Capítulo 15: El Duque de Montpensier 

Los ánimos en el Palacio de Calabria seguían encendidos.

Al llegar después del violento recibimiento a los soberanos de Mónaco, todos se dispersaron casi de inmediato hacia las habitaciones que tenían designadas, y el Rey de Mónaco, hospedado en el ala oeste del palacio, cerca del jardín principal, ahí donde la parte más opulenta y solitaria del palacio se alzaba, reñía acaloradamente a su hijo.

—Estupendo Adam, fue verdaderamente sensato lo que acabas de hacer— la voz del Rey destilaba cinismo, se paseaba sin cesar mirando a su familia, especialmente a su hijo mayor— ¿por qué mejor no le cortaste la garganta a William frente a todos?

—No era mi intención que todo saliera así — respondió en voz baja el príncipe de pie, mirando por el gran ventanal. La ira de su padre no lo impresionaba, le causaba cierta irritación y lo aburría enormemente.

—Para no ser tu intención te ha salido muy bien— aulló el rey. El joven príncipe puso los ojos en blanco. 

La Reina y la princesa Ambrosía estaban presentes, mirando enfadadas a Adam, sin dirigirle la palabra.

— ¿Tienes idea de cómo puede afectar esto al futuro de tu hermana?— inquirió ahora la Reina, a lo que Adam puso los ojos en blanco de nueva cuenta.

—Mas te vale que no tomen esto de pretexto para cancelar la boda de Ambrosía con William— amenazó el Rey — irás a disculparte con él y con sus padres inmediatamente.

Al escuchar aquello, Adam explotó.

— ¿Pero es que acaso te escuchas, padre? — resopló con la voz empapada de cinismo — ¿de cuál boda hablas? porque la boda solo existe en tu mente, tu amado Bill no ha demostrado el mínimo interés por Ambrosía, y sin embargo tú sólo la vez como una especie de bien material con incubadora incluida, y no pienses que soy un idiota, sé perfectamente que si fuera por ti, me quitarías el derecho que me corresponde y le darías el trono de Mónaco a Bill, pero eso no lo pienso permitir.

Dicho aquello Adam salió dando un sonoro portazo, para irse a encerrar en la habitación que le había sido asignada, dejando a sus padres y a la princesa sumidos en un tenso silencio.

Sus palabras fueron tan hirientes como una braza ardiente que cae en una herida abierta, y Ambrosía estuvo de acuerdo con sus pensamientos. Aunque por otro lado estaba el detalle de William, la sonrisa cómplice y el guiño juguetón que le revolvió la mente.

Pero su semblante se transformó en una máscara de profunda pena, sus hombros delgados estaban caídos.

—No te preocupes cariño— el Rey trató de tranquilizarla — todo estará bien, ya lo verás.

Ella no deseaba pelear, se sentía vencida, se sintió así desde que vio la intensa frescura que emanaba de la estampa de la princesa Felitza, de su seguridad y de la exótica picardía que había en sus extraños ojos.

No es que ella se sintiera inferior, pero los últimos sucesos, aunados a las palabras de su hermano, conseguían hacer mella en la confianza que se tenía ella misma.

Se excusó con sus padres y salió de la habitación, siendo seguida de forma automática por Gustav y por su aya.

La tarde estaba cayendo en Calabria y era tan cálida como luminosa. Ambrosía de pronto se sintió mejor, decidió no pensar en nada de momento, más que en recorrer los callados y luminosos pasillos del palacio que siempre le había gustado, y que como ahora pertenecía a Bill, le gustaba aún más.

Recorrió la galería de pintura, totalmente vacía mientras sonreía, miraba por los enormes ventanales y soñaba con que era la esposa del príncipe William y que ese era su hogar.

Cuando entró en el salón blanco, ahí donde había estado con Tom cuando Bill estuvo cautivo, los recuerdos la abrumaron, y se habría entregado a la melancolía de no haberse topado casi de frente con la princesa Felitza, que sentada sobre un canapé blanco, leía.

Ambrosía hubiera deseado dar media vuelta y salir de ahí si es que Felitza no la hubiera visto, pero la princesa francesa cerró el libro y se levantó.

—Saludos princesa Ambrosía— la saludó con una cortesía que parecía ser genuina, Ambrosía sonrió débilmente y se acercó a ella.

—Saludos querida Felitza, espero no haber interrumpido tu lectura.

—Para nada— desechó ella — en realidad lo hacía para combatir el aburrimiento, este palacio es tan grande y monótono — dijo eso bostezando, ante el asombro de Ambrosía — tan grande que de salir a tomar el desayuno me canso, pero me gusta éste salón por su decoración y muebles franceses.

—Si, es muy grande ciertamente— acordó la rubia princesa, mirando hacia arriba, donde el techo abovedado creaba ecos de sus palabras — a mí por eso me gusta.

— ¿Y sólo eso te gusta?— dijo, sonriendo de forma burlona.

— ¿A qué te refieres?— preguntó, contemplándola con el ceño levemente fruncido, Felitza era más baja que Ambrosía, pero su locuacidad era intensa.

—En realidad a nada — suspiró — he oído que las playas son hermosas aquí ¿te apetece acompañarme a dar un paseo? Te aseguro que nos ayudará con el tedio.

Ambrosía lo pensó por un momento, indecisa entre si el príncipe William fuera a buscarla ese mismo día, pero finalmente decidió que no iba a estar esperándolo todo el tiempo.

—Me parece perfecto, mandaré a mi aya a avisarle a mis padres, nos vemos en la entrada principal dentro de veinte minutos ¿te parece?— Felitza asintió, sonriendo, y Ambrosía se volvió hacia su aya que estaba detrás de ella, acompañada por Gustav— por favor Lucinda, avisa a mis padres que iré a dar un paseo con la princesa Felitza, y pide por favor que nos tengan listo un carruaje.

