«Yo soy desigual. Yo soy el dañado. Soy toda mi vida y el daño hecho.»
(The Blister Exists – Slipknot)
“Destino” Fic de Maggot
Capítulo 10: Parecido en dolor
& Corinto &
Pov Tom
Corría…, corría…, me encontraba huyendo pero… ¿de qué? Ni yo mismo lo sabía, lo único en mi conocimiento era que regresar no era una opción; al retroceder algo cambiaría, algo terminaría por destrozarme de alguna manera pero esto era demasiado confuso. Sin parar de correr, como a sabiendas de tu perdición, giré mi rostro vislumbrando uno con perlas brillantes en plena oscuridad, ellos fueron la causa de que me detuviera en contra de todo lo que mis instintos gritaban.
No había un rostro, no podía distinguirlo en plena ausencia de luz. Mi cuerpo retrocedía a darle
búsqueda a la persona dueña de esos orbes, los clamores de mi mente sucumbían frente al sinuoso
ente. Seguí hipnotizado la guía en mi ignorancia, notando como me consumía a cada paso, era como
perder la luz jovial que uno lleva dentro, como si te la arrebatasen, dejándote pesadez en el cuerpo, en el alma…, hasta el punto de materializarse viendo como mis manos se disolvían lentamente en las
tinieblas, sin dejar ese camino tortuoso como si de mi pena se tratase, lo atrayente, lo sugestivo y
dañino de esa presencia desconocida que me carcomía, esos ojos como rubíes centellantes y hermosos,
absorbiéndome de a pocos hasta quitarme el aliento, imposibilitándome el huir.
Mi mente estaba acertada, las penumbras me asediaban, no distinguía bien la mueca de mi captor
desconociendo si aquélla sería una sonrisa o expresión descompuesta por obra del lamento, cual haya
sido emitió un sonido que estremecía al que se halle cerca, que aumentaba la tensión y desesperación
situada en mi cuerpo débil.
Sentía miedo.
Sería quedarme allí en la oscuridad, siendo empujado a un abismo sofocante, siendo palpado por manos
frías sin deslindar su origen, algunos roces la mar de suaves que me trataban inútilmente de trasmitir
calma, hasta levantar el manto sobre mis orbes y percatarme en que el dueño de los ojos era el mismo
que el de las manos, era tocar el Olimpo por medio de Hades. Pavor, estaba solo, estaba a la merced de
un ser capaz de matarme con los ojos, arrastrándome a su mundo tenebroso y quitándome la identidad;
morir como mi padrastro, siéndole negado el aire, aprisionado, como estaba ahora yo, temiéndole a la
oscuridad y en búsqueda ansiosa por el hálito que me faltaba.
– Aquí no encontrarais amparo alguno… –esa voz, me sonaba de algo, y era la del mismo ente, del
creador de mi oscuridad…, parecía forzada, grave, distinta pero a la vez similar a la de… ¡¿Cómo osaba
comparar un momento grato con este infierno?! ¡¿Cómo comparar esta aterradora voz con aquella que
acariciaba al viento?! , mi dios del cambio, aquél llamado Wilhelm no podría ser capaz de hacerme
padecer de manera atroz; cabe mencionar que no he saboreado el roce de su tacto, y aunque las manos
de este ser sean níveas y suaves como me las imaginaba a las del castaño sería mal otorgarle algo tan
bajo, algo que me lastima un ser inocente…, no, estas manos, esta voz, estos ojos, me son desconocidos
y dañinos, me causan estremecimiento y…, y… ¡Me hunden! ¡Me jalan las ramas, sus garras ocultas en
tinieblas! ¡Me entremezclan con la nada buscando perderme en ella! ¡Me atraviesan el ser con su
ahogo!
