Los días siguientes los dedicó a conocer el pueblo. No era muy grande y las únicas tiendas que había eran un pequeño supermercado, un ultramarino en el que se vendía de todo y un bar. Y nada más. Ni un cine, ni una buena tienda de música,…nada. Era como un pueblo fantasma.
Y la gente de su edad….no entendía que demonios hacían allí, porque no se habían largado a la ciudad a por algo de diversión. Él lo haría si pudiera, en menos de 6 meses cumpliría los 18 y sintiéndolo mucho regresaría a la ciudad. Ya lo había hablado con sus amigos, podría compartir un pequeño apartamento con ellos. No pensaba pasarse el resto de su vida en ese pueblo, él aspiraba a más.
El sexto día despertó con una idea en mente. ¿Y si organizaba una pequeña fiesta? En la casa de al lado, por supuesto. Su madre jamás le dejaría que trajera invitados a la nueva casa tras lo que les había costado limpiarla a fondo. Y ellos preferían estar solos, con la música bien alta y bebiendo si parar.
Se levantó de la cama e hizo las llamadas necesarias. Para la hora de comer Georg y Gustav ya habían corrido la voz por sus amistades y esa misma noche irían todos al pueblo a la fiesta organizada en la casa fantasma, como así la llamaron para dar mayor publicidad.
Lo siguiente sería deshacerse de su madre, no quería que llamara a la policía o algo parecido porque se había montado una fiesta en la casa de al lado. Casi lo hizo la segunda noche cuando vio entrar una pareja, no se movió de la ventana murmurando que no entendía porque no echaban la casa abajo si para empezar estaba medio en ruinas y solo servía para lo que servía.
Él no la hizo caso, la dejó hablando a solas y subió a acostarse, pero no pudo reprimir el deseo de asomarse a al ventana pero no para espiar ni nada. Echaba de menos a la chica que había “conocido” el primer día, había algo en ella que le llamó mucho la atención, aunque solo le había visto su larga melena. Era como si la conociera, o eso pensaba. Le daba la sensación de que en más de una ocasión había tenido ese pelo entre sus dedos, cerraba los ojos y era como si lo sintiera tan suave y sedoso…
Bajó a comer y se encontró con la sorpresa de que su padrastro se llevaba a su madre a cenar fuera.
—Espero que no te importe quedarte en casa solo—dijo Simone mirando a su hijo.
—Mamá, que tengo 17 años—resopló Tom.
—Tom sabe cuidarse solo, Simone—intervino Gordon.
—Lo sé, pero no me gusta que vivamos al lado de una casa en ruinas—murmuró Simone.
—Estaré viendo la tele o con la música a tope—explicó Tom tratando de calmar a su madre—Y no abriré la puerta a nadie, ni al fantasma de al lado.
—Tú ríete—refunfuñó Simone.
—¿No me digas que crees en ellos?—preguntó con asombro Tom.
—Les tengo respeto—contestó Simone.
Tom sacudió la cabeza y siguió comiendo en silencio, al menos había conseguido que la casa estuviera libre la noche de la fiesta y fijo que tras esos días de intenso trabajo por la mudanza, a su padrastro le apetecería pasar una velada agradable con su madre y regresarían tarde.
Terminaron de comer y se fue a su habitación a tumbarse en la cama a escuchar música mientras llegaba la hora. Cuando entró su madre a despedirse, se levantó y besándola en la mejilla le deseo suerte.
Simone miró extrañada a su hijo, siempre era reacio a besos y abrazos y en esos momentos le daba uno in habérselo pedido.
—Conduce con cuidado—le dijo Tom a su padrastro.
Gordon le miró también asombrado, pero no dijo nada. Le estaba costando que le aceptara, y aunque le dijera en broma que parecía que les estaban echando de casa, Tom se lo tomaría a mal y discutirían.
—Claro—murmuró esbozando una sonrisa.
