“Destino” Fic de Maggot
Capítulo 22: Adicción
& Lesbos &
Ella miraba más allá que el paisaje dibujado fundiéndose con el firmamento, difuminando destellos frente a sus orbes oscuros y opacos, surcos de lágrimas secas ensuciaban sus finas facciones. La tristeza le inundaba el ser sumiéndola en un estado de aturdimiento, con la mirada ida, los labios entreabiertos y pequeños movimientos inconscientes por parte de su cuerpo.
– ¿Vos habéis visto cómo el horizonte se come al Sol y cómo el cielo pierde brillo en su ausencia? . –su acompañante la miraba fijo, escrutándola con los ojos. Iba a decirle algo cuando se adelantó a hablar, no con intenciones de interrumpir, ella de todas maneras estaba muy ausente como para realmente estar junto a la otra. – ¿Te imaginas un cielo sin Sol ni Luna? Tan vacío, tan opaco, tan incompleto…
– Vos debéis dejar ya los pensamientos oscuros. Alysa estará bien, ¿vos no consideráis que está en
manos de la emperatriz? –. Trató de hacerle entrar en razón. Puesto qué… ¿Quiénes eran ellas para
inmiscuirse? Ya habían suplido su obligación, no iría nunca ser bien visto que una de las que cuida niñas
mantuviera una relación con una de ellas. Bajo ningún contexto eso estaba bien visto.
– Alysa, Alysa, Alysa… un bello nombre para una bella flor. Significa princesa, mi princesa en un mundo
arcano donde el mundo sea nuestro y el único Destino sería marcado por el latido que irradiaba de
nuestro pecho, y nuestras tierras nacerían de sus cabellos, y la vida de sus ojos, y la luz de sus labios, de
su voz… –. La otra mujer frunció la nariz en disgusto, y la tomó del brazo levantándola de su posición
curva en el suelo.
– No se vive de sueños. – Le gritó, ella miró al cielo sin incomodarse por el brusco roce y susurró: –
Entonces a la vida no se le puede llamar vida. – Volvió a perder la mirada en el horizonte cuando el
agarre de la otra se debilitó por el impacto de esas palabras.
>Corinto<
Ella trataba por todos los medios de virar en cualquier dirección menos en los ojos del joven que
primero había visto, porque si bien en un principio se había ruborizado y alarmado porque estaba
desnudo, al verle el rostro, empalideció. De entre todos rasgos hermosos sus ojos se resaltaban más,
puesto que a pesar de ser claros y color miel, era contradictoriamente oscuros, y te absorbían, con solo
verlos te provocaban un estremecimiento.
En su afán de buscar algo en lo que distraerse se fijó en las heridas sangrantes que traía el otro joven,
que tenía un extraño parecido con el otro, pero dejó de lado esos pensamientos al recordar en qué
circunstancias los había hallado.
– ¿Sabes las consecuencias que le traería a vos el ponernos en evidencia, verdad? –interrogó el otro
rubio con mirada penetrante y voz discordantemente apacible que disimulaba a la perfección el tono de
amenaza.
– ¿Consecuencias para mí? Dirás para vosotros que es lo que estaban en aquel menester –rió
nerviosamente tratando de convencerse de sus propias palabras al verse envuelta por la intimidación de
esa mirada.
– Sí, para vos… ¿Vos notáis en las tierras de quién estáis? Y ¿Vos te habéis mirado? No traes ni una pizca
de parentesco con la nobleza, bajo esos ropajes de procedencia refinada se esconde un cuerpo de
contextura delgada y débiles huesos, ¿desnutrición acaso? ¿tu madre no te alimentó bien? ¿Por qué?
¿No tenía suficiente sustento al ganarse la vida como hetaira? Por lo que tuvieron que recogerte
evitando así que no sea aquél tu futuro… –Ella lo miró con ojos abiertos en toda su extensión. – ¿Crees
acaso que desconozco del narcisismo de mi tía? Vos te parecéis a ella, aunque claro, quitando de lado tu
sangre sucia y comportamiento poco propio de una doncella. Nunca antes vos conocisteis lo que es esta
clase de vida por eso es que te das atribuciones que nadie te ha otorgado… Lesbos, conocido por la
cuantiosa cantidad de familias que acuden allí dejando a sus hijas en búsqueda de que sean buenas
esposas, lo tuyo fue por causas de fuerza mayor y tus orígenes pueden ser vistos desde las pequeñas
cicatrices que vos poseéis, prueba de que llevan mucho tiempo en tu piel, y la forma en el cual respiras
agitadamente mientras te hablo, tus pulmones no se desarrollaron bien en el vientre de tu madre por
llevar un cuidado que da mucho de desear durante su preñez… ¿Me faltó algo más? Ah sí, que aquí te
dan azotes a muerte cuando levantas falsas a tu marido –el arpista lo miraba de soslayo, no
sorprendiéndole en demasía su actitud, pero no evitando tampoco que le aterrase, a diferencia de la
dama, que era la primera ve que alguien le hablaba así, de esa forma tan directa de su vida.
