Capítulo 12: Felitza

El día había llegado, y el sol brillaba esplendoroso en el cielo italiano. Realmente hacía un día muy hermoso. Las altas montañas esponjadas de árboles de todos los tonos de verde se erguían sobre el océano y ondulaban con oscuros cabeceos, como si dieran la bienvenida a sus nuevos visitantes. Las gaviotas revoloteaban en busca de peces sobre el puerto y los muelles, graznando hacia el calor opresivo del medio día; mientras los potentes rayos del sol hacían que las granadas se cuartearan y entreabrieran, exhalando su dulce perfume y dejando al descubierto su corazón rojo.

A lo lejos, sobre la brillante y transparente superficie del océano se podía apreciar el enorme barco que se acercaba con lenta solemnidad.

Un potente rayo de luz solar hirió los oscuros ojos del príncipe William, haciendo que los entrecerrara con molestia, tanto para protegerlos como para tratar de divisar mejor lo que miraba a lo lejos. Y mientras observaba, era observado por los aprehensivos ojos de su hermano gemelo.

Jamás había sucedido que la familia real fuese hasta el puerto a recibir a los visitantes, pero el menor de los príncipes había insistido en ello, puesto que no deseaba perder detalle alguno de sus nuevos invitados, y naturalmente, sus deseos fueron cumplidos.

Se instaló una gran carpa de pesado terciopelo carmesí para proteger a la realeza de los rayos del inclemente sol. Los Reyes, ambos magníficamente vestidos, esperaban serenos y cómodos, sentados en una amplia calesa abierta, forrada en tonos oscuros con detalles dorados, mientras que ambos príncipes esperaban montados en sus respectivos caballos, y por detrás de ellos, casi todos los pobladores de la isla miraban con ojos curiosos y ansiosos como el barco normando se acercaba cada vez más.

El camino hacia el palacio estaba bordeado por pálidos limoneros amarillos coronados de flores color marfil, que perfumaban el aire con su suave perfume enervante. Había tres calesas más acomodadas a la sombra, tiradas cada una por un par de caballos imperiales, que lucían una pluma blanca de avestruz en las adornadas cabezas.

Todos aguardaban en silencio.

[…]

Tres discretos golpes resonaron en la puerta cerrada del camarote de la princesa Felitza. De todas las estancias del gigantesco barco, esa era la más resplandeciente y hermosa. Las paredes estaban cubiertas de damasco y flores rosadas, salpicado de pájaros y moteado de florecillas de plata. Los muebles eran de ébano perfumado festoneado con guirnaldas de flores de colores y angelitos de oro; había dos amplias chimeneas casi exangües y el piso que era de ónix verde mar, pulido como espejo, parecía extenderse indefinidamente y perderse en la distancia.

—Debes prepararte ya, Felitza— susurró el Rey Felipe — casi hemos llegado.

—Estoy preparada— respondió la princesa, levantándose del banquillo que estaba frente a un gran espejo, para seguir al Rey por el amplio pasillo de maderas pulidas hasta que llegaron a la enorme proa del barco, donde ya estaba de pie la Reina Arlette, junto con el confesor y el gran inquisidor del Reino.

La princesa saludó con un movimiento de cabeza, y protegió sus hermosos ojos bicolores con un gran abanico negro con perlas plateadas. Aunque extrañaba a su amada Francia, no dejaba de reconocer y admirar la belleza de cuanto la rodeaba. El barco surcaba el transparente mar, cortándolo y levantando crestas de espuma blanca conforme se acercaba al puerto que se divisaba a lo lejos, con una hermosa playa de arena blanca como la nieve, y por detrás de los muelles, donde había otro gigantesco barco que relucía al sol, se apreciaban enormes y vastas montañas verde oscuro, que ocultaban las paredes blancas de un impresionante palacio con techos góticos color azul añil terminados en punta.

