Der Valentinstag-Massaker. Part IV

«Blame it Tom Kaulitz» Fic de Haruxita

Der Valentinstag-Massaker. Part IV

~Nick~

El ansiolítico finalmente hizo efecto, el modelo dormitaba con la cabeza apaciblemente reclinada sobre su hombro. Nick lo arropó con su chaqueta con cuidado de no despertarlo, la apariencia del otro chico ya no lo engañaba, tenía muy presente que estando despierto este podía convertirse en toda una fiera.

Habían pasado horas desde el último reporte. Los periodistas, a falta de noticias concretas se valían de animaciones digitales y pseudo—especialistas en terrorismo internacional para explicar los posibles desenlaces de la que ellos mismos habían bautizado como“La masacre de San Valentín”.

El veterinario estaba asqueado con la cobertura que la prensa realizó de la crisis, motivo por el cual había apagado la radio de la camioneta no bien se estacionó. Natalie se había comprometido a textearle si información realmente útil aparecía, pero ello no había sucedido aun.

~Val~

Se estaba muy confortable sobre su hombro. Tanto, que fingió continuar dormido sólo para disfrutar de su cercanía.

Dio gracias a Dior de haber encontrado a Nick, aunque en un primer momento fue una sorpresa desagradable —y aún se sentía culpable por haber empleado tiempo en resolver sus problemas personales, cuando su Frijolito corría peligro—, la compañía del otro hombre ayudó a no perder (o al menos recobrar) el control de la situación.

Su sempiterna calma podía llegar a ser exasperante en ocasiones, pero era un rasgo que le admiraba profundamente. Resultaba notable el cómo —aun visiblemente preocupado por su propio hermano— podía conservar la cordura y tener presencia de ánimo para contenerlo a él.

Sufrió un escalofrío cuando Nick colocó un mechón tras su oreja. Se repitió enérgicamente que no debía buscar dobles interpretaciones donde no las había. Nick era cariñoso por naturaleza, aquél gesto sólo significaba que Nick cuidaba de él (y que si no se hacía pronto a la idea de ello, estar cerca suyo se volvería una tortura).

~Tom~

El moreno sonreía, de esa preciosa manera en que lo hacía sólo para él; estaban sentados en el sofá de la sala de Nick viendo una película.

En realidad sólo él le prestaba atención a la trama, el otro chico se había ido acurrucando hasta subirse sobre su regazo y ahora se dedicaba a repartir besitos de mariposa a lo largo de su cuello.

Los suaves labios le hacían cosquillas y rápidamente fueron disipando su interés en las imágenes de la pantalla.

Finalmente se rindió al asedio, volteó su rostro hacia él y le cuchicheó al oído, haciendo que la sonrisa de este se ensanchara y sus ojitos almendrados brillaran con intensidad.

El otro chico se aferró de su camiseta con la diestra, cerrando la distancia entre ellos, tentó sus labios rozándolos con los suyos y susurró…

—¡Hey, idiota!

Parpadeó repetidas veces en tanto que el sueño se desvanecía abruptamente a su alrededor, espantado por los fuertes sacudones que le propinaba «La puta«.

Aún descolocado por el accidentado despertar, se llevó una mano a la entrepierna por acto reflejo. Todo parecía en calma, o casi. No pudo recordar lo que estaba soñando y eso siempre era frustrante, aunque una agradable sensación de lasitud que le dejó fue bienvenida en momentos como el que atravesaba.

Agradeció que al menos no se tratara de un sueño húmedo. Despertar con un gran mástil irguiéndose en sus pantalones habría sido la mar de embarazoso, máxime porque tenía la poco saludable costumbre de hablar dormido (razón por la cual jamás lo hacía acompañado).

—¿Cómo puedes dormirte en una situación como ésta?

Las posibles respuestas eran muchas, cansancio, estrés. Todas eran válidas, pero el motivo de fondo era uno solo: tenía meses sin dormir bien por culpa del dueño de esos ojos almendrados que lo miraban interrogantes.

—Para dormir sólo se necesita sueño —espetó con aspereza. Se estaba mejor en su sueño, aunque no recordara un carajo de que iba.

—Bien pesado has de tenerlo para no oír la balacera

—¿Cual bala…?

Un intenso sonido se dejó oír por sobre sus palabras y, de paso, respondió a su pregunta.

Aquel sonido le era familiar, era el sonido de cargadores vaciándose sin descanso. En algún lugar de ese edificio se desarrollaba un enfrentamiento bastante crudo.

Se le oprimió el pecho, no había muchas alternativas posibles: o se había producido una rebelión en «La Familia» (algo casi inverosímil, pues el único traidor ahí era él) o la policía había conseguido entrar al edificio.

Tom había perdido la fe hacía mucho, pero en ese momento deseó tener a alguien o algo a quien encomendarle la vida de sus amigos.

Uwe solía hablar sobre morir como mártir y él también había coqueteado con ideas suicidas, como un desesperado escape a su realidad… pero, enfrentado a la muerte inminente, su discurso se convertía en palabrería hueca.

Se abrazó las rodillas y comenzó a temblar: si sus amigos caían él sería el próximo. No importaba cuánto se tardara, era cuestión de tiempo para que la policía irrumpiera en el taller de teatro y…

—No quiero morir —musitó muy bajito, tanto que creyó que el chico a su lado no lo había oído. Debió suponer que, como siempre, la suerte no estaría de su parte.

—Los más fanfarrones suelen ser los más miedosos —bufó el moreno con desdén—. No seas dramático, «Bob Marley»,lo peor ya pasó. Estas en una pieza, muchos de nuestros compañeros no tuvieron esa suerte.

El moreno no podía adivinar que esas palabras, lejos de calmarlo lo alterarían mucho más.

