«EaaRumA» Fic de MissAnunnaki
Capítulo 7
Ellos se volverán en tu contra.
No quiero perderte.
Tom.
Sus palabras hacían un eco en mi cabeza, vagaban por donde podían con tal de hacerme entender la verdad, la verdad que era más que clara. Sabía que todos vendrían a por mi, era tan predecible desde el principio, y todo por tener de compañero a un vampiro; aunque estaba olvidando un detalle por describir, pero no era el momento de hacerlo. Con tal de que yo lo supiera bastaba, ahora debía ser más fuerte que todos, más audaz para no caer en las manos del enemigo.
Los puntitos blancos, con aspecto de algodón congelado, bailaban con el viento, atrasando su proceso para estamparse contra el manto originado por el resto de sus compañeros. Lo que en realidad hacían esos, era amortiguar su caída, ellos se sacrificaban por el bienestar de los que, poco a poco, caían desde las nubes nodrizas. Dando su vida por lograr que los demás pudieran sobrevivir al impacto.
Lo mismo estaba haciendo el vampiro conmigo, quería amortiguar el golpe, colocar una anestesia antes de que todo se fuera a la mierda. Y ahora que sabía absolutamente todo, ahora que había recuperado mi memoria, estaba alerta por el futuro. Al obtener mis recuerdos, mis antepasados en mí, me di cuenta de que jamás iba a poder vivir en paz, siempre habrían momentos tensos, no podría dormir con facilidad o ni siquiera cerraría los dos ojos.
Podía ver mi aliento esparcirse por el aire, la forma en la que armaba unos círculos continuos y desaparecían al instante debido a la brisa de invierno. Unos mechones rebeldes danzaban al compás del viento congelante, queriendo huir de mí, tratando de salvarse del peligro que nos estaba rodeando. No sentía la punta de mi nariz, tampoco mis dedos, mis mejillas se encontraban cálidas debido al pañuelo gris que rodeaba mi cuello, protegiéndome del frío. Aunque comenzaba a creer que era en vano, ya que podía haber una posibilidad de que el día de hoy muriera.
-No será hoy. -Oí a mi derecha. Volteé a ver y el vampiro me observaba con sus ojos brillosos y azules, los colmillos sobresaliendo de sus labios, luciendo tan blancos y amenazantes. Estiró la curva de sus labios en una sonrisa victoriosa, se lo veía tan perfecto así, que lo único que podía hacer era asentir.
Enfocó sus ojos hacia adelante, fijando el objetivo de la noche. Yo viré a la izquierda, me encontré con los ojos salvajes de Riza; su cabello rojo se mecía con tanta sensualidad, pero con la mirada que llevaba la hacía totalmente peligrosa. Ambos asentíamos, comprendiendo lo que estaba por suceder. Ella había dejado a su jauría para venir en mi ayuda, y no se lo iba a negar, había sido la persona que estuvo en todo momento, ¿Por qué no iba a permitirle éste?
Postré los ojos adelante, mirando como esos vampiros corrían como unos desesperados por probar sangre. Habíamos hecho una coartada para poder eliminarlos; todos los vampiros andaban tras de mí, queriendo ver mi muerte en sus manos, saciarse de mi sangre y cantar victoria por el precio a mi cabeza. No iba a darles ese gusto, por el bien de Bill no debía darles lo que querían. Yo no estaba en el mundo para morir por un capricho, por una rabia de los más antiguos. Si estaba aquí, si había pasado por tantos cuerpos, era para poder terminar con este destino condenado, evitar el sufrimiento al vampiro y poder completar mi objetivo de vida.
Empecé a correr, mis dos compañeros de esta vida me siguieron. Por un momento llegué a pensar, si estaba solo no podría hacerlo; en la vida debías recibir ayuda en momentos difíciles, y la ayuda te la darían personas que les importabas, que te apreciaban y no querían perderte. Pronto la idea de hacer las cosas solo se volvían un error; todo era mejor si trabajabas en equipo, con compañeros leales que aguantaban todo por cumplir la misión del día, con la confianza de que ibas y te iban a cubrir la espalda, en las buenas y en las malas.
– ¡Tom! -Bill echó un grito, percibí un objeto dirigirse a mí, miré por sobre mi hombro y una espada había sido arrojada. La tomé de un modo tan perfecto, el filo de la cuchilla estaba en dirección a los vampiros; cerré el brazo, estirándolo hacia la izquierda y apreté los dientes para ver como el primero caía al suelo. El cuello de un vampiro era un blanco excelente si querías detenerlos.
