Fic Toll de RubelangelTwc
Capítulo 6
Salí de la habitación aún cuando Bill estaba dormido, a primera hora.
Hoy era mi cumpleaños, y en consecuencia, el de él también. Ayer nos fuimos tarde a dormir por estar hasta la noche arriba, hablando de vez en cuando, y quedándonos en un silencio cómodo la mayoría de veces. Toda esta semana habíamos estado subiendo, sin falta.
Quería que Bill fuese sin falta al médico por todo aquello que me dijo, por toser sangre… Me preocupaba demasiado, pero hoy decidí que al ser un día importante para él, para nosotros, lo ocuparía en hacer lo que él siempre quiso, sin duda el mejor regalo que alguien le podría regalar.
Tan solo necesitaba hablar con su médico y con Simone, la cual me esperaba en la cafetería como todas las mañanas antes de venir a nuestra habitación y ver a Bill.
Anduve hacia la cafetería después de bajar en ascensor, y vi a Simone hablando animadamente con uno de los doctores o enfermeros que pasaban por allí. Me di cuenta de que no estaba Sophi con ella cuando me acerqué un poco más y Simone se dio cuenta de mi presencia, dejando de hablar abruptamente con ese hombre.
– Oh, perdón. No quería molestar, puedo venir luego si quieres, señora – dije un poco incómodo al tener dos pares de ojos mirándome.
– Sabes que no me gusta que me llames señora – me sonrió y destensé los hombros -. Tranquilo, él es Gordon, un enfermero que conozco desde que Bill llegó a aquí – asentí y miré a ese hombre… Gordon, para estrechar después mi mano con la de él en forma de saludo.
– Nos vemos, Simone – Gordon se despidió de Simone con un suave beso en el dorso de su mano y sin más se fue, viendo un pequeño rubor en las mejillas de ella.
– Bueno… ¿Para qué querías verme, Tom? – suspiré y me senté frente a ella.
– Sabes que hoy es el cumpleaños de Bill… Y bueno, también el mío – comencé a decir.
– ¡Oh! ¿También es el tuyo? ¡Qué coincidencia! Felicidades, Tom – le sonreí en forma de agradecimiento y ella me correspondió.
– Gracias – susurré antes de seguir – Y… Bueno, he estado pensando esta semana que le voy a hacer un regalo a Bill, pero primero quería hablarlo contigo y…
– Creo que el mejor regalo de Bill ha sido tenerte como amigo – la miré y sentí mis mejillas levemente rojas -. Te debo mucho por todo lo que haces por él, Tom. Te debo todo por hacerle feliz – Simone curvó sus labios y cogió una de mis manos en forma de agradecimiento por encima de la mesa.
– No debe de darme las gracias, él me está ayudando mucho en todo esto y se lo debo – hice una sonrisa ladeada y seguí con el tema del principio -. El caso es que debo hablar con el doctor para que nos deje poder salir del hospital, y también quería hablar contigo para…
– ¿Qué? ¿Salir de… aquí? – preguntó con una mirada que no supe descifrar. Mierda… Mi plan se había ido a la mierda.
– Sí, él siempre me dice que le gusta mucho estar arriba pero… Sé que hace mucho no sale de aquí por… Lo que tú ya sabes, lo sé. Y creo que un buen regalo sería…
– Oh, Tom. Por supuesto, claro que sí… – murmuró Simone cortándome de nuevo. Vi que se levantaba de la mesa y yo también lo hice, para después abrazarme con fuerza – Eres un chico maravilloso… Gracias por hacer feliz a mi hijo, muchísimas gracias… Será muy importante para él salir de aquí, siempre ha querido hacerlo… Eres muy especial para él – susurró, separándome de ella y cogiéndome de los hombros para sonreírme ampliamente.
– Entonces… ¿Me deja? – pregunté.
– Claro, ¿Cómo dudarlo? Todo por él, es todo para mí y… Sabes cómo está, eres muy bueno para él. Pero ahora no te quedes a hablar con una señora como yo y ve con el doctor, ¿Está bien?
– Sí, gracias – contesté con una sonrisa ladeada.
– Gracias a ti, hijo – me dio un beso en la mejilla y sin más me fui andando rápido de allí.