*

Samira fue encañonada y obligada a arrodillarse ante él. Alexa mantenía su arma sobre la cabeza de la chica musulmana en todo momento, ésta lo miraba aterrada, su labio inferior temblaba mientras salmodiaba una súplica por piedad. No clamaba a su «hermana», sino a él, invocando su amistad, la bondad que ella aseguraba habitaba en su corazón.

Tomi, no dejes que lo haga, por favor sálvame, te lo ruego. Eres un buen chico, no eres como ellos. Tomi...

Mientras tanto, a espaldas de la chica, Alexa ordenaba inclemente —:¡Hazlo, Tom! ¿Deseas matar a Trümper? ¡Esta es tu última práctica!

Pero no pudo hacerlo, ni siquiera hizo el ademán de sacar la pistola de su bolsillo, sólo dio media vuelta y se alejó a trompicones del lugar; no se detuvo ni cuando las suplicas de su compañera fueron silenciadas por un disparo.

*

¡Fantástico! Estaba llorando de nuevo, lo que faltaba para acabar de hundirse ante los ojos de «la puta».

Escondió su rostro en el hueco que quedaba entre sus brazos y tragó grueso, necesitaba conservar un último resquicio de dignidad antes de que el final lo alcanzara.

—¡Márchate!

—Por si lo has olvidado, yo llegué primero. Quien debería largar…

—¡¿Por una jodida vez podrías dejar de ser tan insufrible y obedecer?!

Pero estaba visto que el moreno padecía de una severa compulsión por tener siempre la última palabra

—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que nos encuentren juntos y tu reputación de «macho» se vaya por el caño? —agregó, en un tonillo malicioso.

Tom se encogió aún más, si es que eso era posible.

En esos instantes su «reputación» no podía importarle menos, lo que deseaba era evitar a toda costa que el moreno estuviera presente cuando él fuera reducido, esposado y arrastrado sin miramientos hasta la patrulla.

Su piel se erizó por completo ante el quemante contacto de una mano dando tímidas palmaditas en su espalda.

—Oye, sólo estaba bromeando. ¿Debo alzar un cartelito de «sarcasmo»?

—¿Qué debo hacer para que me dejes en paz? Por favor.

—Lo siento, «Bob Marley», pero dadas las condiciones en que te encuentras dejarte solo no me parece lo más aconsejable.

¡Genial! Ahora le inspiraba lástima, la situación iba de mal en peor.

Aún quedaba una forma de alejarlo, una cien por cien efectiva.

~Bill~

No se lo esperaba, de verdad que no.

Toda la mañana se había negado a creerlo, parecía tan script-de-película-americana.

Cierto que el otro chico era un grano en el culo la mayor parte del tiempo y que apenas lo conoció lo consideró como serio candidato a delincuente juvenil, pero su pertenencia al grupo de desquiciados que masacraron la secundaria se le hacía tan circunstancial que no dio mayor crédito a los rumores.

Hasta que el chico metió la mano a uno de sus enormes bolsillos, sacó un arma y la apuntó directamente a su pecho.

Era pequeña y la mano que la empuñaba temblorosa, pero ello sólo aumentaba su peligrosidad.

Al verla, Bill dio un respingo e intentó incorporarse del piso rápidamente, pero el objeto en que se apoyó resultó ser una caja de tarugos que se volcó al no poder sostener su peso, dando como resultado que el contenido se desparramara y él cayera pesadamente sobre su trasero y antebrazos.

Todo ese tiempo el fanfarrón no fanfarroneaba después de todo. Empero, había miles de detalles que no cuadraban con el comportamiento de un asesino a sangre fría, desde su reacción a la llamada de su hermano hasta las lágrimas que aun rodaban por sus mejillas y que el de rastas ya no se molestaba en secar.

La confirmación de sus presunciones llegó de labios del otro chico, que con voz quebrada pidió:

—Largarte, por favor, no me hagas repetirlo.

Uno de los mayores defectos de Bill era su imprudencia. Él estaba consciente de que actuaba sin pensar pero nunca tuvo la menor intención de remediarlo. Hasta ese momento, en que recordó su “entrenamiento”.

«Ante un sujeto armado actuar de forma precipitada te puede costar la vida. No eres un SWAT, no intentes quitarle el arma —Había explicado el ruso—. Analiza a tu atacante, un tipo alterado es extremadamente peligroso, lo mismo si está bajo influencia de drogas.”

Bill había aprendido bastante sobre el chico de rastas durante el cautiverio, al extremo de cambiar muchas de las ideas preconcebidas que tenía sobre él.

Tom no era un psicópata, era sólo un chico asustado empujado al límite por las circunstancias. Se encontraba en un nivel de indefensión tal que bien podía pensar que no le quedaba ya nada que perder. Alguien en esa condición podía ser capaz de cualquier cosa.

La manida frase «Nos quitaron todo, hasta el miedo» cobró sentido para Bill.

—Márchate o te juro que disparo —repitió el otro. Imposible para Bill discernir si se trataba de una orden o una súplica

— Todo el edificio ha de estar convertido en un hervidero de policías, no quiero que me llegue una bala perdida —arguyó empecinadamente.

—Ese no es mi problema.

«Si la situación lo permite, intenta razonar con el individuo. Recuerda esto porque es muy importante y sé que no te será fácil ponerlo en práctica: DEBES HACERLE CREER QUE ESTÁ A CARGO».

Markus no era adivino, sólo lo conocía demasiado bien.

—Por favor, «Bob Marley»… —Bill no tenía tiempo para preparar una elaborada estrategia, se lanzó al agua atacando el que creyó podía ser uno de los puntos débiles de Tom—No le hagas esto a Val.

—¿Qué demonios tiene que ver esa puta de tu hermano en esto?

