
“Destino” Fic de Maggot
Capítulo 21: Foráneo
& Corinto &
PoV Tom
Sujeté las ramas con mayor precisión y torcí un poco mi muñeca para poder empujar la tierra con facilidad gracias a las hojas de las ristras; al culminar el trayecto, del piso de piedra pulida, dejé que la tierra se perdiera en el principio del bosque. Aun había mucho que limpiar y esto sólo era el comienzo, pues luego seguía el echarle agua al suelo y ponerle arena para limpiar las asperezas que están reacias a irse.
Di un brinco al sentir una mano sobre las mías puestas sobre el manojo de hojas. Alcé la vista, era Georg.
Recogí las ramas al notar que se me habían caído por la impresión tan súbita.
– Hey Tom… sabes que no debéis hacer esto, él se enojará, ha dejado dicho que vos no debéis hacer
nada. – Caminé en dirección al cúmulo de polvo que yo mismo había juntado, lo impulsé de nuevo con
las ramas, de esta manera se llevaba a cabo la limpieza, si bien era más dificultoso porque esto era un
palacio, algo más amplio, sé todo esto porque… mi madre me enseñó a cómo hacer la limpieza desde
pequeño, y luego para las personas con las cuales trabajé, ellas también tenían determinados
requerimientos para asear sus lares.
Trataba de no pensar en ello, pero era obvio que él se enojaría, sin embargo mientras eso pase, no
quiero verle y soportarle por lo menos de día, lo que se suscitase después… ya no interesaba. Aparte
guardaba la, quizás vana, esperanza de al estar limpiando pudiese ver a mi madre, como si bastase con
desearlo para poderlo concretar, cómo si los deseos pudiesen transmitirse más allá de tu mente y tu
alma, mas no, ellos se pierden con el viento sin nunca tocar nuestra realidad, siendo liberados como una
simple utopía más.
– ¿No me dirás dónde está ella, verdad? –. cuestioné sin esperarme una respuesta, pero no podía acallar
ese anhelo interno que me ponía expectante. Llámesele ingenuidad o estupidez, esos defectos no se
iban de mí.
– Sabes que no puedo –. y aun así, conociendo aquello, una sensación amarga me bajó por la garganta.
Bajó la cabeza.
– Entonces no me digas qué hacer –.Pude oírlo bufar, pero fingí no notar su irritación.
– Tom dejaos ese teatro de valiente que montáis. Miraos las rodillas y recordad las veces que habéis
sido mandado a ir donde Gustav por tus males –. apreté la mandíbula y empujé el polvo con mayor
intensidad, viendo cómo este se difuminaba en los focos de luz del astro. – Tom –volvió a llamarme pero
esta vez posando su palma sobre mi hombro, la sacudí de inmediato. No quería que nadie me tocase,
porque creía que podría irradiar todo lo oscuro, esa escoria que me roe el cuerpo.
Mis rodillas con raspones y moratones, sólo era lo más visible porque mi cuerpo estaba lleno de
aquéllas.
Me aferré a las ramas sin importarme que me esté lastimando las palmas. Bajé la cabeza para evitar que me viesen el rostro. Pero no quería llorar, no podría hacerlo, ahora podía dividir con facilidad lo que me
lastima por dentro y lo que lo hace físicamente, y este dolor interno era más grande que cualquier otro.
Cada vez que mi piel desnuda recibe el impacto de su fusta, haciéndome aguantar alaridos que se
convierten en lágrimas silenciosas que caen sendas por mis mejillas y se disipan en el suelo; cuando
incrusta sus uñas en la carne que esté a su alcance, o sino las pasa con insistencia cafre hasta descubrir
algo de piel viva o sangre; a cada mordida; a cada arremetida contra mi cuerpo que siento
despedazarse, arder; a cada palabra suya contra mi oído, cada susurro soltado con pretensión pérfida…
eso es lo que me causa dolor…
– Tom… no te hagáis esto vos por tu cuenta…
– ¡Dejadme solo! – grité con los ojos cerrados y el cuerpo crispado. Si su intromisión en mis asuntos no
tenía nada que ver conmigo mas que buscar encontrarle objeto a mis actos, no tenía sentido que siga, y
es que no quería seguir escuchándole. ¿Qué de lógico tiene que me hagan recordar mis miserias?
