“¿Cuántas veces has deseado morir? Quizás sea muy tarde para mí pero ¡lo único que tienes que hacer es deshacerte de mí!”
(Eyeless – Slipknot cover BMTH)
“Destino” Fic de Maggot
Capítulo 14: Seducción a lo prohibido
& Corinto &
Una pieza no muy amplia, no muy pequeña; sin iluminación alguna mas que la que lograba filtrarse por el mínimo espacio que dejaba la puerta sin cerrar, aún era de día, el Sol les podía espiar.
El ambiente denso por los aromas que emanaban aquellas pieles por la exudación. Exquisitos perfumes siendo entremezclados.
Jadeos, gemidos, exclamaciones, lloriqueos, frases incoherentes que no encontraban más final que los puntos suspensivos.
Ese ritmo constante en aquel vaivén. El sonido húmedo que causaba aquel contacto tan próximo. Las lenguas hambrientas de adueñarse de aquellas cavidades ajenas. El chocar brusco de los rostros durante
el ósculo, inclusive se rozaban los dientes y narices en las demostraciones de afecto.
Las manos del que es amado se ocupaban de sujetar al otro para contribuir a una penetración con un
movimiento más acelerado, frenético, ansioso, desesperado. Se apoyaba en los hombros del otro
levantando sus piernas y estirándolas en toda su extensión para mayor facilidad. El contrario tomaba en
manos el miembro de su amante acariciándolo despacio, habituándolo al tacto en su zona caliente,
logrando hacerlo gritar con los ojos cerrados y el rostro deformado al sentir ese placer cuando le
tocaron su punta humedecida; tomó un poco del líquido viscoso, anteriormente utilizado para la
dilatación de la entrada de su pareja y también embadurnado su propio falo, y con aquella sustancia en
su palma brindó caricias al que ama, desde la base de su miembro hasta la punta sensible, medio
turbado por su placer propio aceleró el movimiento de su muñeca alterando las expresiones del rostro
del otro entre placer y dolor.
El que es amado estaba agitado, enceguecido por las corrientes de placer que lograban confundir sus
sentidos, percibiendo todos los aromas del entorno en su máxima expresión pero a la vez
concentrándose en el otro, en cómo huele, en cómo se siente el roce piel a piel, el ardor que le
provocaba internamente, abriéndolo y cerrándolo, mientras que su vientre se comprimía y calentaba
más y más, habiendo sentido aquellos escalofríos que le hacían rodar los ojos, se retorcía en aquellas
manos; no pudiendo ser aquello más de su deleite sujetó la mano que lo rozaba, deteniéndolo para
poder tomar entre sus manos su nuca acercando sus labios a los de él. El que ama responde a aquello
haciendo las embestidas más lentas, sintiendo más plenamente el espacio angosto, caliente y delicioso
en el que ingresaba, a la par de ese beso, suave, también lento, donde las lenguas se rozaban, los labios
eran mordisqueados con ternura, y los sonidos eran más prolongados, las voces siendo acalladas en sus
bocas, entregando el alma y algo más, sus comisuras formando una sonrisa. Sus ojos oscurecidos
brillando como sólo lo hacen cuando existe el deseo y el fervor del amor.
Sumidos en esa fusión, en aquella burbuja, no pudiendo concebir idea ajena a ellos hasta que una voz
irrumpió y quitó intempestivamente el encanto.
– Hola, hola, hola – canturreó el inoportuno con esa sonrisa dibujada en su rostro y esa malicia
centelleando en sus orbes.
Ambos amantes tenían los latidos presurosos por la sorpresa, el que estaba debajo tomó entre los dedos
el borde de la sábana no atreviéndose a cubrirse, aunque aun mantenían la penetración, y estrujándolo
un poco más por un coraje frente a la presencia de aquél. Más que vergüenza estaba el odio.
– ¿Qu-ué su-cede Príncipe? ¿Ha venido a observar, acaso? – preguntó acezante mientras la angustia le
hacía desquitarse con el trozo de tela en su mano.
– No he follado en días… podríamos jugar los tres, muy tentadora la idea querido Georg… mas no me
apetece, curiosamente no lo hace hoy – miró pensativo a ambos, como si en verdad le interesase su
opinión al respecto.