Con arma o sin ella el de rastas se había ganado un buen golpe, ya le cobraría ese insulto más adelante, si tenía la oportunidad, desde luego. Por ahora necesitaba salir vivo de allí y para ello debía aferrarse a su plan.

—Soy lo único que le queda de nuestra familia, si yo muero él no será capaz de soportarlo. Por favor, deja que me quede —acompañó sus palabras con un pucherito infantil que le restó bastante seriedad a sus palabras, pero fue absolutamente involuntario, acostumbraba emplearlo cuando buscaba salirse con la suya y la costumbre pudo más que su determinación de aparentar seriedad.

~Tom~

«La puta» no le daba respiro.

Combatir el impulso de morder ese trocito de labio sobresaliente requirió de todas sus fuerzas.

—Tú ganas —aseveró, bajando el arma—. Pero no creas que lo hago por ti, o por tu hermano. Esta la única forma de callarte, tus parloteos de cacatúa me dan dolor de cabeza. Si te vas a quedar mejor te sientas en silencio, bien lejos, de ser posible.

Un germen de verdad había en sus dichos. Si bien la cinematográfica imagen que vino a su mente ante la frase «una bala perdida puede alcanzarme»—el moreno cayendo en cámara lenta, su chaqueta blanca tiñéndose de escarlata— fue bastante convincente, no fue lo único que determinó su decisión.

El alegato del chico le recordó a su familia, a su verdadera familia.

Pese a que sus padres aun vivían, su situación no distaba mucho de la del moreno, no podía contar con ellos en lo absoluto. El único que siempre veló por él fue su hermano Nick, quien quedaría destrozado cuando la verdad saliera a la luz. Le parecía ver la decepción en su rostro, probablemente lo último que verían sus ojos antes de que lo encerraran y tiraran la llave.

—…os de eso.

—¿Qué?

—Baja de tu nube, Bob Marley. Tenemos que esconder el arma.

«Tenemos» es mucha gente. ¿Y qué dijimos de parlotear? ¡A tu esquina, cacatúa!

«La puta» se cruzó de brazos y rodó los ojos, algo que había notado hacía cuando estaba enfadado.

~Val~

—¡Val, no!

Apenas se percataron de la apertura de puertas, ambos bajaron a prisa de la camioneta. Él dispuesto a traspasar las vallas de seguridad nuevamente, Nick detrás suyo, con intención de impedirlo.

El veterinario detuvo su carrera jalándolo de los flecos de su chaqueta, luego de lo cual lo apresó con ambos brazos, obligándolo a voltear.

—¡Suéltame, Nick! ¡Necesito ver a Bibi!

—Van a sacar primero a los cuerpos y a los heridos graves. No será agradable de ver, créeme. Debemos esperar un poco más.

—¿Esperar? ¡¿Más aun?! —aquello le pareció una burla. La pesadilla había llegado a su fin, su hermanito estaba a unos metros traspasando las barreras pero él no podía verlo porque un condenado procedimiento policial se lo impedía.

—No será tan largo esta vez, en cuanto sea seguro yo te…

—Bibí hoy viste chaqueta blanca y pantalones negros —informó Val, imperativamente— Avísame en cuanto lo veas salir, por favor.

~Nick~

El modelo se rehusó tercamente a regresar al vehículo, al menos Nick consiguió convencerlo de que permaneciera dando la espalda a la secundaria, mordisqueando el pulgar de uno de sus guantes.

Necesitaba darle algo más en que pensar, al menos momentáneamente, o el chico colapsaría.

—Ten, no querrás aparecer ante Bill como el maquillaje corrido —aseguró, extendiéndole una bandana roja que encontró en la guantera— te ganarías el apodo de «mapache».

El chico pareció morder el anzuelo, abrió cómicamente los ojos y se inclinó sobre uno de los espejos laterales del automóvil.

—¡Oh, por Dior! ¡Estoy hecho un desastre! — Chilló, al ver su maquillaje arruinado y su siempre impoluto copete un tanto desacomodado.

Apenas le dirigió una mirada cuando cogió la pañoleta y la botella de agua de sus manos —las que usó para tratar de borrar las marcas de lágrimas negras que abarcaban gran parte de su rostro—. A Nick no le importó, se dio por satisfecho con conseguir distraerlo un momento. Su amigo estabaad portasde un nuevo ataque de ansiedad y la única forma que se le ocurrió de calmarlo fue apelando a su vanidad.

Él tal vez no tenía el carácter ni los atributos de que disponía su amigo, pero algo sabía de manipulación. Tuvo que aprender a la fuerza, en los años que llevaba tratando de enrielar a su hermanito.

~Bill~

—Lo quieras o no, yo también estoy metido en esto —explicó el moreno, cayendo en cuenta de ello apenas en ese instante—. Si te atrapan con el arma, cuando menos pensaran que soy tu cómplice. De hecho…lo soy.— agregó, mientras se desataba los cordones de una de sus sneakers.

—¿Qué haces?

—Todos seremos interrogados y registrados por la policía, necesitamos ocultar la pistola —aseguró, quitándose un calcetín.

—¿Alguna idea de dónde…? —El moreno miró en todas direcciones, hasta que su cabeza se quedó fija indicando hacia el techo, concretamente a la parrilla de luces del auditórium—. Espero que no estés insinuando que debo subir hasta allá.

—¿Que sucede? ¿Tienes vértigo?

—¡Por supuesto que no! Solo que la idea de caer desde esa altura no es nada tentadora. A menos que te ofrezcas de voluntario.

—Creo que no es tan buen sitio después de todo, inevitablemente alguien subirá —agregó, sin la menor intención de trepar por la estructura.

—Veamos… Este sitio está lleno de cajas, alguna debe servir.

—Serán el primer lugar donde busquen. Piensa en algo que de verdad sirva.

—¿Como tu super idea del andamio?

