
Fic Toll de RubelangelTwc
Capítulo 7
– ¡BILL! – grité desesperadamente, sintiendo que en cualquier momento me echaría a llorar y no podría controlar mis impulsos de ir tras él. Escuché el ruido de los vasos de cartón caer al suelo junto a un líquido caliente mojar todo el suelo. Se acercó un medico a mí y me agarró fuertemente de los brazos para que no intentara ir con él. Intenté removerme para poder cogerle siquiera de la mano, poder sentirle, pero las pocas fuerzas que me quedaban al verle tan mal se fueron a la mierda. Vi cómo el sonido de su débil corazón quedaba en un hilo y una lagrima salía de mis ojos, paralizado.
Todo fue muy rápido para mi mente cuando cinco doctores entraron por la puerta y sacaron a Bill de la camilla, yendo totalmente rápido por los pasillos. El doctor me soltó cuando mi respiración se regularizó un poco y me dijo algo que no entendí, dejando una pastilla encima de mi mesa de noche.
Se marchó y de repente me encontré yo solo en esa habitación que sin él ya no tenía sentido. Ahora ya no estaba iluminada como siempre creía que estaba, ahora era oscura y el silencio abrasador me mataba.
Terminó de salir una lagrima de mis rojizos y dolorosos ojos, la cual limpié de inmediato, quedando parado en el mismo sitio mientras miraba a un punto fijo y sentía que lo poco que construí aquí dentro sin caer en el efecto colateral de la depresión por el cáncer se derrumbaba por sí solo.
Estábamos tan bien… En la cumbre de la montaña, dando pasos atrás de vez en cuando, pero siempre recuperándonos mutuamente, quedando de nuevo en la esperada cima.
Me senté en mi camilla, sintiendo una sensación extraña en el pecho, como de vacío.
Y, cuando todo para mí era monótono y sin sentido, los recuerdos me atacaron como puñales.
– Esas chicas no dejan de mirarte, deberías de ligártelas – susurré a Bill el día que salimos del hospital. Frunció el ceño sentado en la banca y comiendo de su helado. Había un par de chicas sentadas al otro lado de nosotros que de vez en cuando levantaban la mirada para mirar.
– No creo que me estén mirando a mí – contestó mirándolas indirectamente para que no se dieran cuenta -. Y aunque me miraran a mí, ni siquiera sé cómo hacerlo. Además de que no me gusta ese rollo…
– ¿No sabes cómo ligar? – pregunté aguantando una carcajada. Le dio un lametón a su helado y me miró negando con la cabeza.
– Además… Sigo siendo virgen… – murmuró y apartó la vista de mí, volviendo a mirar al frente. Espera… ¿Qué?
– ¿Qué chico con 19 años, guapo y listo, sigue siendo virgen? – pregunté realmente extrañado.
– Quizá un chico que lleva desde casi los 15 años en un hospital porque tiene cáncer y, además, los niños de su colegio no se acercan a él como si el cáncer se les fuera a transmitir a ellos… – soltó con cansancio, como si no le gustara recordar su infancia, y me dolió saberlo – Lo que menos me importa de mi vida es morir virgen, he tenido cosas mucho más dolorosas como para preocuparme por tener sexo – agaché la cabeza y me quedé en silencio, sin decir nada que le causara más daño.
Ese momento supe un poco más de él, pero, sin duda, no me esperaba escuchar la historia completa ese mismo día.
– Recuerdo que pasaba por aquí cuando era pequeño con mis padres antes de que mi hermana naciera… – susurró Bill mientras andábamos sin rumbo fijo por las calles de Alemania. Sin embargo, una duda se instaló en mí cuando me dijo aquello.
– Nunca me hablas de tu padre y tu madre juntos, siempre lo haces por separado – le dije un poco extrañado. Se quedó callado un segundo y después volvió a hablar.
– Sí, bueno… Mi padre nos abandonó cuando tenía quince años – sentí una terrible decepción, y una sensación de querer saberlo todo. Por un momento se estaba volviendo a abrir a mí, y estaba seguro que esta vez no iba a malgastar la oportunidad.
– ¿Por qué? – pregunté.
– Es… Una larga historia – susurró.
– Tenemos todo el día – contesté yo, y vi una pequeña sonrisa en sus labios mientras negaba con la cabeza.