Bien, de momento mi plan estaba saliendo a la perfección, ahora tan solo me tocaba la parte difícil… De hacer entrar en razón al doctor.
Cuántas ganas tenía de poder salir a la calle… Esto iba a ser importante para él, y yo, de nuevo, iba a causar una sonrisa mucho más grande que todas las demás en él. Oh dios, no podía esperar siquiera a ver su cara cuando vea la calle, los coches… Todo, absolutamente todo… Joder, las sonrisas de Bill eran mi puta droga.
¿Qué coño me haces, Bill? Ni siquiera me entiendo a mí mismo.
Suspiré y fui corriendo por los pasillos gracias a que no había mucha gente al ser tan pronto, siquiera los enfermeros pasaban por allí, tan solo unos cuantos que, supuse, estarían de guardia por si había alguna emergencia.
Miré la hora y me calmé un poco más al darme cuenta de que no había pasado mucho tiempo, seguramente Bill aún estaría durmiendo, así que me daba tiempo a poder hablar con su doctor.
Ojalá pudiéramos salir… Bill merecía salir de esta cárcel, de este hospital en el que tanto tiempo estuvo encerrado.
Cuando veía ese brillo en sus ojos al ver las calles y los altos edificios me daba cuenta de cuánto anhelaba poder salir de aquí y descubrir las más recónditas tiendas y absurdas calles con muchísima gente andando por ellas. Quería enseñarle junto a mí el centro de esta cuidad, saltarnos completamente la idiota dieta y comer en el primer restaurante que encontráramos.
Quería hacer cosas que no tuvieran ningún sentido, antes de caer de nuevo en la maldita realidad.
Quería hacer locuras, y que Bill se riera conmigo de ellas.
Hoy era su cumpleaños, y haría que fuera el mejor de su vida, algo inolvidable y completamente loco.
Frené de golpe mis pasos cuando leí en una de las blancas puertas el nombre de nuestro doctor, y cogí aire preparándome las explicaciones mentalmente para que nos dejara salir de aquí los dos solos.
Suspiré con fuerza y toqué a la puerta, sintiéndome repentinamente más nervioso de lo que ya estaba. Escuché un audible «adelante» con voz ronca y grave, y sin más decidí entrar.
Me encontré con el doctor delante de su escritorio, como siempre estaba, con papeles esparcidos por este los cuales estaba leyendo. Despegó la mirada de las hojas y me miró cuando se dio cuenta de mi presencia.
– Oh, Tom ¿Qué hace por aquí? – preguntó, y yo me quedé inmóvil en mi sitio.
– Quería hablar de algo con usted… O más concretamente de Bill, si puede está claro – respondí.
– Por supuesto, tome asiento – estiró el brazo para cederme una de las sillas que había delante de él, acercándome y asentándome allí – ¿Y de qué quería hablarme? ¿Se encuentra bien?
– Sí, sí se encuentra como siempre, no es precisamente de su salud por la que vine… Sino porque hoy es su cumpleaños, el de los dos, y me gustaría hacerle una sorpresa la cual me gustaría hablar con usted… – terminé de decir.
– Está bien, por cierto, feliz cumpleaños – me sonrió y yo forcé una pequeña sonrisa.
– Gracias…
– De nada, muchacho. Y, ¿Cuál sería su sorpresa? – reuní todo el aire en mis pulmones y crucé los dedos para que aceptara. Tan solo necesitaba una mínima afirmación de su parte, prácticamente estaba en sus manos la felicidad de Bill en un día como este. Y estaba seguro de que no aceptaría una negación por respuesta, haría lo posible por que Bill saliera de aquí al menos, por un día.
– Como sabe Bill hace mucho que no sale del hospital… Y pensé que sería bueno para él salir conmigo al menos hoy, en su cumpleaños… Sería muy bueno para él, doctor – dije, realmente esperanzado, pero enseguida me sentí totalmente contrario a ello cuando frunció el ceño y negó débilmente con la cabeza.
