Itálica es recuerdo pero en tercera persona. No lo narra nadie.
“Destino” Fic de Maggot
Capítulo 16: Debilidad
– Tom… hey Tom… ven a jugar con nosotros – gritó un niño sonriente chapoteando en la orilla, con otros más secundando su frase.
– Yo… – el aludido miró a su madre que tosió consecutivas veces con el rostro enrojecido – no puedo – terminó por decir con la cabeza gacha.
Los niños desaparecieron cuando él quiso levantar el rostro.
& Corinto &
PoV Tom
En sus cuencas se derretía un líquido oscuro expandiéndose de a pocos por el fuego que irradiaba desde su interior y se propagaba por los rincones donde se concentraba más su esencia, como en sus orbes; no iría a quemarme por más que muchos temieran establecer contacto por miedo a eso. Yo sabía que no saldría lastimado, por más maldad que embargue su ser y atado esté a él por fuerzas que superen mis defensas, como hombre que soy he de admitir que va mucho más allá. Una fusión entre deseo, incertidumbre y ansias. Un mundo extraño frente a mis ojos, rozar lo sagrado del Olimpo con los dedos, no puedo simplificarlo para referirme a ello…
Lo tenía a cuatro patas, básicamente, sobre mí con los brazos flexionados y entrecruzados sobre mi
peplo y sus dedos tamborileando a la altura de mi clavícula, no se iría a mover de allí por las buenas, a
nadie hace caso, es más, a nadie oye. No viraba a otro lado, sus ojos clisados sobre mi rostro como si no
hubiese más en derredores, sus labios rosados estirados en un gesto frío, como demostrándome que me
tenía cogido de los huevos, por así decirlo. Todavía él pensaba que iría a mostrarme frágil…
– Esto me resulta de lo más denigrante para mi hombría – le chanceé ingiriendo mi propia saliva al
su rostro estar más próximo al mío, el cual volteé evitando la concertación de sus intenciones, esto
últimamente me era incómodo.
– Miradme – sus largos dedos se aferraron fuertemente a mi maxilar para dirigirlo luego
bruscamente a su cara. No había dolido demasiado pero fruncí los labios por el estirón – eres…
renuente… eso lo vuelve más entretenido
– El que busca con renuencia metérmela por detrás ¡Sois vos! – bramé sobre su rostro, esto era
patético, denigrante más aun por lo placentero y morboso que sonaba. Sí, en vez de largarme de una
maldita vez de aquí, tras aquella proposición, sigo en esta inestable relación, aunque no tenga un
nombre preciso.
– Cuida tus palabras… – su otra mano fue a parar sobre mi cuello haciendo que en un acto casi
reflejo lo sujete por la cintura inmovilizándolo bajo mío, apoyando mi antebrazo sobre su garganta.
Sonrió aun más, se relamió los labios… mi error fue mirarlo, pues de no haberlo hecho no hubiera
aflojado el agarre y tampoco él me habría tumbado de espaldas contra el piso, él sobre mí, otra vez.
Obvié el dolor de caer e intenté de nuevo callarlo con mis manos, craso error, sus brazos se metieron
entre el espacio de los míos y su cuerpo al tratar de ahorcarlo, sin intención de matarlo, logrando con
magistral fuerza dejarlos a ambos lados de mi rostro apoyando sus manos sobre él, con los codos
provocando algo doloroso por el chocar contra el suelo y sin carne de por medio, no es que vaya a quéjame.
Nuestros rostros tenían algo extraño en ese instante, estábamos exhaustos, sudados y con los labios
entreabiertos, el aliento siendo compartido, cerré los ojos… el maldito parecido a mi madre, esa maldita
semejanza que me presiona el pecho dando comienzo a un malestar general, algo de frío tal vez al sentir
que cometes acciones impropias despriorizando tus deberes. Nunca algo debe hacerle olvidar quién
eres, por más que sea algo que te supere nada debe hacerlo. Debía regresar a Tebas, pensamientos de
mi madre circundan mi mente… maldición algo hace que pierda el hilo de mis pensamientos, son sus
labios… sus condenados labios…
Hoy en definitiva estaba dispuesto a cometer errores por donde se vea… primero dejo que me arrincone
y ahora que me bese… como si no me gustara…
“Mesura, mesura, mesura, mesura, no te ayudas dejándote besar…”
Sí, quizás no, no es que piense mucho en estos momentos cuando lo íntimo y externo pierden la línea
que las separa y quedan expuestas en un roce cálido, húmedo, violento… porque esto es ansiedad, esto
es deseo, esto no es algo que pueda obviar así como así.
