Capítulo 13: Avaricia

El palacio estaba sumido en un silencio vaporoso en donde apenas había movimiento. Tanto sus moradores como sus invitados seguían en sus respectivos aposentos. Eran apenas las ocho de la mañana.

Los soberanos franceses habían descansado a pierna suelta en las fastuosas habitaciones que se habían preparado para ellos, pero la princesa Felitza, quien ya estaba completamente lista, ataviada con un hermoso vestido de seda color verde esmeralda con decoraciones en hilo de oro y corona dorada, ribeteada con rubíes y esmeraldas terminada en picos con forma de flor de lis, quería explorar. Se había deshecho de sus tímidas sirvientas una vez que terminaron de arreglarla, enviándolas a sus aposentos, pues deseaba pasear sola.

Las pocas horas que llevaba en Calabria habían bastado para que se enamorara del lugar, pero en realidad había visto muy poco del palacio. La tarde noche anterior, el día de su llegada, tuvo que cenar en compañía de sus padres en la habitación que se había asignado para ellos, ya que los príncipes herederos anunciaron que se encontraban indispuestos. Por supuesto que aquello era una mera excusa para evitar la compañía, lo cual podía traducirse hasta en descortesía, pero claramente nadie pondría en duda que algún miembro de la Real Familia se sintiese mal.

Felitza salió hacia el desierto pasillo bordeado de enormes puertas decoradas del ala donde los habían hospedado, y apreció la riqueza en decoración del lugar mientras caminaba sobre el mármol pulido como espejo, decorado con perfectas figuras geométricas. Era muy tempano, y las antorchas que había en las paredes aún bailoteaban con llamas alegres, pintando de dorado el oscuro amanecer. 

Felitza pensó que aquel condenado pasillo parecía no tener fin, caminó por varios minutos, observando el paisaje verde que se dibujaba fuera, bordeando varias pequeñas glorietas hechas del mismo mármol blanco hasta que terminó desembocando en un gran vestíbulo de donde salían cuatro tramos de escalera de más mármol, dos que llevaban hacia abajo, y dos que llevaban hacia arriba. 

Decidió subir por el tramo que estaba a la derecha, mientras acariciaba la suave balaustrada también hecha de alabastro. Al llegar arriba, comprobó que aquella zona era todavía más lujosa que donde estaban las habitaciones de invitados, por lo que supuso que en ese segundo piso estaban las habitaciones de la familia real, y suponerlo hizo que su ritmo cardíaco se acelerase.

Ahí las alfombras eran de color escarlata, y las orillas de las mismas brillaban, al estar rematadas en hilo de oro. Aquello la impresionó. ¿Hilo de oro en una alfombra? El techo abovedado estaba pintado a mano, lleno de ángeles y querubines que sobrevolaban un cielo azul y lleno de nubes, y la decoración era muy elegante.

La muchacha terminó por encoger los hombros y siguió el pasillo más iluminado, el que llevaba al ala oeste, dirigiéndose sin saber hacia los gigantescos dormitorios de los príncipes. Al mirar por las enormes ventanas, apreciaba la tranquila superficie del cristalino lago, y más allá, una interminable porción de césped recién podado.

El pasillo terminó abruptamente en unas enormes puertas gemelas hechas de madera oscura, decoradas elegantemente con plata y lapislázuli. Felitza era atrevida por naturaleza, de modo que habría abierto alguna de ellas, de no ser porque ambas estaban custodiadas por dos pares de guardias que parecían no haberla notado, salvo por la leve inclinación de cabeza que hicieron al verla.

Tan ensimismada estaba observando a los guardias que cuidaban aquel lugar, que no notó que ya tenía compañía.

—Buen día Alteza— saludó una educada voz masculina, fuerte y enérgica, y ella volteó rápidamente hacia aquel sonido. El que la había saludado era sin duda algún joven noble, alto, fornido, con una abundante melena castaña que le caía sobre los fuertes hombros, e inquisidores y profundos ojos verdes; vestía magníficamente e hizo una caballerosa reverencia —¿tiene usted audiencia con los príncipes?

—Eh… si — mintió por impulso, sin saber muy bien lo que hacía.

—Muy bien — respondió aquel joven, y sin decir otra cosa, dio tres golpes a la puerta cerrada que estaba a la derecha, y mientras esperaban, el corazón de la joven princesa latía tan rápido que estaba a punto de salirse de su pecho.