La sangre manchó la cuchilla y salpicó un poco sobre mi rostro, entrecerré un ojo y no perdí más el tiempo. Di un giro de trescientos sesenta grados, agachándome debido a que percibí que uno se me estaba por tirar encima; oí un gruñido feroz, de reojo veía que Riza, la loba, lo atrapaba con sus dientes. Sonreí por verla en acción, la había extrañado demasiado y ahora estaba luchando a mi lado. Retomé mi trabajo y me alarmé de inmediato, tenía un sensor del peligro, así que rápidamente miré adelante.
Desde lo alto, un vampiro venía en mi dirección, con una sonrisa macabra y los ojos azules. Sus garras se extendían hacia mí, presumiendo esas largas uñas que servían para desgarrar la piel. Abría su boca a medida que se acortaba la distancia entre nosotros, yo me ponía de pie, al tiempo que retrocedía; y antes de que el vampiro cayera sobre mí, alguien se lo llevó como una estrella fugaz. Bill le sostenía del cuello y lo enterró en el suelo; enseñaba los dientes, luciendo un desquiciado, furioso por la situación. Su cabello alborotado no dejaba ver por completo ese rostro enojado.
El vampiro clase F se retorcía, intentaba sacarse a Bill de encima pero no lo lograba con facilidad. Lo asfixiaba con una mano, hundiendo sus uñas en la piel pálida, enterrando junto con ellos algún mal momento. Con la mano restante, la extendió en lo alto, formando con sus uñas una especie de domo. Abrió su boca, soltando un desgarrador grito, mostrando esos colmillos asesinos e incrustó su mano dentro del pecho del lunático, haciendo que arqueara la espalda y chillara horrible por el dolor.
Algo me golpeó en la nuca y caí adelante, de rodillas, reaccioné enseguida y otro lunático se me tiró encima. Me rasguñó el brazo y se volvió completamente loco al ver un poco de sangre, necesitaba beberla cuanto antes. Tomé la espada y se lo clavé en el pecho, justo donde estaba su corazón, lo removía en su interior, lo mismo hacia el demonio. Le di una patada, llevándolo para atrás, retirando la espada. Con unas maniobras raras y estúpidas, logré posicionarme con mi arma, y ejercí fuerza con el mismo para poder cortarle el cuello. Al lograrlo, veía como su cuerpo se desplomaba a un costado.
Eché un largo suspiro, fui a ayudar a Riza. Un vampiro le arañó la espalda y ella gruñó molesta. Emití un silbido, llamando a ambos y el demonio venía primero a mí. Preparé la espada mientras caminaba para poder acortar los pasos; saltó con sus brazos extendidos, preparándose para atacar. Pero en lugar de eso, yo estiré la pierna, logrando una patada, haciendo que retrocediera; fue ahí que aproveché, y cuando cayó de espaldas al suelo, clavé la espada en su pecho. Disfrutando de su sufrimiento.
Observé que Riza había vuelto a ser humana, y estaba acurrucada sobre la nieve, temblando, dejando a la intemperie su cuerpo desnudo pero ella se cubría, formando un ovillo. Me quité de inmediato la campera de cuero que llevaba puesta y la dejé caer sobre su espalda, cubriendo todo. Ella tiritaba, pero levantó la mirada y me regaló una sonrisa, dándome la espalda cerró la cremallera del abrigo, se acomodó el cabello para atrás y luego volvió a mí.
– Como en los viejos tiempos. -Levantó su mano y estaba convertida en un puño, ambos chocamos y sonreímos. Busqué con la mirada al vampiro y caminaba tranquilo sobre la nieve. El primer día de invierno lo recibíamos con una lucha por sobrevivir. Luego de haber casi muerto, estuvimos escondidos por unos días, pero cuando percibíamos que andaban pisándonos los talones, debíamos deshacernos de ellos. Vampiros, brujas y, aunque no se pudiera creer, cazadores andaban tras nosotros. De pronto yo era la cabeza más buscada de todo el mundo, y a nadie parecía importarle si alguna vez habíamos compartido algún momento. Yo valía oro, eso era lo que les importaba.