—Por supuesto Alteza— su aya sonrió ampliamente e hizo una reverencia antes de marcharse a cumplir su encargo.

—¿No te parece que eres demasiado blanda con tus sirvientes?— cuestionó la pelirroja, con una ceja alzada.

—No, para nada, siempre he tratado a mi aya de la misma forma.

—Ya veo, y ¿ese quién es?— preguntó, señalando a Gustav, sin molestarse en cambiar su descortés tono de voz.

—El es mi guardián, y es amigo personal del príncipe William— la sonrisa de Ambrosía se volvió vacilante al hablar de Bill — entonces nos vemos en unos minutos — dijo, cortante. No deseaba seguir hablando del príncipe que causaba estragos en su corazón.

—De acuerdo— Felitza llamó a su guardia con una palmada y se ambas salieron por puertas diferentes.

[…]

—Es realmente inconcebible lo que acaba de suceder.

La familia real de Calabria se había reunido en el salón de dibujo, cuyas puertas estaban fuertemente custodiadas.

        

El Rey Jörg aún hervía de rabia, al igual que el mayor de sus hijos. El príncipe Tom estaba sentado sobre un sofá de tres plazas, tapizado en dorado, mientras una doncella le aplicaba un extraño ungüento a su mano, que había quedado rojiza e inflamada luego de estrellarse contra el rostro del príncipe Adam.

Tenía las pulidas botas sobre un escabel forrado en tela dorada ribeteada de oro, y no podía ni hablar de lo furioso que estaba.

—No encuentro aún palabras que sea capaz de usar para catalogar lo extraño que fue el comportamiento del príncipe Adam — la Reina se sentía herida y confusa. Estaba pálida y se le notaba cansada.

—Tú lo conoces hijo— el rey se dirigió a Bill, que estaba sentado enfrente de Tom, casi en la misma posición que él, viendo con los dientes apretados como la doncella que lo atendía exageraba con el masaje a su parecer.

—No lo sé— dijo finalmente, el mal humor se decantaba en su voz — casi no conozco a Adam, en Mónaco coincidíamos muy poco, y siempre se mostraba serio y callado, y su mirada siempre era un tanto despectiva.

—Se le olvida quien eres en realidad— añadió Tom, quitando la mano herida de las manos de la doncella, en realidad ni le dolía — debería regresar y tirarle los dientes uno por uno.

—Creo que no sería lo más sensato en estos momentos— comentó la Reina, sentada cerca de una de las chimeneas encendidas — estoy segura de que hay un mal entendido.

Ambos príncipes pusieron los ojos en blanco. El mayor de ellos estaba casi decidido en ir a matar al príncipe Adam, cuando tres golpes resonaron en las puertas cerradas.

—Adelante— dijo el Rey, quedando estupefacto al ver que el príncipe Adam le hacía una reverencia al entrar luego de ser anunciado por el mayordomo real.

El príncipe Thomas saltó del sofá, con la mano cerrada sobre la empuñadura de su espada, mientras Bill, quien se levantó al mismo tiempo que Tom, le dirigía a Adam una mirada insondable.

—Lamento interrumpir excelencias— dijo Adam, directamente a los Reyes, que lo miraban serios y molestos. 

—Vamos príncipe Adam, tu visita no es interrupción, dinos que es lo que deseas — añadió amablemente la reina, tratando de ser consecuente.

—Antes que nada, deseo ofrecer mis disculpas a su Alteza Real, el príncipe William por lo sucedido hace un rato — Adam sentía que cada palabra le achicharraba las cuerdas vocales, pero no tenía otra opción. Había decidido disculparse luego de meditar por un rato en sus aposentos, llegando a la conclusión de que prefería que su hermana se casara con William y por lo tanto, se quedara en Calabria, así su padre podría nombrarlo pronto regente de Mónaco y podría tomar el control de todo su reino— lamento que mis palabras no expresaran lo que en realidad siento, que es gusto por poder visitarlos, y sobre todo, por ver a William, a quien conozco hace bastante tiempo, tan saludable, tan repuesto y tan elegante, como debe ser un príncipe heredero de su reino — terminó, dirigiéndose ahora directamente a Bill, cuyo gesto se había suavizado un poco. 

Tom lo miró con desprecio, no le creía absolutamente nada.

—Aunque la forma que utilizaste no fuera la más correcta, agradezco las disculpas y tu extraño saludo— la voz de Bill era baja, y su semblante serio. A su lado, Tom hervía de furia, al igual que su padre, y aunque le gustaría que Adam se fuese de inmediato de su reino, consideró que lo mejor era no tener roces con él, únicamente por el bien de Ambrosía, a la que quería en verdad, y sobre todo, para no dar pie a mas problemas entre ambos reinos. En alguno debía caber la prudencia, y sería Bill el que la practicase, aunque no creyera ni una de las falsas e hipócritas palabras de Adam.

—Sabio y generoso como siempre lo has sido príncipe William— Adam sonrió, y Tom captó una chispa de altanería escondida en sus pupilas.

—Debes saber — Tom no pudo contenerse más — que yo no creo en una sola de tus palabras, todo lo que dices son embustes y si no te saco las tripas con mi espada en este preciso momento, es por mi hermano, únicamente por él, pero más vale que vayas cambiando esa mirada que tienes, de lo contrario, tu sangre bañará el piso de mi templo.

—Basta Tom— previno el Rey, pero su hijo lo ignoró, batiéndose en un peligroso duelo de miradas de advertencia y amenaza con Adam.

—No tienes por qué preocuparte príncipe Thomas, no es mi intención causar el más mínimo de los problemas a aquel que muy pronto será mi hermano también— y sabiamente, se retiró después de hacer la más leve de las reverencias.

La furia de Tom creció tanto que una niebla roja le empañó la vista.

—Vamos a calmarnos todos— pidió el Rey, mirando con el ceño fruncido por la preocupación a Tom, quien parecía a punto de estallar — William, por favor— suplicó, y Bill puso una de sus blancas manos sobre el hombro de su hermano, lo único que podía sacar a Tom de su ofuscamiento.

