“Destino” Fic de Maggot
Capítulo 17: Control
El pequeño de cabellos dorados yacía en el piso con la piel magullada y lágrimas saliéndosele de los orbes. Pequeños gimoteos se escapaban de sus labios redondos, las aletas de su nariz se abrían y cerraban casi por instinto. La mujer que observaba todo desde un rincón lo sujetó quitándole de la pequeña mano al animal muerto.
– Shshsh… – le chistó mientras lo acunaba en sus brazos. – que no te oiga llorar
– Snif… snif – buscaba menguar su llanto mas no podía y cada vez que lo intentaba terminaba ahogando
sonoramente un sollozo. Ella le dio una mirada dulce y acarició su mejilla, sorprendiendo al menor.
– Bill, pequeño… – le susurró aun meciéndolo – sólo los débiles lloran… y vos no sois cualquier niño, vos sois un Príncipe, y nadie debe verte llorar, si queréis hacerlo, hazlo cuando nadie te vea… ¿está bien? –él, a pesar de tener corta edad, comprendió el sentido de esas palabras y asintió sorbiéndose la nariz y poniéndose rojo al forzarse a no llorar.
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Llegaron a otro espacio en donde la dama lo bajó con cuidado. Le dedicó una sonrisa al niño mientras abría con una mano firme al conejo, el niño miró atento como la sangre se escurría, como las entrañas del pequeño animal se le salían, el semblante de su tía, sereno, frío, calculador, como ella cometía su labor.
Luego tomó los trozos y los lanzó a un lado, en donde con una rápida fricción entre dos piedras consiguió fuego.
– No debe quedar rastro de un error, pequeño – le dijo mientras limpiaba la superficie que había
quedado con sangre y luego sus manos con una especial parsimonia. El menor alternaba la mirada de su
tía hacia el fuego, su entrecejo se frunció y se prometió no olvidar aquello.
La sangre calcinada emanaba un olor característico que nunca en su vida pudo olvidar…
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El Príncipe impulsó su cadera por no sonreír, se hundió más en la boca de aquella mujer, la cual dio una arcada por el poco tino de éste, para evitar que ella se alejara pasó su mano por su cabello, a simple vista observándose como una caricia, pero siendo en realidad una forma de retención, era capaz de arrancarle la oreja si se movía, la joven siguió con su labor al igual que las otras.
Él quería sonreír de la satisfacción que sentía. Le estaba saliendo todo en cuanto había planeado.
Primero, llamar a Thomas a su pieza, ver si era capaz de ir allí a pesar de su proposición, a estas alturas,
él lo aseveraba, así que simplemente lo esperó hasta que éste dio su aparición.
Segundo, darle de probar algo más directo pero a la vez sutil, tentarlo a sabiendas de que se resistiría en
un principio, no es que importe mucho, pero quiere ablandarlo más.
Tercero, pedir a su sirviente con el cual Thomas suele hablar más recurrentemente con antelación que le
cuente sobre cómo es copular, o cualquier cosa relacionada a ello, él sabía que se confundiría un poco
con la frase que utilizó, obviamente estaba en su conocimiento que aquello no era considerado como
ayuntar, pero podría pasar como ignorante y despertar la curiosidad en el otro, ahh detalle, no
mencionar el dolor, lo que busca es atraerlo no asustarlo.
Cuarto, ser avisado a penas termine la charla.
Quinto, pedir sólo tres mujeres para él. Expresamente pidió mujeres, eso despertaría un poco más el
interés del otro, si es que el límite aun radicaba en su orientación, eso terminarían confundiéndolo más.
Un empujón por así decirlo. Tenía el morbo de su parte.
Sexto, dejar a cargo de una perteneciente a la servidumbre que apenas lo viese le indicase dónde él estaba.
Con el tiempo él se ha habituado a sentir presencias, saber cuando alguien se acerca, o se aleja, un oído especial, cuidadoso en todo. Así que supo en el momento exacto en que Tom ya lo estaba observando, por ello hizo gritar a una dama antes, para atraer su atención.
Él adoraba tener ese poder total sobre las situaciones.
El poder tener una vista panorámica de una determinada situación para luego encajar las piezas
sabiendo cómo y dónde, disfrutando las reacciones que provoca, como todo el juego se desenvuelve,
como se deteriora de a pocos y se convierte como la vida misma, que comienza, que actúa, que muere;
no le interesa que desaparezca, frente a aquello él alega que todo tiene que acabar. Si un juego fuese
para siempre o se regeneraría al terminarlo, perdería la gracia, su unicidad. Él juega y luego desecha
todo, incluyendo cada pieza pequeña y, por supuesto, la de mayor tamaño. Porque todo es un juego
¿no?
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Le escocían los ojos por no cerrarlos, hacerlos sería perderse hasta el más minúsculo detalle de aquel momento y él no deseaba aquello, puesto que cada movimiento, cada trozo de piel a la vista ya sea acariciada o no, le fascinaba.
Era de esperarse, todo estaba meticulosamente arreglado, las miradas de Bill, nunca en su dirección
pero denotando una notoria lujuria; la ubicación, se podía ver la escena pero no en demasía, como
manteniendo un rezago de misterio que hace más tortuoso el sentir del otro; la presencia del otro, con
unos marcados ojos avellanas por esos fuertes trazos negros que le daban una fiera característica, ese
toque felino, sus cabellos, lacios cayendo sobre sus hombros, más largos que los propios, y de un tono
azabache que le empalidecía el rostro y remarcaba las facciones finas, dándole una suculenta apariencia,
todo aposta, por supuesto, pero Tom no sabía aquello, sólo lo disfrutaba, era todavía un chico y por
mucho que haya vivido, mantenía la inocencia e ingenuidad de su edad.
Parpadeó pero abrió sus ojos inmediatamente no soportando la sola idea de desaparecer esas formas de
su vista por mucho tiempo.
