Der Valentinstag-Massaker. Part II

«Blame it Tom Kaulitz» Fic de Haruxita

Der Valentinstag-Massaker. Part II

~Bill~

Parecía un sueño, uno de esos sueños agobiantes en que nada tiene sentido y no consigues despertar por mucho que lo intentes.

No comprendió muy bien las palabras de la alterada chica, pero no se quedó a averiguar qué tanto de verdad había en ellas. Se lanzó a correr sin rumbo como el resto de los estudiantes.

Necesitaba un escondite pronto, pero su cerebro no estaba en condiciones de pensar con claridad. Los salones no eran seguros, lo averiguó al abrir la puerta del laboratorio de química y ver un reguero de sangre que fluía desde detrás de uno de los mesones. Se obligó a mantener a raya su curiosidad y no seguirlo con la mirada en busca de su origen.

A lo lejos oyó un grito destemplado «¡Las salidas de emergencia están bloqueadas!»

Las ventanas también, como pudo comprobar por sí mismo. Gastó preciosos minutos intentando romper una con una silla, pero el vidrio reforzado no cedió.

Su mente ofuscada se despejó por un segundo, en el simulacro algo habían dicho sobre reunirse en un área de seguridad…

Área de seguridad que quedaba fuera del edificio, era una gran zona despejada junto al nuevo auditórium.

«¡Joder, eso es!»

El año anterior habían inaugurado un auditórium más grande y moderno, por lo que las dependencias del antiguo estaban en reformas para alojar al taller de teatro.

Rogó para que esos desquiciados no hubieran tenido la misma idea.

~Tom~

Corrió por los pasillos salpicados de sangre, apenas consciente de sus propias lágrimas. Sosteniendo los bajos de su pantalón para evitar volver a tropezar.

Buscaba frenéticamente un sitio donde esconderse, un lugar seguro en donde la visión de los ojos sin vida del moreno dejaran de perseguirlo y en sus oídos ya no resonaran los gritos de auxilio de Samira.

Tenía un par de lugares favoritos en la secundaria. Como el segundo pilar en el patio, en donde se sentaba a bosquejar su próximo grafiti o a dibujar —de memoria— a «la puta».

También estaba la pequeña bodega del tercer piso, a la que solía ir con Geo a fumar cuando conseguían algo de maría. En los viejos buenos tiempos, cuando Geo aún era su amigo, antes que este lo traicionara y se metiera en los pantalones de«la puta».

Por último —y más cercano del lugar donde se encontraba— estaba el viejo auditórium. Su lugar preferido para llevar a sus ligues de turno, cuando se le antojaba una mamada o meterla en caliente para espantar ciertos sueños inconvenientes.

Pero claro, todo eso fue antes de que «la puta»

se cruzara en su camino, con sus ojos brujos y esas estrechas caderas que parecían contonearse sólo para su tormento personal.

Regresó sobre sus pasos sin poder quitarse al moreno de la cabeza.

~Nick~

Fluffy era un Golden Retriever con bastante espíritu, infortunadamente sus huesos ya no eran los de un cachorro, se rompió la tibia de una pata trasera en un sospechoso accidente que involucraba al hijo más pequeño de su amo y un jarrón.

Nick estaba acabando de rasurar la pata lastimada cuando Natalie llegó con la mala noticia.

La mujer lo despachó con un abrazo y dos frases que la retrataban por completo: «Tú ve, yo me encargo de todo» y «Deja las peleas en el pasado, Tom te necesita a su lado ahora.»

~Bill~

Todo era polvo, herramientas y materiales de construcción en su interior. Aparte de eso, el lugar estaba completamente vacío, al parecer los trabajadores lo abandonaron en cuanto comenzaron los disparos.

Había un forado en la pared que los maestros empleaban para ingresar la mezcla. Cuando averiguó que no era lo bastante holgado como para poder huir por él —pero sí lo suficiente como para que crear una corriente de aire frío que calaba los huesos— se arrepintió de haber quitado la manga de plástico que lo cubría.

Ahora estaba sucio, rasmillado y helándose.

Resignado a no poder escapar, Bill miró en todas direcciones en busca de un buen lugar donde ocultarse hasta que esa pesadilla acabara.

De todos los sitios, el más recóndito parecía ser el escenario. Si bien el telón aún no estaba colocado, había suficiente material apilado frente a su costado izquierdo que ofrecía cierto resguardo.

