Capítulo 14: Ambrosía

— ¿Que te sucede Tom?

— ¿Que me sucede de qué?— respondió el príncipe, a la defensiva.

—Vamos, te conozco— la voz del apuesto príncipe Andreas era baja y algo ronca, estaba recostado cómodamente en uno de los tres divanes de la habitación de Tom mientras éste ultimo arreglaba el ondulado cuello de su camisa para que sobresaliera del chaleco — estás cabreado.

Tom gruñó por lo bajo.

—Guarda silencio— bufó — no quiero que Bill escuche tus sandeces.

—Por Dios Tom ¿crees que nací ayer? Bill será tu hermano y lo que tú quieras, pero yo te conozco desde mucho antes y a mí no puedes engañarme.

Tom lo maldijo en su mente.

—Pues te equivocas.

—Sí que eres obstinado— el príncipe rubio se estiró como lo haría un gato mimado — esto es tan hilarante… justo lo mismo que ocurrió hace cuatro años, y ahora es tu hermanito el que está con un pie en el altar.

Al escuchar eso, Tom tuvo que hacer un monumental esfuerzo por no irse encima de Andreas como lo haría un perro rabioso. Se contuvo porque no quería que su hermano, quien se estaba duchando metido hasta la barbilla en agua caliente y perfumada, se diera cuenta de nada. Tom se había prometido no abrumar más a Bill con los celos, ni con su mal carácter, pues era alarmante la ausencia de sonrisas en su hermano, y Tom amaba verlo sonreír más que otra cosa en el mundo.

—Cállate ya Andreas, me es muy difícil estar ecuánime cuando en unas horas llega esa mocosa insoportable, y tú con tus comentarios no ayudas a que me calme.

—Pues lo lamento pero es la realidad, y además creo, no es tan mocosa ya — Andreas se concentró— tiene diecinueve años ¿no?

—Me importa un demonio su edad.

—Pues si que estás de mala ostia amigo, sinceramente, deberías tomar como esposa a la princesa Felitza que es bastante linda y luego pirarte de aquí.

«¿Y dejar a Bill? ¿Dejar mi reino? Ni loco» pensó Tom, quien ya no respondió, solo puso los ojos en blanco.

— ¿Y porque no te casas tú con Felitza si tan linda te parece?— dijo, al cabo de un minuto, la voz rezumaba ira.

—Porque soy el heredero de mi Reino.

—Bah, ahí está tu hermano menor, el puede volverse el heredero de tu Reino, y así tú te quedas con Normandía.

—Si claro, Paolo es un niño ¿recuerdas?— respondió Andreas, haciendo mención de su hermano menor.

—Tiene catorce años, no es un niñito.

—Es demasiado joven para reinar, y me gusta mi Reino, espero ser el Rey algún día, y de cualquier manera, por algo trajeron a Felitza aquí, a Calabria, y es para que tu o Bill se casen con ella, sino me la habrían llevado a mí.

—Pues pierden su tiempo— dijo Tom de manera más obstinada, y Andreas negó con la cabeza, convencido de sus propias palabras — además odio que hablen de las chicas como si fueran propiedades.

Andreas había llegado de su Reino hacía tan solo dos días, y la princesa Felitza le pareció linda y graciosa, pero había notado que entre Bill y ella había una creciente hostilidad, y que Tom apenas si abría la boca cuando se reunían para pasear, en los almuerzos y las cenas, o cuando la encontraban admirando los jardines con alguna de sus asustadizas doncellas.

—Lo que si es seguro es que Ambrosía viene para casarse con Bill— y lo dijo sin malicia, solo como una mera realidad.

—Ni siquiera es cuestión Ambrosía, te lo puedo apostar, ella es muy boba, hace dos años que no le escribe ni un hola a Bill, aquí el estúpido obstinado es el Rey Magnus, él es quien está obsesionado con mi hermano, a veces me pregunto si no quisiera él mismo casarse con Bill.

Al escucharlo Andreas soltó una profunda risotada.

—Cállate, anormal— gruñó Tom, quien había terminado por fin de arreglarse — Bill te puede escuchar.

— ¿Y eso qué? — Retó — ¿acaso ya no me puedo reír?

—Que te den— Tom le dio la espalda y guardó su espada recién pulida y afilada en la funda que llevaba en el cinturón — y ya te puedes ir largando, que Bill estará a punto de salir y no creo que quiera vestirse contigo mirándolo.

—Pues deberíamos irnos los dos si es que va a salir en pelotas del cuarto de baño ¿no crees?— dijo Andreas, levantándose y mirando a Tom sospechosamente, sus ojos azules se volvieron dos rendijas acusadoras.

—Bill es mi hermano, puedo verlo desnudo las veces que me plazca, es tan natural como verme a mí mismo en un espejo.

—Joder que ambos son raros, y tu además eres un pequeño y sucio pervertido— dijo riendo y esquivando el puño que le había dirigido Tom — pero de acuerdo, iré a cambiarme también, que dentro de pocas horas llegará la princesa de la discordia y hay que vernos muy presentables, si señor— dijo, imitando un saludo militar y saliendo por la puerta que le había abierto el guardia que la custodiaba.

