Fic Toll de RubelangelTwc

Capítulo 8

Durante casi toda la semana no había podido siquiera poder ver a Bill a través de un cristal ya que tan solo dejaban pasar a familiares a la UCI, quise mentir diciendo que era un primo suyo pero claro, ¿De qué serviría si mi historial médico estaba en todos los ordenadores? Obviamente se dieron cuenta de que mentí y se fue a la mierda mi plan. Tan solo recibía noticias de Simone, quien iba a verle cada vez que podía.

Siempre me decía que cada vez estaba mejor y ya estaba mucho más consciente que el día anterior. Le pedí que le dijera de mi parte que echaba de menos su repelente voz diciéndome que le tenía miedo a los truenos, con un gran sonrojo al confesárselo. Ella lo hizo y me dijo que se había reído por primera vez allí metido, «fue como pasar de la oscuridad a la luz en un segundo» me dijo al explicármelo.

Me sentí bien a pesar de no haber visto su reacción, y eso fue el impulso de aguantar dos días más aburrido completamente sin él. De vez en cuando me quedaba con Sophie cuando Simone estaba con Bill, ella siempre estaba alegre por todo a pesar de no entender nada, siempre que estaba conmigo no hacía más que dibujar y pintar cosas para mí. Era realmente linda, pero supongo que al no ver a su hermano, comenzó a sospechar, preguntándomelo aquella mañana después de desayunar directamente a mí.

– Tommy – murmuró sentada en una pequeña silla en la sala de juegos para los niños. No había nadie a estas horas de la mañana así que estaba jugando conmigo a construir un puzzle de algún dibujo animado.

– Dime, pequeña – murmuré prestándole atención. Tenía la bandeja de mi jodida dieta a un lado, estaba harto ya de comer siempre cosas saludables, pero supuestamente era lo que debía comer para la operación que… Sería tan solo dentro de una semana. Mierda.

– ¿Dónde está mi hermanito?, ¿Cuándo volverá? Le extraño – tragué saliva y cogí aire. ¿Cómo le explicaba a una niña pequeña lo que estaba sucediendo? Joder.

– Bueno… Tu hermanito está un poco enfermo y se ha ido a un sitio para que lo curen, pero ya verás que cuando vuelva estará aquí para hacerte… ¡Esto! – me acerqué a ella y comencé a hacerle cosquillas en su pequeño cuerpo. Comenzó a reír y a removerse entre mis brazos, yo me reí por su expresión y dejé un beso en su mejilla antes de separarme para que pudiera coger aire.

– ¡Tommy! – me regañó sonriendo – Eres un buen hermanito, ¿Quieres ser mi segundo hermanito? – me reí por su inocencia y la estreché entre mis brazos.

– Claro, princesa – era tan linda… ¿Cómo negarme a ella? Se puso contenta y me abrazó con sus pequeños brazos, dejando un beso sobre mi mejilla.

– ¡Ahora tengo dos hermanitos! – gritó riendo. Se separó de mí y me cogió de la mano para que continuara junto a ella formando el puzzle mientras se sentaba en mi regazo.

– Para ti todo lo que quieras – movió su cabeza de un lado a otro, haciendo que se movieran sus coletas que tenía a cada lado mientras tatareaba una canción que seguramente le habrían enseñado en el colegio.

– Toommyy – volvió a llamarme alargando las vocales – ¿Te gusta mi hermanito Billy? – preguntó sin rodeos, no me lo esperaba, para nada. Abrí los ojos y me quedé en silencio, sin saber cómo contestar a eso.

– ¿Cómo lo sabes? – fue lo primero que se me ocurrió preguntar.

– Él me contó que tú le gustabas… ¡Uy! – de repente se llevó las dos manos a la boca con cara de impresión – ¡Es un secreto! ¡No lo podía decir! – murmuró riendo inocentemente. ¿Qué? Yo… ¿Yo le gustaba a Bill? Oh, no jodas… Se dibujó una sonrisa en mi rostro inmediatamente.

– ¿Te cuento otro secreto? – pregunté, ella se giró para mirarme y asintió efusivamente con la cabeza, dando saltitos sobre mí de emoción – A mí también me gusta mucho tu hermanito. Pero shhh, no se lo digas a nadie. Es un secreto – escondí mi sonrisa junto a mi sonrojo al decirlo, pero ella se levantó de mi regazo y comenzó a saltar y mover las manos.