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Al estar los tres juntos, y verificar que no nos faltara ninguna parte del cuerpo, nos fuimos al nuevo refugio. Caminábamos bajo el frío de la noche, yo al lado de Riza, Bill iba adelante, cruzado de brazos, con la cabeza gacha. No hablábamos demasiado después de recuperar la memoria, no sabía si era por la presencia de Riza, o porque tenía algo de vergüenza, ¿Y por qué tenía que sentirla ahora? Sabía lo que éramos, sabía lo que significaba para él, y aunque siempre buscaba el momento perfecto a solas para poder abrazarlo, sentía como si él me evitara, ¿Por qué esa actitud de repente?
-Tom, ¿No vas a resfriarte? Puedo convertirme en lobo hasta que lleguemos al refugio. -Me decía Riza preocupada, debajo de mi campera solo tenía una camiseta manga larga; tenía frío, pero debía soportarlo ya que ella andaba desnuda, y no iba a permitir eso. Negué con la cabeza y los dos nos miramos. Sus mejillas se pusieron rositas y sus labios estaban entreabiertos, los mismos temblaban y sus ojos brillaban. Su piel resaltaba en todo lo blanco que se esparcía por el suelo, era tan hermosa que parecía un cuento de hadas; lamentablemente yo era el malo de la película, no iba a permitir que se le acercaran porque no quería que ella saliera lastimada. Gracias al cielo que ese día no había llegado, no aún.
-Cuando llegues, te irás a duchar y a cambiar rápido. No quiero que te enfermes. -sonreía mientras le golpeaba suavemente la nariz con el índice, ella arrugó la misma y mostraba una tierna sonrisa. La mía se fue apagando, al percibir una onda mala, cargada de negatividad e ira. Observé hacia adelante y Bill nos fijaba por sobre su hombro, con esa particular mirada que solo los más malvados podían lanzar. Estaba celoso. Volteó para adelante y siguió caminando, yo exhalé el aire agotado.
-Ah, Tom. -Riza tomó mi camiseta y la tironeó un poco. Me giré y ella tenía los ojos clavados en el suelo; se encontraba descalza, con las piernas al descubierto, con su cabello rojizo alborotado, soportando el invierno. Le quedé mirando, esperando a que continuara. -Necesito hablar contigo.
-Primero vamos a casa. -le dije, ella se negó rápidamente. – ¿Qué sucede?
– ¿Puede ser a solas? – miró adelante, también lo hice y Bill estaba cruzado de brazos, observándonos muy serio, moviendo su mandíbula de un lado a otro, luciendo fastidiado. Suspiró y continuó sin decir nada, al parecer ya había escuchado el pedido de Riza. -Bien. Antes que nada, quiero que sepas que no importa lo que suceda de aquí en adelante. Siempre estaré para ti en lo que necesites, te protegeré con todo lo que soy.
Me puse frente a ella y mostré mi mejor cara de chiste, imponiendo autoridad con los brazos cruzados, haciendo que ella retrocediera unos pasos debido a mi iniciativa. Recordaba que quería decirme unas cosas anteriormente, pero jamás se había dado la oportunidad, y ahora que estábamos solos en la calle, era el momento perfecto para oír su urgencia.
– Sé que estarás para mí, Riza. -Me miraba con gran fascinación. Había pasado tantos años y siempre estuvimos juntos, más allá de la distancia que nos tomábamos a veces, ella volvía a mí o viceversa. -Y prometo que también te protegeré, ahora más que nunca. Si tu padre viene a matarme, espero que lo haga sabiendo que te defendí con mi vida.
Ella apretó sus labios, adoptó una tierna mirada. Los copos de nieve se quedaba en su cabello rojizo, dándole un aspecto tan de película; ella era perfecta, no me sorprendería si trabajara como actriz o modelo. Riza podía hacer lo que se proponía, siempre y cuando estuviera la voluntad. Sus mejillas no dejaban de tener ese rubor que la hacía ver adorable, sus ojos brillaban al verme; me sentía su protector y ella para mí lo era. Sin ella, las cosas no estarían como ahora, hubiera renunciado a mi destino hacía bastante tiempo pero gracias a Riza, estaba donde tenía que estar.
-No quiero que me odies después de esto, en verdad necesito decirlo antes de que mi cabeza explote.
