«EL AMO» Fic Toll de Chris_twc
Capítulo 6
Oí pasos muy cerca de la puerta. Viví atado al miedo desde aquel día en que me encerró. Me apresuré a esconder las sobras de comida detrás de un montón de cajas y volví a mi lugar de inmediato. El estruendoso sonido de la puerta al abrirse me sobresaltó y no pude evitar correr a un rincón oscuro.
Definitivamente era él, podía percibir su aroma. Cerré mis ojos con fuerza, deseando que se alejara, pero no lo hizo. Cada vez estaba más y más cerca y, sin siquiera verlo, me aterraba.
Se paró frente a mí y me atreví a levantar la mirada. Traté de ver su rostro con claridad, pero mi vista se tornó borrosa a causa de las lágrimas que comenzaron a caer solas y sin siquiera haber oído una amenaza.
Me extendió su mano con una mirada seria y profunda. Mi brazo tembloroso se extendió y apoyé mi mano sobre la suya, creyendo que con eso evitaría que me hiciera daño. Así logré levantarme del suelo.
Hacía días que no veía su rostro y estar atrapado en la oscuridad me había hecho extrañar esas ocasiones en las que era tierno conmigo. Me costaba pensar en que ya no iba a ser así nunca más. A pesar de convertirse en una bestia cuando su poca paciencia entraba en acción, no podía quitarme de la cabeza esos momentos casi mágicos.
—Tranquilo, no vengo a hacerte daño— Habló con una voz suave y comprensiva.
Me pegué a su cuerpo, abrazando su torso, sin siquiera preguntar antes. Él me estrechó en sus brazos con fuerza y yo no pude esconder mi llanto. Su tacto era casi como una disculpa, o así mi mente quería tomarlo.
—Lo siento, amo, lo siento mucho.
Humillante. Le pedí disculpas y no supe bien por qué. Él no se merecía mis disculpas, pero aún así lo pedía perdón.
Él me acarició el cabello con toda la ternura que podría haber sentido por parte de él, como si intentara contenerme.
—Está bien, mi pequeño— Susurró—. Estás disculpado.
No quise separarme de sus brazos en ningún momento y menos oyendo aquel tono tan dulce con el que me hablaba. Quería que todo volviera a ser como antes, quería que sea bueno conmigo.
—Le ruego que no lo hice a propósito, no quise desobedecerlo— Me justifiqué entre lágrimas de desesperación.
—Eso ya no importa. Ha quedado en el pasado— Tomó mi rostro entre sus manos—. Ahora necesito que te arregles. Vendrán por ti en unas horas.
— ¿C-cómo qué vendrán por mí? ¿Q-qué quiere decir?— Me desesperé.
—Es inútil que preguntes.
— ¿Esos sujetos van a llevarme?— Guardó silencio, dándome a saber todo— No es verdad, dígame que no va a permitirlo.
—Pequeño…
— ¡No puede permitirlo!— Me arrodillé ante él y, como un perro rogándole a su amo, me abracé a sus piernas— ¡No deje que me lleven, por favor!
—Es inútil. Compórtate o vivirás encerrado.
— ¡No me importa!— Alcé la vista—¡Hágalo! ¡Enciérreme como un animal! ¡Haga lo que quiera, pero no permita que me lleven!
—Pequeño…
—Quieren hacerme daño. Él quiso hacerme daño esa noche, por eso me metí en esa habitación— Lo interrumpí—. Se lo ruego, amo.
—Ya he tomado mi decisión— se inclinó y acarició mi mentón—. Yo nunca me arrepiento y esta no será una excepción— Abrazó mi torso y me ayudó a ponerme de pie—. Vamos, pequeño, debes arreglarte.
Busqué miles de excusas para que, de alguna manera, ablandara su cruel corazón y que se diera cuenta de que en serio quería quedarme ahí. Parecía una tarea inútil, a él no le importaba lo que pasara conmigo.
Caminamos uno al lado del otro hasta introducirnos en mi habitación. Al cerrar la puerta detrás de él y dejó mi cintura en libertad.
Vi las sábanas de la cama arregladas, lo cual se me hizo extraño sabiendo que hace una semana no piso esta habitación. Era extraño que alguien hiciera estas cosas por mí, aún no estaba acostumbrado.
— ¿Tienes algún dolor o molestia? Debes estar en perfecto estado— Su mano se apoyó en mi hombro, provocándome un fuerte espasmo a causa del miedo—. Dime la verdad.
—En serio no quiero ir, por favor.
—Entonces te encuentras bien.