—Todo está bien Tom— le dijo, y la fiereza de Tom empezó a apaciguarse de la misma manera en que un océano calma un incendio.

La Reina cerró los ojos, fatigada y harta ante todo lo que vivían y podría haber ahogado un juramento cuando entró un sudoroso guardia, muy apresurado.

—Majestades— reverenció a Reyes y príncipes — lamento interrumpir, pero traigo noticias inesperadas.

—Ahora que pasa— ladró Tom, adivinando problemas en las nuevas noticias. Bill frunció el ceño y se puso en guardia.

—Realizábamos el patrullaje de rutina, cuando vimos que un navío atracaba en Gioia Tauro, una fragata enorme, totalmente negra, algo sospechosa, cargada de cañones.

— ¿Piratas?— preguntó el Rey automáticamente, alarmado de que hubiera alguna invasión de aquella escoria que acababa con todo.

—No majestad, eso pensamos en un principio, algunos tripulantes se notaban demasiado sospechosos, pero al acercarnos a revisar quienes eran y cuál era el motivo de la visita, fuimos sorprendidos por el joven Billam I, Duque de Montpensier.

Al escucharlo, las mandíbulas de todos los presentes se fueron al piso.

— ¿El Duque de Montpensier? — Repitió el Rey, como si no lo hubiera oído bien — ¿estás seguro? ¿Le acompaña el Rey Valdric?

—Totalmente, es él en persona, y me parece que solo viene el Duque con algunos de sus sirvientes, son una tripulación algo reducida.

—Pero no hay aviso de que fuera a venir— comentó la Reina.

—Ni siquiera su hermano Valdric ha de saber que está por aquí— comentó Tom en tono burlón — lo único que se sabe es que estaba desaparecido, y qué casualidad que llega a Calabria justo cuando la majadera princesita Felitza anda por aquí — entonces le dio un leve codazo a Bill— quizá hasta vino a reclamar el trono de Normandía.

Al escucharlo Bill sonrió como bobo, pero su mente no podía procesar el hecho de que el rey Valdric pudiera estar tan tranquilo con su hermano desaparecido, le parecía inconcebible, y mirando a Tom un escalofrío le recorrió la espina dorsal al pensar en llegar a separarse alguna vez de él.

—Bueno, es una visita extremadamente inesperada — dijo el Rey, aclarándose la garganta — Georg — llamó al consejero, que estaba en silencio, y como siempre, cerca de Bill.

— ¿Majestad?— reverenció.

—Asegúrate que se preparen habitaciones para el Duque y su compañía.

—Enseguida Majestad— respondió, y luego de intercambiar una sonrisa con Bill, se apresuró a dar las órdenes correspondientes.

— ¿Y en donde están?— reparó Bill, paseando sus ojos oscuros y ahumados a través de los ventanales, tratando de vislumbrar a algún desconocido.

—Han ido a recorrer el puerto.

—Bueno, suena lógico, luego de estar mucho tiempo en altamar es muy agradable pisar tierra firme— dijo el Rey, comprensivo.

—Las princesas están fuera también— comentó el guardia, y Bill sintió que se le contraían las tripas.

—¿Están fuera? ¿Dónde?

—Han ido a Lido Vulcano Alteza, al parecer estaban un poco adormecidas de inactividad, y fueron a dar un paseo— respondió el guardia con presteza a la pregunta de Bill.

—No pueden estar solas— apuntó Tom, quien no era fan de ninguna de ellas, pero preocupado por el hecho de que estuvieran sin compañía adecuada, considerando las nuevas visitas.

—Nosotros iremos— anunció Bill a su padre, pues se notaba claramente que la Reina necesitaba descansar. El rey asintió satisfecho y orgulloso, seguro de que sus hijos podrían dar la bienvenida al Duque, para luego hospedarlo en el enorme palacio e incluirlo en todas las actividades que tendrían lugar en los próximos días.

—Me parece bien, y por favor, asegúrense que el Duque esté bien atendido, y que sea incluido en todos los banquetes próximos.

Bill asintió, serio.

—Entonces prepara una patrulla de soldados — ladró Tom, haciendo saltar al guardia— y que preparen a nuestros caballos, en diez minutos.

—Como ordene Alteza — respondió el guardia, y salió apresurado a cumplir las órdenes de Tom.

Ambos príncipes se despidieron de los Reyes y se dirigieron a sus aposentos con paso rápido.

— ¿Qué, tienes mucha prisa? — cuestionó Tom.

Bill lo miró de reojo e hizo una mueca de culpabilidad. Un oscuro mechón de rebeldes cabellos negros le adornaba la frente y Tom luchaba con ferocidad contra su yo interno que deseaba estampar a Bill en alguna pared y obligarle a hablar a mordiscos de ser necesario.

—Un poco, la actitud del guardia no me gustó mucho, sin contar con lo súbita que es la llegada de Billam.

—Entonces quieres conocer a Billam —razonó el mayor. Llegaron a sus aposentos en menos cinco minutos y comenzaron a cambiarse las prendas elegantes que portaban por pantalones de lino negro, camisas negras y chalecos remachados. Bill se colocó los brazaletes de comandante y Tom enfundó su espada creando un potente sonido de choque metálico.

El príncipe mayor le miró de reojo, mientras se anudaba la capa. Acto seguido le alcanzó una corona a su hermano, idéntica a la que se había colocado, dorada y tapizada de esmeraldas. Bill enarcó una ceja.

— ¿No sería mejor llevar los yelmos? — Tom sonrió, enigmático como siempre.