La suavidad de sus labios me parece una burla, los abre desesperado y los siento tan bruscos contra mí
que se pierde la sensibilidad, su lengua, siempre con el vicio de recorrer dentro de mi boca, como si fuese a encontrar algo que no haya probado antes, como si mi saliva se tornase de otro sabor a cada día, lo único que varía este momento es la sangre, la cual ahora no está presente, aun.
Calor… calor, el aliento caliente entre mi boca y la suya, o nuestra boca porque no le encuentro la separación a menos de que recorra sus labios con mi lengua o él muerda los míos mirando con esas ojos avellanas fieros, esa lascivia que irradia toda su expresión en conjunto, ahora ya sé porqué.
Encajando nuestros rostros, no pudiendo tocarlo pero aún así sintiéndolo en demasía. El vientre caliente y en pleno contacto del suyo, somos casi de la misma altura, vaya detalle que vengo a notar en que preciso momento.
Algo se va despertando, sí, y quizás no es el momento idóneo pero no soy frígido, tengo sangre
corriendo en mis venas, sangre que bulle cuando él me toca o me besa, o me hace perder… ¿Por qué
nada parece existir cuando te veo?
Sonidos agudos se quedaban en mi garganta al sentir mi excitación contra la suya. Una corriente me azota la columna logrando que mis ojos se pierdan en la oscuridad por un mínimo instante.
No podía casi respirar, irónica sensación de ahogo, uno provocado, así te quedes con mi aliento no me
incomoda, me hace sumirme por siempre en esto… fusionarme con él, sintiéndolo más, siendo quizás no
sea merecedor de un ser como él pero aferrándome a esto no me puedo detener.
Un beso, ¡oh un beso! … ¿Qué significa un beso? Unir dos mundos, probarse mutuamente, permitirse
perderse en la inmensidad sin sentido de aquel placer.
Una conexión con la realidad, un brusco choque destructor de la fantasía, mis ojos con el poseedor de
esa mirada que tiene tras un beso, esa de pedido, de anonadado, de anhelante…
Esto en definitiva no era normal ¡aun seguía imposibilitado! Es decir, no lo había ni rozado con las manos
ni él a mí, más que nuestros mismos cuerpos, y ya me sentía muy afectado en la zona de abajo, al igual
que él; esas clases de cosas sólo solían pasarme a veces, pero no de forma tan repentina.
– Se te ha alzado la polla… – mencionó como tal estirando los brazos con sus manos sobre mis
codos, creando al fin un espacio entre nuestros cuerpos, mirando hacia esa dirección, volteé el rostro,
que vergonzoso – humnnn… ¡Y casi tanto como la mía! – Dioses llévenme… miré de reojo hacia él y
estaba de lo más entretenido mirando mi ropaje levantarse por el trozo de carne que cubría – veamos…
– Ssss… – siseé al sentir sus dedos tocar la punta de mi erección bajo la túnica. Había sido… no, no
puedo describirlo, se quedarían pequeñas mis palabras.
– Manera curiosa tienes de reaccionar – se sentó sobre el espacio entre mis piernas flexionando las
suyas, juntándolas hacia sí y, por consiguiente, dejándome libre de su presa, pero no quería abandonar
esa posición porque si lo hago necesitaría frotarme desesperadamente contra lo que primero que
encuentre… así que paso.
– Es porque nadie lo ha hecho antes – cerré los ojos concentrándome en algo que no sea la
sensación de su saliva sobre mis labios ni su cuerpo sobre el mío, nada, no debo pensar en nada.
– No habléis, no pido que respondáis a lo que digo, no es pregunta la que hago, me lo digo a mí
mismo, eres muy prudente… – y vos irascible – ¿vais a seguir poniendo fuerza para que te folle?