Deseé con todas mis fuerzas perder la conciencia en ese instante, o bien, dormirme y despertar para darme cuenta de que todo aquello era solo una pesadilla.
—Ve a darte un baño, niño. Hueles horrible— Me ordenó mientras se sentaba en la cama con total tranquilidad.
Caminé hasta introducirme en el baño sin siquiera protestar. Me metí debajo de la ducha y suspiré un momento antes de lavarme el cabello.
Era verdad que estaba sucio y olía espantoso. Mi cabello estaba impregnado en mugre, al igual que mi cuerpo. No había logrado mirarme al espejo antes de meterme bajo la lluvia, pero apostaba a que todo el polvo del suelo había quedado en mi cara.
De todos modos, creo que nada se comparaba con esa sensación nauseabunda que sentía por mí mismo. No era la mugre que tenía encima lo que más me molestaba, sino esa forma en la que me limité a describirme. Me sentía usado y nada era peor que eso.
Tenía las uñas destrozadas de tanto arañar la puerta por la noche y me dolía la garganta por gritarle a mi amo que volviera por mí. Más me dolía el saber que en unos minutos estaría lejos de él, entre los brazos de alguien más. Alguien mucho peor, tal vez.
Pensé en escaparme en ese mismo momento, pero ¿qué sentido tendría irme? Si mi amo no me encontraba, alguien más lo haría y sería el adiós definitivo a mi vida. Adiós a mis esfuerzos, adiós a los sueños y a lo que mi madre hubiera querido.
Sin poder sentirme peor de lo que ya me sentía, comencé a llorar. Me senté en el suelo y abracé mis piernas, pegadas a mi pecho. Dejé reposar la cabeza entre mis rodillas y solo lloré. Así nada más, como un niño pequeño. Lloré.
—Niño, me estás poniendo nervioso, será mejor que te apures— Oí su voz acercarse y la cortina del baño se corrió de pronto, dejándome ver su rostro desde abajo—. Creí ordenarte que te dieras prisa.
—Tengo miedo— La seriedad en su rostro se cambió por una mueca de compasión.
Nunca creí que lo confesaría, pero creí que ese era mi último recurso. Era la verdad, estaba aterrado y por alguna extraña razón pensé que él debía saberlo.
—Ponte de pie, pequeño.
Me levanté lentamente e inmediatamente él tomó mi rostro entre sus manos, obligándome a mirarlo atentamente. Le rogué en silencio que no me dejara ir, sé que aquello costaría trabajo, pero no perdí la esperanza.
Él dejó un beso en mi frente y yo lo abracé. No me importó estar empapado o que él pudiera enojarse, pero quería que sintiera que en verdad no quería alejarme. Creí haberlo convencido, creí haber tocado la fibra sensible en él. En serio, por un momento, creí que yo le importaba y que él era capaz de hacer algo bueno por mí.
—No quiero irme— Hablé entre sollozos—. Prometo que ya no volveré a fallar— me acarició el cabello con ternura—. Sé que sido un tonto, pero ya no voy a hacer ninguna estupidez. Ya no lo haré nunca más.
—Tranquilo, solo será por una noche, pequeño— En serio fui estúpido al creer que podía convencerlo—. No te estoy dejando ir porque hayas hecho algo mal, lo hago porque tengo el derecho de hacerlo.
—Dijo que nadie más podía tocarme.
— ¿Qué parte no has entendido? Yo puedo hacer contigo lo que se me dé la gana. Agradece que solo te irás una noche.
—Quiero quedarme con usted— él guardó silencio unos segundos para luego dejar un suave beso en mis labios.
—Vamos, debes arreglarte— Me rodeó la cintura y me guió hasta salir del baño.
— ¿Hay algo que pueda hacer para quedarme?— Pregunté de camino a la habitación.
—No y te aconsejo que no vuelvas a desobedecerme. Te pusiste rebelde ese día y tuve que encargarme de que pagaras por ello. Si no haces caso, mereces un castigo. Es así como funcionan las cosas en esta casa.
—Pero yo no quise desobedecerlo.
—Lo hiciste y eso es todo lo que importa, pequeño— Sacó una bata de baño del clóset y envolvió mi cuerpo con ella—. Agradece que te has portado bien, de lo contrario podría haberte pasado algo peor.
— ¿Algo peor?— Pegó su mirada la mía.
Él tomó mi muñeca y caminó hasta la cama. Allí se sentó y, jalando de mi brazo, me obligó a sentarme en su regazo. Acarició mi rostro, alejando los mechones húmedos de cabello que lo ocultaban.
—Insisto en que no quiero que vuelvas a desobedecer una orden mía. No tienes idea de lo que soy capaz.
