Administración: Este fue un fic bastante solicitado tras la primera censura al TWC de Wattpad. Por fin lo hemos conseguido y aquí está para ustedes. Además, les aviso que tenemos una corrección en el nombre del autor, con quien contactamos recientemente, así que las gracias a Chris_twc por su obra. Y ahora, disfruten la lectura y no olviden comentar.

«EL AMO» Fic Toll de Chris_twc

Capítulo 1

By: Bill

Había sido un día duro, el peor de esta semana. El idiota de mi jefe me obligó a limpiar los baños de arriba abajo y me sorprendió que no me haya pedido que usara específicamente mi lengua para hacerlo. De la clase de personas como él se podía esperar cualquier calamidad.

La verdad es que cada día soportaba menos ese lugar, a veces parecía más un campo de concentración que un restaurante de comida rápida. Es en serio, ellos actuaban como si a la gente en serio le importara lo que comían.

Para los malditos adinerados era demasiado sencillo aprovecharse de los pobres diablos (ese era el lugar que me tocaba ocupar, lamentablemente) y mi jefe era uno de ellos. Una basura despreciable. Una especie de Hitler de menor rango a la hora de ver la forma en la que trataba a sus empleados.

Me jode la vida el tener que saber que caí tan bajo como para trabajar para él. Tuve que hacerlo y no porque quise, sino porque era la alternativa más cercana que tenía para poder conseguir dinero y mantener a mi familia de una manera honesta.

Lo único que me irritaba que mi jefe me tuviera a mí en la mira constantemente. Era más que obvio que me tenía como el blanco más débil para él.

Tenía tanta suerte de ser mi jefe…

S yo movía un maldito dedo en mi defensa no solo corría el riesgo de ser criticado por todos, el viejo me escupía en la cara y me ponía en vergüenza delante de mis compañeros de trabajo. Siempre intenta buscar un pretexto para hacer de mi vida un infierno. Claro, era un ogro, pero cuando yo hacía algo bien… bueno, tenía que soportar ver que otros se llevaran todo el crédito por algo que a mí me correspondía.

La verdad es que así había sido toda mi vida, nunca creí que eso cambiaría y, hasta hoy, en absolutamente nada ha cambiado. Además, no era mi culpa que los defensores de los animales pintaran las paredes del baño con graffiti. Ellos lo hacían por una buena causa, la cual yo apoyaba. Ellos defendían vidas, no le veía nada de malo a eso. Al menos los ecologistas no masacran a las personas como mi jefe suele hacerlo conmigo.

La verdad era que siempre preferí apoyar a los grupos ecologistas antes que a las estúpidas personas atadas a un mundo controlado por la comida rápida y el internet.

¿Qué hay de revolucionario en ser esclavos de la tecnología? ¡Nada! Por eso prefería excluirme de todas esas publicidades baratas que creen que la felicidad viene en una grasosa caja de cartón con papas fritas.

Este lugar es un asco. Merecían graffitis por parte de los ecologistas y mucho más.

Era una carnicería humana… bueno, tal vez exagero mucho las cosas, pero en verdad me desagradaban ese tipo de lugares. La comida rápida era algo que no soportaba y sin embargo era la única manera de ganar dinero en una ciudad como esta.

Sabía que lamentaría toda mi puta vida el trabajar en un asqueroso restaurante de comida rápida. El olor a carne era asqueroso y más aún el hecho de ver a una persona devorar algo que, anteriormente, fue un animal.

¡Joder, pero eso es asqueroso!

Gracias a dios no tenía que estar en la cocina todo el tiempo. No soportaba el olor a la carne, era horrible la sensación de saber que las personas matan animales para comer, como si nunca fuésemos a evolucionar. Cada vez menos civilizados…

¿Matar a un animal para luego comérselo? No, gracias.

¿Qué sentirían las personas si tuvieran que matar a sus seres queridos, a un ser vivo, para comerlo? Nunca se detienen a pensarlo. Son animales, maldita sea, ellos también sienten dolor. Tenemos oportunidad de comer otro tipo de comidas y, no, los animales son más «apetitosos», ¿no? ¡Que les follen por ese pensamiento tan estúpido y vacío!

Hoy en día, a las personas no les importa nada. La gente anda por ahí, pensando en aparatos digitales y con cables conectados en el culo. Esclavos de las luces de colores y todas esas maravillas que el inexistente futuro promete.

Todo es muy diferente a lo que antes solía ser. En la antigüedad los indígenas podían predecir tormentas y hoy en día es difícil que el del clima me de un pronóstico acertado.

Todo era mejor cuando las personas cazaban para sobrevivir y no por diversión; todo era mejor cuando se podía respirar algo más que humo y la naturaleza emanaba la frescura de aquellos árboles en el aire. Las personas no sentían la necesidad de matar porque sí, cuando no sentían necesidad de destrozar selvas, ambientes en los que conviven animales en peligro de extinción, para engordar billeteras de personas corruptas.

¿Para qué tanto sacrificio? Tanto planeta destrozado, solo para que el ser humano pueda cubrir un simple capricho. Destruir tanta vida, tanta belleza, por tan solo por un simple anillo de oro. Eso es realmente algo en lo que jamás estaré de acuerdo.

Además de ver como el mundo se cae a pedazos, podemos ver cuanta injusticia e ignorancia hay en la sociedad. Basta con dar un vistazo a la ciudad para darse cuenta de lo injusto que es el destino a veces.

