“Podemos quedarnos para siempre, nuestro amor angustiado será todo lo que tenemos. Y voy a salvar su vida. Está sucediendo de nuevo, lo que está sucediendo de nuevo.”
(In her tomb by the sounding sea – Alesana)
“Destino” Fic de Maggot
Capítulo 13: Ellos
& Corinto &
PoV Tom
¿Le ha pasado alguna vez?
¿El partírsele la cabeza mientras los párpados te impiden ver el mundo y hasta el aire se te es denegado?
¿Le ha pasado alguna vez?
¿El estar en ese punto intermedio entre la conciencia e inconciencia?
¿Le ha pasado alguna vez?
¿Vagar entre el dolor incesante en varias zonas del cuerpo cuando no se puede ni procesar pensamiento?
¿Le ha pasado alguna vez?
¿El rememorar toda tu vida viéndola demasiado miserable mientras te sientes de igual forma?
¿Le ha pasado antes?
¿El buscar huir de todo con esa carroña pudriéndosete dentro?
¿Le ha pasado antes?
¿Sentir ese brote salino salírsete de tus cuencas sin poder detenerlo y desconociendo su significado así aparezcan miles de razones?
¿Le ha pasado antes?
¿Pasar por el tortuoso placer del egoísmo y estancarte en él sin hallar la forma de huir?
No, no me gusta esto, no me es grata esta sensación, esta pesadez, estos dolores y malestares. Nunca me había sentido tan débil y expuesto, por más golpes que haya recibido desde pequeño no hay mañana, tras los porrazos, que se compare a ésta, a esta aflicción latente. Me siento algo patético al quejarme en demasía pero es que no puedo evitarlo, es tan doloroso que lagrimeo, como si de adentro hacia fuera se extendiera, alternando la agonía tanto física como interna. No puedo abrir los ojos, como
si me hubiesen cosido los párpados a los pómulos.
Aún no entiendo cómo es que esto me ha pasado.
Tengo escuetas imágenes sobre lo que me ha acontecido. Un golpe en la negrura, olores fuertes y luego
la desaparición de los mismos abriendo mis orbes frente a un espacio en el cual los colores poseían un
aroma y las formas podían sentirse sin ser rozadas, el mundo cogía hasta el detalle más ínfimo de tu
entorno en el cual te perdías, mas vino el mal, aquél que había quitado la vida y venía a mi encuentro
para atormentarme, entre esas formas lo supuse así y mi conciencia me jugó una mala pasada, si
hubiera sido algo real, o mejor dicho, si hubiera estado más despabilado me habría alejado, sí, ¿Qué
ganaría con cometer el mismo error? ¿Qué acaso ello no me haría igual a él? ¡Qué desgraciado ha de ser
mi Destino! Pero aquello no culminaba allí, sino que luego apareció mi hermoso castaño dejándome
cegado ¿Cómo habría aparecido allí? ¡Evocar todo aquello me es tan lacerante!
¡Desventurado soy yo! ¡Qué la envergadura de la presencia de Wilhelm era la cual mis perversos orbes
intentaban ocultar bajo la apariencia de un muerto! ¡Por ello me encuentro aquí!
Dispuesto a dar frente a todo, dejando a un lado mis quejas, súbitamente abrí mis ojos creyéndome
preparado para ello pero no para ver a un rostro delante del mío casi chocando. Ojos que escrutan mi
faz de manera tan indiferente como descifrar si lloverá o no, apagados e inmutables, facciones que eran
dolorosas al buscar relacionarlas con algo, viniendo a mi mente momentos como… aquella vez que el
joven castaño visitó al aedo y no lo encontró, ¡porque éste era uno de los que lo acompañaban! ¡el que
era rubio, el estoico, el sirviente del Príncipe!
– ¿podéis alejaos un poco de mi rostro? – pedí con una voz irreconocible, que fruncí mi ceño al
escucharla. Me hizo caso y se sentó a un lado, ¿Por qué no se iba? Digo, no era su cuarto, pero si vamos
a ello, tampoco es el mío, claro, éste tiene más derechos al ser el sirviente del Príncipe.
– El Príncipe quería enteradse se vuestro estado tras lo sucedido anoche – respondió y a pesar del dolor de cabeza y cuerpo me así a la idea de sentarme lográndola concretar pero ni hablar de la deformación
de mi expresión facial frente al dolor, ni el pequeño gemido que expulsé casi inconscientemente.
