“Destino” Fic de Maggot
Capítulo 4: Oscurecido
& Corinto &
PoV Bill
Otra estocada…dos…un ritmo desenfrenado que hace que me acerque peligrosamente al final; su trasero chocando contra mi pelvis, sus uñas aferradas a las sábanas, sus piernas flaqueando frente al dolor que le hago experimentar, no es que sea la primera vez…no es que me tome muy enserio lo que él pueda sentir, para mí es un cuerpo vacío, un simple objeto que me permite conocer un placer más.
Me restregué aun más contra él agrandando aun más, si se puede, su pequeño agujerito que lograba
comerse casi por completo mi polla, ohhh…de solo pensar en su estrechez y estar conciente de que yo
estaba dentro de él, poseyendo su cuerpo, convirtiéndolo más en mi propiedad, esa idea hacía que me
muerda el labio, que me estremezca…
Sujeté su cintura no tan marcada como fuente de apoyo al sentirme casi rendido, mis extremidades
indicaban que ya casi, ya casi: el cosquilleo en mi vientre, el que se sienta más grande y
condenadamente apretado dentro de él, que lo escuche reprimir los gritos y sollozar. No hay pizca de
sensación ajena al placer…
Mis manos se resbalan por lo empapado que está en sudor, miro a mi techo, otra embestida…un
pinchazo en la ingle que logra sacarme un débil gemido, odio gemir pero ahora mi mente no procesa
cosa alguna con sentido propiamente dicho…lo único que sé es que me corro dentro de mi sirviente,
como exploto arqueando la espalda para un mejor desfogue…
Saqué despacio mi miembro de su estrechez, sintiendo algo parecido al dolor pero de forma placentera.
Unos minutos aun sujeto a su cintura, hasta recuperar el aliento, hasta poder acompasar el ritmo de mi
respiración, veo como un hilo de sangre seguido de uno blanco sale de su ano, no me interesa, sólo
necesito un buen baño.
– Podéis marcharte, tu deber ha sido cumplido por ahora… – su cuerpo tembloroso se levanta con los mechones de cabello cubriéndole el rostro y humedad sobre sus mejillas, con una semi erección no
atendida, aun sin moverse – ¿Qué acaso no habéis oído? le he dicho que podéis irte, ¡Marcharte de mis
aposentos! – apenas utilicé un tono de mayor al comúnmente usado su figura con apuro sujetó sus
prendas y caminó fuera de mi recamara.
Al fin solo. Sentí un escalofrío que me recorrió el cuerpo, aun tenía los rezagos del orgasmo, pero por lo
mismo debía limpiarme, siempre me sentía algo sucio después de intimar con alguien, y algunas veces
vacío.
Durante el acto podía sentirme con mucho poder, ser capaz de montármela con alguien cuando quiera y
así éste no esté de acuerdo.
Un poder absoluto, inflexible, irrefutable. Poder tenerlo todo en un instante pero al observar mi faz en
aquel líquido cristalino que me absorbía, sintiendo que toda su extensión ejerce una fuerza mayor que la
que puedo poseer; perderme entre tal cantidad de líquido que purifica, menuda ironía. Que algo tan
grande limpie mi suciedad, mis actos, entre tal grandeza soy pequeño y de esa forma no poseo nada.
Todo lo que mis labios esbozan se pierde en la inmensidad azulina y verdusca.
En todas las cosas naturales no tengo decisión alguna, así mande a cortar un árbol no quita que luego
otro crecerá, no puedo evitar que eso suceda así alce y alce los brazos ni mis dedos rozan el Olimpo. Si
tan sólo en mis manos pudiera poseer algo que pertenezca a la naturaleza y mancharlo, adueñarme de
aquel pedazo, manejarlo, darle la forma que yo desee, algo tan grande que sea mío enteramente para
destruirlo en la forma que desee, porque todo lo natural es puro y quisiera mancillar esa pureza. Ideas
un tanto absurdas e inconcretables.