Ahora, un título universitario no sirve de la misma forma que antes. Así como puedes ser exitoso, está la posibilidad de que no vuelvas a encontrar un gran trabajo cuando los cerdos se cansen de ti.

Es triste ver como personas que se desnudan en frente de una cámara ganan más dinero que estudiantes que se han destrozado la vida estudiando y trabajando para poder tener una vida digna. La dura realidad gira alrededor de una estúpida cámara. Estúpidos tipos sin talento con un micrófono en la mano, que son aceptados solo por tener un buen aspecto físico y sin contar a esas personas que son capaces de cualquier cosa con tal de tener algo de fama. Da lástima el pensar que allí afuera hay gente que quiere ser así.

Todo se está yendo abajo. Este es el mundo en que vivimos y lamentablemente no puedo hacer nada más que seguir con mi miserable vida. Si hasta hoy mi pensamiento no ha cambiado es porque tengo los ojos bien abiertos ante la realidad.

Mi padre cree que estoy loco, que soy un estúpido e inservible. Mi madre dice que exagero, que uno debe hacer lo que puede para sobrevivir y mi hermana dice que soy héroe o algo así… ella es adorable. Mi pequeña hermanita es mi mundo entero.

Todo lo que deseo es que, en un mañana, el mundo sea un lugar mejor para que ella pueda vivir en paz.

Mi hermana menor es lo único que me hace verdaderamente feliz cada vez que vuelvo de regreso a casa después de la escuela o del trabajo. Ella es mi pequeña princesa, es por ella y por mi madre que sigo adelante a pesar de todo. Las dos siempre encontraban alguna manera de hacer que todos mis esfuerzos valieran la pena. Eran mi tesoro más preciado, mi vida entera, mi inspiración, mis reinas, mi todo.

Daba mi vida por ellas, eran las criaturas más tiernas del mundo. Quisiera decir lo mismo del asqueroso borracho que tenía por padre, pero esta es mi realidad y no un cuento de hadas.

Ese sucio imbécil lograba esfumar la poca cordura que me quedaba cada vez que lo veía llegar a casa. Lamentablemente, él era un padre ausente e irresponsable.

Siempre estaba en las calles drogándose o bebiendo con algunas de sus malas compañías. No había noche en que no llegara a casa, con el alcohol hasta la frente y de mal humor por no haber ingerido ninguna de sus mierdas. En muchas ocasiones tuve que ir por él a la taberna del barrio, la cantina más inmunda y asquerosa que una persona podría llegar a pisar en su vida. El olor a mierda de ese lugar no se comparaba con nada y ahí estaba él, revolcándose en toda esa porquería con sus inservibles amigos. Varias noches he tenido que levantarme por la madrugada y traerlo casi a rastras hasta la casa. Puedo jurar que no sé cuando me di cuenta de cuan nauseabundo es.

Mi madre se avergüenza cada vez que va a trabajar y la gente la observa con la típica mirada acusadora. Ella sabe que las personas hablan sobre ella, dicen barbaridades a causa de mi padre, pero ella no es para nada una mala persona.

Claro que no.

Mi madre era dulce, responsable, siempre daba lo mejor de sí para que sus hijos pudieran educarse correctamente. Ella era la persona más honesta y trabajadora que yo jamás haya conocido. La amaba por eso y mucho más. Nunca nos levantó la voz a mi hermana y a mí, siempre nos trató con suma delicadeza, siempre nos entregó todo su cariño.

Lamentablemente, la gente juzga sin conocer y todos han visto a mi padre tirado en la calle más de una vez. Siempre borracho y drogado, durmiendo en las plazas.

Hablando idioteces solo, delirando de tan drogado que debía estar. Las desgracias de mi familia son públicas gracias a él y es por eso que la gente habla sin conocernos. Aunque, solo por él es que todos creían que mi madre no era una persona lo suficientemente capaz de mantener una familia. Pero nadie la conocía, nadie podía hablar en serio. Solo inventaban cosas.

Me jodía vivir entre tanta gentes estúpida, por eso es que estoy constantemente solo. No tengo amigos, no salgo a ningún lugar que no sea la escuela o el trabajo. Mi vida social se resume a mi madre y mi hermana, no tengo tiempo para otra cosa.

Pienso que no merezco hablar con alguien que no tomará mis palabras en serio.

Mejor solo que mal acompañado, es lo que dicen. He pasado toda mi vida hablando conmigo mismo y con mi madre, ¿por qué no seguir así? Siempre creí que no necesitaba de nadie, siempre preferí la privacidad a un grupo de amigos hablando estupideces. Nunca quise amigos, me cuesta convivir con las demás personas pero supongo que eso no es tan importante. Supongo que aún no he conocido a alguien que sienta auténticas ganas de tomarme en cuenta. El día que eso suceda, brindaré mi amistad a quien corresponda.

Como siempre, hoy, mi jefe me dio mil patadas en el culo por algo que no hice.

Siempre terminaba ligando yo por las pintarrajeadas que escribían los ecologistas en todo el local.

Resulta que un tipo se metió en el baño y comenzó a escribir protestas con grafitti en las paredes que acabábamos de limpiar esa misma mañana. El tipo escapó, pero dejó un hermoso mensaje en la pared: «Queremos vida y queremos que sea verde«.

Solo había sido uno de los muchos ecologistas que pasaban por el tan querido local.

Todos nos reunimos en el baño, junto con el jefe y no pude evitar soltar una leve mueca cuando el maldito viejo explotador se puso como loco. Lamentablemente, a él no le causó mucha gracia y me obligó a limpiar todo el baño de arriba a abajo. Me machuqué las manos tratando de quitar toda la pintura de las paredes, pero valió la pena no tener que sentir el olor a carne desde el baño.

