“Destino” Fic de Maggot
Capítulo 25: Detonante
& Corinto &
»Caes en esa fría noche que te corroe las venas, aquélla que es interminable y que te seduce…
Cuando la luna se oculta en su punto máximo y se clisa sobre ti…
Todo lo demás se ha perdido.
Y nada ni nadie podrá salvarte«
Pov Tom
No comprendía aquellos hechos a pesar de que tomaban forma ante mis ojos…
Bill acababa de infringirme daño en uno de mis costados con una sica en una extraña, lenta y
sorprendentemente indolora manera. Siento ahora el ardor en mi piel, el pequeño punzón que era
notorio frente al movimiento de mi vientre al elevarse y bajarse por respirar agitadamente, ese era el
punto: estaba agitado, excitado frente a la imagen de verlo sentado sobre mí succionando sus dedos
ansioso, los mismos que, apenas manó sangre de mi herida reciente, se embadurnaron en ella y he ahí
el por qué están siendo chupados con sabor a mi sangre y su saliva.
No entiendo a qué me está guiando, pero al parecer los conceptos pierden forma y la locura me
persigue debido a que, en contra de todo, eso me es atrayente por su culpa.
Sus ojos abiertos en toda su extensión mas mantenía ese frío en ellos, esa indiferencia que se
contradecía con sus acciones cometidas con fruición. Mis orbes seguían maravillándose al ver sus
mejillas sumiéndose y sus labios enrojecidos y húmedos. Después de un momento detuvo la acción para
observarme y hacerme sentir un estremecimiento, una fusión entre miedo y excitación. Era tan débil…
había sucumbido ante él sin encontrar escape, sin negarme a poseer uno, arriesgando de una forma
egoísta todo.
Su mirada peligrosa, que a pesar de serlo, que no me hacía virar en otro lado. Cómo es que es que
teníamos un color de ojos tan semejantes y, a la par, distaban entre sí mucho.
Acercó su cara a mi pecho y sacó la lengua, sin perder el contacto con mi mirada, serpenteándola sobre
mí. Me retorcí y erguí al sentirlo trazando húmedos y calientes figuras amorfas, eso es lo que lograba
irritarme cuando llegábamos a esa intimidad sofocante.
Siseé cuando pasó su lengua con mi herida, una y otra vez, como saboreando el resto de sangre que
quedaba, haciendo que se alivie en cierta forma el ardor. Un calor me recorría, uno agradable que
podría cesar si la situación fuese otra. Estando ya tan acostumbrado a las humillaciones y torturas, a sus
amenazas, es cobarde, yo lo sé, pero no siente, no…siente. Yo tampoco quisiera sentir.
Al pensar en lo débil que soy, en que no puedo, en que no… quiero huir, todas esas cavilaciones, el tener
las oportunidades y rechazarlas de alguna u otra manera, en ese instante es que me enfurezco conmigo
mismo, no obstante lo canalizo sujetándole del maxilar acercándolo a mi rostro. Su expresión se oscureció.
—No intentéis jugar conmigo, Thomas. —musitó y fue pasando las uñas por mi vientre con una mano y con la otra recorriendo mis muslos internos no pude cerrar las piernas al tenerlo entre ellas; tragué saliva y agregó—: Debéis recordar que en entre mis dedos…
Chillé y fruncí el ceño juntamente con mi boca al sentir sus dedos ingresar entre mis posaderas de forma
directa. Me ardía esa zona y lo único que atiné a hacer es ejercer mayor presión en mi agarre.
—Ajá, no solo está el calor que ofrecen tus entrañas—continuó con su maldita amenaza—. Sino también
tengo el destino de tu madre, su vida y la tuya, mi querido arpista—terminó por decir.
Su sonrisa cargada de maldad me atravesaba tanto o más que sus dedos, los que hurgaban en lo más
profundo de mí, moviéndose a un compás que sentía claramente. Profanaba mi cuerpo una vez más,
manteniéndome en esa postura imposibilitada, rompiéndome el alma al simular esas embestidas. No, esto es mi culpa.
—Os tengo Thomas, así que…—Me erguí al sentir una estocada profunda y fuerte, mis dedos flaquearon
y cayeron sobre mi pecho dejándolo libre de mi agarre pero mantuvo la cercanía a mi cara.
Aún me pregunto cómo es que una vez creí que él podía ser un Dios. Maldición, la peor oscuridad es la
que te asolas tú mismo.