– Si no es por eso, ¿Qué es lo que desea? – interrogó Gustav saliendo con cuidado del castaño para
luego cubrirlo y de paso adquiriendo otra posición.
– Pues… ¿es verdad que la emperatriz de Lesbos ha enviado una misiva diciendo que vendrá? – dijo con
falsa emoción el rubio castaño.
– Sí, lo hará – respondió el otro rubio.
– ¡Oh! ¡Grata sorpresa! Debería mataros por no decidme tal buena nueva, ¿Cuándo lo hará? – posó su
peso en una pierna mientras inclinaba su rostro y agudizaba la mirada percatándose de esas lágrimas
silenciosas que caían de las cuencas del castaño, su expresión nula mas la furia refulgía en su mirar –
¡Pusilánime! No eres más que un inútil sirviente, ¡No os permito aquello! – el otro quería golpearlo,
quería dejar marca sobre el rostro de ese niño pero se contuvo, porque iría a salir más lastimado él.
– No han dado fecha aún – musitó el rubio buscando la mirada del heredero para que se concentré en el
asunto.
– Humnnn, mantenedme informado, que mi tía venga es algo interesante – miró a un costado sonrió. Él
sentía que había algo en su tía que era parecido a él, quizá sus ansias de poder, o su frialdad ante las
situaciones, su sutil manipulación, sí, su tía era la única, aparte de él, que conocía aquellos detalles
ocultos de la vida, mediante los cuales, puedes actuar y salir airoso frente a cualquier circunstancia.
– Mozo, aquello se lo ha podido decir alguien más, ¿Por qué ha venido a nosotros? – entre dientes soltó
el castaño aquella pregunta que ya tenía respuesta.
– Humnnn, salgo y me demoro, aprovechan la situación para follar, ¿entiendes? Está claro. Ahora
vístanse y arreglen los alimentos, no donde mi padre, comeré con Thomas – dejó lo dicho y se retiró con
premura como si algo necesitase en ese instante, no sin antes decir. – Buena idea lo de utilizar aceites para la piel como lubricación, ¿de esa manera ingresa más rápido, uhmn?
Se miraron y bufaron. El castaño se dejó caer sobre el lecho mientras que el rubio se levantaba del
mismo buscando sus ropajes.
– ¿Algún día conseguiremos paz? – soltó el castaño sujetando su frente como si con eso el dolor se
esfumase.
– ¿No lo notas?
– ¿Notar qué? – inquirió el otro abriendo un ojo y guiándolo en dirección de Gustav.
– Se ha tardado, comerá con él…, su capricho está tardando, si sigue con ese jugueteo podremos tener
más tiempo sin esa plasta – sonrió ante la idea, el otro frunció el ceño.
– Si va a comer con él…significa que no se lo ha follado, ¿Por qué? ¿Cómo ese niño no nota que es un ser
deplorable? – preguntó angustiado el castaño, el rubio le tendió su túnica y éste se sentó para
ponérsela.
– Solo te habéis respondido, es un niño, por eso no lo nota – el otro asintió dándole la razón y quedó
con ese deje de pena al conocer el futuro que le deparase a aquel niño.
&
El Príncipe caminaba presuroso escuchando ese sonido de nuevo, ya lo reconocía, era esa melodía que lo hipnotizaba. Pasó por entre los pasillos encontrando la pieza asignada a su “invitado” y se atrevió a husmear por entre el espacio abierto que dejaba la puerta, siempre tan cuidadoso en sus movimientos para no ser notado, pero igual no iría a serlo al el otro estar sumido en un mundo de armonías, de notas entretejidas, de sentimientos convertidos en sonidos, la misma melodía pero más alegre, menos formal, más…libre, relajada quizá. Se sorprendía a sí mismo poniendo tanto interés pero no rechazaba la oportunidad de verlo sonriente mientras toca su arpa, mientras desliza sus dedos por sobre las cuerdas, acariciándolas, ¿cómo conseguía tal delicadeza? ¿Cómo lograba dominar al viento en aquel lapso? Él quería saber, él quería saber todo lo que concierne a ese joven, en especial a sus dones, a las cosas que podía hacer, a la forma que tiene de hablar, de sonrojarse, la necesidad de sentirse fuerte, como si siempre lo hubieran tenido sometido.
