Capítulo 10: Las Princesas

A pesar de que el sol emprendía su diario camino hacia el reposo, el calor era sofocante y el viento estival no tenía la fuerza suficiente para penetrar por entre las columnas salpicadas de colores.

El Palacio rosado de Mónaco se encontraba envuelto en un silencio caliente y vaporoso e incluso los pájaros estaban quietos, y más allá de los jardines, las aguas de los estanques semejaban un caudal de plata fundida.

En las habitaciones de la princesa Ambrosía Grimaldi, el aire caliente que entraba por los ventanales abiertos levantaba los pesados cortinajes de brocado y creaba remolinos perfumados de azahar y jazmín que le alborotaban delicadamente los cabellos dorados.

Estaba sentada sobre un pequeño banquillo forrado en seda rosada, y tenía al frente su tocador blanco en cuya superficie se hallaban desperdigados decenas de pergaminos atados con cintas de organza de colores suaves.

Su cabello dorado le hacía cosquillas cuando se agitaba sobre sus hombros, que estaban desnudos debido al escote de su vestido blanco que le cubría el pecho y la espalda empezando desde los brazos. Lucía tan magnífica y preciosa como siempre.

Todo el mundo sabía que la princesa era la favorita del Rey, desde que llegó al mundo lo había sido y ahora, a los diecinueve años de edad, lo era aún más, el Reino entero la veneraba, y su padre la adoraba.

Los Reyes tenían grandes expectativas para ella y su futuro, sobre todo aquel que incluía un futuro reinado en la lejana tierra de Calabria, y es que a diario llegaban nuevas noticias sobre aquel místico lugar, sobre su prosperidad, su creciente economía, sus fértiles tierras, sus caudalosas aguas, el misterio de sus montañas y lo cristalino del mar, y sobre todo, llegaban sin descanso noticias sobre los príncipes gemelos y de lo afortunada que sería aquella joven noble que fuese elegida por alguno de ellos para convertirse en princesa de Calabria y en futura reina.

—Debo asegurar el legado de Ambrosía — le confiaba el rey a la reina en la mas profunda intimidad de sus habitaciones, mientras cavilaba — Ella va a ser Reina de Calabria algún día.

Pero la joven princesa, al igual que la mayoría de los futuros nobles y soberanos de cada reino, tenía sus dudas y había cobrado conciencia de sus decisiones.

Ambrosía quería ser amada, no venerada como ya lo era, sólo amada, quería estar con el príncipe William, quería ser reina y tener una familia, pero no quería que fuese a fuerzas, ya no era la misma joven ingenua que había sido antaño, cuando William vivía en Mónaco y todo era color de rosa. Ella sabía que el príncipe William, de haber querido unirse a ella, ya lo habría hecho, pues de otro modo su padre no estaría siempre tan molesto, ni esperaría con avidez a los emisarios cada mañana para enterarse de las últimas noticias sobre Calabria y sus príncipes, ni vería ese hermetismo en los ojos de Gustav cuando ella le preguntaba sobre Bill.

Y en los últimos días, el mal humor de su padre se había acrecentado, pues nuevas noticias estaban sobre su pulido escritorio.

Ahora los Reyes normandos pretendían presentar a su hija, la princesa de Normandía, a los príncipes herederos de Calabria y ella temía que Felitza, la joven princesa francesa de ascendencia celta y belleza legendaria, pusiera sus ojos en el príncipe William, lo cual dificultaría aún más las cosas; y es que ella no deseaba más complicaciones.

Se levantó y caminó en círculos por su enorme habitación con una carta en una mano y un clavel seco en la otra. El clavel aún tenía una brisa de su suave aroma escondido tras lo marchito de sus pétalos y la carta guardaba fielmente algunos versos que William le había escrito cuando vivía cerca de ella.

«Querida niña«

Le había escrito hacia más de tres años. En esa carta el le reiteraba su cariño y la reconfortaba por su próxima boda, con Tom.
—Quien lo hubiera pensado — murmuró, bajito.
La firma de William, estilizada, llena de curvas largas y elegantes como él mismo lo era, la puso triste.

