Creo que debo comenzar agradeciendo a todos y todas la fabulosa y cálida bienvenida que recibimos mi historia y yo, mas aún después de tantos años de espera. La verdad me siento mal por eso pero lo redimiré escribiendo y actualizando seguido!!

Y bueno, aquello fue la introducción, ahora ya empiezan los capítulos aunque no serán muy largos, salvo alguno como éste, para no hacer cansada y tediosa la lectura.

Y pues bueno, nada más.

Espero os guste éste nuevo capítulo, y estaré muy atenta a sus hermosos comentarios.

Mil gracias desde my heart <3

GB~

Capítulo 1: Los Príncipes

Una tarde especialmente fría y salpicada de nubes, de mediados de febrero, había bañado el campo de tiro del palacio con un suave rocío, y en la periferia de los terrenos reales, ahí donde comenzaba la maraña de abetos de gigantescas copas oscuras, estaban de pie aquellas figuras enigmáticas, envueltas en un aura oscura e impenetrable de misticismo, gracia y belleza. Eran dos siluetas muy altas, cubiertas de elegantes ropajes negros tan finos y suaves como mechones de bruma. Criaturas irreales, viviendo en un mundo de irrealidad. Ambos estaban en postura de tiro, cada uno con un arco tenso en los brazos, calculando, midiendo distancias. Las flechas eran delgadas y muy largas, de líneas gráciles y rápidas; el primero en disparar fue el Príncipe William, y su flecha salió disparada con un leve silbido, yéndose a estrellar treinta metros mas lejos, justo en el centro de la diana con un golpe seco…

 El príncipe Tom en cambio no pudo hacer su saque, se distrajo cuando la brisa fresca alborotó los cabellos negros de su hermano gemelo y llevó hasta su nariz una nube cargada con su aroma. Aquello le impedía pensar, le impedía casi incluso respirar nada que no fuera aquel nimbo cargado con la esencia de Bill. Se desesperó, y cuando Bill volvió su afilado rostro de gato salvaje hacia él, Tom volvió a caer en la misma espiral de frustración que le aquejaba siempre. El anhelo lo dejó clavado en su sitio, estático, con los sentimientos revueltos. El amor desmesurado, envuelto en una apretada nube de posesividad le cerró la garganta, y el príncipe tuvo que sacudir la cabeza para reacomodar sus ideas. Bill sonrió levemente, mostrando su impecable dentadura, dándole ánimos, pero Tom lo miró serio. Después volvió a tensar el arco, haló la flecha y la soltó dos segundos después, sin pensar, ni medir, ni calcular. Ambos jóvenes siguieron su silenciosa trayectoria. La flecha de Tom describió un ángulo casi imperceptible y se clavó en la flecha de Bill, destrozándola por la mitad al avanzar mientras las virutas saltaban por todos lados cuando la madera se rasgó.

—Vaya— dijo el menor luciendo sorprendido, y poniendo las manos en jarras —¿Desde cuando te atreves a destrozar mis flechas?
—Desde hoy—terció Tom, con una casi imperceptible sonrisita de suficiencia, como siempre. Bill sonrió también luciendo derrotado, mientras negaba con la cabeza al bajar la mirada, pero Tom no quería dejar de mirarlo, de modo que se puso frente a el y lo tomó por el mentón, obligándolo a mirarle, era siempre dominante en sus maneras, pero su toque era suave como el vuelo de una mariposa. Bill seguía sonriendo, dejándose, y su sonrisa era tan enigmática como la de la Mona Lisa. Tom volvió a sufrir una convulsión en su bajo vientre mientras miraba a su hermano, desde las esmeraldas incrustadas en la dorada corona que le adornaba la cabeza hasta las botas lustradas con demasiada escrupulosidad, y entonces volvió a sumergirse en el ambiente de cínica fantasía en el que vivía. Siempre le sucedía lo mismo, estaba ya mas o menos acostumbrado. Bill levantó la mano para acomodar la corona de su hermano, y después serpenteó hacia abajo, hasta posarla sobre su corazón. Tom siempre conseguía atemorizarle de cierta extraña manera con sus modos tan directos, tan dominantes. A veces le costaba ver lo que pasaba por la mente de su hermano, sus pensamientos eran atribulados, muy pesados para Bill, que era transparente como un cristal; y gracias a eso se complementaban a la perfección. Pero el mayor era una fiera oscura, peligrosa, una bestia que solo podía ser controlada por otra fiera de igual porte, que era Bill, y no siempre… 