– … – no quería seguir lamentándome, no quería seguir viendo a alguien que finja interesarse en lo que
yo hago, es injusto, es absurdo. –Ve Tom…
– No lo haré
– Ella no está aquí – lo observé buscando una rezago de que esté mintiéndome, pero no, me miraba
fijamente, cosa que me incomodó, porque él hacía lo mismo. Debo centrarme en ella.
– ¿Ella está bien? –. pregunté con ese notorio desnivel en mi voz, por lo cual tuve que aclararme la
garganta.
– Está al cuidado de Gustav –. eso quería decir que ella no se encontraba bien, había tenido una recaída.
Sentí como se me revolvía el estómago al pensar en ello, en quién es el culpable. Ella no puede recibir
emociones fuertes que la alteren, ¿ese maldito enfermo le habrá dicho algo? ¿ella sabrá por lo que
estoy pasando…?
– … –sentí de nuevo esa presión contra mi hombro y me removí algo más rápido esta vez. – ¡No me
toques! ¡¿Es que nadie entiende que no me gusta que me toquen?! – mi maxilar vibraba, todo mi
cuerpo lo hacía, me tuve que dejar caer para sentir equilibrio, porque temía desmoronarme en cualquier
instante, y el frío suelo contrastaba contra mi mejilla tibia, en ese momento era como sentirme seguro,
ya que no podía caer más, el suelo era lo único que seguía, no tenía que temer a golpearme contra nada
más, a chocar de improviso con más paredes que me impidan mirar, e incluso me ahoguen, no, no
siento eso… siempre hay aire, porque sería tan fácil e indoloro que me sea quitada la vida.
– Levantaos –. esa voz… no me moví aunque sabía que no le pertenecía a Georg. – Hacedlo ya joven, es muy inapropiado que no obedezca –. obediencia, aquella palabra que me sonaba a chanza en boca de
alguien más. Estaba obligado a obedecer a Bill, porque él tiene a mi madre, pero… ¿Quién es este
hombre para obedecerlo? Es el Basilewe, el que no evitó que yo me viese a parar aquí.
Me apoyé con dificultad para luego pararme. Lo miré pero no le dirigí la palabra ya que no había razón
alguna para hablarle, por otro lado, una tirria me entraba al cuerpo al verlo, pero era como si fuese algo
ajeno a mí, ya que no suelo pensar así de quienes no conozco.
– Joven…–. sus ojos se abrieron un poco más, lo mismo pasó con sus labios, era como si algo en mí le
perturbara. No tenía ánimos de escrutarle con la mirada o de pensar en algo más con respecto a él, así
que me limité a observarlo sin mucho interés. – ¿Vos… quién sois? – una duda real se palpaba en aquella
interrogante, como si realmente desease conocerme, pero… ¿Quién desearía serlo?
– … – ¿Quién era yo?… ya no era el que comenzó su viaje en búsqueda de esa inconsciente redención,
ya no era el que no descuidaba a su madre, el que se sentía curioso por todo, el que albergaba dentro de
sí eso que nos vuelve débiles, por mucho que intentemos camuflarlo, que nos convierten en blancos
fáciles, es que no creía lo que la gente era capaz de hacer, ¿Por qué?… ¿Cómo es que hay cosas bellas
que terminan por ensuciarse hasta perder su encanto? ¿Cómo es que todo se oscurece? ¿Por qué?…
entonces… ¿Quién soy yo? –. No soy nadie…
– ¿No piensas responderme? – su tono autoritario no influía miedo en mí.
– Ya se lo he dicho Su Majestad, no soy nadie –. repetí viendo como sus pómulos se teñían gracias a la
furia que le creaba mi actitud.
– Sé que mi hijo te ha traído aquí, pero… se lo he prohibido, el que entre más gente aquí, y quiero saber
cómo es que habéis llegado aquí
– ¿Por qué no se lo pregunta usted mismo? No creo que mis palabras basten, ¿no se da cuenta que
podría mentirle? – no se inmutó esta vez frente a mi palpable acritud y negó con la cabeza.
– Vos no eres como él, por eso mismo te lo pregunto – aclaró su garganta como si no creyese sus
propias palabras. Entrecerré los ojos, me sentía repentinamente cansado, muy cansado de todo. –
respóndeme… Tom
– ¿Cómo conoce mi nombre? – me tensé de inmediato, Bill en verdad le había dicho de mí, entonces…
¿buscaba ridiculizarme?