Los movimientos cadenciosos. Los gemidos expulsados de los labios de las mujeres, las cuales sujetaban
cualquier parte del cuerpo del mozo para rasguñarlo o acariciarlo, una situada tras él para succionarle el
cuello, pasándole la lengua por aquel fino cuello, él frunció el ceño casi al mismo tiempo que lo hizo el
observado, se alertó pensando que lo habían notado, mas suspiró al ver que sólo era producto de su
excitación. Se relamió los labios con los orbes ocultos bajo los mantos que son los párpados y luego los
entreabrió, estaban hinchados y rojizos, un sonido salió ronco y suave por su garganta, más parecía un
gruñido, uno animal, la dama que estaba ocupada con el quehacer de abajo se retorció y cayó a un lado
limpiándose los labios y con el cabello cubriéndole el rostro, escondiendo las lágrimas que se le
escapaban, los otras en cambio, seguían sumidas en el éxtasis que les ofrece aquello que les daba
Gustav, por órdenes del heredero.
Se escuchó el crujir de sus dientes.
Ira, deseo, odio, deseo, furia, deseo. Un bagaje de sensaciones que no estaban prestas a abandonar su
cuerpo.
Le estaba observando casi echado con aquellas manos recorriéndole el vientre en búsqueda de su
virilidad, viendo a ésta última y no sintiendo tirria como esperaba, no, ahora pensaba en otra cosa.
“¡¿QUÉ?!
– Sí, eso se llama felación”
Retazos de la charla con el sirviente castaño le atribulaban la mente.
Él no creía que algo tan burdo pudiera provocar placer, o al menos no al que lo hace, porque al que
recibe aquella atención le ha de parecer el Olimpo ante los nervios de su cuerpo. Pero… ¿Cómo pensar
con un sano juicio con la expresión descompuesta por el orgasmo del otro? ¿Cómo tolerar que sea otro
cuerpo que el provoque aquello? ¿Cómo soportar la sola idea de que alguien toque lo que por primera
vez es suyo? Ohhh… él se decía que hablaría con Bill si es que antes no lo golpeaba, aunque en este
instante eso no está precisamente pasando por sus pensamientos.
Se dejó caer contra la pared, no logrando hacer ruido alguno pero si estremeciéndose frente al frío del
piso contra su piel caliente.
Agudizó la mirada para observarlo más detenidamente.
Le parecía aquello tan repetitivo. Como si aquello se hubiese suscitado ante sus ojos con antelación, refiriéndose al cuerpo desnudo de Bill. El lago, pero allí era distinto, en el lago no tenía vista tan cercana,
en el lago Bill no estaba siendo estimulado por nadie ni acariciando a nadie (puso su mayor esfuerzo
para que aquello se viera así). Ahora el líquido que lo cubría no era agua, sino sudor, de él y de ellas,
ahora no lo veía tan frágil, no, mentía, ahora lo veía dominante y controlando todo. Se intimidaba un
poco, demasiadas sensaciones para tan poco tiempo.
Se imaginaba lo que sería acercarse allí e interrumpir todo, o quizás terminaría siendo tomado en brazos
por una de esas mujeres, se le pasó la idea por la cabeza, pero al verlo de nuevo se le borró la misma,
siempre el centro de la situación donde Bill estuviese sería el mismo, resaltante ante cualquier
circunstancia. Se lamentó frente a esa idea, creyéndose sodomita de nacimiento. Frunció el puente de la
nariz al recordar algo más…
“Sodomita se le dice al que le practican la sodomía…”
Negó con la cabeza. Irremediablemente esa idea se le iría a insertar en el cerebro tarde o temprano, es
curioso más bien que recién lo haga ahora. El mozo quería copular con él, quería intimar teniendo el
control. Él no quería eso, él era el que quería tener el control.
Vaya… hasta que al fin lo admite. Soltó un gemido al reparar en sus pensamientos. El ajetreo a su
alrededor se interrumpió súbitamente como esperando aquel sonido. Se tapó la boca casi por instinto y levantó sus piernas para que se peguen al tronco de su cuerpo. Por primera vez desde que llegó a ese lugar, volteó el rostro y cerró fuertemente los ojos.
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El Príncipe bufó en decepción, creyó que el otro duraría más antes de hacer algún sonido que delate su presencia.
Fingiese ofendido y se levantó a cubrirse con los ropajes de descanso, unos muy ligeros que no
necesitaban la típica parafernalia para ser puestos.
Ambas mujeres le sujetaron de las piernas, a lo que él, con un movimiento brusco, las empujó. La otra seguía en un rincón de la habitación con el semblante lloroso y la mirada perdida, no le interesó y se fue
donde su tan esperado invitado.
– Tom… – manifestó con el ceño fruncido mientras se mordía el labio inferior. Se puso de cuclillas para
estar a su altura. Éste suspiró y abrió los ojos sintiéndose un completo idiota.
– Lamento… ¿interrumpir? – soltó con deje de enojo en la voz, cosa que percibió el heredero arqueando
una ceja.
– Yo necesito follar
– ¡Bah! Ahora es una necesidad… ¿también lo es hacerlo entre tres personas? Y… ¿Qué me dices de la
gente en el resto del salón? ¿también es parte de tu fantasía perversa, eh? – Bill ladeó el rostro, le
estaba alzando la voz, y no sólo eso, le estaba reclamando, esa reacción no se la esperaba. ¿Quién se
creía que era para hacerle eso?
– Primero… no eran tres, éramos cuatro, después – sonrió –. ¿no quieres participar? Es más divertido en
grupo ¿no crees? – Tom lo miró con una ceja alzada y la boca temblándole. ¿En serio le ofrecía aquello?
– Vos… vos… estáis mal de aquí – se señaló la cabeza. El Príncipe soltó una risa que lo estremeció. –
pero…
– Me habéis interrumpido, y qué decir del resto, me estabais observando, que travieso eh… – el rubio
volteó nuevamente el rostro creyendo que así no podrían leerle la expresión. Bill sonrió. – debería
castigarte – canturreó.
– ¿Perdón?