– No te vas a rendir, ¿No? – negué con la cabeza y me miró – Estoy de buen humor, así que si quieres saber todo lo mejor es que nos sentemos – asentí y fuimos los dos juntos a un sitio donde poder sentarnos. Veía que después de estar andando una media hora, mirando sin cesar todos los sitios de las calles interminables, estaba cansado, y por ello necesitaba un respiro.
– ¿Y bien? – pregunté incitándole a hablar. Se quedó muy pegado a mí, chocando una pierna contra la otra y nuestros hombros totalmente juntos.
– ¿No recuerdas el… segundo día en el que viniste con mi carpeta donde estaba todo mi historial médico? – asentí, recordándolo perfectamente.
– Ese día supe que… Descubrieron que tenías cáncer porque te hicieron pruebas un día que llegaste lleno de hematomas en todo el cuerpo. Y… – caí en cuenta de ello – Me dijiste que tu padre te pegó por…
– Cuando tenía quince años tenía novio, me declaré bisexual y mi madre y todo mi colegio lo sabía, pero no quería que mi padre se enterara, él era homofóbico y sabía que era capaz de hacerme lo que sea si sabía que tenía pareja y, que encima, era un chico – agaché la cabeza y sentí que reposaba tímidamente su frente sobre mi hombro -. Un día mi padre entró a mi habitación sin picar y…
– Os encontró besándoos – completé, y él asintió.
– Todo fue una mierda, mi padre comenzó a gritar y mi novio… ex novio, se marchó. Me quedé yo solo con mi padre y todo pasó como si fuera en cámara lenta, pero a la vez, estaba tan aturdido que no me di cuenta de nada. Solo sentía dolor y a mi madre chillando que parara, después de eso solo desperté en el hospital una semana después, estuve en coma esa semana porque me había quedado sin respiración, además de todos los hematomas, se dieron cuenta de que no podía respirar con normalidad porque había caído de nuevo en el cáncer y, al ser pulmonar, no se podía hacer nada. Mi padre el mismo día que me pegó cogió todas sus cosas y se fue, no volví a saber nada de él y no le quise denunciar porque después de todo era mi padre, y le quería. Yo intenté volver a hacer vida normal, pero mi ahora ex pareja me dejó cuando se dio cuenta de que tenía cáncer, y él comenzó a expandir el rumor por todo el colegio, consiguiendo que el acoso escolar empezara. Me defraudó, no sabes cuánto, a partir de ese día me negué a tener amigos, no quería juntarme con nadie, prefería morir solo. Le quería, no sabes cuánto, di todo por él y él no hizo nada por mí. Aunque bueno, después de eso mi madre me sacó del colegio cuando tuve una recaída a los dieciséis casi con diecisiete. Me dijeron que me quedaba como mucho un año, e intenté suicidarme cuando me enteré de todo, después de todo si iba a vivir así no merecía la pena. Por ello cuando eso pasó decidieron que me quedara permanentemente en el hospital porque querían mantenerme vigilado… Y todo eso hasta el día de hoy, el resto solo es monótono y sin importancia
No puedo negar que me dolió saber su historia, esa tan doloroso y con mucho que desear. Siempre creí que mi pasado había sido una completa mierda, pero ahora me daba cuenta de que siempre había alguien peor que tú, y por ello no te podías simplemente rendir.
Después de eso no dije nada, y volvimos a seguir nuestro camino sin rumbo fijo.
– Tú eres fuerte, Bill – recuerdo que le susurré de repente.
– ¿Por qué piensas eso? – me preguntó un poco confundido.
– Porque solo te te he visto llorar una vez, cuando… tenías una fotografía de tu padre – contesté porque, si yo hubiera pasado por todo aquello, no dejaría de llorar.
– Que no llore no significa que no me duela. Si fuera así, estaría llorando todo el día, pero… ¿De qué sirve? Llorando no se va a arreglar nada, prefiero que me hagas sonreír – curvé mis labios y le miré.
– Me gusta que sonrías por mí – susurré casi inaudiblemente.
– Eres la única persona que lo consigue, creo que ya lo sabes, así que no me hagas repetirlo.
Sonreí hacia mí mismo al recordar todo lo que pasó hace una semana. Cuando volvimos llegué a la conclusión de que Bill me gustaba, y me gustó aún más al saber por todo lo que pasó.
Era fuerte aunque él lo negase.
Cuando llegamos no hicimos nada más que dormir al estar demasiado cansados, pero sin duda, esa noche fue la mejor de todas para mí, fue mucho mejor que todas esas noches en las que tuve sexo con cualquier chica.
