«No importa lo que digan. No se pueden llevar esto lejos de mí. No se pueden llevar lejos mi alma. Soy mi propio Destino. En mi corazón. En mi alma. No puede alejarme de esto»
(Chosen Fate- Maroon)

“Destino” Fic de Maggot
Capítulo 9: Curiosidad
& Corinto &
Era un lugar enorme, repleto de lujos inimaginables para los pueblerinos, aunque de alguna manera éstos fueran los abastecedores. En un rincón de allí se acurrucaba un niño de cabellos dorados, pero que
en aquella oscuridad no podrían apreciarse a detalle, sólo se denotaba aquel brillo proveniente de sus
manos, las cuales sujetaban cubiertos de la platería de su hogar, aunque algo sucios y descuidados por
el uso que él les daba, resplandecían y al niño eso parecía enfurecerlo, pues los chocaba entre sí con
mayor fuerza.
Un hombre perteneciente a la servidumbre, nuevo en aquel lugar, lo vio y se extrañó de observar solo a
una criatura, en la oscuridad, más aun al entrecerrar los ojos, agudizando su visión reparando en quién
era aquel niño. Dejó en el suelo el costal que traía en la espalda e ingresó a aquel espacio oscuro,
percatándose del camino salado que recorría las rojizas mejillas del infante, un escalofrío lo recorrió,
ingirió sus fluidos dándose algún alivio antes de decir algo.
– ¿No le teme a la oscuridad, niño? – el infante alzó el rostro y sus pupilas marrones asombraron al
hombre. No había visto esos ojos en un niño, esa tristeza plasmada, ese vacío, no lo había visto nunca en
alguien tan pequeño.
– Las luces no me dejan ver bien las cosas – fue la excusa que dio el niño.
– Uno no puede llevar una vida en oscuridad – el menor lo observó de nuevo, rasgando un brillo en el
interior de sus orbes.
– ¿Por qué? – normalmente no preguntaba al estar habituado a no recibir respuesta alguna pero
sospechó que esta pregunta sí la tendría.
– Porque sin luz, a ningún destino podrás llegar – el niño dejó su juego por un instante, expectante por
algo que terminó por no acontecer.
El hombre sujetó el costal del suelo, retirándose del lugar. El infante se ensimismó en su “juego” de nuevo.
PoV Bill
La vida, es tan simple y efímera que puedes observarla transcurrir y ¡zaz! desvanecerse, no es que algo suceda tras ello ¿no? Se va donde Hades, el principio de otra existencia, mas es el final de una. Para mí
no hay rostros en cada persona, ellas existen, están y luego se van, su función se suple, pero hay veces
en las cuales no hay razón válida para matar.
Andreas, ese es su nombre, era tan patético y no gritó en ningún momento, sólo lloraba y al correrme en
él seguía en lo mismo, era tan ridículo y diminuto frente a mí que no sentía ese poder, por eso no lo
maté, había comenzado mal por lo que terminaría igual. Lo mismo hubiera dado matarlo pero estaba
tan ebrio que preferí dejarlo así, sí, me vuelvo una persona distinta al tener la boca con hálito a vino, o
en algunas ocasiones a hachis. No sé porqué ahora recién me acordé de su nombre, es un descuido mío,
al olvidar algo no lo recuerdas y ese algo, por más ínfimo que sea, se pierde. Él tiene a ese niño, y quiero
saber de él.
No lo quiero a mi lado, porqué sé que lo mataría por esa dichosa boca que tiene, no hace más que
moverla y moverla emitiendo sonidos que prefiero no escuchar o no entender, porque sino dejaría de
importarme una bosta el culito cerradito que tenga y me lo cargo de una sola. Es que más imprudencia
no puede haber en uno, aunque la mujer fue…, una excepción a la regla, ya reposará con los que de vida
carecen, pronto, pero no seré yo quien haga algo, porque no quiero. Desde esa ida al lago me he
encontrado de lo más tranquilo, claro que no se compara al punto máximo al estar en ese lugar
específicamente pero me ofrece algo mientras que deja de lado la necesidad de poder. Es como un
estremecimiento que te deja tal sensación que turba algún otro deseo, algo mucho más fuerte, como
caer sobre algo fuerte que te impida moverte mientras te sume en una agradable comodidad,
evidentemente no es como alcanzar el clímax durante el coito o menos oír los últimos lamentos antes
de sentir el cambio de temperatura en la piel, pero como es algo nuevo y a la vez expresa la sensación
de algo propio, de mi pertenencia, quiero disfrutarlo.
