
Cloto: Una de las Moiras.
“Destino” Fic de Maggot
Capítulo 18: Cloto
& Corinto &
Bill se hundió un poco más en la tina del baño. No podía relajarse por más masajes que le brindaron y ya no quedaba su dulce placebo acre. Maldijo en su fuero interno, él tendría que buscarlo por sí mismo, su progenitor ya no dejaría ingresar a sus abastecedores y, como última determinación, tampoco a otra
gente, no más bacanales en palacio, es decir, no más muertes. Curioso momento en el que su padre le
quita las gollerías… eso significaba que se tendría que volver más cuidadoso, sólo eso. Al menos aquello
le animaba, el mantener un juego próximo aunque aun tuviera rezagos del inconcluso. Chasqueó la
lengua y terminó por perderse en el agua, la cual no tenía la misma densidad de la del lago, ni su sabor ni sensación al tacto. No, ni aquel líquido le tranquilizaba en esa ocasión.
Una molestia se apoderó de su pecho, se estremeció y mordió su labio inferior, inmediatamente dejó de
hacerlo abriendo un poco más los ojos, percatándose, para su malestar, que esa manía no le pertenecía.
Se calificó como patético, otro error más.
Le escocía los orbes y garganta. Suficiente agua, se dijo a sí mismo y salió de ella, con aquellas gotas
rodeándole el cuerpo, cubriéndole la anatomía, molestándole la existencia. Frunció el ceño y se
comenzó a secar, removiendo cada una, considerándola imperfección, estorbo, en su afán de alcanzar la excelencia.
Ellas seguían bajando, él no podía detener aquel maldito curso sincronizado y fuera de sus manos.
Saboreó la amargura de la derrota en otra batalla más y se cubrió el cuerpo.
Debía acicalarse antes de salir.
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– ¿A dónde vais? – cuestionó el hombre sentado con postura recta que se había inclinado levemente en dirección de su hijo.
– ¿Qué os pensáis que soy un prisionero? – refutó con ojos cautos el Príncipe mientras volteaba
ligeramente su cuerpo hacia su antecesor. Él estaba con ansías de una contienda entre su padre y él,
aquello le calmaría la sensación acídula en su interior.
– Soy tu padre – se abstuvo de abofetearlo. Sabía que sus decisiones le perturbaban y, según su nuevo
régimen, no debería incomodarlo más.
El menor agudizó la vista con claro gesto de desdén.
– ¡Oh ironía! – exclamó para seguir su camino.
El mayor negó con la cabeza para observar cómo se iba. Al menos aseveraba que no habría víctimas de ahí en adelante.
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Manos expulsando los deseos de vida, rechazando todo aquello que se le pone a los ojos de su dueño, aquellas quimeras lacerantes en el alma, esa sangre siendo muestra de sueños perdidos, destrucción de
cualquier próximo anhelo, el clisar las puertas por completo a la savia, a los sentimientos. Lágrimas se
perdían en sus mejillas formando surcos, sin saber deslindar su origen, pudiendo ser por el dolor propio
de la acción cometida o por la ruptura de su psique.
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El hombre con cara caída y ojos cansados deambulaba en busca de un sendero al cual seguir.
Se preguntaba el porqué antes no sabía cómo reaccionar frente a los actos de su hijo. Él sentía miedo, como una voluta de sentimientos se entremezclaban dentro de sí, restándole el sentido común,
buscando salir de allí a la manera correcta, pero con ese deseo egoísta refulgiendo en su interior, la
búsqueda perecedera de comprensión, el equilibrio nunca hallado; él quería a su hijo, no sabía decírselo,
no sabía cómo hacerlo, antes se desesperaba al punto de no saber cómo lograr que él reaccione, que
salga de ese estado, que deje de lastimarse porque lo hace con el resto, él no encontraba las palabras
exactas que expresen su sentir y calmen el alma del otro, como causa de la desesperación lo golpeaba,
sintiendo que hizo algo que a las finales terminó por arrepentirse. Nunca podría mantener una imagen
dura cuando por dentro era frágil.