– Tom… – escuché que susurraba Bill entre la oscuridad. Yo estaba casi del todo dormido, pero conseguí escuchar su voz.
– ¿Mhmm…? – murmuré.
– Hay truenos… ¡Mierda! – gritó cuando se escuchó uno muy cerca. Sonreí como si él fuera un niño pequeño al que le tiene miedo a una tormenta.
– ¿Qué quieres que haga? Aunque lo parezca no soy dios para hacer que deje de llover.
– Tom… – volvió a susurrar.
– ¿Qué…? – pregunté cansado y alargando la última vocal.
– Puedo… ¿Puedo dormir contigo? ¡Joder! – volvió a chillar cuando sonó otro de nuevo – Tengo miedo de los putos truenos o relámpagos o lo que coño sea – me reí y sentí ternura.
– Claro, ven – quité un poco de manta del otro lado de la camilla y escuché sus pasos en ese silencio, para después notar su cuerpo que comenzaba a recostarse en mi camilla.
– Cabrón, esta es mucho mejor que la mía… Creo que te cambiaré mañana la camilla – solté una carcajada cuando se recostó por completo y se tapó con las mantas.
– Como quieras, pero ahora tengo demasiado sueño – le di la espalda y volví a cerrar los ojos.
– Tom… – joder, otra vez.
– ¿Qué coño qui…?
– Gracias por este cumpleaños, ha sido el mejor de todos – susurré después de dejar un beso en mi mejilla. Me sentí totalmente rojo y ruborizado, queriendo sentir sus labios de nuevo contra mi rostro.
– Duerme – atiné a decir tan solo.
Pero quien menos pudo dormir fui yo y, cuando escuché su acompasada y calmada respiración después de un largo rato, me armé de valor y me di la vuelta, chocando mi pecho contra su espalda. Suspiré y pasé uno de mis brazos por su cintura, abrazándolo y pegándolo mucho más a mí. Me puse totalmente nervioso cuando sentí que una de sus manos viajaba a mi brazo y lo rodeaba. Seguía despierto.
– Mucho mejor – susurró con picardía. Y yo entre ese gran nerviosismo sonreí, regocijándome en el tacto de su cuerpo contra el mío, en ese calor natural que desprendía y que me hizo caer dormido a pesar de querer estar sintiéndole toda la noche.
¿Por qué me tenía que enamorar de él? ¿Por qué de un él y no de un ella? A mi no me gustaban los hombres… Solo me gustaba Bill.
No sé qué tienes, pero me encanta.
Quizá tu fortaleza, quizá me gusta tu sonrisa, o quizá me gusta simplemente todo de ti.
Y ahora ya no estaba Bill para consolarme en este momento, porque mi debilidad era causada por él.
Una nueva lagrima volvió a salir y mi sonrisa se esfumó con el aire.
Sentía esas ganas de llorar que dan de repente, de no querer a nadie cerca pero, al mismo tiempo, necesitar uno de tus abrazos.
Cerré los ojos con fuerza y escondí mi cabeza entre mis manos, comenzando a llorar sin pudor alguno. Después de todo estaba entre estas cuatro paredes, solo, y nadie podía ver mi gran debilidad.
Jamás dejaría de preguntarme por qué todo lo malo debía de pasarle a él. Por qué no podía ser feliz durante un largo tiempo, por qué la vida la jodía tanto y él tan solo buscaba una mínima luz en toda esa mierda. No entendía cómo podía ser tan positivo cuando la mayoría de las cosas eran negativas. Siquiera entendía cómo podía encontrarle la parte positiva para hacer que el resto valiera la pena.
Y eso lo aprendí cuando fuimos al doctor después de nuestro cumpleaños…
Entendí su fuerza, y la admiré. Lo admiré a él, y sentí que me gustaba un poco más si podía.
– No creo que… – murmuré intentando que no se marchara.
– Tom, cállate de una vez, me estás poniendo nervioso – me cortó él, empujándose a sí mismo de la silla de ruedas para salir de la habitación.
– Y… ¿Si vamos mañana? – pregunté titubeando.
– Tom, hazme caso de una jodida vez. Me da igual que sea malo, sé lo que tengo, y sé que tarde o temprano recibiré más malas que buenas noticias. Prefiero saberlo ya y no esperar inútilmente a que pasen los días. No sirve para nada esperar – bufé y salió completamente de la habitación. Puse los ojos en blanco y salí junto a él de allí.