[…]

 

—¿Que te parecen las visitas?— cuestionó Tom a medio vestir, mirando a su hermano; Bill no estaba de buen humor.

—No lo sé — respondió evasivo — dime tú. ¿Que te pareció la princesa?— sus palabras rezumaban sospecha.

El ambiente estaba tenso, y ambos príncipes se sentían molestos y preocupados, y el menor además, estaba celoso.

—Pues… — Tom terminó por ponerse el chaleco negro en tanto Bill, de pie frente a un colosal espejo de marco ribeteado con querubines de oro, se ajustaba el ancho moño al cuello y se acomodaba los negros cabellos hacia atrás, haciendo que Tom lo mirase embobado por un momento — como cualquier otra princesa, linda y fatua. Pude apreciar que es vanidosa y presumida.

Ambos estaban listos ya, vestidos idénticamente con pantalones negros de lino, chalecos lisos del mismo material, y casacas negras de terciopelo bordadas con hilo de oro, las camisas eran negras también, y las botas de montar, rematadas en espuela, brillaban como dos espejos; las suntuosas capas a juego con los finos trajes estaban colgadas en perchas.

—Bueno — interrumpió Bill — eso no es precisamente su culpa, se ha formado así por como ha vivido toda su vida.

—Tu preguntaste mi impresión— dijo Tom, a la defensiva ¿ahora dime que te parece a ti?

—Bueno…— Bill parecía querer dar una opinión ecuánime — no estoy muy seguro, está la parte que tu mencionas, sobre lo superficial y vanidosa que parece ser, pero también hay astucia y vivacidad en sus extraños ojos. 

El hermano mayor meditó la respuesta, y se cruzó de brazos.

—¿Y en que se diferencia de tu adorada Ambrosía?— cuestionó, presa de un intenso coraje, el cual se acentúo al ver que Bill le dirigía una mirada hermética y defensiva.

—No vas a empezar de nuevo con eso Tom — su mal humor crecía a pasos agigantados, no estamos hablando de Ambrosía.

—Pues quizá deberíamos— las palabras sonaron como los disparos de un rifle — puesto que es la siguiente en llegar.

Bill no respondió ante eso, y el coraje de Tom se apagó al ver el enorme desconcierto que por un instante distorsionó las perfectas facciones de su hermano, y se recordó a sí mismo que en todo el caos que vivían de maquinaciones traicioneras por conseguir la corona, Bill era la persona más inocente de todas; y por eso, sintió que su corazón se rompía un poco más de lo que ya estaba. Se acercó a él con los ojos suplicando perdón, y besó sus frías manos, ante el silencio de su hermano, cuyas defensas se hicieron pedazos. Bill besó la frente de Tom, y cuando éste levantó la vista, se hundió en los estanques negros de sus ojos, desesperado ante la obsesión que sentía por él. Un segundo después sus bocas se conectaron, besándose de manera intensa y desesperada, como si fueran a fundirse en uno solo, y sus elegantes atuendos hubieran terminado en el piso, de no ser por los tres discretos golpes que resonaron en las puertas cerradas.

—Es demasiado temprano para visitas — murmuró Tom, molesto.

—Quizá sea algo urgente— dijo Bill, separándose y arreglando su ropa, que apenas si se había desacomodado.

—Adelante — dijo Tom, sin ocultar su molestia, pero las mandíbulas de ambos príncipes se fueron al piso al ver quien acababa de aparecerse por la puerta.

—Buen día Altezas— saludó Georg, igual que cada mañana —su alteza, la princesa Felitza desea audiencia con vosotros — anunció, haciendo que la princesa se pusiera algo colorada.

—¿Audiencia?— farfulló Bill, levantando una ceja —¿No es demasiado temprano?

Tom estaba prácticamente sin voz, aquella visita era completamente inusual y fuera de cualquier protocolo.

—Solo quería desearos buen día— dijo ella, mirando hacia todos lados, apreciando cuan lujoso era todo ese gigantesco aposento.

—Agradecemos semejante cortesía princesa— dijo Tom, impresionado por lo bien que hablaba la princesa el italiano — pero si me permite decirlo, no es correcto que se presente de esta manera en las habitaciones de dos hombres, sobre todo si viene sin compañía de alguna de sus doncellas, algún sirviente o algún guardia.