— ¿Y para qué? ¿Acaso crees que te dejaría luchar de ser necesario? de cualquier forma es Billam quien acaba de llegar, un Duque muy joven, no habrá problemas, y si los hay, para eso tenemos soldados, y para eso tienes un hermano que mata por ti. — Tom sonrió provocadoramente, mirando a su hermano, en cuyo pecho cubierto por el chaleco, relucía el emblema de los príncipes Erpa-ha.

Bill se puso de todos los colores de rojo que existían y besó a Tom con ansias.

No volvieron a hablar, hasta que ambos estaban montados en sus caballos, con una escolta de diez soldados élite, entrenados para todo tipo de combate.

—Bueno, andando— rugió Tom, fustigando a Aquiles hasta obtener de el un galope amplio, al que Capriccio se emparejó gustoso y competitivo. Ni siquiera escucharon el enorme estruendo de los diez caballos que los seguían de cerca, comandados por los guardias especializados de ambos príncipes, y el mismísimo Georg, quien no salía a menos que lo hiciera también Bill.

&

La princesa Ambrosía fue a la habitación que tenía asignada, donde sus sirvientes acababan de dejar todo su equipaje, y armada con un parasol de encaje y unos lindos zapatitos de borlas y sin tacón, se dirigió a la entrada principal. Cuando llegó vio que estaba listo un carruaje tirado por dos caballos blancos y una pequeña escolta de seis guardias calabreses. La princesa Felitza ya estaba ahí, mirando hacia los tonos dorados del cielo, desde abajo de su lindo parasol de encaje verde con negro.

—Hace un calor endemoniado — se quejó Felitza — Normandía nunca es tan calurosa.

—Mónaco si — sonrió Ambrosía — es incluso más caluroso que Calabria.

—No soporto los climas así— continuó Felitza cuando estuvieron sentadas dentro del amplio carruaje que se bamboleaba con rumbo al mar — hacen que me sienta sucia y pegajosa, y el cabello se me pone horrible y la piel…

Ambrosía dejó de prestar atención a las quejas de Felitza y se dedicó a contemplar el paisaje, disfrutando del viento que entraba por el cristal de la ventanilla que el cochero había desmontado. La playa ya se alcanzaba a vislumbrar, y más allá de la suave arena blanca se podía contemplar la interminable extensión del mar, que se confundía en el horizonte con el azul intenso del cielo italiano. Era un paisaje que robaba el aliento, y sin darse cuenta, sonrió, siendo observada atentamente por la princesa Felitza.

—Te gusta mucho este lugar ¿no es así? — la cuestionó.

—Mucho— aceptó, aún sonriendo, con el mar reflejado en sus ojos azules — he estado aquí tres veces y debo confesarte que nunca había venido a ver el mar, pero vi muchas cosas muy bellas con William…

—Con el príncipe William… ¿y qué cosas viste con él?

—Muchas, vimos cosas que son invisibles ante los ojos de los otros, —Ambrosía hablaba desde su propia ensoñación, olvidando a quien se dirigía— aprendimos sobre flores y aves, hemos visto al viento con la marea bailar un vals, y hemos visto muchos cielos estrellados temblando en el reflejo del mar.

Felitza alzó una ceja rojiza y encogió los hombros, le parecía bastante aburrida la actitud de Ambrosía y todo lo referente a ella, pero reconocía que había algo en la recatada princesa que le provocaba un leve dejo de envidia, la familiaridad con la que hablaba del príncipe William quizá, o el hecho de que ambos hubieran compartido una importante cantidad de tiempo, lo cual la dejaba en desventaja.

—Hemos llegado Altezas— anunció el lacayo cuando el carruaje se detuvo con una leve sacudida, habían llegado a una de las playas cercanas al palacio más hermosas y menos frecuentadas por las personas de Calabria.

—¿En dónde estamos?— preguntó Felitza al bajar y abrir su parasol.

—En la playa Lido Vulcano Alteza — reverenció el lacayo — está pegada al muelle de Gioia Tauro pero es más pequeña y más hermosa.

Felitza no respondió, acostumbrada a ser descortés con cualquiera que considerase inferior a ella.

—Muchas gracias Fernando— dijo Ambrosía después de soltar la mano del lacayo que la ayudó a apearse del carruaje.

—Un verdadero placer Alteza.

Gustav y un puñado de guardias estaban listos para seguirlas a una prudente distancia desde la cual no se inmiscuyeran en sus asuntos.

Ambas princesas se acercaron al mar que rompía tranquilo en la orilla y comenzaron a caminar sobre la húmeda arena, sumidas en sus propios pensamientos. La princesa Felitza había llevado unos botines de tacón medio muy impropios para la arena, por lo que sin disimulo procedió a quitárselos, seguido de sus pequeñas medias de encaje.

—Debo reconocer que es muy agradable sentir la arena en los pies— canturreó, hundiendo los desnudos pies en la arena igual de blanca que su piel — dime Ambrosía… —parecía vacilante— ¿conoces la historia de William?

—¿La historia de William?— repitió la rubia princesa, levantando una ceja tan dorada como el sol.

—Si, ya sabes… —repuso vacilante— bueno, lo que sé es que no ha vivido toda su vida como ahora…

Ambrosía entonces sonrió adorablemente, pero la sonrisa no era para Felitza, sino para sí misma, y para Bill.

«Por supuesto que lo sé todo» pensó, y recordó «Se que Bill se ha enfrentado a la miseria más absoluta que alguien pueda conocer, se que amó, se que luchó, y que eso formó en él un carácter impresionante, sé que lo tiene todo para ser el mejor Rey que se haya visto, sé que es sencillo y respetuoso, que es noble y considerado, que es justo, que sabe perdonar, que es fuerte y que ha sufrido cosas que no debería haber sufrido jamás, que por eso es empático y comprensivo. Podría relatarle la historia de cada cicatriz que le atraviesa el rostro y el alma. Podría contarle que es valiente como un guerrero, que sabe cuidar, que sabe escuchar y observar, que le gusta regalar claveles, paseos y sonrisas, que es muy educado, que ama leer, que respeta a todas las criaturas, que es hijo de la naturaleza y que a veces habla de formas muy profundas, y que su presencia hace que todo sea mejor, más radiante y más luminoso, pero Felitza no podría comprender esto jamás, es por eso que el vale más que cualquier tesoro material, y que es por eso que lo amo»

—Sé algunas cosas — dijo evasiva — pero a William no le gusta que se cuente su historia si él o su hermano no están presentes — decidió hacer alusión al príncipe Thomas no como una amenaza, sino como una mera realidad.