Ahora, solo esperaba que mi madre esté en casa para poder charlar y liberar toda la mierda que estoy sintiendo dentro de mí. No solo era más barato que un psicólogo, sino que era cien veces mejor. Siempre me gustó sentarme con ella, charlar y preguntarle cómo estuvo su día, ver la manera en la que se relaja y saber que puede confiarme cualquier cosa. Me gustaba saber que ella se sentía apoyada aunque sea por su propio hijo. Eso era algo que mi padre debería hacer y no hizo en su puta vida.

Ella era un terrón de azúcar. Siempre estaba al pendiente de nosotros, se merecía estar con alguien que valiera la pena y no con un sucio viejo estúpido que nunca supo valorar absolutamente nada de lo que tenía. Mi madre era un ser adorable y jamás entenderé como es que fue aparar en manos de alguien tan despreciable como mi padre. Ella vale oro y mi padre no es más que un sucio cerdo que se revuelca en sus propias porquerías.

¡Joder, que rabia me daba el saber lo injusta que era la vida para algunas personas!

Luego del suspiro más agotado del día, saqué mi llave del abrigo para poder entrar a casa, pero noté que alguien ya había abierto la puerta y ni siquiera se tomó la molestia de cerrarla correctamente.

Tal vez mi madre ya había llegado o había tenido el descuido de dejarla sin seguro y… joder, ojalá nadie haya entrado a robar lo poco que tenemos.

Me exalté un poco y preferí prevenirme. Me acerqué muy lentamente y metí mi cabeza sigilosamente por un pequeño hueco. Noté a mi padre sentado en el líving y me sentí un poco aliviado, pero solo un poco. Al menos aún estaban nuestras pertenencias. Agradecí que no haya entrado un maldito ladrón, pero estaba mi padre y lamentablemente esa no era razón para alegrarse.

Estaba sentado junto a uno de sus amigos, ese tal Ralph que siempre venía a casa en navidad y se emborracha con él hasta casi quedar inconsciente. Había varias latas de cerveza y algunas botellas de vino sobre la mesa. Ese olor a vino barato y el televisor encendido en uno de esos canales para adultos que era lo único que él pagaba con dinero que sacaba de quién sabe dónde.

—¡mira nada más, que tetas!— Hablaba entre risas el amigo de mi padre, mientras se sacaba un porro de la boca— Quisiera una que las tuviera así de firmes, hermano.

¿Cómo describir lo que sentí? Decir que era repulsivo era poco. Solo imaginarlo: dos viejos babosos mirando un canal de adultos, babeando por dos pedazos de plástico pegados a una mujer que debía follar para tener dinero.

—Algún día nos conseguiremos una de esas para que nos haga un buen trabajo— Respondía mi padre mientras se tiraba cómodamente en el sillón—. Una con esa carita de puta y unas buenas tetas.

—Como si Simone no te hubiera hecho nunca un trabajo de esos— ambos se miraron compartiendo una asquerosa sonrisa en sus rostros y de la nada se echaron a reír como los idiotas que son. Hablando de mi madre, faltándole el respeto… asqueroso.

Sentí hasta lástima por esos dos, pero de pronto mi mente reaccionó al notar la puerta de la habitación mía y de mi hermanita. Se encontraba abierta. El solo pensar que ella escuchaba todas las asquerosidades que esos viejos decían… joder no me lo quería ni imaginar, ¿acaso este asqueroso estúpido no se daba cuenta de que su hija estaba aquí?

Entré prácticamente corriendo a la habitación de Samy. El miedo y la desesperación de saber que ella escuchaba todas esas atrocidades me carcomía la cabeza y me hacía sentir culpable por no haber llegado antes a impedir que esos dos nos jodieran la vida a mi madre, mi hermana y a mí. Por suerte ella estaba con mis auriculares puestos, los únicos auriculares que tenía y me había regalado mi madre años atrás por mi cumpleaños. Siempre le dije que me pidiera permiso para tomarlos, pero esta vez le agradecí a Dios que los tuviera puestos sin mi permiso.

Cerré la puerta a mis espaldas descargando de mi hombro la pesada mochila mientras me quitaba el uniforme de trabajo. Estaba oficialmente destrozado por el cansancio.

— ¡Billy!— dijo con un pequeño grito y corrió a abrazarme luego de dejar los cascos sobre la mesa— ¡Billy, llegaste!— fue imposible no darle un gran abrazo.

Luego de un pesado día ella siempre me levantaba el ánimo.

— ¡Hola, mi pequeña princesa!— le saldé con todo el cariño del mundo, dejando un besito sobre su frente— ¿Cómo has estado? Cuéntame, ¿cómo te fue en el examen de matemáticas que tenías hoy?

—Lo aprobé porque tengo el hermano más inteligente del mundo— y me dedicó otro fuerte abrazo que casi me deja sin aliento. Para ser pequeña tenía mucha fuerza, pero era realmente adorable.

—No, no aprobaste por eso. Aprobaste el examen porque te empeñaste en estudiar y te esforzaste en aprender— le revolví el cabello de manera amistosa—. Quiero que cada día te esfuerces y aprendas más, ¿está bien?

—Sí, Billy, eso haré porque cuando sea grande quiero ser así de inteligente como lo eres tú.