Solo, ¡Sin nadie dispuesto a socorrerme! ¡Oh tormentoso ser! ¿Qué buscas con esto? ¡¿Qué claman tus
mudos gritos?! ¿Por qué me dejas en penumbras?…, a sabiendas de que así poseyera el habla en ese
instante no obtendría respuesta me dejé absorber por el letargo que le da a uno tras una emoción que
te supera, sentía como que una lágrima surcaba mi mejilla, siendo esta experiencia reveladora para mi persona, demostrando la soledad que me transmite aquel ser, sintiéndome solo, que aunque posea a mi
madre más allá no hay nadie quien me resguarde, no hay nadie que me espere y debo adherirme a lo
que me es otorgado.
Todo lo que me invade va quitándole el sentido a mi mente, perdiendo ahora no sólo el aire sino la
razón…, un atisbo de luminosidad serpentea en mi interior, ese choque de energía que te es dado en
situaciones como esta. No debo rendirme, no puedo hacerlo, aunque todo lo que sujete se caiga a
pedazos, debía creer en algo aunque no haya nada, alzar la voz aunque no exista mi aire, no dejar que
esto me amedrente…
– ¡Ayuda! – mi exclamación liberándose como de una burbuja en la cual yacía atrapada con todo mi ser,
explotando aquella sobre mi rostro haciéndome abrir los ojos perdiendo de una sola la pesadez que
estaba sobre mis párpados.
La oscuridad había desaparecido violentamente como si en un principio no hubiera estado allí.
Entrecerré los ojos habituándolos a la luz, inspiré y expiré desesperado el aire para que tranquilizara mi
cuerpo, me palpé y me sentí empapado en sudor. Poco a poco me ubicaba notando que aquí sí había
suelo bajo mis pies, nadie me arrastraba, era… libre.
Podía vislumbrar las formas características del hogar del aedo y al mismo mirándome extrañado con una
ceja enarcada, pero al parecer mucha importancia no me tomó pues siguió en lo suyo.
Cerré y abrí los ojos inmediatamente puesto que dejar que mis párpados los cubran significaba no ver
luz y esa idea, en estos instantes, me hacían sentir enfermo.
Seguía agitado y no podía evitarlo aunque quisiese, todo lo sentía latir, hasta el punto de que me
temblaban las manos. Maldito sueño. No quiero… recordarlo. Debo asirme a mi realidad ahora: Era otro
día, y puedo asegurar que no me enteré des regreso de aedo a su hogar puesto que caí en un profundo
sueño; de verás, tenía que avisarle de la venida del joven Wilhelm puesto a este último le había dado mi
palabra.
Ingresé al otro espacio viéndolo ingerir agua. Esperé que terminara y reparó en mi presencia.
– ¿Qué queréis? – me obligué a no fruncir el ceño, porqué sería de muy mal gusto hacer un gesto en
contra de quien me da un lecho donde estar, aunque sé perfectamente que sus intenciones no son
suyas por completo, ya que lo hace contra su voluntad y no me tiene ni el más ínfimo aprecio.
– Ayer vino el joven Wilhelm preguntando por vos – al pronunciar ese nombre sus orbes se irían a
salírseles de sus cuencas, sin considera que su tez pálida empalideció más sí cabía.
– ¿El…, el…, pr… Bill? – ahora no pude evitar que mis cejas casi se juntaran y que mis labios se
deformaran en una expresión de desagrado. Me incomodaba que él lo llame así cuando a mí no me
permitió hacerlo, aunque quizás el aedo es más…, íntimo con él y por eso le deja hacerlo. Sentía una
molestia en el estómago al pensar en aquello, como si me estrujaran las entrañas, todo eso era algo que
me ponía… triste – ¿Qué le dijo?
– … –lo miré percatándome de que me había ensimismado un momento y no sólo eso, sino también de
que podría decirle otra cosa para que no se acerque a él, bueno, eso último no fue cortes ni inteligente –
Pues…, que le hiciera presente a vos de su visita
–¿No…, te mencionó… nada más? – no entendía el porqué de su actitud alerta. Encogí mis hombros y
negué – tengo labores que hacer. Regresaré antes de que oscurezca – sin más que decir puso pies en
polvorosa dejándome medio ido.