—Al menos mi idea era mejor que la tuya.

No dejaron de discutir en tanto rebuscaban por todo el lugar.

—¿Qué tal esto? —preguntó el moreno, indicando con la punta del pie un mazo que a simple vista lucía imponente y pesado—. Podríamos golpearla con él y arrojar los pedazos entre los escombros, esa pistola tiene tus huellas por todas partes, es mejor destruirla de una vez.

—¿Estás loco? Sólo Thor conseguiría mover esa cosa.

—Probablemente, pero Geo no está. Mierda, ojalá los chicos se encuentren bien.

—¿Que tiene que ver Georg con…?

—Fuiste tú quien lo mencio… —inopinadamente cayó en cuenta de que el de rastas no tenía forma de conocer el mote con que incordiaba a su amigo ocasionalmente—¡Ohh! Te referías a ese Thor.

El semblante del otro chico se descompuso de manera dramática.

—¿Podemos enfocarnos en esconder el arma? No necesito enterarme de cómo le llamas mientras follan.

Bill parpadeó repetidas veces, era demasiada información para procesar en un momento en que su cerebro estaba enfocado en otra cosa.

El chico había tocado demasiadas veces esa tecla para pasarla por alto. Ahora a Bill ya no lo movía la costumbre de devolver pulla por pulla: ante él tenía una puerta entornada y no se daría por satisfecho hasta averiguar qué había del otro lado.

—¡De verdad estás celoso! —chilló con entusiasmo, como si hubiera descubierto el escondite de los regalos la semana antes de navidad—. ¡Dios, esto explica tantas cosas!

—¡No! ¿Por qué habría de…? ¡No soy maricón!

—Pues no lo parece, siempre estás al pendiente. No creas que no me he dado cuenta de cómo me miras cuando estoy junto a él, de las peores caras de odio que he visto.

—Pero yo no soy un pervertido, soy un hombre… de verdad. Me he follado a decenas de chicas —masculló, casi con desesperación.

El otro chico lucía realmente miserable, al punto que Bill se sintió culpable por festinar a su costa. Se acercó a él y le dio un suave apretoncito en el hombro, que esperaba lo confortara en algo

Tranquilo, «Bob Marley«. Si tanto te complica, será nuestro secreto. Aunque va siendo hora que entiendas que ser gay no es un pecado, el pecado es odiarte por ello… y de paso odiarnos a todos los demás.

~Tom~

¡Lo había tocado! De acuerdo, sucedió tan rápido que para cuando se dio cuenta ya había retirado la mano. Pero… ¡Lo había tocado en el hombro! Y no con intención de golpearlo o apartarlo como era lo usual. Fue sólo un toque suave, empero le transmitió un escalofrío que lo recorrió por completo, hasta los dedos de los pies.

Debió quedarse paralizado porque lo próximo que supo fue que el chico lo jalaba de la sudadera, ya sin tantas contemplaciones.

—Se oyen ruidos, creo que se acercan.

—¿Quiénes?

—¡La policía idiota! ¡Dame la pistola, rápido!

No disponían de tiempo para discutir esta vez. Debía ser cierto aquello de que había gente que funcionaba mejor ante la presión, porque “La puta” metió el arma en el calcetín y luego de un brevísimo escaneo del lugar corrió hasta el agujero en la pared, asomó la cabeza por este y luego arrojó la improvisada bolsa al exterior.

—¿Por qué hiciste eso?

—Hay una mezcladora afuera, los constructores debieron estarla ocupando antes de que empezara el tiroteo.

Tom recordó que aún conservaba una prueba en su poder, una que no se había atrevido a entregar al moreno. Sacó el papel del bolsillo, lo plegó y rogó para que su puntería no se hubiera estropeado con los años.

Cuando el avioncito cayó en medio del cemento y se humedeció hasta hundirse Tom desplegó una enorme sonrisa.

—¡Si!

—¿Y eso que era?

—Una carta de una admiradora.

~Nick~

—Arruiné tu pañoleta.

En efecto, el trapo rojo en sus manos tenía una considerable mancha negruzca que dudaba se pudiera quitar. Se encogió de hombros, tenía problemas realmente graves de los que ocuparse.

—En realidad es del enano, como casi todo en mi guantera —agregó con melancolía.

Su hermano no se subía a su camioneta desde antes de navidad. Enojado y todo, Nick no había quitado la lata de skitters que había comprado para él, ni el cable de su móvil, ni los siete cabos de grafito acumulados hasta ese momento y que el chico jamás desechó.

—Él estará bien —susurró Val, tomándole las manos que aun sostenían la bandana. Y agregó, en un intento de mala broma—, si no se han matado el uno al otro, ambos estarán a salvo.

Nick deseaba creer en las palabras de su amigo, probablemente ni él mismo lo hacía, pero necesitaban desesperadamente aferrarse a la más pequeña esperanza. La sensación de desasosiego que le dejó la llamada de su hermano no lo había abandonado. Lo conocía demasiado bien como para no preocuparse por esa actitud pasiva que mostró al teléfono. El chico era volcánico, peleón, ante una situación adversa se rebelaba sin demora. Su reacción (mejor dicho, su falta de ella) no era, en absoluto, usual.

Una melodía los sacó de su ensimismamiento. El móvil de Val reclamaba su atención desde el asiento del copiloto.

Se miraron por un segundo, Nick asintió, como infundiéndole fuerzas.

Un vistazo a la pantalla y un pequeño movimiento de cabeza bastaron para que Nick comprendiera que quien fuera que llamaba no eran los chicos.

Val se apartó para responder, no lo bastante para perderlo de vista, pero si lo suficiente para que no pudiera oír la conversación. Por algún motivo el modelo bajó considerablemente la voz, a juzgar por lo que sucedió a continuación, Nick se hizo una idea aproximada del porqué.

