«EL AMO» Fic Toll de Chris_twc
Capítulo 2
— ¿Bill?— casi se me sale el corazón del susto al sentir una mano fría tocarme el hombro. Por suerte, solo se trataba de mi madre— Ya son las cinco de la mañana, ¿has podido dormir algo?
—No, mamá, aún no— Ella se sentó en una silla junto a la mía y me dedicó una de esas tristes miradas suyas— ¿Qué pasó?— Pregunté ante su preocupada expresión.
—Estás tan cansado, cariño.
—Mamá, estoy bien— Sonreí.
—Soy tu madre y sé cómo te sientes. Tienes que dormir un poco. No es sano que estés despierto a estas horas y menos sabiendo el estilo de vida que llevas.
—No te preocupes por mí. En serio, estoy bien— intenté buscar tranquilidad en su rostro.
Me hubiese gustado encontrar algo de calma en ella, pero solo noté preocupación. Bueno, no cualquier preocupación, sino una preocupación de madre que solo significaba una cosa: «no dejaré de poner esta cara hasta que me digas lo que sucede».
—Billy…
—Mamá, en serio— La interrumpí—, ya estoy acostumbrado a esto. Creo que estar muy poco tiempo despierto es uno de mis talentos más grandes—reí mientras apagaba la lámpara del escritorio—. Tendré que ir a trabajar dentro de unas horas.
No habrá diferencia en que duerma ahora o que no duerma. Puedo soportarlo.
—Esas grandes ojeras que tienes me preocupan. Quiero verte saludable, Bill, ¿comprendes? Sé que tienes que estudiar y muchas otras responsabilidades, pero…—Suspiró— ¿No has pensado en dejar el trabajo que tienes?
Otra vez con ese tema…
A veces me molestaba que insistiera tanto con eso. Mi trabajo era una de las razones por las cuales esta familia podía comer y ella quería que yo renuncie. La entiendo, entiendo su preocupación, pero no hay opción y yo no iba a tirarme atrás y correr el riesgo de que no tengamos comida el día de mañana.
—Mamá…
—Deberías considerarlo— Intervino—. Es que estás cansado. Con mi sueldo puede alcanzarnos, tendremos que renunciara algunas cosas y es todo.
—Mamá, ya hemos hablado de eso infinidad de veces y ya te dije que no pienso dejar de trabajar. Tú y yo sabemos lo mucho que necesitamos el dinero que gano.
—Pero podemos continuar sin ello.
—Yo no voy a renunciar por más que me lo pidas de rodillas. Resistiré, he estado noches enteras sin dormir y estoy perfectamente bien ahora. Puedo con esto, mamá y podré con muchísimo más.
Ella soltó un pesado suspiro. Siempre le ha costado convencerme y esta vez no sería una excepción.
—Tú no deberías estar tan al pendiente del dinero, esa es mi responsabilidad.
—No quiero que sea solo tu responsabilidad. Además, los dos sabemos que no tenemos ningún gusto al cual renunciar. Si dejo mi trabajo terminaremos en la calle. Sabes que el problema no es el dinero, sino quien lo gasta.
—Tu padre está muy enfermo.
—Enfermo o no es la causa principal de que nuestro dinero no alcance.
Necesitamos ese dinero para darle una buena educación a Samy.
—Lo sé, Bill, pero se pone muy violento si no se lo damos. Temo por la seguridad de Samy. Me asusta el solo pensar que él puede llegar a hacerle daño.
—Eso va a pasar un día de estos y es necesario que lo detengamos a tiempo. —No es tan sencillo. Sé que existe una posibilidad de que se recupere y que pueda ser un buen padre, pero todo es tan difícil…
—Mamá, nos está destrozando. Está matando a nuestra familia y no tenemos un futuro asegurado mientras él esté aquí— mi madre pareció algo asustada ante mis palabras, al parecer no supe expresarme con claridad y la espanté—. Tienes que denunciarlo. Tú eres nuestra única oportunidad de ser libres.
—Billy, eso no es tan fácil.
—Pero es todo lo que podemos hacer por ahora. Sabes que si pudiera huiría con ustedes dos y me las llevaría lejos de aquí a vivir a un castillo de cuento de hadas, pero esos castillos no existen. De ti depende nuestro futuro, piensa en Samy.
—Bill, he pensado en tu hermana y en ti desde el día que los tuve en mis brazos por primera vez, ustedes necesitan a su padre y yo no sé si pueda seguir sola, no es fácil.
—Ese tipo no es un padre, es una basura que lo único que hizo bien es arruinar nuestra vida. Ya no podemos darle el placer de que tome todo lo que nosotros hemos logrado y lo destruya ante nuestros ojos.
—Detesto no encontrar otra forma de arreglar todo esto.