—Eres un idiota Andreas— pero a pesar del insulto, Tom sonreía de lado, consciente de que Andreas era pese a todo, su más fiel amigo; aunque jamás le perdonaría lo que había hecho con Bill.

Ni bien pasaron dos minutos de la partida de Andreas, cuando Bill salió del baño envuelto de cintura para abajo en una vaporosa túnica blanca, levemente mojada. El agua le escurría en pequeños riachuelos cristalinos desde el largo cuello, bajando por los delgados planos de su pecho, hasta atorarse en la cadera ceñida por la túnica.

Tom, que estaba esperándolo cerca del ventanal le dio una ojeada larga y hambrienta, maravillado ante su hermano. Y sorprendido de que al pasar de los años, el deseo y el amor que sentía por él no había menguado ni un poco, sino al revés, lo deseaba y amaba más si era posible.

Bill no lo había visto, pensó que su hermano se había marchado, y una punzada de tristeza le atravesó el pecho.

—¿En verdad crees que te dejaría solo?— la voz profunda de Tom hizo ecos en el lienzo de su alma, y le erizó todos los vellos del cuerpo.

—Tom, ahí estas— suspiró aliviado, volviéndose hacia su hermano, que lo miraba desde el ventanal donde su silueta se recortaba contra la luz, envolviéndole en un halo plateado.

Bill sonrió a medias, estaba nervioso por todo lo que pasaba en aquellos momentos, con tantas visitas en el palacio, y con la familia Real de Mónaco a punto de llegar, su único refugio en aquellos momentos era su hermano.

—¿Porqué tan intranquilo hermanito?— cuestionó, acercándose suavemente con una mirada que rezumaba lujuria.

Bill sintió que sus piernas temblaban, y se ajustó la túnica más a la cadera.

—No lo sé Tom— suspiró Bill, bajando la mirada.

—Yo creo que sí lo sabes.

En un abrir y cerrar de ojos Tom llegó hasta Bill y levantó su cabeza con sus manos, disfrutando del aroma de su hermano, de su imagen tan natural, tan joven y tan vulnerable, y tan fuerte y agresiva a la vez, como si una poderosa deidad, mitad cielo mitad infierno viviera dentro de él.

Bill no quería hablar mucho, se sentía demasiado inquieto y temeroso de las reacciones que pudiera tener Tom ante la llegada de Ambrosía, y además estaba la parte de volver a ver a la familia de Mónaco a quienes debía tanto.

El anhelo que sentía por ver a la graciosa princesa nuevamente se veía empañado por muchas cuestiones ajenas, descartando el hecho de que los ojos de miles de personas estarían fijos en él.

—Es un poco de todo— respondió, dejando caer los hombros — quisiera irme lejos y no tener que hacer nada de lo que debemos hacer.

—Mira Bill— Tom comenzó a pasear sus dedos por los blancos y delgados hombros de su hermano, cuya piel se erizó totalmente al contacto— no sufras por algo que aún no ha pasado, es muy desgastante — sonrió, a pesar que se sentía morir por dentro — iremos tomando cada cosa como vaya llegando.

Y las palabras surtieron efecto, Bill se relajó.

—Lo único que sé es que no podría nunca separarme de ti.

—Oh Bill — Tom no respondió, pero abrazó a su hermano con todas sus fuerzas.

Bill no se sorprendió, y casi al instante rodeó a Tom por el cuello y se fundió con su fuerte cuerpo envuelto en sedas y terciopelo, movimiento que relegó la túnica al piso.

—Nunca vas a separarte de mí, siempre vamos a estar unidos, siempre serás mi hermanito menor y el amor de mi vida, pase lo que pase siempre será así.

Bill se turbó.

—¿Que habría de pasar?— preguntó con el rostro vuelto hacia el cuello de Tom, con el ceño fruncido.—¿Qué sucede Tom…? por favor, y no me digas que nada porque no soy ningún idiota…

—Es que no lo comprendes aún Bill… ¿cómo explicarte? —la salvaje lucha interna de Tom era evidente— eres, como el sol para mí, no sé si lo entiendas, eres el calor del sol que ha ido derritiendo mis muros de hielo, eres como la primavera y yo soy el invierno y he ido quedando desprotegido por tu luz y tu calor, y ahora… sé que te estoy perdiendo… y siento que es así como debe ser…— Tom hizo una mueca de puro dolor — No quiero volver a ser un invierno… No quiero que más dolor y más silencio lleven mi vida a la deriva, ni mucho menos la tuya, que es un regalo, pero si sigo así, quizá consiga convertirte en un invierno también— su voz fue suave, y sus manos fuertes y surcadas de venas rozaron con suavidad infinita las cicatrices que se perdían en la sien de Bill.

—No Tom — los ojos de Bill se cristalizaron de inmediato —No digas eso… nunca permitiré que te alejes de mi… No podría, a pesar de todo esto que nos rodea, si te perdiera a ti, lo perdería todo.