– ¿Qué tiene que ver el Príncipe con lo que sucedió anoche? – una voz, una petición, ¡el otro castaño de orbes verdes dejando un certero golpe que me sumió en la inconciencia! – es más, ¿Qué sucedió anoche? – tragué mis fluidos al desconocer la respuesta y no poder ni atinarle con una hipótesis al tener mi interlocutor una expresión muerta.
– Era de esperarse – volteó el rostro como si no le interesase en lo más mínimo ¡Que tenga el tino de
fingir si quiera! – preguntádselo a el mismismo Príncipe si lo deseáis. Ahora arregladse porque él quiere
saber de vos. Poseéis la particularidad de contener aire mientras duermes dando la impresión de haber
muerto, por eso te observaba
– ¿Pero qué…? – me dejó con la palabra en la boca puesto que se retiró sin más.
Me encontraba aún más confundido. Se suponía que había venido a conocer el Príncipe, a pagarle los
favores que éste me ha hecho, por eso entonamos los poemas con Andreas, el cual por cierto no sé en
dónde está, pero de allí sucedió todo eso que nadie me termina de aclarar.
Entonces, los sirvientes del Príncipe conocen a Wilhelm, son… ¿sus conocidos?, aún no entiendo la
relación que tienen con mi castaño ni tampoco la que él tiene con el Príncipe, por eso se reía cando le
pregunté dónde vivía, porque lo hacia junto al Príncipe. ¡Qué gran lío es esto! Por un lado me alegro de
poder pasar más tiempo con el castaño, para resarcir, de alguna manera, mis errores para con él; borrar
aquella mala imagen que le he dejado va a ser mi compromiso, aunque él me pidió ayer con una voz
queda “Quédate” y ohhhh para mí fue algo maravilloso, aunque a la par, doloroso porque no he sido un
buen amigo. Debería hacer caso a lo que me ha dicho el estoico y alistarme para ver al Príncipe.
Eludiendo todos los pensamientos y dolores me levanté de aquel lecho reparando con una mirada de
reojo que había otra túnica sobre la piesera. La sujeté entre mis manos, notando su textura suave, y
reconociendo aquélla como fina ¿otro regalo del Príncipe quizás? Sin meditar mucho sobre ello me lo
eché por sobre la cabeza tras deshacerme de la que tenía puesta, pasando de mi aroma el cual sentía demasiado fuerte, pero ha de ser normal ya que también me siento mareado al caminar, mis sentidos no están bien.
.
Al salir de la habitación estaba aquel sirviente allí parado a un costado y, sin más, se movió, supuse que debía seguirle así que lo hice.
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Me pesaban los pies como nunca, mis ojos los sentía arder y lagrimeaban de nuevo, un mal sabor de
boca, y ese martilleo en la cabeza. Sinceramente espero que el Príncipe me ofrezca respuestas.
Mantenía mis ojos fijos en la espalda del otro para no caer a un lado o desviarme, era como no tener
conciencia plena sobre la superficie, tras un tramo un olor conocido se posó bajo mis fosas: sangre y
carne humana.
¿Un muerto? No, eran más de uno, demasiado concentrado el hedor como para sea sólo uno. Y ese otro
olor ¿Qué era? ¿Acaso era una calcinación de cadáveres? En Tebas al no poseer monedas para dar
sepultura digna a sus muertos, los incineraban, estoy habituado a ello, me han pagado anteriormente
para hacerlo pero ¿Qué hace ese olor en el palacio?
– Allí está – justo nos detuvimos donde el olor era más fuerte.
Frunciendo el ceño entre incomodidad, confusión y por el hedor seguí la dirección de la mirada del rubio
estoico y me encontré con un espacio abierto, no dando hacia al entrada, sino como un patio oculto que
daba hacia el bosque, pero lo que llamaba más la atención en aquel cuadro era toda esa humareda que
provenía de ese tumulto de, podría casi jurar, cadáveres.
Una silueta estaba espigada de espalda a nosotros, con el cabello castaño siendo acariciado por las
brasas, y la piel de alabastro siendo rozada por ese vaho. ¿Cómo no reconocer esa esbelta forma?