—Yo no voy a dejar que Samy conviva con él, si no hablas tú, hablaré yo y sabes perfectamente que yo tengo pruebas de lo que él ha hecho— Ambos dirigimos la mirada hacia mis brazos vendados— ¿Tú quieres esto para Samy?— Movió su cabeza negativamente— Entonces demos un fin a esto, por nuestra familia. —Entenderás todo esto cuando tengas una familia.
—A pesar de no tener una familia propia, sé como es una y esto que tienes con él no es una familia— Desvié la mirada hacia la cama de mi pequeña hermana, donde ella dormía plácidamente—. Yo lo entiendo, pero ella no. De todas formas, está creciendo y no tardará demasiado en comprender. No permitiré que ese monstruo sea un ejemplo para ella.
—Tienes razón— Mi madre sonaba herida, parecía triste, pero dispuesta a defenderse esta vez—. Ya no sufrirán— me dio uno de esos fuertes abrazos que solo ella sabía darme para curar mi alma—. Prometo que todo va a mejorar muy pronto. Haré lo necesario para hacerlos felices.
—Estoy orgulloso de ti— Sonreí.
—Solo prométeme que no volverás a enojarte de esa forma. Eso no es bueno para ti.
—Solo fue un momento, pero te prometo que no va a suceder otra vez—dije firmemente.
—Ese es mi muchacho—me dio una suave palmada en el rostro y se levantó de la silla—. Voy a darme una ducha, lo mejor será que duermas un poco o mañana no podrás mantenerte despierto— Reímos.
—Eso haré. Mañana será un largo día para todos. Recuerda que quiero que lleves a Samy lejos de aquí y mientras más se tarden en regresar, mejor— Hablé mientras me recostaba cómodamente.
—No te preocupes, haré que pase una tarde hermosa.
—Solo diviértanse— Se acercó y dejó un beso en mi frente luego de haber acomodado las frazadas sobre mí.
—Claro, Billy. Tú descansa.
—Mamá— La detuve antes de que saliera de la habitación—, ten cuidado al cambiar las vendas. Si necesitas ayuda, avísame—Ella me sonrió y siguió su camino— ¡Recuerda cambiártelas seguido o tendrás problemas!
—¡Lo haré, Billy, no te preocupes!— me acurruqué sobre la cama mirando detenidamente mis brazos vendados. Dolían mucho, pero era más grande el cansancio que el dolor.
&
— ¿Estás seguro de que no vas a desayunar nada? Mírate, hijo, estás cansado y herido. Llamaré a tu jefe y le diré que no vas a ir— mi madre, preocupada, caminó a paso rápido hacia el teléfono, pero la detuve antes de que llegara a tomarlo. —No vas a hacer eso. Estoy bien, ¿sí?—ella me miró y yo le sonreí haciéndole saber que no me pasaba nada malo, pero la verdad era que me costaría mucho trabajar.
—¿Estás seguro de eso? Vas a estar fuera todo el día y no quiero que vayas a enfermarte o a lastimarte aún más. Preferiría que te quedes descansando o que vengas con Samy y conmigo a tomarte un pequeño respiro.
—Mamá, estoy bien. Ya no sigas preocupándote por mí, no es necesario— Reí y me coloqué mi abrigo—. Tú preocúpate por pasarlo lo mejor posible.
—Es que no sé si pueda estar tranquila mientras tú estás trabajando así de lastimado. Vas a sufrir todo el día.
—No tengo ningún dolor ni molestia— Me coloqué la bufanda, los guantes y el gorro antes de darle un fuerte abrazo—. Por favor, recuerda comprarle a Samy algunos libros nuevos. El que me pide que le lea todas las noches ya resulta aburrido para ambos.
—No te preocupes, ella lo recordará mejor que yo— Reímos—¿Tú necesitas que te traiga algo en especial?
—No, solo considera lo que hablamos esta mañana, ¿sí? Sé que en toda la tarde podrás tomarte un momento para pasar por la estación de policías y harás lo que tengas que hacer. Eso es lo único que te pido, que lo pienses.
—Te juro que lo pensaré.
—No tengas miedo. Recuerda que no estás sola, yo no voy a abandonarte.
—No sé qué haría sin ti, cariño. Eres un muchacho muy valiente.
—Aprendí de ti—miré el reloj en la pared y terminé de abrochar mi abrigo—. Ya tengo que irme, es demasiado tarde—. Le sonreí y nos dimos un último abrazo—. Cuídate y cuida a Samy. Dile que la quiero y dale un beso de mi parte.
—Lo haré. Si algo sale mal llama a mi teléfono, ¿sí? Te quiero, mi pequeño.
—También te quiero, mamá. Recuerda cambiar las vendas— la saludé con mi mano antes de salir de la casa rápidamente.