Él recordó a su padre, lo vio en sus ojos y se asqueó. Aborrecía aquello, ¿cómo esa criatura indefensa que estuvo en sus brazos había mutado en ese ser?.
Otra vez la indecisión, el confundir las cosas, mezclarlas, no poder ocultar el odio que ha aguardado
tanto tiempo dentro de sí. Lo veía, era como ella, como la madre de su hijo, pero nunca sonreía, no tenía
esa ensoñación que saltaba por los poros de ella. Lo veía, traía la expresión muerta de su padre, los ojos
calculadores que escrutaban cualquier espacio en búsqueda de qué beneficio les puede traer, sólo
pensando en sí mismos, pero era distinto, tenía aun ese rostro aniñado con los ojos grandes que
miraban con recelo al cielo en las noches. No podía hallarlo, nunca podría hacerlo, era un total misterio
para él, pero no estaba interesado en descubrirlo, ahora no, lo que quería es estar para él, ser su pared,
ofrecerle lo que a él le había negado, quizás algo tarde, pero hacerlo, porque es ahora cuando nota que
ha errado sin lugar a la expiación.
El brillo de los orbes de su pequeño se había teñido de sangre.
Culpa.
Era un cobarde autoproclamado, esos seres desgraciados que le temen a la nada y con un pueril
sustento al cual se aferran.
Cerró los ojos y creyó oír el crepitar de sus lamentos internos mas no hubo notado que era demasiado
ruidoso como para serlo. El chirrido dio su aparición una vez más.
Se alarmó y siguió aquel sonido estruendoso llevándolo a la habitación que solía estar en desuso sin
embargo, ahora no lo estaba.
Allí yacía un bermejo de rodillas con las cuerdas arrancadas en las manos cruentas, y un instrumento
estropeado en el suelo. Un arpa.
Observó la peculiar forma del cabello pero le restó importancia al observar sus lastimadas palmas por el
esfuerzo. No lo conocía, no lo había visto antes, no tenía porque interesarle pero estaba anteriormente
cavilando sobre sus actos como padre, entonces al joven lo visualizó como a su hijo, se acercó a él y le posó deliberadamente una mano sobre el hombro, atrayendo su atención.
– Necesitas… – lo miró – curación… – sus vellos se le rizaron. Intentó decir algo pero aquella expresión
del joven junto con sus rasgos lo aturdieron en demasía. – venid… os puedo ayudar – simplemente
esbozó parpadeando varias veces no notando la mirada de desconfianza que recibió en respuesta.
– No la necesito – respondió con una voz hosca y ronca pero con un claro desnivel propio de su edad.
– Necesitas ayuda – afirmó con una vehemencia tal que podía estremecer a un contrario, la apariencia
del joven y el llanto aun latente en sus mejillas con lágrimas secas, sentía que podía ayudarlo, a él sí. Lo
sujetó del codo para obligarlo a alzarse. El otro intentó luchar pero era claro que el hombre le ganaba en fuerza, peso y edad, así que con la mandíbula apretada y el miedo oculto se dejó guiar.
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El hombre consiguió hacerle abrir las manos que estaban cernidas fuertemente y, con mucho cuidado, sacó una a una las cuerdas que estaban casi adheridas a la piel en carne viva con gotas granates gruesas saliéndosele de ahí como si tuviesen fin. Tenía el ceño fruncido y esa expresión reticente en su rostro.
– ¿Quién sois vos? – preguntó el mayor mientras echaba agua sobre las manos del otro para que la
sangre se fuera y no se infectara la herida.
– … – no respondió y prefirió no observar lo que el otro hacía. Se sentía débil y creía que lo sería aun
más si le encontraba en confianza con el otro hombre, éste lo miró de soslayo mientras secaba con
cuidado sus manos.
– Mi nombre es Jörg… no te había visto por aquí – tentaba a conseguir más información sobre ese chico.
Vio como arrugaba la nariz por el dolor – Perdón – se disculpó y Tom tragó saliva no dispuesto a dar su
brazo a torcer. – ¿Qué edad tenéis? – no obtuvo respuesta, suspiró. – ¿Puedo hacer algo por vos? –
finalizó alternando la mirada de las palmas recién curadas de manera algo torpe del menor, para luego
observar al rostro del mismo.