Puede ver que algo oculta, algo que mancha de manera casi imperceptible su casta alma, su pureza,
quiere saber qué es lo que le atormenta, porque no quiere que tenga otra cosa que lo dañe más que él.
Sus notas siguen flotando en dirección del heredero, siguen pasando por sobre sus oídos, incrustándose
allí y tocándole fondo, donde se siente cada melodía, donde puede ser apreciada así sea de una manera
un tanto torpe, no es que él lo sea, es más, él nunca comete torpezas al ser éstas debilidades, pero para
entender una mente que sólo siente, que está como en carne viva, como todos los aedos o los que tocan
instrumentos, que buscan entregarse en lo que hacen, sienten demasiado, pobres ellos que sienten
demasiado. Él no puede sentir, es como si tuviera una áspera capa que lo cubre de todo, lo vuelve
insensible, pero entre eso, está esa sensación que le exige escuchar esa melodía, no cualquiera,
específicamente esa ¿Por qué? No sabe, no lo comprende, eso lo frustra y llena de más ansias ¿Por qué
es tan atrayente algo tan burdo dice? ¿Por qué la sensación sobrecogedora que lo invade es desde que
él llegó?
Quiere seguir jugando, le gusta jugar y por eso sonríe.
Su mirada es pesada, por eso Tom nota que es observado y se detiene para comprobarlo. No quedaba rastro de los impávidos orbes color miel.
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– ¿Por qué me miráis así?
– ¿Así cómo?
– Tan…fijo – se estremeció al decirlo. El otro sonrió y ladeó la cabeza entrecerrando los ojos para verlo aun más “fijo”.
– ¿Te incomoda? – le dijo mientras comía un poco más de lo que tenía en su plato, aunque con un claro
desinterés.
– No – se lo pensó un momento antes de responder, aunque le pesara su mirada, se sentía tranquilo de
que lo mire a él.
–… – masticó un poco más y tragó lo ingerido mostrando su sonrisa reluciente, tan espeluznante pero
hermosa para el otro – pues debería – lo último lo dijo tan bajo y tras ello tomó un sorbo de vino que
parecía que no hubiese dicho tal frase atemorizante.
– ¿Perdón? ¿Qué dijiste?
– ¿Humnn?… ¿yo? – puso una expresión inocente que el otro de iluso creyó.
– Hemnnn… ¿tu padre? – buscó cambiar de tema de conversación, o si quiera empezar una.
– Comiendo en el salón principal – sorbió de nuevo un poco de vino.
– ¿Por qué no comes con él? Digo, ¿soy ahora como tu sirviente o algo así, no? Se supone que no
deberías comer conmigo – él había aceptado la idea de trabajar para el Príncipe, no le molestaba
aquello puesto que estaría cerca de él, mas lo que le inquietaba era cómo se llevaría a cabo esa relación
laboral ya que él deseaba algo mucho más allá y, según él, Wilhelm pensaba lo mismo. Por ello quería
sonsacarle la verdad.
– ¿Sirviente? ¿Quién dijo que erais mi sirviente? – dijo aparentemente confuso.
– Por los favores que me habéis hecho tengo una deuda con vos – su corazón latía desbocado a
sabiendas de que la razón sería dicha por sus labios.
– No lo eres – dejó de mirarlo y comió otro bocado. El otro por poco y abre la boca frente a la respuesta
corta que no lograba suplir sus dudas, la búsqueda de correspondencia con palabras que él no podía
esbozar.
– Quiero pagarte, no puedo irme de aquí sin devolverte los favores – lo último dicho hizo que su mirada
se clisara sobre él de nuevo.
– Eso es lo de menos por ahora. Estoy muy solo aquí, quiero un amigo y vos que caéis bien ¿eso está
mal? – el otro titubeó pero terminó por decir nada al no saber como tomar aquello. Un amigo, se sentía
solo y quería un amigo, él se decía que aquello no estaba mal, que le gustaba la idea aunque se
avergonzaba al pensar en no hacer nada más que estar junto a él, y no es que no lo disfrutara, sino que
no era propio, él quería trabajar.