El príncipe menor tomó su carcaj negro que colgaba del tronco de un árbol y se lo cruzó sobre el pecho, haciendo que su cabeza oscilara hacia atrás y adelante sobre su delgado cuello… tan frágil, tan frágil… Una abultada cicatriz blanquecina coronaba la nuca de Bill, y como constantemente lo hacía al verla, Tom apretó los dientes, rabioso, vengativo, casi asesino. Últimamente Tom sentía una preocupación casi paranoica ante la posibilidad de que pudiera ocurrirle algo malo a Bill, y aunque el príncipe menor era extraño, sin duda, sabía cuidar de sí mismo, no por nada había sobrevivido diecinueve años por su cuenta, peleando desde el lodo contra mil adversidades, saliendo victorioso, burlando a la muerte misma; Tom lo sabía a la perfección, pero aun así no podía evitar estar al pendiente de él continuamente, sobre todo desde qué habían comenzado a llegar las cartas…

—Sería conveniente volver ya— dijo el mayor, mientras miraba a Bill y el cielo oscuro que se dibujaba detrás de él. Llovería pronto.
—Supongo— respondió Bill mientras bostezaba, tranquilo.
— ¿Lo supones? — Tom rio, tentado.
—Lo sabes Tom, a donde vayas tu, ahí iré yo.
—Lo sé, no lo permitiría de otro modo— Tom se acercó a Bill, y valiéndose del cobijo que les brindaba la hilera inescrutable de troncos negros y mojados, le besó, vaciando en su hermano toda su contención, su posesividad, sus celos y su frustración. Bill le recibió como siempre, como en casa, consumiendo y engullendo todos los pesares y atribulaciones de Tom, su territorial amor, sus miedos, sus inquietudes. Lo sentía en cada poro de su piel, en cada célula, en cada neurona que se conectaba con otra; Tom estaba presente hasta en las conexiones más ínfimas que su cuerpo realizaba. Ambos jadearon después de unos segundos, buscando aire. Tom jugueteó con los mechones del cabello de Bill mientras le besaba la línea de la mandíbula. Los enredó en sus dedos y se maravilló ante lo finos que eran, suaves como la seda, como el satén, con un brillo negro azulado que los envolvía aun sin haber sol. Deslizó luego la mano por su trenzada cabeza solo para sentir la diferencia. Tom también tenia el cabello negro como el ala de un cuervo, y su cabellera permanecía pulcramente sujetada en trenzas a la cabeza, trenzas que se deslizaban hacia abajo, serpenteando entre sus hombros y su espalda, cada día más largas. A Bill le encantaba tirar de ellas cuando se amaban. 

 

Emprendieron el camino de regreso, a pie por el centro del campo vacío, trescientas yardas. Iban haciéndose bromas, como siempre, riendo, desahogando ese amor que los enloquecía cada día, sin marchitarse ni agotarse. Cuando llegaron al lindero de cantera negra de la explanada principal, los sirvientes, jardineros, esclavos, cocineros, doncellas, cortesanos y todo el personal que servía en el palacio, los reverenció. Tom hacía caso omiso, displicente como siempre y Bill inclinaba la cabeza con una cortesía casi imperceptible a todo aquel que le saludaba. Tom no era descortés, ya no más, sucedía que únicamente tenía ojos para su hermano. Caminaron por los largos pasillos al aire libre. Febrero era un mes frío y había un poco de bruma en el ambiente que se mezclaba con el olor levemente putrefacto del kudzu humedecido, con el de las frescas agujas de pino que los sirvientes se afanaban en barrer, con el regusto salado de la brisa marina y con el crepitante perfume acre de la madera siendo aniquilada por el fuego de las  decenas de chimeneas del imponente palacio. 