– Tom… Lo siento, pero hace meses cuando aquello sucedió mis superiores y yo decidieron negarle la salida del hospital por lo que quizá podría hacerse a sí mismo, hasta que no tengamos un examen psicológico… – dejé de escucharlo, no me interesaba en lo más mínimo sus inválidas excusas que de tan poco me servían. ¿Un examen psicológico? Oh, vamos. Sabíamos que Bill había mejorado totalmente, Nat lo sabía al ser su psicóloga. No entendía por qué no dejaban ser feliz a Bill por un día, no entendía por qué lo resguardaban en su habitación para no exponerlo a nada. Tan solo fue una debilidad, yo en su caso seguramente también habría intentado el suicidio, no conseguía entender por qué lo trataban como un tema tabú cuando siquiera desconocían el por qué. Sin embargo, debía de mostrar mis modales para poder conseguir esa estúpida afirmación, y para ello cuando dejó de decir todas esas cosas que para mí no tenían ni el remoto sentido, decidí hablar para excusarme y conseguir ese tan ansiado «sí».
– Tan solo será hoy, un día. Además estará conmigo en todo momento, no le sucederá nada. Además, ¿Por qué querría acabar con su vida ahora? Estará totalmente a salvo y…
– Tom, no es tan solo por el intento de suicidio – me cortó, poniéndose totalmente serio y eso causó que sintiera una oleada de incertidumbre.
– ¿Qué? – dejé escapar entre mis labios, sin entenderlo.
– Tom, Bill está muy mal, los últimos exámenes que le hicimos no salieron del todo favorables y… Tememos de que le pueda suceder algo si no está dentro del hospital. No sé cómo decirte esto, pero Bill se está muriendo más rápido, Tom. Lo siento, pero no, no puedo salir a la calle – terminó de decir, y sentí en el pecho una terrible contracción que incluso dolió. Bill estaba mal… Se moría más rápido… Esas palabras no dejaban de hacer eco en mi cabeza sin cesar, quedando en un trance al evaluarlas y darme cuenta de que realmente dolía, de que quemaba saber la verdad. Ellos no sabían que Bill estaba tosiendo sangre estas semanas, y aún así confirmaban de que estaba peor que antes… ¿Por qué él? Él no merecía acabar así, valía demasiado la pena una persona como él. ¿Por qué siempre morían los buenos? Dolió, y mucho más al reiterar ese pensamiento de fugaz que apreció cuando Bill le confesó que tosía sangre, ese pensamiento que le decía que se estaba muriendo.
– ¿Él lo sabe? – pregunté susurrando, incapaz de mantener un tono de voz adecuado para esta supuesta conversación civilizada.
– De hecho mañana tengo una cita con él para hablar sobre si ha tenido algún cambio en su cuerpo, si le duele alguna parte de este y, también, para comunicárselo – tragué duro saliva, cogiendo todo el aire que pude con los pulmones para que el dolor en el pecho cesara un mínimo. Pero aún así, seguía doliendo.
– Por favor… – tan solo fui capaz de murmurar entre dientes.
– Tom, lo siento pero…
– ¿Va a dejar que se pudra entre estas cuatro paredes? Lleva meses completos sin salir de aquí, de esta jodida cárcel donde no puede siquiera sonreír por la presión de despertar y acabar durmiéndose siempre en el mismo sitio, con una rutina asfixiante que lo está matando. Tan solo yo la altero mínimamente, pero quiero que hoy se altere totalmente. Lleva aquí dentro meses sin poder siquiera comer un simple helado y ver los coches pasar. Será bueno para él sentir el sol totalmente… – no iba a rendirme, no hasta sacar a Bill de aquí el día de su cumpleaños. Debía de estar feliz hoy, debía de hacerle feliz antes de que el sufrimiento del mañana llegase, antes de que supiera la imbécil realidad, antes de saber que se estaba muriendo más rápidamente. Necesitaba hacerle feliz, aunque tan solo fuese por hoy y, después de esto, estaba totalmente decidido a salir de aquí con él a pesar de que el doctor me lo negara.
– Tom, es peligroso…
– ¿Por qué no lo entiende? ¿Qué haría si lo encierran en su sitio cerrado sabiendo que tiene una enfermedad que lo está matando y que no puede hacer nada para poder siquiera vivir al máximo hasta el final? ¿Qué haría si lleva casi un año sin pisar la calle? ¿Qué haría, doctor? Que no pueda sentir el aire porque estás enfermo, porque yo sé muy bien lo que haría, ¿Querría vivir así? ¿Sin nada ni nadie por lo que seguir viviendo? Porque yo no, entiéndele, entiendo por qué hizo lo que hizo, entiende que necesita salir aunque solo sea un mísero día. Es doctor, pero también debe de ser persona… – susurré esto último sin apartar mi mirada de la suya, retándole con ella. Vi que sus hombros se destensaban, sabía que había tocado algo en él, sabía que quizá lo había conseguido.
