Fic Toll de RubelangelTwc
Capítulo 5
– Creo que te odio un poco – le dije a Bill sarcásticamente esa mañana, después de que pasasen unos cuantos días o quizá semanas, en las que tenía que seguir esa estricta dieta para la operación.
– Que tú debas de comer lechuga no significa que yo no pueda beber café – me sonrió y volvió a beber para joderme.
Durante estas semanas ni siquiera habíamos subido de nuevo a la parte de arriba, nos habíamos quedado aquí todo el tiempo por todas las pruebas que a mí debían hacerme antes de la operación, y a demás, porque Simone tenía vacaciones y siempre venía todo el día aquí con Sophi. Adoraba a esa niña, era demasiado tierna y adorable, siempre estaba irradiando felicidad y Bill siempre estaba contento con ella, así que eso era lo más importante.
No sé por qué sentía que siempre que estaba con Bill estaba completamente bien, me sentía en paz y… simplemente feliz, como nunca me sentí durante 18 años. Él era diferente, muy diferente a todas las personas de este mundo, sabía siempre de lo que hablaba, y tan solo quería ver a todo el mundo sonriente a pesar de que él ni siquiera pudiera sonreír.
Era muy bueno, y amaba sus metáforas, esas que siempre conseguían levantarte del suelo. Bill era la única razón por la cual estar en el hospital no era del todo malo.
Me gustaba que sonriera y que fuera feliz conmigo, me hacía sentir extraño, extraño al nunca sentir esos sentimientos que él en su mayoría de veces me hacía sentir con una simple sonrisa por alguna ocurrencia sin sentido que decía.
Con él podía ser yo mismo, abrirme de una forma en la que siempre me oculté entre todas esas anchas ropas y gorras que llevaba.
– Mhmm… Qué rico que está el café – le miré con una ceja levantada y una sonrisa ladeada. Me miró desde su camilla y mastiqué con asco la lechuga de la ensalada, no me quedaba nada más frente a esa bandeja repleta de cosas saludables y, a la vez, asquerosas -. Creo que aún queda un poco – lo movió levemente en el aire y escuché el sonido del café dentro del vaso, haciendo que mis ganas de tomarme uno me invadieran mucho más.
– Creo que ese poco es para mí – le dije levantándome de mi camilla para ir a la suya y cogerle el vaso. Negó con la cabeza riendo y se levantó de esta, corriendo sin escapatoria en esa pequeña habitación.
– Creo que no – murmuró cuando estuve frente a él y se escabulló al ser delgado. Me reí al verle andar rápidamente hasta la otra punta de la habitación, donde esta la ventana justo al lado de mi camilla.
– Oh, claro que sí – le miré a los ojos por unos segundos, acercándome muy suavemente, antes de tirarme hacia él y rodear por atrás su cintura para intentar agarrar el vaso de café.
– ¡No! ¡Es mío! – comenzó a gritar mientras reía. Puso sus brazos alrededor de los míos, los cuales seguían sujetos a su fina cintura, para intentar escapar. Comencé a reírme junto a él, contagiado por sus carcajadas, sintiendo un suave escalofrío cuando su mano pasó por la mía.
– ¡Tommy! – miré al frente a vi de repente a Sophi entrando por la puerta junto a Simone detrás. Sus coletas a cada lado de su cabeza se movieron dulcemente y enseguida una amplia sonrisa acaparó su rostro.
– ¡Ven! Ayúdame a quitarle a tu hermanito el café – se tapó la boca y soltó una pequeña risa antes de correr a nosotros e intentar saltar al ser pequeña y bajita, comparado con la altura de Bill y mía, quienes quizá éramos demasiado altos.
– ¡No se vale! Eso es trampa – dijo Bill sin dejar de reír. Por un momento sentí su aliento en mi cuello, y me estremecí al igual que antes al sentirlo tan cerca, erizándome la piel. Rodeándole su cintura me sentía demasiado bien, demasiado comparado con todas esas chicas a las que siempre llevaba a casa para poder pasar un buen rato… Pero, ¿Por qué comparaba a Bill con ellas?
– ¡Lo tengo! – gritó con voz aguda la pequeña, agitándolo entre sus manos mientras saltaba de la alegría, moviendo su cabello con una sonrisa tierna.
– Hemos ganado – dije soltando a Bill de entre mis brazos quien hizo un suave sonido con la garganta de indignación. Le miré mientras cogía a Sophi en brazos y escuchaba cómo cantaba victoria, y vi una reluciente sonrisa en él que me conmovió.