Había sido tan cortés y caballero, tan galante con ella, educado, solícito, protector… llegaba con chocolates de rellenos de trufa y pan de oro, porque sabía que eran los favoritos de ella, a veces le llevaba una rara y solitaria flor que había encontrado en los jardines, o la llevaba a sendos paseos por los estanques, escuchandola atentamente y relatandole historias fantásticas.

Una solitaria lágrima tan transparente como el cristal resbaló por su mejilla lentamente.
Pensaba en toda la cadena de eventos que los habían llevado a todos a ese punto, y sus pensamientos hacían eco a los pensamientos de su padre.

La joven princesa caminó hasta la silla dorada que estaba al lado de su lecho y se sentó ahí, alisando las arrugas de la tela de satén blanco de su vestido.

Se sentía tan desdichada, tan desdichada.
Y su desdicha había comenzado cuando hacia cuatro años, sus padres le revelaron que estaba comprometida con un príncipe de una tierra lejana y que debería casarse para poder ser reina, ya que el Reino de Mónaco pasaría por derecho a su hermano, el príncipe Adam.

Y después de haber conocido al arrogante príncipe Tom, aunque era ridículamente apuesto y rico, habría preferido la muerte antes que pertenecerle, ya que él no despertaba nada en ella, y justo en ese punto de quiebre en su joven vida, había hecho aparición aquel príncipe disfrazado de mendigo que ella había confundido con un esclavo cualquiera y con el que se sentía profundamente agradecida.

Y fue en ese momento que nació su desdicha. El joven William enamoraba a cualquiera con su educación, con su gallardía, con su carisma y su hermosura, y después de un largo año de servir para la familia imperial de Mónaco, resultó inevitable que en ella naciera un amor desmesurado hacia su Guardia, consejero y amigo; y aunque su padre le había otorgado el título de príncipe Erpa-ha, título de los señores herederos de Italia, uno de los títulos más importantes que se podía otorgar, ella sabía que su unión con William habría resultado prácticamente imposible, por las aspiraciones de sus padres hacia ella.

No había posibilidad de unión entre ellos ya que, el Reino de Mónaco le pertenecía a Adam por derecho real de nacimiento y ella y William, no hubieran sido más que un matrimonio de simples nobles.

Pero en Calabria, al saberse la aterradora verdad, en la que Bill había resultado ser la víctima más injustamente condenada, todo había cambiado. Ahora William era un príncipe de sangre real pura y noble de altísimo rango, heredero de su reino y portador de títulos importantísimos, y así, podría casarse y heredar su reino…, si no estuviera Tom, su hermano mayor, ya que según los rígidos y anticuados protocolos reales, William no podría acceder al trono de Calabria, salvo que su hermano mayor claudicara a su derecho Real; y algo en ella le decía que el príncipe Thomas jamás se haría un lado, ni permitiría que su hermano se casara, y ahí es donde entraban los siniestros planes de su padre, de llevar ambos reinos a la guerra, para lavar la ofensa.

Sentía el aliento cada vez mas pesado, pasando por su garganta con mucha dificultad, quizá era el ambiente de calor opresivo de sus aposentos, pero decidió que no podía estar quieta ahí, o terminaría asfixiándose. Echó a correr como una gacela, pasando tan deprisa que el par de valientes del Rey que custodiaban las enormes puertas de sus aposentos apenas la vieron, y cuando comenzaron a seguirla, ella ya había desaparecido.

No dejó de correr, ni cuando atravesó como una flecha los estanques.

La presión que sentía en el pecho y la cabeza era muy opresiva, y su médico real tenía que suministrarle muy seguido una infusión de corydalis* para aliviar el dolor de cabeza y la rigidez de la espalda.