– Puedo tocar el arpa para vos – se le ocurrió mencionar, recordando que él no lo había visto antes
entonar su instrumento.
– ¿Para mí? – vio como sus comisuras se alzaban formando un gesto de sonrisa, a él le pareció hermoso
su rostro sonriente por lo que se demoró en contestar.
– Sí – él otro amplió más la mueca mostrando casi por completos sus dientes.
– Sí, quiero. Gracias – sorbió más vino sin desplegar sus orbes de las de él. Tom se dio cuenta que
también le seguía con los ojos, y sintió un escalofrío por ello.
La comida siguió un curso extraño, en donde las miradas eran el plato fuerte difícil de digerir.
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Tras la comida el Príncipe se retiró alegando que tenía asuntos que resolver, Tom no pidió más explicación y caminó en pos de su habitación. Su caminata fue irrumpida por el violento jalón que le otorgaron, quedando en un espacio reducido y con poca iluminación, viendo esos orbes conocidos frente a él haciéndole fruncir el ceño.
– ¡Soltadme! – gritó Tom mientras se deshacía del agarre del otro.
– No gritéis, escuchadme por un instante – pidió viendo que las actitudes desesperadas no menguaban por parte de Thomas.
– No tengo que nada que escuchar de vos, me tendisteis una trampa, no tengo porqué confiar – dijo
más bajo, como no queriendo que alguien note la situación. En parte de carcomía la curiosidad porque
le diga el porqué lo golpeó, tampoco mucho ganaría pataleando. Georg era en definitiva más fuerte que
él.
– Él me lo ordenó – susurró y el otro bufó empujándole al estar en ese espacio reducido. Su idea de
aquel castaño era de que es una persona cobarde y absurda, desde que lo vio supo que le tenía algo en
contra, como gritándole la palabra… – Vete, – sí, esa – aún puedes hacerlo. Hazlo ahora que puedes,
después será muy tarde – le soltó con vos lastimera y ese ceño fruncido.
– …– lo empujó con suficiente fuerza como para que ambos saliera de ese pequeño espacio. Tom sentía
algo parecido al miedo, pero pensaba defenderse si él intentaba golpear, éste lo notó por su postura y
rodó los ojos.
– Eres tan ingenuo – dijo el castaño cruzándose de brazos – ¿no escuchas lo que te digo? Vete
– Que te caiga mal no justifica que me golpees o busques botar. El Príncipe quiere que me quede – infló
el pecho por orgullo aun con el ceño fruncido, como si eso le hiciese ver mayor.
– Por supuesto que quiere – no entendió a que se refería con esa frase pero no le gusto el tono. No
confiaba en ese tipo – ¿tu nombre es Thomas, cierto?
– Sí – dijo secamente.
– ¿Te ha seducido? – abrió los ojos en toda su extensión.
– Yo-o… yo-o – el tortuoso tartamudeo lo ponía en evidencia siendo innecesaria una respuesta.
– Te está manipulando, ¿no lo notas? Vuelve de donde viniste forastero, que si no te vais ahora no lo podrás hacer jamás – los verdes orbes fueron rasgadas por una oscuridad tenue, formada por lágrimas
pasadas y cicatrices en carne viva.
– Yo… no
– ¡Oh! Aquí estabais Georg – una voz modulada, una figura silenciosa que se situaba tras el sirviente, el
cual volteó el rostro claramente espantado – ¿Podéis ir a ayudar a tu novio?, escuché que te ha llamado,
no debéis hacerlo esperar – sus ojos tan cambiantes clisados sobre el rostro del ojiverde, el cual tragó
saliva y asintió como autómata, yéndose de aquel lugar. Los ojos del Príncipe cambiaron y se posaron
sobre el sorprendido arpista – Tom, ¿Qué hacéis aquí? – su voz se había vuelto aterciopelada, tan
atrayente y pasiva, completamente diferente a la de instantes atrás.