El paisaje era tan hermoso que robaba el aliento, y la princesa no lograba desembarazarse de ciertas emociones muy nuevas para ella: la curiosidad, la emoción, cierta inquietud y muchas ansias. Era casi imposible permanecer imperturbable ante los paisajes, y ante la vista del imponente barco real que flotaba perezosamente y parecía tener vida propia de lo mucho que brillaba. La princesa alcanzó a divisar en algunas partes del barco, los emblemas imperiales que correspondían a Calabria, que constaban de un escudo con dos poderosos leones rugiendo, cuyas garras se clavaban en el tronco de un grueso olivo, que encerraba entre sus ramas dos barrocas letras entrelazadas entre ellas: una T y una W.

Más allá de los muelles húmedos y añejos con olor a sal y algas podridas, se divisaba un gran dosel de terciopelo color escarlata con flequillos dorados que ondulaban enloquecidos a causa del fuerte viento, pero no se lograba distinguir a las personas que esperaban a la sombra; que sin lugar a dudas se trataba de los Reyes, y aquellos príncipes a quienes Felitza se moría por conocer.

—La familia Real de Calabria está aguardando en el muelle por nuestra llegada— dijo la Reina con emoción en la voz.

— ¡Que gran muestra de deferencia!— alabó el impresionado Rey, mirando hacia su hija — seguramente es por ti, cariño.

La princesa Felitza sonrió con petulancia, y deseó que la princesa Ambrosía no hubiese llegado aún, pues quería tener a ambos príncipes calabreses solamente para ella, pues deseaba poder escoger primero, si es que escogía a alguno. No siempre había cantidad de príncipes para coquetear y pasar un buen rato, la oportunidad se debía aprovechar.

El barco finalmente atracó contra el muelle designado con un golpe seco y una pequeña sacudida. Las expectativas de todos estaban muy excitadas, y por la proximidad, los nobles Normandos por fin divisaron a la Realeza Italiana.

—Son magníficos— fue el voraz comentario de la Reina Arlette, quien solo tenía ojos para los gallardos príncipes que aguardaban montados en sus caballos.

—Así que esos son los gemelos— la voz del desconcertado Rey no ocultaba su impresión al ver cuán iguales eran los misteriosos hijos que con tanto celo guardaba el Rey de Calabria — ¿que te parece Felitza?

La princesa no respondió; estaba impresionada, y ahora entendía a la perfección la insistencia de Ambrosía, su encaprichamiento. Los príncipes a quienes en un principio no deseaba conocer, ahora la asombraban. Le era difícil dejar de mirarlos, y una lenta sonrisa de satisfacción se dibujó en su pálido y aristocrático rostro. Al mirarlos, dos pares de idénticos y alucinantes ojos color marrón le devolvieron la mirada, y a la princesa la dominó la turbación.

[…]

—Allá vienen al fin— el Rey Jörg sonrió discretamente hacia la Reina.

—No recuerdo mucho al Rey Felipe— confesó ella, entrecerrando los ojos azules para tratar de divisar mejor hacia el barco que se aproximaba.

—Ahora lo recordarás — añadió el Rey — su barco es gigantesco.

—Y la decoración muy cargada y pomposa.

—Típica de Francia.

Los príncipes escuchaban la charla de sus padres sin poner realmente atención en ella. Sus sentidos estaban muy expuestos, y la información fluía rápidamente entre ambos.

Bill divisó enseguida a los nobles de Francia con su fabulosa vista, y adivinó que la melena rojiza que se agitaba con el viento como si de una flama se tratase, pertenecía a la princesa Felitza, pues era la figura más pequeña y más delgada del grupo que estaba de pie en la proa del barco.

Su corazón aleteó con febril desasosiego, hasta que la cálida mano del príncipe Tom se posó sobre su hombro, calmándolo.

—Tranquilo— le susurró — estás perfecto.

—Y también tú, eso es lo que me preocupa— confesó Bill, cubriendo con su mano la mano de Tom, tranquilizándose al sentir su calor.

—No tienes por qué preocuparte.

—Me muero por besarte— susurró Bill, haciendo que su hermano mostrara su perfecta dentadura al sonreír.

—Espera un poco hermanito.

Bill también sonrió, y guardó silencio. Nadie más que ellos habían escuchado su conversación.