—No creo que vaya a sucederme nada — dijo  ella, demasiado fresca, mientras los miraba alternativamente, impresionada ante la similitud en ambos, era como ver un espejismo.

Bill observaba ceñudo la interacción, sin participar en ella. Jamás había sido presuntuoso ni mal educado, pero aquella pequeña princesa con cara de muñeca de porcelana, que era una cabeza y media más baja que él y su hermano, conseguía ponerle de un extraño mal humor, y se preguntaba si era eso lo que sentía Tom respecto a Ambrosía.

—Entonces, ¿en que podemos ayudar princesa?

La mente de ella trabajaba a toda velocidad, buscando algún pretexto que comprometiera a los príncipes a pasar tiempo con ella.

—Me preguntaba si podrían mostrarme más de este hermoso palacio y de sus alrededores, me gustaría dar un paseo y conocerlo todo.

Y los hermanos miraron con la mente en blanco a aquella atrevida muchacha.

—Será un placer— dijo Bill, con una voz tan dulce como venenosa, algo que solo Tom supo identificar.

—Lo esperaré ansiosa— dijo ella, haciendo una pequeña reverencia, para después marcharse sin más ceremonia.

—Vaya comportamiento— bisbiseó Georg, cuando la princesa desapareció.

—Ya lo creo— respondió Tom con aire desconcertado.

—Como sea— bufó Bill, agitando elegantemente su mano — no hablemos más de ella ¿que es lo que nos traes Geo? —preguntó, acercándose a una pequeña mesa redonda que estaba frente a las ventanas abiertas de la enorme terraza. El jarrón lleno de rosas que estaba sobre la mesa vibró cuando Bill se sentó.

—Venía a comunicaros que esta mañana la tenían libre, ahora no la tienen ya que deben efectuar ese paseo que han prometido a la princesa Felitza, y posteriormente por la tarde se ofrecerá una cena con menú de tres tiempos en el gran comedor con los nobles de Normandía, y su presencia es requerida por sus padres.

—Bien ¿es todo lo de hoy?

—Así es —respondió.

El consejero no se quedó mucho más tiempo después de eso, los príncipes estaban de mal humor y no deseaba estar en medio de la tensión, además tenía mucho trabajo encargándose tanto de estar atento de todo el personal que atendía a las nuevas visitas, como de preparar la llegada de la familia real de Mónaco, que sería recibida de la misma manera que fueron recibidos los soberanos Normandos.

Los príncipes tomaron un desayuno ligero en su terraza con vista al lago, y una hora antes del mediodía, estaban frente a las enormes puertas del palacio, acompañados por sus guardias personales, dos flabelos* y por Georg, esperando a que la princesa Felitza llegase, y tras una breve y silenciosa espera de cinco minutos, la susodicha joven llegó, acompañada por su criada personal y por un guardia del palacio.

En cuanto la muchacha hizo acto de presencia, los astutos ojos de Bill comenzaron con un duro escrutinio, mientras su mente dibujaba para él otra escena que seguramente sucedería pronto, escena donde indudablemente habría otra princesa. Su mente rehuyó temerosa ante esa visión, y volviendo al presente observó el aire retraído y hasta temeroso de la criada de la princesa, mientras que Marcus, su guardián, estaba en una pose aparentemente relajada y al acecho, y tenía una mirada serena en el rostro.

—Saludos— dijo Felitza con una media sonrisa, a la que los gemelos respondieron inclinando elegantemente la cabeza, absortos ante su peculiar belleza, la cual ella sabía utilizar a la perfección, fijando sus desconcertantes ojos bicolores en los príncipes, sosteniendo la mirada al preguntar que era lo primero que iban a mostrarle.

—¿Un paseo por el jardín?— propuso Tom, quien era el que conocía mejor el palacio, pero la princesa lo desechó, argumentando que hacía demasiado calor para caminar por los jardines, de modo que el paseo comenzó por el interior del fastuoso palacio.

A Bill aquello no le interesaba realmente, ese paseíto  ridículo lo inquietaba, pues recordaba los largos paseos que daba con Ambrosía en Mónaco, y además pensaba que tenían cosas más importantes que hacer en aquel momento, sin embargo se mantuvo al lado de su hermano mientras llevaban a la pretenciosa chiquilla a conocer los lugares más emblemáticos de su hogar.