– ¿Qué crees? – entrecerró los ojos y frunció la boca, me reiría por lo gracioso que se le veía, sino
supiera que es un gesto de disgusto.
– No le habléis así a uno que te supera… debería mandar a matarte pero no lo haré – bahhh.
– ¿Por qué no lo harás? ¿Por qué te encanta besarte a un tío? – un golpe cayó sobre mi mejilla y mis
ojos se abrieron en toda su extensión.
Le devolví el golpe para que luego el cabello cubriera su rostro ocultando la expresión furiosa que ha de
tener ¡No me interesa! El montón de fibras de color similar al mío aleteó al voltearse y lanzarse sobre
mí, pensé que me golpearía, intentaría patear o algo violento pero… lo único que fue de ese carácter era
su boca que me tomó de nuevo por sorpresa, esta vez distinto, me mordió el labio con esa saña suya,
succionándolo como un obseso y ¡de nuevo me gustaba!. Me gustaba la forma en la cual me miraba
mientras lo hacía, el ardor que se perdía al sus labios estar sobre la zona afectada succionando, jalando,
absorbiendo, y por último, bebiendo mi fluido espeso. La gloria.
Al detenerse siguió mirándome y descaradamente restregó su entrepierna contra la mía, cerré los ojos
al ser demasiado.
El chasquido de mis dientes, sus jadeos y gemidos roncos.
Me dolía, porque la sentía latir y moverse por intervención de la suya; mi vientre ardía y era como si
fuera el centro de mi cuerpo, la base por la cual hago todo. Me trasmitió un escalofrío desde allí que
sentía inmensas ganas de gritar, no pudiendo hacer nada y dejándome hacer, viendo como me observa
sonriente y acezado, con ese brillo, contradictoriamente oscuro, en sus orbes.
La piel chorreante de sudor y el continuo movimiento que ejercía sobre mí, estimulándome, siendo tan diferente a cuando yo lo hacía, y sin necesidad de emplear manos en el asunto, sólo su cuerpo y el mío.
Su rostro sobre el propio y ese temblor, ese que me agitaba, ese cielo que se iluminaba a pesar de no
tener vista a él, ese dolor que cambia su nombre por el del magnánimo placer.
Casi por inercia seguí sus movimientos, siendo quizás muy torpe e inexperto pero no tomándole
importancia a aquello en estos momentos donde lo único que busco es un desfogue a este ardor interno
que me estremece y corroe las entrañas, a esas ansias de sentirlo más cerca, si es que se puede.
Mi pelvis chocaba contra la de él, en un movimiento poco ensayado. Sentía deseos de deshacerme de
mis ropajes en ese instante, con esa cúmulo en el pecho gritándome para que lo haga, para sentir su piel
directamente contra la propia, pero negaba con la cabeza ya que todo parecía exteriorizarse, como si
mis pensamientos sólo fuesen uno con mi cuerpo, como si esto fuera demasiado sublime que te turba
los sentidos e imposibilita de ver con claridad.
Deseo cercanía, quisiera probar tus labios, saborearte con ellos, recorrerte, que lo hagas, no… no puedo
¡¿Por qué no puedo?! Cordura, cordura, abandóname durante un instante por favor…
Una vez más te observo y siento que hemos arremetido al mismo tiempo, un chirrido de dientes, pero
no sé con exactitud si fue mío o tuyo. Quisiera sujetar algo con desesperación, aferrarme a algo que me
mantenga centrado, aunque adoro la sensación de desvarío…
Me observas, entrecierras los ojos, es la imagen más provocativa que he visto en toda mi existencia.
Relames tus labios y te acercas a mi rostro, cierro mis ojos a las espera de un beso, más suelto un grito al
sentir una presión contra mi cuello, como tus dientes se aferran a esa piel sensible, como mi piel se eriza
y todo pierde un sentido…
Todo es blanco, siento que he estallado; que me han sujetado desde arriba para dejarme caer de una manera tan rápida que hasta vértigo siento, calor en mis mejillas, el pecho subiendo y bajando como un
desesperado, como si me buscaran quitar hasta el último hálito en él, temblores, gestos que buscan
explosionar en mi rostro y qué decir del suyo, eso era el colmo de mi excitación. Quisiera ver más
seguido la cara descompuesta que pone cuando… ohh
La humedad en mi vientre, presiento que no sólo se trata de la mía. Ese picor en todo el cuerpo, ese
cosquilleo y sensación de letargo.