– ¿Qué eres…? –musitó con pequeñas gotas saliendo de sus cuencas.
– Tu prometido –le respondió con una sonrisa que le sentó mal a todos los presentes. –Ahora largo –
señaló en dirección a la puerta, ella retrocedió sin dar la espalda al rubio y salió lo más rápido que pudo
cuando se acercó lo suficiente a la salida. – Mi tía ha llegado Tomi, –dijo para luego desperezarse
soltando un bostezo. Se levantó y agachó para recoger su túnica. – Debo darme un baño para verla. –se
vistió con parsimonia mientras seguía su monólogo –Recordad que ésta es tu pieza, ponte los ropajes
que hay allí –terminó de colocarse el cinto y apuntó con el dedo en dirección a la gran cómoda que
antes en la cual no había reparado. El aludido asintió y tapándose con las sábanas se acercó, el otro
rubio enarcó una ceja y soltó una risa. – ¿Por qué vos te cubrís?
– … –se le encogió el cuello por la pregunta y no evitó ruborizarse, agradeciendo que no estaba de
frente al otro como para que lo note hasta que sintió una nariz hundirse en su cuello y cómo su piel se
erizaba al contacto de sus labios que se movían por la risa que expulsaba de ellos. Se enderezó de
inmediato y enrojeció más cuando sintió cómo le despojaban de las sábanas, pero para su tranquilidad,
también lo sintió alejarse, por lo que viró en dirección de él, cubriéndose con las manos, le encontró con
una sonrisa en el umbral de la puerta con lo arrebatado en manos, se lo llevó al rostro y lo olió dándole
un guiño para luego retirarse de allí voceando un “Vístete”. – Maldito enfermo, ¿Qué creía? ¿Qué lo iba
esperar desnudo hasta que me folle otra vez? –refunfuño sacando la primera túnica que encontró para
ponérsela sin cuidado sobre el cuerpo, ya luego se asearía más propiamente, ahora sabía que ese cuarto
lo ocuparía la niña y prefería no arriesgarse a lo ella entre y lo vea aseándose.
Suspiró, sentía lástima por la pequeña. ¿Casarse con el Príncipe? ¿Quién sería tan cruel de ofrecerle ese
destino?, suspiró otra vez, si él no podía con todo ¿Cómo podría una niña como ella? Y, a pesar de sentir
todo esa lamentación, veía algo de esperanza con ello, puesto que el Príncipe tendría que dejarlos en
libertad a él y a su madre. Frunció el ceño, nunca se había imaginado a sí mismo teniendo esos
pensamientos tan miserables y desesperados a la vez.
Miró a la pieza por completo y se estremeció al recordar todos los sucesos recientes, decidió que no
estaba bien que permanezca en ese espacio por mucho tiempo y salió.
Se estaba dirigiendo a buscar a Gustav para curarse las heridas cuando escuchó unos gimoteos, los
siguió y se encontró con la joven, que anteriormente había visto, en un rincón con las manos en el
rostro. Se acercó dubitativo a ella y se sentó a su costado.
– Hemnn… hola –le dijo despertándola de su ensimismamiento haciéndole dar un brinco y alejarse por
instinto. – No te voy a hacer nada…
– Oh, no eres él…–murmuró la chica y él notó cómo su expresión se tranquilizaba. Él entrecerró los ojos e hizo un gesto con los labios, se sentía mal por ella y, a la vez, incómodo por el parecido que él tenía
con el Príncipe.
– ¿Cuál es tu nombre? –preguntó mientras se rascaba la nuca, la chica levantó la mirada y le observó
expectante.
– ¿Me darás respuestas si te lo digo? –a él le sonaba ese comportamiento por lo que asintió sonriente, al
menos viendo que ella se despabilaba. – Alysa
– Humnn… bonito nombre –menciona. Ve algo en ella que le hace sentir calmo, la sensación de estar
con alguien que no te mantenga en continuo desespero, con esa incesante vigilia frente al temor de ser
atacado. Ya había pasado mucho desde que entablaba conversación con alguien puesto que lo que
mantenía con Georg o Gustav no podía atribuírsele ese nombre.
– Me debes respuestas… –frunció el ceño y sus ojos verdes relampaguearon con esa acentuación de las
cejas negras.
– Pregunta –cedió.
– ¿Cuál es tu nombre? –interrogó como si fuese una pregunta determinante, frente a los ojos del otro
joven, eso le pareció tierno.
– Thomas –la ceja de ella parecía ser una sola.
– Vos no tenéis cara de Thomas –él alzó una ceja.
– ¿Ah no? –No entendía el punto de la chica.
– No, vos tenéis cara de “Tom” –le regaló una sonrisa que él correspondió.
– Podéis llamarme así si vos gustáis, ¿otra pregunta? –animó a seguir. El rostro de la menor se contrajo,
él supo de qué iría a preguntar.