Mi cuerpo quedó sin rastro alguno de haber follado a alguien, como dije antes es por sentirme sucio no
por avergonzarme de con quien follo, suspiré, no interesaba con quien o cuantas veces lo hiciera, nadie
lograba llenarme por completo, nadie hacía duradera la sensación de placer; me hundí de nuevo en las
faldas del albufera escuchando algo ajeno a mí, sintiendo el escozor al intentar abrir los ojos, no
pudiendo tener voz, en ese lugar no la tenía…
Mis ropajes cubrieron mi desnudez y de las puntas de mis fibras castañas gotas se escurrían llegando a mojar mis hombros y manteniendo un aspecto húmedo, achatado y amorfo; lo acomodé hacia atrás
para que no irrumpiera con mi visión la cual empezaría a tomar gran importancia por estos instantes al
encontrarme inspeccionando los alrededores antes de ingresar al palacio de nuevo.
No entendía como podía existir tan exquisita y detestable combinación: arena y bosque, la primera
mencionada es árida, sin vida, sin ningún atributo y la segunda posee toda clase de seres vivientes,
desde los que se arrastran hasta los de tamaños más visibles, los matices de verde en abundancia
denotando otra clase de vida, el viento rozando aquello dándole movimiento, las partículas de polvo
dejando entrever como un foco de luz, todo tan…naturalmente enfermizo pero con una belleza
innegable, en cambio lo otro está ahí inerte, de vez en vez crea movimientos que bien podrían pasar de
uno si es que no estuviera en busca de algo allí que atraiga en verdad mi atención. Nada, lo que no tiene
belleza sólo sirve para ensalzar la ajena, sí, aquella es su función.
Mi punto de llegada está cerca, un estremecimiento hizo que parara en seco, no quería encontrarme
con mi padre, no ahora. Mis manos vueltas un puño se cernieron sobre mis costados y mis ojos se
encontraron con el muro, aquel muro por el que podría ingresar poniendo algo de esfuerzo físico y de
esa forma no entraría por el portón principal.
La parte teórica es algo muy fácil de decir pero al poner los planes en marcha resulta quizás algo más
complejo, quizás mi comportamiento esté muy equívoco o quizá…
Y ya me encontraba al otro lado del muro con todo el cuerpo latiéndome y la respiración agitada. Se dice
cuerpo sano y mente sana pero que digamos no estoy en un perfecto estado físico. El sudor me invadía,
y pensar que hace casi nada me encontraba fresco y libre de sustancias pegajosas. Esperé a que mis
músculos se relajaran, mi respiración se acompasara y el viento ofreciera alivio al calor interno.
La primera imagen que tuve al recuperar mi postura recta y no estar apoyando mi peso sobre una pierna
fue la de las flores de aquel jardín del palacio, órdenes de mi madre cuando aun vivía.
Yo estaba ubicado en la mejor recámara de aquel lugar puesto que mi padre, al fallecer mi madre, se
cambió de habitación, la razón hasta ahora se escapa de mi comprensión pero no pude desaprovechar
tamaña oportunidad. Desde mi balcón podía observar todo, un amplio espacio y con perfecta vista, a
excepción de las estrellas, las odio tanto como a las flores.
Justificado está mi argumento contra las flores y estrellas. Se está bien sabido que ambas tienen una
especie de brillo natural, a tal grado de difuminar un resplandor; las flores son más terrenales a
diferencia de las estrellas que son de carácter divino, ellas rozan el cielo con sus cuerpos por esa
naturaleza me son repudiables, las estrellas necesitan de la oscuridad para brillar, las flores no, pero
ambas son seres no humanos que poseen mucho más y sin tener razonamiento alguno, puede resaltar
en el grande y poderoso espacio en el que se vive.
¿Cómo algo tan simple puede ser tan perfecto?
¿Por qué?