Caigo rendido y sonrío, porque sé que él aún está sobre mí, me gusta que siga ahí, me gusta como su aroma ahora es más fuerte, como el ambiente está más claro, como sobre su exudación yace sobre mi rostro.
– Ahhh… y… ahhh… a ti… follar con uno – su voz me sonó extraña pero medio ido lo miré, tenía una expresión parecida a la mía que por un momento me desubiqué.
– ¿Ah? – no entendía a qué se refería… uhumn…
– Esto es follar… de alguna manera – de nuevo no entendía, seguíamos vestidos, no era como si
hubiéramos intimado, aunque ha sido algo nuestro no puedo negarlo.
– Los ropajes siguen puestos – solté lastimeramente mientras sus brazos flaqueaban y se dejó caer
sobre mí, sí, tampoco yo tendría fuerzas para sostenerme en mis brazos.
– A veces mis sirvientes lo hacen así, los he visto – apoyó su mentón sobre mi clavícula pero no me
incomodó esta vez, no podía pensar ni asumir nada en concreto, aunque sí pensaba en Bill viendo a sus
sirvientes en esa situación, no sé porque ese pensamiento me dio gracia – pero… no es muy divertido –
parecía un niño frunciendo el ceño y hablando entre dientes.
– Yo no sabría decirte nada, no conozco nada sobre esto – otro punto en contra, dejándome más
desprotegido si se puede. Los estragos del clímax no me ayudan.
– ¿Te gustó? – callé, no sabía qué decir y mejor eso a casi gritarle que no había sentido cosa así en
mi miserable vida, tales sensaciones que te hacen perderte – así está mejor, odio que hables demasiado
aunque también me interesa saber de ti… no, está mal dicho, no me interesa saber de ti sino es que…
mis menesteres se vuelven más interesantes de esta forma – se corregía y titubeaba, me sentí algo
importante, me acordé de un momento hace ya pasado más de un mes, algo que me hizo sentir una
seguridad, así sea algo inestable.
– ¿no será que el Príncipe se enamoró? – mis ojos y los suyos parecían de un mismo rostro, nos
habíamos conectado tan repentinamente, ni parpadeamos ni observamos a otro lado por un
determinado lapso.
– No lo veas como un sentimiento… sino como una necesidad suplida – respondió tras un momento largo. Con los llamas centellando en sus orbes y una sonrisa torcida en sus comisuras. Algo de su expresión me hizo tragar saliva.
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– No te duermas…
– ¿humhumn? – el suelo era frío, seguía echado sobre él sólo que ahora boca abajo. No me molestaba pero al parecer a Bill sí porque desde su cama me estaba hincando con dedo para que abandone esa posición.
– Vete de mi cuarto – me ordenó pero no estaba receptivo a cosa ajena que no sea el sueño que
tenía. Sabía que si me levantaba tendría que asearme y no podría dormir, así que pasé de la sensación
de algo pegajoso y seguí ahí. – Thomas… –su voz era cantarina, medio sonreí sin aun abrir los ojos.
– ¿Sí Billy? – le dije con intención de molestarlo. Puso los ojos en blanco y escuché un bufido para
luego perder su rostro de mi visión. Supuse que se había rendido, así que aproveché aquello.
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Rodé y choqué contra algo por lo que me vi obligado a abrir un ojo, aunque los párpados me pesaban
demasiado como abrir ambos. Vi una mata de pelo castaño rubio. Me vi obligado a abrir a ambos ¿Qué
no me había dormido solo? ¿esto es parte del sueño? ¡¿Qué hace Bill dormido a mi costado… en el
suelo?!
– … – quería decir algo, es más, me sentía seguro de decirlo. Pero mi boca pastosa no me lo
permitió (o eso me hice creer).
Verlo… había algo, algo demasiado tranquilo, esa faz sosegada que parecía imperturbable, no, en
realidad parecía irreal, utópica, débil. Temía despertarlo y romper con la armonía de su rostro.