– … – se levantó de su asiento y buscó retirarse de allí.
El hombre simplemente lo observó una vez más, para luego sujetarse las sienes, sabría más de aquél, pero no andaría tras de él. Aunque le inquietaba ese innegable parangón.
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Habían pasado de los centinelas. Georg se había puesto a charlar con ellos, mientras que Bill corría acompañado de Gustav. El castaño dejó de hablar con los hombres y los siguió alegando que iría tras la búsqueda del heredero.
Todo el alboroto armado por la necesidad que sentía el Príncipe por salir y no pudiendo hacerlo por
órdenes de su padre tuvo que organizar todo aquello. Él sabía que si éste último tardaba mucho, ellos
irían a buscarlo también, por ello, trajo consigo los ropajes que se pusieron encima al alejarse lo
suficiente. Se acomodó la peluca y pasó una toquilla por su boca para tapársela junto con su nariz, hoy
en específico necesitaba no ser descubierto.
Caminó a la par con la gente. Su séquito lo seguía pero distribuidos en diferentes lados, abarcando
ambos los flancos del menor. Las personas no lo observaban, cada una estaba ensimismada en sus
asuntos, vendiendo artilugios, víveres, entre otros. Él aborrecía tanto barullo, pero no demostraba su
descontento, se desconectaba de lo externo permitiéndose mover entre la multitud, a pasos autómatas;
aunque no haya pasado por aquello en reiteradas ocasiones tenía una memoria exquisita que le hacía
recordar cada detalle por más que se hayan modificado ciertas cosas, puntos claves como las casas se
mantenían, árboles, monumentos, la vista panorámica.
Sentía el Sol sobre sí. Podía percibir los olores característicos de un lugar como aquél. De vez en vez
alguna que otra persona lo notaba, pero no podrían reconocerlo, sólo curioseaban, no era común el
color de sus ojos y pálida piel para su indumentaria. Él no notaba las miradas, era como si las personas
fueran parte del paraje, simples obstáculos en su camino intrínseco.
Los espacios se volvían más angostos, la cantidad de gente disminuía, se podía saborear aquellos aromas
que impregnaban el ambiente, se oían los gritos de los enfermos siendo curados mediante rituales
ancestrales, se podía oler la sangre seca y carne putrefacta. Corinto no era la excepción en ese aspecto,
la muerte siempre acechaba a cualquier región y eso que no era época bélica.
No, a él poco le interesaba la gente gritando la vente de hierbas medicinales, a los otros dejando ofrendas en templos creados de manera rudimentaria. Él quería encontrar el lugar dónde se hallaban los médicos de guerra, requería acuciantemente su placebo.
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Aspiró ese olor antes de detenerse abruptamente con el par tras suyo imitando sus acciones. Una sonrisa se le dibujo en el rostro y, aunque no podía ser vista, no pasaba desapercibida.
Ingresó a aquel lugar con varios pares de ojos clisados sobre él. Un hombre de mayor estatura y contextura gruesa se acercó amenazante a ellos, los mayores formaron una barrera para con el Príncipe.
El otro alzó una ceja y expulsó el humo que había aspirado del cilindro que sostenía entre el pulgar e
índice, estos no se inmutaron ni movieron de su posición.
– ¿Quiénes sois vosotros y qué es lo quereos? – cuestionó el hombre con turbante sorbiendo un poco
más con los ojos dilatados.
– Perdonad nuestra brusca intromisión – soltó el menor con expresión seria, mostrando claramente que
no lamentaba ningún acto. Su voz penetró en el espacio con un tono fuerte pero modulado, sonando de
forma aplacada por su armonía que daba escalofríos. El público presente sentía morbo por aquello,
aunque la mayoría fuesen enfermos terminales, un buen espectáculo cruento podría ser un deleite
cuando estáis a un paso de la muerte sin sabor a dolor. – ¿Sabíais que necesitan con urgencia a
curanderos en el Este? –era una pregunta aparentemente sin importancia, como muy ingenua; siempre
había muertes en Este, pero a nadie le importaba, no era su tierra, no era su gente, no les afectaba. Esa
filantropía en cambio, no era meramente amor a la gente, era una frase clave, utilizada únicamente por
el Príncipe. El hombre de rostro aceitunado asintió, tosió y sus expresiones se tornaron nerviosas
contrastando con su apariencia robusta, les cedió espacio y mostró por dónde debían ir.