– ¿Qué pensaría la gente sino? Soy un Príncipe. Y que le estén pisando los talones uno de la plebe sería
mal visto – endureció la expresión, Tom no se dejó intimidar y lo miró fijamente. Se creía dispuesto a
todo, o bueno, casi todo.
– Pensarían que eres un condenado blandengue – le respondió con sorna. El otro agudizó la mirada, con
esas pestañas volviéndolo más provocador, y a la vez, amenazante, sólo reaccionó cuando sintió las uñas
clavársele a la piel del brazo. No gritó pero gimoteó inconscientemente. Si ese era su castigo, pues no
era nada en comparación a lo que le hacía su padrastro.
– Cállate… debéis hablar cuando yo lo requiera… ¿escuchaste? – le sujetó por la mandíbula. De un
manotazo alejó su mano de allí -. Si… deseo tocarte… – posó una mano por sobre el miembro del otro
aun cubierto por la tela pero mostrando el bulto por todo el acontecimiento –. te dejarás tocar porque
yo lo digo… – Tom siseó y puso su mano por sobre la de él.
– Si me vais a tocar así… termínalo – le ordenó. Bill sonrió.
– ¿Con qué demandante, eh? – dijo más sin embargo guió su mano por debajo de la tela, acariciando los muslos del contrario mientras buscaba algo, él otro mantuvo una dura expresión que rompió cuando lo sujetó del rostro al otro para besarlo.
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Ehhh… ¿Y las damas? Fueron reclutadas por Georg, que andaba tras un pilar, esperando a la señal.
Ahora él debía desaparecer todo prueba de lo que sucedió allí. Exceptuando que esta noche al parece Bill no mataría a nadie.
No pudo evitar mirar de reojo como se besaban, era extraño, él nunca había visto correspondencia a tal
grado con el Príncipe, y no sólo aquello, que se besara con otro hombre. Suspiró y creyó por un instante
que Bill, ese mocoso debilucho que había matado a sangre fría con sólo catorce años de edad a la madre
de Gustav, podía fijarse en Tom, podría quizás no matarlo, podría quizás… ¿amarlo? Negó con la cabeza,
el amor es simple y complejo a la vez, en una mente enferma como la de él no cabría aquello. Aparte él
tenía que callar y soportar así afecte a Tom con aquello, porque lo que uno aprende con el tiempo es
que si no se preocupa por sus asuntos termina con problemas de otros que se vuelven los propios. Así
que desistió de su idea de interrumpir y los dejó ahí metiéndose mano y besándose como ansiosos en el
suelo, una sonrisa se formó en sus labios, sea como sea, algo en esa imagen le daba esa cálida
sensación, a pesar de que claramente se notaba la brusquedad, se les veía tan niños, tan niños haciendo
cosas de grandes.
Por más humillante que haya sido para él soportar las hormonas del heredero no podía hacer nada
porque o bien moría o bien mataban a Gustav, pero nada de eso quitaba el hecho de que el Príncipe era
menor que él, bueno, un año, pero a veces cuando lo observaba en sus recaídas, medio enfermo, o con
la mirada perdida, lo veía de menor edad, como un pequeño niño que se siente solo, uno que no tuvo
padres, y que rechaza a la gente porque teme que le hagan daño, luego deja de pensar aquello al
considerarlo absurdo.
El único que es un niño en esa escena es Thomas, y así le duela tendrá que aprovecharse de esa circunstancia para que pueda estar tranquilo con Gustav por lo menos en lo que le quede de vida al arpista.
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– humnhumn… – el rubio cerraba fuertemente la boca mientras los labios del moreno se perdían en su cuello y la mano ágil de éste masajeaba aquella zona sensible, brindándole tortuosos escalofríos aquel contacto ajeno, suave y rápido.
Tom no entendía. Se supone que él debía hacer algo pero no recordaba qué. Sólo pasaba las manos por
los costados del otro, deleitándose con la curvatura de su espalda y el almizcle que irradiaba de sus
poros, como le cosquilleaba aquella peluca, como le fascinaba ver los ojos entrecerrados con ese fuerte
maquillaje sobre ellos. Arqueó la espalda por un movimiento rápido de muñeca y roce del pulgar del
otro con la punta de su miembro. Se sintió perdido en sí mismo y en las manos del otro, su cuerpo
tembló y se aferró al otro, sorprendiéndole.
– No… quiero… que estés con… ellas – exclamó acezado. El Príncipe, aunque el otro no lo pudo ver, abrió
los ojos en toda su extensión. Era la primera vez que alguien le pedía eso, la primera vez que alguien
exigía su compañía exclusiva. Correspondió a ese extraño abrazo cuando lo sintió desvanecerse en sus brazos.
Sonrió.
Séptimo. Dejar indicado a aquella sirvienta que le dé vino a Tom, el cual contiene hierbas que después de un determinado lapso le hacen perder el conocimiento.
Sentía mi cuerpo entumecido, desde mi coronilla hasta la punta de mis dedos… humn… esto se parecía a algo…
Me escocía la garganta, no podía ni abrir mis párpados, los sentía demasiado pesados como para hacerlo…
Mi respiración era como si se suscitara en un cuerpo ajeno al mío, lo único que negaba aquello era sentir
el aire salir forzoso por mi nariz y labios, estos últimos sabían a óxido… eso quiere decir que me estaban
sangrando, ¿pero en qué momento? … labios suaves sobre los míos, movimientos bruscos, perlas
atravesando los míos, dolor que gusta y causa placer, Bill…
Flotaba sin agua. Volaba sin aire bajo mis alas inexistentes.
Sentía un tenue frío que me invadía, que me erizaba la piel sin ningún impedimento. Un pequeño
punzón en mis hombros, sin aun poderme mover, pero era como si eso tuviera algo externo que me
negara el movimiento. Las yemas de mis dedos me ardían de lo gélidas que estaban. Mis tobillos en una
presa superpuesta, una que me dolía porque jalaba sin querer parte de mi piel. ¿Así de doloroso era mi
castigo por amarlo? Humnn… nada es claro, sólo hay oscuridad…
Me duele cabeza. Escucho como si me pitaran en los oídos. Poco a poco voy vislumbrando la realidad…
– ¡Ahhh! – exclamo sin comprender cómo es que he podido terminar en un lugar como este.