El sol iluminaba todo a su paso, pero había una molesta brisa que me azotaba en parte del rostro. Hacía frío, mucho frío, pero eso no me detenía. Había pasado días en los que no tenía ningún abrigo y debía salir a la calle de todos modos, como los días en que iba a la escuela y llegaba prácticamente azul a clases.
Esta vez, por suerte, el sol lograba disminuir un poco el frío, de lo contrario estaría congelándome como nunca antes en mi vida. Los días en los que nevaba eran gloriosos para todos los niños, pero para mí eran un obstáculo importante. Me gustaba la escuela, nunca fui como los demás chicos que daban su vida por faltar. Recordaba que me hubiera gustado pasar allí los fines de semana con tal de no ver a mi padre.
No pasó mucho tiempo hasta que llegué al trabajo, desde afuera se veía el cartel de «cerrado» en color rojo. Seguro mi jefe estaba esperando la llegada de todos los empleados para torturarnos uno a uno. Por lo visto fui el primero en llegar, al menos no sería regañado por llegar tarde.
Apenas entré, me dispuse a quitarme los guantes y la bufanda que comenzaban a sofocarme a causa de la calefacción del lugar. Apostaría a que me iba a dar un buen resfriado en cuanto volviera a salir. Dejé mis cosas en la sala de empleados y caminé hasta la cocina para buscar los artículos de limpieza. Todo debía estar impecable para cuando el lugar abriera. Aunque me resultaba inútil ya que los mocosos empezarían a ensuciar todo en cuanto llegaran con sus padres.
—¿Llegaste primero?— me di la vuelta y me encontré con el gordo incompetente de mi jefe.
—Sí— Respondí con frialdad.
— ¡Que raro! Te recordaba menos eficiente, ¿llegaste hace mucho?
—Hace unos minutos.
—¿Entonces estás solo?— me atreví a mirarlo y este sonrió como si acabara de contar el chiste más gracioso del mundo— Te contaré algo, en confianza— me quedé completamente en silencio mirándolo mientras él caminó por la cocina con lentitud— ¿Sabes por qué decidí contratarte?
—No— Me esforcé por ignorarlo, sabía que iba a decir alguna estupidez.
—No fue porque fueras eficiente, te lo aseguro. Fue porque eras un mocoso con una vida muy miserable— Cada paso que él se acercaba, yo intentaba alejarme, fingiendo estar ocupado en alguna tarea—. Pero más allá de lo miserable que seas, pensé: ¿Cómo un muchacho tan lindo puede tener semejante mierda de vida?
—Supongo que es cuestión de suerte. Algunos no merecen lo que tienen— Su paso aceleró hasta acorralarme contra la nevera. Mis puños se cerraron automáticamente, dispuesto a bajar todos y cada uno de sus dientes en cuanto intentara propasarse.
—¿Qué te pasó en los brazos?— Habló muy, pero muy cerca de mi rostro.
—Me lastimé en casa— Giré mi cabeza a un lado, temiendo rozarme con él—. Tengo cosas que hacer.
—Cosas que yo te ordeno que hagas— Cuando colocó su mano en mi cintura me di cuenta de que todo se estaba saliendo de control.
—Si me toca un solo pelo todos sabrán de esto— Y su sonrisa bobalicona desapareció.
—Tranquilo, no tenemos por qué recurrir a amenazas. Aún no te he propuesto nada, ni tampoco he hecho algo que no quieras.
—Solo quiero hacer mi trabajo, así que aléjese de mí.
—¿Qué opinas de un aumento de sueldo, Kaulitz? Puedo darte mucho más dinero si me haces algún que otro favor, y tal vez eso ayude para arreglar en algo tu miseria.
—No, se lo agradezco. Ahora, por favor, suélteme. Las personas que nos están viendo me ponen incómodo— Aquella fue la única forma en que él pudo alejarse y dirigir su mirada hacia la puerta.
Varios de mis compañeros de trabajo estaban en la entrada de la cocina, mirando aquella penosa escena. Alguno que otro se quedó observándome con la boca abierta de par en par, mientras yo salía de ahí.
Mi jefe fue a recibirlos, irónicamente, tratándolos bien para evitar que no dispersaran lo antes visto. Yo comencé a limpiar las mesas mientras los demás charlaban entre sí, compartiendo opiniones que se me hacían casi tan estúpidas como la humillación que acababa de pasar.
Deseaba que ese día no me resultara tan pesado como lo habían sido el resto de la semana. Ya no veía la hora de que terminara esta jornada para ir a casa y ver la sonrisa de Samy. Ya me la imaginaba, corriendo hacia mí con la felicidad plasmada en su rostro al mostrarme las cosas que se había comprado y a contarme lo bien que la había pasado con mamá durante todo el día. El solo imaginarlo ya quiero volver a casa y recibirlas a ambas con un gran abrazo. Ese era mi gran premio después de un día agotador.
