«Estoy caminando por la línea
Que me divide en algún lugar de mi mente
En la línea de frontera de la orilla
Y donde camino solo»
(Boulevard of the Broken Dreams – Green Day)
“Destino” Fic de Maggot
Capítulo 11: Elegido
& Corinto &
El blondo había ingresado a los aposentos del Príncipe en uno de los descuidos de los centinelas. Él tenía que verlo, ayer en su ausencia lo había visitado, es decir, su Príncipe deseaba verlo.
Apuró el paso, siendo consciente de su casual ventaja, llegando visualizar la entrada de la habitación del mozo.
Iba a tocar la puerta así esté el tiempo en contra puesto que no quería enojarlo, pero antes de que sus
nudillos rozasen el umbral sus orbes azulinos quedaron expuestos frente a la escena que se suscitaba
dentro: el Príncipe teniendo una hemorragia nasal mientras convulsionaba y también escupía sangre.
Intempestivamente ingresó en la habitación y lo tomó en brazos gritando su nombre desesperado, pero
su cuerpo había dejado de latir para que ahora sus ojos se cerrasen y quedara como peso muerto en
manos del blondo.
– Prín…prí-in –el no podía esbozar palabra al quedar perplejo frente al rostro inerte del que un día fue su amante.
Todo el irradiante poderío, aquel brío que siempre poseía, el dominio que lograba estremecer al mas
débil se había desvanecido de ese rostro dejando sólo una hermosa faz teñida de sangre, facciones
delicadas como el armonioso balanceo entre la muerte y la vida, perfección ceñida a maldición,
equilibrio situado entre dos mundos contradictoriamente necesitados del otro. Esa expresión nunca
antes vista, como si de un Dios del Olimpo se tratase, siendo poseído por un supuesto aletargamiento
que brinda tal inocencia en un ser tan bello.
La desesperación le impedía procesar pensamiento alguno. Él sabía que debía gritar pero lo único que
expulsaba eran sollozos y grititos quedos acompañados de esas gotas salinas rebeldes que manchaban
sus mejillas pálidas medias sonrosadas por el esfuerzo.
– ¡Lo vi entrar allí! ¡Lo vi entrar allí! – se escuchaba a pocos pasos de donde estaba Andreas con el
Príncipe.
– ¡¿Es que sois tan irresponsables?! ¡El mozo armará lío del que no se librareis! – exclamó el otro,
mientras sus pasos se hacían cada vez más cercanos – no entréis, dejádnoslo a nosotros – los sonidos se
desperdigaban por doquier mas para el aedo no poseían forma alguna, no llegaban a sus oídos, nada
ajeno a ese rostro podría distraerlo.
– Gustav y si… – titubeó el que se había quedado a su lado tras la retirada del resto.
– No lo creo, si hace instantes ha ingresado dudo mucho que haya muerto así en tan poco tiempo,
aparte, ha intimado con él antes, no creo que le tome la misma importancia – respondió el rubio sin
tomarle importancia al asunto, como si del clima se tratase.
– Somos claros ejemplos de que la constancia puede ser una de las cualidades del Príncipe – un atisbo
de tristeza se escondía en esa frase, dolores pasados tal vez.
– La diferencia radica en que somos sirvientes, los ajenos a la servidumbre, son el pueblo, los que él no
necesita ni tendrá que volver a ver – con aquel comentario dio por terminada la charla y entró con cuidado a los aposentos del heredero encontrando a este inconsciente en brazos del aedo que seguía sin asimilar muy bien lo sucedido.
– ¡Lo ha matado! – soltó a voz de grito el castaño sujetando con una mano su desencajado rostro.
– No…, no lo ha hecho, es… – el estoico cerró los ojos y abrió las aletas de su nariz – hachis
– Principito…, prin-in-inci – tartamudeaba sin sentidos el blondo al el estoico arrebatar al Príncipe de sus brazos para cargarlo como a un costal sobre sus hombros.
– Georg, dale agua de manzanilla a éste y luego me traes las hierbas que escondí ayer. Este niño se ha
metido esa porquería en la nariz de nuevo – abrazó la cintura del mozo acomodándolo mejor y se retiró
haciendo esfuerzo para no caer por el peso que llevaba sobre sí.