Ambos observaron cuando el barco atracó, y la rapidez con la que dos pares de sirvientes ataron las gruesas amarras trenzadas a los cabos de amarre. Se escuchó un gran estruendo cuando fue soltada el ancla, y finalmente, acercaron la rampa de abordaje; los soberanos de Baja Normandía descendieron desde la alta cubierta de proa, seguidos por el sumo inquisidor y el confesor del Rey. Ninguno de los muchos sirvientes que probablemente venían en el barco, asomó una pestaña, seguramente esperando que sus amos se hubiesen retirado para poder desembarcar.

Había una gracia majestuosa alrededor de los exóticos soberanos franceses; el Rey, casi tan alto como el Rey de Calabria aunque más joven, vestía con un sombrero de plumas en lugar de corona que ocultaba su cabello castaño y su capa flotante era más corta que las pesadas capas que lucían los soberanos calabreses, y la Reina, arrastrando la larga cola de su traje de brocado, pero la princesa era la más graciosa de todos, la que vestía con mayor gusto, con un ceñido vestido color verde con brocado de perlas y florecillas de plata.

Los príncipes se sintieron extrañamente fascinados por la tierna belleza de la princesa, mirándola asomar de forma coqueta sus ojos grandes y extraños por encima del abanico, pero el menor de ellos advirtió que había petulancia en sus formas, y que el orgullo se asomaba por su boca de lindas curvas.

Se extendió una larga alfombra roja sobre la cual la Real Familia Francesa se acercó hasta quedar bajo el gran dosel rojo; fueron entonces recibidos por los Reyes de Calabria, que descendieron de la calesa, y por los dos jóvenes príncipes, que desmontaron de sus caballos.

— ¡Jörg, mi buen amigo!— saludó el Rey de Normandía sonriendo y estrechando la mano del Rey de Calabria para después darle un fuerte abrazo. El Rey Jörg estaba alegre de ver al Rey Felipe, eran buenos amigos. Habían coincidido una vez en el castillo de Fontainebleau  para unas pascuas, cuando contaban con apenas quince y diecisiete años, y las mismas ganas de convertirse en Reyes algún día.

—Felipe, es un honor recibirte en el Reino, viejo amigo, a ti y a tu encantadora familia — respondió, fijando sus ojos en la Reina Arlette, y posteriormente en la princesa Felitza. Ambas eran muy hermosas.

—El honor es nuestro— Felipe sonreía con orgullo — a mi querida esposa seguramente la recuerdas— el Rey Jörg ensanchó la sonrisa al asentir con la cabeza.

—Un placer saludarla de nuevo Majestad— le dijo, haciendo una reverencia con la cabeza, movimiento que fue correspondido por la Reina Arlette, quien sonreía.

—Y creo que no tuve la dicha de presentarte antes a mi adorada hija— sus palabras desbordaban orgullo paternal mientras tomaba la mano de la princesa y la acercaba al Rey Jörg.

—Es un placer conocerte, linda princesita— el Rey Jörg tenía unos modales muy dulces, los cuales rara vez utilizaba, y que encantaban a quien quiera que tuviera la dicha de recibirlos. Hizo otro movimiento de cabeza a manera de reverencia a la princesa francesa.

La princesa Felitza sonrió, y tomando los laterales de su largo vestido, hizo una inclinación encantadora hacia el Rey de Calabria.

—El placer es mío, Majestad— respondió en perfecto italiano, con una voz suave y juvenil que poseía el melodioso y exótico acento francés.

Durante todo el intercambio entre Reyes, como bien lo marcaba el protocolo Real, la Reina Simonetta y los príncipes de Calabria permanecieron atentos y en silencio, al igual que toda la multitud de pobladores del Reino.

El Rey Jörg tomó entonces la mano de su esposa, quien sonrió y cerró filas junto al Rey, movimiento que dejaba a los príncipes detrás de sus padres, y al Rey Felipe aunque le extrañó el movimiento, lo dejó pasar y dirigió sus respetos a la áurea figura de la Reina.