A las flores quisiera arrancarlas y a las estrellas apagarlas pero sé que así arranque a las flores, éstas
podrán volver a crecer, inclusive más hermosas, y a las estrellas no podría alcanzarlas nunca, porque me
es algo superior, por lo mismo que me irrita verlas noche tras noche.
Me puse de cuclillas para observar a las terrenales aun más de cerca, para sentir su aroma, para que
aquel olor fragante me embriague y trate de sacar a flote el olvido. Irónico que algo sea mi tortura y
cura.
Cerré los ojos dejando mis sentidos percibir mi entorno. Aquello era tan dulce, el chocar del viento con
el pasto, las partículas de polvo llenar el ambiente, haciendo un ruido casi imperceptible, el ajetreo del
interior de lo que he llamado casa desde que tengo memoria, y yo aun fuera, no protegido pero
estándolo a la vez; aquella pared que me fue tan dificultosa para ingresar tiene sus ventajas y estar en
medio de ella y de las de mi palacio también. Dentro del palacio está mi progenitor, al cual ni ese
nombre merece atribuirle, pero fuera está la inmundicia humana, toda esa gente detestable, inferior
que, como el bosque y arena, sólo me sirven para ensalzar mi poder nato pero que a pesar de ser así no
es suficiente.
Observé a el Sol, siempre déspota hacia su entorno. El astro líder, no puedo odiarlo así me brinde toda
esta luz porque es un ejemplo a seguir. Mi fuente de inspiración, ser tan grande y con aquel poderío,
lástima que muera al oscurecer, todo por amor; aquel apego de los seres inferiores ¿Cómo poder ser
perfecto al considerar vidas ajenas a la tuya?, por eso el Sol muere todo el tiempo, por debilidad por la
Luna. Mi padre cayó en mares de sufrimiento al mi madre partir del mundo de los vivos ¿acaso se
resume a lo mismo?, no puedo comprender tal sensación de dependencia hacia otra persona, aquellas
son reemplazables, matas a una y te consigues otra. La diferencia no es grande.
Me sentía atrapado por aquel calor que decidí entrar de una vez al palacio. Si es que mi padre osa
hablarme pasaré de él y mis aposentos un refugio será.
Un sonido era discordante entre todos; uno el cual podría reconocer por la similitud que tienen entre sí:
lamentos, ¿en serio eran lamentos? ¿Sollozos? ¿Jadeos? Aquello es resultado de una sesión de castigo
ardua, de un miedo que otro incite y esa idea me resulta imprudente.
Quizás en otras circunstancias hubieran sido minucias para mí pero, que alguien sufra, pida piedad y
suplique por su vida sin que yo sea su verdugo o por última instancia que yo no haya tenido que ver
directamente con su padecimiento me parece una falta; aquel placer que siento al causar sufrimiento es
mío; fruncí el entrecejo en señal de molestia y percibí mejor el lugar de procedencia del sonido.
Dejándome llevar por mis sentidos ubiqué una melena rubia con un rostro amoratado y el cuerpo en
posición fetal en un rincón del portón, a su costado estaba uno de los guardias observándolo con
semblante amenazador y por el otro extremo se hallaba el otro centinela con una lanza en mano
apuntando a alguien caído. Creo que a aquella melena rubia la había visto en otra parte, pero lo seguro
es que él era el que lloraba, esos quejidos incesantes provenían de su lado. Al del suelo no podía
visualizarle bien el rostro pero aquella melena castaña…
– ¡Detengáis aquella matanza! – expulsé a voz de grito evitando así que mataran a aquel joven poseedor
de la melena castaña. Todos sus actos se congelaron, incluyendo un jadeo cortado del aovillado, y me
abrieron las rejas dándome paso, titubeando al tratar de decir palabra alguna, yo pasé de ellos y observé
el rostro del ser que yacía sobre la arena.