Las horas pasaban lento durante la mañana y yo ya me encontraba tomando un descanso bien merecido.
Me encontraba detrás del local junto a varios de mis compañeros en mis quince minutos de descanso. Todos estaban charlando y riéndose de cosas que no me hubieran importado ni en mil años. Yo solo me quedé sentado, tratando de respirar un poco de aire puro y tranquilidad, ya que adentro, con el calor asfixiante de la calefacción, los gritos de los niños revoltosos que escupían, vomitaban, gritaban y lloraban, no se podía tener ni un segundo de paz.
Froté mis manos entrando un poco en calor y volví a acomodarme la gorra para poder entrar a seguir trabajando. El dolor punzante de las heridas en mis brazos al intentar levantarme fue espantoso. Recordé que debía cambiarlas.
—Te dije que se acostaba con el viejo, ¿por qué crees que siempre está tan callado?— No pude evitar escuchar aquella voz femenina cuando volví a entrar al local. Varios compañeros se quedaron mirándome en silencio. Estaba claro que hablaban de mí.
— ¿Qué tanto ves, raro?— Habló uno de mis compañeros esta vez— ¿No tienes cosas que hacer?—preferí retirarme y dejarlos hundirse en su mierda.
—Así como se folla al jefe, imagínense qué otras cosas debe hacer por unos euros…—Siguió hablando la misma muchacha de antes.
Así eran casi todos los días desde que trabajo aquí. Nunca he podido adaptarme a todos ellos y creen que eso es una excusa para hablar mierdas sobre mí. No me importa lo que digan, pues de ellos no depende mi vida ni mi felicidad. De todas formas, eso es algo más que normal en mi vida así que es irrelevante para mí.
Me dirigí al baño, llevando conmigo mi mochila. Me apresuré a desinfectar las heridas y cambiar las vendas.
Por un momento me quedé mirando mi reflejo. Tenía unas espantosas ojeras debajo de mis ojos, me veía realmente cansado. Sin dudas, había tenido una noche fatídica. Le doy la razón a mi madre, debí haber dormido un poco más. A pesar de mi demacrado aspecto yo aun seguía dispuesto a terminar el día de la mejor forma, todo por volver a casa y ver a mis dos reinas con una enorme sonrisa en el rostro.
Terminé de cambiar las vendas y deseché las viejas inmediatamente. Volví a mirar mi reflejo detenidamente y me solté el cabello solo para peinarlo mejor. Por un momento me pareció ver a alguien en la puerta y efectivamente había alguien ahí.
Era uno de mis compañeros. Se quedó mirándome con atención, como sorprendido. Así como llegó, se retiró del baño.
Horas más tarde, me encontraba en la escuela. Trataba de prestar atención en clases tanto como podía. Los profesores a veces daban muchísimo sueño a la hora de explicar sus largas lecciones, pero yo siempre traté de prestar tanta atención para entender y no tener que estudiar luego.
Un día bastante pesado, aunque debo admitir que había tenido peores. Ya solo faltaban unos pocos minutos para que tocara el timbre, unos pocos segundos y sería libre. Unos pocos segundos y estaría en camino a casa. En casa me esperaban ellas, mis dos hermosas reinas. Ya no podía esperar para verlas y preguntarles cómo había estado su día. Quería tenerlas en mis brazos, quería decirles cuánto las amaba una vez más.
—Sí, también lo noté. Siempre tiene algo nuevo para mostrar, como si ser marica no fuera suficiente— unas palabras llegaron a mis oídos en el inmenso silencio que se había formado en el salón—. Ha hecho tantas estupideces que solo se le ocurre vendarse los brazos para llamar la atención— No me atreví a levantar la mirada, pero reconocí las voces de mis compañeros.
Lo bueno fue que se callaron la boca cuando el timbre sonó, indicando que el día de clases se había terminado, por fin. Todos se agolparon desaforados en la puerta del salón para irse a disfrutar de su fin de semana, mientras yo me quedé juntando mis cosas con toda la paciencia del mundo, a pesar de que mis ganas de salir de allí eran inmensas.
Al final me levanté e intenté controlarme para no ponerme a correr en medio de la calle para llegara casa lo más rápido posible. Sí, me decidí en caminar un poco más rápido de lo normal con una gran sonrisa en el rostro oculta debajo de mi bufanda.
Aún hacía muchísimo frío, pero ya estaba llegando a casa luego de varios minutos de caminata interminable. Me encontraba en frente, solo crucé la calle corriendo despacio y llegué a la puerta. Busqué mi llave en mis bolsillos pero nuevamente la puerta estaba abierta. Mamá nunca era tan descuidada como para dejarla abierta de esa manera. Seguro mi padre estaba aquí.
Mi emoción se esfumó para dar lugar a una cruda e inmensa preocupación.