Pasaron de largo por el perímetro de la pequeña planicie que presenciara dos años atrás la ejecución de la desalmada Lucila de Hannover. Ambos príncipes ignoraron el lugar como siempre lo hacían, la piedra mojada, la tarima de madera, las cadenas en las que aún resonaban los tenues lamentos si se detenían a escucharlos. Los tallos de kudzu lo habían cubierto casi por completo y escondidas en la madera había manchas marrones de sangre que llevaba mucho tiempo seca. Hicieron caso omiso de todo eso, de todo. Los príncipes caminaban con la natural indolencia que los caracterizaba, callados, serenos, imponentes. Sus zancadas eran lentas y largas, caminaban erguidos y dignos, sus adornos brillaban y las capas gemelas de terciopelo negro forradas de satén color oro apenas se movían, susurrantes, jugando con el viento, resbalándose entre las espuelas doradas, acariciando el pavimento. Atravesaron las enormes puertas del formidable palacio, y en el acto se vieron rodeados. Sus escribas se colocaron respetuosamente detrás y Tom volvió los ojos en blanco. El príncipe mayor no había dejado de odiar a esas comitivas que los seguían más de cerca que sus propias sombras, pero era el protocolo. A Bill parecía no afectarle y siempre intercambiaba un cálido saludo verbal con uno de ellos: Marcus, su guardia personal, el guardia de segunda clase recién ascendido que corriera despavorido por todo el palacio dos años atrás con la atroz noticia que transformaría a todo Calabria, el guardia que le había salvado la vida. Marcus veneraba al príncipe William, lo vigilaba de cerca y de lejos, siempre pendiente. Daría su vida por la de él, y ambos príncipes lo trataban con una deferencia muy especial, incluso el príncipe Thomas le dedicaba fugaces sonrisas y leves inclinaciones de cabeza. Le estaría eternamente agradecido.

Los príncipes entregaron los arcos y los carcajes llenos de flechas a sus sirvientes y continuaron su camino. Atravesaron el pasillo principal iluminado con miles de lámparas y Tom le dirigió una mirada al enorme reloj oscilante de la sala del trono por la que pasaron. Eran las cuatro menos cinco de la tarde, iban puntuales. Continuaron el recorrido en silencio, pero no un silencio tenso. Ambos estaban tranquilos, Bill mas que Tom, siempre. El mayor y su mente siempre estaban en movimiento, pensando, concentrándose, cavilando. Se dirigían como cada día a ver a la Reina, su madre, algo totalmente nuevo para ambos. Los Reyes ahora eran parte de la vida cotidiana de los Príncipes y viceversa, se veían a diario. Cosa que antes, cuando era solo Tom, no sucedía, porque simplemente no había armonía, faltaba algo, estaban incompletos, y apenas se toleraban. Todo eso había cambiado radicalmente ahora. 

Cuando los príncipes gemelos atravesaron las puertas delicadamente ornamentadas de la sala de recepciones privada de los aposentos de su madre, los escribas y guardias desaparecieron como por arte de magia después de desatarles las capas sin rozarlos siquiera, y la Reina Simonetta de Hannover salió revoloteando como una mariposa envuelta en sedas, con la alegría y el endiosamiento pincelados en su altivo rostro. Como cada tarde, la Reina salió a recibir a sus hijos. De todos los tesoros que poseía y que podría llegar a poseer, sus gemelos eran el mayor.

—Thomas— susurró ella. 

Primero abrazó a Tom y el príncipe mayor devolvió el abrazo con calidez y afecto y después se hizo a un lado para dejarle espacio a su hermano.