Tom se la devolvió y tras decirles adiós con la mano cerró la puerta y se fue corriendo al baño desnudándose por el camino. Se dio una ducha rápida y se vistió con unos vaqueros anchos y dos camisetas también anchas, como le gustaba llevarlas. Se recogió las rastas en una cola alta y se puso una gorra negra a juego con las playeras. Entonces fue cuando llamaron a la puerta.
Había quedado con sus amigos, que vendrían provistos de bebidas y comida de la que él pagaría su parte. El resto de los invitados también llevarían algo, y él pondría además el equipo de música. Cogió la mini cadena y fue a abrir la puerta.
—Tom, dichosos los ojos—saludó Georg algo ya achispado.
—Venga, que tenemos 3 horas por delante—dijo Tom saliendo de la casa.
—¿No está tu madre?—preguntó Gustav asomándose por la puerta.
—No, y estás loco si piensas que haremos aquí la fiesta—dejó Tom bien claro—A mi madre le daría algo, llevamos una semana de limpieza y solo faltaría que alguien echara la pota donde no debiera.
Empujó a sus amigos y cruzaron el jardín dirigiéndose a la casa de al lado. Pasaron por la verja que ya estaba abierta y entraron en la silenciosa casa. No había luz, solo al que se colaba de la luna por la ventana. Pero eso no era ningún problema.
Dejó la mini cadena que esa vez iría a pilas y la puso en marcha. Todos gritaron ilusionados y empezaron a servir las bebidas justo cuando llegaban los primeros invitados. Todos quedaron encantados con la casa, ideal para llevar a las chicas y meterlas mano, o miedo contando la ridícula historia del fantasma.
Tom rió como nadie al ver sus caras, más de una se negó a estar en la casa y el grupo se dividió quedándose unos cuantos en el jardín.
—¿Qué hay de nuevo?—preguntó Andreas acercándose a Tom.
Había permanecido en silencio desde que llegara, esperando la oportunidad de poder hablar a solas con él. Y aprovechó cuando Georg se fue con su chica al jardín y Gustav se perdió por la casa con la suya. El resto, estaba cada uno por su lado.
—Nada—contestó Tom encogiéndose de hombros.
—¿Qué tal la nueva casa?—preguntó Andreas tratando de entablar conversación.
—No está mal, es grande y espaciosa pero está en el culo del mundo—explicó Tom.
—Y al lado de un fantasma—apuntó Andreas sonriendo.
Tom le imitó echando un trago largo de su bebida. Lo necesitaba, llevaba días soportando a su madre y tenía la cabeza a punto de explotar. También llevaba tiempo sin “compañía” y empezaba a necesitarla, más si todas las noches veía una pareja o dos entrar a hurtadillas en la casa.
—¿Me enseñas la casa?—preguntó de repente Andreas.
—No, ya he dicho que mi madre me mata si…—empezó a negarse Tom.
—Digo….digo esta—cortó Andreas.
Sabía de qué le estaba hablando, no era tonto. Quería que buscaran un rincón solitario y terminar lo que empezaron aquella vez en el baño. Se quedó pensando mientras miraba a su alrededor, todas las chicas estaban acompañadas, no sobraba ninguna y no era plan de ir a por una exponiéndose a que le partieran la cara.
Miró de nuevo a su amigo y asintió levemente con la cabeza para alegría suya. Sintió que le cogía de la muñeca y tiraba de él dirección las escaleras.
—No, arriba no—murmuró con la garganta seca.
—¿Por qué no?—preguntó volviéndose Andreas.
Ni él mismo lo sabía. No creía en los fantasmas, y la chica que viera el primer día ya no estaría, ¿qué había de malo subir?
—Nada, subamos—dijo Tom cambiando de idea.
Andreas asintió y tiró de él escaleras arriba. Estaba muy oscuro pero gracias a la luna veían por donde pisaban. Había mucho polvo y suciedad acumulada, por no hablar de envoltorios de condones tirados por todos lados.
—Diría que no somos los primeros que subimos—notó Andreas.