– Me lo dijo el curandero, vamos niño dime quién sois – sus ojos le brillaban, pero no entendía qué
sentido tendría decirle quién soy cuando ahora ni yo mismo sé. Sin embargo, por otro lado, no podía
actuar tan descuidadamente, por mi madre, sólo por ella.
– Soy Thomas, vivía en Tebas, mas vine aquí. Soy el… arpista de su hijo –no tenía sentido, pero no quería autoproclamarle como el que era torturado y sodomizado por su hijo, si es que él lo sabía no quería
darle el gusto de que escuchara decirlo y si no, pues lo obvio.
– Y… ¿entonces por qué aquel día te vi destrozándola? –volteé el rostro y me mordí el labio, no
recordaba ese incidente. Me dio un escalofrío cuando sentí posó su mano en mi hombro, fruncí el ceño
y me removí, era molesto que te estén tocando continuamente. – Vamos, si no me decís lo que te
acontece no puedo ayudaos, sé cómo es mi hijo
– ¿En serio lo sabe?…
Yo nunca había tenido un padre y sabía perfectamente que Gordon nunca había sido uno para mí.
Yo de niño, cuando trabajaba en casas familiares, veía cómo eran los padres con sus hijos y, dentro de
mí, pensaba que el mío hubiera sido así conmigo pero Bill… él nunca habla de su padre y, ahora noto,
que éste no demuestra interés en él, ¿sabrá acaso lo que es capaz de hacer? Si el pueblo le teme es
porque lo que a mí me acontece no es la primera vez de él. Lo miré de nuevo.
– Usted…
– Señor –. No pude continuar por qué apareció un joven sirviente interrumpiéndonos. Aproveché la
distracción para retirarme. En verdad que esa charla no se me antojaba para nada.
Recuerdo la frialdad con la cual Bill se refería a su madre, a sus primos, a cómo negó rotundamente la
existencia del amor. Absurdo… pateé una piedra al estar ya lejos de la vista de todos. Se me encogió el
cuello al percatarme de lo patético e ingenuo que había sido, no discerniendo entre la realidad y la
falsedad, no creyendo que esta última me fuese dicha por esos labios que solían esbozar frases que me
hacían sentir vivo. Sentí repudio, él dijo que era normal que matase a mi padrastro, pero no lo es, nunca
debí pensar lo contrario.
Comencé a arrastras los pies, tomando en cuenta que nadie me veía y que no importaba cuán lejos
avance, no podría salir de aquí.
Me rasqué en brazo sin una real picazón y chasqueé la lengua.
Absurdo… yo mismo había dejado que esto me pase.
Escuché cómo unos pájaros tomaban vuelo, el aletear repentino de sus alas. Esos alados seres ¿podrán
sentir la libertad? ¿O es que el aire se vuelve su prisión personal al no poder huir de ella?…
Aspiré y noté ese sabor extraño en la garganta, propio deje de aire húmedo. Iría a llover.
Pero, ¿acaso los que no saben distinguir ese aroma saben que ese Sol engañoso se ocultaría tras esas
nubes de las cuales manarán agua? No, ellos no lo saben. Creen que el Sol será eterno, pero aunque no
lloviese… la noche nos reinará y nadie puede refutar aquello así se mencione un sinfín de razones… absurdas.
Y es que a lo lejos se vislumbraba esas nubes oscuras al acecho, y cuando ellas llegarían sobre nosotros… nadie escaparía, ¿cómo poder hacerlo frente a algo que abarca todo? No estaríamos protegidos bajo techo, el ruido nos alertaría, el olor también… No puedes buscar evitar lo ineludible. Porque la tierra se une a la lluvia formando lodo y nosotros nos volvemos pequeños al fundirnos con las gotas incoloras.
Ser nadie.
Ser nada.
¿Quién soy?
El suelo, me sentía más cerca a él, era porque mi cuerpo me pesaba más y más a cada momento. El aire
que se filtraba a mi cuerpo parecía tan insulso, tan sin sentido ¿De qué sirve vivir? ¿Qué es lo que
mantiene atado aquí? Es que la muerte se ve más bella a cada paso que doy, es que si quiera poder
rozarla con la yema de mis dedos para así valorar mi inservible existencia.