– Al fin despiertas Tomi – con el aliento saliéndoseme acelerado le observo.
Trae la misma indumentaria de antes de ¿desfallecer?, con ese maquillaje intacto, el cabello sedoso y
oscuro luciendo como una melena prominente, haciendo más delicada sus facciones al ser largo y liso, la
túnica un poco traslúcida y permitiéndome ver su hombro desnudo y parte de su pecho plano y suave al
tacto. Pero… lo más resaltante era su expresión, una sonrisa dibujada en su faz, mostrándome sus
dientes, mas no demuestra felicidad, no entiendo qué podría hacerle reír en este instante, sus ojos,
centellantes con esa miel derretida dentro y con algo que la vuelve oscura. Sediento, hambriento, capaz
de destrozarme con ese par de orbes.
Volví la mirada a un lado notando que este era un espacio al cual antes no había acudido. Impoluto, sin
rastro de imperfección, con el suelo de mármol pulido, que quizás podría uno resbalarse, las paredes
con figuras delicadamente grabadas en ella, podía distinguir ciertas cosas propias de un templo, a algunas musas compartiendo entre ellas. ¿Dónde estábamos?
Volví a sentir dolor y recordé las sensaciones de mi letargo mirando hacia mis brazos, percatándome que
estaban sujetos a grilletes puestos en la pared, ambas muñecas unidas y no pudiendo deshacerme de
aquello, peor se tornó mi sorpresa al ver las ataduras en mis pies, con sábanas de seda y puestas
fuertemente apretadas en mis tobillos y los bordes de la cama, la cual era contradictoriamente suave, y
también noté lo que hacía sentir frío, estaba desnudo.
– ¡¿QUÉ MIERDA SUCEDE AQUÍ?! ¡SÁCAME ESTO! – le exigí moviendo dolorosamente todo mi torso
juntamente con mi cuello. Sentía el rostro arderme. Y su sonrisa se ensanchó. No entendía porqué
estaba así, él no había sido, y si ese era el caso, ¿Qué juego raro era éste?
– No – negó con la cabeza y gruñí. No era una condenada petición.
– ¡Maldición! Esto duele – señalé con la cabeza las ataduras. Se acercó a ellas y las desató.
– Perdón – no parecía sentirlo porque rió de nuevo. Me avergonzaba tener que estar tan expuesto frente a él.
– Espera… ¡Tú hiciste esto!… la vez primera también fuiste tú ¡Y culpaste a Georg! – bramé. Seguía con esa sonrisa macabra en su rostro. – ¿Qué es lo que te sucede? ¡¿Por qué me haces esto?! – le interrogué
con lágrimas queriendo salírseme de las cuencas. No podía concebir la idea de que él me haga algo malo
a mí. Se acercó y temblé ante su roce tan… extrañamente delicado por sobre mi mejilla.
– No hagas preguntas… me molestan. –me observaba fijamente, denoté que en esta ocasión no había
esa sonrisa en sus labios y que a la par, él miraba a los míos y se relamía los suyos.
No… podía emitir palabra, mis labios se rozarían con los suyos al hacerlo. Sentía el dolor, el frío, pero a la
vez el calor interno al tenerlo tan cerca, no entendía sus razones, me frustraba, pero… todo quedó al
olvido al él aunar sus labios a los míos… no, no es que me olvide de aquello, todavía me duelen las
muñecas, sigo desnudo, lo tengo con el torso contra el mío porque se ha sentado al borde la cama.
Esa herida purulenta que palpita en mi interior, deja de supurar o al menos así lo siento, es como si le
cayera agua calmando el dolor de forma directa pero apaciguadora.
Entre la inmundicia de los cuerpos sin vida y de los no vivos, entre los golpes que buscaban ahogar mi voz, las noches frías en las cuales mi cuerpo tenía que crear calor para subsistir, donde mis lágrimas se
perdían entre la lluvia que terminaba por convertirse en barro, las voces gritando desesperadas por algo
que las calme, todas necesitadas de algo, almas cansadas de estar en aquellos cadáveres fétidos
andantes, toda aquella escoria en la cual yacíamos mi madre y yo, tuve que irme de allí para despertar, a
aquel mundo donde el cielo se ve menos oscuro, los aromas más dulces empapan tu espacio, todo es
silencio, no hay necesidad, no hay desdicha.
Vos me hiciste entraren otro mundo, de tu mano encontré lo que necesitaba y desconocía su existencia.
Vos sois la calma de mi herida, me trasmites tanto, me haces sentir que puedo ser querido, que me
necesitas, que quieres mi atención, ya sea en una forma poco ortodoxa, pero sé que es así.
Que el dolor es asimilable si viene de tus manos. Que si habéis permanecido solo al igual que yo, ya no
lo quieres más; necesitas ese contacto tan compacto para sentirte seguro, yo necesito lo mismo. Saber
que aunque lo único que tenía antes era mi orgullo, te lo ofrezco, porque nada de él vale la pena en
comparación a lo que consigo contigo.
Tu vos tranquiliza las tormentas que se desatan en mi mente, así sea porque sueles provocármelas.
La agitación es algo común en lo nuestro, me mantienes a la espera de tu siguiente acción, para
contemplarla, admirar cada esfuerzo que pones en todos tus actos, porque siempre retienes un pulcro
control que me hace estremecer.
Quiero acariciarte, sí, eso quiero hacer, en vez de pensar en mi libertad pienso en ti.
Maldición… sigo a la espera de nunca terminar, aguardando que termines de lastimarme, que cuando
eso acabe puedas amarme…
– Podrías… soltadme… por favor – le pedí entre besos con ese sonido húmedo de por medio. Él me miró
de soslayo con el ajuste perfectamente natural de sus pestañas. Pero en vez de decirme algo
simplemente se perdió en mi cuello provocando me que arquee la espalda al sentir su lengua pasearse
por ese espacio… no, no es justo.