Subió —esquivando tablas y cables que encontró en su camino— y se acurrucó, abrazando sus rodillas.

Este San Valentín no puede ponerse peor”.—Suspiró.

Aunque no estaba muy seguro de aquello y era mejor no tentar a la suerte. Tenía un motivo muy poderoso para no morir: No sólo había ignorado a su hermano en su día, sino que el último mensaje que le envió el día anterior —antes de su épico berrinche— fue «Parecerás una gallina sado, LOL». Se pateó mentalmente al pensar que esas podían ser las últimas palabras que Val recordaría de él.

~Val~

Iban por el tercer cambio de vestuario y la sensación de opresión en el pecho no hacía sino aumentar. Él era un profesional, cuando entraba en personaje no permitía que nada influyera en su trabajo, pero esa corazonada era demasiado potente para ignorarla.

La aterrorizada expresión de su asistente, al acercarse con su teléfono en la mano y los ojos llorosos, confirmó sus temores.

No perdió un minuto en cambiarse siquiera, salió del estudio hecho una tromba, sin dar mayores explicaciones que«la sesión se suspende»,mientras llamaba a Markus para que tuviera el automóvil preparado.

~Bill~

En sus dieciséis años Bill se había enfrentado a esa aterradora sensación de salto al vacío una sola vez; el día que sus padres murieron.

Ese día su hermano fue por él a la primaria. Su maquillaje siempre impecable estaba corrido, pero lo más desconcertante aún era que no parecía darse cuenta de ello siquiera. Sólo se acercó a él, lo estrechó apretadamente contra su pecho y —sin soltarlo— le besó la frente.

La pérdida de sus padres fue una experiencia devastadora, pero hubiera sido mil veces peor sin la contención a Val, que no se separó de su lado en ningún momento.

Ahora estaba completamente sólo…

O eso creía, en medio del silencio le pareció oír claramente ruidos a lo lejos. Afinó el oído, poniéndose alerta. Efectivamente se trataba de pasos, pasos sigilosos cómo de quien anda al acecho.

El ruido se acercaba en su dirección. Intentó incorporarse para espiar, pero el frío había entumecido sus piernas y debió morderse la lengua para que no se oyera su lamento.

Hubo un pequeño estruendo metálico y una maldición. A Bill se le congeló la sangre en las venas y se tragó un jadeo, conocía demasiado bien al dueño de esa voz.

~Tom~

Un trozo de alambre saliente se enredó en los bajos de sus pantalones y, al jalar para desasirse, tiró una pila de varillas de aluminio. Maldijo floridamente, rogando porque no haber sido escuchado.

Miró alrededor, para asegurarse de que el estruendo no había atraído a intrusos, acto seguido enfiló hacia su escondite.

Apenas había subido a medias al escenario, con una rodilla aun apoyada en el piso, cuando se encontró a boca de jarro con dos familiares ojos almendrados. Se veían aún más grandes de lo que recordaba al estar abiertos de par en par (por el susto, a juzgar por las aletas de su nariz, que se abrían y cerraban con rapidez).

El labio inferior del moreno temblaba como si estuviera a punto de echarse a llorar.

No había mucha luz — y Bill estaba muerto de miedo— pero aun así a Tom le pareció precioso.

Temeroso y vulnerable,“la puta” era una presa fácil.

Tom tenía una pistola con trece balas y una puntería lo suficientemente buena como para requerir una sola de ellas para ponerle fin de una vez a su suplicio.

Lo había hecho antes, mil veces durante la práctica.

«Desenfunda, apunta justo en medio de los ojos, 1, 2, 3 ¡Bang!»

Le pareció oír a Uwe, a su espalda, recitando las instrucciones.

Sin embargo este Bill Trümper no era una imagen inerte, era un ser humano que respiraba jadeante por la boca, bajo cuyo pecho —que subía y bajaba en cada exhalación— había un corazón que bombeaba sangre.

Este Bill Trümper era el dueño de los ojos que lo habían obsesionado desde que lo vio entrar al salón de latín por primera vez, los que se aparecían cada noche en sus pesadillas y lo miraban con deseo… los mismos ojos que en su reciente visón se le presentaron vacíos y despojados de su hermoso brillo.