—Majestad— se inclinó profundamente y tomó su mano para besarla— es un verdadero honor verla nuevamente —añadió sin poderse resistir; la Reina de Calabria era alta y delgada, vestida con un gusto exquisito, con colores que armonizaban primorosamente con sus cabellos color oro pálido, y con sus ojos azules y bondadosos que sonreían aun cuando su boca no lo hacía. Pero había algo más que rodeaba a la Reina, era un extraña aura de dulzura, de elegancia y de melancolía, algo que volvía casi imposible no caer a sus pies.

—Es muy grato poder recibirlos querido Felipe, ahora permite que te presente a mis hijos, Thomas y William, príncipes herederos de Calabria— añadió, dejando entonces un espacio libre a los príncipes, pero el movimiento fue algo forzado, como si en realidad no quisiera presentar a sus hijos, fue un movimiento catalogado como obligado en la astuta y ágil mente del Rey Felipe.

La princesa Felitza se sintió extrañamente cohibida y fascinada por los príncipes al tenerlos a tan solo unos centímetros de distancia, e incluso sus padres no atinaban a decir nada sensato.

Era alucinante contemplar tanto el parecido entre ellos, como la perfección que había en sus estampas. Ambos vestían trajes negros, llenos de florituras de oro en el pecho y las mangas de las casacas, trajes que emanaban una esencia fresca y dulzona a la vez, su aspecto era demasiado estilizado, con los ojos como dagas de filo mortal, pero lo más imponente sin duda, era el parecido entre ellos. La princesa vio los mismos ojos oscuros como fragmentos de medianoche que la miraban atentos, sin parpadear, el mismo perfil aristocrático de nariz recta y respingada, el mismo tono marfileño de sus rostros, la misma forma cuadrada y fuerte en las mandíbulas de los gemelos, pero los ojos del más joven de los dos estaban llenos de desconfianza y un poquito de desdén, igual que los de un gato salvaje a punto de atacar; sin embargo, ambos inclinaron respetuosamente las cabezas a modo de saludo ante la familia real francesa.

—Esto es un placer, un verdadero deleite teneros de frente por fin — manifestó finalmente el Rey Felipe al conocer a los príncipes herederos — son tan idénticos — sus ojos se detuvieron en Tom — me acuerdo de ti, joven Thomas, te vi hace casi veinte años, cuando vine a una audiencia con tu padre — Tom permaneció impávido, pero hizo una reverencia con la cabeza, no recordaba absolutamente nada de eso, ya que en ese entonces, él apenas contaba con tres años — en cuanto a ti — fijó entonces su mirada en la alta figura de Bill — debo confesarte, joven príncipe William, que los deseos por conocerte me carcomían desde hace meses, espero no incomodarte, pero jamás antes vi a dos personas tan iguales, y es que además, tú y tu joven hermano tienen los mismos ojos de su hermosa madre.

La Reina Simonetta parecía una mariposa extendiendo sus alas hechas de orgullo puro.

—Es un honor conocerlo Majestad, a usted y a su linda familia— respondió Bill, de una manera encantadoramente cortés, aunque le parecía que el Rey Felipe hablaba mucho y que sus ojos eran iguales a los de una serpiente, y que la princesa Felitza era fatua y engreída, pero eso no consiguió amedrentarlo, como hubiera sucedido tan solo un par de años atrás.

—Sentíamos en efecto mucha curiosidad— añadió la Reina Arlette, quien no podía sentirse más feliz, sus ojos miraban a uno y a otro príncipe, tratando de decidir cuál de los dos sería el mejor para su hija, pero es que eran tan iguales. Quizá el príncipe Thomas; con su mirada tan fiera y desafiante, y que estaba siempre alerta, pero también podría ser el príncipe William, tan alto y tan delgado; la corona dorada quedaba perfecta sobre sus negros cabellos, y en sus ojos había bondad pero también determinación y una inteligencia fulgurante. No había caso, era muy difícil y arriesgado hacer una elección apresurada.

—Será mejor que vayamos al palacio, el calor puede resultar excesivo si no se está acostumbrado a sentirlo — comentó el Rey, asegurando que se había preparado un verdadero festín para el almuerzo, y que podrían reunirse en el salón principal después de la siesta para poder seguir conversando.