Tiene los mismos orbes, los mismos labios, la misma palidez, el mismo aroma embriagador y esos aires
que siguen siendo seductores por más de conocer el desenlace. Puedo aún perderme en él, no obstante,
oculta algo oscuro, pútrido dentro de él, no siente compasión, no siente nada que sea ajeno a su persona.
Furia y excitación, ardor y sensación vívida frente a sus toques. Mi cuerpo se dejaba hacer y eso hacía que una sonrisa socarrona se formara en sus labios, que ese rojizo encendiera sus mejillas y la precisión
en los lugares que rozaba. Me humillaba a mí mismo al dejar salir los jadeos ruidosos, puse presión
sobre la carne de mi labio con mis dientes no dispuesto a seguir dándole el gusto.
—No os resistáis, os quiero escuchar cuánto es que os gusta, hazme saber que soy el que logra os agite y
que os berree de esa manera tan grata a mis oídos—gruñó contra el lóbulo de oreja y sentí su otra mano
entre nuestros cuerpos.
—Vos…—Apoyé mis palmas sobre sus hombros con intención de empujarlo.
Descubriendo mis pensamientos, sacó de forma dolorosa sus dedos y me sujetó por los brazos, no sabía
cómo es que él lo conseguía pero, entre su mirada y su fuerza mayor a la mía al yo estar físicamente
débil, me postró contra la cama.
—¡Soltadme!—bramé.
—No…quiero jugar con vos y como sois tan bueno en todo, usaréis vuestra boquita para que sea tapada
conmigo, ¿está bien? O, ¿preferís que os abra para coger como ayer? Puesto que todo aquello me gusta,
podéis elegir—sonrió tras decirlo y fui yo el que gruñó esta vez.
—¡Quiero que comáis bosta, despreciable!—Grité logrando mi cometido, que soltase mis brazos
permitiéndome inmovilizarlo bajo mi cuerpo—. ¿Ahora cómo se ve todo desde ahí, eh?—Le dije con una
sonrisa de suficiencia.
—Travieso, Tomi—le di un golpe que cayó directamente a su rostro haciendo que por el impacto
volteara su cara y escupiera esa viscosidad rojiza.
No me interesó por qué él ha hecho peores cosas conmigo y me ha llamado como solo mi madre lo
hace.
—Me gusta vuestra actitud—se limpió la sangre como si no sintiera ni un atisbo de dolor, es más, tiene
una amplia sonrisa—. Pero… vos no sois quién mandáis, cariño—alzó una ceja y un remezón me recorrió
el cuerpo, temiendo a sus próximas acciones.
En ese momento de descuido e intimidación me sujetó por las caderas, todo fue tan repentino que no
dilucidé cuales serían sus acciones… hasta que sus uñas se hundieron en mi carne, a la par de que él se
hundía en mí.
Cerré fuertemente los ojos y solté un gemido de dolor al sentir arder mi todo. Quería sacarlo de mí pero
me palpitaba la cabeza, me temblaba la mandíbula y las manos. Sentía con una tortuosa certidumbre
todo con lo que Bill me había arremetido, comencé a lagrimear y fue peor cuando empezó con su
vaivén, me estaba rompiendo internamente.
Fruncí el ceño, mis labios querían abrirse, mi cuerpo dejarse llevar en ciertos movimientos en los que se me nublaba la mente, sin embargo no me gustaría demostrar nada.
Mi concentración se esfumó cuando me tocó de manera distinta a todo lo anterior. Volteé el rostro e
hice rechinar mis dientes, no soportando al Bill rozarme de forma delicada.
—Si vos no hacéis ruidos no me gusta. Vamos… hacedlo—gruñó cerca de mi rostro.
Sujetó mi nuca y aunque me resistí, terminé por dejar que me acercara a su rostro y fundiera sus labios
con los míos. Encontrando aquello como un desfogue, en ese momento tan condenadamente íntimo,
eso sobrepasó mis límites y fui yo el que lo sujetó por la nuca introduciendo mi lengua en su cavidad,
penetrándole con ella, de alguna forma, poseyendo el control en esa brutal contienda; mirándolo con
odio de reojo, lamiéndole sus labios, mordiéndolos, buscando destruir la maldita suavidad que poseían.