– ¿En serio ese tipo es mi prometido? –él asintió, porque extrañamente no se sentía capaz de decírselo,
porque a veces uno se sorprende con la manera en la cual las palabras se vuelven un hecho tangible e
irrefutable. Ese nuevo cambio afectaría a Thomas y él lo sabía, pero lo que desconocía es en qué sentido
lo haría, puesto que ahora se hallaba perdido entre sus propios pensamientos. – … hey… aun no termino
– ¿Humn? –la miró de nuevo, parpadeando consecutivamente con esas ideas bizarras dentro de sí,
retorciéndose en su pecho.
– ¿Qué hacían antes de que llegara? –él bufó y luego chasqueó la lengua.
Algo dentro de sí le gritaba que esa charla daba para rato.
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Gustav se encargó de la madre de Thomas cuando éste perdió el conocimiento. Ahora ella estaba echada sobre la cama, con una respiración acompasada propia de quien se ha desmayado y luego caído en un profundo trance, sin embargo, su rostro traía un rictus inalterable, el entrecejo fruncido al igual que los labios, dando una expresión tanto de miedo como de frustración. El rubio se abstuvo de indagar en ello, mientras velaba por la mujer. De todas maneras, aquello era una obligación, aunque él no negaba que había entablado una relación amena con aquella dama, su instinto maternal la hacía atrayente para el blondo que aún sentía dentro de sí la necesidad de una madre, añoraba esa sensación por lo que en su rostro inescrutable nació una media sonrisa que se borró de inmediato. Si él se acostumbraba a aquella presencia terminaría sufriendo ese mismo dolor, porque él aún no sabía cuáles eran las intenciones del Príncipe. Crispó su mano en un puño por sus pensamientos cuando escuchó que le llamaban.
– Joven… –susurró la dama con un terrible estertor.
– ¿Sí?
– Mi hijo… mi hijo… mi Tomi –Gustav sintió una opresión en el pecho al tener que repetir la misma frase.
– No puede verlo
– No, no es por eso, él… él tiene que huir… –miró a todos lados como si la observasen.
– Señora, usted sabe que él no puede… –intentó aclarar el rubio cuando fue abruptamente interrumpido
por la exclamación de la dama.
– ¡Tiene que hacerlo! –sus orbes color miel se oscurecían y veían trémulos frente a la visión del joven
que negó con la cabeza. – Vos no entendéis, peligra, mi niño… él peligra. –él sentía pena porque la mujer
recién hubiese notado cómo es que era el Príncipe en verdad, y eso que él había cuidado de que la
mujer no se de por enterada de todas las cosas a las cuales su hijo estaba sometido, pero al parecer la
verdad había caído sola frente a sus ojos y él no podría negarla como tampoco hacer algo en su contra.
Esos hechos eran incuestionables, se le iban del pequeño control que poseía.
Lo que él no sabía es que todo ese resquemor que se posaba sobre la mujer, era por un móvil que distaba mucho del que formulaba su mente.
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El Basilewe aun mantenía el coloquio con su hermana, dejando pactado todo lo referente al compromiso. Que significaría que el único heredero directo, y sin lugar a dudas, sería su hijo. Ya nadie podría desatar cuestionamientos al éste casarse. El legado Kaulitz perduraría hasta mucho tiempo; extrañamente Lykaios, que solía ser dominante y siempre imponía su parecer, no rechistó frente a lo que le proponía su hermano. La conversación se vio interrumpida por la presencia de uno perteneciente a la servidumbre.
– Su Majestad –lo llamó. Él se levantó alejándose un tramo de su hermana para que lo que hablasen no
sea oído. – Es el señor Zimmermann, está aquí –susurró el sirviente y la expresión del mayor se
endureció al conocer ese apellido a la perfección.
– ¿Ha dado razones? –no se imagina que tuviera relación con su hijo, puesto que ellos no sabían nada al
respecto y los normas habían sido claras con respecto a ese trato que se llevó hace ya varios lustros.
– No ha querido mencionarlas, dice que es un asunto privado –asintió y respuesta y volteó a ver a su
hermana.
– Lykaios, dejemos esto para después. Una situación se ha presentado –se disculpó con una sonrisa y
siguió al joven.
La mujer se acomodó más en la silla, no sintiéndose incómoda en esa posición por tantos años de
práctica pero sí percibiendo cómo el tiempo había dejado rezagos en ella. Sin embargo, poseía sus
sentidos intactos y había escuchado a la perfección la charla. ¿Zimmermann? ¡Cuánto había pasado
desde que ella oyó ese apellido! Que si bien guardaba relación con su familia de alguna manera, le
resultaba gracioso cómo había perdido casi todo ese lazo por obra de ella, al menos por una parte, que
de lo demás se había encargado el destino.
Sus cavilaciones y remembranzas se vieron detenidas al reparar en una presencia extraña en la pieza, bastó que esa persona se acercara más para que ella reconociera ese aroma. Era difícil olvidarlo, esa
sangre que bullía bajo esa pálida piel ella podía tantearla a la perfección.