El castaño lo siguió con la mirada apenándose por no ayudarlo, mas en vano era intervenir, si lo hacía, el
otro se negaría. Dejó de morderse el labio al ya casi no visualizarlo y volteó la vista hacia el más afectado: Andreas.
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– Hey, rubio. Ven conmigo – le dijo señalándole con la cabeza hacia afuera de la habitación, el contrario lloroso asintió y, con el cuerpo aún temblándole, le siguió el paso – Estará bien, hierba mala nunca muere – sonrió el castaño frente a su broma, que le parecía de mal gusto al otro que seguía frunciendo el ceño – ¿para qué viniste, polizonte?
– To-om – musitó casi en un susurro mientras doblaban la esquina dirigiéndose a la cocina.
– Ahhh… ¿el niño bonito? Sé que es su nuevo capricho, ¿le ibas a traer información de él? No veo qué de
malo pueda tener aquel mancebo, es demasiado tierno para que el come carroña ese lo agarre. Me
daría mucha lástima sí logra su cometido, no debería ayudarlo, aunque quién sabe que le haya dicho
porque lo haga ¿le amenazó? – sirvió el agua humeante en un pocillo y se lo alcanzó.
– … – el rubio sorbió un poco encontrando milagrosamente algo de tranquilidad en aquel líquido, cerró
los ojos para embriagarse un momento con el aroma del mismo y negó en un gesto con la cabeza.
– ¿Qué? ¿Entonces, por qué lo hace? – preguntó sorprendido en demasía el joven castaño frente a la
negación del blondo.
– Porque lo amo – dejó que otra porción más penetrara su garganta, dejándolo sonriente, ajeno a la
expresión aun más perpleja, que hace instantes, del castaño, incluso tenía los labios entreabiertos por el
asombro.
– ¿Amarlo? ¿A esa aberración? ¿A ese monstruo? ¡Imposible! – dejó su postura rígida y alzó las manos
como si algo le fuese a caer encima, negando consecutivamente con la cabeza mientras sus cabellos
ondulantes se desordenaban más. El aedo rodó los ojos frente a la incredulidad del otro, tomando de
nuevo un sorbo, no iría a molestarle los insultos de un simple sirviente.
El joven Georg recogió un mechón que le tapaba el rostro y lo acomodó tras su oreja mientras buscaba desesperado, entre los mullidos estantes, lo requerido por su novio. Al hallarlo, los situó en un manto y
dándose media vuelta preparaba su partida.
– Ven, rubio – esbozó antes de salir seguido por ya mencionado, que refunfuñaba frente al poco tino del
sirviente al no dejarle terminar su bebida.
– Mi nombre es Andreas, no rubio – replicó tras un incómodo silencio.
– El mío Georg – tras esa corta respuesta no se dijo más en el transcurso del camino.
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El palacio era amplio, con grandes habitaciones e interiores abiertos, inmensidad de pasadizos, escaleras y balcones; todo ello digno de la realeza. Andreas no recordaba haber visto tanto en las veces que lo ha visitado, pero es que no conocía más que cómo llegar a la habitación del Príncipe y el salón principal, donde se llevaban a cabo las orgías, por el resto no había tenido la gracia de conocer, el salón de curaciones no cuenta debido a que cuando lo visitó estaba demasiado alterado. Y ahora no era como un paseo, lo que pasaba en esta ocasión era buscar el cuarto de las curaciones y llevar las hierbas que su Príncipe necesitase. Él confiaba en las capacidades del curandero, Gustav, porque sabía que cuando los hirieron aquella vez los salvó de morir, lo mismo haría con Bill, él quería pensar así, ningún otro pensamiento era válido.
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El panorama se desenvolvía de la siguiente manera: un lugar cerrado con la combinación de olores
penetrantes y dulzones, el mozo seguía inconciente, mas su rostro estaba limpio, no quedaba rezago de
sangre más que el ínfimo detalle del olorcillo ese a óxido. El curandero había sumergido al castaño en
agua, lo único que quedaba a la vista era su rostro.