— ¿Quieres ser como yo?— no pude evitar reírme ante sus palabras tan tiernas e inocentes. No creía imaginarme a Samy viviendo como yo. Siendo tan exigente, alterado y pesimista (sobre todo pesimista).

—Sí, algún día me voy a vestir igual a ti. Voy a ser tan alta como tú y me maquillaré igual que tú porque quiero ser como tú.

Si, creo que ese detalle no lo tuve en cuenta. Generalmente olvidaba que la gente notaba mi estética un poco… extravagante. Bueno, no extravagante exactamente.

Tenía el cabello largo, teñido en negro, ya que mi color natural (castaño claro) no se me hacía para nada interesante. Me gustaba maquillarme. Usaba sombras y delineadores de color negro, esmalte en las uñas y ropa ajustada. Era un estilo que me hacía sentir diferente y la gente notaba que lo era. Lo pensaban dos veces antes de acercarse y eso me encantaba.

—Bien, yo creo que el cabello largo te quedaría bonito, pero con un lindo color miel, tal como lo tienes ahora. No tienes que vestirte exactamente igual a mí para seguir mis ideales.

—Pero me gusta cómo te vistes, aunque a los chicos de la escuela no les agrade a mí me gusta y quiero verme igual a ti algún día— Los niños… los niños son crueles, pero ella no.

— ¿Los chicos de la escuela? ¿Los muchachos tontos de tu escuela? ¿Dices que no les agrada mi look?— Reí mientras guardaba mi abrigo en el armario.

—No, no les gusta. Dicen que te ves como una chica. Yo creo que te ves bien y ellos solo dicen eso porque no pueden ser como tú. Además tú eres más grande que ellos y mejor, por eso quiero ser como tú cuando crezca.

—Tal vez algún día llegues a ser una alocada chica gótica— bromeé y ella puso una expresión parecida a un puchero, se me hizo muy gracioso—. Ya, no te enojes. Solo bromeo.

Una vez que estuvo todo en su lugar, me senté en mi cama y tomé mi mochila para sacar de allí uno de mis libros. Eran unos hermosos libros de poesía que encontré tirados una vez en la basura. No entendía como es que alguien podía ser tan hijo de puta como para hacer eso, pero le agradezco por eso. Sé que yo no habría podido comprarlos.

— ¿Qué vas a hacer, Billy?— preguntó mientras curioseaba mi mochila en busca de algo de su interés.

—Voy a leer, ha sido un largo día y estoy muy cansado. Esto me ayuda a dormir en paz— solté un gran bostezo mientras me recostaba en la cama para poder leer tranquilo.

— ¿Pero no vas a leerme un cuento antes de dormir? Tú me lo prometiste— dijo con su típica expresión de enojo, mientras me entregaba el único libro infantil que tenía.

—Samy…— Me quejé.

—Me lo prometiste, Billy— gruñó.

—Está bien. Qué remedio…— tomé el libro mientras me sentaba en la cama— ¿De nuevo tengo que leerlo? ¿No te lo he leído más de cien veces ya?

—No importa, a mí me gusta— se recostó en su cama, acomodándose, lista para escuchar el relato que yo, obligado, tenía que leerle todas las noches antes de dormir—. Tú me dijiste que me ibas a comprar uno y no lo hiciste.

—Prometo que te compraré uno nuevo y mejor— Dije con una gran sonrisa—.Este ya está muy gastado y ya casi me lo sé de memoria de tanto leértelo—. Ella soltó una risita aguda mientras sonreía, ansiosa por escuchar el cuento—. Bien, veamos…—Abrí el viejo libro y lo primero que vi fue la ilustración de una chica bonita con cabellos rubios y un rey que cargaba una pequeña bebé en sus brazos con los mismos rasgos que su madre. Todo tan real… estoy siendo sarcástico.

Comencé a relatar el cuento entre furiosos bostezos, rogando que ella reaccionara de la misma manera, pero era imposible que esta niña se cansara. Imposible.

Habiendo recorrido ya diez paginas del libro que me sabía de memoria, decidí dejarla a solas unos minutos. Tal vez tenía sueño y solo estaba fingiendo para escuchar el resto de la historia.

—Tengo que ir al baño, ten en mente en dónde quedamos— Le dije antes de levantarme y dejar el libro sobre el escritorio.

— ¡No tardes mucho!— Exclamó con un puchero.

— No lo haré, Samy— Le respondí mientras salía de la habitación.

Cerré la puerta correctamente y caminé hasta el baño a hacer lo que tenía que hacer.

Hacía días que no limpiaba el baño, estaba asqueroso y había un olor nauseabundo que salía del retrete. Las paredes estaban amarillas y llenas de mugre y bacterias.

No entendía cómo es que ensuciaba todo tan rápido si solo pasaba unos pocos días a la semana en casa.

El domingo era mi día de gloria, el domingo aprovechaba a limpiar toda la casa mientras le daba cierta cantidad de dinero a mi madre y a Samy para poder ir al cine o a comprarse algunas cosas. Me gustaba el hecho de que se divirtieran. No había nada tan satisfactorio como darles el gusto de que puedan salir y divertirse.

Cuando regresaban, la casa estaba impecable.

No era una tortura, (a veces sí), me gustaba limpiar la casa. Me hacía sentir conforme y a gusto que mi casa oliera a aire puro y que todo esté en su lugar. Yo era muy ordenado y estricto en cuanto a la limpieza, por eso siempre decía a Samy que mantuviera todo en su lugar dentro de la habitación, ya que teníamos una

misma habitación. Bueno, esa habitación era mía, de Samy y a veces también de mi madre. Más de una vez mamá había dormido allí y así era mejor. Mi padre era un maldito ogro, ni siquiera se merece que lo reconozca como tal. No había día en el que no intentara humillarme.