En ese instante una sonrisa se formó en mis labios, pero miren nada más que cosa más bella, traía
algunos rasguños y estaba muy herido pero no son cosas que el agua y hierbas no puedan quitar. Sus
cuencas estaban algo dilatadas pero fijas en mi rostro, no había visto antes cosa más curiosa: unos
cabellos como maraña por sobre sus hombros, ojos castaños pero apagados, mejillas redondas y rojizas,
una con un corte, labios llenos y mucho más oscuros que su piel clara algo bronceada, sus brazos eran
delgados pero con algo de musculatura podía imaginarme en parte aquel cuerpo bajo la túnica
malgastada que traía puesta. Se notaba que era de bajos recursos ¿de dónde habrá salido ese niño?
Porque sí, él tendrá mi edad o menos. Lo quiero, lo quiero para mí, es como si estuviera hecho para mí,
tiene tantas cosas reales, cosas «naturales» que sería como poseer ese trocito de naturaleza que tanto
deseaba, al tenerlo a él quizás cumpla con mi cometido, esta atracción que siento, esa corriente de
energía proveniente de su cuerpo debe ser una señal de los dioses, esos aires tan familiares…
Era todo aquello que deseaba poseer, aquella belleza casta, aquella belleza pura que encaja a la
perfección en el mundo y a pesar de ser tan simple resalta con luz propia en la ancha tierra de los
mortales, una luz que ni las circunstancias pueden dañarla, me atrevo a decir que es aun mejor que
aquellas malditas flores. Aquel rostro rebosante de vida sin llegar aun a la adultez, alguien que tiene
señales de haber dado de frente a la vida, de la cual suelo pasar porque no es de mi interés, debido a
que de la gente corriente o también llamada pueblo sólo pedía: ofrendas y castas para mis orgías; los
sufrimientos y el hambre no me afectan en absoluto, mientras que lo otro no me faltase.
Si los dioses me han quitado a mi madre, y no es que me hiciera mucha falta, sólo es una carencia del
orden natural, y he quedado a manos de mi padre, el cual considero una peste que impacienta mi calma
mas no me mata, no veo porque yo debería estar a favor del resto, de gente por debajo de mí.
Las curiosas cuencas en forma de avellana se cerraron de manera pausada como estando sumido frente
a algo, luego una sonrisa se hizo presente por acción de aquellos labios que resultaban de lo más
llamativos para mí; su pecho aún se alzaba y bajaba con mucha rapidez, en señal de agitación.
– Si vosotros no queréis que sus cabezas estén fuera de sus hombros llevad a este crío donde mi
sirviente Gustav, díganle que el Príncipe manda a decir que lo aseen y curen ¿habéis oído bien? – dejé
caer una mirada fría sobre los centinelas, que a pesar de su fuerza, temblaban frente a mí, porque bien
en claro tienen que mis amenazan no eran palabras que quedaban el aire. Ya bien sabido tenían de los
que osaban desobedecerme, yo cuando digo algo lo cumplo, así eso implique torturar a alguien o incluso
matarlo.
– Sí, mozo – dijeron al unísono. Miré satisfecho como sostenían a aquel bello joven en dirección al
interior del palacio, los vi alejarse percibiendo la otra presencia a mis espaldas.
– Príncipe Bill…- volteé encontrándome con la melena rubia tan familiar y unos ojos azules que habían
dejado rastro salado y seco sobre sus mejillas, las cuales tenían un tono rosáceo, quizás por algún
esfuerzo cometido, y también me era notorio un temblor en su cuerpo y más aun en sus labios que
quizá no encontraban frase alguna con la cual proseguir. No le dediqué mayor interés y miré los
derredores deshabitados ¿qué haría un muchacho así por aquí? ¿Acaso quería entablar una
conversación con mi padre?…, de pronto mis ojos se posaron sobre un instrumento que estaba sobre el suelo puesto sin mucho cuidado -…y pues por ello…
– ¿El arpa es suya? – lo vi de soslayo, sólo lo suficiente para intimidarlo y sin previa recepción de palabra
alguna dicha de su persona; quizás por estar algo absorto en el instrumento y el joven de cabellos
castaños que no había reparado en su monólogo, o bueno, no buscando justificarme no habría puesto
atención de todas formas. Frunció el entrecejo haciendo ademanes con la mano en forma de negación.