– Billy, Bily, Billy… silencioso como siempre. – Le dijo esa mujer con una sonrisa en los labios, un gesto
similar apareció en los del muchacho.
– Aun no entiendo cómo vos lo hacéis –admitió situándose al lado de la mujer, en su respectiva silla.
Observando curioso los casi imperceptibles cambios en el rostro de su tía.
– No estás vos para entenderme ni yo para cuestionarte, Billy. – le dedicó una mirada, a lo que él asintió
sumiso pero no demostrándolo en demasía. Si bien él tenía poder sobre los demás, nunca podría
superar a los ojos verdes de su tía.
– Ya vi tu presente –tamborileó los dedos en la orilla de la mesa, mirándola fijamente como si se fuese a
convertir en aserrín bajo su tacto. – No me gustó
– No debe gustarte Billy. ¿Cuántas veces te he dicho que las cosas son una determinada intención? No
es por el deseo de uno necesariamente. Mírala a ella como un instrumento, para ti, presto de esa forma
conseguirás el puesto de Basilewe. – no recibió una mirada ni respuesta y los labios del otro se movieron
de nuevo rápidamente, como buscando acariciar al viento.
– Yo no quiero ser Basilewe
– No reniegues de tu destino, Billy. – le sonrió una vez más. –Ella después no te estorbará, es como mi
marido, impulsivo pero ignorante, ellos nunca consiguen nada más que la aceptación del pueblo y éste
no tiene otra función que ser sometido, que acatar órdenes y si le das más cabida te quitan los ojos…–su
sobrino la miró sin ninguna clase de interés, pero nadie podría aseverarlo con la expresión carente de
emociones del Príncipe.
– Si la dejáis conmigo la mataré –soltó como tal mientras miraba de nuevo a la mesa.
– ¿No estarás retándome, Billy? –agudizó la mirada con una sonrisa resplandeciente y posó su palma
sobre el hombro del otro. –Sabes que no puedes hacerlo, sería muy arriesgado
– Sí, lo sé. – respondió con una simpleza, que estremecería a más de uno si se considera el contexto,
pero para la receptora no se aplicaba el caso.
– Y vos no sois ningún tonto, ¿verdad?. – la miró interrogante. Él no era tonto, por eso mismo es que se
percataba de esa sutil indirecta que buscaba manipularlo, demasiado evidente, algo incompatible con la
forma de actuar de su tía.
– Y vos sabéis que no lo haré. –aclaró aunque lo veía innecesario.
– Buen chico. – dejó de ejercer presión con su mano, y él la miró un instante más.
– Y también sabes que no me casaré. –ella le sonrió, y él se sintió confundido, cómo detestaba sentirse así.
– ¿Todavía piensas en cómo se sentía el pasto al tacto con tu piel? ¿En cómo eras tan vulnerable en
manos de él… en esas frases soltadas en tu oído aposta…? –sonrió de manera maliciosa mientras soltaba
sus palabras inyectadas en veneno, él la observaba sin decir nada o mostrar señas de incomodidad, sin
embargo, ella sabía que había conseguido su objetivo. – ¿Sabes que él podría estar como heredero si vos
no aceptáis el cargo, no?
– No puede. – musitó con una media sonrisa mirando a la mesa de nuevo. La expresión en el rostro de
su tía se congeló, entrecerró los párpados y suspiró. – Estoy esperando que me ilustres con lo que
tienes, tía. – casi se percibía el tono de burla en esa simple frase.
Su mirada fue de advertencia, pero Bill consideró que sería divertido jugar. Él tenía un capricho de su tía,
y ella nada a su favor, si bien sabía que con matar a su prometida causaría una reacción, no estaba
seguro de cuál sería, porque no es como si él no se diese cuenta de que hay algo más oculto. ¿Por qué
tanta insistencia con que él para ese asunto? Le parecía muy absurdo buscarle un vínculo peor lo haría en un determinado momento, porque por detalles que se dejan ir las cosas terminan por arruinarse. –Como con Tom. – se dijo a sí mismo.
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El viento les acariciaba, el Sol deslumbraba en lo alto, recuerdos se anidaban en su mente y terminaban por convertirse en expresiones faciales que no hacían más que volver más palpable aquella tensión. Aun no salían palabras de sus bocas más que para dar el saludo, muy respetuoso, a pesar de que no se tenían mucha estima.
El Basilewe no hubiera dejado ingresar a nadie al palacio, se necesita toda una serie de protocolo para
hacerlo. Pero al tratarse de él, había optado por actuar de esa forma, obviando las sensaciones
acuciantes que suplicaban por no permitirle la entrada.
– ¿Ya es algo tarde, no cree? –rompió el silencio el menor. El anciano agudizó la mirada y se remojó los labios cortados y secos.
– ¿Tarde para quién? –cuestionó frío y con dura expresión.
– Es que ya nada lo mantiene a vos aquí. – Sus ojos se dilataron frente a sus propias palabras y el mayor
negó con la cabeza.
