
Fic Toll de RubelangelTwc
Capítulo 3
Pasó una larga semana, en la que no hice nada más que pasar el tiempo en la habitación hablando todo el tiempo con Bill de temas triviales, sin real importancia.
Cada mañana sin falta bajaba a la cafetería del hospital para poder comprar dos cafés antes de que Bill despertara, para así poder desayunar nosotros dos juntos. Ya se había vuelto una rutina totalmente normal en nosotros, e incluso me gustaba.
Me gustaba gastar de forma inexplicable el tiempo con Bill, las horas se me pasaban mucho más rápidas de cualquier tema que surgiera en ese momento. Era de esas personas que te hacía pensar si el tiempo corría más rápido de lo normal.
Sin embargo, justo ayer recuerdo perfectamente que vino una enfermera a decirme que hoy tenía cita con el doctor para darme los resultados de todas las pruebas que me hicieron, y me quedé toda la noche en vela, dándole vueltas una y otra vez a ese tema que no dejaba de rondar por mi cabeza. ¿Los resultados serían buenos? ¿O… Malos?
Tenía miedo, mucho miedo.
No lo hablé con Bill porque sabía que me diría una de sus típicas charlas que, extrañamente, funcionaban en mí, pero lo único que quería era tumbarme en la cama y simplemente no hacer nada.
Y hoy al despertarme, vi que eran las ocho pasadas. Seguramente Bill ya se hubiera despertado y ni siquiera podría ver esa cara tan linda que ponía al dormir… O al despertarse por el olor a café.
Me estiré sobre la camilla y bostecé, abriendo lentamente los ojos. Quizá con un poco de suerte seguía dormido. Miré a mi derecha y, en vez de verlo dormido y despierto, no vi a nadie. Su camilla estaba vacía, y eso me asustó. No estaba en el baño ya que la puerta estaba abierta y no había nadie dentro de él.
Me desperecé y me incorporé en la camilla ¿Dónde podía estar? Él mismo me dijo una vez que no podía salir de la habitación por lo que hizo, tan solo si iba acompañado por alguien… ¿Con quién? Bill no conocía a nadie…
Miles de dudas aparecieron de repente, las cuales se esfumaron igual de rápido que cuando aparecieron al ver que abrían la puerta y aparecía una cabellera negra junto a un níveo rostro. Fruncí el ceño al no entender nada, ¿Por qué había salido?
Entró a la habitación y al verme me sonrió.
– Como estabas dormido y tenía hambre, decidí bajar yo mismo con Nat a por un café para poder desayunar. Pero me dio pena que tú no pudieras beber uno y por eso pedí dos – me tendió uno de los cafés y enseguida lo cogí, invadiéndome el fabuloso olor de este. Él se quedó sentado en su silla de ruedas y yo en la camilla.
– Gracias por darte pena, eh – le dije con sarcasmo, nos reímos y bebí un sorbo – ¿Por qué no estás maquillado? – pregunté extrañado, él siempre al despertarse lo primero que hacía era maquillarse, me dijo que él se sentía más suyo si lo hacía, como si le diera seguridad de él mismo.
– Oh… Siempre que voy por los pasillos no me maquillo, la gente me mira mal – agachó la mirada y yo le miré indiferente.
– Nunca voy a entender a la gente. Yo llevo rastas y…
– Porque tú eres diferente a mí. Yo soy el típico estereotipo de marica. Un chico delgado, reservado y encima se maquilla como una tía. Tú eres fuerte, alegre y las rastas te hacen ver varonil, yo soy todo lo contrario. Entiendo que la gente no se acerque a mí, yo tampoco lo haría – susurró esto último para sí mismo. Me desconcertaba la forma de pensar de Bill. No entendía cómo se podía querer tan poco a sí mismo.
– No entiendo por qué piensas tan mal de ti.
– Porque la gente piensa así de mí. Cuando todo el mundo te da la espalda, te das cuenta de que realmente el problema está en ti y no en ellos, si tan solo fueran unos cuantos, pasaría de ellos, pero son todos… No me pidas que no piense así, no voy a dejar de hacerlo.