Veo el cielo y lo maldigo. ¡¿Por qué te escondes Sol?! ¡¿Por qué vos puedes huir cuando todo se moja?!
Día con día, noche tras noche y nunca hay luz. Y es paradójico al ver el firmamento iluminado cuando
por dentro no sientes ni ves tan si quiera un halo de claridad, es como si estuvieras cegado, pero es todo
lo contrario, la realidad se muestra frente a ti y te desnuda el ser para percibir a flor de piel cada detalle
cruento de la vida.
Nunca habían juguetes para mí, no tenía con quién jugar tampoco pero siempre salvaba la idea de que
todo podía brillar con una sonrisa de mi madre, esa mujer cándida que hacía que un calor se instalase en
mi pecho. “Un día, –me decía– un día todo será diferente” y yo sentía, y necesitaba creer, que eso era
verdad. No me importó el trabajar hasta tarde limpiando casas o bajando lo que tenían en las
embarcaciones, por más pesado que fuese, nunca me quejé del fétido hedor que desprendían los
cadáveres que tenía que quemar y siempre traté de no deprimirme por las veces que los familiares
lloraban cuando me daban ese empleo. Ni una réplica por qué… todo cambiaría algún día, por qué los
golpes se acabarían, no tendría que pelearme con los bandidos que buscasen quitarme un pan, y si lo
hiciesen, no dormiría fuera llorando y temiendo regresar a casa, y no tanto por miedo a recibir los
golpes de mi padrastro, sino por tener que ver a mi madre, que ella sólo se alegrase de verme bien y
procurase curarme pero sintiéndose débil por no comer…
¿Ahora era distinto, no?
Sentí una gota caliente caer sobre mi coronilla y bajar de pocos por mi cabellera causándome comezón…
por el Sol, por él la lluvia vendría tibia y por último fría; otras gotas más se le unieron a la anterior y se le
aunaron lágrimas mías que salían de mis cuencas, y mi paso siguió igual. Impactaría contra el suelo al
percibir esa sensación de pérdida de equilibrio al trastabillar, pero unas manos, que se sentían frías por
sobre mis ropajes, se aferraron a mi cintura y detuvieron mi caída a escaso centímetros del suelo. Sentí
cómo me levantan y enroscaban esos brazos ahí, también sentí como su quijada se apoyaba sobre la
unión entre el hombro y mi cuello, su respiración era soltada sobre esa piel descubierta, pero no dije
nada, aunque mi cuerpo reaccionó al reconocer el suyo.
– ¿Escuchas la lluvia? –. musitó. – ¿Escuchas cómo el cielo se desmorona sobre nosotros? –. No
respondí, y sé que él no buscaba una respuesta pues hundió su nariz en mi cabello. – Cuando estás
mojado… humn…destilas un almizcle que me encanta ¿Te lo he dicho alguna vez? –. Inhaló más y posó
sus labios, los sentía calados, entremezclándose con la lluvia que a él y a mí nos caía. Me abrazó con más
fuerza y pasó su lengua por mi piel. – Entremos –. deshizo su agarre y me sujetó por la mano para
ingresar al palacio.
Estábamos empapados mas eso no le cohibiría. Me extrañé de no ir en dirección a sus aposentos, sino
más bien, dirigirnos a mi habitación, la cual ya no utilizaba con continuidad al tener que estar presto a
las órdenes del Príncipe. Se detuvo antes de entrar y volteó a mirarme con una sonrisa que no me
convencía para nada. No se la correspondí, así como tampoco me negué a que apretase con mayor
fuerza para luego soltarla y ponerla ante mis ojos.
– No me gusta que te lastimes, –gruñó, sin borrar esa sonrisa y tampoco dejando que ésta le llegase a
los ojos, Había algo irónico en su frase. – menos aun las manos… – se refería a lo reciente, con las ramas
al momento de limpiar, al apretarlas con demasiada fuerza. – ¿Sabes las hermosas manos que tienes?…
No seas torpe, si te ordeno que no hagas algo no debes hacerlo ¿Entiendes? – buscó mi mirada al sujetarme la mandíbula. Su expresión serena, pero ahora sabía que en realidad era fría y calculadora, me escrutaba.
– Sí, señor –respondí a sabiendas de lo que él esperaba, sonrió un poco más.