– Vos erráis con aquello y bien que lo sabéis. – Refutó. El hombre analizó lo dicho.
– Eso ya no es de vuestra incumbencia
– La sangre nunca debe ser negada
– ¿Cuáles son vuestros asuntos que lo traen aquí? –. Preguntó buscando dar por zanjado el tema. El
hombre con su senectud, y por lo tanto, sabiduría, aceptó aquello.
– La quiero a ella. – Recibió una expresión confusa en respuesta.
– ¿Disculpe?
– Lo que habéis oído. La quiero de vuelta. – Un sentimiento de reconocimiento azotó el cuerpo del otro.
– Vos debéis saber lo que pasó con…
– No hablo de ella, eso lo sé. – Su voz tomó más fuerza en esa frase, la interrogante se plasmó en la cara
del contrario.
– No veo su punto… –. Su olfato de zorro no le fallaba, aquello no era una mentira y asintió frente a la
respuesta del Basilewe. Si bien mantenía cuestiones dentro de sí, al menos no eran tantas como cuando
había entrado.
– Su hijo se está volviendo descuidado, ¿ser visto mientras le entregaban hachís? –. Su fuente no era
segura, la gente siempre decía palabras de más, pero lo que buscaba no era la verdad, si no la
desconfianza.
– Vos sabéis que no deberéis referirte a vuestros superiores en aquel tono. –La arrogancia era palpable
en aquella oración tanto o más que su desesperada evasión. El otro hombre enarcó una ceja pero no
prestó más atención a aquello.
– Vos debéis vigilarlo. –el menor lo miró incrédulo.
– ¿Vos osáis darme órdenes? Yo sé cómo manejo a los míos. – Hizo una señal con los dedos y se
presentaron dos sirvientes frente a ellos. – El señor se va a retirar, –los jóvenes se situaron a ambos
lados del visitante. –mis saludos a la Sra. Z. –terminó por decir para retirarse. En frente de otros no
había por qué mencionar su verdadera identidad o la de su esposa, aquello implicaba más y más
complicaciones y su sola presencia de nuevo con aquellas advertencias de por medio le sembraban
intriga en el alma. ¿Por qué?. Se abstuvo de interrogarse a sí mismo por aquello e ingresó a palacio.
El anciano se preguntaba cómo es que la carroña invade el cuerpo del hombre haciendo que aunque
para los ojos humanos, se vea en su cenit, esté en lo más bajo, con solo esa careta puesta ocultando su
verdadera faz, esa que le da de pleno al rostro, y sus propios orbes admiran la atrocidad que es el nadir
en su ser. Él mismo se sentía así, pero notaba que no era el único, ¿acaso puede remediarse el pasado?
No, ¿y lo que sigue? Lo que está escrito seguirá ahí como puesto en piedra, y ni la lluvia incesante o viento poderoso lo borrará.
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La joven de los ojos jades escuchaba atenta a las sutiles quejas del otro mancebo, se percataba de cómo con profusas palabras, que a él mismo lo confundían, se entrevía de forma furtiva un mensaje, algo que estaba latente en cada frase. Ella se preguntaba cómo es que podía él querer tanto a su verdugo a pesar de lo relatado, que no ponía en duda al haberlo conocido.
– Entonces vos le queréis. –resumió la menor con toda la sabiduría de un inocente que no ha vivido
mucho y todo lo ve claro. Él abrió los ojos en toda su extensión y balbuceó cosas ininteligibles. – Vos
debéis dejar de tartamudear
– ¡Yo-o no le quiero! –. Exclamó a voz de grito buscando convencerse a sí mismo más que a la joven. –
Vos no entendéis, é-él tiene a mi madre y-y…
– Y yo sé que no me incomodaría si le tengo al lado, ni me sonrojaría, ni medio sonreiría si hablo de él,
peor… ¡no me emocionaría al llenarme la boca de su nombre! Vos sois un tonto. –dictaminó con
seguridad y volteó el rostro.
– No-o ¡Vos sois una niña! Vos no estáis pasando por lo que yo, no podéis saberlo. –se justificó azorado.
La menor le miró curiosa.
– ¿Qué crees que no sé qué es lo que se siente cuando el que te ama te toca? ¿Cuándo te besa? Cuando
te susurra una palabra, cual sea, al oído, y que no interese cuán contradictoria o bizarra sea nuestra
realidad, lo único que deseas es estar con ese alguien, porque cuando intentas alejarlo, notas que lo tienes bajo la piel, y que de ahí nadie puede destronarlo. Vos estáis enamorado, de un desgraciado,
miserable monstruo con apariencia de Dios, de aquel impío, ¿quién soy yo para juzgar? ¿Quién sois vos
para negarlo? –. Él se calló y miró al suelo con los párpados caídos.
¿Era posible? ¿Es posible? No, no eran suposiciones, son afirmaciones lo que esbozan los labios
delgados de la moza.