– La sociedad generalmente es idiota y cerrada de mente, así no pienses igual que esos idiotas – respondí -. Sé lo que es que te den la espalda, lo sufrí y pensé igual que tú; que yo era el problema. Pero supongo que el estar completamente solo te hace fuerte, y no puedes pensar igual que ellos porque entonces serás eso; uno más, y no tú mismo.
– Vaya, pero si parece que incluso los raperos que parecen matones son sentimentales – nos miramos y reí junto a él.
– No soy la típica persona que llora y está triste, pero sí, soy demasiado sentimental supongo. Pero no me gusta dejarlo ver, tengo el ego muy grande – respondí, llevándome el café a los labios y bebiéndomelo todo de un solo trago.
– Hoy te dan las respuestas de las pruebas ¿No? – preguntó mirándome. Fruncí el ceño y dejé el vaso a un lado ¿Cómo lo sabía? Él dibujó en su rostro una sonrisa de medio lado y terminó de beberse el suyo – Soy muy observador ¿No lo recuerdas? Ayer por la noche te veías muy preocupado después de hablar con la enfermera – asentí, ¿Cómo podía llegar a ser tan observador siempre?
– Estoy preocupado, joder. ¿Y si me tienen que cortar la puta pierna? ¿Qué voy a hacer? Nunca se me habría cruzado por la cabeza llegar a este punto, al límite de la vida y la muerte. ¿Y si no hay cura y me estoy muriendo? – me quedé repentinamente callado, mierda… – Lo siento, yo… – me quedé sin palabras, él estaba pasando por eso, y encima yo… Era idiota.
– No pasa nada. Tengo asimilado que no me queda mucho de vida, cualquier día podría morir. Hoy, mañana, dentro de un mes, de tres años… ¿Quién sabe? Me dieron por un caso perdido, nada se puede hacer por mí. A pesar de que me curen el cáncer de pulmón, volveré a sufrir cáncer dentro de un tiempo. Sufro metástasis, Tom. Y contra eso no hay cura. Tan solo esperar… hasta morir, solo queda esperar – susurró -. Sé que no pasarás por lo mismo que yo, espero que sean realmente buenas noticias. Y si son malas… no seas tan idiota como yo – se quedó callado él también, sumiéndonos en un silencio que necesitábamos. Cerré los ojos y me calmé. Sea lo que fuera… debía afrontarlo…
– ¿Qué crees que hay después de la muerte? – pregunté de la nada.
– Oscuridad, es como quedarte dormido y no despertarte jamás. No creo en el cielo – me dijo.
– Opino lo mismo. Sería demasiado aburrido caminar sobre una nube todos los días de tu… ¿muerte? Porque ya estás muerto, no puedes salir de allí – sonrió y yo también lo hice.
– A veces la vida también es aburrida. Llevo aquí tres años, despertándome en el mismo lugar, con la misma gente, los mismos sonidos y las mismas batas azules… Creo que morir sería un alivio para salir de la rutina que me consume – suspiró con cansancio, un cansancio que no era físico… Era… Cansado de la vida, quizá. Lo miré con tristeza, llevaba aquí demasiado años, con la misma rutina cada día, sin poder salir de esta cárcel… Porque al fin y al cabo esto parecía una cárcel. Yo… quería hacer algo por él, y sin duda lo haría. Dejaría de estar siempre haciendo lo mismo, haría que su rutina se distorsionara por completo y disfrutara… Hasta el final.
– Espérame aquí, ahora mismo vuelvo – le dije, levantándome automáticamente de la camilla y dejándolo allí extrañado. Sonreí cuando salí de la habitación y corrí por los pasillos, bajando a la planta de abajo del todo, donde estaba la cafetería. Anduve rápidamente hacia allí y me encontré a Nat sentada en una de las mesas, recogiendo el maletín que llevaba; ya había terminado de desayunar.
Fui hacia ella y justo cuando se giró me vio a mí parado frente a su cara, haciendo que se llevara una mano al corazón mientras daba un salto hacia atrás.
– ¡Oh, Tom! Me has asustado – me dijo, sonriéndome al ver que era yo.
– ¿Estás libre ahora? – pregunté sin rodeos.