Los Reyes Normandos accedieron, se sentían hambrientos, cansados y sucios después de estar viajando por casi una semana, y deseaban comer, asearse y dormir un poco; la princesa por su parte se sentía ansiosa, quería constatar si el palacio compartía la misma hermosura de la isla, y también quería arreglarse más para disfrutar de la compañía de los príncipes.

Mientras se acomodaban en las elegantes calesas abiertas, la princesa observó como ambos príncipes montaron sus caballos con movimientos expertos, y que sus siluetas eran gallardas y elegantes, y mirándolos, recordó los pensamientos que la habían asaltado en Francia, al pensar que quizá era una treta o un vil engaño el hecho de que hubiera dos príncipes en Calabria, sin embargo ahora no le quedaba duda alguna, y además del embeleso que sentía, también deseaba enterarse de toda la historia del rapto del príncipe William; sin duda sería fascinante.

 

[…]

 

Mónaco

—Los soberanos de Baja Normandía han llegado ya a Calabria — informó el heraldo aquella mañana. Llevaba noticias y despachos urgentes, y aquella noticia era de suma importancia para el Rey Magnus, que sentado en su trono ornamentado, gruñó.

— ¿Cuando han llegado?— espetó.

—El día de ayer, Majestad.

—Bueno, no perderemos mucho tiempo de cualquier manera, nosotros zarparemos mañana, y en cinco días estaremos en Calabria, y a propósito, ¿está todo listo para el viaje? — se volvió hacia los nerviosos escribas que estaban delante de él.

—Todo está listo Majestad— respondió el más viejo y dueño de sí mismo — el barco está cargado y abastecido esperando en los muelles, ya se ha cargado el equipaje de los miembros de la familia Real y todas las demás pertenencias que se necesitarán, solo se está en espera por orden de zarpar.

—Muy bien, no quiero perder ni un día más.

—Será todo como ordene Majestad.

El Rey asintió, si algo le gustaba, era la eficiencia de todos los que trabajaban para él, incluido también en su momento, el que ahora era príncipe heredero de todo un reino, y su futuro yerno.

— ¿Hay alguna otra novedad en cuanto a Calabria?

—No muchas Majestad — el heraldo miró sus pergaminos — sabemos que se dará una cena el día de hoy, pero no hay declarados eventos de alta etiqueta, hasta la cena que se ofrecerá en honor a vuestra llegada.

—Bueno, ya pueden retirarse— ordenó el Rey, y al segundo siguiente, todos los presentes en la sala del trono se esfumaron.

Minutos después el Rey había llegado a las habitaciones de la princesa Ambrosía, fue recibido por su guardia personal.

—Saludos Gustav— el Rey estaba serio.

—Majestad — dijo, haciendo una gran reverencia.

— ¿En dónde está la princesa?

—En el jardín, contemplando las rosas que acaban de florecer.

El Rey entonces sonrió, y todo su semblante se suavizó.

— ¿Como está ella? — Cuestionó, como cada día — ¿como se encuentra ante el viaje que comenzaremos mañana?

—Pues — el joven hizo un gesto de contrariedad — me temo que no muy bien Majestad, la princesa está ansiosa, se queda dormida a base de agotamiento, y esta decaída y pálida.

Gustav odiaba ver así a Ambrosía, sabía que ella no deseaba volver a Calabria, sabía que no deseaba que el príncipe William se viera obligado a casarse con ella, y que ni siquiera estaba segura de querer verlo, tenía miedo de como podría encontrarlo, que temía que algo en él hubiera cambiado a raíz del trauma que había sufrido, no solo en lo físico sino en algo más, resumiendo, la joven princesa no estaba bien.

El Rey no respondió; pasó de largo y encontró efectivamente a la princesa en el jardín, acariciando con una fantasmagórica mano un rosal color rosa, tan pálido como su vestido y como su piel.