—¿Hola? ¿Mamá?— Empujé la puerta levemente y la cerré detrás de mí al entrar— ¡Mamá, Samy!— al parecer aún no habían llegado.
Comencé a caminar hacia la cocina. Al parecer ellas aún no habían llegado, así que decidí relajarme. Abrí el refrigerador, saqué una botella de agua y me la llevé a los labios.
Mientras mi mirada paseaba por la cocina, vi el bolso de mi madre. Comencé a preocuparme de verdad. Más adelante sangre, manchas de sangre sobre la mesa…
La botella se me cayó de las manos y el líquido transparente recorrió el suelo de la cocina.
—¡Hijo! ¡Bill!— Conocí su voz al instante, corrí con mi corazón latiendo a mil por hora hasta mi habitación.
Hubiera deseado no haber abierto esa puerta nunca.
Caí de rodillas al suelo al ver el cuerpo de mi madre completamente ensangrentado abrazando a mi hermanita. Ella no respiraba, sus ojos estaban cerrados, su ropa de colores rosados repletas de manchas rojas.
Mis manos comenzaron a temblar, la sangre se me heló en un instante y unos horribles nudos se formaron en mi estómago. Sentí como un baldazo de agua helada caerme encima.
—No…— Susurré y prácticamente me arrastré hasta ellas. Los ojos se me inundaron en lágrimas y comencé a llorar como nunca en mi vida. El corazón se me rompía poco a poco— No, no… ¡No!— Me abracé a su pequeño cuerpo sin vida, deseando una y mil veces que despertara, que me dijera que me quería, que sonriera con la felicidad en su rostro como lo había deseado durante toda la tarde— No, Samy, por favor— di leves palmadas en su mejilla fría y pálida—. No, no puede ser. Samy, pequeña, por favor. Despierta, pequeña, soy Bill, soy tu hermano. Princesa, despierta— Rogué entre llantos.
—Lo siento, Billy, lo siento—susurró mi madre con la respiración entrecortada—. Debes irte, cariño.
—No, no, no haré eso— Acaricié su rostro—. Resiste, llamaré a una ambulancia y todo va a estar bien, tú vas a estar bien.
—Billy, vete— Con su mano temblorosa tomó la mía y dejó allí un papel—. Te irás tan lejos como puedas, llamarás a este número y dirás mi nombre.
Yo no quería dejarla, no lo haría.
—No, no, llamaré una ambulancia y estarás bien— Dejé el cuerpo sin vida de Samy sobre la cama con delicadeza y me incliné para abrazar a mi madre.
—No me queda mucho tiempo—susurró mientras se aferraba débilmente a mi hombro—. Vete y no permitas que él te encuentre. No dejes que tu padre te encuentre.
—¿Él hizo esto?— sus ojos comenzaban a cerrarse y yo me desesperé, no podía irse, no podía dejarme sólo— ¡Mamá, no! ¡No te vayas, no me dejes, por favor!— la abracé con todas mis fuerzas, pero ya era tarde. Ella ya no respiraba, ella ya no sabía que yo estaba ahí.
Toda mi vida, todos los momentos que habíamos vivido, todo lo que hicimos el uno por el otro… todo se desvaneció en un instante. Grité al aire y lloré como nunca en mi vida. Lloré todo lo que no había llorado en mucho tiempo. Me dolía el pecho, tenía un fuerte nudo en mi garganta. Solo me aferré a ella pensando en no soltarla nunca más.
— ¡Espero que estés contenta, Simone! ¡Espero que estés contenta!— me levanté del suelo lentamente al oír los gritos de mi padre, alcancé a verlo acercarse violentamente a mi habitación y cerré la puerta con seguro antes de que diera un paso más— ¡Hijo de puta, ábreme! ¡Abre la maldita puerta!— se escuchó un tremendo estruendo cuando logré cerrarla.
Comencé a temblar. No recordaba la última vez en que estuve tan asustado. Mi mente estaba dando vueltas en círculos y yo no supe qué hacer. No quería dejarlas, pero no iba a poder defenderme esta vez.
Era demasiado tarde para sentarme a pensar las cosas con claridad en ese momento. Tomé mi mochila, la vacié tan rápido como pude y la cargué de ropa y del poco dinero que me quedaba.
Los gritos de mi padre eran tan fuertes como las patadas y puñetazos que daba a la puerta, tratando de derribarla. Las lágrimas saltaban de mis ojos del puro miedo que sentía. No podía enfrentarme a él en ese momento, me mataría y no podía dejar que se saliera con la suya. No es lo que mamá hubiera querido.
—¡Abre! ¡Voy a matarte, hijo de puta!— al oír el último grito, tomé mis cosas y salí por la ventana.