Bill dejó que su hermano fuera delante de él por un momento en que se retrasó para intercambiar unas palabras con su consejero.

Se encontraban entre los flancos sur y oeste del palacio que encerraban en su mayor parte admirables obras de arte entre pintura, escultura y mobiliario. Comenzaron por la galería de pintura, que contenía varios Rembrandt de la corona. La princesa miraba hacia todos lados, apreciando la belleza de la galería, pero Tom captó como ella miraba despectivamente a las personas de la servidumbre que se afanaban sin cesar limpiando hasta el más ínfimo rincón, encendiendo antorchas y puliendo toda la tracería de oro y plata; y al percatarse de ello, sintió mucha irritación, dándose cuenta de ese modo cuanto había logrado influir Bill en él, porque antes de conocer a su hermano, Tom también miraba con desprecio a sus sirvientes.

Dejaron atrás la galería de pintura y entraron al enorme salón blanco, ornamentado con un excepcional mobiliario francés del siglo dieciocho, algo que a Felitza le encantó, y admiró el esplendor del lugar, que era en efecto color blanco y dorado, realzado con una alfombra roja, cristales, candelabros, marquetería y composiciones florales que estaban por doquier.

—¿Para que se usa este salón?— preguntó la princesa, sentándose sobre un cómodo canapé blanco con reposa brazos dorado.

—Aquí nos reunimos cuando hay algún baile, y también es usado como fondo de pinturas y para un rato de lectura, a veces también se reúnen a la hora del té, mi madre y mi hermano— respondió Tom, de pie al lado de su hermano.

—Me agrada, me gusta mucho la elegancia de este aposento— confesó la princesa, sintiendo una puñalada de celos al pensar que probablemente la princesa Ambrosía sería la dueña de aquel imponente palacio, pero después de darle una ojeada al ceñudo príncipe menor, los celos disminuyeron un poco. Parecía muy malhumorado.

El siguiente salón resultó más fastuoso que el salón blanco, era sin duda la más bella estancia del palacio, una enorme sala muy armoniosa, en tonos azul y oro, tenía cuatro chimeneas, diez enormes ventanales, amueblada con ocho canapés, diez sillones y veinte sillas de color azul claro, además de poseer una gran mesa de oro y porcelana verde con medallones de los grandes hombres de la antigüedad, todo aquel conjunto dominado soberanamente por un retrato del difunto Rey Baltazar, vestido con ropas de consagrar.

—¿No creen que es demasiado?— cuestionó ahora la princesa, pensando en su propio palacio que no era tan fastuoso como el de Calabria, incluso estaba cansada, había caminado mucho recorriendo tan solo tres estancias del lugar.

—Bastante — respondió Bill, para su sorpresa — si pensamos en cuantas personas ahí afuera muriéndose de hambre, y que no tienen ni siquiera un techo donde pasar las noches.

—Bill— la voz de Tom fue baja.

—Su Alteza lo preguntó— dijo Bill, esbozando una sonrisa de fingido buen humor.

—Tienes razón— argumento Felitza, algo cohibida pero con cierto aire audaz — pero supongo que cada quien tiene lo que se merece.

Los príncipes no podían creer tan superfluo comentario, y sabiamente, Georg llamó a Bill en ese momento, pues sabía que su amigo no podría controlarse muy bien después de escuchar aquello.

—¿Me vais a contar la historia de tu hermano menor?— preguntó a Tom en un francés muy bajo. Por supuesto que ella trató de averiguar la historia de Bill por medio de los sirvientes y por medio de sus doncellas, pero nadie le había querido decir absolutamente nada.

—No soy quien para contar eso princesa— respondió Tom de manera muy seria y evasiva, también en francés y ella se enfurruñó.

—De acuerdo, pues ahora ya estoy cansada y no deseo seguir con el paseo— dijo abruptamente, contrariada y molesta, como era su costumbre, al no haberse cumplido su capricho  — ¡Fátima!— gritó a su criada, quien dio un salto y su expresión se tornó más atemorizada todavía.

—Oh vamos— terció Bill, acercándose a Tom y a la princesa con movimientos felinos, mirándola con sus ojos intensos y amenazadores; la princesa vio que aunque los príncipes eran casi exactamente iguales, los ojos del menor eran más alargados y almendrados, y remarcados en negro le daban un aspecto bastante tenebroso si el chico así lo deseaba. Felitza retrocedió unos centímetros, recelosa — el paseo acaba de comenzar, no hemos visto ni siquiera los jardines.