Desde insultos por mi apariencia, insinuaciones por mi sexualidad y, el clásico, que nunca seré nada en la vida. Esa eran algunas de las millones de cosas que mi padre me decía desde el maldito día en que decidí ir por el camino correcto, pero no me importó. Siempre le hice caso a mi madre y jamás dejé que él influenciara en mí porque, al fin y al cabo, no era un buen ejemplo y nunca lo será. Por eso quiero que mi madre y mi hermana tengan lo mejor de mí. El día de mañana quiero darles todo lo que él no les dio. Quiero que vivan como lo que son, las reinas por las que hoy lucho. Mi futuro importa, siempre y cuando ellas estén en él.

Terminé de orinar, finalmente, y me lavé las manos. Al levantar la cabeza vi mi reflejo en el espejo y sonreí. Me sentía realmente feliz de lo que veía, me sentía bien usando maquillaje, me gustaba mi cabello largo, me gustaba mi forma de vestirme, mi rostro, todo me gustaba. Siempre aprendí a valorarme tan cual era y estaba feliz con lo que veía al otro lado del espejo. Era feliz, nunca me dio ningún problema el hecho de aceptarme a mí mismo. Yo agradaba a las personas que tenía que agradar, y a las que no, lo siento mucho, este es Bill Kaulitz y no creo querer cambiar, y si lo hago no será por nadie más que yo o mis dos reinas.

Sacudí la cabeza un poco y salí del baño, dispuesto a caminar hasta mi habitación a continuar leyendo la historia a Samy para que durmiera en paz, pero la voz de mi padre me llamó la atención y me detuve. Cogí todo el aire posible en mis pulmones y me tragué la rabia desde que soltó la primera sílaba.

—Oye, Bill— me llamó—. Ven aquí que el tío Ralph quiere presentarte a un amigo— al parecer estaba borracho o drogado. Comenzó a reírse con su amigo sin razón alguna—. Vamos, ven aquí, no seas maricón— Giré la mirada sin ganas de escuchar algo más y entré en la habitación. Esta vez cerré la puerta con cerrojo.

Samy aún estaba en su cama, acostada y esperando por el resto de la historia que yo tenía que contarle.

—Perdona si me tardé, princesa— Volví a sentarme junto a ella y tomé el libro— ¿Quieres que siga leyendo o ya quieres dormir?

— ¿Qué le pasa a papá, Bill?— y de pronto enmudecí. Esa es la pregunta que ningún niño debe hacer y ella la estaba haciendo.

— ¿Cómo? Nada, él está… bien— Respondí, esperando con suma ansiedad a que su preocupación se esfumara.

— ¿Por qué se está riendo así con el tío Ralph? Otra vez volvió a tomar, ¿no es cierto?— suspiré al darme cuenta de que cada vez ella entendía más— ¿Podemos hacer algo para que ya no sea así?

— No, solo están… bromeando. Ellos siempre molestan así, los amigos hacen eso.

No te preocupes, todo está bien— sonreí dejando un tierno besito en su frente, pero ella no estaba para nada convencida de mi respuesta. Entonces, tomé el libro y decidí seguir leyendo para que se tranquilizara

Continué leyendo aquel libro, intentando que mis pensamientos se dispersaran. Me metí tanto en aquella historia irreal que, sin darme cuenta, yo estaba leyendo para nadie. Samy se había quedado completamente dormida. El silencio se respiró en toda la habitación cuando la vi descansar.

Plasmé el último beso del día en su frente y me levanté de su cama, dejando el dichoso libro de cuentos a un lado. Me tiré sobre mi respectiva cama, desparramado y tomé mi libro de poesías para poder tranquilizarme después de un largo día.

Yo no pensaba pegar un ojo hasta que mi madre llegara. Aún faltaba un largo rato para que fueran las once de la noche, así que mamá tardaría un poco más en llegar.

Tuve la tentación de llamarla, pero deseché la idea inmediatamente al saber que el único teléfono que había en casa estaba en la sala que mi padre estaba ocupando.

De todos modos, ya estaba acostumbrado a dormir tarde, podía aguantar mucho tiempo despierto y no me importaba tener que esperar unas horas más a mi madre. Siempre preferí verla llegar y decirle buenas noches a que ella me encontrara dormido. Siempre me aseguraba de saludarla, nunca se sabe lo que puede pasar el día de mañana.

El tiempo se iba volando cuando leía uno de mis libros, sin pensarlo las doce habían pasado volando y aún no veía rastros de mi madre. A veces me preocupaba, ya que ella tenía que volver a casa sola desde el otro lado de la ciudad. Su seguridad era una de las cosas que más me importaba y si algo llegase a pasar no sé qué haría.

Ya me empezaba a preocupar cuando las doce y veinte marcaban en el reloj que estaba en la pared. Me ponía nervioso el saber que habían pasado las doce y ella no llegaba, casi se me hacía imposible concentrarme en la lectura. El libro terminó cayendo a un lado de la cama y yo me levanté y empecé a caminar por toda la habitación como un león enjaulado, pensando en si abrir o no la puerta de la habitación.