Y su padre esa misma mañana le había confirmado que durante el inicio del verano, volverían a Calabria, y eso sólo había logrado aumentar su ansiedad.
Quizá… Si las cosas continuaban así, sería bueno terminar lo que empezó la noche que conoció a Bill…

Baja Normandía

El Palacio de Vincennes, anidado entre las colinas verdes y tupidas de follaje francés, se encontraba en silencio. Contrastaba mucho con el castillo rosa y cálido de Mónaco, y con el elegante y gótico Palacio calabrés ya que éste era un gigante totalmente blanco, y totalmente hermético.

Sus murallas de más de un kilómetro de longitud estaban siempre custodiadas por guerreros cuidadosamente elegidos, en cuyas venas corrían apenas ínfimas gotas de la sangre ancestral y asesina de los vikingos.

El impresionante torreón de cincuenta metros de alto dominaba el muro central y siempre tenía vigías armados hasta los dientes y el foso de casi treinta metros de longitud, lleno de cocodrilos, lo volvían una fortaleza impenetrable.

Y eran esas murallas y Torres gigantescas las que trataban de guardar celosamente a su única heredera, la hermosa princesa Felitza de Falaise, pero la princesa tenía otras cosas en mente. Descendiente de una legendaria y pura línea celta, la bravura y la rebeldía corrían por sus venas, tan rojas y encendidas como su cabello largo y ondulado, cuyas puntas se ensortijaban creando unos bucles impresionantes. No le gustaban los protocolos, ni la aburrida vida de Palacio y sus grilletes dorados, tampoco era aficionada a los vestidos vaporosos, o las horquillas de oro o las coronas; ella prefería los adornos de piel y gemas preciosas, y a veces se ponía plumas en los cabellos a modo de adorno, y a diferencia de la princesa Ambrosía, que amaba a los gatitos o a los cachorros, Felitza tenía una sola mascota, una loba gris domesticada, que su padre le había traído hace tiempo de alguno de sus viajes de cacería.

La estampa de la princesa era la definición de belleza, independencia y valentía. Tenía la piel intensamente blanca, tan blanca y lisa como el solitario pétalo de una cala, con la nariz y mejillas salpicadas de pecas rojizas, la boca carmín era pequeña y bien proporcionada, y sus ojos eran enormes, con un extraño color verde olivo en las orillas y un profundo color ámbar alrededor de las pupilas. Su alma era fresca como el musgo, pero muy en el fondo conservaba el atávico aire de las princesas celtas, y sus padres se sentían muy orgullosos de ella, en especial su padre, el Rey Felipe.

Pero los consejeros y secretarios, y aquellas personas muy cercanas al rey Felipe Augusto, habían comenzado a susurrar que su Alteza Felitza ya estaba llegando a la edad de casarse, y como Normandía no tenía un heredero varón, era necesario buscar algún Príncipe para que reinara a su lado, y fue entonces cuando el Rey se enteró de lo sucedido en Calabria, con su viejo amigo el Rey Jörg y de la existencia de sus dos Príncipes herederos, jóvenes y fuertes, ambos de noble cuna y excelente casta.

También sabía que el Rey de Mónaco tenía ciertos pesares hacia el rey de Calabria, y que había puesto su mira en el hijo menor y recién reconocido del Rey Jörg para que desposara a su hija y la hiciera reina de Calabria, lo que dejaba al príncipe Thomas, el primogénito, sin un trono que ocupar. Algo totalmente absurdo y descabellado.

Por supuesto que el no deseaba encadenar así a su adorada hija, pero naturalmente también temía por el futuro de su reino.

«Me sigue pareciendo muy extraño el encaprichamiento de Magnus» cavilaba el rey Felipe, cierto día durante el desayuno, que siempre transcurría en la más absoluta privacidad, sólo lo compartía con su reina y con la princesa Felitza, ya que Normandía, así como Calabria y Mónaco, siempre estaba llena de cortesanos, marqueses, condes, barones y demás nobles que cumplían sus deberes reales.