Justo cuando caí al suelo oí la puerta caer con un fuerte sonido seco como en una película de horror. En ese momento comencé a correr como nunca en mi vida.
Corrí por el patio de la casa sin mirar atrás. Corrí como si él me estuviera siguiendo, como si la mismísima muerte me estuviera siguiendo, como si no hubiera un mañana, como si corriendo fuera a despertar de la horrible pesadilla en la que había caído.
Solo corrí y lloré.
No pude gritar, no tenía la fuerza suficiente como para hacerlo. Recorrí varias cuadras corriendo incansablemente en el crudo frío de la noche azotándome el cuerpo como látigos furiosos.
No me detuve, ni quise hacerlo.
Estaba herido, solo y triste. Me sentía muerto, me habían quitado todo lo que me importaba en la vida, me habían arrebatado el alma.
Luego de un largo recorrido caí al suelo boca abajo en una calle vacía. Mis piernas comenzaron a dolerme como nunca antes me habían dolido en mi vida. Miré hacia atrás y no encontré nada. Él no me seguía, nadie me seguía.
Había estado corriendo interminables minutos. Pero el cansancio no era tan grande como el dolor que golpeaba en mi corazón. Me arrastré por la acera hasta lograr apoyar mi espalda en una pared y logré respirar un poco a pesar del frío y las lágrimas. Abracé mis piernas, intentando escapar del crudo frío.
Quería despertarme, que solo fuera un sueño. Quería estar abrazado a ellas, quería verlas felices… ya no quería seguir estando en esta horrible pesadilla.
Caí al suelo y me recosté con mis lágrimas empapando todo a su paso. Miré el cielo tratando de encontrar algún consuelo, pero ya no tenía ninguno. Mi vida estaba arruinada, nada tenía sentido.
Las necesitaba, necesitaba sus abrazos, necesitaba hacerlas sonreír como siempre lo hice. Las necesitaba a mi lado. Necesitaba que mi vida volviese a tener algún sentido, necesitaba una razón para seguir luchando.
Metí mi mano en mi bolsillo y encontré ese papel que mi madre me había dado. Al parecer, lo escribió rápido y con sus últimas fuerzas. Era un número de teléfono.
Me puse de pie entonces y caminé hasta encontrar un teléfono público. Marqué aquel número con cierta dificultad a causa del frío y esperé ansioso hasta que una voz respondió.
—¿Hola?— Era una voz masculina.
—Simone Kaulitz era mi madre y necesito ayuda…
&
Miré al final de la calle como unas luces se hacían presentes. Aquel incómodo brillo podía ser mi salvación. Al parecer era un taxi. Se detuvo justo frente a mí y un hombre algo robusto se acercó apresurado para cubrir mi espalda con una gran y pesada chaqueta.
—Eres exactamente como ella me dijo que eras— Me conocía. Ese hombre que jamás había visto en toda mi vida—. Eres tú. No puedo creerlo.
— ¿Q-quién es usted?— pregunté apenas pudiendo hablar a causa por el frío.
—Mi nombre es Gordon. Tal vez tú ni siquiera me recuerdes, la última vez que te vi estabas en los brazos de tu madre y habías nacido hace pocos días— se me encogió el corazón al recordarla, jamás había sentido un dolor peor que ese en mi vida— ¿Qué haces en las calles a estas horas?
—Mi madre ha… ella ha muerto— el hombre se quedó mirándome como si acabara de decir la peor atrocidad del mundo—. Mi padre lo hizo, asesinó a mi madre y a mi hermanita— el hombre se llevó una mano al pecho—. Ella me pidió que acudiera a usted. Me dijo que huyera.
—¿Qué estás diciendo? No puede ser…
—Ayúdeme, por favor— No recordaba exactamente cuándo había sido la última vez que le pedí ayuda a alguien, pero nunca había sentido tal desesperación dentro de mí. Mis lágrimas no dejaron de brotar.
—Ven aquí, muchacho—como si fuera una señal divina, él me abrazó. Su abrazo me recordaba a mi madre, ese cariño maternal que solo ella me había brindado durante toda mi vida—. Tranquilo, te sacaré de aquí— Nunca había sentido tanto alivio en toda mi vida. El hombre se separó un momento y con toda la confianza del mundo me acarició la frente—. En nombre de tu madre, te voy a ayudar.
—Gracias— del interior me salió una pequeña sonrisa.
El dolor aún estaba allí, pero en ese señor vi algo parecido a la esperanza, me alentaba a seguir. Era una señal, seguro era una señal. Ella quería que yo siguiera adelante.
—Vamos, sube— Rápidamente se subió al asiento del conductor y yo al del acompañante. Podía notar la desesperación en su forma de hacer todo a los apurones.
—¿Quién es usted?— Pregunté nuevamente—¿Cómo es que conoce a mi madre?