– Te voy a soltar… no sin antes jugar – me dijo tras un momento. Asentí, ¡¿Por qué asentí?!
– Bill… – sentí sus dedos pasearse en mi pecho, causándome cosquillas. Alzó una ceja y detuvo el
movimiento. – me das cosquillas…
– Te haré doler si me sigues llamando así…
– ¿Entonces cómo te llamo? – le dije mirándole fijo. Agudizó la visión y sonrió.
– Señor – ahora fui yo el que alzó una ceja – llámame “Señor”
– Está bien “señor” deja de hacerme eso y pásame una manta, es decir… ¡No tengo nada encima! –
asintió, suspiré, me desataría.
– No puedes estar así tú solo – abrí mis ojos en toda mi extensión cuando lo observe levantarse y dejar
caer los ropajes al suelo, quedando expuesto su cuerpo frente a mí, no era la primera vez que lo
observaba, pero sí era la primera vez que estaba tan cerca a mí.
No podía despegar mis ojos de su cuerpo. Era… perfecto. Llano, sin ninguna imperfección ni
protuberancia que desentone el equilibrio que mantenía, hombros pequeños, piel clara en diferentes
tonalidades, pecho plano al igual que su vientre pero finamente esculpido por formas naturales que le
daban mayor acento a aquella armonía, sus caderas pequeñas y cuadradas, notorias, haciendo
resaltante su cintura y talle, sus piernas largas y delgadas mas manteniendo una forma esbelta, su
miembro ya despierto.
Recién reparaba en algo… humnn… ¿Bill me tiene imposibilitado de hacer algo? Y… él desea follarme.
Me empecé a agitar con los grilletes puestos, moviendo mis brazos y cuerpo como un desesperado. Oh
no, oh no… ahora no, así no, por allí no.
– … –sonreía. Por eso es que lo hacía. Todo esto era adrede, no sé de qué manera pero había logrado
hacer que me desmaye para dejarme a su merced. Esto… no tiene sentido, yo se lo he explicado.
Maldición… no, ugh… duelen mis muñecas pero si no hago algo será peor.
– ¡Soltadme! – le exigí aunque ahora lo consideraba algo absurdo. Todo se iba despedazando, todo… se
iba cayendo. Nunca pensé que él sería capaz de lastimarme.
– Ya te dije que lo voy a hacer pero antes vamos a jugar – sonrió.
– No… no quiero seguir tus malditos juegos. – le escupí las palabras sintiendo que aquéllas me dolían más a mí, lacerándome internamente, matando algo más dentro de mi ser muerto.
– Dije que me llamaras señor – me dijo mientras se acercaba a mí y, por primera vez, sentí repudio a
aquella cercanía. – no… no me mires así. – lo observé por el poco común tono de voz que utilizó en ese
momento. Por instantes vi frustración, mas luego sonrió de nuevo acomodando sus palmas a ambos
lados de mi cuerpo, me removí de nuevo como si con ello pudiese librarme de su tacto y del agarre.
Frunció el ceño como esperando que me detuviera, después de un momento lo hice con la respiración
agitada. Era imposible, los grilletes están hecho de un material que sólo un buen herrero podría romper.
– así está mejor… mira Tomi
– No me llames así – lo di una mirada furibunda. Estaba demasiado presionado y notando cosas antes
desapercibidas como para tolerar sus tratos falsos. ¿Qué era real?
– ¿Por qué no te gusta que te llame así?
– Mi madre tiene la boca limpia como para hacerlo, vos no – le dije entre dientes. Enarcó una ceja y
posó una mano sobre mi peplo.
– Madres… madres… yo nunca tuve una, ¿sabes qué significa eso? – no lo miré y cerré fuertemente la
mandíbula para evitar soltar improperios. – tomaré aquello como una negativa, pues bien… humnnn…
¿vos recordáis si tu madre te daba de lactar? – lo miré completamente extrañado, él estaba
ensimismado sin observarme, sino fijándose en donde yacía su mano. – si tu señor te pide respuestas…
vos las tenéis que dar – incrustó sus uñas en mi pecho, haciéndome soltar un grito lastimero. Rechiné los dientes, no debía en este momento demostrar debilidad. Maldito mentiroso. Volvió a hacerlo, cerré los ojos.
– ¡Cómo quieres que me acuerde de algo que pasó cuando era un infante! – le reclamé. Sonrió.
– ¿Tanto te costaba decirme aquello?, acompáñalo con un “señor” si no quieres que…
– ¡Ahhh! – ahora atacó a uno de mis costados, sentía esa zona arderme.
– Entonces… ¿Cuál es tu respuesta? – pidió con ese rostro inescrutable.
– No me acuerdo… señor – solté con la boca torcida en un gesto de disgusto. Lágrimas se agolpaban
para salir de mis cuencas, no por algo físico, sino por algo interno.
– Ohh… si a mí me hubiese pasado me gustaría recordarlo – puso una expresión de nostalgia pero ahora
no sabía qué era real en él. – ¿Me ayudas? – . curvó sus labios en aquel gesto torcido para recorrer con
sus ojos mi pecho, hasta notar un detalle, la piel enrojecida por su brusco tacto. Acercó el rostro hacia
ella y comenzó a succionar. Hasta ese momento no había entendido el porqué de su frase…
– Ugh… humnn… – ladeé la cabeza para no ver y tratar de no hacer ruido al poner mis labios contra la
parte interna de mis brazos. Pero cuando no hacía ruido escuchaba el sonido que él provocaba con sus
labios. Podía sentir como aquello me hacía sentir demasiado caliente y con cierta zona de mi cuerpo
despertándose. Lo malo es que estaba desnudo, él también y se supone que debo estar enojado,
preocupado, alterado, defraudado, no sé, todo menos excitado.
Dientes… eran sus dientes pasando por sobre mi piel con cadencia. No lo iría a ver. Cuando se posó por
completo sobre mí busqué cerrar las piernas a sabiendas de cómo era que funcionaba aquello, pero él
puso una rodilla en medio de estas impidiéndome la acción. Bufé y luego solté un suspiro dejando de
ejercer presión. No tenía a dónde ir.