«¿Qué es lo que tendrá el hijo menor de Jörg como para que Magnus se pase por el falo los protocolos realesTendría que casar su hija Ambrosía con el príncipe Thomas que es el mayorasí estaba dispuesto desde que ambos nacieron y después entonces el príncipe menor puede contraer matrimonio… siempre y cuando el príncipe mayor no se case antes con alguna otra princesa, como mi Felitza….«

No lo entendía.
Suspiró pesadamente, mirando como la reina enderezaba los ensortijados mechones de cabello rojo de su hija para que le colgaran decorosamente tras la espalda, y sonrió cuando Felitza puso los ojos en blanco. Tan rebelde. Definitivamente, el jamás la forzaría a nada.

El desayuno fue espléndido, típico de Francia, en donde abundaba el zumo de pomelo y naranja, y los croissants rellenos con chocolate fundido y salpicados de miel, atrás de platones rebosantes de frutas y pastelillos con crema batida y cerezas confitadas.
El rey se aclaró la garganta al ver la mirada de impaciencia de la reina Arlette, en realidad ella era la que quería que su hija se uniera con el príncipe de Calabria, ya que el otro noble que tenía en mente, el Duque de Montpensier, se encontraba desaparecido, y su familia desesperada, buscándolo.

—Felitza — llamó, haciendo que la princesa lo mirara — te tengo noticias.

Felitza levantó una ceja rojiza e hizo una mueca graciosa.
—¿Que noticias padre?
—Como bien sabemos, el próximo año será tu cumpleaños número dieciocho… Y nuestro protocolo sugiere que deberías estar casada y con el título de regente para ese entonces…
—Pero ya habíamos hablado de esto padre, no hay nadie que les parezca digno de mi — dijo, muy segura y pagada de sí misma.
—No había —intervino su madre, haciendo énfasis en el pretérito —ahora hay un candidato perfecto y a tu altura.
—¿Que? — la princesa lucía ahora aterrorizada, sus pupilas se dilataron tanto que los iris bicolores que lucía orgullosamente quedaron color amarillo pardo —¡¿Quien?!
—Su alteza real, el príncipe Thomas Von Kaulitz, soberano de Calabria, en Italia.
La princesa estaba bizqueando, en shock.
—¡¿El príncipe Tom?! — verbalizó, anonadada —¡Pero si el va a casarse con Ambrosía! Es más, ya deben estar hasta casados. — Terminó, le faltaba el aliento y se preguntó como su madre podía estar diciendo eso, ya que todos sabían que el príncipe Thomas y la princesa Ambrosía iban a casarse algún día, ella lo supo desde que era una niña, seguramente a su madre ya se le iba la pinza.
—No es así Felitza -la reprendió su madre, tajante —al parecer no estás enterada de nada, hace tres años, ese enlace real se canceló, ya que en Calabria ocurrieron ciertos eventos que si bien nosotros no entendemos, alteraron el rumbo de las cosas.
—¿Eventos? ¿Es que él la rechazó? — preguntó, arrugando la nariz y sonriendo pícaramente.

«Normal, con lo aburrida que es» pensó, recordándola entre las sombras del pasado. Había asistido a la gala por la primera comunión de Ambrosía hacia muchos años en Mónaco, y Felitza recordaba que Ambrosía era una chiquilla esmirriada, flacucha y estirada, cuyos enormes ojos azules resaltaban en su rostro pequeño, demasiado pequeño quizá, tanto que la tiara de diamantes que usaba en esa ocasión, le resbalaba hacia la frente constantemente.