Tom miró a Bill, inundado de dulzura ante su inocencia y su ignorancia a los modos en los que se manejaba la realeza. Era tan puro y tan delicado, que conseguía robarle la cordura ¿cómo demonios había logrado sobrevivir a todas las adversidades que había pasado? Al verlo resultaba imposible de creerlo, con esa piel clara y su sonrisa de luna llena. Debía dejarlo resplandecer, sí, debía dejarlo convertirse en Rey, era lo correcto, era el indicado…

Constanza lo había dicho, Bill era hijo de la luna, pero para Tom, Bill era la luz del sol. Decidió que no respondería, porque incluso pensar la respuesta, hacía que todo su cuerpo se encogiera de dolor.

—No sigas con eso Bill — Tom no deseaba hablar de más, no deseaba romper ese volátil momento que tenían, puesto que estar a solas era ya muy difícil para ambos — oye, me encantas así, desnudo.

Entonces, Bill sonrió, buscó los labios de su hermano y lo besó.

—Pero tú tienes tanta ropa…

Tom se deshizo de cada una de sus prendas sin apenas dejar de besar a Bill, sin importarle el tiempo que le había tomado arreglarse, lo hizo porque Bill le sonreía, y ese era su premio, habría hecho cualquier cosa por esa sonrisa.

—¿Contento?— cuestionó, subiendo sus manos de manera muy lenta por la blanca espalda desnuda de Bill.

—Mucho— fue la respuesta, seguida de un gran abrazo que le permitía sentir contra su propio pecho los latidos del corazón de su hermano gemelo — Tom, ya nada me importa…

Pero Tom no respondió, sus ojos estaban más húmedos y tristes de lo normal, al igual que su alma, que sabía perfectamente que el tiempo se le agotaba a cada momento.

Cada segundo con Bill era su más valioso tesoro.

Se sentía tan vivo cuando estaba con él, que habría dado su vida porque el tiempo juntos hubiese sido eterno.

Pero no podía divagar más en su nostalgia, Bill había sacudido su melena húmeda, atrayendo la atención de Tom, quien se puso duro enseguida, Bill sabía cómo provocarlo.

—Vamos Tom, regresa de donde estés— murmuró contra sus labios.

—No me he ido a ningún lado — aún, se dijo a sí mismo, molesto por perder el tiempo.

Los besos se volvieron más intensos y desesperados, y Tom comenzó a empujar a su hermano hacia atrás, sin dejar de besarlo y acariciarlo con sus manos avariciosas, hasta que las rodillas de Bill se doblaron con el borde de la cama, haciéndolo caer, sorprendido de caer en los brazos de Tom, quien no permitió que ni siquiera la suavidad de su lecho tocase a su hermano, en aquellos momentos, Bill era completamente suyo, tanto que no le dio tiempo ni de tomar aire, cuando ya estaba reclamando su boca nuevamente, dominándolo por completo con sus manos y con su lengua.

—Ay Bill— susurró, perdido en los gemidos guturales que salían de la garganta de su hermano. Era perfecto, sensual, fuerte y delicado, su piel blanca relucía con un pétalo, sus ojos negros sin una gota de sombra estaban cerrados, y su boca… quizá fuese su boca lo que más amaba de él, esa boca capaz de darle el máximo de los consuelos, o el peor de los castigos.

Tom se irguió sobre él, con las rodillas apoyadas en el lecho a ambos lados de sus caderas, y lo contempló calladamente.

Quizá fuera la última vez que podría tener a aquella criatura que parecía hecha únicamente para él entre sus brazos, quizá la última vez que pudiera aprisionarlo a besos y caricias en su cama, a meterse en su cuerpo y hacerlo suyo sin pérdida de tiempo. Y lo que más lo inquietaba, era esa exasperación en Bill, sus ansias, su coraje e indiferencia a todo excepto a él.

Su mente despierta pensaba en todo aquello, al mismo tiempo que disfrutaba del aroma, del color de su piel, de los sonidos que emanaban de su boca cuando lo recorría con la lengua como si fuese un caramelo, pero Tom olvidaba que su mente y la de su hermano poseían un vínculo secreto y antiguo como el agua, una conexión irrompible, y que todo lo que sentía, era captado como en baja frecuencia por la mente de su hermano.

Y Bill también sentía y presentía que su tiempo se estaba acabando, pero a diferencia de Tom, a él estaba dejando de importarle, si los veían, si alguien lo sabía, no le importaba, ni el trono de Calabria, ni las princesas tan lindas y tan correctas que ansiaban convertirse en Reinas, nada podía importarle más que Tom, y cuando lo tuvo sobre él con los ojos cerrados, la boca ahogando gruñidos de éxtasis y el cuerpo surcado de músculos y mojado de sudor que le embestía una y otra vez, a veces suave y a veces con fuerza, su resolución se fraguaba tan firmemente como el cemento.

Bill enganchó sus largas piernas a la cintura de Tom, atrayéndolo más hacia él, haciendo que se clavase hasta lo más profundo de su cuerpo, disfrutando del dolor y del placer que le embriagaba, esa sensación la quería experimentar cada día, por el resto de sus días.