A este Bill Trümper —al que odiaba con la misma intensidad con que deseaba— no podría hacerle daño, por mucho que necesitara deshacerse de él.

~Bill~

Abrió los ojos desmesuradamente, había sido descubierto. Se lamentó haber desdeñado cubrirse con la lona de pvc que encontró tirada, ahora estaría polvoriento y maloliente pero tibio y a salvo.

Viéndose perdido, decidió que no vendería barato sus huesos. Tuvo un último pensamiento para su hermano y gritó todo lo que sus pulmones le permitían, que no era poco.

Tom (y esto sólo hizo que Bill chillara más fuerte) se le echó encima y le tapó la boca con ambas manos.

—No seas imbécil. ¿Quieres morir? —susurró el recién llegado, a centímetros de su rostro. Bill negó con su cabeza, aterrado.

Por lo que la chica había alcanzado a contarle de forma atropellada en el pasillo, vieron a Alexa disparar y a Uwe con una pistola en la mano. No resultaba descabellado aventurar que Tom Kaulitz también estaba involucrado, en especial si él (Bill) formaba parte de las posibles víctimas. Toda la secundaria sabía de la animadversión que ambos chicos se profesaban.

Bill hubiera suplicado, de poder hacerlo. No sólo era el apego a su propia vida, su hermano aparentaba ser fuerte, pero Bill sabía que no resistiría una nueva pérdida.

—Voy a soltarte, pero debes jurar que dejarás de gritar —negoció Tom. Bill asintió enérgicamente, no era como si tuviera muchas alterativas.

Como prometió el de rastas, las manos fueron retiradas de su boca muy despacio.

—¿Estás loco? —musitó este, a renglón seguido, espiando por entre la pila de escombros hacia la parte baja del salón. Aparentemente el grito no atrajo a curiosos. Lo cual no era de extrañar con la secundaria convertida en un pandemónium.

Bill cruzó sus brazos sobre el pecho y se frotó los hombros, sintiéndose perdido. Si tan sólo se hubiera quedado en casa esa mañana…

Espantó esa línea pensamiento, llevaba inevitablemente a pensar en Markus, ya estaba bastante jodido como para recordar que su vida amorosa se había ido al carajo.

Regresó su atención al otro chico. Definitivamente no era su día, de todo ese grupo de desquiciados tenía que tocarle en suerte el peor de todos.

—Si vas a matarme, hazlo de una vez —Graznó, con un arrojo que no sentía en absoluto—. Detesto el suspenso.

El otro chico desvió la mirada y se sentó en el suelo, junto a él. El mero roce de sus rodillas le arrancó un jadeo asustado.

—No voy a matarte, ¿está bien? No sé de donde sacaste eso.

—Es lo que todos andan diciendo.

De acuerdo, exageró un poquito. Pero no debía estar tan lejos de la verdad si una perfecta desconocida se acercó a ponerlo sobre aviso.

Hizo nota mental de —si ambos sobrevivían— darle a la chica su peso en gomitas.

~Val~

Durante el trayecto Markus encendió la radio, y Val chequeaba las breaking news en su móvil. Pero tanto las emisoras como las webs de noticias contaban sólo con trascendidos extra-oficiales y mensajes precipitados de estudiantes que tuiteaban desde sus escondites.

Contraviniendo el llamado que realizó una oficial de policía a las familias, con respecto a abstenerse de llamar a los móviles de los rehenes —un solo timbrazo podía alertar de la ubicación de una o más personas— intentó comunicarse con Bill pero la línea le mandaba inmediatamente a buzón de voz.

Por seguridad los terrenos de la secundaria se encontraban acordonados, no se permitía el acceso a vehículos civiles en un perímetro de dos cuadras alrededor del edificio.

Descendió del automóvil sin una idea clara de lo que hallaría a su llegada, pero temiendo lo peor.

~Nick~

Casi un centenar de padres y tutores se encontraban aglutinados tras las vallas de contención al momento en que el veterinario llegó al lugar. No vio caras conocidas, aunque todos compartían la misma angustia e incertidumbre.

Los rumores que circulaban eran abundantes y disparatados. Sin embargo, la información confirmada era prácticamente nula. Cada retazo que conseguían arrancarle a los policías se atesoraba como un vaso de agua en el desierto, pero estos sabían casi tan poco como ellos mismos.

El primer reporte oficial fue dado a las 10:43 hrs.