Al regresar a su lado Val agradeció su ayuda con corrección y le regresó su chaqueta apresuradamente. Le comunicó que se había filtrado el nombre del hospital al que llevarían a los heridos —evitó mencionar el cómo se enteró— rechazó educadamente su ofrecimiento de acudir juntos, al parecer ya aguardaban por él.

No hubo doble beso en esa despedida, sólo una tensa mueca y un comedido apretón de manos deseándole suerte.

Mientras lo observaba caminando calle abajo se cuestionó que había sucedido para que el espíritu de Val se apagara bruscamente. Parecía casi como si estuviera huyendo de él.

Aun divagaba cuando la puerta de un Lexus estacionado en las cercanías se abrió y bajó un hombre de traje oscuro que fue al encuentro del modelo. Pese al alboroto de los familiares de los alumnos y el personal de emergencia pudo oírlo claramente cuando lo interrogó ceñudo —»¿Quién es ese tipo que te abrazaba con tanta familiaridad?» —Val había volteado fugazmente y observado con sus impresionantes ojos almendrados. Incluso Nick juraría que vio una diminuta sonrisa acudir a sus labios al responder lacónicamente:

«Es un buen amigo».

Había tanta calidez en esas tres palabras que borraron el desconcierto de la abrupta despedida. Un pequeño consuelo que no pudo disfrutar por mucho tiempo, ver a Val besándose con el sujeto del Lexus le supo cómo un trago de hiel.

~Val~

—¿Supongo que tu “amigo” sabe que tienes novio?

—Andy, no es el momento.

—Un perfecto desconocido se toma libertades con mi pareja, en público. Me parece que mi pregunta es completamente atendible.

Val volteó despacio, analizando las palabras del hombre sentado a su lado. Se preguntó cuánto tiempo había estado espiándolos antes de hacer esa llamada.

—Está al tanto ahora —respondió con frialdad—, luego de tu vulgar e innecesaria exhibición de hace un momento. De todas maneras, te preocupas sin motivo: Nick es straight.

—Eso no los detiene al momento de experimentar.

—No conoces a Nick, en lo más mínimo —arguyó, triunfante, regresando su mirada al camino.

—Mi ingenuo V, eres el placer culpable de todo hetero. —Val odiaba ese apodo, pero no iba a darle la satisfacción a Andreas de mostrarse fastidiado—. Detesto que intenten hacerme quedar como idiota, será mejor que tu amiguito mantenga su distancia.

~Bill~

—¿Por qué haces esto? —preguntó el de rastas, atisbando por entre el telón.

Habían regresado al escondite y él estaba dándole algunos consejos al otro chico sobre cómo actuar ante la policía.

—Porque tus besos son increíbles —. Tom se ruborizó violentamente. Bill rió con estruendo, como siempre—. Te las das de rudo, pero no eres más que un miedica llorón, no aguantarías ni una semana en la cárcel de menores. Y nadie, ni siquiera un idiota como tú, merece eso.

El idiota de «Bob Marley» nunca conocería el tenor del sacrificio que hacía por él.

Cada fragmento de información que le daba venía aparejada de hermosos recuerdos que, luego del rechazo tajante de Markus, se convirtieron en amargos.

Esas tardes en que —tras practicar defensa personal por horas— se sentaban juntos en la sala a ver televisión. Al guardaespaldas le encantaban las series policiales, poner en evidencia los conceptos erróneos, y explicarle con lujo de detalles cómo se realizaban los procedimientos realmente.

Bill lo escuchaba, fascinado.

Ver a un hombre, usualmente parco y de pocas palabras, entusiasmado a tal punto era maravilloso. Ciertamente influía bastante en su apreciación el que estuviera perdidamente enamorado de él. De tal forma cada palabra, aun el más mínimo gesto del ruso resultaban, de suyo, fascinantes a sus ojos.

Dolía recordarlo, pero no podía quedarse de brazos cruzados viendo de forma indolente como la vida del otro chico se arruinaba, por mucho que este se lo hubiera buscado. No precisó chequear el cargador del arma para saber que ninguna de las balas había sido percutada.

~Tom~

—¿Cómo es que sabes tanto de esto?

—Mi novio estudia leyes.

Le sobrevino un nuevo pinchazo de celos, durante el par de segundos que el moreno tardó en echarse a reír.

—Me alegra que mi situación te divierta.

—Tú solito te metiste en este lio «Bob Marley»—le recordó «la puta», dejando de reír—. Ni el cómo ni el dónde aprendí estas cosas es tu asunto, únicamente debe importarte seguir mis consejos al pie de la letra, a menos que quieras acabar en la cárcel. Diremos que estuviste escondido conmigo todo el tiempo, lo que es casi toda la verdad.

—Escondido tras las faldas de un maricón. ¡Yay!

—Si el papel de cobarde no se ajusta a tu imagen de «macho» te recuerdo que el rol de «asesino» aún está disponible. —espetó con dureza.

¿Por qué, de todos los chicos de la secundaria, su cuerpo traidor se tuvo que sentir atraído por el más desagradable?

Si, era sexy y él solía perder el hilo de sus pensamientos cuando lo tenía cerca, pero la personalidad del moreno era inversamente proporcional a su atractivo físico.

—¡Ahí vienen! ¿Qué no debemos salir despacio y con las manos en alto?

—Has visto demasiadas películas americanas,Bob Marley. Siéntate y déjalos hacer el papel de héroe que tanto les gusta. Y asegúrate de poner cara de susto.

En ese punto Tom no necesitaba fingir, estaba convencido de que los consejos de “La puta” no servirían de mucho. Después de todo, ¿qué podía saber el moreno de procedimientos policiales?