Si tan fácil fuese para él aceptar una idea que implica ubicarse en el ojo de la tormenta, no puede. No es
lógico sentir como él se siente frente a mínimos estímulos, no tiene sentido verle algo llamativo, ni
sentirse muerto y vivo a la vez en sus manos, perderse en un abismo oscuro y profundo pudiendo decir
que no se siente desesperado hasta ver sus ojos, ser frío y cálido, sentirse prisionero pero no
imposibilitado, sentirse en el aire pero sujeto a su mano. Era algo imposible, pero le pasaba a él. Suspiró
y bajó más la cabeza, apoyando su quijada en sus rodillas alzadas. Había ingresado por voluntad propia a
la tormenta que comenzaría con arrasar con el más débil.
– Le quiero. –dijo convencido pero con ese pesar saliéndosele por el desnivel en la voz.
– Sí, le quieres. –la muchacha achinó la mirada y pasó su mano por el hombro del otro, subiéndola y
bajándola buscando reconfortarlo.
– No debo hacerlo, pero lo hago… –. Un acto libre que paradójicamente lo ataba y sentenciaba. Lágrimas
se formaron en sus ojos y cayeron con soltura, sin sonido y cristalinas.
Era el dolor que muere en el alma, la verdad que quema por dentro y es expulsada de forma lacerante.
Cuando asumes un hecho no puedes evitar que te afecte. Cuando se da dentro de ti, no puedes eludirlo.
Cuando involucra a alguien más… no tienes control sobre él.
– Entonces está mal que le quiera…
– No, querer a alguien no nos daña, lo que lo hace es el efecto que tiene sobre nosotros, y lo que él te da
no es nada bueno, Tom. –él la miró y le ofreció una sonrisa cansina. Ella era menor que él, pero no por
eso era menos, ella poseía un mayor control con situaciones que involucren a otros, puesto que había
crecido en un ambiente así, obligada a mantener una sociedad, formando lazos por doquier, a diferencia de él, que por más contacto que establecía con la gente, nunca entrelazaba relaciones.
– Eres linda. –le dijo pasándole la mano por entre los cabellos arreglados, desordenándolos un poco.
– ¡Hey! Me arruinas el peinado. –se quejó alejándose de él, y éste rió. –Debes alejarte de él, ¿lo sabes,
no?
– No tengo control con lo de mi madre
– No me refiero a eso Tom, sino en lo que sí tienes control. –él no sentía capaz de prometer algo, por lo
que simplemente se levantó del suelo extendiendo la mano en dirección a ella.
– Debemos ir a comer y sí vos lo deseáis, te ayudaré a ubicarte. –ella aceptó la ayuda para impulsarse y
se levantó, le quedaba una cabeza y media más abajo,
– No creo tener ganas de dormir en esa cama… –. Frunció la nariz y le picó con el dedo en las costillas del
otro.
– Sabía que no debía confiarte nada. –murmuró entre dientes, ella se carcajeó y dejó de fastidiarlo.
– Bueno, vamos a comer y me ayudas, ¿vale?
– Vale. –rodó los ojos y se resignó al tacto de la niña en su mano jalándole.
Podían fingir, podían actuar como ingenuos, como ignorantes de todo, pero dentro de sí conocían con
exactitud que lo que habían conversado no se quedaría en palabras soltadas al viento.
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Ya el Sol se había ocultado dando paso a su fiel amante, la Luna. Ya todas las actividades habían sido cumplidas. Un almuerzo frío se suscitó en el comedor, y los únicos que hablaban eran los mayores, los novios, ni se miraron. En la cena no hubo mucha diferencia, sólo que en esa ocasión Alysa se presentó, porque su madre le decía la importancia que ello acarrearía para una princesa, la clase, exquisitos modales y la educación; ella admiraba a su madre, la veía tan pacífica aunque a veces le incomodaban sus ojos que nunca nada decían.
Pronto se tendría que dar una celebración por el compromiso, anunciándolo, parientes de ellos harían
acto de presencia, viejas caras se encontrarían y el rictus de la cara del Príncipe tendría que ser el
mismo: de cortesía y de afabilidad.
Gustav había detenido al Príncipe cuando este iba a retirarse, diciéndole que había una complicación
con la madre de Thomas. Lo que quería el rubio es saber de una vez por todas qué es lo que iría a hacer
el Príncipe, para ya terminar con el sufrimiento de la dama, y una sospecha se posó sobre él cuando éste
dijo que iría a verla, y que no quería a nadie durante ese momento. Pero lo que le extrañó es que no
mostraba esa expresión característica de cuando iba a atacar a alguien, pero no se fiaba, ya que a veces
podría no decir nada su rostro y seguir actuando de la forma más despiadada.
– Anémona, ¿cómo te sentís? – . Empezó el Príncipe, ella se sobresaltó por su repentina aparición y
luego su expresión se descompuso en nostalgia.