Sus largas pestañas sinuosas sobre su pálida piel, ojeras marcadas bajo sus orbes, sus labios cincelados
entreabiertos expulsando aire viendo el tenue brillo de sus dientes, su nariz tan perfilada y perfecta, sus
cejas claras estiradas, como si nada le afectaría, no irradiando nunca despierto tanta paz como ahora.
Quisiera verte siempre dormido, quisiera que de esa forma calma me miraras cuando sonríes, que
sonrías en verdad, cuanto desearía que roces mis labios con los tuyos con pasividad, lentamente,
torturándome quizás pero disfrutándolo de a pocos, porque para mí el sólo observarte es un deleite.
Ansío contarte las veces que mi pulso se acelera con una palabra tuya, que me haces buscar distintos
significados a un solo sentir, que me haces crear las notas más bellas, que la melodía la inspiras tú, que a
veces me gustaría en vez de lastimarte o que me lastimes, acariciarte como a las cuerdas de mi arpa,
suavemente, buscando sacar lo mejor de ti, quizás un débil gemido podría resultar la mejor armonía
antes entonada, la mejor canción podría salir de tus labios, el mejor acorde que exude de tu cuerpo, que
la tonada nunca antes escuchada sea por ti y para ti. Tanto quisiera que escuches mi voz, que seas capaz
de escuchar aquello que siento y te oculto porque sé que así me quites el sueño, tus gustos son
distintos, prefieres la rudeza, férreos toques, caricias que pierden ese nombre por la forma dada, y lo
acepto porque eres tú, tú… tú.
¿Podrás un día mirarme como yo te miro? ¿Te dejarás rozar como yo deseo?… me siento tonto.
Cierro los ojos de nuevo permitiéndome abrir mis fosas para apreciar tu aroma, que me logre aturdir al
punto de relajarme, los latidos de tu corazón son constantes, ellos me hacen sonreír, me gritan que
estás vivo, que puedes sentir, que un día me dirás lo que sientes o lo aceptarás de mí…
Caigo rendido frente a la sombra de tu existir…
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– Georg
– ¿Qué? – me preguntó sin tomarme un mínimo de atención.
– Bill me pidió que folláramos – le respondí fingiendo desinterés.
– ¡¿Qué le dijisteis?! – una media sonrisa se formó en mis comisuras y de soslayo veía como su rostro empalidecía.
– ¿Te han dicho que parecéis mujer que busca cotillear? – le dije aparentando preocupación con el
entrecejo fruncido.
– ¡Tomadlo en serio Trümper! ¿Qué le dijiste? – bufé y rodé los ojos.
– Oh… que le daba mi culo en bandeja de oro… ¡Obviamente que no!
– ¿Y él qué te hizo? – enarqué una ceja, luego entrecerré los ojos. No lo entendía.
– ¿Ah? ¿No te estoy diciendo? Si le dije que no, es que no me hizo nada
– No, me habéis dicho lo que vos le dijisteis, que no es igual a lo que hizo el Príncipe
– … no le temo, si es a lo que te referís, no hay razón para hacerlo. Sólo es que me ha enojado, pedirme
que me dé por culo como tal, es más, ni siquiera me lo pidió – de sólo recordarlo me estremecía –
Georg, te quiero preguntar algo…
– ¿Qué si he follado con él? – chasqueé la lengua y miré a un lado mordiéndome el labio para evitar reír.
– ¡Qué decís! No, eso sería absurdo
– Sí, algo irreal y estúpido – volteó el rostro y se tensó.
– ¿Estáis bien? – le posé una palma en el hombro a lo que él me observó algo sorprendido.
– Sí, no te preocupéis. Gracias – cerró los ojos. Alcé una ceja y me crucé de brazos.
– ¿En serio estáis bien? – le repetí. Asintió y mostró una sonrisa evidentemente falsa.
– Bueno… a lo que íbamos mocoso ¿Qué queríais preguntarme? – rodé los ojos frente al apodo y luego
puse una expresión circunspecta.
– Hipotéticamente hablando si… un chico se… frotaría… contra otro, humn… ¿eso sería una forma de
copular? – vi como sus labios temblaban y sus mejillas se sonrojaban por el esfuerzo, unas lágrimas se
asomaban por sus cuencas y quise irme de allí.