– ¡Bien! ¡Bien! ¿Sois novios? – preguntó.

– No… ¿Quieres que lo seamos? – dije reprimiendo mi gran felicidad.

– ¡Sí! Mi hermanito es más feliz cuando está contigo y eso también me hace feliz a mí. Lo quiero mucho… ¡Es el mejor! – y, como si nada, volvió a continuar jugando con el puzzle que tenía sobre la mesa. Me mordí el labio inferior para no sonreír y cogí mi café.

¿Realmente era verdad? Decían que los niños nunca mentían… ¿A Bill le gustaba? Recuerdo que de vez en cuando me martirizaba con que para él solo era un amigo, sin intenciones mucho más allá que una simple amistad cercana.

Creo que este fue el primer momento en el que sentí que no necesitaba nada más para ser feliz.

Pero luego estaba la puta realidad, en la que él era un chico, en la que, quizá, estar enamorado de él estaba mal. No me gustaban los chicos, jamás lo hicieron, me repudiaba siquiera pensar en ello como algo normal. Respetaba a los homosexuales, pero yo nunca me califiqué como uno.

Todo resultaba más complicado si lo miraba desde la perspectiva de la jodida realidad.

Esto no era un cuento, y yo no era un príncipe ni él una princesa en apuros.

Pero aún así… ¿Estaba dispuesto a tirar mis sentimientos, los primeros que sentí por alguien, por la borda?

– ¡Paul! – escuché que gritaba Sophie, haciendo que saliera de mis pensamientos. Entró un niño pequeño, más o menos de su edad, por la puerta. Tenía ropa normal, así que supuse que vendría a visitar a algún familiar y no era él el enfermo… Odiaba que hubiera niños pequeños así.

Comenzaron a hablar entre ellos dos de cosas infantiles, haciendo que me riera sin que ellos lo notasen. Se pusieron a jugar y al ver a Sophie completamente distraída con su amigo decidí salir fuera de allí.

Me apetecía fumarme un cigarrillo, pero me contuve al sacar la caja que tenía en uno de los bolsillos de la bata. A Bill no le gustaba que fumase, y desde la primera vez que lo vi prácticamente dejé de fumar, de vez en cuando al sentirme estresado me fumaba alguno, pero decidí dejarlo cuando Bill me volvió a ver y se enfadó conmigo.

Entendía que no le gustara verme fumar, después de todo él tenía cáncer pulmonar… Y no le gustaría que pasase por lo que él estaba pasando gracias al tabaco.

– Si Bill te viera ahora mismo seguramente te regañaría – escuché una voz femenina a mi lado, me giré y vi a Simone mirándome con una pequeña sonrisa.

– Siempre lo hace – sonreí y abrí la caja, viendo el último cigarrillo que quedaba. Lo saqué y después lo rompí en dos.

– Dentro de un rato saldrá Bill de la UCI, han decidido que no lo van a tener la semana entera porque está bien y fuera de peligro. Ahora lo más seguro es que le estén poniendo un poco de anestesia para que se aduerma y poder hacerle un par de pruebas un poco dolorosas… Pero según el doctor en una hora o dos ya podrá ser trasladado a la habitación de nuevo – ¿Hoy todo saldría bien? Joder… Estaba jodidamente alegre. Ya podría verle por fin… Y quizá decirle… No, eso no.

– Bien – curvé mis labios y Simone me dio unos golpecitos en el pecho -. Sophie está dentro jugando con un amigo, un tal Paul – asintió y vi que suspiraba.

– Me tengo que ir, ya debería de estar trabajando y Sophie dentro de un rato tiene que ir a la escuela…

– Está bien – la abracé en forma de despedida y se acercó y la sala de juegos para llamar a su hija quien se despidió de Paul y salió de allí sin rechistar.

– Venga, cariño. Despídete de Tom que nos vamos – la pequeña hizo un puchero cuando Simone se lo dijo.

– Pero mamáaa… Quiero que Tommy me cuente más secretos – abrí los ojos y me ruboricé en un solo segundo.

– ¿Qué secreto? – preguntó.