Los escucharon aproximarse, debían llevar botas de combate, a juzgar por el alboroto que hacían tumbando objetos a su paso. Inopinadamente, en el instante preciso en que el telón fue arrancado con violencia, el moreno lo abrazó y enterró la cabeza en su cuello. Esos brazos rodeándolo, el cuerpo tembloroso pegadito a él y la respiración entrecortada sobre su piel consiguieron que se empalmara en tiempo record.

No podía creerlo, era el colmo de los colmos. Las vio negras intentando que sus respuestas sonaran coherentes, mientras estaba ocupado en ocultar su erección, que sólo empeoró cuando el moreno declaró a sus rescatadores —“Estoy bien, Tom cuidó de mí”— .

~Nick~

Natalie era una workaholic, rasgo que se había acrecentado tras el rompimiento. Pero, antes que eso, era una buena amiga. Ese día la mujer cerró la clínica veterinaria inusualmente temprano, cogió un taxi y se reunió con Nick en el Charité. El personal, por lo general diligente, parecía sobrepasado por el arribo simultáneo de un centenar de pacientes en estado de shock, cuando menos.

En medio del descontrol Nick intentó comunicarse con Tom, pero ello no fue posible. Natalie por otra parte, utilizó sus influencias —Su hermana trabajaba en el hospital— para localizar al adolescente. La información que obtuvo fue bastante preocupante.

~Tom~

El pequeño teatro montado por “la puta” no sirvió de mucho, en cuanto Tom se vio forzado a identificarse el trato que recibió por parte de los oficiales cambió ostensiblemente. Fue apartado del moreno y subido sin miramientos a una patrulla, al asomarse por la ventanilla creyó ver al otro chico de pie en la vereda, delineando con sus labios la palabra “suerte”.

Mientras era trasladado su mente dibujaba todas las posibles alternativas que le aguardaba. Por desgracia, al igual que su cuerpo, su mente no estaba de su parte.

Su vida estaba arruinada ya, se encontraba solo. Él se había encargado de alejar a todos quienes en algún momento fueron importantes.

Aunque alguno de sus «hermanos» sobreviviera (cosa que era improbable) y acabaran compartiendo celda el, ya no sería considerado digno de hablarle.

No veía salida posible a esa situación, finalmente había probado no estar a la altura, sólo restaba aguardar a que su fatal destino lo alcanzara.

Como él lo veía solo lo esperaba la muerte, consumiéndose de por vida en prisión.

De tenerlas bien puestas hubiera cumplido con el pacto suicida de la hermandad, dándole un buen uso a su pistola o, como ilustró de forma simple «la puta», saliendo al pasillo dejando que la confusión y el descontrol del «rescate» hicieran el resto.

Pero no las tenía, no fue capaz siquiera de procurarse la muerte por su propia mano. Prefirió esperar con pasividad a que ella fuera en su busca.

~Bill~

El enfermero que lo atendió en la ambulancia era bastante atractivo, pero él tenía demasiado en que ocuparse como para dedicarle más de dos segundos de atención. Respondió de manera mecánica las preguntas de rutina, ansioso por verse libre de semejante trámite y poder buscar a su hermano y amigos.

Pero el guapo enfermero lo despachó con una desagradable noticia.

—Los testigos no tienen autorizado marcharse a sus respectivos domicilios sin antes haber prestado declaración.

—¿Estás bromeando?

—Me encantaría que así fuera. Aquí entre nos, esa orden me parece descabellada, ustedes necesitan reposo, un interrogatorio en estos momentos solo los re victimiza. Pero, luego de lo sucedido en Francia, los protocolos son mucho más acuciosos.

~Val~

Val envió a Markus de regreso a casa en cuanto llegó Andy y se marchó con este último al hospital, donde—luego de una interminable espera— fueron informados de que Bill no estaba ingresado.

Aquello no fue del todo un alivio, debido a la cantidad de heridos de gravedad, los de menor cuidado fueron dados de alta, saltándose en muchos casos el procedimiento estandar, como entregar a los menores de edad a sus padres o tutores. Máxime al enterarse de que todos los alumnos estaban siendo interrogados por la policía en calidad de testigos.

El panorama en la estación no era menos caótico, decenas de padres que no se explicaba como sus hijos (aun padeciendo síntomas de estrés post-traumático) eran sometidos a un extenso interrogatorio, las emprendían enfurecidos contra cualquier funcionario que tuvieran a la mano.

Por una vez Val no se dejó controlar por sus emociones, se enfocó en localizar a su hermanito y llevárselo con él a casa, las acciones legales (si procedían) las dejaría en manos de sus abogados.

~Nick~

—No nos ha quitado la mirada de encima desde que llegó.

—¿Quién?

—Tu amigo, el que adoptó a Pumba.

—¿Val está aquí? —preguntó sorprendido, estirando el cuello, oteando alrededor sin conseguir ver a su objetivo.

La rubia meneó la cabeza, ni siquiera se molestó en advertirle que disimulara un poco, el veterinario desconocía el significado de esa palabra.

—Algún día me contarás esa historia —. Y no era una pregunta.

—¿Humm?

—Te conozco lo suficiente para diferenciar cuando estas distraido de cuando sólo te sales por la tangente.

—En realidad no es una historia muy interesante, fuimos amigos, dejamos de serlo y ahora… —hizo un gesto de incertidumbre con sus labios y se encogió de hombros— ahora no se en qué estado se encuentra nuestra amistad.

—Su novio es muy guapo.

—¿Novio? Más parece su agente —afirmó, quitándole hierro al asunto bebiendo de su café.

—Es su novio, un empresario de apellido Braun, Brawl o algo por el estilo.

—¿Desde cuándo te interesa la farándula?

—Desde que Beth entró a la adolescencia.

La mujer no había tenido hijos en su fallido matrimonio, por lo que su escaso instinto maternal se encauzaba en malcriar a sus sobrinas.