Hacia las 09:50, una llamada telefónica a la policía reportó disparos en el edificio de la secundaria Ellen-Key. Varios agentes fueron enviados al lugar inmediatamente. Hasta el momento ningún grupo terrorista ha reivindicado el ataque, se presume que los francotiradores aún se encuentran en el interior del edificio. Se desconoce el número total de víctimas fatales.”

Escueto, desangelado e impersonal. Ante las palabras “víctimas fatales” no fueron pocos quienes se quebraron y rompieron en llanto. Otros, en cambio, enfocaron su frustración de manera no tan pacífica.

Como el individuo que había burlado la valla e increpaba a viva voz a uno de los oficiales a cargo. Se hizo una idea medianamente acertada de quien se trataba por el lenguaje empleado y ese timbre característico, además de que no conocía a muchas personas que vistieran un traje de cuero y plumas de buena mañana.

Sospecha que fue corroborada al acercarse (aprovechando que el resto de los oficiales descuidaron la valla a causa del alboroto, se coló también).

~Val~

Su forma de ser y la habilidad de adivinar exactamente que palabras emplear para golpear donde más dolía, le hicieron acreedor de los más variopintos y altisonantes insultos en el pasado. Pero en su vida se sintió más ofendido que esa mañana, cuando un oficial con apariencia de recién salido de la academia osó ordenar en su cara— “¡Que alguien se lleve a esta loca a cacarear a otra parte!”

Ni las amenazas de encargarse de que fuera enviado a custodiar un puesto fronterizo en Los Alpes consiguieron aplacar su furia, que sólo empeoró al verse asido por un par de brazos fuertes y levantado casi en vilo por su centro de gravedad.

—¡Bájeme ahora mismo! ¿Quién demonios se cree? —Despotricó, contra quien fuera que se había atrevido a ponerle las manos encima— ¡Está maltratando mi chaqueta! ¿Tiene idea cuánto cuesta esta chaqueta? ¡Bastante más de lo que usted gana en un mes!

—Debes calmarte, estás en medio de un ataque de ansiedad.

A Val las palabras le sonaron huecas. Continuó forcejeando por liberarse y correr al interior del edificio a rescatar a su hermano, aunque tuviera que pasar por sobre cada oficial inepto que se cruzara en su camino y patear el trasero de cada uno de los mentados francotiradores.

Su animosidad sólo empeoró ante el aterrador sonido de un nuevo disparo proveniente del edificio.

—¡¿Cómo espera que me calme?! —chilló a todo pulmón. Sin importarle que estuviera haciendo una escena ante una concurrida audiencia. Sus piernas no respondían, de no ser por el desconocido que lo tenía bien cogido del torso, con ambos brazos, se hubiera desplomado de rodillas sobre el pavimento—. ¡Mi bebé está ahí dentro! ¡Ese disparo pudo…!

Superado por la sola idea de perder a su hermano de una forma tan horrible, dejó de luchar y permitió que el solicito desconocido lo contuviera.

—Debes conservar la serenidad, para que cuando todo esto acabe no le contagies tu nerviosismo a tu hermano. Ven, necesitas un calmante.

Aunque no le agradaba que lo tutearan a menos que él lo autorizara, las serenas palabras del desconocido aplacaron en algo su ira y se dejó conducir dócilmente por —quien él imaginó debía ser— el enfermero de alguna de las múltiples ambulancias que poblaban los alrededores.

Usualmente no se dejaría tocar con tanta familiaridad por un perfecto extraño, pero ante la incertidumbre sobre la suerte corrida por su hermano, todas sus imposturas de diva se desplomaron.

El hombre lo dejó un momento apoyado flojamente contra el capó de su ambulancia —eso creyó Val—. Lleno de sombríos pensamientos, se mantuvo pendiente de la fachada de la secundaria, como si por el mero acto de su voluntad pudiera lograr que esas puertas se abrieran y por ellas saliera su hermano pequeño, sano, a salvo y bromeando sobre su paranoia injustificada.

Sólo atinó a volver la mirada cuando una botella fue puesta ante él.

—Es un ansiolítico, necesitas calmarte. —explicó el hombre, refiriéndose a la píldora en la palma de su otra mano.

El primer impulso del modelo fue vaciarle los 500cc de agua mineral sobre la cabeza.