Siempre que estaba así con Tom, sentía que estaban en una nube a parte de todo y de todos, y aterrizar era doloroso, tanto como el orgasmo que estaba sacudiéndolos a ambos al mismo tiempo, en ese mismo momento. Tom le dirigió una jadeante sonrisa tan cortante como el filo de una navaja de afeitar, la sonrisa favorita de Bill.

Estallaron en un orgasmo potente y acuoso, que se derramaba con lechosa lentitud por sus cuerpos, impregnando todo de un aroma muy parecido a potente incienso de una cripta.

—Puedes hacer conmigo lo que quieras Bill— reconoció Tom, aun encajado en las profundidades del cuerpo de su hermano.

Bill sonrió, deslumbrado; Tom tenía la voz suave y algo ronca por la pasión, pero su sonrisa seguía siendo cortante como una navaja, y Bill pensó que Tom debía estar acostumbrado a que le miraran y a dejar sin aliento a los desconocidos. Lo había presenciado muchas veces, y los celos lo invadían. Tom era suyo.

Los ojos se le cerraban por momentos, pero era vagamente consciente de que su hermano se había recostado a su lado, envolviéndolo en su abrazo y que las manos de Tom estaban alisando hacia atrás su negra melena mojada, apartándola de su rostro ardiente.

Bill se acercó más a él, queriendo hacer preguntas, pero Tom le besó nuevamente y su lengua entró y salió de sus labios moviéndose tan velozmente como la de una serpiente.

La excitación creció tanto en él que la cabeza acabó dándole vueltas, reafirmando su postura en la que nada le importaba, nada ni nadie, pero Tom parecía tener más escrúpulos últimamente.

—Será mejor que comiences a vestirte y…— levantó la vista y enfocó sus finos ropajes arrugados sobre el piso de mármol — creo que tendré que hacer lo mismo… ¿o prefieres que los sirvientes se encarguen de arreglarte?

—No, por supuesto que no, lo haré yo solo, pero puedes quedarte a mirar si así lo deseas.

Bill suspiró, y el hecho pareció conectarse con Tom, quien se levantó a medias para apoyar su cabeza contra su pecho, cerrando los ojos con languidez y satisfacción al escuchar los rítmicos latidos del corazón de Bill.

«Ojala pudiera escuchar este sonido por el resto de los días que me queden de vida»

 

[…]

El movimiento del enorme barco no era del agrado de la princesa Ambrosía.

Se encontraban en el último día del viaje de casi una semana, y estaba harta de la comida del barco, del mareo y del encierro. El ocaso incendiaba el cielo a medida que un sol inmensamente rojo se ocultaba por el horizonte. La princesa pensó que al día siguiente, a esa misma hora, estaría ya en Calabria, probablemente instalada en algún aposento elegante y frío, tan clásico del palacio del Rey Jörg, y los nervios la carcomían. No sabía que esperar, la última vez que vio a Bill, él tenía su hermoso rostro prácticamente destrozado por lo que le habían hecho, y verlo resultaba algo aterrador. Recordaba haber escuchado en la voz del médico que a Bill apenas si le quedaría alguna cicatriz y que se recuperaría totalmente, pero ella estaba segura que las heridas que había sufrido su alma aún debían sangrar.

La princesa suspiró delicadamente, apoyada sobre la barandilla en la popa del barco, aquel sitio donde conoció a Bill, cuatro años atrás. Ahora estaba acompañada por Gustav, quien era un buen guardián, pero se mantenía distante la mayor parte del tiempo, no como Bill, quien era cálido y se interesaba en todo lo que ella pensaba, o sentía, o quería.

Un par de valientes del Rey estaba apostado cerca, y la princesa recordaba sin cesar. Si fuera más valiente, sin duda saltaría desde la popa del barco, para fundirse con las propelas y ser espuma de mar para siempre. Pero era cobarde, y se estremeció.

— ¿Está todo bien princesa?— la grave voz de Gustav la sacó de su ensimismamiento.

—Sí, solo pensaba, y recordaba… ¿crees que a Bill le dé gusto verme?

—Puedo asegurarle que si, alteza.

—Yo no estoy tan segura — la voz de ella era vacilante, sus ojos miraban hacia el horizonte.

—¿Puedo preguntar por qué piensa eso?

—No me ha vuelto a escribir, desde hace dos años, creo que ya no me quiere…

—Encuentro sus palabras imposibles de creer Alteza, mañana a esta hora todo habrá pasado— dijo él, haciendo eco a sus pensamientos, y queriendo acabar la charla — habremos llegado a Calabria, y habremos comprobado cómo se encuentra nuestro querido amigo William, aunque puedo adelantarme a asegurar, que él seguirá siendo el mismo de siempre, y que pronto celebraremos una hermosa unión.

—Espero que tengas razón — respondió, suspirando. No llevaba corona, ni ningún otro adorno en la cabeza, su vestido de gasa era ligero, sus joyas pequeñas, y el rostro iba sin una gota de maquillaje, lo que hacía que la princesa luciera extremadamente joven y vulnerable.