– Iba… iba – aclaró su garganta al soltar las palabras en un tono agudo – Iba a ir a mi habitación, estoy…
un tanto adolorido
– Ohhh… pobre Tom – frunció el ceño y puso una expresión lastimera, como si en verdad pudiera sentir
lástima por alguien. Sus ojos seguían igual – ya sé, ¿me permitís acompañarte a tu pieza? – Thomas
sintió como si esas palabras le ingresaran al cuerpo cayendo violentamente contra su vientre.
– ¿A mi cuarto? – aclaró, una vez más, su garganta, esta vez el tono agudo era demasiado tembloroso.
– Sí… – se acercó y casi pegó su rostro al del nervioso Thomas. Respirando y exhalando de manera
pausada, aposta, buscando intimidarlo, marearlo con sus palabras, convencerlo con los ojos…
– Está bien – él no sabía cómo había aceptado tal proposición mas, a la par, no encontraba razones
concisas para negarse. Nunca se había sentido tan confundido como cuando está con él.
Siguieron caminando y lo curioso era que se podía notar que Thomas poseía los estragos de la sustancia
que aún no era expulsada de su organismo, mas Wilhelm no, él había ingerido hachís y vino y, al
parecer, no tenía repercusiones en su estado. Podría decirse que era normal, ya que había sido la
primera vez que el arpista ha recibido aquello, pero el cuerpo no deja de sufrir las afecciones por más
veces que se repita el daño. Bill es un buen actor, siempre cuidadoso y deseoso de dejar de ser un débil mortal, porque ya no quiere sentir nada externo, cree que ocultando todo se coge el cielo.
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– Desvístete.
– ¿Qué? – los ojos de Thomas se abrieron, su voz salió presurosa y sus mejillas se colorearon.
– Ohhh…perdón, no me he expresado bien – sonrió y se acercó a una mesa, que se hallaba en uno de los extremos del cuarto, tomó una vestimenta y se la alcanzó – lo que deseo es que te quitéis esos ropajes y me acompañéis con esto puesto – señaló la túnica especial.
– Pero… ¿a dónde vamos? – el castaño le sonrió y guiñó un ojo.
– Si te lo digo pierde gracia…hemn… espero afuera, te cambias y sales ¿sí? – sonrió de nuevo y se retiró
de la habitación dejando al otro aturdido y nervioso.
– ¿Pero qué…? – notó que la vestimenta era de baño, exclusivamente para aquella tarea, al ser tan
delgada y… traslucida.– Sólo…, sólo serán unos momentos – se sonrojó más mirándola mientras se
despojaba sus ropajes haciéndose una idea sobre a dónde le llevaría el Príncipe.
Al tenerla puesta reparó en que no había notado antes la presencia de la túnica, es decir, que había sido puesta cuando él había salido, y el Príncipe conocía su ubicación. Aquello estaba planeado.
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– Hey hemn… – se animó a decir algo dubitativo aun con esos ojos recorriéndole de manera sutil.
– ¿Sí? – dijo el Príncipe sonriendo. El otro frunció el ceño y se obligó a mirar a otro lado para no sentirse intimidado ni… atontado.
– Pues… ¿Cuándo se te ocurrió esto? – señaló el agua tibia en el cual yacían ambos.
Los inciensos con aquel suave aroma dulzón agregándole densidad al ambiente. Sus cuerpos aun
cubiertos por esas telas, pero aun dentro del agua, mojándose de manera tan íntima, no como en el
lago, aquí era algo más cerrado, demasiado sugestivo quizás. Pero el arpista no iba a dejarse llevar por la
imagen de su castaño en coleta y con esos rizos caerles alrededor del rostro, aquel rostro aun con esa
redondez de infancia, con las mejillas sonrosadas por el vapor, y los ojos impasibles algo brillosos; no, él
se decía que no sucumbiría frente a esos encantos.
– ¿Lo del baño? – arrugó el entrecejo y lo dijo suave, cerca al oído del otro, como si hubiese ruido.
– Ajám – respondió al tensarse un poco por el inesperado acercamiento.