– ¿Así que le has quitado el café a tu hermanito? ¡Me las pagarás! – gritó Bill riendo, contento y, simplemente, feliz, como a mí tanto me gustaba verle. Llevó sus manos a los costados de la pequeña y comenzó a hacerle cosquillas sin cesar. Ella se removía sin cesar entre mis brazos, riendo a carcajada limpia, y Bill estaba a un lado moviendo sus finos dedos sobre ella para causarle risa. Sin poder siquiera evitarlo yo también comencé a reír viendo que Sophi pedía desesperadamente entre risas que parara.
– ¡Billy! – gritó la enana y Bill paró de hacerle cosquillas cuando se le cayó el café al suelo y el poco líquido que quedaba dentro de derramó completamente en él. Negué con la cabeza con una pequeña sonrisa mientras veía la cara de espanto de Sophi, llevándose las dos manos a la boca – Ups… – susurró.
– Oh, pequeña ven aquí ten cuidado de no mancharte – dijo Simone, su madre, acercándose a nosotros sin llegar a tocar el líquido oscuro que había en el piso para coger a su hija en brazos.
– No entiendo por qué me has quitado el café si ahora está en el suelo – murmuró Bill intentando parecer indignado con la situación.
– Tampoco me lo iba a beber, era para joderte – me enseñó el dedo del medio con una sonrisa ladeada y yo le lancé un beso al aire para joderle mucho más.
– Oh, de verdad. Adolescentes… – dijo su madre en la puerta, haciéndonos reír – Ahora vengo, voy a por algo para poder limpiar todo esto – asentimos y desapareció junto con Sophi de allí, quedando de nuevo Bill y yo aquí solos.
– Creo que me voy a sentar, esto de estar de pie me cansa… – susurró antes de ir hacia mi camilla y sentarse, ya que el camino hacia la suya estaba invadido por café. El silencio llegó, de nuevo, y me dediqué a mirar a Bill, como siempre hacía en estos momentos en los que ninguno de los dos hablábamos.
Me gustaban los silencios, pero tan solo con él.
Vi que miraba por la ventana, sin despegar los ojos de ella, mirando el exterior. Hoy precisamente no era el mejor día de todos, habían muchas nubes oscuras en el cielo, anunciando lluvia.
– ¿Quieres salir? – pregunté al ver sus claras intenciones.
– Tom, yo… No quiero molestarte en eso, ya fui una vez, no pasa nada – fruncí el ceño ante sus palabras y negué con la cabeza.
– Oh, no. Claro que no, ahora mismo vamos a salir porque yo lo digo – caminé hacia él y le cogí de la muñeca, haciendo que se pusiera de pie.
– Pero…
– Nada de peros – le corté.
– ¿Y el café? – mierda, en eso no había pensado. Bueno, supongo que lo podría recoger Simone… Lo siento, pero quería que su hijo fuera feliz ¿No? Pues me temo que le tocará recoger el café.
– No pasa nada – murmuré -. Saltando podemos pasar el charco de café…
– Pero Tom, sabes que yo… – dejó la frase en el aire, como siempre hacía al hablar de sus capacidades físicas. Me mordí el labio y pensé, llegando a una única opción.
– Súbete – le dije, agachándome y poniendo mis brazos hacia atrás para que se subiera en mi espalda.
– Oh no, no. No pienso subirme – le miré y subí una ceja.
– Por supuesto que sí ¿Qué prefieres? ¿Esperar a que tu madre llegue y limpiar esto para después no hacer nada en todo el día o subir arriba y mojarnos por la lluvia? Tú eliges – sabía cuánto le gustaba la lluvia, y sabía que contra eso no podía negarse.
– Está bien, pero solo lo hago por la lluvia – sonreí al conseguir lo que quería.
– Claro – sentí su cuerpo en mi espalda y le cogí de las piernas para después alzarme con él sobre mi espalda. Sus piernas estaban a cada lado de mi cintura y sentía su aliento muy cerca de mi nuca, haciendo que me estremeciera… De nuevo – Si no quieres matarte por un golpe contra el suelo pon tus brazos en mi cuello – vaciló por un momento, pero acabó poniéndolos alrededor de mi cuello y, probablemente, esa electricidad que recorrió mi espalda al sentirle totalmente pegado a mi cuerpo, fue la primera que la sentí en toda mi vida. ¿Por qué Bill conseguía provocarme todo esto que no sabía siquiera qué significaba?
– Qué vergüenza… – escondió su cabeza en mi cuello y yo tan solo me dediqué a saltar el gran charco de café, sintiendo mucho más considerablemente su liviano peso.
– Oh, qué pena, la silla de ruedas está en la otra parte de la habitación… Me temo que tendré que llevarte así – dije acercándome a la puerta, riéndome al imaginarme su expresión detrás de mí.