En un momento dado llegué a moverme sobre él, ya cuando el dolor no era aquello propiamente y solo
era una molesta, pero tolerable, incomodidad. Me hacía sentir tan poderoso al manejarlo, darle ese
placer que lo hace retorcerse, que lo vuelve débil en mis manos, haciendo que su vientre se contrajera al
penetrarme a mí mismo al alzarme y bajarme de sobre Bill.
Tensé mis músculos, viendo como su rostro, comúnmente controlado, se deformaba por las oleadas de
placer que lo azotaban. Porque ahora era yo el que guiaba ese vaivén, el que le succiona el cuello hasta
dejar esas marcas rojizas… oh sí, que vuestro padre lo vea, que lo vean los otros sirvientes, Georg,
Gustav, ¡qué todos se maravillen frente a las marcas que poseerás! Porque eso demuestra de que
alguien pudo contigo, maldito Príncipe.
Apoyé mis manos en su pecho para impulsarme más. Sí, sí, sí, claro, por supuesto que siento en este
instante, pero… ugh ¡no demostraré afección alguna!
Poder, dominio, ese deleite único en provocar reacciones en ti, en ver como se nubla tu vista y frunces la
nariz y el ceño, estremeciéndote, y tomando participación también pero al estar tan absorto el que
maneja la situación soy yo.
Todo lo que ardía en mi interior, lo que hacía que sienta el pecho comprimido, las lágrimas, el dolor, todo formaba una voluta de pensamientos difuminados por mi mente. Todo siendo nada y nada siendo
un todo. Ese vacío era llenado, al menos con esa sed repentina que se apoderaba de mi cuerpo.
Nos miramos y… no reconocí como mío el reflejo de mis orbes. Negué con la cabeza y sentí tus manos
subir de mis caderas a mi cintura, ayudando con la última estocada, que me robó el aliento y llenó de un
escalofrío placentero pero aturdidor.
Me dejé caer por la sensación que me abrumaba, sentí como entre nubes el latir de tu cuerpo y lo
sudado que éste estaba. Veía borroso, sentía latidos que no podría discriminar si pertenecían a tu
cuerpo o al mío, eran como ecos ensordecedores. Con mi semilla entre nuestros vientres, caliente,
espesa y pegajosa pero ahora eso no me importa aunque sienta la misma sustancia dentro mío, no
quiero moverme, sólo quiero recuperar el aliento mientras que la bocanadas de aire que absorbo están
repletas de nosotros, de tu humor y el mío, el sabor de tu sudor entremezclado con el mío, de tu esencia y la mía.
En mi búsqueda de dominio, de alguna forma retorcida, conseguí la clave para llegar a un punto antes no imaginado.
Nuestros peplos se alzaban, los tumbos de tu corazón contra mi oído, tu aliento irregular. Te miro aun
tembloroso y sonrío, nunca te había visto con esa expresión entre fiereza bestial y naturaleza humana.
Te me antojabas irreal, y me sentí complacido.
—Hey… Bill—llamé viéndote cerrar los ojos.
Gruñiste con el ceño fruncido.
—¿Humnn?—soltó ese sonido con la cara adormilada, si ese no fuese el caso, no me hubieses permitido
llamarte de esa forma.
Succioné mi labio inferior con una sonrisa en los labios. Extrañamente no me sentía mal, para nada.
—¿Hasta qué momento mantendrás vuestro miembro en mí?—interrogué sin el menor tino, tampoco
con verdadera curiosidad.
Soplaste alejando los cabellos de tu rostro, no teniendo suficiente fuerzas en los brazos como para
moverlos, ronroneaste y entreabriste los ojos, clisándolos sobre mí.
—Pff… no lo sé, ¿ahora os quejáis?—preguntó con su tonito característico.
No poseo libertad, tiene a mi madre cautiva… no tengo por qué mostrarme débil. No es parte del asunto
serlo, debo ser fuerte, mostrarme tozudo, no sentir más ataduras impuestas por mí mismo. No puedo
seguir siéndolo, debo mostrarme afrentoso, así sienta ese afecto que remece mis entrañas, para evitar
salir más lastimado.
La malicia existe, no es algo que puedas ver a simple vista, ya que se camufla bajo un rostro bello, o una
actitud piadosa. No pensé que las personas pudieran ser tan egoístas, malvadas, atractivas y pútridas
por dentro. No obstante, entiendo algo de aquello, sacar el provecho a la situación en que te
encuentres, manipular al resto para tu propia beneficencia.
—No, no me quejaré.
—Eso me gusta—musitó, parpadeando para abrir los ojos por completo.