– ¿Por qué lo dices? – dejo que cada palabra le acariciara el lóbulo de la oreja del otro, danzando con lentitud sobre él, haciéndole perder la alineación de sus ideas, de sus conjeturas, de las bases que le
hacen mantener la compostura, todo se iba derrumbando con esa fantasía tan real.
– Por… por… – ¿Por qué él lo diría? ¿Por qué dudabas de las intenciones e inocencia de ese ser tan
perfecto? ¿Qué a las finales no le era en su beneficio todo aquello?. Tragó saliva y cerró los ojos dejando
pasar el corrientazo que pasó intempestivamente por su entrepierna – porque supiste lo de la túnica en
mi pieza, habéis dicho antes que tenías una idea recién no que ya lo hubieses planeado
– Admito mi culpa, ¿obre muy mal, Tom? ¿no te gustó la sorpresa? – inquirió con mirada concupiscente
esta vez viéndolo directamente a los ojos y susurrándole casi sobre los labios.
– … – Thomas sintió aquello como una necesidad, el romper esa estrecha distancia entre sus rostros con
intención de probar esos labios mas fue denegado el roce, cuando el Príncipe volteó el rostro con los
ojos abiertos como viendo una aparición frente a sus ojos.
– ¿planeabais besarme? – dijo con desnivel casi imperceptible en la voz, cosa que sacó al otro del trance
sonrojándose por su atrevimiento.
– Perdonadme – sus dientes chocaron por la fuerza que posó en su maxilar. Era la segunda vez que le
hacía algo al Príncipe, la segunda vez que le pedía perdón. Siempre actuando de forma inadecuada, era
obvio que el otro se sorprenda, es muy pronto para establecer un contacto tan directo y con poco tino.
Pero él recordaba la forma de los labios del castaño, el como los veía tan apetecibles y seductores con
esas palabras tan simples que sonaban tan sugestivas saliendo de ellos, esos ojos tan inmutables, el
calor que manaba de su cuerpo, su olor, todo sincronizado en ese preciso instante para hacerlo
reaccionar de aquella manera.
–No… no intentes hacer eso de nuevo – con vergüenza miró el rostro del otro y no pudo leer su
expresión, parecía normal, sin alteración alguna, pero sus ojos, sus ojos llameaban, y eso le bastaba para
sentirse repulsivo y culpable.
– Perdón – y lo que más le dolía es que le nieguen probar esos labios, que le restrieguen en la cara lo
que él desee y no poder tocarlo.
Estaba harto de soportar aquello, no en lo concerniente a su castaño, sino en todos los aspectos, lo
hacen sentir culpable por desear lo “prohibido”, lo que es mejor nunca es para él, lo que jugaban los
niños no podía ser para él, ¿Por qué él nunca podía tener algo para sí? ¿Por qué ahora recién reparaba
en ello? eran esos ojos, los que lo inquietaban, los que le reflejaban lo que él era, uno que nunca vive y
se mantiene en el camino impuesto, claro que estaba bien lo que él había hecho hasta ese instante,
trabajar para su madre, no tener infancia por ser responsable, no tener mujer por seguir trabajando
¿pero ahora qué? ahora no estaba su madre para decirle qué hacer, ya sea de la manera directa, con sus
sutiles peticiones o de la manera indirecta, mediante el deplorable estado en el que ella yacía. Cada vez
que se le contraía el rostro o respiraba acezantemente, esas llamadas de atención permanentes, la sola
presencia de su madre le perturbaba y hacía sentir culpas ajenas, ese detestable recordatorio, frunció más el ceño y lo observó, por una milésima de segundo, le pareció como su madre, esas facciones finas
se asemejaron a la imagen de su progenitora, eso fue lo que cundió las ansias dentro de sí para sujetarlo
por el rostro y fusionar sus labios con los del otro de una forma violenta, con una actitud no propia en él,
pero era lo que su castaño desataba, el querer perder la identidad.