—Oh, William— el rostro de ella era un poema al amor maternal. Bill sonrió y sus alucinantes ojos amarronados se conectaron con otros ojos idénticos en forma y tamaño, pero de la tonalidad del océano índico. Su corazón se aceleró y la abrazó, sintiendo ese amor que sólo ella podía hacer brotar, pero no totalmente. Entre ellos se interpuso Constanza y su recuerdo, como un velo, como un aura de luz plateada que envolvía celosamente la silueta de Bill solamente para ella, y Bill no podía querer a nadie por sobre ella, nunca, Constanza siempre estaría embebida en su esencia, y la Reina lo sabía, pero se conflictuaba entre los celos y el agradecimiento.

 Los hizo pasar y un estallido de alegría recorrió el pequeño salón rojo y dorado. Bill y su madre comenzaron a platicar de mil cosas distintas mientras Tom, que permanecía al lado de Bill les dejaba su espacio, no obstante sin alejarse de su hermano. De haber sido por el, se habría llevado a Bill directamente a sus aposentos, pero su hermano pequeño disfrutaba de pasar un rato por la tarde tomando té con su madre; algo que a Tom no le llamaba la atención en absoluto, pero Bill tenía muchos años que recuperar. Era obvio que Tom la amaba, pero después de tantos años de abandono involuntario, Tom había aprendido a vivir por su cuenta, independiente, solitario y libre como el viento hasta antes de que llegara Bill. Ahora vivía amarrado a él y vivía por vez primera feliz, aunque no todo fuera felicidad absoluta. 

Tom se retrepó sobre el cómodo sofá y entrecerró los ojos como un lagarto aletargado, mientras observaba mudo de entretenimiento como Bill fracasaba aparatosamente en su batalla de resistencia contra los bocadillos. Era imposible mantener a Bill alejado de los dulces; vainilla y frambuesas eran su debilidad, ya que alguna vez les había contado cómo Constanza a veces podía llevarle uno o dos pastelitos cuando era un niño, y eso que a Tom le parecía tan simple, a Bill lo hacía feliz. 

Bebieron el té blanco a sorbitos mientras platicaban de cosas sinsentido, pero que Tom captaba, filtraba, catalogaba y separaba sin perderse nada. Todo era banal salvo las anécdotas de Bill,que siempre tenían tintes oscuros y medio siniestros, pero de igual modo lo escuchaban ávidos.

—Y dime William— la voz musical de la Reina armonizaba todo el ambiente—¿has sabido algo de Gustav?
Tom se tensó como las cuerdas de un arpa, y aguardó.
—No, no he sabido nada de él desde hace meses— Bill hizo un puchero casi Invisible que no le pasó desapercibido a su hermano.
—Podrías escribirle.
—No he tenido mucho tiempo— confesó Bill.
—Pasan demasiado tiempo en la sala de audiencias y en los barracones de los Soldados, disfruten mas del tiempo libre— se dirigía a ambos.
—Trataré de escribirle— tajó Bill. No quería seguir hablando del tema, pues sentía perfectamente el tropel de emociones negativas que se desprendía de Tom con una rapidez alarmante. Entonces la Reina se levantó para atender un llamado de su dama de compañía y los dejó solos.
Bill se volvió en el acto hacia Tom y le sonrió. Su sonrisa era dulce y tímida y en sus ojos brillaba una chispita de luz amarilla.

—Thomas…—susurró, mirándolo, adivinando su ánimo aparentemente tranquilo en la superficie, y peligrosamente agitado en el interior.