– ¿Qué? Pues sí… No tengo nada que hacer hasta dentro de unas dos horas, tengo cita con un paciente ¿Por qué? – sonreí ¡Bien, joder!
– Escúchame ¿Podríamos ir Bill y yo a la azotea con tu permiso? Sé que no le dejan salir de la habitación, pero si tú nos das el permiso y va conmigo sí que nos dejarán poder subir a las canchas y todo eso que hay arriba para que los pacientes se distraigan – la miré casi suplicando y ella alzó una ceja al decirlo todo tan rápido. Joder… -. Vamos, Nat. Tú eres su psicóloga, sabes que le vendrá bien tomar el aire y…
– Claro que sí, Tom. No hace falta que digas excusas. Le vendrá bien salir de la habitación, y mucho mejor si está contigo, eres muy bueno para él. Ahora hablaré con su médico y se lo diré, estoy segura de que os deja.
– ¡Bien! – respondí feliz. Ella me sonrió como nunca e hizo una mueca con la boca, como si estuviera a punto de llorar… ¿Qué?
– Te debo tanto, Tom… – susurró, acercándose a mí y estrechándome en un fuerte abrazo – Bill… Ha sufrido mucho y verlo feliz con alguien… Me pone tan contenta… Gracias, muchísimas gracias por todo lo que haces por él… – murmuró para luego separarse de mí y limpiarse una débil lágrima. Sonreí con ternura y ella me miró después – Ahora vas a subir a por Bill y os vais a ir arriba. Yo me encargo del resto – asentí y corrí sin previo aviso hacia allí, deseando pasar unos minutos a su lado fuera de esa habitación que sentía que a cada minuto se hacía más pequeña a nuestro alrededor. Quería sacarle una de sus más grandes sonrisas cuando viese el cielo azul y el cálido viento de agosto recorrer su piel.
Quería que recordase el momento para siempre, algo tan simple como sentir el sol y su calidez, que para él tan imposible parecía.
Iba a ser su amigo, ese que seguramente nunca tuvo y el que siempre le faltó. Le apoyaría y tendría que aguantarme siempre en esa pequeña habitación, porque esta vez nadie volvería a irse de allí. ¿Por qué no lograba entender la gente a una persona tan buena como él?
Estaba ilusionado por ver su cara cuando viera el paisaje desde arriba, cuando sintiera él mismo el calor de sol y el movimiento del viento, y no solo detrás de una ventana que lo evadía del mundo exterior, ese al que ninguno de los dos pertenecíamos.
Me perdí completamente en mis pensamientos, y cuando salí de ellos, me di cuenta de que ya estaba en nuestra planta. Anduve buscando nuestra habitación, la cual era una de las primeras al lado del ascensor, y cuando llegué a ella, sonreí lo máximo que pude antes de entrar a ella como si nada hubiese pasado.
– ¿Dónde has ido? Parecía que tenías un petardo en el culo que te forzaba a salir de la habitación para luego volver al cabo de… – dijo mientras salía del baño, ya maquillado con esas sombras oscuras. Miró el reloj y siguió hablando – seis minutos – terminó de decir –
– ¿Confías en mí? – pregunté de la nada, acercándome allí.
– Podrías ser un asesino en serie o un violador que se hace pasar por un paciente y está una semana aquí conmigo para luego matarme o violarme. Así que no sé qué responder a esa pregunta – me reí junto a él y fui hacia una de las sillas de rueda, poniéndola frente a él quien estaba sentado donde le dejé.
– Podría ser – contesté, volviendo a soltar una carcajada por sus ocurrencias -. Pero ya tendré tiempo para hacer todo eso, porque ahora quiero que te sientes aquí y me acompañes a un sitio – frunció el ceño con fuerza y puso una mirada muy diferente a la diversión que justo en estos momentos teníamos.
– Tom, sabes que no puedo salir de aquí sin…
– Tonterías. Acabo de hablar con Nat y me ha dicho que nos da permiso. Además, estas con el tío más fuerte y apuesto de este planeta, no te pasará nada. Y no creo que seas tan idiota de intentar algo como lo que hiciste, tan idiota no puedes llegar a ser – volvió a reír y volvimos de nuevo a ese aura de diversión – ¿Entonces? ¿Me tengo también que arrodillar ante ti para que me concedas el hecho de levantar tu culo de esa silla y ponerte en esta? – negó con la cabeza mientras se asomaba una amplia sonrisa de sus labios junto a una carcajada.