– ¡Nada! – grité sonriendo para ocultar mi nerviosismo. Oh, como su madre se enterara… ¿Por qué coño se lo tuve que decir a Sophie? Era una niña pequeña después de todo y esa normal que lo contase. Idiota de mí – Venga, enana, que tienes que ir a la escuela – me agaché y la abracé dejando un beso en su cabecita.

– Adiós, Tommy – agitó su pequeña mano y Simone y ella se fueron por los pasillos.

Solté todo el aire que contuve y me llevé las manos a la sien, masajeándolas. Casi se entera… Mierda. Pero… supongo que en cualquier momento se debería de enterar ¿No? En cualquier momento debería de contárselo a Bill.

Pero ahora tan solo hacía falta esperar una o dos horas para poder verle por fin.

Anduve hacia nuestra habitación y una vez más volví a encerrarme allí sin ganas de hacer absolutamente nada, me recosté sobre la camilla y dejé mi mente en blanco, sin querer darle vueltas una vez más a este tema que, tal vez, me preocupaba en demasía. Pero, ¿Cómo no preocuparme si era la primera vez que sentía amor por alguien y, encima, hacia alguien de mi mismo sexo?

Suspiré y puse mis brazos sobre mis ojos, sabiendo perfectamente que no podría dormir hasta poder ver a Bill y cerciorarme de que estaba bien, así que tan solo dejé pasar las tortuosas y lentas horas, recostado y más que aburrido entre cuatro paredes y sin nadie a mi alrededor.

– ¿Quién es ese? – pregunté al lado de Bill, viendo esa expresión que siempre ponía al estar concentrado mirando alguna de sus revistas. Quitó su mirada de ella y miró atentamente mis ojos mientras fruncía el ceño.

– ¿Este…? – preguntó señalando casi con disgusto a uno de los chicos que aparecían en la portada de la revista, vestido casi con un disfraz haciendo que llamara mi total atención.

– Sí, ese tío – dije sin más, consiguiendo que Bill abriera los ojos espantado.

– ¿Ese tío? – dijo con sarcasmo – Pues que sepas que ese tío – dijo imitando mi voz – es uno de los modelos más destacados de ¡Toda Alemania! – me reí disimuladamente y le arrebaté la revista para poder mirarle más de cerca.

– Tampoco es para tanto como para ser el modelo más guapo de Alemania – solté sin más, recibiendo de nuevo una mirada de Bill – ¿Con cuantas tías ha tenido que tener sexo para llegar a donde está? Seguro que ha tenido que hacer muchos trabajitos para poder ser famoso – le arranqué una carcajada a Bill que me contagió.

– Oh, por favor. Es guapísimo – dijo como si fuera algo obvio.

– Pero yo lo soy mucho más – dije imitando a una diva, moviendo mi cabello hacia un lado mientras cruzaba mis piernas. Bill volvió a reír y me miró con los ojos levemente cerrados por la gran sonrisa que cruzaba su rostro.

– Claro, por supuesto. ¿Para qué ver modelos famosos si tengo a mi lado al gran Thomas Kaulitz? – dijo con sarcasmo.

– Exacto – reí junto a él y sentí que la tarde se hacía un poco más amena.

Escuché repentinamente que la puerta de la habitación era abierta, y enseguida abrí los ojos, levantándome de la camilla para ver quién era.

Me quedé en mi sitio sin siquiera moverme, en silencio, mientras veía que un par de doctores arrastraban a Bill en una camilla con máquinas alrededor de él. Estaba diferente, ahora unos finos y pequeños tubos transparentes cruzaban su rostro y se metían en sus fosas nasales, ayudándole a respirar. Tenía los ojos cerrados y su pecho subía y bajaba con normalidad. Le dejaron allí y un doctor se acercó a regular la máquina que le ayudaba a respirar, antes de apuntar un par de cosas e irse sin decir absolutamente nada, siquiera al verme.

No supe cómo reaccionar al tener de nuevo a Bill a tan solo un par de metros frente a mí. Miré a mi alrededor como si hubiese alguien y sentí mi corazón retumbar contra mi pecho con fuerza. Me acerqué lentamente a él y agarré una de las sillas para poder sentarme a su lado. Miré su rostro y vi que seguía igual, igual de bonito.