Ayer no me dijo nada y se fue, hoy sí lo hizo y se puso todo nervioso en cuanto al asunto de Bill, digo,
Wilhelm. Seguro irá a verlo. Esa idea se entremezcló con la anterior tristeza dándome como resultado
un ardor, un sentimiento poderoso, como cólera, pero mucho más complicado.
– Ojalá y un carromato le caiga encima – me encontré profiriendo mis malos deseos hacia un contrario
por lo que casi por instinto me cubrí la boca, evitando soltar algún otro mal pensamiento. Que extraño y
no propio en mí aquello, lo que diría mi madre si me escuchara. Negué con la cabeza en desaprobación a mi misma actitud.
Creo que tiene que ver con el sueño, me ha dejado algo irritable, mejor hago lo que dejé acordado para hoy.
&
Ahhh…, me deshice del sudor de mi frente con el dorso de mi mano y entrecerré los ojos fijándome en el Sol luego en mi trabajo finiquitado. Sí, lo terminé antes de lo planeado; significa que tendré mayor tiempo, por lo tanto oportunidad, de coger algún empleo aquí puesto que nadie me conoce, exceptuando a Wilhelm y la niña extraña de la vez pasada, no pueden tener alguna idea preconcebida o razón para juzgarme. Para mí todo esto es como un nuevo comienzo.
Dejé mis herramientas a un lado a sabiendas de que no incomodaría a nadie, puesto que nadie más las utilizaría ni ingresarían seguido al patio y limpiando mis manos opté por salir.
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El bullicio era una característica en un lugar repleto y céntrico como este.
Por un lado estaba el mercado con esos puestos surtidos de todo, más allá, a lo lejos, se observaba el puerto. Podría empezar por allí pero tanteé en lo más cercano: las casas del otro extremo, casi por completo juntas y sin un orden explícito, pero al menos lucían mejor que la mía en Tebas.
Aquí los niños corrían felices, vivaces, tan repletos de energía, ajenos al dolor, me causó algo de
nostalgia, deseando que los niños que yo he conocido en mi tierra poseyeran algo de los que estos
tienen, aunque a muchos he visto sonreír a pesar de encontrarse hundidos en desgracia. Dejé de
mirarlos al ellos posar los ojos en mí deteniendo sus actividades, abriendo los labios en señal de
sorpresa, incluso podría asegurar con algo de temor retratado en sus rostros. Encogí el cuello en obvia
incomodidad y apuré el paso.
Al llegar a la primera casa toqué la puerta. Por las rendijas una mujer mayor apareció.
– ¿Qué quiere? – dijo tajante pero igual me dispuse hablar cortésmente pero sus orbes apenas y se
posaron sobre mí y soltó un alarido lastimero que me estremeció, no bastándole con eso su expresión
fúrica iría soltar más gritos–, ¡No hay nadie aquí! ¡No poseo hijos! – su rostro se esfumo dejándome tras
sus palabras aturdido ¿Qué es lo que sucedía? ¿Así tratan a los extranjeros en este lugar? No es que
espere ser recibido con coronas de laureles. Bueno, sé que es difícil buscar empleo, así que no debería
sorprenderme ninguna excusa que me dieran para rechazarme. Pero la originalidad de esta última he de
admitir que me ha dejado intrigado…
– ¡Los ojos del Minotauro!
…
– ¡Maldito!
…
– ¡No hay jóvenes aquí!
…
– ¡Ya muertos están los míos!
…
– ¡Desgraciado!
…
¿Por qué la hostilidad? Esto era realmente el colmo ¡Casi me arrojan frutas podridas! Y sus frases sin
sentido, siempre buscando ofender de alguna manera o dejándome en claro que no poseen hijos en la
edad favorita de Diana ¡No entendía!
Sus frases retumbaban en mis oídos buscándole alguna explicación a todo esto. No, no la hallaba. O al menos no encontraba una lógica puesto que entre mis opciones estaba la de una locura colectiva, no,
aunque parezcan, no son orates. Esto era desalentador.
Me dejé caer en el suelo de espaldas contra el muro de una casa que por cierto no pensaba tocar por
temor a que intenten atacarme con machete, como uno de los dueños de una de las casas lo hizo en una
oportunidad.