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El Príncipe está y a la vez no. Reposa en el tiempo mientras una confrontación se suscita en su interno, el cual busca salvarlo de sí mismo, quizás no borrar pero por lo menos redimir de alguna manera los
actos que comete, aquellos que lo perjudican, no es que el castaño desee que lo defiendan, es algo
natural; con ayuda de los cuidados su ser se hunde y sale a flote de manera intermitente.
Nadie nunca ha escuchado esas voces escondidas en su mente, no ha habido quien añore entenderlo.
De él sólo han buscado piedad, y sentido lástima, odio y desprecio en sui mayoría mas él no entiende de
aquellos reclamos, se ha habituado a no reparar en los suyos menos en los del resto.
Se ha creado un mundo, donde guarda su sentir, donde lo transforma en mudas quejas, el sentido
común lo ha abandonado como todos los demás. Allí habitan sus ideas, sus cavilaciones, todo lo que lo
hace como es, lo próximo a cometer, incluso se ocultan sus razones secretas, las que él mismo
desconoce y duda de su existencia, las continuas negaciones, las frases dichas mediante acciones, gotas
cristalinas y salinas confundidas con las que son escarlatas, muecas dulces y amenas por las grotescas,
un simple roce sincero por el candor incesante, excentricidades que poseen su marca distintiva, llevando
su nombre, su sangre, su piel, al haber sido engendradas por la soledad y su persona.
No ha nacido, tal vez, el que calle las voces y llene los vacíos, el que lo quite de la oscuridad
habituándolo a la luz, alimente su alma y la deje volar, le abra los ojos para que pueda observar, el que
le instruya de verdad, no se ha visto persona capaz.
¿Ahora dónde se halla si está en la inconciencia?
En la nada, en un punto sin grumo alguno, la nulidad lo absorbe, lo estrecha así no teniendo intenciones
de dejarlo ir, aunque él no piensa en este instante, no siente, está a salvo de su mente cuando su cuerpo
podría destruirse. Tal vez aquélla era la solución, vencer esa barrera de la mente acabando con el
cuerpo, cometer un acto libre para serlo al fin, balancease ese delicioso y peliagudo punto medio donde
la paz te reina por dentro aunque estés desfalleciendo, quizás sea la única respuesta a lo que acontece a
esta criatura, no la halla mediante un equilibrio sino por un extremo, al luchar su vida contra su muerte se encuentra con eso que lo envuelve y salva.
La muerte sería lo único que le dé paz.
PoV Tom
¿Pequeña?, de aquello puedo colegir de que me ha confundido con una mujer, no sé si eso me ofende, bueno, en algún sentido lo hace. Pero tengo que considerar que esta señora no posee mucha relación con la realidad, así que eso me provoca que se me encoja el pecho, pero no por incomodidad, sino por lástima, pobre señora.
– Sabía que estabas bien y regresarías, oh mi niña bella, mi pequeña – posé con delicadeza mis palmas
sobre sus manos que estaban en mis mejillas y fui desprendiendo su roce de ellas, algo temeroso pero a
la vez firme, para no lastimar sus sentimientos.
– Kaethe, querida, deja al joven – le dijo el Sr. Z a la dama que reticentemente me impedía alejar sus
manos.
– No, esta vez no dejaré que se vaya, se quedará conmigo, es mi niña – respondió llorosa la señora que
dimití a la acción que intentaba cometer, hallándome de alguna manera atrapado.
– Pe-pe… pe-ro, hemn, señora Z mi nombre es Tho-omas y so-soy un chi-chi-co.– tartamudeé viendo
como ligeramente la expresión en el rostro de la señora iba variando en una de descubrimiento, pena y
un atisbo de desesperanza.
– No, claro que no eres ella… – alejó bruscamente sus manos de mi rostro y adoptó su posición inicial,
en la cual la habíamos encontrado, de cuclillas y con el cuerpo en dirección a las flores. La diferencia era
que ahora se mecía de adelante hacía atrás murmurando frases demasiado bajas como para
entenderlas.