– ¿Me negarás a mi niño, otra vez? ¿Por qué lo ocultáis de mí? – . Intentó obtener respuestas mientras
se le encogía el pecho. – Peligran y… no lo saben
– ¿A qué te referís?… y sobre lo otro, vos deberíais olvidarte de ese hijo tuyo. No tiene sentido
recordarle si sólo te trae miseria
– Pero vos me lo quitasteis y vos no podéis pedirme que olvide a mi hijo. Una madre nunca olvida a sus
hijos. –él la miró desinteresado y recordó lo anterior.
– ¿Vos me estabais amenazando? – . Ella negó con la cabeza.
– ¿Vos creéis que una mujer postrada en cama como yo podría hacerte algo? – . Claro que él sabía que
eso no podría ser, pero el pensamiento de las personas le era tan curioso a él, desde el la variedad de
emociones que fácilmente él podía manipular, hasta las respuestas de algunos a determinados a actos:
reacciones. Por ello él quería saber el por qué de la frase de la dama. – Dejadlo ir y… vos también huye.
–no se sorprendió pero alzó una ceja, pensando en cuáles serían los pensamientos absurdos que le
hagan decir aquello a esa mujer.
– ¿Huir? – . Ella se mordió el labio inferior ligeramente y él notó de dónde había sacado Thomas esa
manía, la cual salía a relucir cuando estaba nervioso, es decir, la mujer lo estaba.
– Sólo… no preguntes, sé por qué lo digo. –se quedó estático cuando, añadido a la frase, la mujer hizo un
gesto que nadie había hecho en tantos años: tomarle la mano. Disimuló perfectamente su sentir, por la
fuerza de la costumbre mas no porque aquello no le sorprendiese; esa suavidad y textura, la forma al
tacto y la casi inexistente presión que ejercía en ese roce le abrumaba, e imágenes difusas se formaban
en su mente. Una mujer de cabellos rubios que resplandecían como oro por los rayos del Sol, unos ojos
grandes adornando su rostro en forma de corazón, labios llenos curvados en una sonrisa y una nariz pequeña pero respingona, era ella… el tacto de esa mujer se parecía al de su madre y se negó ante el
súbito deseo de gritar. La sangre bombeó violentamente dentro de sí y no puedo contener el pequeño
temblor que se hizo notorio en sus manos.
– Con su permiso. –musitó con voz pausada antes de retirarse presuroso de ahí.
Inhaló y exhaló. Mas el pálpito continúo retumbaba en sus oídos. El chirrido de sus dientes le hizo
estremecerse y siguió caminando rápido.
Paró cuando reparó en la presencia del castaño. Se acercó a él y le pidió que le llevase vino a su
habitación, éste asintió sumisamente pero el Príncipe había retomado su caminata con premura.
“Bill…”
“Bill…”
Ella lo llamaba así, ¿por qué no podía escucharle la voz? Sólo le leía los labios, ¿por qué ahora se
acordaba de ella?…
Ingresó a su habitación, tan oscura… tan acorde con las sensaciones que sentía. Y es que él odiaba
sentir, oh sí, cuánto él odiaba eso. Se refugió bajo las sábanas y tiritó con los ojos cerrados fuertemente,
las aletas de un nariz se dilataron y un aroma se llegó de lleno a los pulmones… no estaba solo. Se
maldijo a sí mismo, había olvidado que le había pedido a Gustav que mandara a Thomas a su habitación.
Escuchó los ronquidos lánguidos de él y se giró para verlo.
Sus labios entreabiertos soltando ese aire, con esa expresión tranquila, él no ponía ese rostro cuando
estaba con él, aquello no significaba que dejaría de tratarlo de esa forma, pero no por ello dejaría de
apreciarlo cuando duerme. Olía a limpio, se había aseado en su baño, ronroneó por la idea al venírsele
imágenes a la cabeza. Él notó que por instantes el asunto anterior quedaba olvidado por lo que decidió
concentrarse más en su arpista. Decidió tocarlo y, con trémulo acercamiento, posó los dedos por sobre
la mejilla del contrario, sintió el calor que emanaba de ésta, vio cómo su piel parecía muerta en
comparación a la del otro y cerró los ojos, pasando con parsimonia los dedos desde el comienzo el
pómulo hasta llegar al maxilar, con una delicadeza antes no aplicada, una con la cual sólo tocaba a las
flores. El rostro del otro se relajaba más a cada toque y su cuerpo se movió frente a los roces,
acercándose al que se los daba. El Príncipe detuvo su acto y se tensó frente a la cercanía, él podía sentir claramente la respiración del otro, y posó los dedos en su nariz, sintió la forma, sonrió en la oscuridad,
se parecía a la de él.
– Humn… –. Se removió en su sitio por el toque y entreabrió los ojos, tratando de mirar a todos lados
con aun los ojos no completamente abiertos.
– … –. Notó las largas pestañas que enmarcaban los ojos de su arpista y quitó la mano. – Duerme…
– Mhmnn… Bill. –el aludido reparó en que el otro no estaba completamente despierto y rodó los ojos.