Y Felitza se volvió a topar con otra hermética y rotunda negativa.

La joven princesa de Mónaco sonrió para sí misma y dejó que sus azules ojos volvieran a mirar el horizonte. Sentía su espíritu tranquilo pese al tono de conspiración de Felitza, y un suspiro entrecortado amenazó con brotar de su pecho. Por fortuna la suave brisa salada le refrescaba los pensamientos.

—No pude evitar notar la naturaleza con la que hablas de William— soltó entonces Felitza, algo cabreada y deseando inquietar a Ambrosía. Disfrutaba con la misma alegría tanto del desasosiego de la joven princesa de Mónaco como de la arena compacta que pisaba y el agua tibia que bailoteaba en sus tobillos cuando las olas la alcanzaban — como si se conocieran de mucho tiempo.

—Pareces demasiado buena en eso— apuntó Ambrosía, consciente de que Felitza era observadora y que tenía un espíritu calculador que buscaba sacar provecho de todo. No le molestaba aquello en demasía, toda su vida la había vivido entre personas así, ella se consideraba ser igual antes de conocer a Bill, quien siempre se preocupaba más por otros que por sí mismo. 

—Lo tomaré como un halago — repuso la pelirroja princesa muy pagada de sí misma, y Ambrosía decidió que tratar de tener una buena plática con ella era un caso perdido. Tampoco se merecía saber más sobre Bill, si iba a conocerlo de manera profunda, debía lograrlo ella sola; Ambrosía decidió guardar sus secretos y sus momentos con él celosamente para ella sola — me tomaré el atrevimiento de aceptar que en el instante que pisamos tierra firme me ha dejado cautivada.

Al escucharla Ambrosía se detuvo, impresionada ante la irreverencia de su compañía, pero aquella declaración no la sorprendía mucho. Felitza era mas joven que ella, había vivido cosas diferentes y estaba acostumbrada a ser el centro de atención, pero en una situación como la que vivían, con tres reinos unidos en uno solo, con tantos jóvenes nobles, incluidos por supuesto los príncipes gemelos, el simpático y apuesto príncipe de Sicilia, y su propio hermano el príncipe Adam, heredero de su reino y sin compromiso aún… aquello era como un patio de juegos para la princesa Felitza.

—¿El príncipe William?— cuestionó, siguiéndole el juego, casi completamente segura que la personalidad tan locuaz de Felitza a William jamás le habría interesado.

No supo que mas responder. ¿De qué forma sensata se respondía a una pregunta como aquella? De pronto se encontró deseosa de volver al palacio y descansar de la insolencia de la princesa Felitza, y estuvo a punto de dar media vuelta e irse, cuando notó que Felitza había perdido el interés en la plática de forma repentina.

—Por supuesto, ¿en ti no ha provocado nada?— cuestionó, fresca como una ópera de verano, mientras echaba a andar en línea recta hacia un punto en específico.

—El príncipe William es espléndido, un caballero— atinó a responder, para luego girarse hacia Gustav para evaluar la posibilidad de regresar en ese momento.

Felitza también se acercó a un heraldo que las había acompañado, y sin quitar la mirada del horizonte, preguntó:

—Por allá en el muelle hay un navío que acaba de atracar. Quiero saber quien está a cargo.     

El heraldo intercambió unas palabras rápidas con un guardia, y después reverenció a la princesa antes de responder:

—Por supuesto Alteza. Se dio aviso reciente, el Duque de Montpensier, Billam I acaba de desembarcar— informó, mirando hacia el muelle, donde había una fragata negra y majestuosa, encallada junto a los navíos reales que ondeaban al sol de la tarde sus banderas, escudos y estandartes.

Felitza se sintió repentinamente turbada ante esa noticia y su estómago se revolvió. ¿Qué hacía Billam ahí? no había nadie anunciado noticia alguna que tuviera que ver con su visita en Italia. Ella recordaba un comunicado que tenía meses, en donde el Rey Valdric anunciaba que el Duque había desaparecido y que era buscado con desesperación, justo en vísperas de los planes que tenían sus padres de presentárselo para que se comprometieran. Y ahora aparecía en Calabria, cuando sus padres apuntaban sus intenciones ante alguno de los príncipes gemelos.

—Si me permite Alteza, voy a anunciarla inmediatamente.

Felitza buscó a Ambrosía con la mirada, encontrándola hablando en voz baja con su guardián.

—No es necesario—apuntó de forma temeraria —sé de quién se trata.

El heraldo sabía que objetar era inútil, la princesa Felitza siempre había sido audaz, y de cualquier forma lo habría mandado callar, de modo que lo único sensato para hacer era seguirla, alejándose un poco del grupo en donde estaba la princesa de Mónaco.

Felitza no perdió el tiempo, pues había divisado dentro del grupo de caballeros recién llegados, al Duque que antaño iba a ser su prometido, y aunque tenía presente la intensa gallardía y refinamiento que poseían los atractivos príncipes de Calabria, debía reconocer que el Duque había llamado poderosamente su atención, y mientras más se acercaba, más le agradaba.

Ambrosía la siguió a una corta distancia, intrigada ante la prisa que embargaba a la princesa, y curiosa por conocer a los nobles que divisaba cada vez más cerca, y a quienes no conocía en nada.