– No creo que sea una buena idea, todo se va a ir a la mierda… – susurré inaudiblemente para mí mismo.
Ayer fue un día excepcional y, justo en este momento, cuando Bill iba a hablar con su doctor, todo se iba a ir a la mierda. No quería que lo supiese, una parte de mí no quería que se enterara porque temía de que ya no estuviera tan sonriente y alegre como siempre. Me daba miedo que volviese a tener una recaída y no poder hacer nada por él. Después de todo yo no era muy bueno con las palabras, y me costaba horrores expresar lo que sentía.
– ¿Y si es malo? – pregunté con miedo.
– ¿Qué importa? Si de todos modos voy a…
– No lo digas, cállate – dije cuando subimos al ascensor.
-…morir – completó él.
– No es lo mismo morir hoy que mañana. Quizá hoy es un día de mierda pero quizá el siguiente haces un puto invento que revoluciona el mundo, ¿Tú qué sabes? No juegues con tu vida.
– No juego con mi vida, desde que tenía quince años sabía lo que tenía y lo asimilé, asimilé que me estaba muriendo, que llegaría un día en el que todo habría acabado y me sumiré en el olvido como todas las personas que se mueren, Tom. Por morirme un poco más rápido no voy a cambiar el mundo, ojalá pudiera cambiar esta sociedad de mierda, pero no soy dios y no lo puedo hacer. ¿Qué importa morirme dentro de un año como que dentro de cinco? Acabaré de igual forma, y nada habrá cambiado, todo seguirá igual.
-¿Y si hubieras muerto hace unos meses te hubiera dado igual? ¿Te hubiera gustado morir antes de conocerme? – pregunté justo cuando la puerta se abrió.
– Quizá sí – susurró, un susurro que me mató por dentro. No supe cómo reaccionar y lo único que hice fue quedarme estático y ver que Bill se alejaba sin siquiera dirigirme una última mirada. Salí de allí y mi pecho se encogió, sintiendo las ganas de derramar lagrimas que jamás dejaría salir. Vi que se paró justo antes de entrar en el despacho del doctor y me di cuenta de que había dado unos pasos hacia él inconscientemente, quedando a tan solo unos metros de distancia. Me miró, y yo le miré, dolido pero sin reconocerlo por el orgullo que aún albergaba en mí -. La única diferencia es, que ahora tengo a alguien más por quien debo de seguir viviendo, y no me gusta. No me gusta que me importes porque me atas a este mundo que odio… Y si hubiera muerto quizá no sentiría tanta angustia por acabar con todo, quizá todo sería más fácil y no tan jodidamente difícil. Te ato a mí, y cuando muera lo único que conseguiré hacer es hacerte más daño del que no puedo hacerte.
Entró sin siquiera esperar un segundo más al despacho y yo me quedé fuera, dándole vueltas una y otra vez a lo último que me dijo.
Ahora que me conocía no era tan fácil alejarse de la vida, por ello haría todo lo posible por hacérselo difícil.
Cuando lo vi salir de nuevo después de media hora me temí lo peor, sin embargo, tenía una expresión neutra y al mirarme tan solo dibujó una pequeña sonrisa antes de susurrarme «Después de todo no ha sido tan malo, supongo que era lo que me esperaba», y lo admiré.
Supongo que se preparó para lo peor, y aunque le dijeran que mañana se iba a morir jamás dejaría de mostrar esa sonrisa.
Esas dos semanas fueron llevaderas, Bill cada dos días debía de hacerse pruebas para controlar su enfermedad, pero se negó completamente a tomar la quimioterapia. No supe el por qué, y no le quise agobiar con mis preguntas.
Quería evitar completamente ese tema y lentamente lo estaba consiguiendo. Su madre me lo agradeció, y de lo único que fui capaz fue de sonreírle.
Quizá sonaba egoísta, pero lo hacía un poco también por mí, porque sentía que si Bill se iba, ya nada sería lo mismo.
Esas dos semanas no dejábamos de estar con su hermana pequeña de un lado a otro, dejando que Simone pudiera descansar después de llorar durante horas al enterarse por boca de Bill lo que le habían dicho.
Esas semanas fueron demasiado buenas, hasta hoy.
Parecía un día normal, como uno cualquiera, bajé yo mismo a por un par de cafés como cada mañana, pero cuando volví a nuestra habitación ya nada era igual.
Y, ahora mismo, me encontraba en esa camilla sentado sin entender por qué. Todo estaba tan bien…
Me recosté en ella y sentí el olor del cabello de Bill contra mi almohada de la última vez que durmió conmigo.