– Está bien, pero que sepas que esto es un café que me debes – asentí sonriente y se levantó para dejarse caer después en la silla de ruedas.
– Y ahora me vas a prometer que no vas a abrir los ojos hasta que yo te lo diga – me miró y suspiró a la vez que yo arrastraba la silla de ruedas y salía de allí.
– ¿Y si no lo hago? – me retó robándome una sonrisa.
– Soy más mayor que tú, así que debes hacerme caso – dije sin más a pesar de que tuviésemos la misma edad.
– Oh, vamos. ¿De qué mes eres? – preguntó mirándome por encima de su hombro al estar detrás de él.
– Nací el uno de septiembre – respondí, ganándome una mirada de impresión de su parte mientras esperábamos al ascensor.
– ¿El uno? – repitió, y yo agité la cabeza de arriba a abajo; afirmando – Yo también… – dejó escapar en un susurro.
– ¿Enserio? Igualmente seguro que te supero en tiempo – dije con mi típica pose de chulo.
– ¿A qué hora naciste? – hice una mueca, no tenía ni idea… Mi plan se había ido a la mierda. Aunque….
– ¿A qué hora naciste tú? – pregunté mientras nos adentrábamos en el ascensor.
– A las 06:30 – respondió.
– Entonces yo nací a las 06:20, sigo siendo más mayor que tú, así que por eso debes hacerme caso, y por eso, vas a cerrar ahora mismo los ojos – bufó revoloteando los ojos con esas pestañas largas y de un negro ponente para después resignarse y terminar cerrando los ojos.
– ¿Dónde vamos?
– No te lo vas a imaginar. Pero a partir de este día me vas a amar… Como hace todo el mundo – soltó una carcajada al decir eso -. Pero ni se te ocurra abrir los ojos hasta que yo te lo diga – asintió con pesadez y llegamos a la última planta. Se abrieron las puertas del ascensor y una sonrisa de alegría se formó en mi rostro.
No supe por qué a cada paso decidido que daba en el suelo, mirando alrededor y fijando mi vista en la puerta que daba a la salida, cada vez se me formaba una sonrisa mucho más grande. Quizá era por el momento de sentir después de más de una semana el viento, o quizá era por la ilusión de ver una resplandeciente sonrisa en alguien que realmente se merecía ser feliz. Poco a poco veía que nos estábamos acercando a ella, a esa pequeña puerta que, al traspasarla, para Bill sea tan importante y realmente bueno ver lo que había fuera.
Por las ventanas del pasillo podía ver a unas cuantas personas jugando a baloncesto con silla de ruedas, mientras que otros tan solo estaban allí hablando. Era realmente espacioso, igual de grande que una planta entera de hospital, y ese día parecía que el tiempo estaba a nuestro favor.
Miré a Bill detenidamente, esos ojos cerrados ansiando ver la sorpresa que tenía preparada para él, algo que para muchos sería tan insignificante salir simplemente a la calle.
A veces las cosas insignificantes para una persona, son realmente importantes para otras.
Y ahí, fue cuando gracias a él aprendí una nueva lección de esta vida a la que tanto odié de pequeño por no darme unos padres. Creí siempre que mi vida fue una mierda, pero ahora sabía que él lo pasó mucho peor que yo con lo mínimo que me contó. Quería conocerle, sentía que debía ayudarle.
Quizá después de todo no había sido tan malo estar en un hospital. Él conseguía distraerme y hacerme sentir que no estaba aquí, y esta vez, haría que él viera con sus propios ojos los extravagantes colores del cielo y el débil movimiento del viento soplar contra su cara, libre.
La puerta estaba a tan solo un paso de nosotros, y mi sonrisa ya era exageradamente grande, ilusionado por verle la cara que dentro de unos momentos pondría.
Abrí la puerta que nos separaba del mundo exterior y una oleada de sentimientos sin sentido atacó sin previo aviso cuando le susurré en el oído que abriera los ojos, viendo que pestañeaba un par de veces como el aleteo de una libre mariposa para poder acostumbrarse a la luz.