– ¡Hahahahahahahhaha! – se palmeó el muslo y sentí mi rostro arder en vergüenza.
– ¡Te he dicho que hipotéticamente! ¡No es como si me hubiese pasado! – me justifiqué azorado.
– Nadie ha dicho que fueras vos ehhh – rió una vez más – está bien… ¡Hahahahahahahahahahaha! –
apreté fuertemente la mandíbula.
– ¿Sí o no? – pregunté entre dientes.
– ¿Hubo algo más que debas mencionar?… ¿deditos quizás? – cerré los ojos y busqué tranquilizarme
¡pero cómo deseaba golpearlo! – si no me respondes no puedo…
– ¡No, no hubo dedos! – le grité con todo el valor que saqué.
– En realidad eso no tenía mucha relevancia – mi mano se crispó en un puño – ya, ya relájate… No, no
han copulado, pero déjame decirte que aquello es algo muy íntimo y básicamente como un preludio, es
un acto sexual pero no un coito – mis orbes irían a salírseme de mis cuencas ¿acto sexual?.
– ¿Y… qué otra cosas se pueden considerar como actos sexuales? – le pregunté más calmado y con la curiosidad hablando por mí. Estos temas deberían estar en mis conocimientos si… no sé. Maldición me
siento tan niño.
– Sentaos, esta será una larga charla… – asentí y obedecí situándome en una silla para que él luego lo haga.
&
Llevando lo poco o mucho que posee consigo. Dispuesta a afrontar a los tortuosos recuerdos que la carcomen día con día. Aquel mal que yace dentro de su cuerpo tiene un inicio, un culpable.
Odia mendigar pero eso ha tenido que hacer para lograr llegar a aquel lugar tan conocido para su
cuerpo, que inclusive se estremece.
Cierra los ojos y mantiene un paso constante, no muy rápido, no muy lento. Se acomoda el manto sobre
sí, más que como manía que por frío.
Reconoce el camino que trazan sus pies, a pesar de ya haber pasado más de tres lustros desde la última
vez que lo pisó.
Su corazón late fuertemente. Debe tranquilizarse, no es bueno para sí que se agite.
Ella tiene sus razones por las cuales ha venido aquí, por las cuales, se ha visto obligada a ir.
Unos cuantos la miran de reojo. Son demasiados jóvenes para conocerla, y los que no, son demasiado
distraídos como para recordarla.
Sus cabellos bermejos brillan tenuemente, a pesar de estar en su mayoría descoloridos y opacos,
mantiene su hermosura. Es el clima, es el Sol, su piel lo refleja, su rostro también.
Se detiene y sujeta la garganta. Contiene la respiración para aguantar el escozor y vuelve caminar. No
quiere llamar la atención.
Parece que el tiempo ha pasado por sobre ella más que sobre ninguno. Por sobre todo lo oscuro que la
cubra, persiste aquel rezago de la juventud, no, ella no es una anciana. Más de tres décadas son las que
pesan sobre ella, pero es suficiente vida para lo que ha tenido que soportar. Dolor, miedo, amor. De sólo
recordarlo quiere llorar, pero esas cicatrices que se han formado desde aquel momento son más duras,
ella tiene que ser fuerte, siempre ha tenido que serlo.
Mira las casa, siente que está cerca, tanto que de cuando en cuando observa con detenimiento cada
detalle de los portones de los hogares por los cuales se conduce.
Esa es se dice a sí misma con una sonrisa formándose inconscientemente en su rostro. No todo tiene
que ser malo, no todo conlleva al dolor, no todo significa sufrir. Pequeñas imágenes de su corta infancia
recorren su mente, de entre todas las personas que la querían y le tomaban importancia, estaba ella.
Tocó una vez, otra más. Un rostro apareció por la rejilla, ojos escrutadores la miraron, y luego se
ensancharon al reconocerla. La puerta se abrió y la mujer fue sujetaba por unos gruesos brazos de otra.
– Vos… vos… ¡Pensábamos que habíais muerto! – gritó para luego soltarla. Ella simplemente sonrió
y dejó que la otra llorara.