Utilizando el dulce placebo del olvido, me sumí en aquella presencia sin reparar en nada. Me acerqué un
tanto temeroso y posé a su lado admirándolo, como si de una figura de mármol se tratase.
En sus ojos resplandecía aquel fuego, mas eran como simples espejos, ya que no expresaban más que
eso. Sus facciones finas dignas de contemplación miraban aquel humo el cual me hizo toser. Aquello
bastó para despertarlo de su trance.
– Thomas…,¿habéis dormido bien? – no era propio decirle que caí dormido apenas me dio un cuarto,
tampoco presto era mencionar el dolor que padecía. Su sonrisa refulgía en mi manto de los infortunios,
apagando así cualquier malestar.
– Sí – respondí con simpleza aun picándome la garganta por lo que el otro, notándolo, me hizo señas
para que ingresemos al palacio.
– Perdón, ando algo distraído – dijo sin mirarme, eso me obligó a ver otro lado que no sean sus ojos,
posando los míos en ese cuello suyo tan largo y fino, ahora con marcas que le había dejado.
– Pensé que el sirviente del Príncipe me había llevado donde aquél, ¿sabéis dónde está? – pregunté
reparando en aquel detalle.
– Hahahahhahaha, querido Thomas, ¿Qué no es obvio que mi sirviente hizo lo que te dijo? – posó sus
almendras centellantes sobre mí impidiéndome el procesar las ideas con claridad, mas ese destello que
brillaba era.., sus palabras, entre ellas… ¿mi sirviente dijo?
–¡¿Vos sois el Príncipe?! – bramé con todo el tino del que hace un descubrimiento, quise lastimarme de
alguna manera pero sólo dejé que se colorearan mis mejillas frente a la imprudencia.
Resonando su risa, pues sí, quedaba como un ingenuo frente a él.
¿Sería posible? ¿Todo este tiempo? Entonces, por eso sabía que me quedaba con el aedo, porque él
mismo había mandado aquello. Todo este tiempo fue él, el que se preocupó por mí, el… ¿el Príncipe
sodomita? ¿el que tenía un entrever con Andreas? ¡Debo dejar estos pensamientos de lado! ¿Qué más
estoy dejando escapar? Es el que vi ese día que me atacaron, porque él lo evitó, evitó que me mataran,
se tomó la molestia de darme facilidades por todos los medios, en cierta forma, utilizó al aedo, ¡quiere
decir que Andreas no le interesa! Pero si… Andreas no le interesa, ¿le intereso yo acaso? ¿ya mencioné
que él era sodomita?
– Hemn, disculpe, ¿Dónde está el aedo? – pregunté al ver que el momento de cavilación había dejado
un silencio incómodo. Lo vi sonreír y mirar hacia la humareda que estábamos dejando atrás. ¿A dónde
nos dirigíamos?
– No supe de él, ya deberéis conocer sus gustos, es una persona muy promiscua, de seguro aprovechó tu ausencia para irse con uno de los presentes, lo único que hallé fueron sus ropajes, pero los quemé junto
con las otras cosas innecesarias ¡lo que diría mi padre si viera aquel desastre! Por eso debí hacer aquello
– otra sonrisa, pero a pesar de verla sincera y bella, no me convencía, ese lugar olía a cadáveres y a
carne calcinada, a menos que sea otra cosa lo que queme, ¿dijo innecesario, verdad?
– Si no es mucha la molestia, ¿podéis decidme que son las “otras cosas innecesarias”?
– Los restos de comida, de la celebración de ayer, tanta carne desperdiciada no la vi como abono y,
antes de atraer a lobos, preferí quemarla – eso…tendría sentido, pero el olor a cadáveres, tan
perceptible aroma, hedor característico, pero ¿Qué digo? Esta criatura ha pertenecido siempre a la
nobleza, no sabe lo que es la vida del pueblo, no ha sufrido ni pasado por lo que yo entonces no tendría
porqué reconocer el hedor a muerte, es demasiado inocente como para que lo conozca – ¿Por qué,
Tom? ¿Te molesta mucho el olor? – su rostro tan delicado siendo deformado por la preocupación por mi
persona, le sonreí.
– No te preocupéis – ahora advierto en que me ha dicho Tom, y eso aumenta la anchura de mi sonrisa bobalicona.