Vi que sus ojos a la luz del sol se tornaban de un marrón más claro, uniéndose junto a un verde que adornaba ese color casi miel. Me sentí orgulloso de poder ver yo mismo esos grandes y expresivos ojos que no paraban de moverse de un lado a otro, mirando alrededor de nuestros diminutos cuerpos en un patio tan grande.
No vi ninguna expresión de su parte en unos segundos, tan solo sus labios levemente abiertos por la impresión que, después de dejar de estar atónito, se curvaron en una luminosa sonrisa.
Una sonrisa diferente a la que alguna vez había visto de su parte, esta era totalmente real, sin ningún esfuerzo de por medio. Una sonrisa de felicidad, esa que me apostaba que no había hecho durante mucho tiempo. Estaba feliz, y su felicidad fue suficiente para sentirme bien conmigo mismo.
Alzó la cabeza y miró el cielo, el cual jugaba con diferentes texturas por las casi inexistentes nubes que lo adornaban, dándole un toque realmente bonito al paisaje.
Por un momento el sonido de la pelota de básquet retumbando contra el suelo dejó de existir, junto con las voces de ese par de personas hablando. Ahora estábamos nosotros dos, él admirando el cielo, y yo admirándolo a él en secreto.
Sus ojos se cristalizaron y vi que alzaba una mano cuando un aire cálido pasó entre nosotros, moviendo levemente su cabello y sintiendo con esa simple mano el movimiento.
Parecía como un niño pequeño que acababa de descubrir que dos más dos eran cuatro. Simple, tremendamente simple y quizá gracioso para una persona normal, pero para él era complejo y lleno de obstáculos.
– La última vez que salí del hospital fue hace un año… Un año en el que nada de mí mejoró como persona, completamente solo y con visitas diarias de médicos que siempre seguían el mismo protocolo de preguntas que cada vez tenían menos sentido. Creía que me estaba volviendo loco allí dentro, con la débil esperanza de que mi hermana tan solo llegara y me hiciera brillar un poco en ese oscuro lugar con su inocencia al no entender lo que estaba pasándome, al ver que me consumía yo mismo en ese lugar – comenzó a decir cuando una pequeña lágrima cayó de sus ojos, la cual limpió en ese instante -. Cada día sin excepción me sentaba al lado de la ventana y la abría lo máximo que las estúpidas normas del hospital dejan, estirando la mano y sintiendo que el aire chocaba contra ella. Pero sin duda los días de lluvia eran mis favoritos, cuando sentía las gotas frías salpicar contra mi mano, tan diferente a las gotas de la ducha con las que no hice más que fantasear al creer que caían del cielo. Ansiaba sentirme libre, pero nunca a nadie le importé lo suficiente como para dejarme salir tan solo un rato de esas cuatro paredes que dejaban tanto que desear. Los médicos nunca se preocuparon por mí, tan solo una ansiada ayuda de mi pequeña familia, la cual jamás tenía el suficiente tiempo que necesitaba para mí, ese tiempo que una simple persona como tú, que viniste de la nada, me da aún sin conocerme, sin siquiera saber cómo fue mi oscuro pasado. Y sigo sin comprender por qué tú, viniste como si quieras resolver una parte de mi vida que tan pérdida creí que estaba. Como si pusieras una ficha que nadie logró interesarse en ella en este puzzle. No entiendo por qué tú, Thomas Trümper, me otorgas esa libertad ansiada con tan solo sentir el viento y ver este azul monótono del cielo. Justo en este momento… Soy feliz después de tres años en este hospital que cada vez cobraba menos sentido en mi absurda vida – terminó de decir sin quitar la vista de frente suya, admirando como si fuese la cosa más bella del planeta el cielo contrastado con los altos edificios de la ciudad.
– ¿Ahora confías en mí? ¿De un posible violador y asesino en serie? – pregunté sarcástico y sonriente, haciendo que él también sonriera mucho más ampliamente, ganándome que un brillo realmente enternecedor apareciera en sus ojos. Tan solo agitó la cabeza de arriba abajo muy suavemente, en un movimiento casi imperceptible – ¿Vamos?