—William… —El-Tom-de-noche le devolvió la sonrisa. Eran idénticos, la misma cabellera negra azulada, el mismo mentón puntiagudo, los mismos ojos oscuros en forma de almendra…, pero la sonrisa del mayor era mucho, mucho más helada. Bill se agitó cuando Tom se lamió los labios sin dejar de mirarlo— ¿extrañas mucho a tu amiguito? —preguntó, envolviendo la última palabra en una bruma de total desprecio.
—Vamos Tom, no empieces de nuevo con eso— lo cortó Bill, displicente. Tom se irguió sobre el asiento.
— ¿Qué no empiece? Es que nunca he terminado — escupió el mayor.
—Ese tema está ya hablado.
—Lo hemos hablado sí, pero no está cerrado— el príncipe mayor estaba ofuscado.
Mónaco y todo lo que encerraba en sí, era un tema peligroso para él, Bill lo sabía.Era peligroso porque Bill estaba incluido también ahí, porque era parte de todo eso,y Tom no lo aceptaba, no iba a compartirlo con nadie. Tomó el brazo de Bill y se acercó a su rostro blanco como una lágrima, mientras la desesperación volvía a robarle la cordura.
—No es el momento Tom— La voz de Bill era intranquila. Miró profundamente a Tom, perdiéndose en el abismo sin fondo de sus ojos y no pudo ni pensar por un momento. Lo dominaba, totalmente. Se separaron en cuanto la Reina volvió a entrar al salón.
—Lo siento, queridos— se dirigió a ambos. Bill sonrió, alejándose de Tom, quien no sonrió. El príncipe estaba enfadado, muy enfadado. Bill lo sentía, lo sabía perfectamente. El fluir de emociones entre ellos era en ese momento muy intenso. Tom estaba enojado y celoso, como lo estaba prácticamente la mitad de los días y tratándose de otros tiempos, Bill le habría buscado con melosidad, con interés, sondeando su enojo, suavizándolo con palabras, con actos. Pero no ahora, no. Si Tom quería estar enojado por una cuestión que nadie podía evitar, como lo era el lazo que unía a Bill con Mónaco, que lo estuviera. El príncipe menor no iba a volver a humillarse, aunque el enojo de Tom le doliera hasta el alma, no lo iba a volver a hacer. Tom necesitaba aprender a controlar sus celos, que habían crecido con el paso del tiempo, hasta alcanzar niveles insospechados. Ya una vez le había abandonado por aquello, y si fuera necesario, lo volvería a hacer, dejaría a Tom descifrándose solo al menos por un tiempo.
—Todo está bien— suavizó Bill al momento de levantarse con garbo y gallardía—yo me retiro, madre, me siento un poco cansado— dijo al inclinarse y dejar un dulce beso en la frente de la Reina.
—Oh, esta bien querido— la Reina sonrió, siguiendo con la mirada la alta figura estilizada y oscura de Bill, quien se estaba anudando la capa al cuello, sin ayuda. Le gustaba lo que veía. Tom también se levantó, besó la mano de su madre con caballerosidad y siguió a Bill, callado como el sepulcro. La Reina también lo siguió con la mirada, sonriendo, embriagada de orgullo, hasta que ambos príncipes desaparecieron en las tinieblas del pasillo.

Bill caminaba indolente, sin prisa, erguido como siempre, impresionantemente alto. Era seguido de cerca por Marcus y su escriba, y de lejos por la formidable y depredadora figura de su hermano gemelo, cuya aura dominante y territorial inundaba cada rincón del pasillo, reptando como una densa niebla invisible que se enroscaba hasta envolver la figura luminiscente de Bill. No se detuvieron, ni se hablaron, ni se miraron hasta que estuvieron solos y seguros tras la puerta cerrada y custodiada de los aposentos de Tom. Cada príncipe tenía su habitación ahora, una pegada a la otra, pero cada noche sin excepción, dormían juntos, incluso cuando estaban distanciados. No podían tolerar estar separados, se necesitaban, precisaban sentir la presencia del contrario, sus suspiros, sus latidos, como el aire para respirar. Bill se adentró, quitándose la pesada capa y la corona en el proceso. Las dejó por ahí y un velo de su aroma fresco giró delicadamente alrededor de los hombros de Tom. El mayor de los príncipes se pegó a la pared del fondo y permaneció inmóvil, limitándose a observar los movimientos de su hermano, viendo el subir y bajar de su rostro pálido, y el oscilar de sus manos en la luz del atardecer.
— ¿No vas a decir nada? — inquirió Bill, mirándolo sin mirar, fingiendo que se entretenía en otras cosas, aunque solo estuviese pendiente de cada una de las respiraciones de su hermano. Tom no respondió, ni se movió, ni parpadeó siquiera. Solo siguió ahí, de pie, con su clara mirada ahora torva clavada en Bill. Estaba inestable, rabioso, molesto y celoso y sólo intentaba tranquilizarse. Bill lo sabía perfectamente, sabía que no debía presionarlo mucho, así que le daba su espacio, aunque hacer eso le doliera directo en el alma. Pero entonces, Tom se distrajo, dejó de prestar atención a sus desatados demonios internos cuando un potente y ajeno sentimiento de melancolía se abalanzó sobre él sin avisar. Aquel era Bill, sin duda. El príncipe menor se había sentado lejos, sobre un sofá blanco como la nieve y miraba hacia el atardecer por el enorme ventanal. Sus hombros estaban hundidos, y al bajar la cabeza, su melena negra le cubrió los ojos eternamente tristes, que se fueron cerrando lentamente. Tom sintió un subidón de ácido trepar por su tráquea y se arqueó. 