– Es que añoro pases una buena estadía junto a mí – ¿junto a él?
Miré al suelo un momento notando incluso la diferencia en el caminar que teníamos, el fino y equilibrado, yo un poco más y separo mis piernas tres pies, sin contar la repartición de mi peso entre mis piernas, él es también alto, incluso más que yo, y, a pesar de estar algo desgarbado, no pierde ese donaire al andar.
– Ya está perfecto junto a ti – no, eso no acaba de salir de mis labios ¿en serio? ¿no podría hacer más
perceptible mi papel de idiota en este momento? Me arden las mejillas de imaginar la expresión que ha
de poner.
– Lo mismo digo – sus dedos levantaron mi rostro obligándome a mirarlo mientras esbozaba aquella
frase de correspondencia. Tenía los orbes castaños entrecerrados dando esa atracción y misticismo
seductor. Sus labios cincelados en su rostro, entreabiertos, apetecibles… – Vayamos al bosque –
abruptamente me soltó y guió el paso dejándome atrás, con las palabras trabadas en la garganta y la
forma de sus labios carnosos rondándome la mente ¡Pero qué pienso! Algo, decepcionado quizás, abandoné mi posición quieta y le seguí el paso. Algo me decía que este Príncipe le seguiría a dónde vaya así sea hasta el Inframundo.
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Los olores de mi entorno, ya apreciables al estar alejados del palacio y humareda, se conformaban por
aire fresco que inunda tus fosas abriéndose camino por tu garganta hasta llenar tus pulmones, las flores,
aquéllas caprichosas que dejaban su llamado a ser absorbidas al oler su fragante aroma, todo ello
pulcro, mas en este instante me resultaba repulsivo.
Las arcadas me eran, a cada momento que pasaba, más consecutivas e imposibles de ignorar, buscaba
expulsar hasta lo que no había ingerido, tanto así que de vez en vez me veía obligado a detenerme a
sujetar un árbol par acompasar mi respiración, en reiteradas ocasiones, durante ese momento, mi
castaño intentaba socorrerme con esa carita tan suya que trasmite ternura, pero por lo mismo, no me lo
permití, no quería herir mi orgullo.
¡Maldito dolor de cabeza! Me latía y la sentía partírseme en cualquier instante. A pesar de ello, seguí a paso irregular el camino que Wilhelm trazaba, ni podía observarle con claridad.
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Otro momento más, mis huellas dejadas en la totalidad de otro tramo de tierra, y su melena resplandeciente por el Sol dejó de agitarse con aquel compás, para abruptamente caer flácida sobre su cabeza, con esa ductilidad característica de sus ondas finas y cuidadosamente cepilladas, a diferencia mía que lo hago de vez en vez por hábito, pero suelo dejar mi cabello libre y desenredarlo con los dedos, en definitiva, no podría haber más contrarios, pero ahí estaba el gusto, su delicadeza y trato suave, su hermosa faz, todo de él me era ciertamente necesario, pero ahora no tengo la capacidad de ahondar en mi inusitada “obsesión”, ¿obsesión? No, ¿Cómo llamar obsesión a algo tan bello? Es insultar con un
burdo término lo indescriptible que es mi día a día al pensar en él, sería ofensivo seguir discerniendo
sobre el tema cuando una sensación desagradable me azota el cuerpo, pero debo acotar que pudiendo
estar dormido estoy a su lado, en el estado que sea.
Este aroma, sonido, ambiente denso tan familiar… ¡Era el lago! Un momento íntimo y
contradictoriamente indirecto que compartí con el bello mozo que tengo delante. Me maldigo de nuevo
al no estar en un óptimo estado para evocar aquel instante. Trato de enfocarme en su rostro yo no en
las aguas oscilan buscando marearme.
– Este lugar es… lindo –dije cerrando mis ojos un instante.
– Sí, lo es – en la velocidad de un parpadeo me encontraba tendido sobre el prado, con la espalda
doliendo por el impacto, una exclamación siendo expulsadas de mis labios, el latir más pronunciado en
mi cabeza, mi expresión contraída y un peso sobre mí, más que nada, acentuado sobre el pliegue de mis
brazos y sobre mis piernas.