– Ven conmigo un momento – pidió el Sr. Z mientras me señalaba el interior de la casa. Accedí a su
petición tragando saliva intentando no pensar en lo acontecido. – Mi esposa está… ella está enferma –
me miró como esperando mi permiso para proseguir, asentí – desde hace mucho tiempo, y las leyes
aquí son muy explícitas con respecto a ese tema, cuando… cuando una persona no está del todo consciente como ella debe morir – su mirada se congeló sobre mi rostro transmitiéndome mediante amenazas el temor que él poseía, de que su amada muera, no era necesario, yo no iría a divulgarlo.
Las normas son demasiado rectas en ese aspecto, el orden es algo prioritario, siempre en busca de
mantener todo organizado, conseguir la perfección, nosotros como mortales intentamos ser semejantes
a los Dioses.
Por eso el Sr. Z anteriormente no había tenido quién lo ayude, por temor a que esa persona diga algo sobre su esposa, lo curioso es que confió en mí, como a sabiendas de que no sería capaz de decírselo a
alguien.
– Sr. Z, prometo no decir lo de su señora a nadie pero… ¿me permite preguntarle algo?
– Claro, muchacho – me incitó a seguir.
– ¿Por qué yo? Digo, ¿Por qué usted ha confiado en mí? – le expresé mi interrogante mientras fruncía
ligeramente el ceño algo confundido.
– No tenía pensado que veas… lo que viste, no estaba en mis planes – su respuesta no era creíble puesto
que él sabía que su esposa estaba ahí en un principio, he ahí la razón por la cual empalideció cuando
íbamos a entrar en el huerto, pero si me ha dado esta respuesta es porque quiere ocultarme la
verdadera; no soy quien para juzgarlo o entrometerme.
– Oh…– no se me da muy bien esto de mentir pero traté en lo posible de mostrar una expresión crédula.
– Hijo, vos me haz dicho que tu venida a Corinto es por trabajo, ¿viniste solo? – su pregunta me
descolocó un poco, pero su mirada brillosa me dio la sensación de deberle una respuesta a aquello.
– Sí, he venido solo – asintió, presentí que algo más me diría.
– ¿Y su madre? – me dejó frío aquello, ¿preguntó por mi madre en vez de por mis padres? ¿Acaso este
hombre me conocía de algo?
– Ella…se quedó en mi lugar de origen – me quedé cejijunto intentando asimilar lo que sucedía. – ¿Cómo
sabe que sólo tengo madre?
– Lo… supuse – sonrió de manera nerviosa ante su poco convincente excusa. Menuda situación tenía
ahora, que si no intentan matarme, conocen mi vida ¿en dónde me he venido a parar?
– Pero… – iba formulando las interrogantes que me permitirían sonsacar de qué manera me conocía
aquel hombre.
– ¿Haz comido ya? – de la nada la silueta desgarbada y débil de la dama apareció frente a mis orbes
dejándome el pecho oprimido y la palabra que acaba de pronunciar flotando en el aire. Aquellas son las
personas más curiosas que he conocido, me ha dado miedo que aparezca de esa manera, y también la
forma en que reaccionó cuando se percató que no era mujer, pero ahora estaba frente a mí
interrumpiendo con un semblante por demás cuerdo.
– No, no he comido Sra. Z – le respondí posando una mano sobre mi pecho que latía acelerado frente a
la intromisión tan súbita; me encontraba algo resignado frente a la situación, quizás me sea más útil el
tomar el tiempo como instrumento para cavilar sobre todo.
– Entonces ven conmigo a la cocina, te daré algo – bah, que nada pierdo ahora, aparte hambre tengo.
Acompañé a la señora mirando de reojo como el hombre evitaba verme y se iba alejando en dirección a
la puerta, suspiré, esto no iría a ser fácil.
Me ofreció un asiento y dudé de estar en el mismo lugar con la persona que minutos antes había
demostrado locura. ¿Era posible que una persona varíe de manera tan repentina como si nada hubiera
sucedido?