También he comprendido que uno no decide a quien amar, y que el amor es egoísta.
—Me limitaré a disfrutar—mascullé con una sonrisa torcida, como las que él me mostraba.
Bill alzó una ceja.
No puedo negar que quiero a Bill, de una forma rara, casi enfermiza. Es evidente que estoy demente, ya que solo recibo daño de parte suya, no obstante, lo admiro y quiero, demasiado.
Él también lo hace. ¿Cómo lo sé? Me mantiene a su lado cuando puede mandarme a matar, porque
ahora estoy seguro que Bill mató a Andreas y que su cuerpo se estaba calcinando el día que fuimos al
lago. Tiene a mi madre, eso es algo negativo, sin embargo, me enfoco en el fondo de esa acción. Me
quiere. Lo que no comprendo es cómo él siendo tan egoísta y no afectivo, muestra interés en mí, desde
el comienzo.
—¿Disfrutar con qué? ¿Con mi polla aún dentro de vos?—puse los ojos en blanco frente a su frase.
Entonces, debo tratarlo con indiferencia pero eso no quiere decir que no aproveche lo que pueda sacar
de Bill. Ya que como dije, lo quiero.
—No, sino con la cara de hetaira satisfecha que pones—respondí riendo y Bill hizo lo propio—. ¿Sólo
ríes?—Me esperaba algún grito o amenaza.
—Sí, porque me causa gracia vuestra forma de colegir las cosas—dijo mientras levantaba una mano y
posaba el dorso de la misma sobre su frente—. Os considero mi hetaira preferida ¿sabíais? —ensanché
mi sonrisa.
Obligado, violento, doloroso, amenazante. Todo eso es por lo que paso. Sin embargo si mantengo al
margen lo que siento, no lastima tanto. No puedo aseverar nada, pero creo que no querrá matar a mi
madre a menos de que huya o no haga algo que él me diga. No pienso huir, y si lo hiciese, tendría que
ser más inteligente que él, o en todo caso, usar sus trucos.
—¿Os levantaréis o esperaréis que os duela el trasero por sangrar?—cuestionó y yo bufé—. Que quede
como referencia que vos fuiste el que os lo provocó.
Rodé los ojos. Después bostecé y el sueño me tomó desprevenido.
&
Thomas se removió de su sitio frente al indómito brillo que le llegaba de lleno al rostro. Gruñó un poco, no obstante, por mucho que él lo hiciera no podría recuperar el sueño que le había sido arrebatado.
Puso su cara contra la cama rogando por un momento más de dormir, ya suficiente realidad con su epifanía como para seguir enfrentándola, aunque se sentía solo, ya que el otro lado de la cama estaba vacío.
Recordó que antes se había dormido y tuvo un infructuoso despertar por el movimiento brusco de Bill,
cuando aún estaba dentro de él. Después de ello, optó por asearse y regresar a dormir, pero para eso, su Príncipe aún descansaba junto a él.
Ahora no estaba y el ambiente se sentía extraño en su ausencia. El arpista si bien había reparado en
detalles de su Príncipe, todavía no se percataba de la actitud torcida que tenía hacia él, al punto de
confundir esa sensación de dependencia con un sentimiento de afecto, aquello era tóxico para Tom,
aunque no lo note.
Bufó y entreabrió los ojos notando de dónde venía tan molesta luz. Se quedó pasmado cuando se dio
cuenta que lo que le molestaba era la luz que provenía de la puerta, la cual se hallaba abierta. Abierta.
Abrió los ojos en toda su extensión y se levantó, trastabillando en su intento por acercarse al umbral. No
se amedrantó ante aquello y se espigó saliendo de la pieza.
Libre.
Las comisuras de sus labios se alzaron en una sonrisa trémula. Una sensación le sobrecogió y un nudo en
la garganta se le incrustó. Se abrazó a sí mismo, no procesando aún la idea de estar libre, quizás no
como para huir pero al menos ya no estando encerrado en una habitación.
La respiración se le aceleró y miró en todas las direcciones como esperando ver a alguien que lo
detuviese, al no hallar a nadie, comenzó a caminar sin un destino preciso. No sabía cómo actuar, no se
sentía seguro de nada, podría ver a Alysa mas no tenía verdaderos deseos de verla. Acostumbrado a no
ver a nadie más que a Bill. Sonrió y aceleró su paso queriendo verlo, ya que él era el que le había
ofrecido la limitada libertad. Y es que Tom no podía ver que el que lo había encerrado había sido Bill en
una primera instancia.