Se adentraron observando como una persona era estirada de pies y manos soltando un grito
ensordecedor, no era una tortura, era un método de curación. Los sirvientes no evitaron temblar como
acto reflejo, sin sentir verdaderamente miedo, pero el Príncipe no.
Se detuvieron de nuevo, en donde el humo podría nublarte la visión. Georg tosió, sintiendo el escozor en su garganta, era hachís, cuando el otro hombre les lanzó el humo no les había afectado al ser poco,
pero aquí era demasiado concentrado, tanto que las pupilas del herederos centellaron en
reconocimiento. Una figura baja y corpulenta se le acercó, sus rasgos eran toscos, algo caídos, un color
oscuro y con gruesas cejas que parecían una sola, el cabello cubierto en un turbante y con sólo las
patillas negras a la vista.
– Príncipe… – dijo el hombre con un claro esfuerzo pero mostrándose inescrutable, mas Bill podía leer a
la gente y sabía que él fingía.
– Yasa hombre – se quitó la toquilla y mostró una reluciente sonrisa. El hombre tragó saliva.
– Pensé que vuestro padre había prohibido mi ingreso
– No estamos en palacio – alzó los hombros restándole importancia sin borrar esa sonrisa pero con la mirada penetrante y dominante, no era felicidad la que irradiaba, era el poder, la manipulación que ejercía
– Cierto – dio la razón el hombre y con dedos temblorosos intentó acercarle un cigarro grueso a Bill,
éste, con un ademán con las manos, rechazó la proposición.
– A lo nuestro buen hombre – unos pares de ojos negros se posaron sobre él, en las penumbras no se
podía entrever quiénes eran y en qué posición estaban, pero los sirvientes se mantuvieron alerta. –
Necesito hachís ya sea en polvo ó en cilindros, como vos queráis, pero los necesito ahora mismo – sus
orbes se oscurecieron y los agudizó logrando estremecer al más bajo.
– ¿Qué…qué recibiré a cambio? – se jugaba la vida. Ese niño podía cerrarte los ojos sin enterarte
previamente, él mismo sabía, porque había tenido tratos con algunos de ellos, que sicarios mataban a
gente por órdenes del Príncipe, la mayoría de los que desaparecían eran testigos de sus celebraciones,
estaban en plena calle, a luz del día, se acercaba sigiloso uno y de una penetración con ese arma curva
en el lugar indicado y la persona termina por retorcerse del dolor en el suelo o dónde sea. Nadie nunca
se enteraba de quién era el culpable, pero mantenían sus sospechas que aseguraban sin pruebas. Con el
Príncipe en definitiva no se podía jugar.
– Lo que me pidáis – no pudo evitar escuchar el tono sugestivo que utilizó, casi ronroneando la frase. No
podía negar que fuera demasiado atrayente, atractivo, pero si pedía algo como eso terminaría igual que
los demás. Negó con la cabeza y se enfrió.
– Lo de siempre Kaulitz – terminó por decir con la voz forzosamente apacible. El otro asintió y, uno de
sus sirvientes, dejó caer una faltriquera con monedas de oro dentro. El hombre con ambición se lanzó
sobre ellas para sujetarlas con recelo, su avaricia borrando cualquier rastro de humanidad, siendo un
médico ahora jugaba con la salud de los sanos, los hacía pudrirse de a pocos para saciar su avaricia.
– Lo mío – hizo recordar con la ceja enarcada. El hombre se alzó y llamó con los dedos a los hombres que permanecían en la oscuridad, los cuales le dieron lo requerido a Gustav, éste lo recibió y dieron por terminado el asunto retirándose a pasos presurosos. Demasiado tiempo fuera sería sospechoso.