De todas las personas que pudieron cruzarse en su camino ese día, él era la última que esperaba…

Aunque si lo pensaba un momento, la presencia del hombre allí no era tan descabellada. Debió suponer que ese encuentro podría ocurrir, después de todo el veterinario se encontraba en su misma situación, en ascuas por la suerte corrida por su hermano.

Si no le arrojó el agua fue porque hacía frío y hasta su «bitchness» tenía ciertos límites.

Y porque…

¡Demonios!

Estaba vulnerable y los cuidados que el hombre le prodigaba —por mucho que detestara reconocerlo— le hacían sentir confortado. ¿Así se habría sentido aquél cachorro que Nick rescató del lago congelado?

—Gracias. —musitó, tragándose el calmante con un sorbo de agua.

—Con la prisa por llegar pronto no pensé en nada, Naty vino hace un rato y me trajo provisiones. No sé quién podría ser capaz de comer en una situación así, pero el agua se agradece.

No tenía idea quien podía ser esa tal “Naty”, pero no le agradó la familiaridad con que el veterinario se refirió a ella.

~Tom~

El silencio y la tensa espera fueron interrumpidos por dos voces que hablaban lo bastante alto como para deducir, sin asomo de duda, que sus dueños no tenían temor a ser oídos.

Reconoció las voces, eran sus «hermanos» Uwe y Bertolt. Aún estaban con vida y, a juzgar por sus palabras, el plan había sido un éxito.

Eso sólo significaba una cosa: él debía pagar con su vida su falta de carácter y haber traicionado los ideales de “la familia”.

Era momento de aceptar su destino, no hacía sentido retrasarlo por más tiempo.

Al moverse para ponerse de pie«la puta»lo miró con sus ojitos asustados nuevamente. Tal vez pensando que planeaba entregarlo a sus hermanos para que acabaran el trabajo por él.

Ese día Tom había descubierto que ese aire desvalido tornaba al chico aún más irresistible.

Habiendo asumido que era un cobarde y una vergüenza para «la familia», supuso que añadirle un último ítem a su largo listado de faltas ya no haría mayor diferencia.

Después de todo, un condenado a muerte merece que se le conceda un último deseo, ¿no?

Se inclinó sobre su odiado tormento, le tomó la quijada de con ambas manos y, sin darle oportunidad de reaccionar, lo besó con todas las ganas que había acumulado durante esos meses de silencioso sufrimiento.

Atolondrado, soso más bien, no fue el beso que Tom soñó tantas veces con darle. En especial porque (a diferencia de sus fantasías) Bill no le correspondió, más bien se quedó estático por un eterno instante antes de forcejear para zafarse.

Se resistió a dejarlo ir, pero “la puta” dio dura pelea.

Una vez libre, el moreno boqueó de manera bastante cómica, aparentemente no conseguía dar con el insulto adecuado para responder a semejante atrevimiento.

Quizá su muerte no fuera infructuosa –pensó Tom, con amarga ironía—, si al menos había conseguido que«la puta»se sonrojara y se quedara sin palabras por su causa.

Sin duda morir a manos de sus propios hermanos era el mejor fin al que podría aspirar.

¿Qué otro destino le esperaría ahora, que había fracasado en la única oportunidad que tenía de deshacerse de«la puta»,y que —para más inri—se puso en evidencia ante él de la forma más penosa posible?

~Bill~

Bill se tensó nuevamente. En la medida que escuchaba como las pisadas se acercaban y la charla se oía con mayor nitidez, su corazón se aceleraba cada vez más, al punto de comenzar a hiperventilar.

Por el rabillo del ojo espió al otro chico, por su lenguaje corporal Tom también identificó a los intrusos. El moreno lo notó algo inquieto, Tom se mordió el labio inferior y jugó con el bordillo de su hoodie.

De pronto el de rastas pareció resuelto e hizo ademán de incorporarse. Bill lo miró aterrado, pero no alcanzó a registrar el pensamiento de peligro porque el otro chico realizó un movimiento completamente inesperado.

Le robó un beso.

¡Un beso!

El homófobo más recalcitrante de Ellen-Key (y si lo apuraban, de todo Berlín) se había apropiado de sus labios, ¡y no se trataba de un simple piquito!

Bill no gritó (porque el menor ruido delataría su presencia al par de psicópatas que merodeaban) pero, en cuanto salió de su asombro, manoteó hasta conseguir apartarlo.