Después de pasos con premura se extrañó al no ver personas a su alrededor, y dio un brinco cuando un
sirviente apareció corriendo. Optó por seguirlo, teniendo la idea de que pudiese ver más personas y tal
vez entre ella vislumbraría a su Príncipe.
Se encontró con la imagen de varias personas caminando en diversas direcciones, se aturdió por un
instante y después se escondió tras un pilar, temiendo que lo viesen.
Se había quedado absorto viendo los ornamentos que llevaban en mano, que no sintió que alguien
estaba tras suyo hasta que esa persona le rozó con la mano en el hombro. Su cuerpo se tensó de
inmediato y miró de reojo encontrándose con un par de ojos verdes mirándole con curiosidad. Apenas la
dueña de los ojos verdes reparó en la correspondencia de mirada, se aferró al rubio en un abrazo.
Thomas se sintió incómodo frente al abrupto acercamiento, sin embargo no buscó alejarse del mismo.
En su fuero interno concebía la idea de necesitar afecto de forma directa en vez de discernirlo entre
sutiles insinuaciones bajo frases ponzoñosas.
—Tom—musitó ella contra su cuello.
El rubio cerró los orbes y acarició la cabellera femenina.
—Os imaginé muerto —se puso a la altura del rostro de Tom—. El Príncipe… Él me dijo que no podía
veros—absorbió por la nariz y sus ojos brillaron los las lágrimas.
—No hagáis caso a lo que dije el Príncipe, suele retractarse de sus palabras con hechos—susurró con complicidad, más acordándose de sus experiencias que centrándose en la doncella.
Alysa lo escrutó con la mirada y se alejó de él, para luego tomarlo de la mano y jalarlo.
—Alysa…—intentó llamar inútilmente el arpista.
Tom frunció el ceño y se dejó llevar.
Fueron por entre corredores para ingresar a una pieza amplia, y se podía apreciar en el centro una mesa
donde yacían papiros enrollados.
—Aquí guardan libros—adivinó Thomas, exteriorizándolo más para sí que para Alysa.
Él no sabía leer, no por falta de ganas sino por carencia de medios. Su madre sí sabía, gracias a ello
conocía un sinfín de cosas, como si fuese una dama de sociedad, y aquello le enseñaba a Thomas. El
rubio aún recordaba que su madre intentó instruirle, no obstante, cuando Gordon vio que su madre
había comprado un libro, lo desechó furibundo por los gastos innecesarios.
—¡Tom!—Llamó Alysa una vez más, despertando al aludido de su ensoñación.
Thomas pestañeó un par de veces y luego centró su atención en ella. —¿Para qué me habéis traído aquí?
La pelinegra bajó la mirada, soltó un suspiro y frunció el ceño.
—Apenas el día caiga se celebrará mi compromiso con el Príncipe—dijo entre murmullos.
Thomas procesó lo dicho y sintió una presión en el pecho. —¿Por ellas esas personas se mueven de un lado para otro?—interrogó con desgano. Por no afrontar las verdaderas palabras que se le quedaban
atoradas en la garganta.
¿Cómo? Si antes se dijo a sí mismo que la que sufriría sería ella, que sería mejor para él. No, no sería
mejor, es su Príncipe, solo de él.
Alysa asintió, ofreciéndole una mirada de lástima que Tom entendió rápidamente. Un ácido le corroía
las entrañas, todavía no discriminaba cuál sería su lugar tras ello. De repente la imagen de la menor se le
antojó maligna.
Wilhelm había abierto la puerta de su habitación para que él pudiera salir, ¿y enterarse de aquello?.
Identificó la acción como lástima hacia él, como esa que se veía en los ojos de Alysa. Una efímera libertad antes de que caiga la noche, en todos los sentidos.
&
Athanatos pulía a pulso el pequeño trozo de madera que tenían entres sus manos callosas, le estaba dando forma de escudo, como los que llevaron sus tropas en su juventud lejana. De pronto su mujer apareció en escena con una mirada perdida.
—¿Sucede algo, querida?—cuestionó con suavidad mientras dejaba sus herramientas a un lado y se acercaba a su mujer.
Kaethe le chistó y él, como acto reflejo, agudizó su audición. Caballos, muchos de ellos estaban cerca al
puerto. La pareja se asomó por la ventana y vieron a las personas aglomeradas en aquella dirección.
—Visitantes—murmuró el hombre.