Él podía soportar todo, todo absolutamente todo, menos ver sufrir a Bill. Y Bill sufría en la misma proporción en la que él pasaba el tiempo celoso. Él lo sabía, sabía que su hermano hacía esfuerzos sobrehumanos a diario para tratar de mantener su mente despejada, distraída y centrada a la vez en su nueva vida y las exigencias que llevaba implícitas, pero cada día la sombra de su pasado arremetía contra el sin piedad, y aunque Bill fuera un experto en desechar esa clase de sentimientos, había días en los que no podía mas, como aquel. Tom se sentó al lado de Bill, y acarició sus relucientes pestañas negras con la punta de sus dedos.

—No recuerdes nada Bill, no pienses el pasado que es eso, pasado… por favor…
—Puedo soportar todo Tom, cosas terribles, pero que te pongas furioso conmigo es algo muy difícil de aguantar…
—No es eso, no estoy…¡¡rayos!!— el príncipe se levantó, exasperado, furioso como un animal acorralado ¿cómo explicarle a Bill que no estaba enojado directamente con él, pero si por su causa? —No estoy furioso contigo, ni es tu culpa Bill… es solo que no puedo tolerar siquiera la idea de ti teniendo algo que ver con esa bola de imbéciles de Mónaco, no puedo.
—Mónaco es parte de mi vida, está en mi pasado, y también en mi futuro y por ende en el tuyo, no podemos simplemente seguir como si no existiera, no en esta vida que llevamos, no con el peso que cargamos.
Tom se desesperó grandemente. No le hacía falta que Bill le cantara la misma canción que había escuchado durante toda su vida, no quería escuchar esas frases que tanto odiaba, salir de los labios que tanto amaba.

Entonces vámonos tú y yo solos a un lugar en donde nadie nos conozca.
— ¿Y Calabria? Si hacemos eso nuestro reino moriría…
Y en realidad no había muchos argumentos para refutar aquello. Tom cerró los ojos e hizo varias inspiraciones, su genio lo traicionaba y no quería escupir palabras hirientes que tendría que lavar con su propia sangre después. Meneó la cabeza lentamente, no podía pensar y entró en el cuarto de baño, necesitaba refrescarse, calmarse solo… pero en su mente estalló la alarma tan solo dos minutos después de que cerrara la puerta. Con los ojos muy abiertos salió a la enorme habitación, pero Bill ya no estaba ahí, solo su capa estaba en una esquina del sofá,… terciopelo negro y sedoso, melancólicamente quieto y abandonado. Tom tomó cuidadosamente la capa y salió en busca de su hermano, mientras los últimos rayos de sol color rojo sangre se deslizaban por debajo de los abetos y atravesaban como lanzas los enormes ventanales del silencioso palacio.