Me demoré en abrir los ojos, observando ese rostro casi sobre el mío, el de Wilhelm, el Príncipe. De
inmediato se coloreó mi rostro y mi respiración se aceleró. Sentí el movimiento de sus piernas,
alejándolas de sobre las mías y apoyándose de rodillas sobre el suelo, sí, a cuatro patas sobre mí, tragué
saliva. Su rostro algo elevado, con esa mirada brillante, esas perlas oscuras derretidas en sus cuencas,
esos labios ligeramente abiertos y en movimiento, al expulsar ese aire cálido que me rozaba el rostro
sutilmente, inconcientemente, como a aquello me llamase, mi faz se estaba impulsando a la suya, como
buscándole sentir más de cerca, si se puede, con sus miembros aplastando los míos, su calor, sus formas
sentidas por las mías de alguna manera, con un temor latente ¿A qué? Al rechazo, a que me sea
denegado estar cerca de su presencia.
– No quería utilizar este método pero me obligas a ello – esbozó, una sonrisa le siguió a la frase y el peso
de una de sus manos sobre mis brazos se esfumó, notando que ahora acercaba su palma a mi rostro…
sujetando mi mandíbula consiguiendo apoyar mi cabeza en el prado, me sonrojé aún más al creer que se
debía a mi cercanía, mi mirada se clavó en el cielo azulino, no pudiendo verle más y sin atreverme a
moverme de ese sitio a pesar de estar algo incómodo. Sentí que algo se posó en mi pecho – controla tu
respiración – era su cabeza, estaba oyendo mis latidos, mi faz estaría rojísima al notar excitante eso –
hazme caso, cierra los ojos… – obedecí pero seguían sonando mis latidos ruidosos y desesperados, no
por miedo, sino por tenerlo prácticamente sobre mí, tan cerca, serían nervios.
Me gusta cómo huele, casi puedo probar el sabor de su piel de esa manera, me gusta la presión que
ejerce, ligera en verdad, su piel tan clara, sus labios tan llenos, sus ojos llamativos, su cabello que cae
alrededor de su rostro en ondas, su todo.
Después de un momento logré apaciguar mi respiración y a habituarme a su cercanía ya que me resultó
cómoda, algo que me pareció muy extraño, como si antes hubiera estado con él así, en esa posición, tan
juntos, mas era imposible, con ninguna persona he mantenido algún contacto parecido.
Al parecer el sólo oír y oler me resultaba relajante, las nauseas se habían disipado y el dolor de cabeza era asimilable. Mas la burbuja en la cual me había sumido se reventó al él levantarse de sobre mí,
extrañando mi cuerpo el suyo. Aún adormilado fruncí el ceño sin desear abrir los ojos mas era presto
hacerlo.
– ¿Aleteas tus pestañas cada vez que intentas ver? – esa pregunta me tomó desprevenido ¿en serio ha
dicho eso?
– Sí, ¿no todos lo hacen?
– Es que las tuyas son… largas y…, no me hagáis casi. Anoche vos hicisteis lo mismo por lo que me
pareció curioso – anoche, las dudas, el tema que debía aclarar.
– ¿Qué sucedió anoche? – inquirí buscando sonar de forma casual, mirando a un costado mientras me
acomodaba sentándome.
– Un error de mi sirviente, ya castigado está. No os preocupéis por minucias. Mis condolencias por lo
suscitado, por lo que te aflige hasta el día de hoy, todo es culpa mía, son mis sirvientes, mi
responsabilidad, sus errores son los míos – agachó la cabeza y sentí un deje de tristeza en su voz ¿acaso
tiene mucha importancia lo que sucedió por más inexplicable que sea? Él me dice que se siente
culpable, como hombre se quiere responsabilizar de todo, eso demuestra mucho de él, que a pesar de
su apariencia frágil posee entereza, aunque ahora me enternezca su imagen débil y ¿llorosa? ¿Son lágrimas aquéllas? Sólo observo como caen al sus fibras castañas ser un manto oscuro sobre su expresión.
Me acerco con la disyuntiva de si tocarlo o no, un pequeño roce de ánimo podría bastar, mas no sé si es debido.
– ¿Qué os sucede? – sus orbes brillosos y rastro salino sobre sus mejillas sonrosadas, su labio inferior temblándole, ¿le he hecho llorar?