—Ya, poca gente se atreve a subir al primer piso—murmuró Tom.
—Les demostraremos que no hay ningún fantasma—dijo Andreas entrando en una habitación.
Soltó la muñeca de Tom y se apoderó de sus labios antes de que dijera algo. Empezó a besarle con suavidad, sintiendo como le respondía al beso y se dejaba llevar, poniendo las manos en sus caderas y atrayéndole más hacia su cuerpo.
Caminaron dando tumbos por la habitación, hasta que la espalda de Tom chocó contra una pared. Entonces sus labios se separaron y tomando aliento, Andreas fue bajando por su cuerpo hasta quedar de rodillas. Como ya hiciera en el baño, desabrochó sus pantalones y sacó su miembro al exterior. Sonrió y empezó a lamer muy despacio, arrancándole a Tom pequeños gemidos incontrolados.
—Joder—susurró Tom con los ojos cerrados.
No se creía lo que le estaba pasando, dejar que un chico se la chupara y gozar de paso.
Andreas sonrió y siguió con su trabajo, hasta sentirle a punto de explotar en su boca. Pero no quería que volviera a pasar, no porque no le hubiera gustado probar a su amigo. Esa vez quería algo más y separando los labios se incorporó y se le quedó mirando, llevándose las manos a los pantalones y desabrochando.
Tom se le quedó mirando entre jadeos, preguntándose porque se había detenido si ya estaba a punto de terminar en su boca.
—Tom…quiero que me folles—murmuró Andreas todo “romántico”.
—¿Que te haga el amor?—preguntó Tom atragantándose.
—Como quieras llamarlo, pero…por favor, hazlo—suplicó Andreas.
No sabía que decir, nunca se le había pasado por la cabeza hacerle eso a uno de sus amigos, por muy gay que fuera. Aunque tras haberse besado y dejar que se la chupara, ya daba igual. Solo era meter, nada de dejarse hacer él.
Asintió de nuevo ligeramente con la cabeza y Andreas se terminó de bajarse los pantalones. Dio un paso y se puso a su lado, inclinándose y apoyándose con ambas manos en la ventana. Tom se situó tras él, sin saber que hacer.
—Llevo un preservativo, tranquilo—murmuró Andreas metiendo la mano en su cazadora y pasándoselo.
Tom lo cogió sin decir nada y tras rasgar el envoltorio con los dientes se lo puso y ajustó.
—No tienes que prepararme ni nada, no es mi primera vez y no me va a doler—explicó Andreas—Pero si te cuesta, usa saliva.
Tom asintió tragando con fuerza, sentía que se le estaba bajando la erección y llevándose una mano a ella se masturbó para retenerla. Entonces cogió aire con fuerza y llevándose una mano a los labios la chupó de arriba abajo y se la pasó por al erección.
Dio un paso y se acercó a Andreas, que se apoyó mejor en la ventana. Se acercó a sus nalgas y separó con una mano mientras dirigía con la otra su erección a la entrada de Andreas. Empujó con suavidad y fue entrando poco a poco en su cuerpo, parando cuando le sentía ponerse tenso y avanzando cuando sentía que se relajaba.
Y él también se relajó una vez del todo dentro. Empezó a moverse y salir de su cuerpo para luego volver a entrar con decisión. Dejó a un lado la extraña sensación de estar tirándose a uno de su mismo sexo y empezó a acelerar el ritmo de las embestidas, gimiendo en voz baja al igual que Andreas.
Apoyó las manos en sus caderas y con dos últimas embestidas se derramó dentro de su cuerpo al tiempo que Andreas lo hacía entre sus dedos, que aferrados a su miembro se masturbaba mientras que su amigo le daba.
Se quedó aún dentro mientras recuperaba el aliento, cerrando los ojos al tiempo que cogía aire y lo expulsaba en un profundo suspiro…que se quedó a medias cuando a sus oídos llegaron unos sollozos y lamentos…
—No…Tom….