– ¿A dónde? – preguntó.
– A tener vértigo – susurré, viendo que alzaba la ceja al no entender mi respuesta. Me puse detrás de él y comencé a tirar de la silla de ruedas para poder ir hacia el final, donde se podían ver todos los edificios y la carretera desde aquí arriba, viendo las luces de los coches contrastadas con las diminutas personas que por allí pasaban, viendo que el cielo se unía a los edificios más altos de Berlín, haciendo una perspectiva realmente preciosa desde aquí.
– Puedo andar, no hace falta que me lleves en una silla de ruedas – me dijo con una sonrisa ladeada, esa que no dejaba de estar en su rostro.
– ¿Y qué? Quiero llevarte, me gustan las sillas de ruedas – contesté, mirándole y, para hacer el camino hasta allí más interesante, comencé a ir mucho más rápido a cada paso que daba, hasta el punto de empezar a correr y que un suave viento nos impactara contra el rostro, viendo que Bill cerraba los ojos y se dejaba llevar, riendo por lo idiotas que seguramente nos veíamos. Corriendo para sentir la brisa mientras reíamos como dos desquiciados a pesar de no tener sentido nada de esto. Tan solo nos lo queríamos pasar bien, y nos importaba muy poco el cómo o las personas que seguramente nos estaban mirando.
– ¡Tom! ¡Para! – gritó Bill entre carcajadas al ver que ya estábamos llegando al final, donde estaban las vallas para que no cayésemos al vacío. Me reí e incluso aceleré el paso, sintiendo que me cansaba mucho más y que mis piernas poco a poco se entumecían, pero aún así no paré, la diversión superaba mi estado físico, sin duda. Pero de repente, cuando estábamos a tan solo un metro de distancia, decidí parar de golpe y sin previo aviso. Bill me miró un tanto preocupado, pero enseguida explotó en carcajadas – Has pisado el césped, supuestamente no deberíamos de estar pisándolo – me dijo, mirándolo casi con desesperación por tocarlo. Miré hacia atrás y vi que donde empezaba el césped ponía un cartel donde decía «no pasar», y es que era el único lugar donde podías sentir la húmeda tierra y no el frío asfalto, donde podías admirar las vistas desde arriba, viéndolo todo diminuto.
– No se darán cuenta – susurré, poniéndome a su lado y sentándome en el húmedo césped, pasando mis manos por este y sintiendo la suave textura que proporcionaba a la palma de mi mano, casi haciéndome reír con su suave tacto. Vi que Bill dejaba su silla a un lado y se levantaba de esta, sentándose a mi lado sobre el césped en un completo silencio, un silencio que era completamente cómodo. Admirando todo eso que en un pasado nunca llegamos a admirar, eso que era digno de belleza y nadie se daba cuenta. A veces en lo normal se encuentra lo más bonito.
Bill comenzó a acariciar la hierva, haciendo que sus manos se mojasen por la humedad de esta. Lo miraba como si fuera imposible de tocar, como si fuera un gran logro, y eso consiguió enternecerme, verlo tan infantil, como todo un niño que juega con la textura de algo tan simple como la hierva. Sus perfectas uñas de color negro se pasearon por ese verde inmaculado con pequeñas gotas de agua, haciendo un contraste digno de fotografiar. Vio un diente de león a un lado de sus piernas largas y finas cruzadas entre sí, estirando el brazo hacia él y tocándolo muy suavemente, como si se fuera a romper con su tacto. Le vi sonreír muy ampliamente, mientras no dejaba de mirarlo y acariciarlo, hasta que de repente vino una suave brisa que hizo que salieran todos esos dientes de león volando. Bill curvó sus labios y admiró cómo volaban junto al movimiento del viento, desapareciendo junto a la brisa de verano.
– Gracias… – susurró sin más, sin mirarme. Yo aparté mi vista de él y miré al frente, a los altos edificios y a esas nubes que comenzaban a aparecer por detrás de ellos.
– ¿Qué? – pregunté disimulando mi ilusión.