– Si vais a follarme hazlo ya – me miró de soslayo mientras bajaba con sus malditas succiones por mi
vientre. Dejó de hacerlo y volteó a un lado con la ceja alzada.
– Pensé que vos me follarías a mí –. Lo miré incrédulo. ¿A eso se refería con el “juego”? entonces… ya, la
idea, no, humnn. ¡No!
– No es el punto… esto es contra mi voluntad.
– Pero es lo que vos querías, ¿no? – lo observé, ponía esa expresión preocupada con el ceño fruncido.
¿Creerle o no hacerlo? Digo, esa vez del baño… lo hizo sin mi consentimiento en cierta forma pero era
para mi beneficio. Eso quería decir que él no me va a lastimar, no es que me haya engañado y buscado utilizar. Aunque me irrita con su posesividad y lo llamarlo “señor” cuando sólo es un año mayor que yo pero…
– Así no… vamos, quítame estas cosas y… no sé, ahora es muy pronto – me miró atónito y no vi, mas sí sentí, su mano posarse sobre mi virilidad.
– Esto no parece estar de acuerdo – estaba sonrojado hasta más no poder, porque me ardían las
mejillas. –oh vamos… te va a gustar – enarqué una ceja y él sonrió. No entendía como podía perderme tanto en alguien.
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Mordía como un obseso al pedazo de sábana que él me había alcanzado. No quería hacer ese maldito
ruido, pero sentía que en algún momento saldrían esos gemidos roncos desesperados que se ahogaban
en mi garganta por aquel trozo de tela.
No podía mirar. Sólo quería sentir ese calidez que me envolvía, esa cavidad caliente y viscosa, esa lengua que se paseaba por sobre ella, trazando surcos de saliva mientras que con su otra mano me sujetaba los
testículos. No podía mirar en definitiva.
Que si era la primera vez que él hacía esto. No sabría decirlo. Es que nunca antes nadie me lo había
hecho, no tengo con qué comparar, pero no quisiera tampoco hacerlo, sus labios son demasiado suaves
como para cambiarlos por otros, su lengua es demasiado larga como para pedir otra, va demasiado
rápido como para pensar en otra cosa… ¡Ah!
No puedo. Cada vez que siento ese estremecimiento se aleja por completo y me deja con ganas, estoy
perdido hasta el punto de buscar seguir un vaivén penetrando su boca. Y sus uñas… no sabía que dolían
tanto pero me perforaban la piel de vez en vez, no podría asegurar la profundidad de las heridas, no
puedo ni pronunciar mi nombre en estos momentos.
– Pídeme por más… – abrí un ojo con la tela aun en mi boca y el pecho alzándoseme. Él me quitó la tela y traté de acompasar mi respiración a pesar de necesitar con urgencia una acaricia o algo contra mi miembro.
– Dame más… señor – no sé porque ese nombre ya no me resultaba incómodo. No, ahora todo parecía
justo. Sonrió, ¿Cuántas veces lo va haciendo? El idiotizarme con sus sonrisas, en especial ésta, con la
cual está con la barbilla húmeda por su propia saliva y quizás algún que otro fluido mío, con los labios
hinchados y rojizos. Todo por mi culpa, culpable, culpable, culpable.
– … – cometí el error de no voltear y ver cómo me miraban esos ojos felinos y con me perdía dentro de
su boca, con los cabellos cayéndoseles en derredores de su rostro, el cual estaba perlado en sudor.
Subía, bajaba, lo hacía de nuevo.
Recordé cuando esa mujer se lo hacía a él, traté inútilmente de imitar sus movimientos certeros, pero
algo me lo impedía. No quería lastimarlo, no sé cómo será el tener algo allí, entonces preferí hacerlo
lento, craso error, porque él aumentaba aquel frenético ritmo hasta que pasó sus dientes
delicadamente por allí haciéndome terminar. Volteó y lo escupió, creo que yo tampoco me lo bebería
por más que sea mío.
Me sentía perdido… con esa nubosidad absorbente. Con los colores atontándote. Con los olores
superpuestos sobre tus fosas. Quise abrazarlo, sentirlo pero aún seguía imposibilitado.
– No te duermas – di un respingo al sentir algo áspero chocar contra mi piel, me ardía. Era una fusta.
– ¿De dónde…? ¡Hey! No soy caballo, deja eso – le reñí con el ceño fruncido, se supone que debo
disfrutar mi clímax no que él lo arruine. Cerré los ojos.
– Dije que no duermas… – otra vez. Me retorcí al ser muy fuerte el dolor. – Yo aun no he acabado – le
iba a decir una cuantas cosas pero lo observé y noté que era cierto. No era justo que yo me haya corrido
y él nada… si él quería que yo…humnn yo lo haría. Asentí y esperé que él hiciera algo.
Me sujetó el miembro aun sensible y comenzó a masajearlo. Me dolía aun pero a él aquello parecía no
importarle. Después de un momento traté de no pensar en el dolor y me dejé llevar.
Se sentó a horcadas sobre mi vientre, quedando su excitación sobre éste. No me era muy pesado a decir verdad.
Me miró de reojo y se acercó a mi rostro para sin previo aviso introducir su lengua en mi boca. Nunca lo
había sentido tan directo, tan profundo. Me estaba penetrando con la lengua mientras se mecía sobre
mi vientre y yo, en lo poco, buscaba juguetear con su lengua, pero sólo conseguía rozarla apenas. Sus
uñas pasaron por sobre mi mejilla, ahora disminuyendo la intensidad, buscando sólo pasar por detrás de
mis dientes, recorriendo en círculos mi paladar y luego lamiendo mis labios, como si les buscara dar
forma, aproveché aquello para sacar la mía y lamer la suya, buscando succionarla, consiguiendo sacarle
un jadeo con ese acto.
No sabía cómo proceder. Tenía claro que los besos eran sólo el principio. Lo confirmé cuando él
retrocedió un poco casi sentándose sobre mi virilidad. Siseé al sentir aquello.