Apoyé mi cabeza en la pared cegándome con el cielo aún brillante. Levanté mis rodillas y en ellas apoyé
mis codos. No pensé que fuera tan difícil y… poco común. Me queda reírme para no intentar desatar mi
furia contra algún objeto. Es injusto este trato, supera con creces las injusticias de mi tierra y me
mantiene en incertidumbre todo esto, me frustra y provoca el rechinar de mis dientes. Debo relajarme,
el Sol aún vela mis pasos y sé que mi padre me brindará apoyo desde su posición, eso es algo bueno, ni
idea de porqué evoco ahora a mi padre; hay veces en las cuales trato de formar un rostro pero mi madre
siempre ha evitado mencionar alguna característica física, por lo que sé soy parecido a ella exceptuando
la nariz, cuando tenía menos edad siempre la sujetaba entre sus dedos cariñosamente y sonreía con ojos
brillantes como rememorando algo, supongo que a mi padre, humnn, no me gusta pensar mucho en ello.
Tengo sed y hambre, no es que sea la primera vez que me sucede algo así, sólo es por mencionar, he hecho esfuerzos incluso mayores que éste mientras que no había comido en días, así que no es
problema. El aedo, Andreas ese, no tiene la obligación de darme alimento, sólo cuando lo ofrezca no
quiero andar de plasta con nadie.
– Joven …, –parpadeé un par de veces para luego enfocarme en un espacio sin las chispas blancas, los
puntos centellantes y de donde provenía la voz ronca y grave discerní una forma oscura que tomó
claridad, notando a un hombre ya entrado en años, con los cabellos encanecidos, arrugas siendo parte
de su piel como si siempre hubieran estado allí, ojos algo apagados pero de un color que se me antojó,
por instantes, parecido al de los míos; me tendió un brazo, acepté su ayuda levantándome, ejerciendo
mayor presión en mi cuerpo que en suyo, reparando en su altura, era media cabeza más bajo que yo y
agudizaba la mirada – sois…, sois…
– Thomas del Este, señor – le dije y asintió haciendo ademanes con la mano para alejar algunas ideas
que se habría planteado y luego señaló a su morada, en cuya pared había estado apoyado instantes
atrás – Gracias – solté algo azorado por la hospitalidad, podría hablarle, creo que escucharía sin ejecutar
alguna acción en mi contra, y pedirle algún trabajo, porque no creo que siendo tan mayor pueda hacer
mucho ¡Por fin alguien cuerdo aquí!
– ¿Qué hacías allí afuera sofocándote, hijo? – me preguntó a lo que yo rascándome la nuca miré a un lado. El lugar era así como la casa por dentro del aedo, espacioso y con cosas muy finas para lo que
estoy habituado. Me ofreció un asiento y lo tomé.
– Pues…, buscaba empleo – me escrutó con la mirada como si algo le ocultase, medio me revolví en mi
asiento por aquello.
– Eres humilde y haz venido del otro extremo ¿con qué trabajo es tu causa? – lo dijo como si no creyese
mis palabras, como si supiera que había matado a mi padrastro y dejado a mi madre huyendo de todo,
quizás sea sólo mi mente la que me juega una mala pasada, pero sentía que él podía leerme. Se supone
que debería creer que busco empleo, porque es verdad, lo busco, aunque no sea la razón primordial por
la cual haya venido a Corinto, por más que este señor me emplee no debería enterarse de mis
intimidades, mis cosas privadas. Y aquí haciendo el barullo cuando puedo mentir, aunque no se me dé
bien y menos ganas hay frente a un hombre que ha vivido mucho.
– Sí…
– ¿Y, no lo haz conseguido aún?
– No
– Ya veo – sujetó su mandíbula y titubeó antes de decir algo más – Tengo huerto, y…, y cosas que
cambiar de sitio ¿Podréis trabajar para mí? Un viejo como yo no puede hacer las cosas de antes – sonrió
y lo imité, de alguna manera me infundió mucho respeto ese hombre.
