer que tenía, como Bill me dijo. Pero hubo algo que me impresionó mucho más.

Leí que Bill llegó el día 23 de Marzo de 2002, cuando tenía 13 años y le detectaron por primera vez cáncer de hígado. Sin embargo, aquí ponía que llegó con hematomas en el cuerpo junto a un hueso del brazo roto; el cúbito. Constaba que tenía heridas en la cara las cuales curaron y que estuvo dormido durante un día a causa de todos los analgésicos que le tuvieron que dar para que no sintiera tanto dolor al despertar. Y que, gracias a esa supuesta paliza y a las pruebas que le hicieron, descubrieron que sufría cáncer.

¿Tan duro fue para él? Encima de que te golpean hasta acabar en el hospital a causa de los hematomas, te hacen pruebas y se dan cuenta de que tienes cáncer… ¿Enserio sufrió tanto? ¿Cómo lo pudo aguantar? ¿Cómo pudo aguantar tanto peso un chico de a penas 13 años? Ahora entendía ese intento de suicidio, esa anorexia… Era depresivo, y algo me decía, que a pesar de mostrarse fuerte delante de todos, había un niño asustado que no sabe qué hacer.

Despegué por un momento la vista de los papeles, dándome cuenta de que ya estaba delante de nuestra habitación compartida. Miré por el pequeño cristal que había en ella y lo vi sentado en su camilla, como siempre estaba, ojeando una revista y sin su hermana y su madre allí dentro. Así que simplemente decidí entrar, ganándome la atención de Bill, quien me miró con esos ojos… Seguía sin poder creérmelo.

– ¿Qué tal te ha ido? No ha sido tan malo ¿No? – preguntó, probablemente había tardado como una hora allí dentro con el doctor. Le escruté con la mirada, buscando algo que no estuviera bien en él… Algo que me hiciera creer todo lo que había leído – Tom… – le presté atención y simplemente negué con la cabeza, contestado a su pregunta.

– No, no ha estado tan mal… – murmuré.

– ¿Qué es eso? – preguntó Bill, señalando la carpeta que llevaba sujeta en la mano. Alterné la mirada de un lado a otro, viéndolo a él y a su expediente. Lo alcé para que lo viera con claridad, e incluso lo dejé sobre los pies de su camilla. Cuando lo vio y leyó su nombre, abrió desmesuradamente los ojos y me miró de una forma extraña, parecida al miedo – ¿E-es mi expediente? – dijo en un susurro, haciendo que yo asintiera.

– En tu expediente pone que llegaste al hospital con hematomas por todo el cuerpo junto a un brazo roto, y que gracias a las pruebas que te hicieron se dieron cuenta de un tumor maligno… – le dije.

– ¿Por qué tienes eso? No te importa – me respondió.

– Si no me importara, no te lo diría…

– No te importa porque no me conoces. Tan solo lo haces porque el ser humano tiene el defecto de querer saberlo todo por el morbo – dijo molesto.

– Yo no quiero saberlo todo, solo quiero saber todo de ti. Eres extraño y frío, y yo quiero ayudarte ¿Sabes? Quiero que confíes en mí y no vuelvas a pasar por todas esas mierdas que he leído ahí. Soy tu compañero de habitación, y esta vez será el último que tendrás porque no me moveré de aquí hasta poder ser tu amigo y poder conocerte mejor – contesté, haciendo que se quedara mirándome en silencio durante unos eternos segundos, para después girarse y darme la espalda.

– Mi padre me pegó ese día – me dijo, cortando el silencio. Haciendo que algo dentro de mí se removiera. ¿Su propio padre…?

– ¿Por qué? – no pude evitar preguntar.

– Porque me vio besándome con un chico, por eso. Ya tienes lo que querías saber, ahora déjame dormir – terminó de decir.

¿Su propio padre podía llegar a pegar a su hijo simplemente por eso? ¿Mandarlo al hospital por romperle un brazo y hacerle hematomas en el cuerpo? ¿Enserio alguien podía ser tan sumamente cruel?

Sabía que no dejaría de darle vueltas a este tema, así que tan solo le dejé en paz y me fui a mi camilla y me tapé con las mantas.

Algo que me decía que era el único en el que alguna vez había confiado de contárselo. Y eso, mínimamente, me enorgullecía.

Continúa…

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