– Está bien, Tom – de repente toda esa tensión acumulada se esfumó, sintiéndome ahora totalmente feliz al haber conseguido mi cometido – Pero os quiero aquí a los dos sin falta antes de las nueve, y nadie se enterará de esto, ¿Está bien?
– ¡Sí! ¡Gracias! Muchísimas gracias – le dije contento, cambiando radicalmente mi rostro frío y serio por uno sonriente y feliz -. No se arrepentirá.
– Sé que lo dejo en buenas manos – sonrió y estrechó mi mano con la suya, para después susurrar una despedida y salir de allí casi dando saltos de la pura alegría que desbordaba. Tenía unas ganas inmensas de ir a la habitación y ilusionar a Bill con este día perfecto, joder… Necesitaba y ansiaba ver su reacción.
Los enfermeros y médicos ya abundaban en los pasillos junto a enfermos, viendo que ya era una hora prácticamente normal donde se podía ver por fin vida en los pasillos del hospital. Anduve, o quizá corrí, esquivando velozmente sin siquiera rozar a las personas que por allí pasaban de un lado a otro.
– ¡Tom! – escuché que una voz femenina me llamaba y volteé cuando me di cuenta de que esa tonalidad pertenecía a Natalie, frené mis pasos y di marcha atrás para acercarme a ella – ¿Por qué vas corriendo? ¿Pasa algo? – preguntó y yo sonreí.
– Buenos días, Nat, yo también me alegro de verte – dije riendo – ¡Hoy es el mejor puto día del mundo! Así que me tengo que ir ya si no quiero arruinar la sorpresa – me miró frunciendo el ceño al verme seguramente tan sonriente.
– ¿Qué sorpresa? ¿Para Bill? Sé que hoy es su cumpleaños y justo quería ir después a felicitarle…
– No estaremos cuando vengas a nuestra habitación – afirmé, y su ceño fruncido aumentó, sin entender nada.
– Pero… ¿Qué?
– Lo voy a llevar fuera del hospital, Nat. ¡Vamos a salir de aquí, joder! Así que me tengo que ir corriendo, mañana nos podrás felicitar pero yo me piro ya – su cara era de pura impresión, y sonriente dejé un beso sobre su mejilla y retomé mi camino dejando allí plantada a Natalie, pero necesitaba todo el tiempo del mundo justo el día de hoy, no podía mantener una duradera conversación cuando lo único que quería hacer era sacar a Bill de aquí.
Corrí y justo cuando la puerta de uno de los ascensores estaba a punto de cerrarse me metí en él, casi rozándome el cuerpo la puerta, pero aún así no me importo la mirada de reproche de uno de los médicos, estaba demasiado energético como para importarme algo que en este momento no fuera salir de una jodida vez a la calle.
Pulsé repetidamente y sin parar el botón de la sexta planta, ansiando llegar de una puta vez ya. Las puertas por fin se abrieron en mi planta y salí como si llevara un petardo en el culo.
Anduve deprisa y cuando llegué a nuestra puerta simplemente entré y me encontré con Bill ojeando una revista, como siempre hacía cuando estaba solo y se aburría. Vi que tenía un café en su mano mientras bebía lentamente de este. Apartó la revista del frente de su cara y me miró sonriente.
– Feliz cumpleaños, Tom – se levantó de la camilla y me abrazó durante unos cortos segundos, los cuales se me hicieron demasiado cortos en sus brazos, queriendo que estuviera así durante mucho tiempo. Sentí su delgado cuerpo contra el mío y los latidos de mi corazón se hicieron mucho más rápidos y fuertes, chocando con insistencia contra mi pecho al tan solo capturar su suave y cautivante olor que emanaba de su cabello. Intenté abrazarle yo también después de ese corto y a la vez tan largo lapsus en el que me sumí en sus brazos, pero se separó de mí y sentí vacío en mi cuerpo, como si algo me faltara, como si me faltara él entre mis brazos. ¿Por qué me pasaba esto? ¿Por qué sólo sentía con él todo esto? Las dudas aparecieron de nuevo, pero al ver sus ojos color miel parecía como que todo se disipaba completamente.