– Oh mira, he encontrado una vasija de plata, como las que utiliza la realeza. Aunque ha de ser peligroso
para el Basilewe y el Príncipe que coman en algo tan brillante que los pueda cegar, pobre niño ¿cómo
estará? – volteé de inmediato hacia la señora, dejando de lado las incoherencias, había mencionado al
Príncipe como si lo conociera, como si fuera un ser querido ¿será posible…?
– Sra. Z ¿Usted conoce al Príncipe? – no reprimí mi interrogante, aquel personaje me era tan
desconocido que me provocaba curiosidad.
– Claro, lo he visto de infante pasar junto a su padre pero sin su madre – mencionar algo que no es
necesario, me resulta necesario de conocer, es como si ella supiese realmente de lo que habla.
– ¿Por qué sin su madre?
– Dicen que murió, pero no les creas, ella vive y le espera – su rostro se giró bruscamente en mi dirección como advirtiéndome con la mirada, como si de algo de vital importancia se tratase aquella frase.
– ¿A quién espera? – no evité preguntar.
– A su niño…, ¿te gustan las patatas? – ¿eso era un poco disimulado cambio drástico de tema?
– Sí, me gustan. Pero dígame señora, ¿cómo es el Príncipe?
– ¡Fantástico! – exclamó alegrosa mientras sujetaba unos cuantos tubérculos y los ponía sobre su
mesilla junto a una cuchilla, no sé si esté bien que una persona como ella utilice punzo cortantes,
intenté acercarme pero me dio la espalda – Era…, era un niño muy hermoso, ese niño era tan bello
como ver ocultarse el Sol
– ¿Habla del Príncipe? – me quedé estático frente a sus palabras, pensé que no respondería a mi
pregunta pero ya se hallaba comenzando una descripción sobre él. Mi curiosidad fue más que me
regresé a mi sitio para oírla atento.
– Sí, sí… él tenía bellos ojos, saltones y claros, como dos pecanas sacadas de sus cáscaras, pero estaban
vacías, como una laguna sin Sol que le alumbre en sus aguas. Él tenía sombras bajo los ojos, pobre niño,
no conciliaba el sueño – ella hablaba con pesar como si lo estuviese viendo frente a ella, como si a cada
palabra desnudase el ser del Príncipe como quitaba la cáscara del tubérculo – su piel, oh su piel
¡pareciera que los rayos del Sol no le diesen! Era pálido, pálido, blanco como una hermosa Luna en
tinieblas y su boquita carmín brillante como un botón de rosa o manzana en su temporada. Él era como
si madre, sí, como su madre – detuvo lo que hacía como si hablara con el viento, como si estuviese sola
perdiendo la mirada en un punto que tendría algún significado para ella.
– La reina habrá sido hermosa entonces – dije en respuesta a su descripción, la cual me sonaba perfecta
como para mi castaño, mas era posible que la Sra. Z haya exagerado en ella.
– Sí, ella era demasiado hermosa, demasiado, pero él no se parecía a la reina, no, él no era como ella –
sola se contradecía. Nada ganaba yo buscándole razón al que no posee alguna más que la usada en
negación. Lo más sensato es seguirle el sentido.
– ¿Lo ha vuelto a ver? – hubo un silencio antes de que retomara las acciones que hacía y volteara hacia
mí, sonriente con las arrugas bien marcadas y el cansancio definido en sus perlas.
– No, hasta hoy – su sonrisa se ensanchó aún más y prosiguió con lo suyo dándome la espalda. Al parecer de esa manera había finalizado nuestra charla.
No puedo formarme una imagen del Príncipe sin pensar en mi castaño, será que ando muy pendiente de este último y termino relacionándolo con todo lo que me pasa, esta idea me hizo reír amargamente, no sé si tan sólo él piensa en mí, me evoca en algún momento, no sé como estará y no puedo evitar sentir
el desagrado ante la visita del aedo a él, ligado a algo más, como si estuviese mal, son las incoherencias
que se me pasan por la cabeza al alejarme de él, esa presión en el peplo y la sensación de no tener aire.
La mente sobre el cuerpo, esto no puede vencerme, él está bien, disfrutando de la compañía del blondo ese y yo aquí imaginando desgracias.