– Sí, señor – le respondí. Asintió antes de volver la mirada.
– Pues comencemos entonces – se levantó de su asiento e hice lo mismo; rodó sobre sus talones y me
indicó, con las manos, que le siguiera, lo hice.
Me guió hasta uno de los cuartos en lo que se hallaba una miscelánea de objetos que podrían llegar a
aturdir al verlos en desorden sin denotar su supuesta utilidad, si es que poseen alguna. Me limité a
seguir las órdenes del Sr. Z, que por cierto no me dijo su apellido completo sólo me pidió que lo llamara
así, no creo que sea difícil de memorizar.
Básicamente la tarde la pasé llevando los objetos de un lugar a otro, a la sala, preferí no preguntar pero
el Sr. Z me dijo que para mañana regrese que iríamos a vender aquello al mercado, acepté, por
supuesto. Estaba por irme hasta recordé algo que debía mencionar.
– Sr. Z, ¿y su huerto? – él me había dicho que trabajaría en él. Quería adelantar trabajo pudiendo traer
las herramientas del aedo, e inclusive algunas semillas restantes si lo requiere pero se mantuvo callado y
tuve la impresión de haber dicho algo malo. Sea lo que haya sido, dio media vuelta y pidió que lo
siguiera, de nuevo con sus gestos con las manos.
Tomábamos otro camino de la casa, de entre los pasadizos había un portón que antes había no había
podido apreciar al verlo como relieve de la pared, algún detalle artístico quizá, pero no, era una puerta
que llevaba a otro espacio, uno que irradiaba aromas casi imperceptibles, que el viento haría esfumar,
cerré los ojos sintiendo el aire remover mis cabellos, me era tan familiar.
– ¿Será que la primavera se acerca, Sr Z? – le pregunté aun disfrutando de los tenues olores de aquellas flores.
– Más bien diría que la Muerte es la que lo hace – abrí los ojos encontrándome con los de Sr. Z, no me observaba a mí, tampoco traía una expresión enojada, más bien diría triste, seguí la dirección de su
mirada y me encontré con un cuerpo de cuclillas y espalda hacia nosotros. Fruncí el ceño. Era una mujer
mayor, lo notaba por su cabello y la piel de sus brazos, mas su rostro aun me era desconocido, busqué
respuestas en los ojos del señor y sólo encontré amor, un amor que sobrepasa las barreras del tiempo,
uno que se ve cansado, ¿pero cómo? ¿Qué el amor no era incansable? ¿Incapaz de desfallecer? ¿Fiel
como los rayos al Sol? No dije nada, no sería correcto preguntar. – Querida, he traído ayuda, alguien para
las flores, alguien que las va a cortar – un pánico me azotó violentamente ¿cortar flores? Sí, sonará de lo
más ridículo pero no, es decir, estas flores no, son las favoritas de mi madre, no…no podría hacerlo.
– ¡NO, SON MIS HERMOSAS! ¡SON LAS DE ELLAS! ¡¡NO!! – retrocedí instintivamente frente al grito de la
señora que se volteó de manera brusca y adquirió una postura cerrada, protectora frente a las flores,
brindándole una mirada cargada de desagrado al Sr. Z. fue tan rápido que mi corazón palpitaba
acelerado en mi pecho.
Su rostro fiero discordante entre las flores. Sus perlas casi apagadas, como a la espera de nunca llegar;
frente hastiada de preocuparse ya teniendo impresa sobre ella aquella expresión; labios fruncidos y
rotos de lo secos que están, demostrando que a aquella dama ha pasado más frente al Sol en su
mocedad, hasta ahora quizás ya que la hallé en el huerto. Como si las flores fueran sus hijas, su sangre,
lo único que la mantiene cuerda, puedo notar ese ir y venir de su cuerpo, pararse, estar estancada en
esa postura pero a la vez perderse en su mundo, soñar despierta con eso que la atormenta. ¿Qué podría
ser tan malo en la vida de esta damita? ¿Quién ha desteñido sus rubias fibras para dejarlas descoloridas
y marchitas? ¿Quién es la causa de esas manchas bajo sus perlas que denotan lágrimas pasadas?