Continuará…

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

8 comentario en “El Heredero 1: Los Príncipes”
  1. La historia está genial, es increíble que continúe y muestre la vida después de la coronación, Tom el eterno sobreprotector y celopata, Bill el luchador y amoroso amo a estos dos

    1. Es que mi pobre Tom vive atormentado y pronto se sabrá el porque vive así y claro que iba a haber historia para narrar como les va ahora y en los siguientes capítulos se sabrá más y más. Ya verás
      Mil gracias por tu comentario.💙

  2. Vaya…y si el heredero tiene que ser por parte de Mónaco? Pensé en Calabria pero por lo menos ahí no hay reparo alguno en tenerlo pero la cosa cambia en aquel lugar.
    Tom es un hombre apasionado, fervoroso y amo la descripción de él. Hasta el «ambiente» sabe que el príncipe está ahí. Su casi «omnipresente» presencia y su personalidad me arrastra. Tom es un cúmulo de sentimientos, de emociones, es fuego que consume. .nada más espero que no los queme ni a él ni a Bill, pero creo que de él saldrá el primer traspié u.u
    Bill. .. Bill, acaso su carácter apacible ( no por ello pasivo) y conciliador será el que se sacrifique por el bien mayor antes que el propio? Me llamó la atención el pensar que él puede poner «tierra» a lo suyo con Tom si ve que éste no mejora en su actitud. ..no sé, presiento que se viene una época oscura.
    Cartas ¿Qué cartas? Amenazas, compromisos? .
    En verdad que hoy el «aura» de Tom me atrapó.
    Un placer leerte!

    1. Como siempre responderte es un placer y de nuevo esa perspicacia que sólo tienes Tu, que pescas la esencia e intuyes lo que va a pasar.
      En realidad eso es lo que podría pasar (No se no sé…) Pero ahora Bill es Príncipe y claro.que hay cierto rey que quiere atraparlo. Tom lo sabe bien, sabe que se lo pueden quitar por los protocolos y para salvar el reinado y por eso es así, y Bill lo sabe y bueno… vienen tiempos oscuros si… lo sabrás pronto
      Gracias por este gran comentario y espero seguirte leyendo en los demás capítulos 💙

  3. Admiro esa forma tuya de describir detalladamente el ambiente y relacionarlo con la personalidad de los personajes.
    Cuando terminé de leer «El príncipe y el mendigo» tenía la sensación de que si la concepción de un heredero era inminente entonces Tom iba a ser el responsable. Eso imaginé por años.
    Ahora que leo con más profundidad la personalidad de los personajes veo que puede no ser así. Tom está totalmente enamorado de Bill al punto de que él es su mundo entero, por eso sus reacciones son tan apasionadas que se desencadenan en sobreprotección y celos intensos. Dudo que que sea capaz de unirse a una mujer que ni siquiera conoce. Por otro lado, Bill es un líder, responsable y empático que puede sacrificarse por su pueblo. Su relación tan estrecha con Mónaco son los antecedentes obvios para un probable compromiso. Casi puedo apostar que esas cartas son de compromiso enviadas desde Mónaco y tal vez de otros lugares. Por eso Tom está alterado y celoso y me da la impresión de que Bill proyecta una triste resignación por la misma razón.

    1. En verdad eres perspicaz y pescas los detalles escondidos en cada capítulo, en efecto al parecer era Tom quien iba a casarse puesto que es el mayor y así, pero los describes muy bien, Tom es pura pasión y fuego, y Bill es más analítico y hasta medio mártir pero es que así fueron educados..
      Y de lo otro… Ya veremos jojo de donde sale nuestro heredero
      Graciaaaas por estos comentarios tan completos y por leerme, es un feedback increíble
      Besos

  4. Por ahora puedo suponer que es Ambrosía la que va a terminar casada con alguno de los dos, probablemente con Bill. Pero se me ha venido a la mente la posibilidad de que aparezca otra candidata a reina, y qe al final ambos terminen casados con personas a las que no quieren.
    Creo que a veces soy demasiado pesimista…

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