Al estar los tres vestidos de negro el resto prefería voltear. Recuerdo que poco sabía de los moros pero
había una en plena mocedad que atrajo mi atención de inmediato, era tan distinta al resto de mujeres
con las cuales he copulado porque tenía una piel bronceada, bien sabía yo que eso no era aceptado
aquí, sin contar que su cuerpo estaba muy bien proporcionado, para muchos aquí iría en contra de los
regímenes, de las normas de equilibrio en cuerpo y alma pero esos ojos oscuros, como era más notorio
cuando perdían brillo al su cuerpo caer muerto, el rozarla y que ella esbozara frases repetidas veces,
más que nada era morbo por lo diferente y al matarla tuve el cuidado de quitarle todo el ropaje antes, y
no sé en específico de que manera lo usaba pero al yo utilizarlo en otra manera, y valga decir que
nuestras proporciones eran distintas, soy hombre y ella mujer y luego está lo de la altura, pero salió bien y por eso me lo pongo, apenas y llamo la atención, nadie sospecharía que el Príncipe se vistiera como
moro y que caminara con sus dos sirvientes más cercanos. No me veían el rostro, pero yo sí el de ellos,
de mucho no sirve en realidad porque no entiendo lo que tratan de expresar.
Era ahí, me lo señaló el castaño y el rubio le secundó. Era esa clase de viviendas corrientes de aquí, pero
la más resaltante en comparación a las del resto. Golpearon y yo esperé a un costado viendo el lugar,
normalmente no me detenía a observarlo, ninguno en específico porque normalmente no me atraería,
mas me era imposible negar la curiosidad por lo que recorrí el entorno siendo cuidadoso en las miradas
puestas sobre mí, si alguien decía algo moriría.
– ¿Quién es? – un rostro se vio al deslizarse la pequeña y corriente abertura. Lo interesante es que esos
ojos no eran azules, sino marrones con tonalidad miel, sí, sabía a quien le pertenecían.
–Solicitamos hablar con el aedo – frunció el ceño sin despegar los ojos de mi sirviente castaño, el que
acababa de hablar.
–No está – miró al lado por el cual me encontraba, entrecerró los ojos y pude observar como sus mejillas
se coloreaban, aunque nada más porque sólo tenía vista hasta su nariz – Vos…, – arrugué la nariz, no sé
porqué se atribuye tantas confianzas.
– ¿Me dejaréis pasar? – no era una pregunta. No pregunto, lo que pido me lo dan, porque tiene que
hacerlo. No traigo mi sica así que no lo lastimaré. No soportó mi mirada, posó la suya en otro lado y sin
decidirse bien abrió el pequeño portón.
– Vos conocéis al aedo, por eso podréis entrar – no le estaba pidiendo ningún permiso. Miró a mi
séquito – vosotros no conocéis al aedo, os pido que se…
– Dejadme a mí – los miré a ambos – me quedaré aquí y vosotros aquí vigilando la venida del aedo
¿estamos? – asintieron y entré al patio de la casa del aedo. No tenía flores, no sabía que pensar al
respecto. El sonido del portón cerrarse me hizo mirar hacia la dirección del niño, no sé porque no me
miraba, solía pasarme con el resto no me miran porque están ensimismados pero a él ni me lo estoy
follando ni le he tocado un pelo – ¿Dónde está?
– ¿Ah? – a este paso no me enteraré de nada. Se queda ahí mirando a la nada, cuando le hablo no me
escucha, y esta ocasión sí le estoy pidiendo que hable pero me mira y sus mejillas están rosadas, puedo
sentir como esa sangre podría esparcirse por derredores, esa sangre que tiñe sus mejillas redondas.
Traga saliva y ni le he amenazado ¿será qué previene mis intenciones? No lo creo, soy demasiado
cuidadoso y él demasiado ingenuo.
– Me haces perder tiempo – le dije de manera autoritaria con una sonrisa que se supone que lo vuelve algo más ameno, o quizás lo hacía por la expresión que ponía, la cual me causaba gracia – odio repetir las preguntas
– ¿Có-co-mo te llamas? – fruncí el ceño y arrugué la nariz ¿Por qué preguntaba eso? Y ahí estaba de nuevo su condenado defecto ¿Por qué siempre quiere hablar? ¡Cuando se lo pedí ni un pío!