La seriedad que tomó su rostro me conmovió un poco, pronto dejé de tomar todo como una broma más y postré toda mi atención en ella. Mientras tanto, movía sus pies de un lado a otro, tratando de quitar el frío que abrigaba sus piernas. La impaciencia iba ganando en mí, me ponía algo frustrante que no dijera las cosas tan rápido, eso era lo que me molestaba de su personalidad; siempre sembraba el misterio, me tenía intrigado hasta el último momento, y luego, me daba la noticia más conmovedora…
-Riza, deja de hacer todo esto tan largo. Dilo de una vez, sabes que no me gusta cuando te pones tan misteriosa, me molesta mucho, lo sabes. Me pongo muy inquieto y me tienes como un niño que…
-Me gustas.
Le miré con toda la sorpresa que podía haber acumulado en mi rostro en tan solo un segundo. Ella había mirado a otro lugar, ¿Escuché bien lo que acababa de decir? Eso no podía ser verdad, o tal vez me estaba haciendo otra de sus bromas. No dirigía la mirada en mi dirección, yo solo estaba asimilando lo que acababa de soltar sin más vueltas, sin filtro alguno, poniendo el dedo en la yaga. Parpadeé luego de unos segundos, cayendo en la cuenta de que había escuchado perfectamente lo que había dicho.
El viento se hacía más intenso, los copos de nieve dejaron de caer con comodidad y eran arrastrados por la asesina brisa, llevándose todo por delante, importándole poco la vida de los demás.
-He querido decirte esto hace un tiempo. -Ahora su voz se iba apagando cada que hablaba. Era como si ya no quería seguir viviendo. -Pero no tenía el valor, o siempre sucedía alguna cosa.
-Riza…
– ¡No, no quiero escuchar lo que vas a decir! -Al levantar la mirada, y hacer contacto visual, algo en mi pecho se desprendió. Los ojos aguados de ella me advertían de que todo se estaba yendo a la mierda, ¿Cómo era posible que eso sucediera? Yo siempre la había visto como una amiga y hermana, todos esos momentos que pasamos juntos eran inolvidables, y realmente me hacía bien estar a su lado pero… ¿Gustarle? Nunca pensé de esa manera, jamás la vi como una mujer que pudiera gustarme. -Sé la respuesta, pero yo solo quería que lo supieras. Es difícil cargar con eso y tener que verte, era un nudo en la garganta.
-Riza… Riza, para. -La tomé de los hombros y ella comenzó a sollozar. Sabía que no podía corresponderla, sin embargo, se había confesado y en plena tormenta de nieve. Pronto todo lo que Georg me decía sobre nuestra relación retomaba lugar en mi cabeza, también el comentario que el padre de Riza me había dicho cuando la llevé con su jauría. Ahora todo cobraba sentido, ella sentía algo por mí desde hacía tiempo, pero no podía decirlo porque no se atrevía. Claro, yo siempre era el ciego que no podía ver ese tipo de cosas.
Ella se echó a llorar y me abrazó fuertemente, hundiendo su cabeza sobre mi pecho. Me quedé mirando el suelo mientras oía sus sollozos, involuntariamente la cubrí con mis brazos, sintiendo como se aferraba a mi camiseta y lloraba contra la tela. Me destrozaba por dentro verla sufrir de esta manera; ella sabía que no podía suceder y, sabiéndolo, soltó de su boca aquellas palabras que estuvieron torturándola por un largo tiempo.
Una ira me rodeaba el cuello, queriendo asfixiarme; era la impotencia de no poder hacer nada por ella, porque el culpable de sus lágrimas y sufrimiento era yo: el estúpido.
-Riza, está haciendo frío, y tú estás solo con mi campera. -le decía con algo de pena, mi mentón descansaba sobre su cabeza. Repetidas veces le besé el cabello para poder contenerla, no sabría decir si eso había funcionado, pero su llanto cesaba cada vez que lo efectuaba. Ella se separó de mí, secándose las lágrimas con la manga de mi campera, nos miramos a los ojos. La tomé del rostro con ambas manos, poniendo la misma muy cerca de la mía. -Riza, sabes lo que va a suceder después. Sabes que moriré, como también sabes lo que hay entre Bill y mis antepasados; pero quiero que sepas una cosa: yo te quiero, ¿Sí? Eres una grandiosa mujer, y ojalá pudiera estar a tu lado por mucho tiempo.
-Me quieres como hermana -Se tapaba el rostro con el dorso de su mano. -No me quieres como yo te quiero. Supongo que debo acostumbrarme a eso, aunque me siento mucho mejor al haberte dicho lo que tenía guardado.