Recordó que la primera impresión que tuvo de la princesa Ambrosía era sinónimo de enfermedad, sus ojos parecían cansados, o enfermos.
Recordaba aún más vagamente a los Reyes de Calabria y al famoso príncipe Thomas. Un chiquillo muy callado y serio como un muerto, que parecía ajeno a todo, aburrido, irritado, enfadado incluso con sus padres, a quienes ni recordaba en realidad. Aquella vez ni siquiera intentó hablarle, porque en verdad parecía mas un adulto malhumorado encerrado en un cuerpo de doce años, que un niño.
—No, nada de eso —intervino el rey — sólo sabemos que en Calabria hay dos príncipes, no sólo uno, y que el segundo príncipe, que es menor, fue robado al nacer y recuperado a los veinte años, y ese suceso coincidió con la fecha en que iba a celebrarse la boda real entre el príncipe Thomas y la princesa Ambrosía, por lo tanto, ambos Reyes decidieron postergar la Unión para que Jörg pusiera orden en la vida de su familia.

Felitza no entendía nada, tampoco se enteró nunca de nada puesto que nada de eso le interesaba, pero claro que tenía curiosidad por aquel segundo príncipe tan misterioso y la manera en que pudo ser robado tratándose de un heredero al trono, quizá hasta podría divertirse un rato coqueteando con el y cabreando a Ambrosía.
—Sigo sin entender padre —confesó la princesa — aún así, Ambrosía debería casarse con Thomas que es el mayor y yo podría quedarme con el menor…
—Si… yo tampoco entiendo eso muy bien cariño, pero el rey Magnus desea que quien despose a su hija sea el Príncipe William.
—William… me gusta ese nombre.
—Aún así, nuestra intención es que conozcas a los Príncipes, y si surge algo con su Alteza Real Thomas, pues perfecto y si no, perfecto también — terminó el rey, ignorando la furiosa mirada de la reina. Aunque sus leyes decretaran que Felitza debía contraer matrimonio para reinar, el iba a hacer hasta lo imposible porque su hija fuera feliz con cada una de sus decisiones.

Calabria

La cocinera acababa de colocar una perfecta y esponjosa flor de crema batida sobre la impecable superficie de una tarta de manzana verde que aún dejaba escapar leves volutas de vapor.

Era una mujer enorme, robusta y lo suficientemente estricta y detallista para ostentar el cargo de repostera real.
Aunque en aquellos momentos estaba azorada, pues cada uno de sus movimientos era seguido de cerca por la inquietante y curiosa mirada del príncipe William.

El chico estaba sentado frente una mesa larga y limpia, con la barbilla apoyada sobre la superficie de madera, las manos entrelazadas en el regazo y la capa negra con forro púrpura que le cubría la espalda se arrastraba en las puntas al estar Bill encorvado.

La cocinera no fingía estar totalmente concentrada, de vez en vez le dirigía al príncipe algunas miradas dulces y cálidas, sintiendo el corazón hinchado de cariño al verle. Por supuesto que ella conocía a Bill de antes. Lo había visto innumerables veces corriendo de aquí para allá por el pueblo, descalzo, vestido casi con harapos, delgado hasta extremos poco sanos, pero a pesar de todo, Bill casi siempre andaba sonriendo, saltando, y jugando con otros chiquillos como el; y ahora estaba ahí, en el corazón del palacio, tan cómodo y sereno como si fuera uno de ellos en lugar de un heredero al trono. Incluso la señora Rinaldi, la repostera, pensaba en eso brevemente mientras apretaba la manga de crema batida para seguir decorando con flores la tarta, pero luego al reparar en el formidable atuendo de Bill, que valía mas de lo que ella podía llegar ganar en un año, regresaba a la realidad.

Pero el príncipe parecía indiferente a eso. Algunas veces gustaba de bajar a las cocinas, y aunque al principio todos los sirvientes se acojonaban, ahora era casi normal verle por ahí, acompañado por algunos guardias que en realidad se tragaban cualquier cosa que se encontraban, en lugar de vigilarle, y es que nada podría pasarle ahí. Y todos en la cocina disfrutaban de la presencia de Bill e intentaban mimarlo y hacerlo feliz.

La señora Rinaldi terminó el decorado de la tarta haciendo una enorme flor blanca en el centro. Posteriormente tomó un cuchillo, cortó un buen trozo y se lo ofreció al príncipe, cuyos ojos brillantes se encendieron como una antorcha en la oscuridad.