– Pues eso… Gracias por traerme aquí, de verdad. No sabes cuánto me ayudas con hacer algo tan simple como esto. Por traerme aquí y hacerme sentir el aire, era como un sueño… Inalcanzable tal vez, perdí todas las esperanzas. Y… sé que ahora mismo parezco un idiota por hacer todo esto… ¿Algo tan simple como sentir el aire? Penoso…
– Eh, no. No es penoso, de hecho te ves muy gracioso haciendo todo eso – me miró y curvó una ceja divertido -. Pareces un niño pequeño, y sí que es simple, pero para ti no lo es… O era. Porque ahora vas a subir aquí cada día y te vas a aburrir incluso – terminé de decir.
– Eso espero – susurró.
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No sé cuánto tiempo estuvimos así, admirando todo a nuestro alrededor. Nos asomamos al vacío y vimos todo pequeño, riendo al ver los coches pitar a otro que se había puesto delante de él. Fuimos incluso a jugar a baloncesto nosotros dos cuando todo el mundo se fue de allí. Lanzamos una y otra vez la pelota a canasta, y debía admitir que Bill era muy bueno, supongo que al ser un poco más alto que yo. Jugamos hasta que Bill se cansó por sus pulmones, esos que no le dejaban respirar bien, me pidió perdón cuando se sentó para poder regularizar su respiración, y yo bromeé diciéndole que a veces era bueno cansarse rápido, porque así tenías una muy buena excusa para ser vago, haciendo que él riera.
Nos tumbamos en el césped y comenzamos a jugar con las nubes, diciendo nombres graciosos de las figuras que podían formar. Tan solo nos dimos cuenta de que era tarde cuando Nat subió y nos trajo comida para nosotros, se le veía feliz de ver a Bill feliz, y recuerdo que antes de irse me susurró un «gracias» de nuevo.
Comimos allí arriba con conversaciones triviales, como siempre hacíamos.
Estuvimos allí todo el día, y justo en este momento estábamos al borde de las vallas, viendo cómo el sol se escondía detrás de los edificios.
La brisa impactaba contra nosotros, y el cielo esta vez jugaba con diferentes texturas realmente bonitas. Las nubes se habían teñido de un rosa anaranjado, contrastando ese color con el azul del cielo y los finos rayos de sol que se colaban por los edificios, impactando contra nuestro rostro. Era un paisaje realmente precioso, y jamás me había parado a admirarlo como ahora mismo hacía. Quería tocar esas nubes teñidas con mis propias manos y el cielo que lentamente se oscurecía, dejando ver una parte de esa blanca y redonda luna que aún seguía escondida por las nubes. Parecía sacado de un cuadro.
Los dos estábamos en silencio, sin vocalizar ninguna palabra, tan solo unos débiles tarareos provenientes de la garganta de Bill, suaves y tranquilizadores, agudos y realmente bonitos.
– Siempre me han gustado los atardeceres… – susurró de la nada.
– ¿Por qué?
– Siento que cuando el Sol se va, puedo brillar por mí mismo…
Desvié mi mirada hacia él y vi que tenía los ojos cerrados mientras la luz del sol impactaba contra su rostro, soltando una risa irónica.
– Ridículo ¿No? Morir junto al atardecer sería un alivio, y después, al amanecer, volver totalmente curado…
Le miré en silencio, sin palabras con las que poder contestarle. Cuando abrió de nuevo los ojos, volví mi mirada al frente y seguí deleitándome por el sol que cada vez se escondía más rápido, dando paso a la noche.
Lentamente el pulcro y monótono azul de cielo se tiñó de uno más oscuro, yéndose ese precioso contraste de rosa y naranja de las nubes, escondiéndose el último rayo de sol y cayendo totalmente la noche sobre nosotros, junto a la luna brillante esta vez.
Seguimos en silencio, incapaces de romperlo, viendo el naranja de los últimos rayos marcharse, quedándose todo oscuro mientras las luces de la ciudad se encendían y todo era iluminado por luces artificiales de diferentes texturas.