– Feliz cumpleaños, enano – le dije, sabiendo perfectamente que ese mote le jodía, lo supe ayer cuando sin más me dio por decírselo.
– ¡Soy más alto que tú! – se excusó, y sí, era verdad. Bill me superaba de altura en unos cuantos centímetros pero aún así a mi lado parecía muy pequeño.
– Bah – contesté y sonreí. Debía hacer todo esto con calma, o eso intentaba, pero no podía aguantar más por darle de una jodida vez mi gran sorpresa -. Tengo un regalo para ti – susurré, y su cara por un momento se iluminó pero enseguida agachó la mirada y se encogió de hombros.
– Pero… Yo no tengo nada para ti, Tom, lo siento, yo… – susurró, pero no le dejé acabar.
– Cállate, me da igual, ya me compensarás luego – subió la mirada y asintió, apareciendo una pequeña sonrisa en sus labios.
– Pero primero déjame beberme el café, porque sino no soy persona por las mañanas – se dio la vuelta para ir a por él, el cual estaba en su mesa de noche, pero no le dejé. Fui mucho más rápido que él en sus movimientos y lo cogí yo primero el vaso de cartón el cual contenía café.
– Hay otra cafetería mucho mejor – le dije, y me miró dubitativo.
– Tom, solo hay una cafetería en el hospital – suspiró y estiró la mano para poder cogerlo, pero no le dejé. Fui hacia la basura y lo tiré a allí, ganándome una mirada que no supe descifrar muy bien de Bill.
– En el hospital solo hay una, pero fuera hay más – supe que no había entendido nada, lo supe al ver que me miraba como si estuviese loco. Abrió la boca para decir algo, seguramente alguna explicación de todas estas cosas que para él no tenían ningún sentido, pero le callé hablando yo primero – Vístete con ropa normal, vamos – dije, andando hacia mi mesa de noche para abrir un cajón y sacar la ropa que tenía puesta cuando llegué a aquí. Sentía la mirada penetrante de Bill en mi espalda, y volteé a verle.
– ¿Por qué me tengo que vestir? – preguntó dudoso.
– No creo que sea muy conveniente estar con una bata para mi sorpresa – contesté, comenzando a sacarme mi bata y quedándome tan solo en bóxer sin pudor alguno delante de él, cogí mi camiseta y me la puse por encima, notando que Bill me miraba, sin apartar su vista de mí y de mi cuerpo, y no pude hacer nada más que sonreír sin que él lo notara. No dejaba de mirarme, lo sabía al notarlo, y vi que apartaba sus ojos de mí cuando sacaba la cabeza por el cuello de la camiseta.
– Está bien – susurró y vi sus mejillas rojas, girándose para darme la espalda y sacar la ropa que tenía allí guardada. No me perdí ni un solo movimiento de él mientras me ponía mis anchos pantalones, viendo que las prendas, ambas, eran oscuras y negras como la noche lo cual me impactó. Seguía dándome la espalda cuando comenzó a sacarse la bata y quedó tan solo en bóxer, viendo su extremada delgadez, esa piel incluso más blanca que su rostro, tan pura y simplemente… perfecta. Pude deslumbrar en su lechosa piel pequeñas pero notorias pecas alrededor de su estrecha figura. Bill… parecía una chica, y eso lo hacía jodidamente perfecto, lo hacía porque a pesar de ello tenía ese fuerte carácter que era muy diferente a una damisela en apuros y eso, eso me gustaba en demasía.
Quizá fue involuntario, o quizá fui yo al hundirme en la curiosidad de su cuerpo, pero no pude evitar descender la mirada por su cintura hasta el comienzo de sus bóxer, donde estaba el culo. Negué con la cabeza y cerré fuertemente los ojos, ¿Qué coño estaba haciendo? ¿Qué coño estaba pensando? ¿Me… sentía físicamente atraído por un… hombre? Oh, no, no.