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Su cuerpo se activó dejando de lado el letargo obligado. Se sentía pesado y liviano, caliente y frío, débil y enérgico a la vez. Aún tenía rezagos de lo suscitado, es más, no era propio que utilice tantas fuerzas
como para pararse, lo más recomendable era que se quedara en aquella posición, en reposo, sentado en
el agua ya que le flaquearían las piernas y caería donde estaba hace instantes, y justamente eso acaba de pasar, el vértigo lo tumbó.
– – ¡¿Qué es esto?! – exclamó a voz de grito a pesar de tener la garganta ardiéndole; no solía reparar en
el dolor. Su cuerpo le temblaba mas no de frío.
– No haga movimientos brusco mozo – pidió secamente el estoico mientras vaciaba la esencia de las
hierbas poco comunes a un pocillo utilizado exclusivamente por el Príncipe.
– Se ha excedido con el hachís, eso es lo que ha pasado – respondió el castaño con una sonrisa oculta en
sus comisuras al ver al tan temido Príncipe en aquellas circunstancias, mojado en demasía luciendo
débil, demacrado, incluso podría decírsele, inferior.
– Dejaré hachís entre vuestras posaderas si es que no me sacáis de aquí – amenazó el heredero con voz
gangosa y semblante calmo. Contradiciendo todo lo que antes pensaba Georg, no sabía como aquel
niño, porque era menor que él, podía infundir tanto miedo, así su imagen sea, aparentemente, de un ser
frágil. Así que el sirviente, temeroso, se acercó y lo alzó por debajo de la unión entre los hombros y
brazos sirviendo de impulso para que el otro pudiera levantarse sin caer.
– Espera Georg, déjalo un rato ahí – pidió el rubio aún ocupado en lo suyo – Aún no está bien mozo, no
se ha recuperado y tengo algo para que lo haga –esperó que su amante acomodara al otro de nuevo
para en esa posición ofrecerle la bebida.
– ¿Qué es esto? – intentó inhalar no lográndolo a la perfección al tener ardor en esa zona afectada,
demasiado sensible percibiendo mucho como para discernir en cuál era el aroma de cada cosa en aquel
lugar.
– Vino – respondió con simpleza el rubio. Si éste no fuese un estoico se podría aseverar que poseía un
atisbo de felicidad, o llámese malicia, según como se vea.
Impávido, el Príncipe dio un sorbo.
El otro blondo, de talle más fino, se mordía el labio inferior y yacía a un lado pasando desapercibido;
fascinándose con que el poder, así sea casi una nimiedad, haya vuelto a su amado principito, el cual
ahora, de alguna manera manejaba a su antojo todo lo que le rodeaba. Como si aquella escena y su
escenario se basara en la imagen del joven deliciosamente onírico, poseedor de un rostro impactante de
por sí, agregándole la fiereza y determinación sofisticadamente oculto en sus expresiones, que
aparentemente se cubrían por aquel antifaz de sosiego, conseguían arrancarle más de un suspiro al
pálido rubio. Como si la entrada de luz que colisionaba contra una de las paredes se hubiera puesto
caprichosamente allí, buscando iluminar al heredero, mostrando a simple vista un rostro bello
careciendo de vitalidad pero con ello recalcando su encanto, mas el rubio observaba algo único,
inmejorable, perfecto, él estaba ciego frente alguna muestra de naturaleza como por ejemplo las
sombras bajo sus orbes, o la dilatación de los mismos, el rojizo de sus fosas, su palidez enfermiza, todo
desaparecía o él le hallaba una respuesta que se ajuste a aquello, dándole una razón más para
encomiarlo.
– ¡¿Qué es esto?! – repitió el calado joven mientras expectoraba todo lo ingerido manchándose la
barbilla con el líquido incoloro y dejando el resto sobre el baño en que estaba.
– Ya ha preguntado eso
– ¡Esto no es vino! ¡Esto es algo insalubre! ¡¿Qué me habéis visto la cara de idiota, vosotros dos
garzones?! – imprecó el heredero con tan solo un ceño fruncido como señal de alarma. El blondo dio un
brinco por el sobresalto atrayendo las miradas de todos los presentes – pero qué…
– Ya sas, Príncipe – farfulló el blondo con las mejillas coloreadas a lo que éste, en respuesta, sonrió
ampliamente con la malicia notándose.