— ¿Es para mi?—  preguntó, luciendo hasta incrédulo y tan emocionado como un niño chico.

—Por supuesto Alteza…. quiero decir Bill—  le respondió, hablándole como el le había pedido que lo hiciera — La hice para ti, pensaba enviarla a donde fuera que estuvieses junto con el almuerzo, pero ya que estas aquí… —  sonrió, haciendo que sus abundantes y rosadas mejillas se volvieran mas rosadas aún.

Bill también sonrió y se tragó su rebanada de tarta en tres escasos bocados, se olvidó de quien era incluso. Sabía a gloria pura.

— Esta deliciosa—  alabó, lamiéndose los restos de merengue que le quedaron pegados en los labios.

— No se donde guardas tanta comida mi niño— dijo la cocinera, sentándose a su derecha.

— Yo tampoco lo se del todo—  se sinceró Bill, palmeándose el duro estomago —Pero me comería dos tartas de esas ahora mismo— bromeó.

— Entonces querido dime ¿tengo que preparar pronto un gran pastel de bodas, eh?—  preguntó la cocinera, haciendo que Bill diera un respingo, torciera el gesto y se le revolviera en las tripas la tarta recién ingerida —los rumores corren desbocados por todo el palacio.

—No lo sé, no quiero pensar en eso — dijo, desviando la mirada hacia la empuñadura de su espada y haciendo un puchero —No creo que pudiera si quiera tocar a Ambrosía… quiero decir… bueno, no se nada en verdad, pero no me imagino casado con ella.

—Yo tampoco te veo casado…ni con ella ni con nadie — le confesó, pareciendo un poco confusa, algo que Bill notó, pero lo dejó pasar.

—Platícame de antes, de mi hermano por favor —pidió tímido — No le diré a nadie.
—Del príncipe Thomas eh… — murmuró ella, viendo detrás de sus párpados directo al pasado — de niño casi no se aparecía por aquí, siempre andaba haciendo su voluntad y sacando canas verdes a quien quiera que se encontraba, era caprichoso, pero es normal en él, hijo único, un niño con demasiado tiempo libre y con la idea de ser Rey rondando su joven mente. Muchos lo acusarían hasta de ser soberbio, pero No… lo que estaba era sólo. Y he visto mucho, y la soledad que proyectaba él, era abrumadora, y cuando Constanza dejó de venir… bueno, el empeoró aun mas.

Bill tragó duro, pensando en su hermano solo en aquel inmenso palacio siendo tan solo un niño, pensando en su madre, y en el extraño y maravilloso poder que ella tenía, de apaciguar hasta la fiera mas salvaje.

Suspiró; la extrañaba tanto, y no se fijó en que la cocinera lo miraba, pensando a su vez en que el era todo lo que un príncipe tenía que ser; era apuesto, era gentil, era atento, y en su mente se dibujó la posibilidad de verle caminar por aquellos pasillos con su brazo entrelazado con el brazo de la asombrosamente bella Princesa Ambrosía, quien también era la personificación viva de la perfección, de la realeza y de la elegancia.

Pero algo no cuadraba, algo no estaba bien, y su subconsciente lo adivinó en ese momento, ya que en el umbral de la puerta, se acababa de materializar prácticamente de la nada la misteriosa silueta  del Príncipe Tom, mirando directamente hacia su hermano con una posesividad sin precedentes, y cuando eso sucedía, las cosas se tensaban. El príncipe Tom era impredecible, y ahí donde se detuviera el, se detenía todo.

—Alteza — saludó un asustado ayudante de cocina, haciendo reverencias al pasar cerca de Tom, pero el príncipe ni lo miró, porque sólo tenía ojos para Bill; verle así como estaba, sentado encorvado frente a una mesa, como si fuera un chiquillo regañado, con el rostro ceñudo y medio ausente, casi indescifrable, le volvía loco de amor y los celos incendiaban su cerebro; y ese fluir de energías parecían crear un sendero de llamas que llegaba hasta Bill, ya que de la nada el príncipe menor volvió el rostro y clavó en su hermano la fiereza de sus pupilas; luego sonrió, con su sonrisa ladeada, pero no estaba de buen humor.