– Quiero saber a donde se ha ido el blondo, el aedo. El que vive aquí – me acerqué más buscando intimidarlo en búsqueda de una respuesta pero no se alejaba, no sentía el peligro que ocultaba mi mirada y postura, sólo se quedaba ahí observándome azorado. Hizo un gesto con los labios que desencadenó otras intenciones en mí que fueron acalladas en mi mente al escuchar su voz temblorosa, ávida está vez, recitar algo.
– Te daré respuestas si vos me las dais a mí – enarqué una ceja mirándolo fijo pero aun sonriente a la expectación de que se retracte. No lo hizo, uhmn…, será interesante.
Pov Tom
Me sentía el ser más despreciable en ese instante, creo que muchísimo peor que cuando la consciencia
me remordió por lo de mi padrastro, aunque, no, era de esperarse, estoy mutando en un ser miserable,
sin escrúpulos y con la cara ardiendo en vergüenza. ¿Cómo podría mirarlo así? ¡Tenía esa cara pura y yo
anteriormente machacándomela mientras se aseaba! Y ahora estaba frente a mí, con esa sonrisa divina,
y esa voz tan hermosa, es que normalmente las personas, los hombres, poseemos una voz más gruesa,
aunque la mía fue en un tiempo media aguda, no tanto, por suerte ya pasé por eso, pero la de él está en
un intermedio, un grandioso intermedio, es como si acariciara al viento con sus palabras suaves y a la
vez firmes que expulsa de sus labios…, sus labios…
– No lo entiendo, bien podría marcharme de aquí y preguntar a otro lar si vos no queréis colaborar –
irse…, decía que se iría. Frunce su ceño sobre su inmaculada piel, está preocupado y sin notarlo lo veía
más cerca. ¡He caminado un paso adelante! Y se le ve tan…, frágil que…
– Deseo ayudarlo, mozo – sus almendrados ojos se veían diminutos al sonreír – se ha ido a laborar. En
una celebración hará lo suyo
– Gracias por colaborar, lástima que no lo haya podido encontrar. ¿Podéis avisarle de mi presencia aquí
a su retorno? – al ubicar sus brazos tras su espalda se le veía aún más delgado, y a la vez dentro de esa
túnica tan estilizado, esos mechones libres que se acomodaban cerca de rostro, armonizando con su piel
y su brillo – ¿me escucháis?
– ¿eh? – no era presto parecer un completo idiota pero ¡en ese momento lo era! ¿Qué fue lo que
dijo?…, sus labios comenzaban a abrirse y me negué ante la invitación de tocarlos recordando la frase
dicha – lo haré pero necesito saber su nombre
– Wilhelm – elevó una ceja y ese simple gesto me pareció de lo más seductor, que patético soy.
–… ¿Cómo el Príncipe? – ahora que lo evocaba aquél era también el nombre del Príncipe, que por cierto
es un nombre extraño. Su mirada se posó de nuevo sobre mí y soltó una carcajada que resonaba en
todo el espacio y me incitaba a imitarla, si las sirenas asechan los mares él ha debido ser instruido por
una de ellas, adoro su voz.
– Aceptaré su invitación – ¿invitación? ¿Le he ofrecido algo?
– yo…, yo…, yo – señalé el interior del hogar del aedo por mi descortesía al mantener una conversación
sólo en el patio, que manera más vergonzosa de que te hagan notar tus actitudes tontas, no, hizo lo
correcto el incorrecto soy yo. No entiendo ni yo mismo mi tartamudeo.
Lo vi seguir con los ojos la dirección de mi dedo, asentir, sonreír de nuevo e ingresar. Sé que no me he
criado en un lugar tan decente que digamos pero tengo educación y la estoy dejando en bajo frente a
Wilhelm, que nombre.
– Acogedor lugar, veo que vos estáis trabajando en aquella tierra ¿es cierto? – sus ojos de nuevo, justo
cuando tenía la intención de concentrarme en decir más que algún monosílabo o frase a medias
entendible por el tartamudeo, vergonzoso – he aceptado su invitación, estoy presto a responder todo,
espero que cumpla su palabra – ohh…, ahhhh, ¿se refería a eso con lo de la invitación?