– Te tengo un regalo –canturreó para dar una media vuelta y empujar el portón.
Vi cómo yacía una réplica exacta de mi arpa sobre la cama. Pero eso no me emocionaba.
Entré por completo a la habitación y de soslayo miré su rostro, no despegaba los ojos de sobre mí.
– Quiero que la toquéis –exigió. Yo asentí y sin ganas me situé al costado del instrumento, sujetándolo y
acomodándolo para mayor comodidad. Evité su mirada y cerré los ojos rozando con cierto temor las cuerdas.
Después de un instante, al sentir cómo la cama se hundía cerca de mí, decidí centrarme en el arpa. Me sentía ajeno a ese objeto, inseguro, tan distante… pero de pronto, al mis dedos provocar un ruido que
logró difuminarse en el aire como tres tonadas consecutivas y bajas, pude establecer contacto.
Y el sonido unido a mis movimientos se fusionaba en mi mente. Aquellas notas tan hondas, tristes,
dúctiles entre mis dedos… armonizándose de a pocos. Flotando en mi aire, siguiéndose sin intención de
separarse. El ritmo de mis dedos, alternando con el de mis movimientos y ese casi inexistente sonido
tenue de respiraciones, no debía pensar en ello… era yo y mi mundo, sólo eso.
Cada nota era una palabra no dicha, una lágrima derramada, una promesa rota, una mentira esbozada.
Esa sincronización era una simple máscara. La verdad oculta no buscaba tener un orden, no había sido
creada para ser bella, porque lo único que era… es dolor en su máxima expresión. Y éste tiene su propio
sonido, así como el agua al caer o el viento mecer las hojas, así como el quejido que antecede a una
lágrima o como la querella casi muda al ser violentado…
Tres compás… silencio… vuelve a empezar, es casi lo mismo pero con un distinto final falso, eso cambia
todo, y lo es así por qué nunca termina.
La secuencia de un corazón partido, y es que no deja de latir por estar roto, sólo se vuelve más pesado.
Y es que para mí el cielo brilla bajo mis párpados. Pero luego se apaga y da paso a esa luz intermitente
que te impide distinguir si es real o no, lo onírico te envuelve en un lastimero pase de inestabilidad.
La esencia pura de una simple lágrima.
La sangre que brota de una herida.
La sensación de la nada.
Me pierdo entre las notas, ellas me guían a través de ese nebuloso campo del sonido, me hacen olvidar
del tiempo y de mí mismo, porque esto es algo más…
Un roce en mi hombro me despertó súbitamente de mi letargo, conectándome con el espacio en el que
realmente me hallaba. Parpadeé un par de veces antes de sentir como me quitaban el arpa para dejarla
caer al suelo, provocando un estruendoso ruido, y cómo me derribaban sobre el lecho, sintiendo como
se posaba sobre mí con las manos a ambos costado de mi cabeza, una con un objeto que podía relucir
en mi vista periférica: un punzo cortante.
Vi directamente ese par de turbios ojos y calmé mi respiración.
La muerte no se veía mal y él estaba errado si creía que yo tendría miedo a recibirla de sus manos.
Una sonrisa se asomó por sus comisuras y cerró los ojos, pasando el cuchillo por mi mejilla, sintiendo
ese ardor y olor a óxido en mis fosas, lo alejó de allí y lo pasó por sus labios, sacando la lengua,
limpiando la sangre de la sica, desde la base de ésta hasta la punta.
– Prefería la otra melodía –dijo al detenerse en la cima del objeto, aun sin levantar los párpados. – Ésta
es muy deprimente… ¿no lo creéis así? –. Volteé el rostro lo justo para no ver cómo abría los ojos y
ladeaba la cabeza mirándome con fijeza.
Vi como levantaba al cuchillo y lo comenzaba a pasar por mi cuello, dibujando mi clavícula, perdiéndose
bajo el comienzo de mi túnica, la cual iba cortándose al avanzar más. Escuchaba cómo los hilos se
desprendían unos de otros, sentía de vez en vez la frialdad del punzo cortante sobre mi vientre.
Un escalofrío se hizo presente cuando terminé por completo expuesto frente a él.
Podía sentir su mirada y casi me imaginaba a detalle la lascivia con la cual se relamía los labios.