Al fin… mediante aquel contacto profundo y desesperado encontraba esa pequeña liberación interna, la
cual era buscada en lo más recóndito de su ser, esa bestia oculta había sido libertada y estaba
hambrienta, hambrienta de esos labios, que se sentían como pétalos de rosas, suaves, frescos, dúctiles,
frágiles. Su saliva insalubre se entremezclaba con aquel néctar tan delicioso. Sus manos se acomodaban
como zarpas a ambos lados del cuerpo del Príncipe, acorralándolo. Invadió su boca, explorando los
rincones de aquella cavidad húmeda que se dejaba hacer, sin poner resistencia pero tampoco
responder, con los brazos flácidos por sobre encima de los del otro que aún lo tenía en aquella presa
humana.
Era su primer beso, así que esa torpeza ligada a su arrebato no hacían buena combinación, al él no saber
cómo ladear la cabeza para evitar chocar el rostro, dientes y nariz.
Se detuvo al sentir que el deseo rápido se había ido, al notar que esas sensaciones no eran provocadas,
no recibía correspondencia, y él lo que quería era tener un control, pero sentir sobre quién lo tiene.
Lo miró y soltaba de a pocos el aliento agitado sobre el rostro impertérrito que mantenía el ceño
fruncido y ojos cerrados. Él vio los labios húmedos, hinchados, más rojizos del otro y se le antojó pasar
su lengua por sobre ellos, acto que cometió como última acción libre antes de arrepentirse. Sus dedos
acariciaron los costados del circunspecto, aun cubierto con la túnica pero el arpista podía sentir más o
menos la textura de su piel, rozó con delicadeza ese talle y suspiró alejándose para romper el contacto
en definitiva.
El agua seguía a su alrededor, y la excitación también a pesar del momento incómodo que se suscitaba
ante sus orbes.
El otro levantó los párpados. La mandíbula apretada y algunos recuerdos indeseados se reflejaban en
sus pozos castaños, pensamientos evocados por el beso. Mas luego sonrió y ladeó el rostro
sorprendiendo a Thomas, al cual recién afloraba la culpa en su ser.
– Me gustó esta experiencia nueva. Las mujeres tienen bocas más pequeñas, lengua más delgada y
suave, dependiendo de su raza, aparte está el sabor característico de cada quién, y vos sabéis muy bien.
Ha sido agradable probar esto contigo – ensanchó su gesto y los ojos se le oscurecieron tomándolo por
la túnica, entrecerró los orbes, las pestañas largas acentuando más aquella mirada penetrante – mas
ahora, quiero ser yo el que juegue…
Thomas aún no asimilaba el hecho de que su castaño fuera primerizo en besar a un hombre ni que
aceptara él lo había violentado de esa forma cuando sintió su espalda impactar contra uno de los
extremos de la bañera, esas palmas posarse sobre sus hombros inmovilizándolo y esos labios sobre los
suyos, aun con los ojos abiertos vio los del otro y, por miedo combinado con excitación, se obligó a
cerrarlos. Él no podía ver esa mirada felina y posesiva mientras trataba de responderle al beso en toda
regla.
Suspiró de gusto sin interesarle la fuerza que el otro ejercía, porque por lo menos era correspondido.
Quiso mover los brazos, pero el otro se pegó por completo a él, haciendo dar un respingo por el roce
directo, curiosamente creando una presa en su cuerpo como él antes lo había hecho, sólo que, en vez de
utilizar manos empleaba el cuerpo, en su mayoría el tronco y pelvis, las piernas de su castaño estaban
de rodillas, abiertas y apoyadas sobre el suelo, aun en su posición vertical.
Bill sujetó el rostro del otro moviéndolo para que encajasen mejor, en un momento haciéndole soltar un
gritito al infringirle una herida con los dientes sobre el labio, del cual manaban a borbotones de sangre,
pero no quedando más rastro de aquel incidente que el saborcillo en el beso, ese a óxido y sal, ya que el
líquido era sorbido por el Príncipe, quién ávidamente se separaba del otro exclusivamente para
succionar el labio inferior lastimado, el otro se estremecía a cada lametón o cuando había una libación
se enderezaba, rozando, sin querer, su erección palpitante con la del otro, haciéndole agitar con el evidente calor en aquellas zonas.