– Te odio – susurró, sacándome una risa. Me encantaba que se avergonzara y se escondiera entre mi cuerpo.
Salí de la habitación y anduve por los pasillos hasta el ascensor, escuchando maldiciones en susurros de Bill cuando alguna persona se giraba a vernos. Sin saber por qué me gustaba que nos miraran, que se imaginaran lo que quisiesen, yo tan solo buscaba la diversión de Bill y la mía propia, y justo en este momento es lo que estaba haciendo.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor y entramos en él vi al final del pasillo a Simone junto a Sophi, quien nos vio y no hizo nada más que sonreír y asentir. Le caía bien a ella, porque Bill era diferente conmigo, y eso nos gustaba.
Simone era una mujer espléndida, sin duda, tan solo quería ver a sus hijos felices a pesar de todo, Bill se parecía a ella completamente en eso.
– Tom, dime que ya hemos llegado. Bájame… Llamamos la atención de todo el mundo – susurró y miré a nuestro alrededor.
– Yo no veo a nadie en el ascensor, solo estamos nosotros dos – le dije, ganándome un suspiro de su parte.
– Seguro que peso, bájame – dijo en un intento que no funcionó.
– Oh, no, créeme que pesas menos que la almohada que abrazo por las noches – se rio y volvió a esconder la cabeza en mi cuello cuando la puerta del ascensor se abrió de nuevo en la última planta.
– Tom… Después te tengo que decir una cosa – escuché que murmuró y sentí que me estremecía ante sus palabras. Lo dijo con un tono de voz muy diferente al que estábamos utilizando, serio. Y eso no me gustaba, para nada. ¿Y si era algo malo? Mierda…
No emití ningún sonido, y tampoco volví a hablar en el corto trayecto de un minuto hacia la salida.
– Llegamos – tan solo dije cuando estuvimos frente a ella. Me agaché y Bill bajó de mi espalda, notando que algo faltaba en mi cuerpo, ese calor que desprendía de él y que tan bien me hacía estar.
Le miré y pude ver una fina sonrisa en su rostro, diferente y un poco apagada a la que puso la última vez que subimos. Se mordió el labio inferior y tiró de la puerta para abrirla después, mirando todo a su alrededor, como ese día.
Hoy no había nadie en el patio ya que estaba nublado, y pronto comenzarían a caer gotas del cielo.
– Espero que llueva… Por primera vez después de mucho tiempo sentiré las gotas reales que caen del cielo y no de mi ducha – sonrió un melancolía y me quedé callado.
Salí yo también fuera y sentí que el viento azotaba contra nosotros, haciendo que el largo y oscuro cabello de Bill se moviera a causa de este. Caminó por el duro asfalto y yo le seguí, yendo al pequeño trozo de hierba, justo frente a las vallas que habían al frente, dejándonos ver los edificios y las calles transitadas de Alemania.
– ¿Por qué haces esto por mí, Tom? – preguntó jugando con una flor, mirando hacia abajo para no mirarme a mí – ¿Por qué quieres verme feliz? Te agradezco que me subas aquí, dos veces… Que me hagas reír… Pero no quiero ser una carga, y…
– No eres una carga, Bill. Me gusta estar contigo, eso es todo, me gusta verte feliz – dije sin más, sintiendo que con él podía abrirme totalmente, sin ocultar lo que… realmente sentía. Se quedó callado, escuchando tan solo el viento impactar contra nuestros rostros. El silencio perduró por unos segundos, o quizá minutos, en los que tan solo me dediqué a perderme en su rostro, como siempre hacía en estos silencios cómodos, sin necesidad de hablar, pero acabó cuando vi que caía una gota a los pétalos de la flor, una gota que no provenía del cielo, provenía de sus ojos. Le miré extrañado y cubrió su rostro con el flequillo.
– Bill…
– Tenemos que hablar, Tom. De verdad tenemos que hacerlo… No creo poder aguantar más en silencio – tragué saliva y lo miré preocupado. Era malo, sabía que era malo por su tono de voz, ¿Desde cuando había cambiado tanto la situación? Esta mañana estábamos completamente bien… Riendo… Y ahora… Aquí, con una presión en el pecho por lo que podía decirme.
– Dime – susurré, viendo que levantaba levemente la cabeza y me dedicaba una fugaz mirada.
– He estado pensando todo este tiempo, Tom… Precisamente desde que te diagnosticaron lo de la pierna, desde hace dos semanas… Tom, creo que lo mejor es, que me cambie de habitación – fruncí totalmente el ceño y sentí que algo se removía con fuerza dentro de mí, una sensación extraña que de nuevo él conseguía enseñarme como tantas otras.