De nuevo pasó el objeto, esta vez comenzando de abajo, desde mis muslos, mis caderas, mi vientre, mi
pecho, mi cuello otra vez, paró ahí, ladeándolo como si me fuese a cortar el pescuezo, lo hundió un
poco, pero sólo lo suficiente como para incomodarme al no poder respirar bien.
Se meció sobre mí aun con sus ropajes puestos, pero claramente sentía su dureza bajo ellos. Cerré los ojos.
– Miradme –pidió presionando más la sica. No era miedo pero igual obedecí viendo como ese brillo
extraño le rasgaba los orbes. Lamió mi mejilla, aun estaba la herida reciente. Volvió a embestirme con aun las ropas puestas, estiré los labios. – Miradme –lo hice de nuevo, tenía los ojos idos y ese gesto torcido en la boca.
Presionó un poco más el objeto ahora pasando el filo, sentía algo caliente y húmedo brotar de esa zona, si bien sabía que eso no me mataría, aquel ardor no podía evitar sentirlo. Fruncí los labios pero él comenzó a moverlos sobre los míos por lo que tuve que ceder, dejando que me bese, que se desquite
con mis labios, recorriéndolos con la lengua, mordisqueándolos, reprimiendo en mi boca gemidos
mientras arremetía contra mí…
Sentí su rodilla por sobre las mías, por lo que abrí las piernas, girando el rostro al sentir movimiento
cuando se estiró para quitarse los ropajes.
Sus palmas frías se posaron sobre mis rodillas y levanté éstas mientras él buscaba alzarlas más y
haciendo mayor espacio para situarse entre ellas.
Su boca se fundió con la mía. Aun escuchaba la lluvia caer. Eran como el agua y la tierra, nuestros labios
creando lodo, esos líquidos entremezclándose, una dispuesta a atacar y la tierra sumisa recibiendo
aquello sin poderlo evitar.
Me preguntaba por qué sabía así, dulce a veces, amargo otras, sin sabor ahora.
Su lengua siempre me llenaba antes de hacer algo más. Él busca con insistencia reacciones en mi cuerpo,
lo sentía por qué la movía rápido contra la mía, la frotaba y a veces mordía, o sino cuando simplemente
me penetraba con la lengua una y otra vez en mi cavidad bucal.
Sentí sus manos sobre las mías, ya había dejado caer el cuchillo, y entrelazó sus dedos con los míos, no hice nada para evitarlo o corresponderlo, aunque no fuese común esa acción. Dirigió nuestras manos
unidas por sobre su cabeza y las detuvo en su cuello indicándome con los ojos que entrelazara mis
manos entre sí ahí, en su nuca, lo hice y él ladeó la cabeza para besarme de nuevo… lo extraño fue que
esta vez no fue rápido, sus movimientos estaban siendo cadenciosos, tanto sus caderas sobre las mías
meciéndose como sus labios sobre los míos, porque lo volvía a hacer con esa lentitud que casi lo hacía
parecer correspondido.
Volví mis manos un puño para evitar que se soltasen.
Aprecié que su miembro latía contra mi vientre y a él impulsarse un poco para tomar un recipiente que
yacía sobre la mesilla, lo vi de reojo pero no supe distinguir de qué se trataba.
Aunque buscaba desconectarme, pero sus labios tozudos me lo impedían, tanta delectación, el
probarlos de a pocos, el rozarlos sin más intenciones ocultas me afligía, pues era tortuoso tener que
tolerar se burle de mí de esa forma.
Me enderecé al sentir la fría invasión en mi zona inferior, lo poco usual era esa sensación de viscosidad
que permitía que me enterrase más y me percaté de que solté un jadeo por lo imprevisto.
Una risa vibró contra mi cuello para que luego alce el rostro y me plante otro beso, pero esta vez en la mejilla.
Abrí mis ojos en toda su extensión al sentir sus labios contra mi oído, respirando ahí.
– No quiero matarte –me susurró y unas lágrimas se anidaron en mis ojos cuando le aumentó otro dedo a la intromisión, podía sentir claramente el movimiento dentro de mí y, en ese instante, deseé no hacerlo, porque no entendía ni sus palabras ni sus tratos… puesto que todo se confundía en mi mente.