—Amo…
— ¿Qué vas a pedir ahora?— Me interrumpió, dejándome de pronto sin palabras.
—No deje que me lleven. Sé que van a hacerme daño— él volvió a abrazar mi cintura con ternura y yo apoyé mi cabeza en su hombro con toda confianza.
—No te harán daño. No te van a lastimar siempre y cuando tú les hagas caso. Ellos serán tus dueños y, así como tú me obedeces a mí, tendrás que obedecerlos a ellos. Yo no estaré allí para ayudarte si te portas mal y recurren a la violencia.
Ahora comprendía todo… yo no le importaba en lo absoluto. Si era necesario, me dejaría morir en manos de alguien más y eso no le afectaría. Así de cruel era la persona con la cual estaba compartiendo mi vida ahora. Así era él, ese era en realidad mi amo.
Era inútil tratar de convencerlo, él nunca me iba a escuchar porque no le importaba lo mucho que yo estuviera sufriendo.
—Te compré algo de ropa— me dejó sobre la cama delicadamente antes de levantarse—. Espero que te guste, lo elegí especialmente para ti— Puso ante mis ojos tres bolsas blancas, ambas con grandes moños rojos al frente—. Es un regalo.
Las tomé y las abrí una por una ante su mirada.
Había uno pantalón de cuero, color negro, en la bolsa más grande. Quedé enamorado al instante. Había una playera del mismo color, pero con un símbolo en color blanco en la segunda bolsa y una chaqueta de cuero de color naranja en la tercera. Eran las prendas más hermosas que haya visto jamás. Parecían haber sido creadas solo para mí.
—¿Te gustan?— Preguntó.
—Son bellísimos— dije todavía maravillado, aunque triste.
—Creí que era tu estilo y no pareces muy contento.
—No, en serio me gustan, es solo que no es lo mismo.
Me puse de pie y tomé una toalla para proceder a secar mi cabello.
— ¿No es lo mismo? ¿A qué te refieres?
Dudé en responderle. Sabía que no debía haber abierto más incógnitas, pues me avergonzaba de mis propios pensamientos.
Me senté en la silla frente al espejo y comencé a peinarme. Me tomé unos segundos para planear mi respuesta. Sé que era inútil intentar explicar que nada pasaba dentro de mí, él podía darse cuenta de todo sin que yo soltara palabra alguna.
—A veces usted suele traer ropa y me pide que la use mientras hago las tareas.
— ¿Y eso te molesta?
—No, en lo absoluto. Lo que quiero decir es que no es lo mismo hacerlo para alguien más. Será incómodo que alguien que no es usted esté mirándome.
—¿Es real lo que estoy escuchando?— soltó una suave risa y se acercó a mí— ¿Cuál es tu problema, mi pequeño? ¿Te has enamorado de mí?
— Yo no dije eso. Dije que estaré incómodo en presencia de alguien más porque ya me acostumbré a…— Cerré mis ojos, sabiendo que había hablado de más.
Me negaba rotundamente a creer que yo estaba enamorado de él. Yo lo detestaba. Sí, lo odiaba por humillarme y eso nunca lo perdonaría. Por otro lado, a veces sentía que lo adoraba por hacerme creer que yo era único.
—¿Te acostumbraste a mí?
—No fue lo que quise decir— Él se inclinó sobre el espaldar de la silla y nuestras miradas se cruzaron en el espejo—. No estoy enamorado, no sé lo que es eso.
—¿En serio no lo sabes?— con su mano recorrió mi cuello muy lentamente y acercó sus labios a mi oído— Es ese momento en el que deseas estar junto a una persona cada segundo de tu vida, la quieres solo para ti. Es cuando sabes que alguien es especial porque lo extrañas constantemente. Te preguntas todo el tiempo dónde estará, cómo está o si estará pensando en ti— Su mano se introdujo debajo de la bata, recorrió mi pecho y dejó posar el tacto áspero sobre uno de mis pezones—. Todo el día querrás estar a su lado, al pendiente de cada cosa que hace— lo apretó y suspiré—. Quieres que solo te mire a ti, que solo te desee a ti. Te sientes bien cuando estás a su lado, sientes una pizca de felicidad y a veces sientes que eres en verdad feliz— miré a través del espejo su mano recorrerme el torso por debajo de la bata hasta llegara mi entrepierna —. Deseas navegar en su mente solo para saber si siente lo mismo que tú— Su mano rodeó mi miembro y se movió suavemente de arriba a abajo, haciéndome temblar—. Las personas que sienten eso se vuelven débiles, dependientes e inútiles— con la otra mano me tomó el mentón y plasmó un beso en mis labios—. Las personas se vuelven idiotas cuando están así. Nunca vayas a enamorarte de mí o tendré que deshacerme de ti. Cuida lo que sientes, mi pequeño porque eso podría llevarte al mismo infierno.