– … – se comenzó a chupar los dedos, el medio y el índice, mientras me mirada con lascivia. Tragué
saliva, esto iba en serio, Georg me lo había mencionado antes.
“Es importante la lubricación…”
– ¿No sería mejor si yo lo hago? – aunque parezca otra cosa. No era mi intención la de liberarme en sí, lo que quería era… probar. Era neófito en este ámbito y la curiosidad demasiado grande, era Bill… todo en
él se me antojaba.
– … – negó con la cabeza con aun los dedos en sus labios, entrando y saliendo, cada vez más húmedos,
mojados. Detuvo su acción durante un instante en el cual me miró. – no son para mí… – ohh claro no
eran para él… ¡¿Qué no eran para él?!
– Bill, pero si vos dijisteis que…
– Señor, dime señor… sé lo que dije, no lo he negado sino es que me parecería injusto que vos me
metáis una polla por atrás y no tengáis nada por tu lado, jugaré un rato contigo y después me das una
estocada profunda ¿estamos? – su sinceridad era perturbadora.
Me lo planteé un momento. Iba a ser mi primera experiencia y… ¿la de él? Digo, lo he visto con mujeres
y, por lo que sé, se folló a Andreas, eso quiere decir que él está igual que yo. Y si se toma tantas
molestias para conmigo, sí, viéndolo de ese lado, quitando el hecho de los grilletes, no haría nada por él,
si le duele… no quiero lastimarlo y sí… siento como la saliva me forma un nudo en la garganta… y si él
quiere “jugar” un rato con… eso, pues lo acepto. A las finales el que terminará penetrado será él. Su
mirada me lo confirmó, sólo será un momento ¿no?
Su rostro se iluminó al yo asentir y cerrar fuertemente los ojos. Ahora en definitiva no quería ver.
Apreté la mandíbula al sentir la intromisión directa que me hizo dar un pequeño brinco. Era incómodo,
extraño, ajeno a mi cuerpo, eso lo define a la perfección; mas antes de emitir ruido alguno sentí sus
posaderas frotarse contra mí. Entre los temblores que me causaba aquel roce no podía quejarme de la
pequeña molestia que sentía dentro de mí, ya que sus movimientos eran una promesa, una que él
cumpliría y que era demasiado tentadora como para negarme.
Empecé a retener aire, según yo, eso me permitiría menguar la incomodidad que apreciaba con esa
simulación absurda. Si me tensaba él se alejaba, en pocas palabras, dejada de tener mi miembro entre
sus nalgas, eso me irritada y desesperada en demasía, así que tomaba aire y lo expulsaba mientras él
seguía abriendo, estirando y doblando sus malditos dedos.
El calor que emanaba aquella zona oculta, humnn… sé que no sería como su boca, lo sé, Georg me dijo
que es tan… angosto, y así lo creo porque me molestan sus dedos es que es una entrada tan diminuta.
Su piel, sus caderas moviéndose sobre mí, toda su tez desnuda y brillante tentándome a ser tocada,
pero no pudiendo hacerlo; alcé mis caderas un poco para más contacto pero me mordí el labio al hacer
más profundo el movimiento de su mano. Eso… eso realmente… me estremecí. Entre su peso sobre mi
miembro y la nueva sensación detrás no sabía porqué me confundía, pero… me flaquearon las piernas.
Lágrimas de gusto se me salían… es demasiado.
Me palpitaba el miembro, lo sentía doloroso contra su piel, quería… que me envuelva, que se mueva
más rápido, que haga algo… sentía que de mi pecho saldría aire acumulado que se botada contra mi
cavidad torácica, quería que me besara, quería morderlo, lamerlo, tocarlo. Pero él se mantenía
concentrado en su labor, casi ni mirándome, esa escena de por sí me estremecía, quizás con su mirada
puesta sobre mí no podría. Ver sus movimientos, su labio inferior temblándole, con los ojos
entrecerrados, con esa armonía perfecta en cada acto, resplandeciendo, incluso lo veía algo borroso por
las corrientes de placer que me azotaban, con ese ceño ligeramente fruncido y su inmaculada piel, con
ambas piernas a mis costados, largas y contoneadas. Quería… quería ohhh… quería todo. Me arqueé con
otro roce suyo, se fue echando de a pocos sobre mí, me mordiste el maxilar casi juguetonamente,
olisqueaste mi cuello para luego pasar tu nariz por mi oreja, respirando sobre ella, erizándome los vellos.
– Ya… – dices con tus labios repasando el lóbulo de mi oreja. Siento que tu cuerpo deja de apoyarse
sobre el mío y que sujetas mi virilidad. Quería como mirar cómo ingresaba en ti, pero al ese calor directo
aturdirme cerré los ojos y busqué tus labios…
– ¡Ahhhhh! – bramé sobre su rostro, espigándome por completo y sintiéndoseme partírseme todo el
cuerpo. Con un ardor que me llegaba hasta la nariz y lograba sacarme lágrimas. No, no me interesa que
me vea llorar…
Me agité pero me sujetaste por las piernas alzándolas, a mi pelvis de paso, y por más que buscaba
evitarlo o sacar a esa maldita presión dentro de mí sólo conseguí moverme junto contigo.
Sentía mi rostro desencajado, me latían los oídos y ardía dentro sintiéndome lleno, vacío y roto…
Dejé caer mi cabeza y miré al techo, tenía detalles hechos a mano, todo sincronizado y de colores claros,
quizás en búsqueda de hacer la pieza más clara, aunque ahora la miraba como si estuviese en
penumbras. Los sonidos se fueron perdiendo como cuando maté a mi padrastro. Sólo oigo mis
pensamientos, sólo veo luces chispeantes que iluminan mi oscuridad. Todo se ha vuelto frío, lo curioso
es que es un frío total, como el que le pertenece a los muertos, ellos nuca más vuelven a sentir calor, hasta convertirse en nada, en nadie, un muerto más.