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Manipulación.
Con el tiempo ha pulido sus métodos. La gente suele ser útil, siempre lo es, él las necesita para cometer
cualquier acción, pero en realidad no le importa cada persona individual en sí. Él maneja al resto,
hipnotizándolas con los que les es llamativo a cada quien, formando reacciones en cadena, siempre
recibiendo lo mismo, aquellos actos que a él le convienen. Necesitándolo, anhelándolo, como si él les
brindara aquello que vuelve sus existencia miserables en algo único, íntimo; en realidad no tenía nada
de eso, era su rutina, las personas tienen pautas básicas que seguir para todos sus actos, y Bill siempre
escogía a personas en las cuales se repetía aquellas pautas al tener ciertas características en común,
pertenecer a la plebe, menores de veinte arturos, con ninguna experiencia sexual, extranjeros o con
ambos padres, perfil aparentemente bajo, por ello es que se tomaba la molestia de elegirlas
personalmente, viendo sus ropajes, sus rasgos, la expresión en su tez, si temblaban, se paralizaban u
obedecían sin rechistar. Conseguía lo que deseaba, mancillar la inocencia de cierta clase de personas
que no merecían vivir, sacándolos de cuajo de la sociedad. Si eran mayores, tenía mayor experiencia, no
necesariamente, pero se notaría, él evita esa clase de gente, adora las chicas que les tiemblan los labios
cuando se esconden de él, significa que gritan mucho.
Tom era distinto. Tenía rostro de niño, pero no del todo. Era de esas personas que él solía evitar, sin
embargo, se sentía capaz de manejarlo a su gusto; era extranjero pero no tenía ambos padres, se le
notaba, demasiada delicadeza para con la gente; difícil tolerancia para con la autoridad, demostrando
que lo que estuvo ausente fue su padre. Ciertas cosas reconoció que no era propio de su estatus, su
madre lo ha debido educar bien se dijo, ésta ha pertenecido a la nobleza o algo relacionado, esa túnica
tejida sólo se inculcaba a personas de un rango parecido. Su voz era pausada, había tenido que vivir
siempre paciente; su madre delicada de salud, eso da su misericordia, buen trato; retraído, es decir,
carente alguna clase de vida social; sobre valoración, tiene facilidad para apegarse a las cosas por más
ínfimas que sean; busca aceptación, sintiéndose incompleto, necesita atención aunque no lo diga con
todas sus letras lucharía por ella con todos sus dientes.
Pensó que él lucharía, quería ver su rostro descompuesto en dolor. Lo vio perdido, como muerto, por más que esas paredes que le envolvían eran calientes, estrechas y deliciosas no bastaron para mantener
en pie su excitación, porque lo que él busca es el sentirse poderoso y, en ese momento, él no lo era.
Manipulación.
La usó con Tom. Cayó en los telares que él entretejía con sus palabras y acciones, pero en el punto
culmine… salió su apariencia débil, cerrándose al mundo, otro hecho más que obvió, tenía todas las
características para que se formara un mundo en donde ve todo de manera única, para protegerse, a él
le pasa lo mismo, por ello era una posibilidad latente la que se perdiera en un momento traumático. Se
odió por olvidar aquello, un error garrafal.
Manipulación.
Con todos tenía la reacción buscada, con todos menos con Tom. Él se volvió un títere que no seguía los
hilos. La hipnosis creada se rompió de manera brusca, y aquello lo hizo sentir tan impotente, sí, otro
sentir extraño. Desde que lo encontró ha pasado por situaciones foráneas para él, primero el miedo,
¿Cómo sentir miedo cuando no le teme a la muerte?, ahora la impotencia, ¿Cómo sentir impotencia
cuando nunca antes ha tenido un fallo?.
Maldito niño de rostro sonrosado y postura cabizbaja.
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Siguió en sus cavilaciones con el ceño levemente fruncido, pudiendo pasar por molestia frente a el Sol.
Se separaron de nuevo al estar en un lugar más amplio y con mayor cantidad de gente.