– pu…, pue… – tosí, necesitaba aclararme la garganta puesto que él ni enterado de lo que pasa por mi
mente – sí – y eso fue como un chillido, un sonido sólo comparable con el que emite un gato agonizante, otra vez vergonzoso.
– Vos podéis hacedme otra pregunta – lo miré. Sí, podía hacerlo, podía preguntarle más sobre sí, sobre quién es, si vive por aquí, aunque eso es obvio, si es de aquí, por sus ropajes extraños, si…si tiene un compromiso.
– ehmn…, yo… ¿te puedo llamar Bill? – ¡Bravo! De entre todas las opciones elegiste la más absurda, me
he superado a mí mismo y no en un sentido que sea de mi agrado. Volteé la mirada hacia un costado, no
quería ni pensar en la expresión que pondría en este momento.
– No…, no me llaman así comúnmente, aunque ha ciertas personas las he oído llamarme así, preferiría
que no – me rechazó de una manera tan elegante que creo que estaba medio abriendo los labios de lo
cortes que sonaba, y no es que eso me sea llamativo, pero en él todo lo es.
– Oh, bueno – y ahora mi rostro ardía hasta más no poder, no sabía que decir y al parecer para él el silencio no era molesto, ni se inmutaba sólo alternaba la mirada de un costado del lugar a mí.
– Es mío el turno – otra sonrisa se dibujó en sus comisuras, pítico, sólo eso lo describe – estos ropajes…
– se acerca, de nuevo lo hace y lo único que puedo hacer es respirar agitadamente. No está en tu
cabeza, Tom, ni me está mirando sólo… ¿ha tocado mi indumentaria? – los has adquirido aquí, ¿estoy en
lo cierto?
– Ehmn…, no, me lo ha hecho mi señora madre – un brillo pude denotar en sus cuencas.
– ¿su madre?, ¿ella está en estas tierras? – sentí un breve jalón de mis ropajes entre sus dedos, tragué
saliva y por alguna extraña razón me obligué a mirarlo a los ojos.
– No – había confusión en sus ojos y de seguro que en mi rostro se encontraba un sonrojo mostrando lo
avergonzado que me sentía en esta situación, evocando el rostro de mi madre cuando me entregó esta
túnica alternando los pensamientos que tuve con relación al castaño que tenía delante.
– Cada región se caracteriza por una clase de estilo con respecto al trabajo de tejer, lo que te cubre
posee detalles propios de aquí – no parecía hablar conmigo, más era como decírselo a sí mismo; no
estaba enterado sobre eso, y ahora me preguntaba sobre el origen de mi madre, nunca se lo he
preguntado, vale decir que es algo irresponsable siendo yo su hijo – es su turno de preguntar – deshizo
el tacto con mis ropajes y mantuvo una distancia tortuosamente prudente entre nosotros. Ni idea de
que preguntarle, eran tantas las ideas que temía aturdirlo con unos sin sentido.
Me sentía absurdo y pequeño en ese momento, como si no bastaran ni sirvieran todas las experiencias
que he podido vivir, mis ideas preconcebidas se perdían en ese instante, esto era tan nuevo, tan
diferente a todo con lo cual he rozado. Podía resumirlo todo a sentirme estúpido, en un grado muy alto
y fruncí mi ceño frente a esa idea, yo no era uno, siempre me he responsabilizado de todo en casa,
desde pequeño, no podía jugar con otros niños así lo haya querido porque sus padres temían que les contagie algo por mi madre, así que no es coherente que actué así, sé que es otra clase de circunstancia pero…
– ¿y bien? – pero bosta con lo que dije, esos ojos me hacían perder la noción de todo.
– vives por aquí, digo, eres… ¿Dónde vives? – ahora que lo noto, no lo conozco de nada, él no sabe que
lo he visto, por lo que no siente ese atisbo de cercanía y apego que siento yo hacia él al haber
mantenido una “conexión más intima” soy un pervertido y lo que es aun peor es que no quiero ni
imaginar la imagen que estoy demostrándole.
– Por el Norte, cerca de los bosques – por donde se situaba el lago, y no sólo eso, también el castillo.
– ¿cerca al castillo?