De repente, una ráfaga de aire particularmente frío la hizo tiritar.

—Alteza si me permite, será mejor que la lleve de vuelta a sus aposentos, el clima está poniéndose frío— apuntó Gustav, mirando como el resplandor anaranjado que incendiaba el cielo se había vuelto gris.

Ambrosía no dijo nada más, se dejó conducir por su fiel guardián a su decorado camarote, pero no logró conciliar el sueño, y el llanto fue su compañero durante toda la noche.

El amanecer sorprendió a todos los tripulantes del barco sumidos en una febril actividad. Desde antes de la salida del sol se preparaban para el próximo arribo, que según el capitán tendría lugar dos horas después del medio día.

Las aguas del territorio italiano estaban tranquilas y le permitían al barco navegar a su máxima velocidad.

—Ay Ambrosía, no se cual deberías usar— la voz de la Reina Eleonora estaba emocionada, mientras contemplaba los hermosos vestidos esparcidos por la enorme cama de la princesa.

 

—Me da igual— la princesa fingía estar apática, aunque en el fondo lo que mas estaba era nerviosa, pero no quería que nadie lo notara, y sabía que nadie lo notaría, excepto quizás, el mismo Bill. 

Se alejó temerosa del recuerdo del príncipe, no quería pensar en él, o sus nervios no aguantarían.

—Vamos Ambrosía, por Dios pon algo de tu parte — regañó la reina, pero la princesa no le prestaba atención, estaba sentada sobre un cómodo sofá cerca de una ventana redonda que tenía vista al mar y dejaba que el aire de la mañana le agitara los dorados cabellos — tienes que escoger, porque todavía falta que te bañen y arreglen, llegaremos en unas cuantas horas.

—Cualquiera está bien.

La reina puso los ojos en blanco y regresó su atención a los vestidos, de los diez que sus sirvientas habían extendido sobre la cama y los sofás, había tres que llamaban su atención.

El primero era un vestido amarillo de corte francés, con brocado de lyons rosa y patrón floral en el pecho, con mangas bulbosas de encaje, brocado de pequeños diamantes en los encajes inferiores y canal de seda bordado con hilo de oro.

El segundo era un hermoso vestido de tul pálido color agua sobre una falda de gasa de seda con cintas y encajes azul cielo, terminado en un discreto brocado de perlas de río.

El último era el vestido favorito de la reina. Aún no había sido usado, de corte italiano confeccionado en terciopelo dorado, tan claro que parecía plateado, largo y decorado con perlas y diamantes en el borde del pecho y en las mangas, que eran tan largas como el mismo vestido. La reina pensó que se amoldaría a la perfección con la delgada y larga silueta de la princesa, y como complemento, llevaba una capa larga hecha de seda del mismo color, con una capucha amplia que complementaría su caída con los cabellos dorados, la capa tenía un broche de oro con la forma de una hoja, y quedaba acomodado al centro del pecho, justo debajo del cuello. Era vaporoso y ligero, como el alma misma de la Ambrosía.

—Usarás este cariño— decidió, tomándolo de la cama para ponerlo sobre los brazos extendidos de una sirvienta — asegúrate que no tenga la más mínima arruga, y que los complementos estén listos. 

La princesa no demostró emoción alguna durante todo el proceso de preparación que fue supervisado cuidadosamente por su madre, pero lucía verdaderamente bella cuando estuvo lista, cuatro horas después. Llevaba el cabello suelto y con ondas suaves, un hermoso maquillaje discreto, con polvos dorados sobre los párpados y polvo de arroz en las mejillas, su corona era discreta, pero brillaba intensamente por los treinta diamantes en forma de gota que tenía.

—Lo mejor será que Ambrosía espere en sus aposentos hasta que el barco este anclado, el viento podría incomodarla— decía el Rey, paseándose tranquilamente por la proa del barco. Gustav asintió, mientras el príncipe Adam miraba hacia el horizonte, sin siquiera parpadear — ¿a qué hora llegaremos?

—El capitán informa que arribaremos a Calabria dentro de una hora Majestad.

—Muy bien.

Nadie más dijo nada, pero todos pensaban exactamente lo mismo, que regresaban a un lugar en el que habían vivido cosas muy difíciles de explicar.

Magnus estaba inquieto, no sabía qué actitud podrían tener el rey Jörg y su esposa, ya que habían sido muy escuetos en sus cartas, también le preocupaban un poco las beligerantes actitudes que había demostrado el príncipe Thomas, pero lo que más deseaba era ver si Bill, a quien le tenía un cariño especial, seguía siendo el mismo que él había conocido.

El Rey pensó que quizá había algo mal en él, pues al observar la delgada y alta figura del príncipe Adam, que relucía al sol envuelta en terciopelo negro tan brillante como el pelaje de un oso, deseó que en lugar de Adam, el príncipe William hubiera sido su hijo.

[…]

Cuando el sol estaba en su punto más alto, la enorme fragata acorazada de Mónaco ingresó en la costa de Calabria. El Rey Magnus observó con el ceño fruncido el enorme Galeón pomposamente decorado del Rey Felipe descansando junto al gigantesco barco real de Calabria.