Agradecía a las tormentas por hacer que durmiese conmigo por miedo a los truenos.
Comenzaba a hacerme que le quisiera demasiado, y ese era el problema. El problema es que éramos dos chicos, el problema es que tan solo debía de ser mi amigo, no debía de sentir esta presión el pecho por no tenerle conmigo, por saber que ahora mismo podría estar muy mal, o… muerto.
¿Qué haría yo si Bill moría? Ya no habría merecido la pena estar en este hospital, ¿Para qué me serviría quererle si nunca lo sabría? ¿De qué habría servido todo esto…?
Volvería a no tener nadie a mi alrededor, ya no oiría su voz que a veces tanto me irritaba, y yo odiaba los silencios, odiaba estar solo.
Yo no era tan fuerte como aparentaba, a pesar de mi puto físico y mi insensibilidad, no era fuerte, era muy sensible, demasiado a mi gusto.
Perdí a mis padres, perdí mi libertad por tener cáncer, pero no podía perderlo a él.
Él, en tan solo unos meses, hizo mucho más de lo que alguna vez alguien hizo por mí.
Y no me quedaría aquí, tumbado en la camilla mientras recordaba esos pequeños y demasiado cortos momentos con él.
Me levanté de la camilla y miré el reloj que había colgado en la blanca pared, dándome cuenta de que ni siquiera habían llegado a pasar un par de horas desde que Bill se fue. Me quedé absorto del tiempo.
Abrí la puerta y, justo cuando iba a dar un paso, me encontré con los ojos aguados de Simone que llevaba a Sophie en brazos, quien me miraba como si no entendiera nada de lo que estaba pasando.
Bendita inocencia.
-T-Tom… – titubeó dejando a la pequeña en el suelo para tirarse a mis brazos y comenzar a llorar de nuevo en mi hombro al ser más alto. Era su madre, y debería de estar destrozada. Pasé mis brazos por su cintura y la abracé para darle un poco de consuelo.
– Tranquila… – susurré, adentrándome en la habitación después de señalar a Sophie con la cabeza para que fuera a jugar con el coche de carreras que llevaba en la mano a los asientos del pasillo.
Volví a cerrar la puerta y sentí la gran ausencia de la camilla de Bill allí, junto a él mirando revistas de moda sin ningún sentido para mí. Recuerdo que un día empezó a enseñarme todas esas hojas con miles de vestuarios y maquillajes demasiado extraños como para llamarse «moda», según él, intentaba no reírme por los ridículos «disfraces», como les llamé, ganándome un pequeño puñetazo de su parte junto a una sonrisa.
– Simone… Por favor, deja de llorar… – murmuré preocupándome mucho más. Jamás supe cómo poder calmar a alguien que estaba llorando, y eso me ponía terriblemente nervioso. Sentí contra mi pecho que asentía y se separó de mí con la cabeza gacha, restregándose las manos por sus ojos.
– Lo siento, Tom, yo… siento todo el escándalo que he montado – murmuró enseñándome sus rojos ojos.
– No, tranquila. Yo… la comprendo – dije, sabiendo perfectamente que incluso yo había derramado un par de lagrimas -. ¿Has hablado con el doctor? ¿Sabe algo? ¿Bill… Como está? Por favor…
– Es… lo habitual… Le pasó hace un año, sus pulmones se llenaros de líquido… Y el doctor cree que el cáncer se ha podido reproducir más rápido… Porque cuando estaba en la camilla no dejaba de toser y… su respiración era muy irregular, además de que tosió sangre… Creemos de que ha podido bajar de peso… Y esos síntomas ocurren por el cáncer… Ahora está en observación y le pasarán durante una semana a una habitación de aislamiento… – asentí, sintiendo que el dolor del pecho se calmaba lentamente.
– Está… bien, está bien – susurré con los ojos aguados. Ella asintió y volvió a abrazarme, dejando que callera una lágrima a su camiseta.
– Creo que jamás voy a dejarte de agradecer por estar con él. Es como que… le das ganas de vivir. Nunca le falles, eres el único que lo acepta
Tragué saliva y poco a poco el nudo en la garganta desapareció.
En aislamiento nadie podía entrar, tan solo familia, pero… Estaba seguro que no podría aguantar una semana sin verle. Me daba igual infligir las normas del hospital, simplemente no podía.
Joder, ¿Por qué te tengo que querer?
Continúa…
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