De manera que Val tenía novio oficial. Aquello no debería molestarle al nivel que lo hacía. Despues de todo: ¿Que diferencia hacía que el hombre del Lexus fuera su agente, un ligue ocasional o su pareja? Con o sin compromiso el modelo estaba igualmente fuera de su alcance.

Bastaba ver la forma en que el modelo interactuaba con su novio para que Nick se riera de su paranoia y comprobara que tan patético había sido su comportamiento.

Esos desconcertantes besos en sus mejillas, las ocasiones en que lo cogía del brazo durante las caminatas en el bosque… e incluso los sutiles coqueteos, tenían algo en común, lo mismo que encontró en esos ojos que voltearon a verlo antes de subir al Lexus:

Afecto.

Lamentó haberse dejado contaminar por prejuicios ajenos al punto de confundir algo tan evidente.

Que Val le coqueteara no era señal de nada más que de que era Val. Para él desbordar encanto y sensualidad era tan natural como respirar. Los dos besos en la mejilla al saludar no lo hacían especial ni mucho menos.

Se sintió tonto y miserable.

Se preguntó si acaso secretamente no había deseado creer que aquello era cierto. Que un tipo anodino cómo él fuera capaz de despertar interés y pasión en alguien tan sofisticado y lleno de vida como Val.

Quizá fue su ego, necesitado de mimos, el que se aferró a la inverosímil idea de que alguien como Valentino Trümper había descendido de su pedestal y fijado su mirada en él. Que él sí podía ser deseable, como pareja y como amante.

~Tom~

El interrogatorio fue largo, Tom entró en pánico. Se aferró a las instrucciones de «La Puta» (tuvo que hacer grandes esfuerzos para referirse a él por su nombre de pila durante el interrogatorio).

Escucha «Bob Marley», como no tienen pruebas que te inculpen, van a asustarte para que confieses. Porque no sacaste el arma ante testigos, aparte de mí, ¿o sí?”—él había negado furiosamente—.“Debes hacerte el idiota, eso te será fácil, tienes práctica. Lo único que te relaciona con el ataque es tu amistad con esos tarados, y para tu suerte eso aún no es delito”.

Odió darle la razón, pero en efecto todas las pruebas realmente incriminatorias habían sido destruidas. Previendo que alguna parte del plan fallara, Alexa incineró toda evidencia comprometedora la noche anterior, incluyendo las fotografías del moreno y los blancos de tiro.

Como si de un jodido oráculo se tratase, cada uno de los supuestos que Bill enumeró se cumplió.

Lo amenazaron con levantar cargos en su contra por homicidio, terrorismo y asociación ilícita. Fue amedrentado, presionado y hostigado, pero él mantuvo tercamente su versión de los hechos.

«¿Sabes lo que les pasa a los críos con cara de muñeca, como tú, tras las rejas?»—inquirió con morboso deleite el sujeto que jugaba el papel del «policía malo»

Tom tenía una idea bastante aproximada, no necesitó que aquél policía le indicara con pelos y señales cómo celadores e internos se pelearían el «honor de darle la bienvenida».

Como nada de ello funcionó, “el policía malo” se marchó, no sin antes deslizar como si nada que sus amigos estaban siendo “mucho más cooperativos”.

Tom bufó para sus adentros, Ellos no comprendían lo que “juntos hasta las últimas consecuencias” significaba.

Fue el momento de que «el policía bueno» entrara al juego. Le tendió un vaso de café (que Tom, aterido y hambriento, se obligó a ignorar) y le ofreció un trato.

Le llaman «delación compensada», que no es más que una palabra elegante para referirse a los soplones. Si aceptas el trato, date por perdido. Recuerda una sola cosa: «Eres inocente hasta que te consigan probar lo contrario, o tú seas tan estúpido como para confesar».

 

~Bill~

El interrogatorio parecía una broma. El policía —un sujeto mal encarado que apestaba a tabaco del malo— estaba determinado a culpar a Tom de lo que fuera, formulaba las preguntas dirigiéndolas de forma de obtener las respuestas que él deseaba.

Bill recordó a Markus por enésima vez ese día. Se limitó a responder monosílabos y entregar la menor información posible, evitando vaguedades que el policía interpretara a su conveniencia.

En cuanto el sujeto adoptó un tono paternalista supo que había superado la prueba.

Estaba en lo cierto, minutos después el policía dio por terminado el interrogatorio, aunque este había guardado una as bajo la manga para el final.

—Hay algo que no entiendo —inquirió el policía, cuando Bill tenía la mano en la perilla para retirarse— . En el historial escolar constan innumerables peleas, al parecer fuiste víctima de bullying de parte suya. ¿Cómo es que un homofóbico declarado te protege a ti, un maricón al que evidentemente odia, de sus propios amigos?

El sujeto se merecía una respuesta a la altura, pero Bill no podía arriesgarse a ser encarcelado por insultos a la autoridad, su hermano ya había sufrido bastante por su causa ese día.

—Es en momentos de crisis donde se conoce la verdadera naturaleza de las personas, oficial —respondió, componiendo una cara de sabiduría que estaba lejos de poseer.

El policía pareció tragarse sus palabras, porque lo dejó ir sin más.

Y luego dicen que la filosofía de Tumblr es una mierda”—Pensó Bill al retirarse.

~Val~

Finalmente, luego de una angustiosa espera en la estación, el modelo pudo abrazar a su hermano.

Bill estaba inquieto, no dejaba de mirar alrededor. Val lo achacó a una entendible preocupación por sus amigos. Brevemente lo puso al tanto de la suerte corrida por Georg, con cuya madre se toparon en urgencias. El chico tenía un ojo en tinta y un brazo escayolado.