Ahora sus orbes se posan sobre las mías como si mi mirada anteriormente le haya pesado. Su expresión
defensiva se desvanece, cuan maravilloso es ver como la alegría se posa en ella, como las delgadas
líneas me dan una sonrisa a la cual gustoso respondo, con ese deje de dolor y pena en mí que me es
transmitido por su presencia. Se va acercando a mí con esa acompasada lentitud propia de la edad, alza
su rostro, achina los ojos y pasa sus palmas temblorosas por mi rostro, las siento frías allí, y giró la
mirada en dirección al Sr. Z tratando de entender el porqué su esposa me mira así, como a las flores.
– Regresaste, haz regresado pequeña – exclamó con voz queda dejándome por demás aturdido.
&
& Corinto/Palacio &
Solo, siempre solo en un mundo donde todo aquel ser viviente posee un alguien, un algo, eso que no te dejará por más lejos que vayas, a lo que siempre regresarás así tu rumbo sea otro, alguien dispuesto a esperarte, que rememore tu nombre en sus peticiones, que piense en ti al percibir un sonido, que se estremezca al oír tu voz, que se sienta acompañado al tenerte allí así estés dormido, comiendo o simplemente allí, sin necesidad de mirarte. Se le podría llamar simbiosis, quizás nuestra naturaleza sea así, damos compañía y nos ofrecen una. Simple como eso. Él ni eso pudo tener.
Observas los telares que cubren la candorosa mañana, ves como se agitan por el viento que rebelde
desea ser digno de tu roce, pero para ti eso no es nada, prefieres la soledad, la oscuridad, el
desprenderse de este mundo mediante el curioso polvillo acre. Y es contradictorio en verdad, porque
sueles odiarte al perder la noción de todo, eso implica perder el control, y sin él, no eres más que un
simple niño perdido, una ridícula sátira de lo que haz formado con los años, nadie te respetaría como un niño tonto, prefieres que te odien antes que ser nadie, antes que ser nada, antes de mantener tu
pensamientos centrados en el bienestar del resto, sí, esa gente que por ti no ha hecho ni un bien, los
que te daban lo que les pedías pero no lo que necesitabas, los que eran obligados a atenderte, no
porque les naciera; nadie nunca te da algo porque les nace, porque sin tu poder nada eres.
Respiras de nuevo, sientes como tu cabeza se hace añicos y en cierta manera te es agradable ¿ya
merecías un castigo, no? Que patético que ni para eso te tomarán atención. Conocías lo que era el
castigo por terceros, a terceros, no a ti, porque ni te observaban al romper algo, sólo venía alguien más
y lo reparaba ahhh pero pobre de ti que fueras malo en el gimnasio, te molía a golpes tu padre y eso,
después del llanto comprimido, te tranquilizada, de alguna manera él estaba contigo, de alguna manera
te escuchaba. Fallaste en el gimnasio el resto de veces siendo una vergüenza para la realeza, pero tu
padre te golpeaba ¿y eso era bueno, no?
Fueron tus primos los que te amenazaban, los que te decían incapaz, y a tu poca edad por eso mataste
al conejo, ellos dijeron que si dejabas que un animal pequeño te pisotease el pueblo te mandaría a
crucificar, no te gustaba que se burlaran, no querías defraudarlo, sólo tu padre te quedaba y como
Príncipe debías dar el ejemplo, desmanchar tu honor. No sentiste tus lágrimas caer como la sangre
chorrear del conejo, no miraste los ojos sufrientes de tu padre al golpearte, no entendiste porqué lo
hacía, él no quería que fueras como él, como tu abuelo, como el viejo decrépito ya finado que había
violado a la reina y le había dado a él humillación, no podías comprenderlo, eras muy pequeño, lo que tu
padre buscaba sin palabras, de manera incorrecta, era evitar que fueras como él, porque sería manchar
la inocencia de tus ojos, esos ojos que eran tan iguales a los de tu madre, tu padre no quería quitarte
eso.