Seguía bastante enfadado por el numerito que habían montado delante de sus padres hacía tres días, y si pudiera, evitaría a Tom como si fuera la peste, pero lo cierto es que no podía y ni siquiera lo intentaba; no podía vivir sin él, aunque estuvieran cabreados y sin hablarse, no se les daba estar separados, debían estar juntos y sentirse y comunicarse de las formas extrañas que solo ellos conocían.

Bill se levantó con gracia, casi inconsciente de su estatura, y luego de agradecer a la cocinera por sus atenciones (algo que siempre hacía y que a todos dejaba mudos) se retiró, caminando al lado de Tom, tan idénticos, que era facíl creer que se trataba de un extraño y oscuro espejismo.

Continuará…

Corydalis* planta utilizada durante siglos como un calmante para el dolor en la medicina, puede ser eficaz para el tratamiento del dolor crónico, gracias a uno de sus ingredientes, conocido como dehydrocorybulbine (DHCB)  

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

4 comentario en “El Heredero 10: Las Princesas”
  1. Ambrosia no es tan tonta como pensaba, sabe que algo ocurre para que Bill no quiera casarse con ella y que de alguna forma Tom esta relacionado con ese rechazo. Me intriga saber si esta enferma de algo grave.
    La descripcion de la princesa Felitza me recordo mucho a la princesa Merida, leia sobre ella y pensaba en la pelicula de disney jajaja. Si la princesa pelirroja fija sus ojos en Bill solo para joder a Ambrosia , va a desatar la ira de Tom y no creo que exista un lugar en el reino donde pueda ocultarse, Tom me le va a sacar los ojos jajaja.
    Bill y Tom siguen molestos pero no pueden estar separados.
    Nos leemos en el proximo, saludos 😊

  2. Nooooooooo!!!¿por qué lo dejas ahí ?en verdad que me estoy rascando la cabeza porque quiero ya saber que es lo que viene para mis príncipes …me creerás que en la escena final pensé que Bill le iba a tomar del brazo a Tom justo como la señora de la cocina se había imaginado a Bill con su «reina consorte»?xD

    Dos princesas lindas si, pero las prefiero de lejos. Ambrosía está basada en Taylor Swift, y esta nueva princesa de bucles rojos ¿quién fue la inspiración?
    Ambrosía parece entrar en razón y ojalá haga lo que yo quiero y me imagino. La otra princesa…sería un dolor de cabeza para Thomas, no sé…y si las haces lesbianas y entre ellas se enamoran? 😂😂
    Dos Reyes : pulgar abajo para Magnus y pulgar arriba para Felipe!

    Hermosas las desvío iones como nos tienes acostumbradas❤️ Y bueno, ojala las musas te den inspiración y Chronos tiempo para que puedas escribir el siguiente capítulo. Muchas gracias y sino te veo por acá. En lo que resta del año pus feliz año nuevo y que todas las cosas buenas te lleguen!

  3. Entonces Felitza es la prometida de Billam???? Barrabas no estará feliz con esto se encontrarán en Calabria 🤯… Siempre e estado en contra de las princesitas dulces me encantan las princesas rebeldes pero no se por que en tu fic Felitza se me hace algo insoportable me cae mejor Ambrosia… Creo que en el capitulo siguiente viene la reconciliación de los hermanos 😍😍🤩 ya quiero leer el próximo capitulo… Gracias por las actualizaciones xoxo

  4. El Duque de Montpesier es Billiam!!!! Que será del pobre duque, habían camino a Calabria, podría escapar ahí…..
    Ambas princesas se describen hermosas pero no para nuestros hermosos príncipes… no tengo idea de que pasará para librarles de tener que contraer matrimonio.
    Gracias!!!!

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