Estaba profundamente dormido, o inconsciente, no lo sé, pero aun así tomé la gran libertad de agarrarle la mano y entrelazar nuestros dedos. Miré nuestras manos juntas y me sentí bien al tenerle así, sus uñas aún tenían ese negro que siempre las cubrían, a pesar de ahora estar un poco desgastado. Su rostro sin ningún tipo de maquillaje y su cabello negro desparramado por la almohada, haciendo una perfecta combinación con su blanca piel. Dormido o no, era igual de guapo.

¿Por qué pensaba así de un hombre?

Bufé y me sentí por fin tranquilo de tenerle junto a mí de nuevo. Volví a mirarle y me incliné, recostando levemente mi cuerpo cobre la camilla, a su lado. Quedó mi cuerpo pegado al suyo y agradecí de que siguió durmiendo profundamente. Mis brazos rodearon su cintura una vez más, como aquella noche oscura y ruidosa, y de repente todo el estrés y las preocupaciones se marcharon sin más.

Escondí mi nariz entre su cabello y me deleité con su olor, ese olor raro pero genial que siempre desprendía su cuerpo. Cerré los ojos y, con su anatomía completamente pegada a la mía, sintiendo sus acompasadas respiraciones contra mi pecho, sintiendo su flácida mano junto con la mía, pude dormir por fin tranquilo, sin dejar que el estrés me quitara el sueño como en la mayoría de todas esas noches de esta semana.

Quizá en un mundo paralelo a este alguno de los dos era una chica, donde no teníamos una enfermedad que nos mataba a ambos, donde éramos una pareja normal, y dónde estábamos juntos.

Un mundo paralelo donde el para siempre era una posibilidad.

Donde, quizá, los dos éramos completamente felices.

Pero todo eso, en este mundo, era diferente.

Con esos pensamientos quedé profundamente dormido junto a él, sentí que mi cuerpo volvía a coger fuerzas durante esas horas o tal vez minutos en los que pude descansar totalmente, hasta que escuché el sonido de unos pasos en la habitación y la puerta cerrándose con un leve portazo. Abrí mis ojos de sobremanera y me giré con temor de encontrar a alguna enfermera viéndonos así, tan juntos, pero la tensión subió mucho más al darme cuenta de que era Simone, su madre quien nos estaba observando abrazados.

El bochorno recorrió mi cuerpo y me quedé en estado de shock, donde no podía mover ningún músculo del cuerpo o dar algún tipo de explicación mínimamente coherente para esta situación tan comprometedora, pero el nerviosismo atacaba a mi forma de pensar, haciendo que el silencio fuera lo único que nos estaba invadiendo.

Esperé y anhelé que Bill en ese momento despertara y se inventara él mismo cualquier excusa válida para su madre, pero no fue así. Bill siguió dormido, y Simone y yo seguimos mirándonos en silencio.

Quería desaparecer justo en este instante.

Mierda.

– ¿Lo quieres? – preguntó ella de repente, rompiendo esa tensión que aún seguía presente en mí junto al silencio sepulcral que yo mismo originé, el cual, durante ese periodo de tiempo, solo se limitó a mirarnos.

– Demasiado… – dije sinceramente, sin creerme yo mismo lo que estaba confesando. Tragué saliva y esperé el sermón, esperé que me echara de la habitación, pero lo único que vi fue una pequeña sonrisa en su rostro.

– Me alegro de que mi hijo haya encontrado a alguien que lo quiera por lo que es – sonrió mucho más sinceramente y su mirada se enterneció.

– Pero… Somos dos chicos, somos dos hombres… Esto… Esto está mal… Es decir… – los nervios me ganaban y dejé la frase en el aire. Me dolía, me dolía aceptarlo.

– No está mal si es amor. No importa si eres un chico o una chica, lo importante es que lo haces feliz ¿No? Desde que llegaste está mucho mejor, ahora sonríe – comenzó a decir -. Quizá no lo sabes, a Bill no le gusta hablar mucho de esto con las personas, pero él no pasó por momentos fáciles, y ya no solo hablo de cuando le diagnosticaron cáncer, hablo prácticamente de toda su vida. Tuvo una mala infancia, se burlaban de él cuando iba a la escuela, y cuando le diagnosticaron cáncer… Todo se volvió oscuridad para él, todo se rompió e intentó suicidarse. Su padre nos abandonó cuando descubrimos que esta vez ya no se podía curar, ninguno volvimos a saber nunca nada de él. Encontraba a Bill llorando cada noche desde que tenía diez años y le pegaban. Cada día lo encontraba con nuevas heridas en su piel, y lo peor era que yo no podía hacer nada. No podía hacer nada por él… – su voz se rompió y bajó la mirada -. Pero ahora es feliz, y eso es lo único que me importa. Si es feliz contigo no soy quién para impedírselo. Si no eres tú, ¿Quién lo hará feliz?