—¿Un ojo en tinta? ¿Cómo rayos consigues un ojo en tinta durante un tiroteo?

El modelo ignoraba la respuesta—. Eso mejor se lo preguntas a él, no quiso soltar prenda a su familia.

Gustav y Mandy se habían marchado tras declarar, la estación estaba abarrotada de gente por lo que los policías no permitían a los testigos y a sus familiares quedarse pululando por los pasillos.

Como Bill continuaba intranquilo Val preguntó nuevamente.

—¿Frijolito, buscas a alguien?

El más pequeño no tuvo más alternativa que confesar.

—Al idiota de“Bob Marley”.Llegó mucho antes que yo, estaba cagado de miedo.

—Lo siento Bibí, aún no ha salido.

—¿Cómo lo sabes?

El modelo miró instintivamente al rincón en que el veterinario charlaba con una mujer que no se había separado de su lado desde que llegaron.

—Podemos esperar si lo deseas – Sugirió, provocando la molestia de su novio.

~Bill~

Posteriormente, en casa, una vez que el terror de ese día infernal quedara atrás, Bill tendría una larga charla con Val sobre aquello de «tropezar deliberadamente con la misma piedra». Eso luego que los nervios de su hermano dejaran de parecer una afinada cuerda de violín.

Dudó si aguardar a que el de rastas saliera del interrogatorio, ello podría tardar lo que quedaba de tarde y, la verdad, él estaba extenuado. Sólo deseaba tomar un baño, meterse a la cama abrazado a su hermano mayor y no despertar en una semana, cuando menos.

Pero la incertidumbre lo estaba matando.

~Tom~

Cuando finalmente lo soltaron no esperaba encontrar semejante panorama en la estación.

Medio Ellen Key(los heridos de menor gravedad y quienes tuvieron la suerte de resultar ilesos) junto a sus familiares abarrotaba el lugar. Unos para hacer el reporte de lesiones y otros, como él, solo para ser interrogados.

Pero su mayor sorpresa vino del variopinto grupo de personas que aguardaban por él (debió parpadear para asegurarse de que no se había dormido en la sala de interrogatorios).

Por un lado estaba su hermano —que se adelantó a su encuentro apenas lo vio—, y Natalie, con una cara de funeral que espantaría al mismo diablo.

Del otro lado se encontraban sus padres; Simone miraba a todos como si le fueran a contagiar el ébola. La expresión de Jorg le dio una idea somera de lo que le esperaba en casa.

Pero los causantes de que su estómago se llenara de plomo estaban del otro extremo de la salita. No tuvo presencia de ánimo para preguntar qué hacían los Trümper aun allí, sospechaba que se relacionaba con él. Si los policías no hubieran encontrado a “la puta” en su compañía no dudarían de su inocencia.

Desvió la mirada, si tan sólo uno de los oficiales que circulaban por el lugar los veía interactuado la situación del otro chico se complicaría. Lo mejor sería fingir no haberlo reconocido.

Una vez tuvo a Nick ante él dudó cómo actuar. Lo único que quería era esconderse en sus brazos como cuando niño, pero tener a medio mundo mirando lo cohibió.

En medio de su cavilación su hermano decidió por él. Lo atrapó en un abrazo de oso y le besó las rastas como cuando pequeño lo consolaba tras los regaños de su padre.

Aquél fue sin asomo de dudas el peor día de su vida. La que fue su existencia hasta el día anterior había sido puesta de revés y luego rasgada en dos.

Después de enterarse de la muerte de Uwe y los chicos —de oídas, en los pasillos de la estación— lo que le restaba de fortaleza pendía de un delgado hilo, que se cortó cuando oyó a su hermano sollozar muy bajito, sin mostrar visos de querer soltarlo.

—Te amo, enano. No volveré a abandonarte, te lo juro.

Tom exhaló y se agarró de la cazadora de su hermano mayor con desesperación llorando sin vergüenza, por primera vez esa tarde. El qué dirán se podía ir a la misma mierda, junto con el resto del mundo.

No le importó que los Trümper y el resto del estudiantado los vieran. Estaba a salvo ahora, Nick lo protegería; lo había jurado y su hermano era un hombre que siempre cumplía su palabra.

Abruptamente, fue cogido con fuerza del brazo e intentado separar.

—Suficiente espectáculo. Hora de irnos, tenemos mucho de qué hablar. Las cosas van a cambiar a partir de ahora.

Por un segundo de pánico casi se arrepintió de no aceptar la delación compensada, alzó la mirada —en súplica silenciosa— a su hermano.

—Papá tiene razón —aseguró el veterinario, carraspeando para aclararse la garganta. Aún tenía la mirada húmeda, que secó con el dorso de la mano —. Las cosas van a cambiar a partir de ahora, tú te vienes conmigo.

La sensación de alivio del chico de rastas fue tan notoria que Jorg se apresuró en agregar:

—No cantes victoria, pedazo de escoria, en cuanto regreses a casa arreglaremos…

—No me has entendido, papá, Tom se viene a vivir conmigo. Y antes que intentes alguna de tus usuales amenazas, te recuerdo que estamos en una estación de policía y que yo soy su tutor legal.

El rostro del adulto se descompuso al punto que su esposa —con su tendencia al dramatismo— temió por una embolia, o un accidente vascular.

—Me parece bien, si es lo que desean. Por esta vez se han salido con la suya. Pero no esperes que siga manteniendo a este invertido delincuente. De mí no verán un sólo cent…

—No te preocupes, papá, nos las arreglaremos —aseguró Tom, con un renovado calorcillo en su pecho, que hacía mucho que no sentía. Ese calorcillo que le recordaba que Nick lo amaba y cuidaría de él sin condiciones.

Continuará…

por Haruxita

Escritora del Fandom

Un comentario en «Der Valentinstag-Massaker. Part IV»

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