– Pues… no, aquí me veis – respondió pasando su delicada mano sobre el hombro redondo de la
otra. Una mujer de contextura gruesa, con el rostro lleno y labios gruesos, ojos pequeños y de color
miel, formas indefinidas bajo la túnica que poseía, cabellos ondulado sujeto por una coleta mal hecha,
pequeñas manchas en su indumentaria mostraban que estaba cocinando, también por el aroma
impregnado en su cabello castaño. Mucha diferencia había entre ella y en la otra que era de menor
tamaño, figura menuda y algo desgarbada, con facciones mucho más finas, cabello reseco y rojizo y ojos
un poco más oscuros que los de ella.
– ¡Mujer! ¡Prima mía! ¡entrad, entrad! – exclamó y con ademanes la hizo obedecer.
La casa era notablemente distinta a cuando ella era pequeña. Ya no había flores, ya no estaba la figura con porte de su tía. La que nunca sonreía y no era de mucho hablar. La que había muerto años atrás. Ella
sabía que eso había pasado por ello prefirió no mencionarlo y sentarse por órdenes de su familiar.
– ¿Podéis decirme qué sucedió con vos? – interrogó con los ojos aun húmedos mientras se
estrujaba las faldas con nerviosismo.
– El pasado debe permanecer allí, Irene – dijo con una voz que trasmitía peso a pesar de lo delicada
y suave que era. Cuando se es madre se tiene que aprender a desarrollar ese tono autoritario.
– Bueno, bueno – se incomodó un poco pero no dejó que le afectará en demasía. Se enjugó una
lágrima antes de proseguir – ¿venís a quedaros aquí, cierto?
– Sí – respondió algo apenada, suavizando su expresión.
– No te preocupéis. Es lo mejor, no deberíais andar sola aquí… aparte te noto algo enferma ¿lo
estáis? – parpadeó para normalizar su visión.
– Eso es lo de menos mujer. Aquí me ha agarrado algo por el cambio de clima. No os preocupéis. –
sonrió. Irene le respondió al gesto.
– Dejadme ayudaros con tus pertenencias. Te llevarás bien con mis niños.
– ¿Tenéis hijos?
– Sí, un par, lástima que mi marido haya fenecido. – su mirada se tornó sombría. Ahogó un sollozo.
– pero ahora no me sentiré tan sola contigo eh – sonrieron. – ¿Cuánto tiempo permanecerás aquí?
– Tengo un asunto pendiente
– ¿Pendiente? ¿Vos supisteis lo de…?
– Sí – respondió con el pecho presionado. Claro que sabía a qué se refería. Las noticias siempre
corrían por doquier, y ella se enteró de aquella desgracia a distancia.
– Lo siento – ella asintió con el semblante inexpresivo. – aquí espero te sientas cómoda – le mostró
la pieza, pequeña, simple y sin ningún detalle resaltante pero ella se conformaba con poco, así que le sonrió. – dejad tus cosas aquí que te presento a los niños – obedeció y la siguió.
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– ¿Cuáles son sus nombres? – manifestó cuando se encontraban ya en el patio, mirando a dos niños, uno pequeño de alrededor de cinco años y el otro más grande que tendría sus diez u once años.
Ambos jugaban entre risas y corridas a ningún lugar en específico.
Sus mejillas sonrosadas por el calor, risas ruidosas bañando el ambiente, provocando que uno las imite.
Cabellos en ondas y de diferentes matices de rubio. La típica redondez de la infancia, junto con la
ensoñación y brillo en los orbes.
– Quinn y Neo – le dijo después de un momento.
– Sabiduría y Fresco, vaya, acorde con las edades
– Y con su forma de ser. A pesar de que son muy pequeños puedes notar lo diferentes que son.
Quinn se encarga de proteger a Neo, nunca lo lastima, y no llora aunque le golpee, está siempre
dispuesto para lo que él le pida, ha sido así desde que su hermano nació, se ha intensificado el lazo con
la muerte de su padre…–prosiguió – Neo está en búsqueda constante de actuar, está niño aún, podría
ser por la edad, pero no, sé que él siempre será así, vivaz, sin temor a las cosas, intrépido… quizás suene
a demente, pero sé que será así – los miró anonadada. Eran idénticos a su padre, y eso la hacía feliz.