– Ya serían dos preguntas, pero he hecho lo propio también, así que sí, por allí vivo – sonrió de nuevo, pero con aires de misticismo en ese instante me intrigaba demasiado la más mínima cosa que pudiera
ocultar. Recién reparé en sus palabras, vive cerca al palacio y me estaba excediendo con la cantidad de
preguntas mas algo se formó en mi mente.
– Podréis decirme cuantas preguntas guste, mas antes tengo que yo que preguntarle si ha visto al
Príncipe en alguna ocasión – aun tenía ese picor de curiosidad sobre aquel noble que me estaba
haciendo favores, aquel que era temido aquí.
–… como todos en el pueblo – fue su respuesta sin borrar aquella hermosa sonrisa misteriosa. Era
evidente, al ser él de aquí, ¿Por qué lo era, no?
– y ¿sabéis por qué le temen los del pueblo? – su gesto hizo que involuntariamente me estremeciera, se
había lamido los labios y mostrado como mordía su lengua aun sonriendo. No arruines esto, ya no estás
tartamudeando Tom, ya dices las cosas claras, haz entrado en confianza.
– No lo sé – afirmó con tal vehemencia que pensé en aquella gente como ignorantes, si esta bella
criatura decía que no sabía es porque no podía ser aquel Príncipe una mala persona – por lo que he
sabido es más bien muy parecido a mí – apoyó sus palmas en el borde de la mesilla, sus hombros
encogiéndose y su sonrisa ensanchándose más con el toque extra de morderse ligeramente el labio
inferior, entre adorable y excitante – su manera de proceder, quizás algo similar en nuestro físico – no,
sería improbable que una persona se pareciera a otra a menos de que poseyeran un lazo sanguíneo y,
por sobre todo, era imposible que existiera otro ser como él.
– No lo creo – ahora yo mostré una sonrisa quizás medio bobalicona pero al menos estableciendo un
control, ya que en todo esto él único que actuaba normal era él, eso me entristeció un poco, quizás sólo
sean mis ideas raras y él ni ha posado sus ojos en mí, no sé porqué me estoy volviendo tan débil.
– ¿en qué piensa?
– ¿Ahhh?
– Aún me debes respuestas, le he hecho una pregunta – el dichoso “juego”, mediante el cual he
obtenido mucho más acerca de su persona, y lo esencial: su nombre.
– En muchas cosas – pero de allí ha ser específico con respecto a lo que pienso es otro asunto.
– ¿podríais citarme alguno, por ejemplo? – asentí al quedar con la boca sellada que impedía las
incoherencias que empujaban por salir, como un “en tus ojos”, “en tus labios”, “en tu piel nívea”…
– Mi madre, en… ella pensaba. Ella no está aquí, y la he dejado a cuidado de unos conocidos, me
preocupa cómo esté – para mi indignación esos que deberían ser los pensamientos que ocupen mi
perturbada mente no lo eran, más bien se convertían en una excusa; quería trabajar, quería ver a mi
madre de nuevo, traerla, y forjar un futuro en nuestro beneficio, a por bien.
– ¿Por qué no la cuida su padre? – porque murió antes de que nací, quisiera decirle, pero eso sería entrar en detalles que me dejarían por demás expuesto, sin contar que maté a mi padrastro. La culpa
latente en mi ser se hizo más notoria, ahora tangible, su rostro sin vida ocupando mi panorama,
ensuciando la dulce y pura imagen que tenía delante, no quiero que sepa mis tormentos, lo que me
quita el sueño, lo que me ha manchado.
– Él murió cuando era yo un infante – me digné a decir, asintió comprensivo. Él no hablaría más de
aquello, oh bello castaño.
– ¿habréis dejado a más allá en su tierra? – con nadie pude establecer relaciones duraderas, así sea a
base del empleo, nadie sentía algún aprecio hacia mí, no tenían porque sentirlo, con eso no me lastimaban.
– No, sólo me dediqué a trabajar para cuidar a mi madre enferma – sin querer alzaba algo el pecho por
orgullo de aquello, era lo que tenía que hacer y nunca me he arrepentido de eso por más cosas que
pueda implicar en contra. Las responsabilidades de un hombre, son indispensables de cumplirse sin
cabida a un pero por muy duras que éstas sean.
– Por lo que presumo no haz tenido mujer – mis mejillas ardían, al punto de sentirlas como algo
superpuesto a mi cuerpo, mis dientes rechinaron y hasta de donde no había ingresaba saliva a por mi garganta.