Felitza abordó enseguida a uno de los dos caballeros que finalmente tuvieron enfrente, el cual no la reverenció como ella esperaba, pero al parecer aquella descortesía no le afectó en nada, quizá porque aquel noble tenía la mirada gris más penetrante que hubiera visto en toda su vida, sin contar la gran estatura y la fuerte musculatura que se marcaba perfectamente bajo las sedas que vestía. Su mandíbula cuadrada, azulada por la barba naciente era fuerte, la sonrisa era cortante y tenía cierto aire despectivo, muy común entre la nobleza. Empero aquellos ojos grises, tan profundos y hostiles lo valían todo para ella. Felitza se lanzó de forma irreverente, sin apenas notar al otro caballero que estaba un poco detrás, mucho más fino y de exquisitas facciones aún más aristocráticas que las de su compañero.

—¿El desaparecido Billam I?— preguntó sin temor, mientras parpadeaba de forma coqueta, confiada quizá porque detrás de ella esperaban sus guardias, su heraldo, y la misma princesa Ambrosía, que miraba en silencio a los recién llegados, consciente de que no era muy protocolario presentarse de aquella manera, y su corazón agitado de repente sintió una nostalgia tremenda por ver a Thomas y a William — es un placer conocerte por fin.

Pero si aquel caballero era el Duque de Montpensier, sus modales dejaban mucho que desear. No respondió al saludo, quizá demasiado anonadado por el atrevimiento de la princesa, cuya corona dorada brillaba como si tuviera vida propia.

Incluso Gustav se sintió intranquilo ante la turbia aura que irradiaba uno de los recién llegados, como si de repente fuera a desternillarse de risa en sus caras, sin contar con la pétrea expresión que se había cincelado en el rostro del otro joven, cuyos ojos azules, tan cristalinos y resplandecientes como el cielo de la mañana se tornaron preocupados e inescrutables.

La princesa Ambrosía pronto notó la insignia hecha de oro y piedras preciosas que portaba el mas joven de los nobles recién llegados, por lo que sospechó que el valioso Duque de Montpensier no era aquel al que Felitza se había dirigido, y su ánimo se encendió.

—Vaya, no había conocido a una señorita tan encantadora equivocarse en algo tan esencial — dijo entonces el caballero de ojos grises, obviamente divertido por la situación. Su voz era ronca y profunda, y no poseía mucho acento de refinamiento.

La princesa estaba desconcertada por aquel individuo que no caía a sus pies como todos aquellos a quienes se dirigía, y preocupada se preguntó que pasaba con ella, porque las cosas no salían como ella deseaba.

—No comprendo del todo— confesó, luego de detener con un movimiento de su mano al guardia que deseaba protegerla.

Ambrosía y el otro joven intercambiaron una mirada de impaciencia.

—No soy quien crees que soy— le dijo a bocajarro, sin la más mínima cortesía— puedo asegurar que jamás nos hemos visto.

Ella sonrió levantando las cejas rojizas, dominada por la ironía ante aquel apuesto hombre que definitivamente no era el Duque, y que la tuteaba como si la conociera perfectamente.

—De eso estoy segura— añadió, mucho más seria que antes, evaluativa y sintiéndose cada vez mas irritada, aún más porque había captado una mirada algo socarrona en los ojos de Ambrosía— en tal caso ¿con quién se supone que hablo ahora?— su tono se volvió altivo y glacial, y consideró la posibilidad de hacer que aquel sujeto se disculpara de rodillas por haberla tuteado sin su consentimiento.

—Vaya, entonces puedo suponer que lo has hecho a propósito — retó él, haciendo que ella se sintiera abochornada, pues era obvio que descubrió el intenso interés que le había despertado, pero que se lo hiciera notar así, con ese sarcasmo que le empapaba la voz, la hacía sentir expuesta, y muy, muy enfadada.

Ambrosía la miraba de manera algo burlona, y el otro chico, al que empezó a prestar más atención, parecía aterrado. Era una situación que se le estaba yendo de las manos y no le gustaba en absoluto. Retrocedió un poco, lista para valerse de los guardias que la acompañaban.

Pronto tuvo claro su error, al notar como los insondables ojos grises se volvían más impertinentes y de mirada socarrona.

—Le suplico que no reproche su actitud — pidió el joven de ojos azules, adelantándose con presteza y ella hubiera querido reír ante esa súplica — mi escolta ha sido adiestrada para estar a la defensiva en todo momento — continuó, como si tal cosa, mientras en el exquisito rostro de Felitza se dibujaba una mueca de asco ante lo que había hecho, apartó con repugnancia la vista del primer elemento al que se había dirigido, y decidió concentrarse en el otro joven, que de repente le parecía mucho mas engalanado —Billam I, Duque de Montpensier, y es un verdadero placer conocerla, Alteza.

—Felitza — dijo ella, sonriente — princesa de Baja Normandía— añadió, al momento que el cortés y apuesto Duque tomaba su mano y depositaba en ella el más galante de los besos.

Ambrosía sonrió entonces, acostumbrada como Felitza a que fueran tratadas con el máximo de los respetos, por caballeros tan apuestos y tan bien educados como prometía serlo el joven Duque.

—Y presumo que usted debe ser la princesa Ambrosía de Grimaldi— la voz de él expresaba cierto fervor, y ella asintió, algo apenada— he escuchado mucho sobre usted Alteza, su belleza y su carácter dulce y gentil son legendarios — y repitió el mismo gesto que tuvo con la princesa de Normandía; tomó la blanca mano perfumada de Ambrosía y la besó castamente — estoy muy complacido de conocerle, de conocerlas a ambas en este día mas que afortunado.

—El placer es todo mío — Ambrosía seguía sonriendo, contemplando al Duque de Montpensier, quizá demasiado joven, pero de presencia impresionante; entonces su sonrisa vaciló al ver que aquel al que había llamado su escolta, parecía estar inundado por la furia.

—¿Le sucede algo?— preguntó, extrañada ante tal actitud.