Él no notó cuando una persona chocó contra él, cayendo él al ser de peso más ligero que la otra persona. El hombre le soltó improperios y culpándole de estar despistado, él simplemente mantuvo
silencio bajando la cabeza evitando que lo reconozcan, las personas se estaban aglomerando alrededor,
sus séquito lo miraban de lejos sin acercarse aún, aguardando a una señal. El hombre se retiró, los
murmullos se desataron y estaba a punto de impulsarse para levantarse, pero una mano delgada y fina se mostró ante sus orbes, siguió la dirección del antebrazo y brazo para encontrar al rostro de aquella
mujer notando que tenía una tez pálida y seca, pero hermosa, con el cabello viéndosele por entre los
mantos, con la otra mano sujetando a un niño que sorbía su nariz y tenía ojos curiosos.
La mujer no muy mayor lo observó y quitó su mano posándola en su rostro ahogando un grito. Bill se
puso alerta, de seguro que ella lo había reconocido, frunció el ceño y se levantó, notando la gran
diferencia de estatura y cómo ella no paraba de verlo. Se lamentó por aquello, una señora muy linda
como para termine mal.
Se retiró de allí con una casi imperceptible señal con las manos hacia sus sirvientes.
– ¿Qué sucede? – preguntó el rubio.
– Señora con niño en mano, figura menuda, ojos castaños. Sujétenla, háganla dormir. – ambos lo miraron. – no la maten, mándenla a la habitación de siempre. – se adelantó a sabiendas de que ellos tardarían más en volver.
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Antes de llegar se quitó la peluca y la túnica de encima, dejándola al costado de un árbol a ambas. Miró a los vigilantes y les sonrió. Ellos sabían que no podrían hacerle nada, pero él sabía que los habían estado siguiendo porque aun tenían el pecho agitado.
Entró todo campante. Pasó por varios pasadizos, bajó algunas escalinatas hasta ubicar aquel cuarto.
Escondió todas sus armas de tortura. No quería lastimarla, no había gracia en ello. Era simplemente un daño colateral.
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Un niño pequeño chilló al ver a ese hombre de ojos verdes lastimar a su tía hasta hacerla desmayar.
Salió corriendo en busca de su hermano mayor, el cual estaba comprando unos juguetes para su pequeño hermano.
– ¡Quinn! ¡Quinn! – gritó desesperado con esa vocecita suya y las mejillas sonrojadas. Su hermano abrió
los ojos en toda su extensión y lo sujetó entre sus brazos.
– ¿Estás bien? – Preguntó con miedo sosteniendo su rostro entre sus manos.
– tiii…tiiia… nuestra… tía… se la llevaron… ellos se la llevaron – gimoteó con la nariz moqueándole. Su
hermano lo abrazó más fuerte y frunció el ceño, sabiendo que debía mantenerse fuerte para no asustar
a su hermano, y poder buscar a su mamá.
– No te preocupes, todo saldrá bien – le aseguró mientras sujetaba su mano y caminaban juntos a
buscar a su madre.
El menor con el miedo aun retratado en los orbes, pero sintiéndose más seguro con su hermano al lado.
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La dama se despertó en una superficie suave. Parpadeó para habituar sus ojos a la luz. No recordaba cómo había llegado a aquel lugar… sólo evocaba los orbes verdes de un hombre.
– … – vio a un mancebo de cabello castaño que se mordía el labio con insistencia mientras miraba al
suelo. Esas facciones le parecieron de ensueño y sonrió.
– Thomas – dijo. El aludido la miró y enarcó una ceja.
– No señora, ese no es mi nombre – le respondió y se acomodó en el lecho. La dama confusa intentó
levantarse, él al observar aquello la ayudó.
– Sí… vos no sois él – lo miró y le sonrió con un deje de tristeza.
– Señora disculpe, ¿sabe quién soy? – ella negó con la cabeza, él bufó. – por favor damita, coopere –le
sonrió para establecer confianza, pero por dentro estaba cansado.