– Pero… – intenté replicar, pero nada salió de mi boca. Ella tenía razón después de todo.

– Si se lo dices le harías el hombre más feliz del mundo, créeme. No pienses en el rechazo, eso nunca pasará – me sonrió ampliamente, feliz, y supe que esa era su aceptación. Se acercó a mí y me estrechó entre sus brazos -. Gracias por ser tú – susurró antes de separarse de mí y salir de nuevo por la puerta, dejándonos solos.

Ahora estaba seguro de mi decisión, Bill era importante, ahora era lo más importante de mi vida.

Juré hacerle feliz, y le haría feliz conmigo.

Sabía que él también me quería, entonces… ¿Para qué negarme a mí mismo?

Me gustaba un hombre, ¿Y qué? Seguía siendo una persona a pesar de tener lo mismo entre las piernas. Le quería, mucho, y no me importaba renunciar a la estúpida sociedad por él.

Después de todo la sociedad nunca me había dado nada, y él había conseguido darme todo.

– Mmhm… – escuché que ronroneaba a mi lado, removiéndose entre mi cuerpo. Sonreí enternecido y observé cómo se tallaba los ojos y estiraba su largo cuerpo. Los abrió y observé que lo primero que hacia era mirar por la habitación hasta clavar sus ojos contra los míos al verme a su lado. Le sonreí y lo primero que hice fue abrazarle sorpresivamente, sin dejar que él reaccionase – Siento como si hubiese dormido veinte años – susurró entre mis brazos, correspondiéndome.

– Una semana es suficiente. Me asustaste, joder – murmuré sin separarme.

– Nada puede acabar con Bill Kaulitz – sonrió y asentí. Joder, cuánto le había extrañado. Cerré los ojos dejándome llevar por el calor que desprendía su cuerpo. Me separé de él, lo suficiente como para poder volver a la misma posición que el principio, abrazándole por la cintura.

– He echado de menos tu repelente voz – dije en voz baja, sacándole una suave risa.

– Y yo tu narcisismo – reí y me sentí completamente cómodo de nuevo.

No quería soltarle, no iba a soltarle.

Recuerdo la sensación de terror que me invadió al tan solo pensar que podría haber muerto. Si hubiera sido así no hubiera podido soportarlo.

El silencio reinó entre nosotros, sabía que esta despierto, pero no queríamos arruinar este momento. Me sentía como cuando era un niño y no tenía preocupaciones de ningún tipo, mucho antes de perder a mis padres, él me brindaba esa tranquilidad tan anhelada.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, sintiéndonos cuerpo contra cuerpo, pero tan solo salí de ese corto trance cuando su voz invadió mis oídos.

– Tom… – susurró.

– ¿Qué? – pregunté sin soltarle.

– ¿Sigues dormido?

– Sí, hablo entre sueños – le robé una pequeña risa y sonreí, abrazándolo un poco más fuerte.

– ¿Puedes…? ¿Puedes contarme un cuento? – murmuró casi inaudiblemente, quizá por vergüenza, pero lo único que me causó fue ternura al parecer un niño pequeño. Probablemente mucho tiempo atrás me hubiera reído e incluso burlado de él, pero ahora era todo muy diferente.

– No sé ningún cuento… – dije un poco apenado. Mi infancia, desafortunadamente, no había sido llena de cuentos, había sido llena de la cruda realidad.

– ¿Nunca te han contado ningún cuento? – pregunté, y negué con la cabeza. Cuando estaba en adopción jamás se preocuparon por nosotros, ni siquiera de contarnos un maldito cuento para un niño de seis años – Entonces yo te contaré uno

– Está bien – acepté cerrando nuevamente los ojos, escuchando ese primer cuento con diecinueve años. Triste ¿Verdad? Pero después de todo poco me importaba si el primero me lo contaba Bill.

Jamás hubiera pensado en convertirme como soy ahora.

Pero se sentía horriblemente bien.

Continúa…

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