        

Pero se distrajo al ver que unos metros adentro de las playas, estaba un enorme dosel de pesado terciopelo carmesí.

—Esto es nuevo— dijo, extrañado.

—La vez anterior habían solo calesas y guardias que nos escoltaron hasta el palacio— respondió la Reina.

—Así es. ¿Qué piensas Adam?— el rey se volvió hacia su hijo.

—Que es algo extraño y que no me agrada— respondió la voz apática del príncipe.

—No creo que estén todos reunidos, ¿o sí?

—No se alcanza a ver nada Majestad— añadió Gustav, igual de impresionado — pero si me permite decirlo, estoy seguro que esto es obra del príncipe William.

Tras pensarlo un poco, Magnus estuvo de acuerdo con las palabras de Gustav, las primeras veces que llegaron a Calabria habían sido distintas, pero aquellas primeras veces, no fueron recibidos por Bill.

El barco atracó finalmente, y el agua se desbordó del muelle. Los soberanos de Mónaco pudieron divisar a sus anfitriones, y la escena fue casi irreal.

En tierra estaban los Reyes de Calabria, acompañados por los Reyes de Baja Normandía, y en sus rostros serios no había ni rastro de alegría. Por detrás de ellos, rodeados de guardias, estaban de pie los príncipes William y Thomas, vestidos exactamente igual, tan parecidos que al mirarlos no se estaba seguro si lo que se contemplaba era un espejismo. Los Reyes se sintieron satisfechos al ver que los ojos de gato salvaje del más joven de los príncipes seguían siendo igual de impresionantes.

Todos los habitantes de la ciudadela se apiñaban para ver a los recién llegados, que se preparaban para desembarcar.

Entre la nobleza que esperaba, los ojos mas ansiosos eran los del príncipe William, que escaneaba todos los rostros que veía, sin encontrar a la princesa Ambrosía, le parecía difícil que el no poder divisar su resplandeciente melena dorada.

La realeza se reunió para desembarcar en cuanto la rampa de abordaje fue acomodada y el ancla soltada, los guardias de Mónaco levantaron las lanzas de puntas afiladas y destellantes, y el estandarte del Rey Magnus se alzó con orgullo y ondeó libremente al sol, chasqueando furioso contra el viento. Los cornos imperiales emitieron un sonido grave y plañidero cuando el Rey Magnus y la Reina Eleonora precedieron la marcha, seguidos por la alta silueta del príncipe Adam, quien no dejaba de mirar hacia donde estaba el príncipe William acompañado por su imponente hermano, quien lucía de muy mal humor.

Finalmente, y detrás de sus padres y su hermano, apareció la princesa Ambrosía custodiada celosamente por Gustav y dos pares de guardias, medio oculta tras un parasol blanco, y al observarla, todos los músculos del pecho del príncipe William se apretaron, liberando una descarga de adrenalina.

Parecía que el tiempo se había detenido, la brisa apenas le movía los cabellos negros y acariciaba su rostro, refrescándolo.

La princesa no levantó la vista al bajar, y por el contrario, Bill era incapaz de quitarle los ojos de encima; trataba de conectar los recuerdos que tenía de la pequeña y dulce princesa que con tanta devoción había cuidado, con la alta y estilizada muchacha que veía en esos momentos. Definitivamente había cambiado, y mucho. Era bastante más alta de lo que recordaba, su cuerpo seguía siendo largo, delgado y flexible, y su cabello brillaba tanto como el oro recién pulido, tanto como su corona que destellaba intensamente cuando los diamantes eran alcanzados por algún rayo de sol. Pero su postura no se revelaba altiva y orgullosa, exactamente como él recordaba; ahora la princesa estaba tensa y escondía el rostro y Bill intuyó un dejo de nervios en ella por el modo en que sujetaba el parasol, como si prácticamente abrazarlo fuese a salvarle la vida, y mirándola, tuvo la triste certeza de que Ambrosía no deseaba volver a verlo. La conocía muy bien y podría afirmarlo.

El príncipe Thomas estaba mortalmente callado, mirando de forma hostil a los recién llegados que tanto odiaba, pero su vista oscilaba entre la sutil silueta de la princesa y entre lo desagradable que le parecían su hermano y sus padres. Por un segundo, su vista se encontró con la altanera mirada azul y helada del príncipe Adam, y le hizo un gesto que sugería el enarcamiento medio cínico de una ceja; Adam le respondió con una mirada despectiva y Tom supo que habría problemas.

Por más que la princesa evitó mirar hacia sus anfitriones, tuvo que hacerlo cuando estuvieron en tierra y casi frente a ellos, y no solo era ver nuevamente a la familia real Italiana, sino que además estaban presentes los Reyes de Baja Normandía, en compañía de la princesa Felitza, que miraba a Ambrosía con una mirada que pretendía ser amistosa pero que en el fondo escondía un poquito de envidia y desdén.