– No sé quién es usted – musitó y le observó los ojos. – Niño, ¿Qué pasó con el pequeño que estaba a mi
lado? ¿Qué hago aquí? – su mano le cosquilleaba, quería rozarle cariñosamente la mejilla, retuvo las
lágrimas.
– El niño está bien, con la que quería hablar era con usted – frunció el ceño. La señora no se asustaba
pero no creía que no lo conocía, al menos sabía que el niño no era su hijo, aparte, no la había visto
antes, quizás extranjera.
– Es usted un joven muy bien parecido – frunció la nariz, la sonrisa tierna de la señora le incomodaba.
Apuntó mentalmente que lo había confundido con un Thomas, ese nombre le causaba malestar.
– Usted no es de este pueblo – afirmó.
– No, no lo soy. He venido aquí a buscar a mi hijo – le respondió. Aguantándose las preguntas que le
rondaban en la mente. No es que ella no estaba cuerda, sabía claramente que había sido llevada a ese
lugar, que se imaginaba que era el palacio, por la fuerza, no quería mencionarlo aun.
– ¿Hace cuánto que su hijo está acá? Porque yo conozco a la toda le gente del pueblo, podría ayudarla –
le dijo con una intención oculta, casi seguro de que ella era la madre enferma de Thomas.
– Pues… será ya más de un mes si es que no es más
– ¿De dónde vienen ustedes? – la cantidad de tiempo que Tom estaba en Corinto.
– De Tebas – respondió. Bill contuvo una sonrisa y volteó el rostro.
– Su hijo toca el arpa ¿verdad? – ella asintió con los ojos abiertos, quizá por miedo o sorpresa. – Le ofrezco algo… usted se queda aquí a trabajar para palacio y podrá ver a su hijo – de esa forma tendría en
mano la vida de Thomas, su madre era su punto débil, no más errores, y también, evitaría que ella
propague su identidad en el pueblo.
– Está bien – ella era cuerda, sabía porqué aceptaba. Vería a su hijo. Él la miró sorprendido, demasiado
fácil había aceptado, pensó que eran muy curiosas esas personas, primero Tom y ahora la madre de
éste.
– Bueno pues bien – sonrió – como sabrá yo soy Wilhelm, ¿Cuál es su nombre?
– Anémona – los ojos de él brillaron, como detestaba esa flor.
PoV Bill
¿Para qué habrá venido esta mujer? Él ha escapado por el asesinato de su padrastro. ¿Ella estará enterada?
¿Por qué ha aceptado? Bien podría notar que es una treta, ella está al tanto de que Georg la ha golpeado para traerla, no es coherente que confíe.
Ella puede que se abra a mí, podré conocer a través de ella lo que me impide deshacerme de Thomas.
Debo analizarme. No actuar así no más. No es lógica mi forma de actuar.
¿Qué ocultan estas mentes burdas de pueblo? ¿Qué engranajes mueve sus actos? ¿Por qué me es más
difícil leer a esta mujer?
Me frustra que tenga que hacer todo esto por Thomas. Debería mandarlo a matar y listo, pero no, las
molestias que me he tomado serían en vano. Nada de lo que yo hago es en vano, cada cosa tiene una
determinada función de ser que debe ser suplida sino es imposible mantener un equilibrio.
Esto atenta contra el orden y control total que mantenía.
No, sé que podré recuperar todo lo que me ha sido arrebatado. Sé que seré el mismo de siempre, sólo
que me perfeccionaré más, así como mi tía; ella… ha matado el emperador de Lesbos, no lo ha admitido
pero yo lo sé, en su misiva dictaba que había fallecido su marido y que por ello había pospuesto su viaje aquí. Muy inteligente de su parte, convertirse en la única al mando. Para cuando ella venga, todo estará resuelto.
Quiero tu silencio Thomas, quiero que te calles en mi mente. No soporto tu rostro en ella, no quiero tu maldita imagen en ella, quiero tu silencio, quiero destrozarte, quiero que roces a la muerte y con esa
expresión te desvanezcas en mis brazos.
Sólo… sólo necesito tiempo para acallar las voces y lograr conseguir el tan anhelado silencio, tras eso, todo será calmo.
Continúa…
Gracias por leer =)