De pronto se puso derecho y se dio la vuelta para sentarse de nuevo en la cama. Me dejó en silencio, completamente paralizado. Me sentí atrapado, buscando una salvación que no existía.
Intentando despejar mi mente, comencé a secar mi cabello y a plancharlo como siempre. Al terminar, me puse la ropa que mi amo me había comprado.
Él aún estaba recostado cómodamente en la cama, mirándome fijo, como siempre.
Días atrás, me hubiera puesto rojo, pero ahora me había acostumbrado a tenerlo cerca. Me había acostumbrado a las miradas que él me dedicaba mientras yo me cambiaba de ropa o simplemente a verlo relamerse los labios sin ningún remordimiento mientras me obligaba a limpiar la casa con solo un par de absurdas medias de red y nada más.
Terminé de cambiarme de ropa y me miré al espejo, buscando alguna falla para arreglar. La ropa me resultaba preciosa y más aún, me gustó cuando vi la sonrisa en el rostro de mi amo reflejado en el espejo.
Me giré para verlo y me quedé parado frente a él esperando que dijera algo… un halago, tal vez. Uno de esos halagos que me gustaba recibir.
— ¿Qué le parece?— pregunté con impaciencia al ver que no decía absolutamente nada.
— Luces bien, pero te prefiero sin ropa— no muy conforme con su respuesta, volví a sentarme en la silla para maquillarme—. Arregla esas uñas. No sé que has hecho allá abajo, pero son un desastre— Volvió a acercarse a mí y apoyó su mano en mi hombro—. Luces hermoso, mi pequeño. Siempre luces hermoso— Dejó un beso en mi mejilla y se alejó para luego salir de la habitación.
Me quedé mirándome al espejo y tuve verdaderas ganas de echarme a llorar. Nunca me había dolido tanto no valer nada para alguien. Tal vez porque nunca nadie había jugado con mis emociones de la manera en la que él lo hacía. Aunque me costara admitirlo, él significaba para mí todo lo que yo nunca significaría para él.
Él estaba tratándome como a una mascota y yo lo permitía. Cuando mi padre hacía eso yo lo enfrentaba y hacía lo posible por hacer valer mis derechos, pero ahora, me había convertido en el ser que jamás pensé que me convertiría. No había más que sentir asco por mí mismo. Asco por dejar que él me use, asco por haberme convertido en lo que soy, asco de verme arreglado solo para que alguien más me use.
Vi frente a mis ojos una pequeña botella de vidrio con un líquido de color amarillento. Ese era el primer perfume que él me había traído. Recuerdo haber quedado cautivado por ese aroma tan dulce y fuerte a la vez. El que él me lo haya dado significaba mucho para mí porque nunca regalaba cosas así a sus empleados y me había hecho sentir especial.
¡Pero que idiota fui al creer que yo, un pobre diablo, podía llamar su atención de alguna forma! Mi padre siempre me decía que era un inútil y hoy estaba comprobando que era cierto.
No me quedaba otra opción más que seguir sus órdenes. Reprimiendo mis lágrimas acabé de arreglarme tal como él me lo pidió.
Terminé de maquillarme cuando oí golpes en la puerta. Dejé todo en su lugar antes de levantarme a abrirla. Del otro lado se encontraba Kate, con una de esas serias miradas que hacían sentir humillado a cualquiera.
—Me enviaron a avisarte que ya vinieron por ti— Sentenció con una ceja arriba—. Por fin te vas a dar cuenta en dónde te has metido.
—Creo que eso ya lo sé.
—Tú no sabes nada. A penas eres un mocoso.
—No me ayudas en nada.
—No deseo ayudarte, deseo que te largues y nunca regreses. No te quiero aquí, no me agradas.
— ¿Crees que no quiero irme?
— ¿Y tú crees que no me he dado cuenta de la forma en que lo ves? Tú nunca vas a ganártelo.
—Tú tampoco, por lo que veo— Hablé casi enojado por su forma tan grosera de responderme. —Te está vendiendo como una asquerosa prostituta, ¿no entiendes eso? Te vendió por unos míseros euros y otras personas se van a aprovechar de ti. Estás aquí para ser su trofeo.
Me quedé paralizado mientras ella se dio la vuelta y se retiró. La seguí con la mirada hasta que desapareció al bajar las escaleras. Me torturaba el pensar que tenía razón.
Continúa…
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