—¿Parece que me sucede algo?— preguntó el interpelado de forma cínica, arqueando una ceja, de modo que Gustav, guardaespaldas personal de Ambrosía, hizo ademán de sacar su espada.

—Le ruego de escolta a escolta, que modere el tono de su voz al dirigirse a la princesa Ambrosía, o tendremos problemas.

—Calma por favor— pidió la princesa, mirando con una extraña mezcla de bondad al caballero de plomizos fanales — ¿puedo ayudarle en algo?— preguntó, con genuino interés.

Un relámpago de desconcierto atravesó aquellas impenetrables pupilas.

—Aún estoy asombrado por éste lugar, su Alteza— dijo, moderando el tono hasta convertirlo en una charla agradable, o al menos que parecía ser agradable — el viaje ha sido largo y desgastante.

Ella asintió, lo entendía perfectamente, había llegado ese mismo día y el cansancio empezaba a manifestarse, ya tenía algo de sueño.

Felitza miraba el intercambio sin entender mucho. Sus extraños y pardos ojos intentaban comprender como era que Ambrosía se podía dirigir a aquel sirviente sin que pareciera rebajarse sino todo lo contrario, con una bondad displicente bastante perceptible, y sin que él le respondiera de la misma burlona manera en que le había respondido a ella; eso la hacía sentir celosa y de mal humor, no estaba acostumbrada a no participar en la conversación.

Hubiera querido hacer algún chispeante comentario que de paso pusiera en aprietos a la princesa Ambrosía, pero le fue imposible. Tanto ella, como todos los demás reunidos en la playa notaron los caballos que se acercaban levantando una nube de arena, creando fuertes sonidos al chocar las herraduras contra las piedras que decoraban la entrada de la pequeña playa.

La princesa Felitza entrecerró los ojos, aunque no necesitaba hacerlo para notar que quienes se aproximaban eran sin lugar a dudas los príncipes herederos de Calabria.

Ambrosía por su parte, dejó escapar un suspiro y sonrió.

«Pero si es mi príncipe azul» pensó, sin apartar los ojos de la gallarda silueta del príncipe William, quién era el que más cerca se encontraba.

Las coronas doradas de los príncipes refulgían y chisporroteaban destellos verdes por todos lados, y sus siluetas al montar se mostraban altivas y orgullosas; irresistibles.

El corazón de la princesa Ambrosía ya estaba hiperventilando cuando Bill desmontó de un salto, y no notaba que Felitza sentía ya verdaderos deseos de huir, ni que el Duque había abierto tanto sus ojos que parecía que se iban a desbordar, ni que su altanera escolta fulminaba con los ojos a los recién llegados nobles.

Los príncipes se sorprendieron al encontrar a las princesas en la playa, en compañía de desconocidos, pero que enseguida catalogaron como aristócratas.

El primero en desmontar fue el príncipe William, y luego de entregarle la brida a su guardia, sonrió, y saludó a ambas princesas con una caballerosa reverencia y una apacible sonrisa.

—Altezas, espero que el paseo les esté resultando agradable — las lisonjeó, para luego volverse hacia el que le habían informado era Duque de Montpensier, y en efecto comprobó que el Duque era muy joven, pero muy apuesto y que tenía la estampa de los de su clase. Era muy alto y muy delgado, su rostro excesivamente andrógino se mostraba altivo y atractivo, pero sus ojos de un intenso color azul cielo eran el rasgo que más resaltaba, en armonía con sus negros y largos cabellos que caían más abajo de sus hombros, envueltos en sedas tan finas como las que él mismo y su hermano vestían. El conjunto era cadencioso y delicado, fino y refinado, y cuando sus ojos de cobalto se encontraron con los oscuros y astutos ojos del príncipe William, una extraña simpatía nació entre ellos. 

—Debo reconocer que apenas pude creer en la noticia que me trajo mi heraldo— comenzó, sonriendo ampliamente — es un verdadero placer noble Billam, debo admitir que tenía muchos deseos de conocerlo— dijo entonces, levantando su mano derecha para estrechar con firmeza la mano del joven duque que parecía haberse quedado sin palabras — pude reconocerlo desde la distancia — añadió. En ese momento, el príncipe Thomas se colocó al lado de su hermano, mirando confiado al Duque, pero sus ojos recelosos habían notado que el acompañante de Billam no parecía de fiar —es un honor darle la bienvenida a Calabria, mi nombre es William Von Kaulitz de Hannover.

—Thomas Von Kaulitz de Hannover— se presentó Tom, mucho más secamente, estrechando la mano del Duque con fuerza — príncipes herederos de Calabria.

El apuesto Duque parecía muy asombrado; William se sentía confiado en su presencia, pero Tom había captado una risa apenas contenida que amenazaba con alzar las comisuras del acompañante de Billam, y sin reparos le sostuvo la mirada, notando que en los ojos de plomo que le devolvían la mirada, había el más absoluto de los desprecios; ni siquiera las desvergonzadas miradas de Adam le habían parecido tan insolentes y procaces como las de aquel elemento. Thomas y él se midieron en silencio, sintiendo el mismo desdén el uno por el otro. A Tom no le gustaba la manera en la que aquel sujeto los evaluaba a él y a su hermano, como si encontrara algo desagradable entre la enorme similitud que tenían, o como si no le gustara en absoluto como vestían; no sabía que era, pero ya estaba deseando borrar esa obstinación de aquel rostro a golpes de ser necesario.

«Debería ordenarte que te colocaras con la frente en el piso, como perro sumiso, que es como se saluda aquí a los príncipes herederos de un reino» pensó Tom, incluso considerando la posibilidad de obligarlo, pero rechazándola al final, únicamente por Bill, quien siempre se ponía algo nervioso en esas circunstancias, como si no mereciera recibir las reverencias de los sirvientes.

—Es un verdadero placer— estaba diciendo el Duque — dos príncipes, y además dos príncipes tan parecidos, jamás escuché de algo así, he leído sobre sus fascinantes tierras, pero presenciarlas es un deleite incomparable.