Pero cuando sus ojos azules y cristalinos enfocaron a Bill, todas las personas que estaban ahí desaparecieron para ella, y solo quedaba él. La princesa se sobresaltó tanto que dejó de caminar. Los guardias que la custodiaban se detuvieron y Gustav trató de darle pie para que volviera a andar, pero ella estaba medio paralizada. No había estado segura durante todos esos años de separación de como lo encontraría después de haberlo visto la última vez, pero de no ser por unas líneas muy leves que le atravesaban la piel, el apuesto rostro del príncipe William seguía siendo tan perfecto como el de una máscara; su nariz estaba recta, los labios brillantes y mojados, y sus profundos ojos fijos en ella brillaban tanto como si fueran dos carbones encendidos. Su aspecto era formidable. Estando en Mónaco ella verificaba que Bill vistiera de acuerdo a su rango, pero ahora, ataviado como el príncipe que era, con una bella corona dorada descansando sobre la negrura de sus cabellos, resultaba algo hipnótico de contemplar. Y el príncipe la miraba exactamente como ella recordaba, con la más efímera de las sonrisas despuntando en sus labios color ciruela.

Entonces reparó en la alta figura de Tom, que también la miraba, pero su mirada era dura y seria, y ella notó que Tom siempre parecía estar sobre Bill, y que se inclinaba hacia él en una actitud que parecía depredadora o de protección, o las dos cosas a la vez, y ella tuvo la certeza de que Tom seguía a Bill incluso al lavabo.

Por fin estuvieron frente a los soberanos de Calabria, pero el silencio se fue estirando más y más hasta que se volvió insoportable.

—Magnus, bienvenido seas de vuelta a nuestro Reino— la conciliadora voz del Rey Jörg fue la primera que se escuchó; estaba actuando con mucha diplomacia.

—Muchas gracias amigo mío— respondió Magnus, estrechando la mano de Jörg, y reverenciando a la Reina Simonetta.

—Nos alegra que ya estén aquí, esperamos que hayan tenido un buen viaje, siempre es difícil hacer viajes tan largos — añadió la reina de Calabria.

—Muy placentero Majestad, muchas gracias— agregó la Reina Eleonora con una sonrisa.

—Me imagino que conocen a nuestros queridos amigos, los soberanos de nuestra tierra hermana, Baja Normandía— añadió Jörg, volteando hacia los reyes Felipe y Arlette.

Ninguno de los jóvenes nobles participó en los primeros saludos protocolarios, pero escuchaban con atención. Felitza encontraba divertida aquella situación, pero no sabía si le agradaba del todo la química y la camaradería que parecía oscilar entre William y Ambrosía.

Los Reyes de Mónaco saludaron a los soberanos Normandos, intercambiaron halagos y agradecieron la gentileza de tal recibimiento y finalmente se dirigieron a los jóvenes nobles que aguardaban en completo silencio.

—Que gusto conocer a tan linda princesita— decía Magnus al saludar a Felitza, que era media cabeza más baja que Ambrosía, quien permanecía en silencio y evaluando su entorno cuidadosamente.

—Gracias— dijo ella en un dulce y melodioso tono francés.

Georg y el príncipe Andreas intercambiaron miradas de incertidumbre.

—Y que alegría volver a ver a estos jóvenes tan ilustres — dijo, volviéndose hacia donde los príncipes herederos aguardaban en compañía del príncipe Andreas, contemplándolos a todos con una mirada evaluativa — debo confesarte Bill, que luces impresionante, y tan parecido a tu hermano Thomas, tan serio como siempre, y Andreas, que gusto verte también aquí, esto es motivo de celebración.

Los tres príncipes inclinaron la cabeza, pero el movimiento de Tom fue muy rígido, en realidad el tenía ganas de reventarle la cara al Rey. Las manos le picaban de furia.

—Es un placer volver a veros Majestad, les he echado mucho de menos— respondió Bill, siendo observado atentamente por los reyes, que comprobaban que aunque Bill seguía siendo prácticamente el mismo, había más elegancia en sus formas, mas sabiduría en sus ojos, y un dolor infinito que lo atravesaba del mismo modo que las cicatrices que se perdían entre sus negros cabellos; pero nadie pudo estar preparado para el saludo del príncipe Adam.

Se acercó, hizo una forzada reverencia y miró a los príncipes con altanería, como siempre miraba a Bill cuando estaba en Mónaco, pero esta vez, el joven príncipe de Calabria le sostuvo la mirada en altivo desafío. Los puños del príncipe Tom estaban tan apretados que sus nudillos se volvieron blancos.

—Saludos príncipe William — su tono fue gangoso y vulgar, e ignoró completamente a Thomas y a Andreas — si que has cambiado, apenas te reconozco, no te pareces en nada a aquel joven delgaducho que seguía a mi hermana a todos lados igual que un perrillo callejero pidiendo de comer.

Bill se quedó helado de horror.

—¡Por Dios Adam!— vociferó el Rey Magnus, conmocionado.