—He dicho que estoy cansada— repitió ella con aire malhumorado — nos veremos en la cena— terminó, y haciendo una casi imperceptible reverencia, se retiró apresuradamente.

—Acompáñala — bufó Bill hacia su guardia personal — ella no entiende que no debe andar por ahí sola.

Tom no respondió, y ambos príncipes se dirigieron a la sala de audiencias, como tenían planeado ese día, a atender asuntos relacionados al gobierno, del que el Rey les dejaba parte a ellos, era su responsabilidad, y juntos lograban gobernar muy bien.

[…]

 

—¿En donde está Felitza?— preguntó el Rey Felipe a su esposa, que sentada sobre un hermoso escabel forrado de seda rosada, frente a un tocador cuyo marco de oro estaba atestado de esculturas de ángeles que sostenían velitas en sus manos, daba los últimos toques a su nariz con perfumado y suave polvo de arroz.

—Ha ido a recorrer el palacio en compañía de los príncipes.

El Rey levantó una ceja, pero no dijo nada más.

—Sabes — siguió ella, pasando las yemas de sus dedos por debajo de los ojos para sentir la suavidad de su aún joven piel, para después aplicarse algo de colorete — pienso  que Felitza debería desposar al príncipe William.

Al escucharla, el Rey se atragantó.

—¿Pero es que has perdido el juicio? — masculló hacia su esposa, mirándola con incredulidad a través del reflejo en el espejo.

—¿Perder el juicio porque? — coreó ella, regresándole a su esposo la mirada de manera fulminante.

—William va a casarse con la princesa Ambrosía, es un rumor que corre como pólvora no solo por este palacio sino por casi toda Europa.

—Aún no está decidido — dijo ella desdeñosamente —aquí hay dos príncipes y ninguno ha elegido esposa todavía, y la corona de Calabria es un verdadero trofeo para cualquiera— la Reina Arlette solo podía pensar en la tremenda riqueza y belleza que había en ese lugar, desde la impresionante vastedad de las colinas, las montañas y el océano, hasta la increíble elegancia y opulencia que decoraba cada rincón del palacio.

—Lamento acabar con tus esperanzas querida mía, pero si es que mi hija llegase a casarse con alguno de estos príncipes, la corona que le corresponde es la de Baja Normandía, no olvides eso, allí es donde ella va a reinar, Felitza no podría ser nunca Reina de Calabria, lo que por otro lado, la hija del Rey Magnus si podría, ya que el trono de Mónaco corresponde  al príncipe Adam.

Al escucharlo, el corazón de la Reina Arlette se llenó de coraje, y se maldijo a sí misma por no haber sido capaz de concebir otro hijo, daba igual el género, ya que de ese modo, podría volverse madre de la próxima Reina de Calabria, además de poseer el Reino de Baja Normandía. Era eso todo lo que ella deseaba, le daba lo mismo un príncipe que otro. La Reina Arlette siempre había sido codiciosa y egoísta.

No respondió, y tras excusarse, el Rey Felipe fue en busca del Rey Jörg, encontrándolo en su sala de reuniones privada.

—Felipe— saludo Jörg con una sonrisa al verlo entrar — adelante por favor.

El Rey Felipe despidió a su comitiva y se encerró a charlar con el Rey Jörg, como los viejos amigos que eran.

—Disculpa si el día de ayer no nos reunimos para la cena, mi esposa se encontraba un poco indispuesta.

—Nada que perdonar querido amigo— desechó Felipe aún sonriendo—¿ confío en que se encuentre mejor?

—Mucho mejor, muchas gracias— se habían sentado en unos confortables sofás individuales forrados en terciopelo color sangre, que estaban estratégicamente acomodados frente a uno de los enormes ventanales. Era el mismo sitio donde antaño había discutido el Rey Jörg con el Rey Magnus, cuando este pretendía apoderarse del príncipe William al argumentar que Mónaco era mejor lugar para él.

—Cuanto tiempo ha pasado— exclamó Felipe, suspirando al recordar.

—Muchísimo, aún recuerdo cuando íbamos y veníamos de reino en reino en deberes reales.