– Yo no toco aquel instrumento mozo, el que usted ve, es propiedad del forastero que me acompañaba.
Como le decía, quería agradecerle que nos haya librado de la muerte, esos…personajes y pues…
– ¿Forastero? – me lo imaginaba, aquellos ropajes eran más propios del Este.
– Sí, hoy lo he encontrado en el puerto y había quedado con él de presentarlo frente a vuestro señor
mozo – su voz se ponía cada vez más quejumbrosa, como reteniendo algo, alguna expresión o reacción;
no es que para mí tenga alguna importancia el incomodar a alguien, si lo hago me es ajeno, sólo sé que
se la tiene salvada porque no puedo decapitar o torturar al que conoce a ese joven.
– Pues entonces, entrad que presto que conocéis algo sobre aquel forastero y poseo dudas, vos podrás
saciarlas – una sonrisa amable y me siguió el paso, no comprendía como le irradiaba seguridad de esa
manera tan falsa. En medio camino uno de los guardias regresaba a su puesto, sin demoras por
supuesto. La piel pálida de mi acompañante me sonaba de algún lado pero aún no lo recordaba, dejó de
tener algo de importancia al llegar a mis aposentos – informadme todo lo que sepáis de él
– Pues…, pues…, pero ¿acaso usted no me recuerda, mozo? – oh vamos, no dispongo de tiempo para
lagrimitas falsas y remembranzas sin importancia, esos sentimentalismos me son tan ridículos – que fui
suyo en la celebración dada hace un año, me incitó a conocer un placer nunca antes sentido. No lo he
borrado de mi mente desde entonces…, aquella noche es un sueño vívido que recreo día tras día, con la
esperanza de volver a su presencia, volver a…- ¿hace un año? Ahhh…, sí, por eso se me era tan familiar
esa melena y pálida piel. A éste me lo follé ese día, recuerdo que me gustaron sus ojos y el largo de su
rubio cabello; traía una armoniosa combinación entre mujer hermosa y chico débil, algo que suele
gustarme muy de vez en vez, porque o bien me la monto con una dama inexperta o sodomizo al más
fuerte.
– Callad vuestros chillidos, no pruebo algo dos veces seguidas; no te otorgues títulos que no te han sido
asignados, fuiste uno de muchos cuerpos de esa noche. Ahora, si vos no sois corto comprenderéis que
puedo dadle muchos beneficios si le sacáis información al forastero – bajó el rostro imposibilitando a mis
ojos el observar su semblante. Hablaba de monedas, no le veo la molestia ¿acaso no era eso por lo que
se mataba la gente de su clase? – ¿Qué decís? Quiero que lo mantengáis en tu hogar y me brindéis todo
lo sabido de él, hasta que sea una próxima celebración, en la cual te daré tu recompensa y él pasará a
quedar bajo mi poder ¿Aceptáis?
– Sí…, su Majestad – creo que eso le salió de entre dientes; que molesta plaga. Bostecé y le señalé la
salida, ahora sentía un sueño que me embargaba de forma repentina.
– Que la salida es por allá hombre – le dije en palabras al no ver acción – luego pregunta donde está mi sirviente Gustav para que te llevéis al crío ¿Cómo era que se llamaba?
– Thomas Trümper, del pueblo del Este – Thomas, uhmnn…
– Marchadse ya – dio un respingo y luego, con su postura cabizbaja, salió.
Thomas…, ya eres mío Thomas. Si aquel rubio osa ir en contra de mis órdenes no sólo perderá las
monedas sino también su miserable vida; pero por ahora él me servirá presto que debo conocer a fondo
a aquel próximo menester…
Continúa…
Gracias por leer =)