– Shshsh… duerme. –repitió y por instinto sujetó la sábana y lo cubrió. Volvió a cerrar los ojos y se
acomodó más cerca de él. El aun despierto se sentía incómodo con ello, demasiado íntimo, demasiado.
Un sonido le despertó de sus cavilaciones y aprovechó aquello para levantarse, alejándose del otro.
Miró al castaño y formó una expresión circunspecta.
– ¿Su vino? –. Alzó el recipiente lleno con el líquido granate, que no se podía observar a menos que se
abriese. Chasqueó la lengua mirando de reojo al que aun seguía en su cama.
– Ya no quiero. –dijo con simpleza cerrando la puerta y regresando a su lecho. Se giró para no ver más al
arpista. Un sueño le había invadido repentinamente y no pensaba negarse a lo que su cuerpo le gritaba.
Cerró los ojos.
No se percató que la vista del balcón no tenía telas cubriendo la noche de sus ojos. No pensó en nada cuando cayó rendido en los brazos de Morfeo… era la noche su porfía y nunca conciliaba el sueño así de rápido, pero había algo diferente en esta ocasión.
PoV Bill
Siendo bañados por aquel destello temeroso que se asoma a través de los mantos que cubren la vista al mundo brillante en plena oscuridad pero que en esta ocasión no cumplirían su cometido pues la luz que está en lo alto es perteneciente al alba, el Sol, por consiguiente, esta luz no me era despreciable y quizás nada podría serlo por el momento.
Ante mis ojos todo está inundado de brillos centellantes nunca antes vistos, no había reparado en
tiempos anteriores aquel brillo que no lastima y es agradable a la vista, tan frágil que con cada
movimiento puede ensombrecerse o simplemente desaparecer; ahora puedo comprender que todo
tiene un punto débil, uno que evita que lleguen a un nivel pítico, ni la naturaleza de nuestro entorno lo
consigue pues lo de la tierra de mortales se termina por destruir de alguna u otra manera: los humanos
son débiles, la tan envidiada naturaleza, por más bella que ésta sea, se termina por morir en algún
momento. Sólo me queda adorar al Sol, aunque éste muera al caer en sombras, se deja llevar por la
pequeña debilidad, aquella que lo enfrasca en oscuridad total al manejar sus emociones. ¿Habré llegado
a mi punto máximo?, he poseído parte de la naturaleza reparando recién en lo frágil que puede ser y no
encuentro que más poder mancillar, un clase de… ¿equilibrio podría llamarse? se ha posado sobre mí,
pero me parece de lo más mediocre satisfacerme con tan poco, él es un simple mortal como yo, uno
diferente al resto en algo que no puedo encajar y que va acompañado a la sensación de lleno que traigo
en estos momentos.
No sé cuando comenzó, no comprendo cuando de entre las sombras refulgió esta maldita sensación.
Esto está avanzando de manera desagradable. Nunca antes la luz se había filtrado por los mantos que…
no están allí. ¡¿Quién ha quitado mis mantos?!
Me descubrí el cuerpo y senté en el borde de la cama. Anémona…quiero deshacerme de ella, para que…
exacto, ¿para qué?, deseo alejar al arpista. Claro que ello no implica que no disfrute hasta entonces,
pero es un ser demasiado despreciable, tanto que no merece ni que lo mate.
Es un control, si bien no amplio, si lo suficiente para incitarme a ciertas acciones, deseos simples, cosas
absurdamente etéreas. No puedo matarlo, no quiero dejarlo libre para que piense que logró su
cometido, pero es que no demuestra que tenga uno. Desde el principio he sido yo quién ha tenido las
riendas en esto. No, no, desde el comienzo él me ha atraído, maldito arpista.
Puedo… puedo hacer lo que me plazca con él ahora que está en mi cuarto.
Mi porfía, ¿mi propia condena quizás? Cuantas veces me he deshecho de lo innecesario, aquellas
nimiedades que no hacían más que estorbar cuando terminaba por exprimir todo lo que me podía
servir. Mujeres, hombres, hijos, esposos, ¿Qué diferencia había? Ninguno de ellos tenía un rostro
cristalizado frente a mí. Los seres con vida, y luego con muerte, primero es de día y luego de noche, se
puede sonreír por razones absurdas, que superan mi intelecto por lo fútiles que suelen ser, y luego se
llora, ¿para qué?
Nunca me he propuesto a entender los fines que tiene la gente, no me interesa, porque pudiendo
comprenderlo y sacar provecho da cada cosa para mi propio beneficio, no lo he sentido en carne propia.
Por eso es que me pregunto si habré llegado a mi límite, já, pero no poseo un límite, Deberé remediar
este punto nulo en el cual estoy, sorpresivamente no me estoy cansando de esta rutina, y eso me hace
buscar explotar más todo esto.
Esta cama apesta a ti… y eso me gusta.
Te mueves como un maldito gusano y de vez en vez te pegas a mí. Molesta plaga. Molesto arpista.
Molesto. Ruidoso. Plañidero. Expresivo. Efusivo. Insolente. Mío.
Continúa…