Parecía una niña, una pequeña asustada y aliviada. Esbocé una sonrisa agradable y besé su frente. La rodeé con mi brazo y comenzamos a caminar en dirección al refugio; se estaban atando los cabos sueltos y eso comenzaba a destellar una pica de miedo.
La muerte, la muerte comenzaba a acechar.
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El vampiro cruzó la puerta de la entrada del refugio como una estrella fugaz, sus pisadas denominaban molestia, y yo sabía el motivo, o eso creía. Riza ingresó algo sumisa, después de la conversación que habíamos tenido todo se estaba tornando raro para ella y para mí; pero eso no cambiaba mi sentimiento por ella y por el vampiro. Sentía amor hacia los dos, pero de forma diferente uno de otro. A Riza la quería como a una hermana, la pequeña rebelde que debía ser protegida por su hermano mayor, la mejor amiga y a veces madre que me contenía cada que me sentía para la mierda. Con Bill las cosas eran totalmente distintas, yo por él sentía esas cursilerías de cuentos de hadas, cada que lo veía me sentía seguro a su lado, tan confiado y completo. Creía que esa era la diferencia entre ellos.
La pelirroja buscaba cosas qué quemar, afuera hacia mucho frío, y gracias al cielo que habíamos podido conseguir una vieja casita, de no haberla encontrado, estaríamos muriendo de frío en el exterior. Y a pesar de que no había demasiada luz en el interior, los postes de luz nos brindaban algo de esperanza. Me quedé parado a su lado mientras ella, de cuclillas, revolvía diarios viejos que estaban apilados en el medio de la habitación. El comedor se conectaba con la cocina, lo único que los separaba era una mesada de bar de mármol. Era pequeña pero suficiente para los tres.
—Podría usar la cocina, pero debería buscar algunas ramas, el papel no durará mucho —la voz suave de Riza me transmitía que eso solo era una excusa para alejarse de mí. —Iré a buscar afuera, no voy a tardar.
Antes de que le contestara, ella desapareció de inmediato. observé la puerta al cerrarse, ella realmente estaba intentando evitarme a toda costa. Si pensaba que la iba a odiar o mirar con malhumor, estaba equivocada; jamás haría eso, las cosas no cambiarían de rumbo por una confesión. Mi cuerpo y alma le pertenecían a una sola persona.
Me giré para verle y él se encontraba dándome la espalda, su cuerpo estaba apoyado contra la mesada que dividía la cocina del comedor living, se encontraba de brazos cruzados y miraba por la ventana que estaba a cinco pasos de distancia. Se apreciaba la caída de nieve, a veces intensa y otras de forma tranquila; decidí entonces ir hasta él, admirando cada segundo al ver su cabello. Rodeé la mesada y él volteó a verme con suma seriedad.
— ¿Qué sucede? —le pregunté, él tomó un gran respiro y negó con la cabeza, enfocó la vista nuevamente en la ventana. Claramente algo le pasaba, era demasiado obvio. —No sabes disimular nada.
—No pasa nada. —la voz sonaba con demasiada arrogancia; fastidiosa y mezquina.
—Te rodea un aura azul eléctrico, eso no es bueno. No sé si quieres comerme o…
— ¿O qué? —volvió a enfocar su mirada en mí, tenía el entrecejo fruncido; estaba claro que algo le sucedía. — ¿Por qué no vas a ayudar a tu amiga en la búsqueda de ramas?
—Con que era eso —me hacía el idiota, pero deducía que tenía un poco de celos sobre lo de Riza. Estuvo así durante los últimos días, tal vez ya lo sabía y por eso actuaba de esa manera; Bill utilizaba el sarcasmo con ella, y hasta decía ironías que a Riza la apenaban y yo siempre tenía que decir que todo era una broma, ¿Era por eso? —Bill, ya te dije que no tienes porqué ponerte así.
— ¿Por qué no puedo ponerme así? —movió sus hombros acorde al tono de su voz, cabía destacar que parecía un demonio cuando se ponía en ese plan pero, en el fondo, muy en el fondo, me causaba gracia. — ¿¡Solo porque es tu amiga!?
Echó un grito y me sorprendí, suspiró de nuevo y bajó la mirada. Ahora ya no se mostraba enojado, su expresión cambió totalmente y me transmitió un poco de tristeza; no sabía si era una especie de vínculo infrahumano o solo por el hecho de ser cazador de vampiros, y tener el don, podía deducir cómo se sentía. Posé mi mano sobre la mesada, lo deslicé con lentitud hasta tocar su brazo, pero él lo apartó de forma repentina, volviéndose un caprichoso.