– No… – su frase se cortó con esa palabra volteando el rostro secando sus lágrimas con el dorso de su mano y sorbiendo su nariz, como si intentara borrar su dolor – no un… Príncipe no debe demostrar estas reacciones, no debería ni sentirlas pero… todo es tan repentino, mi padre ha dicho que debo ser el mejor en todo, un ejemplo de la nobleza, mas hay cosas ínfimas, como controlar a tus súbditos, las cuales no puedes cumplir ¿Cómo dirigiré al pueblo? Tengo el deseo… ¡Oh sí! L deseo de borrar esa
imagen mal hecha que tiene el pueblo sobre mí, lograr hacer mejores cosas que las que ha hecho mi
padre pero ¿Cómo? Soy un simple mortal incapaz de manejar correctamente a su séquito – mis palabras
habían desencadenado pensamientos suyos, dándole una respuesta que esperaba para menospreciarse.
Aún es joven y uno siempre puede aprender, él no conoce al mundo exterior, a esa cruda realidad que
implica la vida, espero que nunca sufra como yo, no quisiera que su mente se perturbe ya que tiene
buenas intenciones en su mente. Le sonrío y poso mi mano sobre su hombro, atrayendo su mirada hacia
mí, no quiero verlo así.
– Eres bueno Wilhelm, eres muy bueno, y lo que me ha sucedido puede evitarse, esto te volverá más
cuidadoso, estoy bien, sólo me duele la cabeza, pero nada más. Vas a ser grande, ten confianza en ti
mismo – le palmeé el hombro con la mano que tenía allí, una hermosa sonrisa iluminó su tez y luego me
vi envuelto en un cálido abrazo.
Mis ojos abriéndose desmesuradamente, mi corazón nuevamente acelerado, y su cuerpo suave en
contacto con el mío, nuestros pechos juntos.
– Gracias Tom, me habéis dicho lo que necesito oír – dijo con voz baja casi sobre mi oído, sus labios al
moverse acariciaban el lóbulo de mi oreja, ese aliento rozando mi piel, ese aliento erizando mis vellos y
sus cabellos provocando un cosquilleo en mi nariz, que aroma tan grato, más fresco que la mismísima
agua. Se alejó de mí algo sonrojado – perdón
– No… te preocupéis – le respondí también azorado, como si el agua fuera lo único que pudiese ver.
– ¿Quieres mirar al lago de cerca? – interrogó mi castaño y, ya sin mareos, asentí. Juntos nos
aproximamos al borde viendo nuestros reflejos en ella.
Algo, como siempre que estaba junto a él, me tenía intranquilo. No había apreciado antes la imagen de
nosotros dos juntos, me dio un estremecimiento al notar que el corte de nuestros rostros era el mismo,
los ojos, algo en ellos, aunque la mirada fuera distinta poseían algo similar, la nariz…, bah, desde que he
venido aquí a todo aquel que observo le encuentro un parecido a mi persona, inclusive al Sr. y Sra. Z, de
seguro es lo mismo.
– ¿Te puedo decir algo? – pregunté poco convencido y ala vez sorprendido al expresar mis dudas.
– Claro
– A veces pienso que nos parecemos… físicamente hablando, pero no me hagáis casi…
– ¿Sabéis? Esa idea también se me ha pasado por la cabeza – no bastándome su imagen reflejada en el lago lo miré fijamente, no era el único que mantenía ese pensamiento ¿sería posible aquello? Sonrió,
sus ojos empequeñecidos por el gesto tan infantil y hermoso – eso lo hace más divertido, ¿no lo crees
así?
– ¿divertido qué? – no entendía a qué se refería pero me causaba cierta gracia.
– La razón por la cual estáis aquí – respondió volteando el rostro, dibujando su perfil bello frente a mis
orbes.
– ¿Aquí, en el lago? – seguía sin comprender, me mantuve expectante mientras lo contemplaba.
– No, por la cual estáis conmigo – “conmigo” de nuevo dijo aquello que me hace arder las mejillas.
Significa estar junto a él, el porqué me ha dado todas las facilidades.
– ¿Cuál es esa razón? – mi curiosidad pudo conmigo.
– ¿En verdad queréis saber? – una intensa mirada de reojo por su parte me paralizó, me hizo sentir un
escalofrío, desconociendo la razón. Preferí no pensar en ello y… no enterarme más.
– Hummnn creo que mejor no – dije dubitativo mientras tragaba saliva.