– Andreas, ¿ése es tu nombre, cierto? – su pregunta no tenía el tono de curiosidad o atisbo de duda, era
una afirmación planteada para intimidar, la reacción que consiguió fue estremecer el cuerpo del
contrario. Extendió el brazo vertiente de agua dando aquello como aviso para que el castaño lo ayude a
levantarse, culminado lo mencionado optó por secarse sin quitar la vista del que lo idolatra, como una
serpiente encandilando a su presa, tras desaguar su melena con paso aún tambaleante pero
contradictoriamente se seguro se acercó a él – Me hubiera dicho antes que tenía visitas, que malos
modales los vuestros – regañó a sus sirvientes sin convencer a nadie con su actuación.
– Vine porque vos fue a mi morada ayer – justificose el blondo con notoria inseguridad.
– Sí, sí, a lo nuestro. Acompañadme a mi recámara – pidió con falsa dulzura el Príncipe para guiar el
camino, aunque poseyera dolores y esté con estragos no se permitiría a sí mismo lucir débil y sucumbir
frente a las insulsas falencias del hombre, ya que afirma ser un mortal pero no cualquier mortal, sino
uno que se basa en la vida de placeres, donde cada ser humano es una forma diferente de obtenerlo.
Dejaron a los perteneciente a la servidumbre atrás y con aquel paso pausado llegaron a la habitación del
heredero, el cual apenas entró se acomodó laxo en su lecho, mostrando esa sonrisa aún más amplia al
ver al otro con un destello rasgándole los ojos.
– ¿Asuntos? – cuestionó el castaño quitándole del ensueño al blondo.
– Hehmnn, ya se lo he mencionado, vos fue ayer a…
– A saber de Thomas – interrumpió el otro.
– Sí – afirmó cortado el blondo, incómodo frente a la razón que le uniese de nuevo a la causa de su
veneración.
– Pues bien, – sonrió de nuevo – hablé ya con el extranjero y vayas cosas interesantes que posee, eso
resume a que sus funciones básicamente han sido suplidas, de manera qué, no hay una gestión entre
vos y mi persona – su voz salía de manera rápida y sin desniveles en el tono, resonando en la mente del
blondo, siendo convertida aquella frase en su mente con un “aléjate”.
– Pero…, aún lo tendré en mi hogar hasta que sea la hora de la celebración, eso supone que vos tendrá
una deuda conmigo – optó por decir como última opción al encontrase aturdido con la sola idea de no
tenerlo que ver de nuevo. El otro estaba inalterable, como siempre, cosa que logró incomodar, otra vez,
al blondo.
– ¿Deuda? ¿has dicho deuda? – rió como si la voz se le fuera en ello, haciendo temblar al otro conforme
las risotadas eran expulsadas de sus labios. – ¿Qué podría pedir un miserable como vos al cuál le he
perdonado la vida anteriormente?
– Yo…, yo… –ofendido y azorado el blondo no encontraba palabras con las cuales describir su sentir,
como declararse – no busco lucir como uno que aprovecha las circunstancias, no deseo vuestro oro, yo…
– Ohhh…, ya veo por dónde te dirigís – dijo el Príncipe sonando, aparentemente, comprensivo. – Venid,
venid, acércate, me hacéis tamaño favor haciéndolo – su voz demandante en armonía con sus
ademanes con la mano lograron que el otro, obedientemente, aceptara su petición acortando la
distancia en ambos e incluso sentándose en sus aposentos cuando éste le indicó aquello – Si no es por
oro, ¿Por qué es? – preguntó bajito posando los ojos en el otro.
– Quiero…, lo que en verdad deseo es que vos…, yo una vez vine y usted… yo – el otro lo interrumpió
dejando sus largos y finos dedos sobre los labios del contrario chistándole en el oído.