—No entiendo por qué actúas así. —le dije tolerando su actitud, aunque no estaba para eso pero con él debía ser paciente en todo. —Riza es solo una amiga, alguien que estuvo conmigo desde el comienzo.
— ¡Eso es lo que me molesta! —le miré con sorpresa e incertidumbre, era una sensación rara. Pronto me sentía confundido, necesitaba que se aclarara deprisa. —El hecho de que te conozca más que yo.
—No… No estoy entendiendo. —le dije aún con la confusión, sonriendo debido a mi estupidez por no comprenderlo como debería. —Tú me conoces desde siempre.
Él negó con la cabeza, lo hacía como si no quisiera admitir la muerte de un ser querido. Apretó sus labios en desesperación y cerró sus párpados para intentar calmarse. Se separó de la mesada y fue directo a la ventana, sentí un golpe hacia el vidrio del mismo y deduje que había golpeado su frente contra el cristal. Tan solo observaba su silueta e intentaba captar lo que quería decirme: él me conocía demasiado, por algo estábamos juntos, en ésta vida y en las anteriores, ¿Por qué decía eso?
—No es así como piensas —habló luego de mi reflexión. —Tú piensas que te conozco de toda la vida, pero la realidad es que eso no es cierto. Yo solo conozco tu paradero y la persona en la que te has convertido, no he llegado a conocerte como Riza lo ha hecho, no sé qué es lo que te gusta en esta vida, o a lo que le temes.
¿Por eso se sentía mal? Por el simple hecho de que Riza pasaba más tiempo conmigo? Era cierto, pero una cosa no tenía nada que ver con la otra. Hasta mis diecisiete años no sabía que era cazador, y lo supe cuando había tenido un encuentro con él; actuaba tan provocativo y dominante, podía ser que usaba eso para hacer que recordara. Suponía que quería ponerme a prueba, y algo había funcionado: comencé a sentir cierta atracción por él en aquel momento.
—A veces… A veces pienso que te fuerzo a algo que no quieres —Su voz comenzaba a desgastarse, era como si estuviera a punto de llorar. —Que te obligo a que recuerdes todo para que me ames, ¿Y si en ésta vida no quieres amarme? De todas formas terminas haciéndolo.
—No, no digas eso. —Caminé hasta él y lo obligué a darse vuelta para encontrarnos cara a cara. Hicimos contacto visual por unos segundos, luego él desvió su mirada a otro lado. —Bill, ¿Puedes mirarme un segundo? Te darás cuenta que lo que estás diciendo es una mentira.
El silencio hizo un espacio entre nosotros, él bajó la mirada, sus cabellos taparon un poco el rostro al cometer esa acción. Una de mis manos subió hasta enganchar uno de sus dreadlocks, lentamente lo coloqué detrás de su oreja y comencé el itinerario con mis dedos. Desembocaron en el lóbulo y siguieron su rumbo hacia el comienzo de su mentón, se paseaba con calma, con ternura, con toda la paciencia que podía juntar. Me detuve a la altura donde se encontraba su lunar. Con el pulgar rocé sus labios, y elevé la mano para que enfocara sus ojos en mí; al lograrlo, dibujaba con dicho pulgar la formación de su boca.
—Siempre logras lo que te propones —me decía como un niño caprichoso. —Pero eso no me hará cambiar de idea.
—Hay algo que puedo hacer contigo, que no puedo hacer con ella —le decía mientras me acercaba poco a poco. — ¿Quieres averiguar qué es?
No me contestó, pero se acercó y me dio un beso corto, luego otro y otro más. En el cuarto directamente la inocencia pasó a ser apasionada, lo llevé contra la ventana y comencé a disfrutar de lo que solo él y yo podíamos hacer: demostrar el amor que sentíamos de cualquier forma, ésta era una de ellas.
No me importaba si se ponía celoso de todas las mujeres, u hombres, que se me acercaran, siempre le iba a pertenecer; si no lo tenía en claro en ésta vida, se lo haría saber en las que venían. Esperaba a que no hubieran más reencarnaciones, pero nadie podía predecir el futuro; solo me quedaba vivir el presente, gozarlo hasta la última bocanada de aire.
Continúa…
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