– ¿Tom? – me giré al escuchar una voz femenina y que reconocía muy bien llamarme. Vi a Nat al otro lado del césped, mirándome casi con… ¿Pesadumbre? – Lo siento, pero tienes cita con el doctor ahora… Me lo acaba de informar – me mordí el labio inferior cuando me lo dijo… ¿Qué? ¿Ahora? ¿Después de este día? Me daría los resultados y… Ahora no estaba preparado para ello, no estaba preparado para escucharlos. ¿Y si era malo…? No podía, no podría soportarlo…
– Vamos, Tom – Bill estiró de mi brazo cuando me vio perdido. Le miré y negué con la cabeza.
– ¿Y si son malos, Bill? No, no puedo joder…
– Ya hemos hablado de esto. Yo te acompaño y si puedo entraré contigo ¿Vale? Pero venga, vamos. Ya verás como no es tan malo y después te reirás de lo que estás haciendo ahora – le miré con duda, pero me dio seguridad con su mirada, y tan solo asentí. Levantándome de allí y dejándome llevar totalmente ido hasta la silla de ruedas. ¿Por qué? ¿Por qué tuve que tener cáncer? ¿No tenía suficiente con mi infancia? ¿Y si me estaba muriendo? ¿Y… si era como Bill? Yo no era tan fuerte como él, joder. Era un jodido cobarde que tenía miedo de enfrentar el puto cáncer. No estaba listo para escuchar que me estaba muriendo… No estaba listo.
Me sumergí en mis propios sentimientos, no sé cuánto tiempo, tan solo me perdí en mis penas y en las miles de preguntas negativas que se me formaban en mi cabeza una y otra vez. Tan solo salí de ese trance cuando escuché que Bill me llamaba por mi nombre, y una luz destalló delante de mí.
– Tom, falta poco para llegar. Nat me dijo que puedo entrar contigo ¿Vale? Ya verás que no es nada, hazme caso
– ¿Y si sí lo es? ¿Y si es malo?
– Nada es lo suficientemente malo como para hacerte decaer
Me callé y ladeé la cabeza, suspirando.
– Hemos llegado, vamos – apreté la mandíbula totalmente nervioso y eché una mirada a mis manos antes de levantarme de la silla de ruedas y dejarla a un lado. Bill tocó a la puerta sin previo aviso y cogí aire antes de entrar junto a él.
Vi a mi doctor sentado en su silla junto a su escritorio muy bien organizado, con unas gafas que utilizaba para leer mientras leía una hoja que tenía enfrente suya. Enseguida subió la mirada cuando nos vio y se quitó las gafas.
– Oh, muy buenas señor Trümper – forcé una sonrisa -. Oh, por lo que veo le acompaña Kaulitz, me alegra que se lleven bien – Bill le sonrió y asintió – Tomen asiento – estiró las manos señalando las dos sillas que había frente a él y su escritorio, y nos dirigimos a él, sentándonos – Como sabe ya tenemos las pruebas de sus análisis, Thomas
– Sí… – titubeé. El doctor agachó la mirada y suspiró, poniendo de repente otra cara a la simpatía que transmitía hace a penas unos segundos, asustándome totalmente. Me miró y cruzó los dedos de sus manos.
– Sabe las opciones que había para su caso. Y mirando las respuestas, me di cuenta de que no es realmente preocupante su caso. Sin embargo, el tumor que usted tiene en la pierna va en aumento, y creí conveniente de que la quimioterapia no le serviría de mucho en este caso… Sabe que la quimioterapia consigue matar las células malignas, en este caso el tumor que tiene usted en la pierna, pero también mata las células buenas, para que usted me entienda mejor. Es un proceso muy difícil la quimioterapia, y te deja devastado, pero sinceramente, creo que no servirá de mucho ya que, como le he dicho, va en aumento, y a pesar de matar unas cuantas células, estas volverán a regenerarse por el tumor – se calló de repente y suspiró. Estaba temblando y agaché la mirada, cerrando los ojos con fuerza -. Señor Trümper, lo siento realmente pero… Creemos que la única solución para usted es amputándole la pierna, así el tumor desaparecerá y no necesitará quimioterapia – unas simples palabras, lograron romperme por dentro y hacer que soltase a llorar como jamás había hecho, completamente roto… Llorando con desesperación.
¿Amputarme la pierna? Quizá incluso era mejor morir… Que vivir así.
Continúa…
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