Tenía un par de palabrotas muy ingeniosas para dedicarle, si tan sólo las hubiera recordado, en lugar de quedarse viéndolo mientras él se lamía el labio inferior, manchado con su gloss de melocotón.

El corazón le latía apresurado —culpó al susto por ello—y, por si fuera poco, su rostro se sentía caliente.

¡Lo único que le faltaba! Que se le hubieran subido los colores al rostro por culpa de ese… ese…

~Val~

—¿Te sientes bien? —preguntó el hombre a su lado, tras un largo e incómodo silencio.

—Estoy fantástico, mi bebé pudo ser asesinado por un demente, pero yo me siento mejor que nunca. — replicó con acritud. Necesitaba salir de allí cuanto antes, la cercanía del hombre lo lastimaba tanto como lo hizo su ausencia en los dos meses anteriores, pero una fuerza misteriosa lo mantenía anclado en ese sitio.

El veterinario desvió la mirada, lo que el modelo tomó como una victoria.

—Lo siento, fue una pregunta estúpida. N-no sé cómo, siempre me las arreglo para meter la pata. S-sé que me h-has de estar odiando por lo de la otra vez… y-y no es el momento ni el lugar indicado p-pero…

—No te des tanta importancia —bufó, regalándole una gélida sonrisa—. Si pensaste por un segundo que tu desatino me quitaría el sueño, es porque no me conoces en lo absoluto.

Siempre le sentaba bien descargarse. Su lengua afilada —la misma que le ganó el odioso mote de “V”— era una de sus mejores armas si de cobrárselas a alguien que lo hubiera lastimado se trataba.

Pero atacar a Nick, verlo replegado y disminuido, no le reportó la satisfacción que él esperaba.

El pobre hombre no fue capaz siquiera de alzar la cabeza —que la mantenía gacha y con la vista clavada en el piso—. No hubo un nuevo intento de explicarse, o justificar sus actos. Tan sólo se quedó apoyado en su camioneta, a un metro de él, con las manos en los bolsillos y luciendo completamente miserable.

~Tom~

El infortunio parecía no tener intenciones de darle tregua. Caviló tanto en tomar su decisión que, al asomar la cabeza de su escondite, ya no quedaba rastro de sus hermanos.

—Mamarracho.

La palabra lo pilló mientras estaba distraído, auto compadeciéndose de su miseria.

—¿Perdón?

—¡Eso! ¿Eres sordo acaso? Espera, olvidaba que eres medio retrasado. ¡Eres un mamarracho! — Tom bufó, por lo visto el mutismo no le duró mucho— ¡Un impresentable y un…!

—Sí, sí. Ya entendí la idea —rezongó, agitando una mano y regresando a su sitio, sentado en el suelo junto al moreno—. ¿Siempre alborotas tanto por un simple beso?

—¡¡¿Por qué carajos me besaste?!!

—Primero: baja los decibeles. Tiradores armados. ¿Recuerdas? —Sí, era un jodido hipócrita. Pero, aunque su vida le importara un cacahuate, no sucedía lo mismo con la del moreno, y eso era de suyo bastante perturbador como para ponerlo de malas de forma permanente. — Segundo: lo hice porque pensé que te ibas a poner a chillar de nuevo. ¿Por qué otro motivo querría yo besarte?

Ese argumento debió hacerle sentido a “la puta” porque, salvo una mirada resentida, no volvió a insistir con los insultos.

Tom cerró los ojos y apoyó la cabeza contra lo que parecía ser un podio. Necesitaba aquietar el torbellino en que estaba sumida su cabeza, pero sus labios hormiguean por el beso reciente, que más que beso fue un asalto a los labios del moreno. No fue un beso rico como el de “la puta” y Georg, del que él había sido testigo.

Suspiró a pesar suyo.

Aquello nunca dejaría de ser más que una insana fantasía.

~Val~

—Está bien —farfulló, entre dientes, luego de pensarlo largamente—, tienes toda mi atención.

—¿Cómo?

—Que puedes hablar. ¿No es lo que querías?

Una voz —que en su cabeza sonaba a un enfadado Bill— le censuró su decisión. Nick Kaulitz era historia superada, pero algo más fuerte que su voluntad le impelía a escuchar lo que el hombre ante él tenía para decir. Aunque se arriesgara a abrir la herida que todavía estaba cicatrizando.