—Y de los ricos—acotó su mujer. Athanatos asintió. Solo sucedía aquello cuando eran personas
pudientes o… de la nobleza.
Iría a celebrarse un banquete en el palacio. De eso estaba seguro.
Kaethe miraba risueña aquello. —¿Será que viene aquel joven malherido?—soltó al recordar cómo hace
cuatro años uno de los sobrinos del Basilewe, se fue de Corinto con vendajes en el rostro, se
rumoreaban de que había sido atacado por un lobo, nunca se esclareció nada; Athanatos calló puesto
que sabía que aquel joven había perdido un ojo bajo otras circunstancias que podrían alterar más a su mujer.
—Querido, ¿allá estarán ellas?—preguntó con un candor en la mirada que provocó aflicción en su marido.
—Kaethe… os debéis recordar que…
—No, no, no. —Negó con la cabeza, rechazando todas las ideas que su marido pudiera decirle y,
prosiguió—: Ellas estarán allí.
Athanatos suspiró y abrazó a su mujer, esta le correspondió al gesto sin cuestionamientos. La puerta
sonó y de un brinco Kaethe se dirigió a abrirla, encontrándose con Isaura tras ella.
—¡Isaura! ¡Un gusto hija mía!—La abrazó y luego se hizo a un lado para que pudiese pasar.
Isaura miró a Athanatos, con una expresión que no supo leer.
—El Príncipe se casa—dijo la recién llegada. Frente a ello, el semblante del hombre se ensombreció, Kaethe sonrió.
—Otra unión más, espero no culmine como la anterior. —Le susurró Kaethe al oído de Isaura, la cual
sonrió y asintió por cortesía.
—Hoy anunciarán su compromiso—prosiguió Isaura—; los que han llegado son los Kaulitz, deben estar
presentes según el acuerdo en el cual el heredero al trono debe estar casado para que pueda asumir su
cargo. Esperemos que no corra sangre como en la última visita—expresó Irene.
Kaethe fue a la cocina, cerrándose frente a frases que incluyeran más de lo que su mente pudiese tolerar.
—Athanatos, dijisteis que la sacaríais de palacio—murmuró su queja para que no llegue a oídos de Kaethe.
—No… pude hacerlo—rumió las palabras siendo consciente de que al ser habladas eran escritas.
Isaura se tapó la boca para contener un sollozo.
—¿Cómo es posible que os rindáis tan fácilmente? ¡No tenéis corazón! Con aquello la habéis arrojado a
una muerte segura—exclamó en voz baja con las lágrimas saliendo sueltas por sus mejillas y su
expresión deformándose por la tristeza.
Athanatos mantuvo un rostro circunspecto, mas por dentro sentía todo desplomarse. Ella aún vivía, o al
menos eso quería creer, los cánones bajo los que se guiaba el Príncipe habían cambiado por completo,
eso quería decir que habría podido matarla y no quemarla como con las víctimas anteriores.
—Hace diecisiete arturos atrás, callaste. Si ella no hubiese regresado nunca hubiese sabido la verdad— reclamó Isaura una vez más.
El hombre la miró pasivo. Pensando en las veces que estuvo ausente, que no pudo hacer nada, que no quiso hacerlo. No buscó entrometerse en los asuntos del Basilewe al considerarse no digno de actuar tan tarde, demasiado tarde, su esfuerzo sería en vano.
—¿Gustáis agua?—interrumpió el momento Kaethe con un vaso en cada mano.
Isaura se limpió las lágrimas con disimulo y aceptó el vaso con un agradecimiento. Athanatos hizo lo
mismo. Kaethe frunció el ceño.
—¿Por qué lloráis?—La aludida tomó el líquido con premura y extendió el vaso vacío.
—Un gusto Kaethe, Athanatos. Permiso. —No esperó indicación alguna y salió por el portón.
Kaethe sonrió y miró a su marido.
—¿Y nosotros iremos a la boda, cariño?
—No, Kaethe—respondió aún perdido en sí mismo.
—Oh, ¿por qué?—cuestionó con auténtica curiosidad.
—Porque tenemos vetada la entrada para esa clase de menesteres, querida—tomó por zanjado el tema
al retirarse tras lo dicho.
Tenía mucho qué pensar.