Me sentía duro, como de mármol, incapaz de articular palabra, como si el cuerpo en el que habitara mi
alma ya no me perteneciera. Ohhh… es así como terminan los miserables, perdiendo la conexión del cuerpo con el alma.
Una vez mi madre me dijo que mi nombre era hermoso, le pregunté que si así se llamaba mi padre, me dijo que no, que este nombre era sólo mío, justo para mí. Me pregunto si mi madre sabrá que hay personas que nacen y nunca son dueñas de nada, ni de sus acciones, ni de su cuerpo, ni de su voz, ni de su nombre.
¿Cómo es que este silencio me sabe a hiel? ¿Cómo es que me ahogo entre tanto aire? ¿es que acaso he
olvidado cómo respirar?
¿En verdad vale la pena seguir? ¿Qué sucede tras esto? Si lo siento peor que morir… ¿Qué le continuará
al silencio? A la nulidad, al vacío, a la pérdida de todo tu ser…
¿Cómo mueren los que nunca existieron? Con el interior pudriéndosete hasta que se exterioriza y viene
el final… ¿o será que a esto le sigue un peor dolor? ¿Existe algo peor?
Nadie debe confiar en nadie. Las personas deben actuar para sí mismas, aunque sientan lo contrario, las malas decisiones dan un mal final o comienzo…
&
Bill estaba dando estocadas frenéticas, demasiado rápidas inclusive para él, se sentía demasiado perdido, descubriendo que le gustaba.
Su cuerpo irradiaba algo, eso que le hacía sentirse lleno. Instintivamente buscaba entrar más, no
controlaba los ruidos que salían de sus labios. Su piel le quemaba, se enardecía en contacto con la otra,
temblaba ante cada movimiento, se aferraba a las caderas del otro como si temiera romper algo, pero
no, él no temía a nada.
Lo observó y no le gustó lo que miró. El otro no lo veía, estaba con la mirada perdida en el techo,
agitándose como consecuencia de la sus movimientos, con los ojos llorosos pero no soltando ni un
gemido, ni jadeo ni lloriqueo. Se frustró, quería verlo quejarse, pero… ¿en parte eso no era lo que él
buscaba? Corroerle el alma hasta que quede en un estado en el cual no se atreva ni a sonreír y se
apague por completo. Siguió su vaivén y volteó el rostro, tratando de sumirse en su placer, pero
irremediable esa imagen regresaba a su mente. Después de esto lo habría que matar, se dijo a sí mismo,
y si no copulaba hasta terminar sería lo más patético que le hubiese pasado. Frunció el ceño y soltó un
gruñido. Él siempre controlaba cada acción que cometía, en especial las de su cuerpo, pero no pudo
evitar que su excitación se bajara, viéndose obligado a salir de él con un semblante notoriamente
ofuscado.
Sujetó sus prendas y se las puso torpemente para dejarlo ahí en esa cama, blandiendo fuertemente la
puerta tras su retirada.
Caminaba presuroso, con la sangre bulléndole y gritos ahogados en su garganta.
Tenía todavía su respiración acezada, permanecía ese cosquilleo en sus manos, como si electricidad le
hubiese trasmitido el cuerpo de Thomas, su aroma seguía impregnado sobre sus fosas, su expresión
excitada y perdida se borraba por aquella muerta, fría.
Entró intempestivamente al lugar donde sabía que encontraría a sus sirvientes, estas se hallaban
charlando amenamente hasta su aparición. El rubio le leyó la expresión al menor y se levantó a traer un
recipiente llano que contenía el polvo anaranjado, apenas lo hubo tomado en sus manos el heredero
esnifó con premura, luego limpiándose cualquier rastro de lo ocurrido, sintiéndose relajársele el cuerpo
y borrando el olor de Thomas mas su tacto seguía extrañando su piel.
Se acomodó con claro nerviosismo los ropajes, ambos sirvientes lo miraron expectantes, aun no
creyendo que aquel niño haya ya muerto tan rápido a manos del Príncipe.
– ¿Órdenes, mozo? – se atrevió a preguntar el rubio. El castaño tragó saliva. El aludido los miró la mano
se les crispó en un puño. Eso lo despertó.
– Mátenlo – el ojiverde abrió los ojos en toda su extensión, eso quería decir que él no lo había matado,
cosa extrañísima. Lo peor, ellos tendrían que terminar el trabajo. El Príncipe negó con la cabeza como
para sí y se retractó – No, no, no lo hagan… Gustav… él está… encárgate de eso – terminó por decir para
intentar irse. El rubio sabía que se refería a que lo curase.
– ¿Y después qué hacemos con él? – interrogó Gustav. El cuerpo de Bill se tensó y volteó el rostro para
observarlo.
– Desaparézcanlo de mi vista – exclamó fríamente.
– ¿Lo dejamos libre? – Georg sabía que se arriesgaba mucho con sus preguntas pero le preocupaba, de
alguna manera, el niño, ya que le recordaba a sí mismo.
– No he dicho eso – respondió para luego retirarse.
– ¿Significa que debemos matarlo? – preguntó el castaño con su deje de tristeza en la mirada, su
amante negó con la cabeza.
– Significa que no quiere verlo… por un tiempo, porque si no, no me hubiese pedido que cure sus heridas.
El mayor asintió.
– Vamos, te ayudo a curarle – él no sabía si era mejor que hubiese muerto ese mismo día a que viva para
tener que soportar a su victimario, el Príncipe.
Se lamentó por aquello pero igual caminó junto al rubio para dar su encuentro con Thomas.
&
Apenas el Príncipe llegó a sus aposentos tiró todo lo que estuvo a su alcance, llegando a lastimase las
manos, sintiéndolas palpitar pero aun son conseguir olvidar la piel y cuerpo del otro.
– ¡Malditos estos labios que han probado los tuyos! ¡Maldito sea tu ser por haberse fundido al mío!
¡Maldita sea tu esencia que yace en mis fauces, que me tientan a saborearte y me niega el devorarte! –gritó al viento, para dejarse caer en su cama donde se lamentó por perder el control en situaciones burdas como esa.
Continúa…
Gracias por leer.