Diferentes pero a la vez complementarios, le alegraba eso. – ¿Y vos tuvisteis algún niño?
– Sí – su sonrisa se perdió entre sus labios secos.
– ¿Y dónde está?
– No lo sé – respondió sincera. La otra frunció el ceño con pensamientos surcándole la mente que
prefirió guardar hasta que sea propio.
– ¡Neo! ¡Quinn!
– ¡Mamá! – gritó el pequeño corriendo presuroso frente al llamado, el otro con semblante
preocupado corría tras de él para evitar que tropiece.
– Niños… ella es su tía… a partir de ahora ella estará con nosotros – el pequeño la miró sonriente,
con los hoyuelos en sus mejillas, el mayor la observó con desconfianza, miró a su madre y mostró una
sonrisa algo tímida, pero con los ojos pendientes.
Había algo en los rostros de esos niños, sus sobrinos, que le hacían evocar momentos felices. Por ello les
sonrió y guiñó un ojo estando dispuesta a llevarse bien con aquellos infantes.
Claro, tenía una razón para estar allí. Con eso empezaría a partir de mañana cuando el Sol esté en lo alto.
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Tragó saliva una vez más.
Se lo atribuía al hecho de que vería al Príncipe. Pero estaba consciente de que también tenía que ver con aquel coloquio que había mantenido con el sirviente.
Negó con la cabeza. Se decía a sí mismo que no vería a Bill de manera distinta sólo porque está mucho más informado sobre aquellos temas.
Aparte él quería lo había invitado a… ¿una cena? No se lo indicó, pero él lo supuso así. Mas se llevó una
gran sorpresa al ver a guardias cerrando el paso. Ciertos recuerdos del incidente que tuvo la primera vez
que quiso entrar al palacio lo aturdieron.
– Ehhh… disculpen .– dijo con voz aguda. Aclaró su garganta. – el… el Príncipe me ha dicho que…
– Entrad – dijeron al unísono y le hicieron espacio para que lo haga, él con los ojos abiertos entró
confundido.
Estaba tan ensimismado por el comportamiento de ellos que en un principio no reparó en los sucesos
que se desenvolvían delante de él.
– ¡¿Qué?! – clamó con las mejillas coloreadas.
Él no comprendía qué hacía allí. Sabía qué es lo que pasaba pero no se supone que estaría. Era una de
las celebraciones del Príncipe a las cuales terminantemente prohibido le tenían el ingreso. Pero lo han
dejado entrar, y Bill lo ha invitado, a sabiendas de que este acontecimiento se llevaría a cabo.
Tragó saliva otra vez.
No se imaginaba que eso era lo que sucedía en una celebración de la nobleza.
Veía a gente, mucha gente, sin ropa, algunos sí la poseían pero estaba desarregla y casi ausente. Los rostros idos, rojizos, jadeos en el ambiente, espasmos, miembros por todo el lugar, entremezclados, no
pudiendo diferenciarse en donde empiezan o terminan, hombres embistiendo a mujeres u hombres,
mientras que reciben lo mismo, o son rozados o arañados.
Cerró los ojos un instante creyendo que era un sueño a causa de la charla con Georg, pero el sonido
seguía retumbando en sus oídos, un gemido ensordecedor le hizo abrirlos.
No, no provenía de nadie que estuviera en ese cúmulo de personas regadas retozando a gusto. Venía de
más al fondo. Podía oírlo. Luego se preguntó. ¿Qué hacía allí? ¿Dónde estaba Bill? Con el rostro rojo y
teniendo que soportar roces atrevidos se acercó para observar si veía esa melena rubia o piel clara, él
sabía que podía reconocer aquel cuerpo que una vez vio a distancia.
Dio unos golpes, por cansancio y vergüenza, pisó sin querer a algunas personas, disculpándose al
hacerlo. Tocó sin verdadera intención a cierta gente y por fin encontró un lugar que no tuviera tanto… sexo. Él estaba ya habituado a ver algo como eso. Pero no todo lo que vio lo había visto antes, otras cosas también.
Continúa…
Gracias por leer =)