&
Thomas fue al jardín a ver cómo la noche los embargaba. Nadie estaba allí, había visto a escondidas a la cantidad de personas, había oído sus nombres y tras ello los había olvidado. No pudo ver a su Príncipe, y Alysa tuvo que retirarse cuando una de las siervas la encontró y apresuró para que se arreglase. Se
imaginaba a todas esas personas sentadas en una gran mesa, mientras anunciaban el compromiso.
Hundió el rostro en sus manos y se encorvó más aún sentado. Quería irse, pero cuando buscó a su
madre, nadie le dio razones. Se le ocurrió irrumpir en aquel banquete, no obstante, se abstuvo. Era demasiado débil.
A las finales, ¿quién era él para intervenir?.
&
Wilhelm saludó a todos con una sonrisa inmensa en su rostro. Lucía esplendoroso un ropaje dedicado específicamente para la ocasión, y con antelación le habían dado un cuidadoso tratamiento tanto en el rostro como en el cuerpo, para mantener un equilibrio en su imagen. El maquillaje se lo aplicó Georg, y lo instó a que no tuviera ningún error. Ahora estaba con esa careta de afabilidad y con los cabellos en un negro lustroso.
Se acercó a un hombre un poco mayor que él, que traía la piel del carente ojo derecho arrugada y seca,
con otra tonalidad de color. Aquél cuando reparó en la presencia del otro tragó saliva y comenzó a sudar.
—Primo Claudio, ¿cómo estáis? —interrogó con falso interés, pero muy bien actuado y con los ojos
turbios, para después tomar un sorbo de su vino.
Claudio retrocedió unos pasos y tartamudeó antes de decir algo coherente. —Bien, Bi… Wilhelm. Estoy
bien. —A pesar de que físicamente Claudio tenía ventajas, sin contar que el Príncipe era más alto, la
manera en la cual Wilhelm lo miraba, hacía que evoque pasajes traumáticos de su vida.
—Qué bueno. Espero os sintáis como en casa—ensanchó su sonrisa tras lo dicho y miró de soslayo al
sentir unos pasos acercarse.
—Claudio, debéis hablar un rato con vuestros otros primos, ya que ha pasado mucho desde que no se
ven—demandó la dama que había venido hacia ellos, Lykaios.
Claudio no esperó segunda petición y se caminó en otra dirección, cual sea. Al este partir, Wilhelm miró
curioso a su tía y le sonrió.
—¿Por qué lo hicisteis? —preguntó mientras acercaba el vino a sus labios y refiriéndose a por qué había
alejado a su primo.
Lykaios rió con recato.
—Pues querido, soy yo que tengo que arreglar vuestros desastres, así como sucedió con aquel conejo o
con la cocinera. —Le quitó el vaso y tomó lo que quedaba.
Wilhelm recibió el recipiente vacío.
—Se lo merecía—respondió mientras miraba a sus otros parientes—. De los que quedan me encargaré
algún día.
La dama alzó una ceja y ladeó el rostro. —¿Y por qué?
Sonrió ante la frase. —¿Necesito algún motivo?—Lykaios asintió frente a lo dicho, dándole la razón. Era así, no necesitaban motivo alguno para actuar, pero tampoco eran tontos, ella sabía que había algo más.
&
Alysa estaba sentada, comiendo por seguir aquello más que por sentir verdadera hambre. Toda esa situación la tenía tensa, haciendo que se le forme un nudo en la garganta y quiera huir al saber cuál era
su destino. No quería casarse con el Príncipe, no obstante, lo haría por su, ahora, madre y por su amada,
a la cual quizá nunca volvería a ver, pero le prometió aquello, ser fiel a lo que se le ponga delante.
Aún las palabras del Basilewe rodaban su mente, haciendo público su compromiso. Cuando miró al
Príncipe, este simplemente arrugó la nariz, sin prestarle el más mínimo de atención. Todavía creía que
tal vez Thomas estaba demente como para fijarse en él con todo lo que hacía, o con el peso que
implicaba su sola presencia para el bienestar de uno.
Se sentía ajena a todo, mirando a todos comer con una mirada recelosa hacia Wilhelm. Temían de él,
puesto que evitan verlo de frente cuando este los estaba observando, y al no estar haciéndolo le veían
con una aversión descarada. Aunque en ese instante Wilhelm no tuviera una actitud pedante o
amenazante, inclusive se le pasó por la mente que podría ser como su madre, Lyakios, que lleva una
máscara de frialdad que oculta su faceta sensible y afable, en especial para con otros. Negó con la
cabeza varias veces, en un ademán de alejar los pensamientos, Wilhelm no era como su madre, ella era
buena y amable, a diferencia de él que puede que ahora se viera amable pero en realidad no lo es, es por ello del miedo que sienten los otros. Tragó otro bocado y evitó sentir incomodidad. No debía seguir viéndolo.