– Lo que deseas es que te haga evocar aquello, ¿verdad?. – interrogó sugestivamente el castaño
provocando que su acompañante cierre los ojos y trague saliva. Pasó su palma cadenciosamente por el
rostro del blondo, consiguiendo que un suspiro exhale haciéndole estremecer con el tenue roce – Buscas
que te dé por culo, ¿no es cierto eso? – asintió en respuesta olvidándose de su dignidad al éste estar
acariciándole por doquier – Dilo
– Yo…quiero que… me folles
– Humnn no escuché eso a voz de grito, y eso es lo que quiero – demandó el Príncipe tanteando bajo la
túnica del blondo causando el sonrojo en sus mejillas y que gotas de sudor le escarcharan el rostro.
– Quiero… quiero… – ingería sus fluidos al sentir aquel tacto frío característico del Príncipe sobre sus
muslos, evitando mirarlo pero a la vez deseando admirar esa mirada lujuriosa y posesiva que lograba
expresar el castaño. Así que sus azulinos orbes estaban en una disyuntiva mientras que las manos del
otro habían encontrado lo que buscaban haciendo que el resultado de sus dudas sea abrir los ojos en toda su extensión esbozando una exclamación aguda.
– No lo escucho – musitó el castaño recargando sus palabras y acompañándolas con un movimiento
dolorosamente placentero para el aedo.
– Que… que quiero… – se trababa con sus palabras al no poder pensar en otra cosa que no sean esa
palma cubriendo su carne henchida de sangre presurosa que buscaba agitarlo y nublarle el
pensamiento, esas manos, oh aquel roce tan esperado por él.
– ¡Gime perra! – le gritó en el oído.
– ¡Quiero que me folléis! – dio como respuesta el rubio al lagrimear por la fuerza frenética que poseía la
muñeca del Príncipe.
– Ohhh… ¿ves que no es tan difícil? – preguntó perversamente el castaño alejando su mano de aquel
sitio que estaba al límite provocándole jadeos y esa incómoda sensación de no llegar – ¿Quieres que te
la meta, no? Así estarás tranquilo… pues verás querido que… ¡SI QUIERES UNA POLLA TE CORTARÉ LA
TUYA Y LA METERÉ POR TU CULO PERO NO VUELVAS A PEDIRME ALGO, IMPRUDENTE! – soltó el Príncipe
con expresión tal capaz de asustar al que lo ha visto todo y hacer quitar los ojos al que nunca ha visto
nada, llevándose con sus palabras la calentura del aedo, bajándole de golpe la erección dejada a medias.
– Yo…yo
– Vos te iréis de aquí a cuidar a Thomas que si no lo hacéis me enteraré y te daré muerte,
personalmente, así que eso ya es mucho para ti, ¿no? Insulso sodomita – terminó de decir para
acomodarse sobre su lecho de nuevo volteando a ver la retirada del Andreas el cual reprimía el llanto
sumido en la humillación recibida.
“¿Amarlo? ¿A esa aberración? ¿A ese monstruo? ¡Imposible!”
Hasta el mismo comenzaba a dudar de si podría darse el caso. Pero no sólo en el aspecto de poder amarlo, sino también en el de ser correspondido ¿Alguien como su principito podría amar? Es más, ¿alguna vez lo hizo?, ¿él podría ser aquél que lo encante de tal manera para que pueda amarlo? Eso quería pensar, mas desistía conforme la situación se formaba ante sus ojos, el único rastro de cuidado o buen trato que ha demostrado el Príncipe alguna vez, según el aedo, es hacia Thomas, ese desgraciado forastero que sería el próximo menester del mozo, ese niño inculto hijo de hetaira, ese arpista simplón, ese que no conoce lo no le alcanza a la vista, ese sucio miserable, un indigno de la nobleza por naturaleza, ahora lo odiaba más, porque él sentía que el culpable de esos tratos del Príncipe hacia él residían en ese niño, ¿Por qué él tenía que destrozar las bases de la fantasía de Andreas? ¿Por qué él tenía si quiera que cruzarse en el camino de un ser como lo es Wilhelm, el Príncipe, el mozo, el niño Bill?
Aun sea algo desconocido para el resto esto ya tiene una sentencia, más allá de lo que los simples mortales podamos ver…
Continúa…
Gracias por leer