Fueron también tus primos lo que te dieron a la muchacha muerta, tenías catorce, ellos ya pasaban los
diecinueve, ellos la habían matado a golpes tras violarla brutalmente. Te la llevaron al palacio y te
obligaron a tocarla, ella se encontraba ensangrentada, y a ti no te gustaba la sangre, pero lo tenías que
hacer o sino llamaban a tu padre echándote la culpa de todo. La acariciaste temeroso, con el hedor
invadiendo tus fosas, el miedo tatuado en tus orbes, y en temblor en tus manos pálidas. Cuando lo
hiciste, te empujaron para que cayeras sobre ella y quisiste gritar, como deseaste hacerlo, pero…, un
Príncipe no hace tales cosas, así que cerraste los ojos bruscamente y contuviste la respiración mientras
ellos tomaban tus manos y las guiaban con rudeza por el cuerpo desnudo de la finada. Sentías nauseas
por casi no respirar y el aire que ingresaba estaba impuro, sucio, a muerte.
No recuerdas en que instante de ese lapso tortuoso te pusieron un punzo cortante en la garganta,
tragaste saliva y hasta eso era difícil, al tenerle allí, frío, inmóvil, amenazante, mortal. Abriste tus ojos
marrones y notaste los pares de negros que tenías delante, ojos bañados en deseo, sin atisbo de luz,
incluso más muertos que el de la que estaba aún bajo tuyo. Te dijeron que si no te la follabas te
matarían y darían de comer tus tripas a los animales.
Tus orbes se están enrojeciendo, ya no distingues si es por el polvillo ese o por contener los años de
llanto.
Tus fosas nasales se calcinan, pones los ojos en blanco mientras caes en vilo mitad en tu cama mitad
fuera, no interesa que la sangre te llegue al cerebro, pues ya está saliendo a borbotones por tu perfilada
nariz de marfil, incluso un poco se escurre de tus finos labios ensuciando tu inmaculado rostro, ese del
que te enorgulleces tanto al servirte como creador de elogios. Tu cuerpo se agita, tu sangre bulle y bulle
al estar muy infectada por esa sustancia que intoxica tu sistema, te vuelve débil, pero estás tan ido,
estás tan sumido en el ayer que no reparas en ello. Aun recuerdas perfectamente el sonido que era
entrar y salir de ella, de sus íntimas partes tan húmedas por los anteriores que la habían ocupado, como
si de un asiento se tratase; como su cuerpo se movía, como asquerosamente placentero se sentía, era la
primera vez que experimentabas eso, y por más miedo que sintieses, con esa sica sobre tu garganta, con
los otros relamiéndose los labios mientras te observaban dándole estocadas a la fallecida, a pesar de
ello, había ese atisbo de placer, en el cual los olores dejaban de parecerte una molestia, la sangre
cobraba otro significado, y las perlas apagadas también. Te gustaba, si incluso ahora mientras te dejas
morir lo hace, porque en ese momento te sentías completo, que nadie podría separarte de ese algo que
te hacía soltar endorfinas provocándote felicidad…, por lo que tras eso buscaste las mismas
experiencias, pero ya no era igual, ahora simplemente bastaba con ver morir a alguien, con provocar esa
expresión en sus rostros, con saber que sólo fuiste tú el que lo hizo, que haces algo por ti y te gusta, que
no interesa en ese instante la soledad ni la vaciedad, sólo estás tú y tu placer.
Bill, Billy… así te solían llamar. Odiabas tanto su tono de voz, hasta ahora resuena en tus oídos y la
sonrisa que tenías en este momento, mientras recuerdas, se desdibuja de tu rostro dando paso a la
expresión descompuesta de quien ha visto la muerte pasar… esto querido niño se llama miedo, explota
estas sensaciones nunca antes vividas, y aprovéchalas puesto que miles de veces las haz provocado en
otros. Eso es lo que te da placer pero apuesto a que en este mismo instante no sientes eso ¿a que sí?
Continúa…
Gracias por los comentarios =)