—Soy taxista y siempre llevo a tu madre al otro lado de la ciudad cuando tiene que trabajar. Siempre estamos largos ratos conversando y ella me hablaba todo el tiempo de ustedes.
—¿Ustedes eran… amigos?—Él pareció pensar en su respuesta, lo cual me provocaba cierta confusión.
—Sí, se podría decir que lo éramos.
—¿A dónde me lleva?—el taxi se puso en marcha y yo comencé a asustarme un poco. Él me conocía, se ganó mi confianza rápidamente pero yo no olvidaba que estaba hablando con alguien que nunca había conocido en mi vida.
—Tranquilo, te llevaré fuera de la ciudad, allí nadie te encontrará si es que tu padre planea buscarte. Tendrás que tener mucho cuidado, no es precisamente una zona ideal. Tendrás que permanecer allí y largarte en la mañana. Yo no puedo ir más lejos.
—Eso es suficiente para mí. De verdad, muchas gracias.
—No agradezcas, Bill, hago esto porque tu madre fue una de las personas más humildes que he conocido en toda mi vida. Ella fue una amiga incondicional para mí y haría lo que sea por cualquiera de sus hijos. Ella me ha contado cómo viven con su padre, lo mucho que han sufrido por culpa de él y yo me sentía inútil por no poder ayudarlos.
—¿Usted ya la conocía cuando yo nací?
—Cuando tú naciste, yo mismo los llevé a su casa cuando le dieron el alta a tu madre. Recuerdo lo pequeño que eras. Luego de eso, tu madre no ha parado de contarme sobre lo valiente que eres y de lo orgullosa que estaba de ti.
—Mi madre debió tenerle un gran afecto, pero jamás me habló de usted.
—Tal vez estaba esperando el momento ideal. Siempre me decía lo orgullosa que estaba de tus altas notas en la escuela, de tu esfuerzo por hacerla feliz en todo momento, tus ganas de verla sonreír y el aprecio que tenías por tu hermanita menor.
—Samy…— La recordé con suma tristeza.
—La pequeña Samantha. A ella jamás tuve la oportunidad de verla. Tu madre me decía que es la niña más adorable que haya existido.
—Lo era…— Él guardó silencio.
—Lo lamento tanto, Bill…
—Ella era un ser lleno de luz. Una pequeña con un gran corazón y era muy lista. La niña más lista que jamás conoceré. Yo no sé qué hacer…— Y el nudo de mi garganta se hacía cada vez más grande— no sé que voy a hacer sin ellas.
—No digas eso, muchacho, ellas están aún junto a ti y no creo que a tu madre le guste verte bajando los brazos después de todo lo que luchaste— Gordon tenía razón, yo ya no podía rendirme.
El viaje tardó unas cuantas horas, horas que se hicieron demasiado cortas hablando con Gordon. Él me contó sobre su vida, su trabajo, su familia, su esposa y sus tres hijos y lo orgulloso que se sentía de ello. Me inspiró demasiada confianza, como si ya lo conociera de toda la vida y en muy poco tiempo logré tener algo así como una amistad con él. Un amigo, mi primer amigo en toda mi vida.
Horas después, el auto se detuvo en una calle. No reconocía el lugar, pero no se parecía en lo absoluto a mi antiguo barrio. Este lugar era más tétrico a causa de la poca luz y la falta de vida en las calles. Gordon se quedó un momento mirando hacia la nada.
—¿Qué pasa?— Pregunté ante su silencio.
—Quisiera poder hacer más por ti, Bill— Soltó un largo suspiro—. Este lugar es peligroso, así que tendrás que tener mucho cuidado.
—Está bien, puedo cuidarme.
—Toma esto— me entregó unos billetes—. Lo vas a necesitar. Cuida lo que tienes, no permitas que nadie se te acerque mucho. Puede pasar cualquier cosa, hasta lo peor que te imagines. Esperas hasta la mañana e intentar salir de aquí. Busca un lugar seguro en el cual pasar la noche.
—No te preocupes— supuse que sería estúpido rechazar el buen gesto que estaba teniendo conmigo, después de todo, lo necesitaba demasiado—. Gracias por todo, yo no sé cómo agradecerle por todo esto.
—Simplemente quiero que luches, que llegues lejos el día de mañana. Quiero verte triunfando en tu vida. Tu madre querría lo mismo— terminé dándole un fuerte abrazo—. Por favor, ten mucho cuidado.
—Lo tendré, lo prometo— al separarme tomé mis cosas y bajé del taxi.
Antes de alejarse por la carretera me saludó sacudiendo su mano. Me quedé varios segundos parado, viendo como su auto se alejaba y se perdía al final de una calle.
Me adentré en el nuevo barrio en el que me había dejado y caminé por las calles, sin rumbo alguno. No había absolutamente nadie en ningún lugar. Casi parecía un pueblo fantasma y era más que aterrador.