Me giré y le di la espalda, queriendo ver más y contemplar su fino y blanco cuerpo, pero me lo negué a mí mismo. Me puse los tenis que tenía escondidos debajo de la camilla y después de hacerlo seguí en mi posición, sin querer mirar a Bill por si no había acabado de vestirse.
– Como me hayas hecho vestirme para nada te voy a matar, no me gustan que me vean vestido… – susurró esto último, y yo fruncí el ceño.
– ¿Por qué? – pregunté sin entenderlo.
– Tengo un estilo un poco… ¿Especial?
– Oh vamos, Bill. Yo me visto como un rapero y… ¡Mierda! Mi gorra – grité al acordarme de ella, y escuché la suave risa de Bill por mi reacción. Me agaché y cogí la única gorra que allí tenía, poniéndomela por encima de mis rastas las cuales aún no me había quitado pero, supuestamente, debía quitarme por petición del doctor – ¿Ya estás listo?
– Sí… Ya estaba maquillado, así que sí – asentí y sin poder aguantar mis ganas de poder verle vestido de una forma diferente a una jodida bata le miré.
Cuando le vi por completo me quedé paralizado, admirándole, viendo un suave rubor en sus mejillas cuando vio mi reacción. Estaba tan… bello. Tenía una camiseta totalmente ceñida a su cuerpo, notándose su cuerpo delgado y fino, de un color negro y con letras raras de diversos colores, entre ellos el rojo u el plateado. Bajé mi mirada y presencié esos pantalones negros que parecían de cuero, ajustados a sus largas piernas con un cinturón el cual portaba una calavera en medio. Era un estilo gótico, pero a la vez muy propio de él, muy suyo, y eso era una de las miles de cosas que más me estaban gustando de Bill. Me quedé helado sin poder dejar de mirarle, contrastando demasiado bien su nívea piel con el oscuro.
– Estás… – susurré.
– ¿Ridículo? – preguntó.
– Estás precioso – terminé de completar, siendo totalmente sincero con él. Le miré a los ojos, esos que estaban maquillados por una leve capa oscura, y su rubor aumentó.
– Eres el primero que me dice que le gusta mi estilo – murmuró entre dientes.
– A quien no le guste es porque no conoce la perfección – sonrió y enseguida esquivó su mirada de mí. Ni siquiera entendía qué coño estaba diciendo, por qué de repente era tan abierto si nunca decía lo que realmente pensaba por, quizás vergüenza -. Me gusta que hagas eso.
– ¿El qué? ¿No mirarte?
– Que te pongas rojo y sonrías por todas estas mierdas que te estoy diciendo, ni siquiera sé por qué lo digo…
– ¿Por qué?
– No sé, siento como que soy el único que consigue hacer eso en ti.
– Considerando la opción de que no tengo amigos, sí, supongo que eres el único. Pero tampoco te creas muy importante, eh – sonrió soltando una pequeña risa y yo prácticamente hice lo mismo. Odiaba los momentos en los que me daba ser abierto, oh vamos, ¿Por qué coño era tan jodidamente cursi? Me daba asco – ¿Y mi regalo? – preguntó inocente.
– Es mi presencia, ¿No te gusta? – curvó una ceja y negó con la cabeza curvando los labios.
– Oh vamos, ¡Tom! – se quejó.
– Está bien, está bien… Vamos – me di la vuelta y cogí el pomo de la puerta para salir junto a Bill, quien me quedó a mi lado cuando estuvimos en el pasillo.
– ¿Está fuera? ¿Por qué coño está fuera?
– Eh, esa boquita niño. Te recuerdo que eres más pequeño que yo y no admito ese lenguaje – advertí con un toque humorístico, haciendo que su risa me volviera a contagiar.
– Pero… Sabes que no puedo salir si un médico no lo sabe, al menos ¿Nat lo sabe? Me puede caer una buena si me ven por los pasillos…
– Precisamente Nat no lo sabe… del todo. Pero tu médico sí que lo sabe, lo malo es que tenemos que volver antes de las nueve, me hubiera gustado escaparme, ¿Sabes? – cogimos un ascensor y nos adentramos en él, pulsando la última planta.
– ¿Qué? ¿Vamos a la cafetería? – su mirada era sumamente inocente, perdido y sin saber absolutamente nada de dónde íbamos a ir – Tom, no me digas que has hecho una fiesta con personajes Disney en la cafetería porque te juro que te mato.