Lloriqueó al sentir el ardor, pero los labios de Bill lo silenciaron, con brusquedad, esta vez, rasgando con las uñas su cuero cabelludo, con la otra mano utilizando los dedos para jalar de las puntas en rastas del otro para que le permita tener acceso a su cuello largo y mojado.
– Me…me he partido el labio – dijo con boca ya libre y no utilizando el “habéis” ya que él había tenido
mucho que ver con esa herida.
– Cállate – le respondió con voz ronca mientras observaba el cuello como al delicioso manjar que habría de probar.
– No… jales… tanto – omitiendo sus quejas, o quizás por darle la contra, le jaló más fuerte de los cabellos
y atacó a su cuello succionándolo y lamiéndolo con frenesí, a lo que Tom, no sabiendo qué hacer con sus
manos, que si tocarse, tocarlo o deshacer el agarre en sus cabellos porque le dolía, como le dolía, pero
también le estaba excitando las lamidas, los mordiscos y las chupadas, sin contar el contacto
consecutivo entre sus miembros.
Sentía morirse de una manera muy placentera, así que no hizo nada y dejó quietas sus manos dentro del
agua, los dedos de sus pies encogiéndose y ya con escalofríos y retorcijones en el vientre.
Pero había algo que no estaba bien, esto era demasiado perfecto según él, así que temía deshacer el
encanto, por lo que con una de sus manos temblorosas y la mayor fuerza de voluntad que pudo
conseguir detuvo el buen trabajo que hacía el Príncipe en su cuello.
– Pa..a..rad – pidió aún aclarándose la garganta y con la voz gutural.
– ¿Humnn? – masculló el otro mirándolo con ojos dilatados, ennegrecidos, tenebrosos y lujuriosos aun
con la lengua fuera, ofreciendo una imagen muy sugerente.
– No… está bien… nos… – tragó saliva aún agitado – esto… es… tan repentino – aflojó su agarre que tenía
sobre la cabellera de Tom y le sonrió mordiéndose el labio inferior hinchado.
– Está bien – articuló mientras se alejaba del cuerpo del otro, salía del agua cubriéndose con un secador
y retirándose de allí, con aquellos pasos lentos y cadenciosos, dejando boquiabierto a su contraparte.
– Pe-pe…pe…– balbuceó en señal de confusión y no de nerviosismo.
En su mente se formulaban muchas preguntas. ¿Cómo se habían besado y tratado de aquella forma y
poder irse así? Aparte, había eso que le avergonzaba, ahora que él ya no estaba, como el hecho de
haber chocado su erección contra la de un contrario y disfrutado aquello, o el dejar que le lastimaran
tan bastamente el labio sin poner resistencia, tampoco cuando le jaló del cabello, es más, eso le excitaba
más. ¿Cómo es eso posible? Y el Príncipe ¿Qué haría con su erección? No era de si incumbencia pero él
se sentía muy abochornado con la propia que no entendía cómo el otro se iba todo campante con aquel doloroso asunto.
Sonrió y se rozó los labios, había besado a alguien, a alguien que le gusta, le habían correspondido al beso. Se emocionó y recordó las caricias, le parecían más bellas en su mente, a pesar de la violencia y… sangre.
Se hundió más en el agua y se percató que la primera vez que se masturbó pensando en su castaño fue también en el agua, el día que lo vio desnudo, tan frágil, en ese momento único, cuando la idea de sus labios sobre los suyos le parecía tan remota. Suspiró de gusto de nuevo, ya irían a ser tres veces en un solo día, quiso morderse el labio por acto reflejo pero jadeó de dolor. Se tocó los labios y vio que la sangre había vuelto a brotar de la herida, como el líquido granate se perdía en lo cristalino, desaparecía en aquella sustancia ¿Cómo es que la sangre es débil en el agua? ¿Cómo es que la densidad de ese líquido es nada frente a la pureza del agua? Esa idea se le pasó por la mente a Thomas mientras se levantaba y secaba preparándose para lo siguiente que le deparase el Destino, y pensar que sólo había pasado un día en el palacio…
<< Déjame probar del sabor de tus sueños y engullir tu inocencia hasta hastiarme, querido Thomas… >>
Continúa…
Gracias por leer 😉