Me mordí el labio inferior y apreté los ojos para evitar soltar un gemido salido en sollozo. – No quiero
matarte, –repitió. – no quiero… no puedo… condenado arpista…
Algo dentro de mí gritaba que esto tenía un significado, pero mi razón y los recuerdos nítidos refutan aquello. Porque él tiene a mi madre y me ha amenazado con matarla si es que no le obedezco.
Volteé el rostro que me ardía y sentí sus dientes hundirse en la carne de mi cuello entretanto sacaba sus
dedos para reemplazarlos por su miembro, que previamente se había sacudido con algo que hacía sonar
a sus movimientos como húmedos; ingresó con mayor facilidad que las veces anteriores pero sin quitar
ese dolor que me llega hasta el tabique. Mis labios formaron un círculo cuando rodé los ojos ante la
nueva sensación entre… dolor y algo más.
Comenzó a embestirme, dejando de lado todas las consideraciones que había tenido conmigo
anteriormente.
Lo acerqué a mí para poner mi rostro en su cuello y buscar mis manos, apenas las encontré, enterré mis
dientes en el dorso de una de ellas durante ese vaivén que me hacía arder.
Entrecrucé mis piernas en su espalda. Y es que prefería ese dolor, tan rudo, basto, directo y egoísta… era
mi lluvia, mi suplicio personal; sin embargo, sus palabras dichas, sus besos dejados como acariciándome
los labios, eso no lo comprendía, no podía sobrellevarlo, pues no sería una lluvia que conmina con
abarcar todo, sino sería una tormenta que podría destrozarnos sin dejar rastro de nosotros.
Sus arremetidas me transmitían seguridad, porque nada escondían, eran simples muestra de la
naturaleza primitiva, esa que no expresa emoción alguna más que reacciones propias del cuerpo.
Hundí más mis dientes y apreté mis párpados haciendo que las lágrimas saliesen de mis ojos, pero es
que en esta ocasión podía sentir con una exactitud pasmosa cada parte de él, rozándome en lo más
recóndito de mi cuerpo, alternando tanto mi sentir como mis terminaciones nerviosas, advirtiendo con
acabar con la poca cordura inestable que poseía.
Sin casi notarlo, obviando los retorcijones en mi vientre, me sentía excitado y no podía ocultarlo al tener
mi hombría contra su estómago. Por más que intentaba en no concentrarme en nada, mi cuerpo
actuaba por sí solo, y un gemido agudo se ahogó en mi garganta al sentir su palma contra mi miembro.
Me espigué y removí, pero él no me soltaba, había puesto su dedo sobre la punta humedecida
haciéndome estremecer.
Esto… ugh… esto no estaba bien…
Susúrrame al oído tus amagos cobardes, ponme contra el suelo apoyado en mis palmas y rodillas
mientras me das azotes con la fusta, cállame con la mordaza esa que creas a base de telas, jálame de los
cabellos y dime que soy tu perra… todo eso es mejor que esto, todo eso es carente de emociones como
éstas, todo eso me hace odiarte.
Tortúrame, tortúrame… hazme sangrar hasta plañir.
Mi corazón latía desbocado, casi podía asegurar que lo hacía al compás del tuyo. Me palpitaba la cabeza
y me cosquilleaba el cuerpo. Tenía sobre mi oído el claro sonido de tus gruñidos y gemidos apagados.
Sentía mi rostro arder. Me masajeaste el miembro pero traté de que no me afectase pero esas rápidas
sacudidas me hacían tensar todos los músculos, haciendo que él soltara jadeos sonoros en mi oído. Y no
me decías nada, tanta calma me abrumaba, quería que me brames cualquier palabra sucia no interesase
el grado de ofensiva que pudiese ser, sin embargo, sólo seguías penetrándome y tocándome.
Aumentaste el ritmo de las embestidas, que casi sonrío contra mi mano.
Incrusté las casi inexistentes uñas sobre tu espalda al sentir tu profusa corrida en mi interior. Te saliste
muy rápido para echarte en la cama, pero sólo arrugué la nariz y me encerré en el baño, antes de
volverlo algo más “íntimo”.