— ¿Bill? ¡Hijo, ya llegué!— y el corazón me volvió a latir al oír su voz tan dulce— abrí apenas la puerta de la habitación, pero mi expresión de felicidad se transformó en preocupación al ver a mi madre con el rostro pálido— ¡Jörg!— exclamó ella con algo de nerviosismo— Y— yo creí que no vendrías a casa hoy. —Aquí estoy— Dijo mi padre.

Tenía los ojos rojizos y su tono de voz sonaba muy pendenciero y arrogante. Se levantó del sillón y se acercó a mi madre lentamente.

— ¿Cuándo fue que llegaste? Debe haber algo para cenar en la nevera, dejé comida para Samy y…

— ¿En dónde te habías metido?— Interrumpiendo con un tono de voz grave y autoritario, un tono de voz con el que odiaba que le hablara a mi madre— ¿Con cuántos te revolcaste mientras creías que yo no estaba, eh? ¿¡Acaso me ves cara de imbécil!?— Comenzó a subir el volumen de la voz.

— ¿Has vuelto a beber? ¿Te drogaste?— Preguntó ella— Te dije que no quería drogas en la casa, Jörg, los niños pueden verte.

— ¿Piensas que me importan esos mocosos? Sé que cobraste el dinero hoy, dame todo lo que tengas— Él estiró la mano esperando que mi madre le diese el dichoso dinero, pero yo no iba a permitirlo. Ella, asustada, comenzó a rebuscar en su cartera.

Yo salí de la habitación, cerrando la puerta detrás de mí inmediatamente, por temor a que Samy despertara.

— ¡Ni se te ocurra darle ese dinero! ¡Te lo prohíbo!— Hablé— ¡No quiero que le des ni un centavo a este tipo!— Hablé al interponerme entre los dos—. Tú te has ganado ese dinero con sudor y sangre, no quiero que se lo des a este tipo para que lo malgaste, ¿entendido?

— ¿Y tú quién te crees que eres para levantar la voz y darle órdenes a esta zorra?— medio tambaleándose, se nos acercó— Dame el maldito dinero, Simone o lo vas a lamentar. Ambos lo van a lamentar. Tú y este maricón. Los mataré a los dos.

—Jörg, por favor, necesitamos este dinero. Hay cuentas que pagar— Decía mi madre algo preocupada, ya casi con la voz temblorosa—. Piensa en Samy, necesito comprarle libros, necesitamos pagar la muchas cosas.

—Espero que puedas pagar una larga estadía en un hospital porque la van a necesitar ambos cuando les rompa la cara si no me das el puto dinero que te estoy pidiendo— Ella dudaba, solo temblaba, se encontraba al borde del llanto. Yo no tuve miedo—. Dame el dinero, Simone y me iré, olvidándome de esta estúpida escena que estás armando— y nuevamente estiró su mano.

—Billy, lo siento, ya no quiero problemas— Mi madre sacó el dinero de su cartera, pero yo no permití que se lo diera. Lo tomé junto con su cartera y los llevé a mi espalda—. Bill, dale lo que te está pidiendo. No hagas esto más difícil de lo que ya es. Ha sido suficiente con lo que ha hecho cuando lo desobedecimos— Decía mi madre, asustada.

— ¡No vamos a darle el dinero! Si quiere dinero que lo gane tal como nosotros lo hacemos— Me enfrenté con él, entonces. Nos odiábamos y no temíamos demostrarlo. Él no me temía, ni yo tampoco a él—. Lo único que haces es beber y drogarte. Das asco— Le hablé—. Tienes que darte cuenta de la manera en que tratas a tu esposa, a tus hijos. Tienes una familia y ya es tiempo de que madures.

— Como buena puta, defiendes a otra puta. Que muchacho más inteligente— No debió faltar el respeto a mi madre. Olvidé mi intento de dialogar y le di una buena bofetada en plena cara.

Él reaccionó inmediatamente y me tomó por el cuello de la camisa, casi levantándome en el aire.

— ¿Cuándo aprenderás a defenderte como hombre, ah? ¿¡Cuándo!? ¡Solo eres un maricón! ¡Hubiera sido tan feliz si te hubieses muerto!— Y con un rápido movimiento, me estampó contra la pared como si nada— Y tú, dame el jodido dinero o la pasarás igual de mal que este maricón.

— Por favor, Jörg, piensa en Samy. Piensa en nuestros hijos, tenemos cuentas que pagar, no puedo darte el dinero— al levantar la mirada noté a mi padre acercándose a mi madre muy lentamente.

Siempre era la misma escena desde que tengo memoria. Él amenazándola, ella retrocediendo asustada. Esta vez, solo había una diferencia y es que ella ya no estaba sola. Así que, con un gran dolor en la espalda, logré arrodillarme en el suelo.

Mi madre alzó la cartera del suelo y la pegó a su pecho, desesperada.

— Es tu última oportunidad, Simone. Me das el dinero o te rajo la garganta y sabes que lo haré. Dame el dinero— y nuevamente estiró su mano, esperando que mi madre le entregara el dinero. Ella y yo intercambiamos miradas, me conocía, sabía que no quería que lo hiciera.

— No— Dijo casi con un hilo de voz—. No te voy a dar el dinero hasta que trates como se debe a nuestros hijos. No recibirás ni un centavo de mi bolsillo hasta entonces— Mi padre, de pronto, se quedó callado.

De su bolsillo sacó una navaja y, como por arte de magia, logré olvidarme del dolor y me levanté. Pero era tarde, mi padre ya la había atacado, logré interponerme en el medio y darle un buen puñetazo en la cara, aunque recibí más de un corte en mis brazos antes de lograr golpearlo.