—Y-yo sólo quería que supieras q-que no pretendía ofenderte —comenzó el aludido, aun sin atreverse a sostenerle la mirada—. Creo que durante el poco tiempo que pasamos juntos te alcanzaste a dar cuenta de q-que mis habilidades sociales son más bien escasas. Me cuesta leer a la gente y… —Nick se calló, se pasó una mano por el rostro y agregó con desánimo.— … ya no tiene sentido. Probablemente sólo consiga que tu resentimiento hacia mí aumente.

—¡Ah, no! ¡No puedes hacerme eso, Nick Kaulitz! No me vas a dejar a la mitad, sin saber cómo terminaba.

—Ya de por si fue bastante humillante ese día en el pub.

Quiero oír el fina-al. — canturreó con terquedad, cruzándose de brazos.

El otro hombre suspiró, derrotado.

—E-está bien, si es lo que deseas, te lo diré: Hubo gente que nos confundió con una pareja (p-por la forma en que interactuábamos), al sacarlos de su error se sorprendían y comentaban cuán enamorado parecías de mí —y agregó, mirándolo por primera vez durante toda esa conversación, con una sonrisa triste en el rostro—. Ahora sé que eso es una estupidez, m-me dejaste bastante claro de que no soy ni remotamente tu tipo. —Val se removió en su lugar, el destino era tan irónico— L-lo de esa noche fue un desafortunado malentendido, interpreté erróneamente tus palabras y luego, cuando quise disculparme, lo empeoré gloriosamente. Val, te juro que jamás quise ofenderte.

—Agua

—¿Qué?

—Quiero agua, tengo sed. —aclaró, con aspereza.

El modelo aprovechó el momento en que el veterinario se metió en la camioneta —a por la botella de agua mineral— para restañar las fisuras que el relato produjo en su autodominio.

«Un mal entendido».

Nick lo veía de esa manera, porque este—bendito fuera en su inocencia—nunca se percató realmente de los sentimientos que despertaba en Val.

Él había pasado por un verdadero infierno los últimos meses y todo por culpa de gente metiche que no se ocupaba de sus asuntos.

Si creyó de buenas a primeras en las palabras del veterinario no fue sólo porque el hombre se veía realmente agobiado, sino porque le hacían bastante sentido. El Nick que él conoció —y aprendió a querer— era cándido, despistado y no se enteraba de nada aunque pasara ante sus narices.

La única cosa que podía censurarle fue el haber prestado oídos a terceros, en lugar de hablar directamente con él.

—Melisa. —el hombre interrumpió su tren de pensamientos, ofreciéndole una tacita de termo con un fragante brebaje en ella.

—¿Cómo dices?

—Té de melisa, creo que te vendrá mejor que el agua.

Tuvo que darle la razón, sus manos ateridas agradecieron el contacto con la cálida superficie. Dio un apresurado sorbo que le quemó la punta de la lengua, arrancándole una maldición y consiguiendo una pequeña sonrisa de Nick—una sonrisa de diversión, de esas que a Val le gustaban tanto— la primera que le había visto en todo lo que llevaba de la mañana.

En eso Nick recibió una llamada, se disculpó con amabilidad y apartó un par de pasos para responder. Como lo cotilla venía de familia, el modelo aguzó el oído para escuchar parte de la conversación.

—…no, aun no hay novedades. En cuanto sepa algo más concreto te aviso… ajá. Sobre lo de esta noche… lo siento, pero dadas las circunstancias creo que lo mejor es cancelarlo… Mi cabeza está en otro sitio en este momento, ¿te podrías encargar de anular la reserva?… Juro que te compenz… yo también. Un beso.

Algo muy dentro de Val se sacudió con esa breve charla. Se sintió un traidor al experimentar un pinchazo de celos, en momentos en que toda su atención debería estar enfocada en su hermanito, quién corría peligro de muerte. Además él tenía sus propios planes para San Valentín, que probablemente también serían cancelados.

Era normal que la vida siguiera su curso, no debería extrañarle que Nick hubiera conseguido novia. El hombre era atento, cariñoso y se veía bastante apuesto con esa barba cuidada con esmero.

Ahora que lo pensaba, ese detalle debió de ser un indicio más que evidente de que estaba en pareja.

Continuará…

por Haruxita

Escritora del Fandom

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