– ¿Qué? ¿Por qué? – pregunté después de un tiempo, cuando conseguí asimilar todo y me di cuenta de las consecuencias de aquello.
– Sabes cómo estoy, Tom… Y… Joder, estos días no le he dicho nada a nadie, pero… En estas dos semanas he estado tosiendo mucho, y cuando lo hago a veces me sale sangre… Y además siento que cada vez me cuesta mucho más respirar… Tom, no estoy bien, de verdad que no lo estoy… – apreté la mandíbula y cogí todo el aire que pude, aguantando la respiración sin saber por qué. Bill… No, mierda, él no, joder.
– Tú… Espera, espera… ¿No has dicho nada de esto? ¿Llevas dos semanas tosiendo jodida sangre y no dices nada? ¡Eres imbécil! – grité exhausto, nervioso y, sobre todo, dolido al saber aquello. Eso no eran buenas noticias… No, no lo eran. Enseguida me sentí muchísimo peor cuando vi que de nuevo caía una lagrima de sus ojos por mi grito. Me sentí peor que la mierda al hacerle sentir así a Bill. Era gilipollas, un completo idiota… Me acerqué a él y lo abracé por los hombros, sintiendo que él también me abrazaba y escondía su cabeza entre mi cuello y mi hombro, sintiendo sus temblores – Lo siento, yo… Mierda, Bill. Lo siento…
– No… No pasa nada es solo que… ¿Qué quieres que haga, Tom? Yo sabía que tarde o temprano esto iba a suceder… Y cuando me vaya…
– No, no te vas a ir – dije decidido, dolía, dolía horrores saber que podía morir.
– Cuando me vaya no quiero que tú pases por esto. Sabemos cuál será el final, Tom – negué con la cabeza, abrazándole más fuerte.
– No, este final será diferente. Tú… No vas a morir, Bill… Esto tan solo es un obstáculo, ¿Está bien? Es solo un obstáculo. Aún te quedan muchos años más de vida…
– Es cáncer terminal, Tom ¿Por qué no lo entiendes? – apreté la mandíbula y esta vez fui yo quien tembló.
– ¡Porque me importas, joder! No quiero que te vayas, me has ayudado en todo y… No puedo, Bill
– Todos los finales son tristes, a nadie le gustan los finales, las despedidas. A todos nos duelen, ningún final es realmente feliz, y mi final no será diferente al de nadie. Pero no quiero que a ti te duela este final, Tom, quiero llevarme a las mínimas personas de mi alrededor, y no quiero llevarte a ti. Suficiente tengo con mi hermana y mi madre. Soy un final doloroso, y no quiero que formes parte de él
– Ya es tarde para eso, estoy demasiado involucrado en la historia. En este cuento…
– ¿Un cuento?
– Nuestro cuento con un final… diferente a los de Disney – murmuré.
– Nuestro pequeño gran cuento…
– Bill, no voy a separarme de ti. Somos amigos… ¿Lo recuerdas? Somos amigos y me has ayudado demasiado como para ahora dejarte en la deriva. Quiero que seas feliz y estés contento hasta el final – dije y sentí que sus lagrimas silenciosas mojaban mi camiseta.
– Yo… Nunca he tenido ningún amigo de verdad, creo que eres el primero – murmuró.
– ¿Por qué?
– A nadie nunca le gustó cómo era, y cuando se enteraron de que tenía cáncer… Ni siquiera se acercaban a mí para pegarme, como si los fuera a contagiar – tragué saliva.
– ¿Te pagaban? – pregunté y se quedó por un momento en silencio.
– Sí, siempre que salía del instituto… Desde que dije que era bisexual – me mordí el labio y no dije nada. Ahora se estaba abriendo, me contaba su pasado… Un mínimo de él, y comprendía que para él no fue fácil, para él jamás fue fácil su vida.
– Ojalá hubiera estado ahí para apoyarte – dije con sinceridad.
– Después de estar tanto tiempo solo te das cuenta de que no necesitas a nadie… Pero siento que contigo es diferente.
– ¿Por qué?
– No lo sé, pero haces cosas en mí que nadie ha conseguido nunca – ya somos dos…
– ¿Como qué?
– Como… Sonreír de verdad. Eres diferente y eso te hace especial, Thomas Trümper
– ¿Especial? Tú también eres especial… – susurré y escuché su risa.
– ¿Somos una flor? – sonreí y asentí.
Me separé de él por un momento y cogí la pequeña flor que teníamos al lado, arrancándola de ese verde césped.
– Una flor en… todos los granos de arena – respondí.
Por dentro siempre seríamos una flor a pesar de parecer siempre físicamente un simple grano de arena.
Continúa…
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