Mi madre lloraba desesperada con sus manos sangrando. Mi padre calló al suelo cuando logré darle un segundo golpe. Me invadió la adrenalina en ese instante. Me sentí bien, me sentí libre y disfruté cada segundo en el que me encontré sobre su cuerpo, golpeándolo. Lo golpeé tantas veces como me fueron posibles. A pesar de oír a mi madre pedirme por favor que me detuviera no lo hice. No lo hice porque me sentí tan bien al verlo sangrar y al saber que no podía defenderse. Me detuve justo cuando noté que ya no se movía. No reaccionaba, estaba inconsciente, pero por lo menos ya no atacaba a mi madre.

No supe si asustarme por, quizás, haberlo matado o huir para que la policía no se enterara de ello, pero por mi mala suerte no estaba muerto. Él aún respiraba. La navaja había caído al suelo, a unos pasos del sofá y el llanto de mi madre lograba partirme el corazón en mil pedazos. Mi puño estaba repleto de la sangre mía y de mi padre. Lo había noqueado, quizás, pero no iba a permitir que se llevara aquello por lo que tanto ha luchado mi madre en todo este tiempo. Prefería manchar mis manos con una sangre ajena a ver a mi madre en el suelo, sin respirar. El solo imaginarme una situación así, empiezo a temblar como una hoja.

— Hijo…— susurró mi madre con la voz temblorosa— ¿P—pero qué has hecho?— cerré mis ojos y me levanté del suelo. Caminé hasta la navaja y la guardé en mi bolsillo— ¿Bill? ¿Hijo? ¿Estás bien, cariño?

— Mamá, ve al cuarto, vigila que Samy no se haya despertado— dije, esta vez, un poco más tranquilo— No le digas lo que acaba de suceder. Miente, inventa algo si es que está despierta.

Ella no dijo absolutamente nada, solo siguió mi orden y entró a mi habitación.

Estaba asustada, herida y era mi culpa. Lo mínimo que podía hacer era arreglar este desastre.

Observé el cuerpo de mi padre en el suelo y lo primero que se me vino a la mente fue pisar su asquerosa cabeza hasta matarlo. Acabar con todo esto de una buena vez y ya no permitir que mi madre vuelva a sufrir por su culpa. Se lo merecía, merecía morir, merecía irse al infierno, merecía estar muerto, merecía ser castigado… pero yo no podía hacerlo. Por más mierda que fuera no podía matarlo. Sé que no viviría en paz conmigo mismo si así sucediera y esta basura no valía lo que mi conciencia.

Me jodía tanto tener que ser su maldito hijo, me jodía tener su misma sangre y me jodía no poder ser tan frío como él. Si pudiera matarme, él ya lo habría hecho.

Logré levantar su cuerpo un poco y a rastras lo llevé hasta la habitación que compartía con mi madre. Lo tiré sobre la cama sin cuidado alguno. Logré limpiarle los rastros de su propia sangre y lo dejé allí. Estaba adormecido, seguramente no recordaría nada al día siguiente, pero como disfruté golpearlo…

Vi la almohada junto a su cabeza y pensé en ponerla en su rostro, ahogarlo, asfixiarlo, pensé en matarlo… pensé en ser feliz. Pero eso no haría feliz a mi madre, la justicia debía encargarse de él, no yo. Yo no me ensuciaría las manos otra vez, no podía. Por más que lo deseara, no podía arreglar las cosas de este modo.

Salí de la habitación, intentando quitar aquellos pensamientos de mi mente y me dirigí al baño. Limpié los rastros de sangre en mi cuerpo, nunca me había sentido tan sucio. Mis brazos estaban cubiertos de sangre. Había manchas secas en mi cara y un poco en mi cabello. Todo olía asqueroso.

En parte de mis brazos había heridas, heridas causadas por esa mierda de navaja que él quiso usar con mi madre. El solo ver mis heridas abiertas me resultaba doloroso, pero mi mente se encontraba tan cargada de basura que ni siquiera pude concentrarme en el dolor.

Cuando ya no hubo rastro que limpiar y mis heridas dejaron de sangrar, entré a mi habitación. Samy estaba despierta, ¿y cómo no estarlo después de todo el ruido que habíamos hecho? Todo esto le haría daño a ella, todo esto sería horrible, yo no quería que nada de esto le afectara.

— Billy— ella, apenas me vio, se me acercó y me abrazó. El dolor en mi cuerpo era muy fuerte a causa de los golpes, pero eso no me impidió abrazarla—. No quiero que te vuelvas a pelear con papá nunca más— y de pronto comenzó a llorar. Mamá no me había hecho caso, le había contado todo—. Ya no quiero que se peleen, ya no quiero que te hagan daño.

— Ve a dormir, todo está bien— besé su frente para luego sentarme en mi cama en mi cama.

Las heridas de mamá estaban peores que las mías, así que saqué de mi mesita de noche un botiquín de primeros auxilios y me dispuse a vendar sus heridas antes que las mías. Sus cortes eran mucho más profundos que los míos, pero no corría ningún riesgo. Eran heridas superficiales, sanarían pronto.

— ¿En dónde está papá?— Preguntó Samy.

—Está durmiendo, deberías hacer lo mismo. Es muy tarde, Samy— Me encontraba nervioso, muy nervioso y no sabía cuanto podría contener mis ganas de gritar y llorar.

— ¿Porqué mamá está herida?

— Se lastimó en el trabajo. Hazme caso, por favor duérmete— Dije esta vez con un tono más severo.