—¿En este lugar hacen a los herederos con garantía?— soltó entonces su acompañante, haciendo que los príncipes gemelos enarcaran la misma ceja, al mismo tiempo.

—¿Disculpa?

—Nadie pidió tu opinión esclavo— dijo Tom, arrugando la nariz — y no es asunto tuyo el origen de mi hermano y el mío propio, deberías cerrar esa escandalosa boca antes de que te la llene de arena.

Y al decirle aquello, Tom tuvo la certeza de que aquel hombre que exudaba fiereza por los poros deseaba rebanarle la cabeza, y quizá hasta lo podría haber hecho, de no haber una decena de fieros soldados a sus espaldas. Tom los maldijo, le encantaría poder tener un duelo de espada con el acompañante de Billam, pues el coraje que le hiciera pasar Adam aún hervía al correr por cada una de sus venas.

—Será mejor que calmemos nuestros ímpetus— tranquilizó William, poniendo la mano sobre el pecho ardiente de su hermano, percibiendo el peligro en su corazón aleteante, y alarmado ante el terror que había inundado los ojos del duque — por favor Alteza, acepte nuestra mas gentil invitación por tiempo indefinido para que descanse del enorme viaje que sabemos que ha hecho, y quédense en el palacio el tiempo que deseen, son los particulares deseos de nuestros padres, los Reyes de Calabria, el que se le atienda con la máxima cortesía posible, a usted y a quién quiera que venga acompañándolo, y que se le incluya en todas las próximas cenas y tertulias que tendrán motivo en los próximos días.

—Es un absoluto placer éste recibimiento, aunque esperado, debo confesar. Por supuesto que no se podría esperar menos de los Reyes — respondió el Duque, muy agradecido y un poco  azorado —de antemano quiero ofrecer una sincera disculpa por esta falta de cortesía tan descabellada, mi escolta y consejero Theo se compromete demasiado al desconfiar para protegerme después de mi desaparición, aunque no es justificable.

A sus espaldas, la princesa Felitza chasqueó la lengua, irritada.

Al oírlo William sonrió, y Thomas siguió tan serio como siempre, con los ojos un poco entrecerrados por la sospecha y la desconfianza.

—En efecto— añadió aquel al que habían nombrado Theo, claramente fastidiado — ha sido muy duro para todos estar nuevamente en contacto con diferentes personas luego de que el Duque haya sido rescatado, su protección es incesante.

—Ya estoy deseando escuchar la historia de ese rescate— dijo el príncipe Thomas, con una voz cortante tan filosa que se antojaba peligrosa.

Tanto el Duque como su protector se quedaron en silencio.

—¡Pero bueno! — William también estaba ansioso por escuchar todo lo que el joven Duque tendría que contar, pero lo primero era llevar a las nuevas visitas al palacio — Entendemos perfectamente noble Billam, ahora por favor acompáñenos.

—Ordenaré que encaminen a su escolta al palacio — anunció Tom en voz baja, montando entonces a Aquiles, luego de intercambiar una mirada con su hermano.

—Se lo agradezco Alteza— sonrió el duque, claramente complacido con el trato que estaba recibiendo, pero algo alarmado al escuchar las órdenes que daba el príncipe William.

—Marcus— y el guardia más próximo a él lo reverenció al acercarse más — que le den un caballo al consejero del Duque, para que no tenga que caminar hasta el palacio.

—A la orden Alteza— y cuando el guardia tronó los dedos, uno de los soldados descendió de su caballo, acercándole la brida a Marcus, quien a su vez, acercó el valioso caballo andaluz de pelaje castaño y crines negras hasta el consejero del Duque, quien estaba algo desconcertado.

Tanto el príncipe Thomas como la princesa Felitza disfrutaban de los movimientos del consejero, clásicos de un inexperto en cuestiones de caballos, y en el rostro de Tom se dibujó una mueca burlona.

Por un momento, el consejero fue presa del nerviosismo. William iba a ofrecerle viajar entonces en el carruaje, cuando como si lo hubiera recordado de repente, el caballero logró controlar al tozudo animal con movimientos prácticamente expertos.

En ese momento llegó otro carruaje, negro y grande, decorado de manera barroca con detalles dorados, y un par de rosas frescas adornaban por dentro el terciopelo negro bordado.

El príncipe William asintió satisfecho, ayudó a ambas princesas a subir a su carruaje, esperó caballerosamente hasta que estuvieron cómodamente instaladas; verificó que el Duque subiera al carruaje que habían traído para él, para después montar a Capriccio y unirse a su hermano, a la cabeza de los guardias que custodiaban el paso de los dos carruajes.

El trayecto al palacio fue corto pese al lento paso que llevaban.

Al llegar, los príncipes entregaron las bridas de sus caballos a sus guardias, ayudaron a las princesas a bajar del carruaje, y esperaron en la explanada principal mientras el Duque y su consejero reunían a sus propios guardias para dar instrucciones.

El príncipe William observaba la interacción desde lejos, alternando la mirada entre los nuevos visitantes y su hermano, y una nube de preocupación ensombreció sus pupilas. Los roces que Tom había tenido con el tal Theo lo mantenían intranquilo. No deseaba que hubiera problemas entre ellos, con tantas visitas, y sobre todo con las delicadas princesas que ya se habían retirado a sus aposentos. Debían ser cuidadosos y caballerosos por y para ellas.
De su pecho escapó un suspiro de turbación y deseo que los días comenzaran a pasar rápido…

Continuará…

Capítulo muy largo para compensar la espera, y finalmente el Duque perdido ha llegado a Calabria. ¿Será que los príncipes logren darse cuenta de que es un esclavo y puedan rescatarlo?
Espero sus respuestas, ya ansío leerlas.
Y desde ya, gracias por estar aquí.
GB~

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!