No había advertido en lo que dejaba entrever en mis frases, algo que era obvio pero de alguna manera
mal visto presto a que un hombre a mi edad ya debería estar comprometido con una fémina, omitiendo
lo evidente de estar posando más bien los ojos sobre un hombre y que a éste lo tenía delante por lo que
está demás decir que debía mantener una imagen, no doy para esto.
Su risa resonaba y sentía como si mis pensamientos estuvieran a su merced, sólo es un sentir, por gracia
divina.
– No era una pregunta, así que me ahorraré aquella restante para otra ocasión – cesó su risa y asevero
que un amargo rictus dio su aparición en mi rostro al comprender sus ademanes de irse.
– Reitero que haré presente su visita al aedo – le dije situándome a un lado para permitirle la salida
disfrutando con ojos cerrados el calor abrasador de su presencia al pasar cerca de mí, ese aroma que
dejó impregnado en mis fosas y que dudaba el viento insulso logre borrar.
– Agradecido estoy por aquello, buen hombre. ¿Thomas es su nombre, cierto? – no recordaba habérselo
dicho.
– Podéis llamadme Tom, lo hace menos largo – asintió y vi el destello en sus ojos notando que iba a decir algo.
– Gemelo
– ¿excúseme? – no había entendido el porqué me resultaba por demás extraña aquella simple palabra
salida de sus labios con seguridad, negó con la cabeza formando otra sonrisa.
– Su nombre, significa “gemelo”, en arameo – tamaña cara de idiota que habría puesto frente a los
mayores conocimientos por parte de él hacia mi propio nombre. No quería mostrarme como un
estúpido frente a él, tendría que…, no sé, tentar a algo, hacer que dude para estar de alguna manera en
igual posición.
– Y, ¿su nombre que significa? – miró a un costado y sonrió aun más, como si le pareciera una broma mi
pregunta.
– Protector – enarcó una ceja en señal de incredulidad hacia sus propias palabras y yo me rendía, era
mucho más culto que yo – debo retiradme ¿me abrís el portón? – asentí e hice lo propio. Observando
algo avergonzado a los que había dejado afuera esperando allí aun.
– Ehmn… ¿adiós? – asintió y lo vi perderse con los otros dos, los cuales por un instante me parecieron
conocidos, idea que descarté al no ver por completo sus rostros debido a la tela negra, podría ser mi
mente que juega conmigo.
El sonido del retumbar del portón reafirmó la vaciedad que sentía en ese instante, era incluso peor que
después que se vaya el aedo, supongo él algo tiene que ver con el castaño, el bello castaño, Bill, ehmn…,
Wilhelm. Su nombre es extraño, único, como lo es él, me rasqué la nuca riéndome sin razón alguna, me
sentía solo y, como mencioné antes, vacío pero igual algo era diferente, como con ganas de reír o
expulsar algo intangible. Mi expresión cayó al notar que estaba actuando de manera patética de nuevo y
sin testigos esta vez, lo que vendría a ser bueno, porque no hay quién lo vea, pero a la vez malo, porque
no hay esa supuesta “razón” causante de mi nerviosismo. Debo ocupar mi mente en algo que no
implique al castaño; por cierto… ¡había olvidado que había dejado mi trabajo a medio hacer!
Tom que tardo eres a veces. El Sol ya se está yendo y no he culminado con lo mío. No puedo permitirme
perder otro día en el mismo hacer, sé que mañana trabajaré en esa tierra de nuevo pero lo de hoy no
deben ponerse para mañana. Hoy toca terminar de plantar los granos correctamente, mañana arar más
tierra y cuando me desocupe buscaré una forma de conseguir entradas, no puedo confiarme en lo que me deparará con el Príncipe, tampoco puedo quedarme sólo haciendo una cosa, eso es de exentos de responsabilidades. Mañana emprenderé pesquisa de empleo. Espero conseguir alguno.
PoV Bill
No, no puedo creer lo ingenuo que es.
No concibo la idea de que todos los que no me han visto antes no pueden ni siquiera percibir mis intenciones, aunque está mal generalizar. La gente siente miedo, no sé lo que es aquello, puesto que no lo he sentido en carne propia, pero eso es lo que los vuelve atrayentes, actúan sumisos al su vida correr riesgo, a diferencia de este joven.