— Pero, Bill…

— ¡Ya basta, duérmete!— No pude evitar gritarle, nunca le había gritado de esa forma.

Los nervios me invadieron. Estaba enojado, estaba reprimiendo esas inmensas lágrimas que querían salir. Aún que quisiera, no podía, no podía llorar y demostrarme débil. No podía hacer eso frente a ellas dos. Debía protegerlas y quería que ellas se sientan así.

— Bill, hijo, tranquilízate— Susurró mi madre— Es mejor que descanses. Recuéstate, por favor.

— No, no puedo descansar— Terminé de vendar sus heridas y comencé a hacer lo mismo con las mías—. Duerman ustedes, yo estaré un rato más despierto— Mi madre comprendió que de verdad necesitaba tranquilizarme. Ella se recostó junto con mi hermanita en la misma cama.

Apagué las luces y dejé solo la lámpara del escritorio encendida para que pudieran descansar mejor. Terminé de atender mis heridas, intentando mantener la calma. — Bill, hijo— me susurró mi madre—. Por favor, no quiero que sientas que todo eso es tu culpa. Eres un muchacho maravilloso y no muchas personas se atreven a lo que tú hiciste hoy. Gracias por ser tan valiente— Sus palabras lograron hacerme sentir bastante bien, aunque la preocupación en mi interior fuera infinita. Me acerqué a ellas y dejé un beso en sus frentes—. Buenas noches, Billy.

— Buenas noche, mamá. Todo va a estar bien, no te preocupes— Dejé una suave caricia en su rostro y salí de la habitación.

El suelo estaba repleto de manchas rojas causadas por la sangre derramada minutos atrás. Limpié lo más que pude aquel piso, intentando no dejar ninguna mancha. Me encargué de limpiar hasta cada pequeño rincón de la habitación en la que hubiera sangre para que por la mañana Samy no pudiese darse cuenta de nada.

Al fin estaba solo y no pude evitar ponerme a llorar, sentado en el suelo. En cuando lloré me di cuenta de que quería gritar. Me sentía atrapado sin saber a dónde ir.

Necesitaba ayuda, necesitaba libertad, quería ayudar a mi familia y no sabía cómo.

Me sentía solo esta vez, no supe porque me molestó el hecho de estarlo. Siempre estuve solo, nunca me importó, pero esta vez sentía que me faltaba algo importante, sentía que necesitaba algo más. Tal vez el hecho de sentirme aprisionado por mi padre me hace sentir incómodo conmigo mismo, por no poder tomar mis decisiones como yo quisiera. No supe que fue, solo supe que me sentí débil y aquello bastaba para destrozar mi alma.

El piso había quedado limpio, la navaja que estaba en mi bolsillo terminó en la basura y guardé el dinero de mi madre en un lugar en el que mi padre no pudiera encontrarlo jamás. Esta vez, me sentí un poco más calmado aunque cansado.

Mañana tendría que ir a trabajar, dejaría la casa sola, eso significaba que mi madre y mi hermana estarían a merced del maldito de mi padre.

Del solo pensarlo, la ira me recorría las venas. Como hubiera deseado matarlo cuando pude, cortar su garganta como él planeaba hacerlo con mi madre. Quería hacerle daño, pero ya era tarde. Si tan solo tuviera el valor de hacerlo todo sería mejor, pero no puedo. Yo no soy un asesino, yo no soy como él.

Me levanté del suelo en el que me encontraba y volví a meterme en mi habitación un poco más calmado. Mi madre dormía tranquilamente junto a Samy, las cosas parecían estar más tranquilas… pero no. Yo sabía que no sería así.

Coloqué el cerrojo en la puerta y me recosté en mi cama, las manos me temblaban mucho y el dolor en las heridas comenzaba a manifestarse. Dejé los libros dentro de mi mochila nuevamente, la cual no me molesté en acomodar, solo la dejé a los pies de la cama.

Por fin, logré relajarme entre las sábanas. Acaricié mi estómago, me daba mil vueltas, me dolía, sentía náuseas o no sé lo que era… pero no me dejaba pensar tranquilo. Tal vez tenía hambre o simplemente algo me había caído mal, aunque… no, solo era culpa por haberle roto la cara a la persona que me ha estado torturando toda mi vida. Esa persona que ha golpeado a mi madre infinidad de veces, esa persona que nos ha insultado a mí y a mi pequeña hermana, esa persona que nos abandona y no cumple con el deber que un padre posee… no, no era culpa por haberlo golpeado, era culpa por no haberlo matado cuando tuve la oportunidad.

Miré el techo y suspiré, veía las estrellas que Samy me pidió que pegara en él, era de esas lindas estrellas que brillaban en la oscuridad. A ella siempre le han gustado, recuerdo cuando le regalé un conjunto de lunas de diferentes tamaños, estas brillaban en la oscuridad, a ella le encantaron… había tantos recuerdos en los que deseaba pensar en este momento tan duro, pero solo pensaba cosas malas.

¿Por qué todo tenía que ser tan injusto? Ellas no se merecen nada de eso y yo no creo merecerlo tampoco ¿Qué pude haber hecho para merecer tanta mierda en mi vida? ¿Qué? ¿Porqué la vida tiene que ser tan injusta? Todo podría ser mejor para mis dos reinas si tuviera el valor suficiente para acabar con esa jodida persona que se interpone en mi perfecto futuro. Tal vez él tiene razón, tal vez sí soy un maricón inservible… tal vez no debería estar aquí.

Continúa… 

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