La observó por un rato, dándose cuenta de aquello que le mencionó el fiel Gustav. La princesa lucía decaída y pálida aunque sonreía débilmente. Sus fantásticos ojos azules, aunque brillaban, brillaban con pena y con angustia. Su padre odiaba verla así, y al observarla con el paso de los días, la duda crecía dentro de su pecho. ¿En realidad valdría la pena? ¿Valía la pena ver a su adorada hija en ese estado, con tal de concretar una boda con el príncipe William? El estaba seguro de que Ambrosía estaba enamorada de él, pero no podía apostar que él lo estuviera de ella, eso sin mencionar al beligerante príncipe Thomas que ostentaba el título de hermano mayor y heredero de su Reino, y a los evasivos Reyes que protegían al menor de sus hijos con una fiereza que en realidad le asustaba un poco.

Casi estaba decidido a abandonar ese plan, pero luego reparaba en el misterioso y oscuro príncipe Adam, quien al pasar los años también había cambiado radicalmente. Tenía una fabulosa mirada azul, fiera y penetrante, y un carácter fuerte y decidido, pero también falto de empatía y bondad. Su perfecto rostro de alabastro pulido rara vez expresaba alguna emoción. El Rey temblaba al pensar en que cuando él faltara, si la princesa no estaba reinando ya en algún otro lugar, lo que podía hacer Adam con ella, podría casarla a la fuerza con alguien que ella no quisiera, podría encerrarla en un convento por el fin de sus días, podría hacer con ella lo que quisiera. El príncipe sentía cariño por su hermana, pero no le tenía paciencia. Odiaría ver que el brillo dorado de su única hija se apagase de una manera tan triste.

 

—Hola, vida mía— saludó por fin a la princesa, quien al verlo sonrió y lo abrazó con fuerza.

— ¿Me estabas observando?— preguntó sonriendo, haciendo que el Rey quedara embobado viendo aquella belleza que le deslumbraba. Si incluso el príncipe William no era capaz de caer en tal embrujo, entonces algo estaba mal con el universo.

—Un poco querida, estabas contemplando las rosas.

—Este año florecieron hermosas.

—Si, en efecto — el rey acarició el pétalo de una flor que tenía cerca — pero su belleza no podría compararse con la tuya ¿estas lista para nuestro viaje?— preguntó, mientras ella lo tomaba del brazo y comenzaban a pasear por el hermoso jardín privado de la princesa, aquel jardín donde muchas tardes ella había paseado del brazo del príncipe William.

— ¿Es muy necesario que vayamos?— ella miraba hacia el piso, cabizbaja.

— ¿No tienes deseos de volver? Tú y William eran muy buenos amigos— observó el Rey.

—Si, pero eso fue antes— ella estaba evasiva.

— ¿Antes de qué?— presionó.

—De todo lo que sucedió, en realidad cuando él se volvió príncipe, todo cambió.

—Bueno, sabíamos que iba a cambiar de algún modo, cielo.

—Si — ella hizo un mohín — pero yo lo quise antes, y de otro modo.

—No entiendo— el Rey miró a su hija, buscando sus ojos, pero ella miraba hacia otro lado.

—Yo quise a William desde la primera vez que lo vi —comenzó a explicar—  lo conocí vestido con harapos, sucio, delgado y hambriento, y así lo quise, y su familia, esos reyes tan pomposos y tan estirados, lo despreciaban, incluso cuando volvió, ataviado como el noble que era, seguían despreciándolo, hasta que claro, supieron que era hijo suyo.

El Rey estaba estupefacto. Jamás había escuchado a la princesa mencionar aquello, e incluso al oírla, se replanteó muchas cosas.

— ¿Pero por qué piensas así, cariño?— preguntó, y ella encogió los hombros.

—Supongo que es por el mismo Bill, con él aprendí muchas cosas mucho más valiosas que el oro.

—Ya veo — el rey se quedó pensativo — creo que en efecto, sí tienes muchos deseos de volverlo a ver.

—Si, por supuesto que deseo verlo, pero no sé…

—Lo veremos, pero Ambrosía, esto que acabas de decirme, no vayas a mencionarlo ante los reyes de Calabria.

Continuará…

Una entrega más de ésta historia que va cerrando filas.

Ojalá pueda ver muchas reacciones, que son el combustible para apresurar más capítulos.

😉

Hasta la próxima amigos!!

GB~

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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