Me gusta jugar con las emociones de quien esté cerca de mí, es grato estar enterado de lo que
necesitan, como saber en el momento preciso para otorgar una sonrisa haciéndoles imaginar que estoy
en una postura cercana a la de ellos, o que realmente me cause algún mínimo atisbo de “felicidad” mas
no es así, sólo les brindo lo que necesitan, no es que con todo el que se me cruce cometa tal acto, sólo
con el que me compete, con el que tendré que ver en alguna u otra forma. Amenizo la situación mas mis
advertencias son perceptibles, cualquier ser que se fije lo suficiente puede sentir un estremecimiento y
alejarse, es una manera natural de protegerse, un venado no se quedaría observando la llegada de un
león, otro asunto es que el león lo deje huir. Puedo permitirles tratar de alejarse, un tramo, dos, pero
todos caen, hay los que de maneras distintas buscar retirarse sin encontrar una válida, eso se resuelve,
al ser conocedor de sus debilidades hago que su permanencia sea hasta donde yo lo desee. Pero ese
niño, y le digo así por su manera de actuar y el detalle de su rostro que se ve infantil, no parece tener
aquella característica del resto, no se alejó, no se inmutó frente a las señales que le enviaba, sólo se
sonrojaba más y más, sin contar esos condenados movimientos con los labios, es tan inocente que sé
que no se enteraba lo que esas acciones provocaban en mí, sé mantener control por supuesto.
Deseablemente inocente.
Le he sacado información de su madre, no está aquí y tampoco está muerta, pero sí enferma, y no sólo
eso sino que posee crianza de Corinto, más que de Tebas, a las mujeres desde niñas se les inculca el
tejido, y esa clase de tejido en específico es de aquí. Sus orígenes son humildes, creo que lo noté desde
un principio por el cúmulo de cabellos en las puntas dando como resultado una cosa amorfa, pero por
arriba lo tiene normal, claros cabellos coloreados de diferentes tonalidades, lo que indica que pasaba
mucho tiempo expuesto al Sol, con lo que eso no es tan bien visto pero le queda por demás de bien en
su piel. No ha tenido mujer, es casto, aunque en un momento dado me planteé follarlo así haya estado
con una mujer antes, no, no creo que lo hubiera hecho, va en contra de mis principios. Por otro lado
también me he percatado de esa manera que tiene de mirar, no sabría describirlo pero sus ojos
indagaban mi rostro, buscando algo, me pareció curioso encontrarnos parecidos en esa situación, el que
quería saber más era yo, para conocer sus debilidades y la he descubierto: su madre. Pobre del aedo, ya
no lo necesito más, lo que me diga supongo será innecesario, un mortal corriente como él no podría
ahondar tanto como yo frente a las necesidades y debilidades de otro mortal.
No sabe quién soy, eso justifica en alguna forma todos sus tratos frente a mí puesto que desconoce mi
proveniencia. Le enseñaré como debe comportarse, al menos durante el tiempo que esté conmigo,
luego de mucho no le servirá porque irá al mundo de los sin vida.
Algo se posó en mi pecho, no es que sea algo doloroso porque nadie me está tocando, pero es como si
tocará en lo más hondo de mi ser e intentara arrancar algo con unas garras filudas. Apaciguo mi
respiración y sigo el recorrido con mis acompañantes silenciosos. Sé que hace un momento se han
murmurado entre ellos la sorpresa implicada en que no lo haya violado o mutilado de alguna manera al
joven Thomas, pero aquí no daré ninguna acción. Ya en palacio sabrán, una vez más, lo que significa
perder respeto por sus superiores. Por eso han callado, porque presienten que mi sonrisa y buen ánimo
no es una buena señal. Porque ellos si reconocen mi juego, ellos sí conocen mis reglas, y aunque el
nuevo participante no conozca ninguna, lo tendrá que hacer así sea por los malos métodos.
Niño, niño, no sé que sensación me acontece al saber tu porvenir, pobre niño. Quizás lo mejor hubiera sido nunca irte de tu lugar de origen. Aunque no soy muy adepto a ese pensamiento.
<resultados egoístas, porque deseaban que su porvenir fuera así, porque lo habían escrito, y sólo ese trío era culpable de aquel final, o comienzo.>>
Continúa…
Gracias a los comentarios =) Cualquier duda pregunten.
Con cariño, Chris.