– Sí, mejor no – siguió mirando el lago, pero no por evitar mi mirada, era cómo si quedara absorto frente a algo, como una especie de fascinación algo enfermiza.
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– Hey… – se me vino algo a la mente.
– ¿Qué? – se mantuvo en esa posición.
– ¿Por qué no te gusta que te llamen Bill? – lo que deseaba saber es porque si se lo permitía a Andreas.
– Yo tenía primos, y la mayoría de ellos me tildaban de débil porque era el menor. Detestaba que me llamen Billy – había algo confuso, su tono no variaba a pesar de estar rememorando algo que lo molestaba y no pasó de mí la palabra “tenía”.
– ¿Qué pasó con ellos?
– No lo sé…, quizás se casaron o… murieron, la gente suele hacer ese tipo de cosas ¿no? – ¿no sabía de
su familia? ¿Cuánto tiempo no veía a sus primos? Yo nunca conocí a más familia que a mi madre ¿Qué se
sentirá compartir con tu familia?
– ¿Ellos eran muy malos contigo? – me atreví a decir viendo como se tensaba de pronto.
– No lo sé, eran como cualquier primo supongo. ¿No tenéis familia? – agitó sus pies sobre el agua
haciendo que esta se mueva, rompiendo nuestros reflejos.
– No. Sólo mi madre – veía como la fina capa de vellos rubios de sus piernas se humedecía como sus
finos dedos rasgaban el pasto bajo ellos.
– ¿Ella es hermosa?
– ¿Quién? – lo vi, seguía observando al agua agitándose por sus movimientos hacia delante y atrás de
sus piernas.
– Tu madre, ¿es hermosa?
– Hemnn, sí. Tiene… manos delicadas y pequeñas, ojos como los míos, cabello castaño ondeado que a la
luz del sol parece rojizo, la piel la tiene muy suave, las cejas delicadamente cinceladas, y una hermosa
sonrisa…, ¿y la tuya? – la imagen de mi madre me parecía tan clara en este instante.
– Era blonda, piel blanquecina y de manos suaves, no me acuerdo de su rostro. Murió cuando tenía dos
años creo – tragué saliva, era verdad, la Sr. Z me había dicho que la madre del Príncipe había muerto,
pero lo dijo de manera extraña como si viviera, no me acuerdo con exactitud.
– ¿y… de qué murió? – me arriesgaba demasiado al ser tan osad pero es que todo esto me causaba una
curiosidad difícil de aguantar.
– No lo sé – ¿no saber de qué murió tu propia madre? ¿Qué acaso aquello no le interesaba? Está bien
que no tenga muchos recuerdos de ella pero… no soy quién para juzgar yo no sé de qué murió mi padre.
Me sorprendía la frialdad con que hablaba del tema, ni un ápice de lamentación.
– No comprendo porqué la gente te tiene miedo, digo… eres bueno y eres… hermoso – sonrió, él sí
podía sentir, no era frío, yo tampoco lloraba por mi padre mas que cuando estuve solo tras los golpes de
mi padrastro. Quizás a él le gusta demostrarse fuerte, así como ahora, me muestra esa bella sonrisa en
sus labios, me incita de devolverle el gesto.
– ¿En serio lo creéis? – ¿acaso él desconocía la belleza tan grande que poseía?
– Por supuesto – solté una risa nerviosa ahora que su mirada estaba sobre mí, me observaba como al
lago, absorto y fijamente.
– Vos también sois muy bien parecido con esas cosas que te cuelgan del cabello y ese bronceado acorde
con tu musculatura – me sonrojé y miré al lago escuchando su risa contagiante que en este momento no
hacía más que ponerme más rojo.
¡Me había visto! No como yo a él, pero si observado lo suficiente como para notar cómo es mi cuerpo.
Tragué saliva, esto tenía algo… como morbo, algo que me hacía sentir como halagado, apreciado,
¿correspondido quizás? ¿correspondido de qué? De esta sensación que me atormenta de manera
deliciosa, tortuosa pero placentera ¿Qué decirle? ¿Qué se me antoja probar sus labios? ¿y si quizás a él también? No me atrevo a mirarlo ahora, porque siento que aún sus ojos están posados sobre mí. Ingiero
mis fluidos de nuevo y titubeo ¿Qué decir? ¿Qué se dice tras una frase cómo esa? ¿Qué sigue a este
momento tan especial? No creo que sea el simple contemplar del agua con los reflejos del Sol, el oír los
pájaros cantar, el viento mover los arbustos, debe haber algo más.