Se preguntó si su madre conocía cuál era el verdadero rostro de su sobrino
&
Wilhelm sonreía y asentía a las preguntas que le hacían por cortesía, aunque la mayor parte del tiempo reinaba un silencio que tenía que romper él, su padre o Lykaios. No se sentía conforme, mantenía el papel de un perfecto anfitrión, pero por dentro sentía que perdía dominio de la situación al estar frente a todos los que en un determinado momento lo lastimaron. Aquellos malditos que no tenían la misma expresión de seguridad que cuando lo atacaron. Ahora frente a la imagen de Claudio, la prueba fehaciente que les hacía voltear el rostro, y temerle, pero Wilhelm no se sentía conforme con aquello, puesto que creía que les había hecho un favor al mantenerlos vivos o sin marcar alguna que demuestre lo corrientes que son por dentro, la sangre sucia que tienen, aquella que comparte con ellos.
La comida ingresaba por sus bocas y pasaba fructuosamente por sus gargantas, no tenían hambre, no
podían comer con esa tensión en el ambiente, tan densa que podría ser cortada con un punzo cortante.
Apenas hubieron terminado, y el Basilewe cedió el permiso se fueron parando en dirección al salón
principal y con su vino en mano. El Príncipe aprovechó aquella circunstancia para levantarse e ir donde
sus sirvientes a por su hachís, en un principio pensó en Thomas para encontrar su desfogue sin embargo
recordó que le había dado la libertad de moverse en palacio y, por ende, sería difícil que se encuentre en su pieza.
&
Gustav contemplaba la pared, como si esta pudiera darle las respuestas a sus tormentos internos. Con su característico control sobre sus emociones no demostraba nada con el rostro, más que una expresión circunspecta, pero su sentir era otro asunto. Georg fruncía el ceño sintiéndose siempre desplazado en esos momentos, ya que no entendía a su amado, y esa impotencia es la que lo desesperaba.
—Gustav—llamó el castaño en un intento de captar la atención del otro.
El aludido gruñó haciendo notar que tenía lo que quería. El castaño bufó y se acercó hacia el otro.
—Contáis conmigo—le susurró y los músculos del rubio se relajaron—, ¿lo sabéis, no?
Gustav asintió y se tocó el puente de la nariz mientras cerraba los ojos. —La madre de Thomas sigue
inestable. He tenido que ponerle hierbas en sus alimentos para que duerma, porque cuando está
consciente no para de gritar, llorar, e intentar de encontrar a Thomas—tomó aire—. No está bien, su
estado de ánimo afecta a su salud. Su actitud ha cambiado radicalmente—Georg le puso una mano
sobre su hombro—; no está bien y no puedo seguir viendo esto es como…
No terminó su oración y suspiró. Georg le pasó las manos de arriba abajo por los brazos en busca de tranquilizarlo.
—Ahora debo ir a vigilarla otra vez porque está despierta—terminó por decir el blondo.
Georg quería darle palabras de aliento pero no podía formularlas con total confianza, era difícil situarse
en el lugar de Gustav, aunque él también había perdido a sus padres. No le dio tiempo de decir algo al el Príncipe entrar abruptamente a la pieza.
—¿Qué necesita, mozo?—preguntó Gustav mientras se levantaba, Georg se puso delante de él protectoramente.
—Hachís—respondió Wilhelm al sentarse sobre la mesa.
Gustav se dirigió a los estantes para conseguir todo lo necesario para lo pedido.
—Así que Anémona no se encuentra bien, ¿eh?—soltó al aire el Príncipe, con total naturalidad.
Georg frunció el ceño al considerar impropio el oír coloquios en donde no se tiene participación. Gustav
se limitó a asentir y le alcanzó los utensilios al mancebo, el cual apenas los tuvo en mano, y esnifó
sintiendo un pequeño calor acumularse en su vientre.
Todavía con los ojos cerrados y el ceño ligeramente fruncido, susurró:—Creo que tendré que darle una visita.
Se bajó de la mesa y salió de la habitación. Tras él estuvo Gustav, temiendo lo peor y, a su vez, fue seguido por Georg, quién no quería dejarlo solo.
Continúa…
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