– Cállate, ya lo verás. Pero es algo que quieres mucho, mucho, mucho – respondí, jugando con mis manos por el nerviosismo. Miré la pantalla del ascensor y me di cuenta de que solo faltaban un par de plantas.
– ¿Dinero? – me reí y negué con la cabeza, llegando por fin a la última planta – ¿Un Ferrari? Pero tampoco tendría sentido porque no podría conducirlo, así que…
– ¡Bill! ¿No puedes ni siquiera quedarte callado un minuto? – bufó y revoloteó los ojos. Le cogí del codo e hice que me siguiera por los pasillos. No vi a su madre por ninguna parte, supongo que se habría ido para dejarnos privacidad y después vendría de nuevo al hospital cuando nosotros volviéramos.
– Vamos a ir a la mejor cafetería de la ciudad – murmuré.
– Precisamente la del hospital no es la mejor cafetería, pero… – se quedó callado cuando vio que pasábamos de largo y nos dirigíamos a la salida.
– ¿Vamos? – pregunté tirando de su brazo, hacia la puerta que daba al exterior.
– Tom… No me hagas recordarlo una vez más. Sabes que…
– Lo sé, y por eso vamos a salir, porque hoy es un día especial – dije, girándome y mirándole a los ojos mientras él se quedaba con expresión de impresionado -. Es tu cumpleaños ¿No? Hoy debe de ser el mejor día de tu jodida vida, sé que quieres salir de aquí, Bill. Siempre, cuando subimos a arriba, me doy cuenta de cómo miras la calle, y hoy se va a hacer realidad. He hablado con tu madre y con tu doctor y nos han dejado salir de aquí hasta las nueve, me hubiera encantado poder escaparme e ir a un hotel de mala muerte simplemente para sentir adrenalina, pero no me quiero arriesgar y mucho menos perderte. Así que ahora vas a salir a la calle conmigo y vamos a ir donde quieras ir – se quedó callado, y vi que un brillo asomaba por sus ojos miel. Se mordió el labio y sentí que se tensaba.
– Tom…
– ¿No crees que sería muy raro salir a la calle con bata de hospital?
– Joder… – se abalanzó sin siquiera esperar un solo segundo hacia a mí, abrazándome con todas sus fuerzas por el cuello mientras sentía que emanaba lagrimas sobre mi hombro, llorando mientras continuaba aferrado a mi cuerpo. Sonreí y sentí que algo se removía en mi pecho, una sensación extraña y al mismo tiempo agradable. Le abracé yo también y no me importó siquiera un mínimo que la gente nos estuviera mirando en ese instante, me importaba muy poco.
– Espero que el maquillaje también sirva para el agua – se rio y asintió, calmándose y alejándose de mí. Agachó la cabeza con vergüenza al haber derramado lagrimas y se limpió los ojos, quedando sorpresivamente bien de nuevo, sin el maquillaje corrido y completamente bien puesto.
– Tom… Gracias. Yo… Yo te…
– No digas nada y vámonos ya, no hace falta que me lo agradezcas, niño – asintió y los dos salimos de allí.
Quizá fue cuando me abrazó, o quizá fue cuando miré sus ojos brillosos al estar por fin el calle. Tal vez siempre lo estuve, o tal vez fue ese pequeño beso que me dio en la mejilla cuando le cogí de la mano y comenzamos a andar por las calles de la ciudad. A lo mejor fue ese día en el que tan solo estuvimos los dos solos por la ciudad, disfrutando como nunca, yendo de un sitio a otro y hablando de temas realmente importantes los cuales, quizá jamás olvidaría.
Quizá fue ese día, o quizá fue desde siempre. Pero me di cuenta que Bill comenzaba a gustarme, de una forma muy diferente a la que creí hacer. Quería a Bill, lo quería a pesar de ser un hombre y tener lo mismo que yo entre las piernas, lo quería no de forma amistosa.
Ahora entendía por qué sentía eso cada vez que me abrazaba o me miraba a los ojos.
Ahora entendía por qué incluso a mí me dolía su pasado cuando ese día me contó absolutamente todo.
Estaba enamorado de él.
A pesar de no querer estarlo, lo hacía.
Continúa…
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