Me acaricié con urgencia, desde la base hasta la punta, tocando con los dedos de la otra mano mis
testículos y sin pensar en nada más que en esa parte de mi cuerpo henchida en sangre que buscaba
calmar. Sentí mis rodillas tocarse y mis piernas temblar, por lo que me apoyé contra una pared y me
corrí sin más. Me dejé caer de rodillas al suelo, palpándome algo curioso la hendidura, reparando en
qué, aparte del evidente aseo que debía hacerme, no había mucha sangre, a como solía pasar en otras
ocasiones. Me mordí el labio por el ardor y con algo de agua de la bañera comencé a quitar los restos de
su esencia, sentía como mis músculos dilatados aun no se normalizaban, pero que no estaba como en
otras oportunidades.
– ¡Ahhhhhhhh! – me detuve de inmediato al escuchar ese grito agudo… pero si es agudo quiere decir
que es una chica.
¿Chica?
Tragué saliva y me acerqué a la puerta del baño, entreabriéndola un poco, viendo a una joven menor
que yo, de perfil con ojos color esmeralda, cabello negro amarrado en una coleta junto con una corona
de laureles, pálida piel, nariz pequeña y pecosa y expresión espantada, seguí la dirección de su mirada y
me encontré con Bill con solo las sábanas cubriéndole el cuerpo desnudo y una ceja alzada. Retrocedí
instintivamente ¿Quién era ella?
Me lamenté de no ser cuidadoso con el agua al caer sentado sobre el suelo, haciendo un escandaloso
ruido y doliéndome con desesperación el trasero ¿Por qué seré tan torpe?…
Mi rostro estaba desencajado por el dolor, por lo que mis ojos estaban cerrados y sólo me alerté cuando
escuché la puerta abrirse. Pasé mis manos de mi trasero a mi delantera con rubor hasta en las orejas y
mis ojos abriéndose hasta casi salírseme de mis cuencas.
– ¡Ahhhhhhhh! –gritó de nuevo. – ¡Salid de mi baño! –. ¿Su baño?
Me levanté con dificultad y a pasos precavidos salí, empalideciendo al recordar que Bill destrozó mi
túnica, lo miré sin querer, sólo me sonrió y bostezó sin mucho interés. Me situé a su costado tapándome
con algo de sábana.
– ¡Por todos los Dioses!… –alternó la mirada de uno a otro, yo bajé la mía de inmediato. – Me podrían decir…. ¿Qui-qui-én de ustedes es mi prometido? –preguntó y yo enarqué una ceja.
– ¿Prometido? –cuestionamos al unísono.
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– Vamos… ¿esa es la manera de recibir a tu hermana? –preguntó la mujer mayor pero de implacable belleza, con los cabellos color ébano en una coleta alta adornada por cintos color verde que iban acorde con sus ojos. Su estilizada figura se resaltaba en esa túnica de cinto bajo el busto y dejando al descubierto su largo y delicado cuello, a la par, de sus brazos delgados que extendió para abrazar al menor. – No me pongáis esa cara por Alysa, la traje de la casa de las vírgenes de Lesbos, me pareció
adorable su parecido conmigo a su edad y como mi marido no dejó herederos… –una sonrisa refulgió en
sus comisuras. – aparte si es por lo del compromiso, vamos, soy la tía de Billy y esto sería como un
presente por su décimo séptimo año de vida –se justificó la mujer y soltó a su hermano, guiñándole un
ojo.
– Décimo octavo –corrigió.
– Jörg, era demasiado pequeño como para tener un año, –acotó la mujer con fríos ojos, él negó con la
cabeza. –con mayor razón entonces, él ya debería estar casado
– En parte tienes razón –concordó el menor.
– Yo siempre la tengo hermanito –le palmeó el hombro, él bufó y se dirigieron dentro del palacio.
– ¿Alysa habrá encontrado su pieza? –interrogó el Basilewe.
– Sí, es una muchacha lista, huérfana desde pequeña, eso la ha hecho fuerte –. respondió con firmeza. Él
asintió, internamente, pensando que era necesario que así fuese para tener como marido a su hijo.
– ¿Cuántos Arturos tiene?
– Catorce –. no se sorprendió, incluso él la veía más niña. – Y ¿cómo está Bill? se habrá puesto más
buenmozo de mayor, ¿idéntico a su madre, no crees? –. el veneno no pasó desapercibido para el menor
que se limitó a asentir frente a la risa sardónica que su hermana soltaba, le palmeó el hombre de nuevo.
Una mujer que había visto todo desde las sombras se desplomó en el suelo.
Los cambios no necesariamente tienen que ser para bien.
Continúa…
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