Al escucharlo, los Reyes de las tres naciones se horrorizaron, pensando que habían escuchado mal, o que el viento había distorsionado las palabras del príncipe Adam, pero antes de que alguien pudiera parpadear o hablar, o respirar si quiera, el potente puño cerrado de Tom se estampó en el aristocrático rostro del príncipe Adam, acompañado de un crujido.

El golpe fue certero y brutal, Adam se tambaleó y dio traspiés hacia atrás mientras se llevaba la mano al pómulo izquierdo y escupía un borbotón de sangre, hubiera caído al piso de no ser porque sus guardias lo sostuvieron, y cuando desenvainó su espada, la punta afilada y reluciente de la espada de Tom le apuntaba directo a la garganta.

—Te sacaré el corazón — amenazó el príncipe Thomas — y se lo daré de comer a las ratas.

—Tú no te metas— la voz de Adam era tan peligrosa como la de Thomas.

—Yo por mi hermano mato, así que si te acercas a él ya sabes lo que te espera.

Los guardias de Calabria apuntaron entonces las lanzas hacia los recién llegados; los guardias personales de los príncipes tenían tensas las flechas en los arcos, sin contar con que todos los habitantes del lugar miraban con rabia al príncipe que había osado ofender a su más joven heredero. Sin embargo, los valientes del rey y los soldados de Mónaco estaban desconcertados, y apuntaban las lanzas de forma muy floja hacia el que alguna vez fuera su comandante. No deseaban atacar.

La princesa Ambrosía estaba consternada, y Gustav se colocó frente a ella, en guardia, entristecido porque la alegría que le provocara ver a su antiguo amigo tan entero y tan magnífico, hubiese sido arruinada de tan vil manera por el pesado príncipe Adam.

Incluso la princesa Felitza había perdido toda su picardía, y miraba atemorizada como los jóvenes nobles que debían ser diplomáticos y educados, se apuntaban a la garganta con sus afiladas espadas.

— ¡Esto es totalmente inaceptable Magnus!— bramó entonces el rey Jörg, estaba tan enfadado que faltó poco para que gritara la orden de atacar —¿Dime con qué derecho tú hijo cree que puede venir a ofender a William?

El príncipe Adam miró al Rey Jörg, quien lo miraba de vuelta con verdadero coraje, y bajó su espada, dándose cuenta de lo que acababa de hacer. Un apagado rubor rojo le cubrió el rostro.

Nadie mas dijo nada, y la tensión creció de forma casi insoportable, cuando el Rey Felipe, aún profundamente asombrado, habló en tono conciliador.

—Vamos caballeros, estoy seguro de que aquí hay solo un malentendido, creo que todos pensamos que el joven príncipe Adam no deseaba ofender al príncipe William.

—De ninguna manera excelencia— Adam reverenció a los Reyes de Calabria con actitud zalamera y falsa.

—Os ruego que disculpen a mi hijo por favor — la Reina Eleonora parpadeaba mucho al hablar, obviamente afectada, el Rey Magnus seguía callado, anonadado — de ninguna manera permitiríamos una ofensa de esa magnitud a nuestro querido William.

Al verla, los alterados espíritus de la familia Italiana se calmaron un poco.

—Yo también estoy seguro de que Adam no busca algún pleito conmigo— la voz de William fue baja y carente de emoción, mientras miraba a Adam con una ceja alzada; Tom había enfundado la espada lentamente pero miraba a Adam con verdadero odio y rencor.

—De ninguna manera querido William.

—Será mejor entonces regresar al palacio— Bill continuó hablando con voz suave y apenas contenida, por supuesto que Adam había dicho aquello con el único propósito de humillarlo e insultarlo, pero necesitaba que Tom se calmara, porque conociéndolo, bien podría cometer una barbaridad frente a todos, como cortarle la cabeza a Adam de un solo tajo por mencionar un ejemplo — vamos Tom— lo haló del brazo discretamente, y Tom lo siguió dócilmente, pero sin dejar de asesinar a Adam con la mirada.

Bill le dedicó entonces un guiño travieso y una sonrisa discreta a Ambrosía, que seguía bastante aterrada por lo que acababa de suceder, pero al ver a Bill, se relajó y le devolvió una vacilante sonrisa de complicidad.

Nadie más notó ese intercambio, salvo la princesa Felitza.

Todo se movilizó rápido entonces, los príncipes de Calabria montaron sus caballos y abrieron el cortejo, siendo seguidos por el carruaje de los soberanos de Calabria, después, varios metros atrás los seguía una calesa abierta que transportaba a la familia de Normandía, y al final, en otra calesa abierta tirada por dos caballos viajaba la familia de Mónaco.

—Y acaban de llegar…— suspiró el Rey Jörg.

Continuará…

Como lo prometí, capítulo largo. Las cosas se empiezan a poner tensas con tantas visitas, y en el próximo capítulo todo se volverá más emocionante con unas visitas inesperadas!!

Estoy ansiosa por subir el siguiente, que ya está casi listo, y mientras lo termino podrían decirme que piensan sobre la actitud del príncipe Adam, y si creen que es probable que hasta rete a duelo a alguno de los gemelos :O

Desde ya muchas gracias por leer, y hasta la próxima!!

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!