—Y ahora, que tenemos aquello que perseguíamos, henos aquí, aún persiguiendo el sueño.

—La lucha nunca termina, pero tiene sus recompensas, por ejemplo, permite que te diga lo linda que es la hija que tienes.

—Muchas gracias— el pecho del Rey Felipe se infló de puro orgullo — mi Felitza es la culminación de mis mas grandes anhelos.

—Te entiendo amigo — la sonrisa del rey de Calabria era dulce — siento lo mismo por mis hijos.

Al escucharlo, los ojos del rey Felipe destellaron de curiosidad.

—Son magníficos Jörg — reconoció — los dos por igual, son completamente idénticos, y muy parecidos a ti, te juro que verlos juntos es alucinante.

—Lo sé, quizá por eso son el tesoro más Preciado de mi esposa,  y también mío— dijo, después ambos rieron — sin embargo hay unas sutiles diferencias entre ellos; William por ejemplo, es más joven, tan solo diez minutos más joven, pero es un poco más alto que Thomas, más delgado y más pálido, y sus ojos son más alargados, más parecidos a los de su madre, y Thomas en cambio es mucho más fuerte, tiene una mirada insondable y es mucho más explosivo — el rey Felipe sonreía melancólico — mi joven hijo tiene un carácter de los mil demonios.

— Créeme cuando te digo que mi corazón desborda dicha al saberte tan orgulloso de tus jóvenes herederos, y tocando ese tema — el rey Felipe hablaba con mucho tacto — ¿ambos son herederos?

—Ambos lo son, y no sabes los dolores de cabeza que me ha acarreado eso, no por el hecho de tener dos herederos, yo amo a mis hijos más que a ninguna otra persona en el mundo, es solo que han querido arrebatármelos una y otra vez, los protocolos aquí casi no tienen ningún valor.

—Lo sé, viejo amigo, es triste pensar en que nuestros hijos no nos pertenecen y que tarde o temprano deben seguir el curso de sus vidas.

—Así es, ahora imagina lo difícil que es para mi querida esposa y para mí aceptar que nuestro hijo más joven debe seguir el curso de su destino, después de que nos arrebataron veinte años de su existencia.

El Rey Felipe puso cara de póker, mudo ante la repentina pena que empapaba las palabras del Rey de Calabria.

—¿Pero como pudo suceder eso?— se atrevió a preguntar por fin, no tanto por sacarle información al Rey, sino porque no podía concebir que algo así pudiera pasar.

—Por la ignorancia, solo por eso — el Rey guardó un profundo silencio — me apena que se sepa que fue la propia madre de mi esposa fue la causante de todo, y no es que nadie lo sepa, aquí todo el mundo es consciente de la verdad, pero la callan en nombre de mi hijo, por lealtad.

El Rey Felipe no tenía idea de que es lo que realmente había sucedido, y el comenzar a saberlo, hizo que empezara a sudar.

—¿Estas hablando de la Reina Lucila?

—La misma, ignorante y carente de alma. La noche en que nacieron mis hijos, fue solo ella quien se quedó con mi esposa, fue solo ella testigo del milagro que había tenido lugar esa noche, y fue ella quien condenó a William a la muerte.

—Pero Jörg— Felipe estaba atónito — no puedo dar crédito a lo que me dices.

—Créelo, Lucila en persona lo confesó veinte años después, cuando milagrosamente Thomas encontró y rescató a su propio hermano de una muerte segura a manos de ella, lo cual espero, no me hagas relatarte, es una profunda herida en mi corazón.

—Estoy hecho un lío — Felipe se repantingó en su asiento, con las tripas medio revueltas, decidido a no importunar al Rey Jörg con una curiosidad malsana y morbosa. De hecho ya no deseaba saber más del asunto.

—Para decirlo sin tanto rodeo, mi amigo, esto pasó; mi esposa tuvo dos hijos idénticos, cuando eso sucede, nacen hermanos gemelos, significa que un individuo en formación se parte en dos, en dos mitades completamente idénticas y viables, llenas de vida. Lucila en su ignorancia, no entendió este raro milagro, y decidió que el último en nacer, debería morir, y afortunadamente encargó esta despreciable tarea a su entonces dama de compañía, quien se llevó a mi hijo, pero en vez de obedecer esa repulsiva orden, se llevó a William con ella, y lo crió como si fuera suyo, con muchísimas dificultades, casi sin nada de dinero para nada — la voz del Rey se quebró un poco — hasta que de alguna vil manera, Lucila se enteró de que su aborrecible orden no fue cumplida y se apoderó de mi hijo, lo torturó, y trató de asesinarlo, trató de ocultar la verdad queriendo desaparecer cualquier rastro.