Lo observo como preguntándole y al ver su faz todo se esfuma. Quizá sólo siga aquello, contemplarlo
mientras me corresponde la mirada, no ha palabras, ni acciones que salgan a fuerzas o muy
racionalizadas, algo tan simple como ver, como captar la esencia que te permite encontrar la paz, un
brillo que te llena, una expresión calma que te hace sonreír. Él sabe lo que pienso, mantiene una
conexión conmigo, lo sé porque no dice nada, sabe que no busco sus palabras, sabe que deseo que me
observe, sabe que es mejor así. Esto es obra de los Dioses, porque algo de esta magnitud no es común en una persona como yo. Porque la perfección nunca se ha asomado en mi vida y ahora abarca a todo lo que miro.
&
– ¿Te habéis enamorado alguna vez? – ya íbamos bastante rato así, tan sólo observándonos que me pareció correcto romper el silencio con esa pregunta la cuál me había hecho Kaethe en una ocasión.
– ¿enamorado? – su ceja alzada y las comisuras de sus labios mostrándome sus dientes, estaba sonriendo.
– Sí – le dije convencido frente a su incredulidad.
– No
– ¿Crees reconocer la sensación si algún día te enamorases? – yo tampoco me había enamorado antes,
pero Kaethe dijo que… eso era lo que me pasaba.
– No creo enamorarme – alzó las dos cejas y mordió ligeramente el labio inferior, conteniendo su risa.
– ¿Por qué? – no me interesaba que se burle, esto era serio.
– Porque me es algo desconocido y sin sentido – dijo con un gesto con la mano.
– ¿Sin sentido?
– Sí, absurdo y sin sentido – ¿absurdo?
– ¿Sólo por eso crees no poder enamorarte algún día? – le refuto frunciendo el ceño.
– Sí
– Tonto – vale, que eso no era una reacción muy madura pero es que solté lo primero que se me vino a
la mente. Yo considero a esto algo serio, él me mira como si pensase lo mismo pero habla como si no lo
notase.
– ¿Quién, yo? – se señalaba a sí mismo. Su frente arrugándose por el arco de sus cejas.
– Sí – rasgó la tierra de nuevo y sonrió, como si no le interesaba lo que digo.
– ¿Por qué? – preguntó como quien no quiere el asunto.
– Por no aceptar algo simplemente por su naturaleza, no tiene que tener sentido para que lo hagas.
Además, si te enamoras no podrás evitarlo, no es como pensar – mis conjeturas eran dichas por
experiencia propia y consejos de una anciana.
– Por eso es absurdo – fruncí más el ceño. ¡Qué no podía creer lo que me dijese!
– Vos sois absurdo
– Vos más – rió ¡Se rió!
– No, vos lo sois más
– No, porque el que cree en lo absurdo sois vos. Yo no – moví mi pie dentro del agua y le salpiqué un
poco cayéndole esta sobre los muslos cubiertos por la túnica, mojándolo – y ahora sois más absurdo aún
– No fue apropósito – me justifiqué levantando mis cejas y mostrando una sonrisa de suficiencia. Sí, era
absurdo, pero me picaba que él lo diga.
– Humnn… – miró a un lado, luego al lago y sorpresivamente me cayó una chorro de agua sobre el rostro
– eso tampoco lo fue
– ¡No es justo! ¡Yo no te lancé demasiado! – alcé mis brazos mientras el agua se escurría. Me daba
gracia, no podía mantener seriedad en el asunto al verlo sonriente.
– ¿Entonces admites que me lanzaste agua? – ¡Ha! ¿O sea que lo hizo aposta?
– Pero no te cayó en la cara – me defendí, me erguí y él volvió a reír.
– Tonto – levanté una ceja.
– ¿Ahora yo soy el tonto? – dije haciéndome el indignado pero terminé soltando una carcajada al ver su
rostro. Nuestras risas eran lo que más se oía en ese espacio abierto.
Tan diferentes.
Tan parecidos.
Tan nosotros.
Continúa…
Gracias por leer