Una vez fuera del taxi me di cuenta del frío que hacía. Me di cuenta de que estaba caminando en medio de la oscuridad de la noche y solo, en un lugar que no conocía en lo absoluto. Lo peor, era que no importaba por dónde camine, siempre encontraría algo que me asustaría y decidiría retroceder.
Había encontrado una fogata en una plaza y gente extraña que preferí no cruzarme. Había animales muertos en algunas calles y, cuando digo animales muertos, no me refiero solo a roedores. Había gatos y perros descuartizados o muertos de frío. Era espantoso.
Luego de caminar varios minutos, intentando no concentrarme en el frío, encontré un callejón vacío, enfrente de un bar. Decidí adentrarme en ese lugar y permanecer ahí, lejos de la calle. Sabía que en medio de la noche y con esa inmensa oscuridad, sería difícil que alguien me encuentre. Apenas me arrodillé en el suelo caí boca abajo, completamente cansado.
Mi plan era el siguiente: Descansar hasta que el sol saliera, pedir indicaciones en algún negocio y salir de este lugar tan rápido como me sea posible. Eso es todo. No me quedaría aquí más que lo necesario.
&
—¡Cállate, si se despierta te voy a matar!— una fuerte sacudida me obligó a abrir los ojos de pronto— ¡Se está despertando! ¡Es un tipo!
Sentí algo duro golpear contra la parte de atrás de mi cabeza. Oía voces, voces masculinas y una asquerosa respiración en mi cara.
Algo malo estaba pasando. Quise saltar del suelo para huír, pero algo sobre mi cuerpo no me lo permitió. Mis movimientos se tornaron erráticos en cuanto vi a un tipo sobre mí.
—¡No! ¡Aléjate!— Quise tirar codazos sobre su cara, pero no me lo permitió. Estaba aprisionado debajo de un desconocido—¡Auxilio! ¡Alguien ayúdeme!— Había alguien más detrás de él, este revisaba mi mochila y tiraba al suelo todo lo que encontraba.
— ¡No hay una mierda aquí!— Exclamó pateando mi mochila vacía en el suelo— ¡Este imbécil no tiene nada!
— ¡Tengo dinero, les daré dinero! ¡Suéltenme!— Grité, desesperado.
Cuando mis movimientos se tornaron aún más rápidos, el otro tipo se acercó para tomar mis muñecas. Esto no iba a terminar bien.
—Hazlo rápido. No sé por qué accedo a estas mierdas— Mencionó el tipo que aprisionaba mis muñecas.
— ¿Qué? ¿Qué haces? ¡Les daré el dinero que tengo, suéltenme!— El tipo sobre mí sacó una navaja y la apoyó sobre mi cuello.
—Te vas a quedar quieto, muñequito, eh— Mencionó aquel que me amenazaba, con una sonrisa aterradora en el rostro—. Te vas a callar y me vas a obedecer, ¿entendiste?— Asentí con el temor subiéndome por el cuerpo—. Coopera, niño.
Eran dos tipos. Dos asquerosos hombres con aliento a alcohol cigarrillo. Largas barbas, ojos rojizos y ropas rasgadas. Olían muy mal, parecía que hacía días que no tomaban un baño. Eran espantosos.
Mi desesperación aumentó cuando el tipo, de un jalón, me bajó los pantalones.
Nunca me sentí tan humillado. No pude no reaccionar cuando lo vi sacar su asqueroso pene. Quise vomitar, llorar y gritar. Todo al mismo tiempo.
Le escupí la cara y el tipo se limpió. Fue ahí cuando aproveché para darle una estruendosa patada en el pecho, obligándolo a caer de espaldas al suelo. El tipo que estaba detrás de mí no pudo conmigo, pues logré ponerme de pie y retroceder con sume velocidad. Oí la espalda de este tipo chocar contra el muro y logré zafar de su agarre. Lo golpeé en su fea nariz con el puño cerrado, antes de escapar. No supe de donde saqué semejante fuerza para romperle la cara, ni siquiera vi si se levantaron, yo solo comencé a correr al poder levantarme los pantalones a mitad de una calle pública.
Corrí tanto como me fue posible y aún más cuando sus gritos comenzaron a sonar detrás de mí. Me estaban siguiendo. Esta vez no me detuve en ningún momento.
Mientras corría giré mi cabeza para ver qué tan lejos estaban, mala idea…
Al cruzar la calle sentí un fuerte golpe que me hizo volar por los aires. Mi cabeza chocó contra el parabrisas de un auto y mi cuerpo rodó hasta caer boca abajo contra el suelo. Otra vez veía todo borroso, me dolía la cabeza horriblemente.
Oí gritos, vi el auto detenerse y todo se tornó negro.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a comentar.