—¡Por Dios, pero esa mujer tiene el demonio adentro!— rugió el Rey Felipe, estaba casi flipando de rabia.

—Tenía — corrigió el Rey de Calabria amargamente — después de eso, el veredicto fue unánime, ella fue ejecutada en la guillotina cuarenta y ocho horas después.

—No puedo aún creerlo — el Rey Felipe sentía verdadera tristeza, tenía los hombros hundidos — ¿y esa mujer que salvó a tu hijo?

—Murió, desgraciadamente murió mucho antes de que nosotros supiéramos la verdad, murió por una enfermedad desconocida.

—¡Cuantas penas ha pasado el príncipe William! 

—Muchas, viejo amigo, pero él sonríe, es amable, desinteresado, sencillo, noble, nos ha enseñado tanto…

El Rey Felipe sintió la necesidad de desviar el tema en ese momento, ya que no quería inmiscuirse de más en los asuntos más íntimos de la Real Familia Italiana.

—Y la princesa Ambrosía será entonces, la afortunada esposa del príncipe William— aquello no fue meramente una pregunta, sino más bien una afirmación.

—No es completamente seguro— el Rey Jörg se irritó — Magnus se ha comportado de una forma francamente molesta, solo porque William, al morir la que ella consideraba su madre, se fue de aquí, yendo a parar a Mónaco, y trabajando para el servicio del Rey Magnus, que lo asignó a la protección de Ambrosía. Naturalmente la chiquilla se enamoró de él, y fue en vísperas de la que iba a ser la unión de Thomas con ella, cuando se supo toda la verdad sobre el origen de William, y Magnus, al saber que William es hijo mío, lo que lo convierte en un príncipe heredero, cambió sus planes, y ahora pretende que su hija se case con él, a base de amenazas de guerra.

—Pero eso es totalmente obcecado, y fuera de cualquier protocolo — Felipe estaba hecho más lío que antes — el hijo menor no puede contraer matrimonio mientras el mayor no se haya casado, y quiero pensar que Thomas, como tu hijo mayor, es quien heredará este Reino.

—No lo sé. Todo esto me ha tenido muy mal, y no solo a mí, sino a mis hijos, y sobre todo a mi esposa, su pena es infinita— el Rey suspiró — que más quisiera yo que darles libertad, libertad de elegir como será su vida, sin imponerles nada, y ahora mira, ni siquiera estoy seguro de quien es el mayor, las investigaciones que he hecho no me aportan mucha claridad al respecto, salvo que ellos son totalmente iguales, incluso en edad, puesto que Tom es solo diez minutos mayor…

—Por mí no te preocupes, comparto esa misma filosofía, y tengo la fortuna de liberar a mi querida Felitza de la imposición de algo que ella no deseé, mi visita es para saludar a tu bella familia, para que nuestros hijos se conozcan, y si algo nace entre alguno de ellos, será fenomenal, si no, pues nada pasa, todo tiene su hora.

—No sabes la paz que le otorgas a mi alma querido Felipe, ojalá Magnus fuera como tú.

—Es la paz lo que más se anhela, y yo no te la robaré, además disfruto mucho de estas visitas, y de la belleza de ésta región, ojalá algún día puedan visitarnos en Baja Normandía, sería un honor recibirlos.

—Muy pronto será así viejo amigo.

Continuará…

*Flabelo: Abanico de plumas grande y con mango largo que se usaba en algunos actos solemnes.

Hasta aquí la entrega de hoy, y espero que les guste tanto como a mí.

Me gustaría que me dijeran en comentarios si prefieren que ponga fotos de como son las cosas que describo, o lo dejamos totalmente a la imaginación, porque fotos tengo a montones, para ayudar a entender las definiciones de espacios, de personajes y paisajes. Díganme porfa ^^

Alert. El siguiente capítulo será muuuuuy largo y muy emocionante, está casi listo así que lo subiré dentro de algunos días ^^

Hasta entonces y gracias por leer.

GB~

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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