Capítulo 16: Gala

—¿En qué piensas tanto? —La mirada perdida de Tom le inquietaba bastante. William con su característica curiosidad, insistió un poco más — ¿Tom?

Su hermano le miró esta vez, la mirada era renuente, pero como siempre le sucedía al mirarlo, una vacilante sonrisa amenazaba suavizar sus marmóreas facciones.

—¿No te parece bastante extraño?— objetó al fin.

—¿Qué cosa?— cuestionó Bill quitándose la capa, algo que solo podía hacer en la intimidad de sus habitaciones.

—La inesperada llegada del Duque —dijo de golpe — No está mal llegar sin invitación, pero no es común, mucho menos después de una desaparición como la suya.

—Pensé exactamente lo mismo, fue una verdadera sorpresa, aunque muy agradable.

Tom puso mala cara al escucharlo. Habían llegado mucho antes al palacio gracias a la rapidez de sus caballos, y se habían escapado a sus habitaciones, dándole tiempo al Duque y a su compañía de organizarse y dar sus propias órdenes.

—No lo sé, además el que haga una parada para abastecer el navío donde viaja es aún más extraño. El Rey Valdric no permitiría dejarlo viajar con su escolta y una tripulación tan reducida, con materias primas insuficientes para su travesía, y estoy seguro que pondría a alguien de mucha más categoría para cuidarlo que el pedazo de imbécil que lo acompaña.

Bill puso los ojos en blanco.

—¿Y si tal vez se desviaron del camino por alguna tormenta y sus víveres se terminaron? No me atrevo a desconfiar de él, parece alguien que no mentiría, es muy agradable y educado, y podemos pasarnos toda la tarde haciendo conjeturas hermanito, lo mejor sería preguntarle directamente a él, aunque dudo que se pueda durante la cena— comentó William, evitando el comentario que Tom hizo sobre el escolta del Duque.

—¿Te comentó a dónde se dirigen después de aquí?

—No, quizá a Montpensier. ¿Tú desconfías de él?

—Quién sabe —sopló un tanto exhausto de pensar en todo lo que ocurrió ese día. Una sensación de frustración se apoderaba de su cuerpo. El palacio repleto de visitantes le había agobiado, solo deseaba tranquilidad, lejos de todo aquello, pero sobre todo…lejos de las princesas y los asfixiantes protocolos que detestaba, únicamente deseaba estar así, solo con Bill, sin que nadie los fuese a molestar — Desconfío más de su escolta, ese hombre engreído y hosco me crispa los nervios.

—Pero Tom — quiso tranquilizar William — quizá lo estás mal interpretando todo. Admito que también me pareció bastante extraño, pero no puedes darte el lujo de sentirte provocado constantemente…

—¿De qué hablas? ¿Por qué no? —Esta vez una sonrisa cómplice se adueñó de su boca, logrando que sus dientes se dejasen ver como perlas, tan derechos y limpios que William le correspondió el gesto de igual manera.

—¿Eres un caballero o un bandido?

—Puedo ser todo lo que quieras hermanito, aunque de momento solo soy un príncipe que está loco por ti —y sin esperar mucho tiempo, continuó: — No puedo permitir que alguien intente burlarse o hablar mal de ti, te lo dije.

—Y yo no puedo permitir que pierdas la cabeza y te metas en problemas todo el tiempo, lo de hace un rato, con Adam, fue casi insoportable.

—Ningún problema, siempre es un placer, y aún espero vengarme de ese estúpido de Adam, lo que hizo lo pagará tarde o temprano.

—Vamos Tom — Bill se sentó en el borde de la cama, dándose cuenta así de lo cansado que se encontraba — no puedes estar pensando todo el tiempo en cobrar venganza por cualquier cosa — ronroneó como gato cuando Tom pasó sus cálidas manos por sus hombros, apretándolos.

—Por Dios, que tenso estás.

—Es por tantas cosas que han pasado, hoy recibimos dos visitas importantes y temo que no tengamos el tiempo necesario para atender a tantas personas como se deben atender.

Tom escuchaba en silencio, procesando la información que había escuchado de Bill, descubriendo que le molestaba descifrar lo que ello significaba, y se mordió la lengua para evitar decir las palabras que sabía herirían a su hermano.

—Tendremos el tiempo — le respondió, sintiendo como la tensión se aflojaba y soltaba los hombros de su hermano, que suspiraba — podremos platicar con el Duquesito bonito y dar paseos bobos con Felitza y con Ambrosía, haremos todo lo que tú quieras Bill.

—Quiero una audiencia privada con Billam, no me gustó mucho la renuencia que había en sus ojos, parece que siempre está a punto de saltar, y sus poses eran forzadas, lo que puedo aventurarme a catalogar como miedo.

Tom estaba silencioso, él no era tan perceptivo como Bill, pero ahora que su hermano había descrito aquellas actitudes en el Duque, le parecían demasiado obvias.

—Un miembro de la realeza no puede vivir con miedo — le dijo, no pensando tanto en Billam, pero cambió la conversación antes de que Bill pudiera ponerse a profundizar en sus palabras — invitaremos al Duque a desayunar con nosotros mañana, y me aseguraré de que nadie nos moleste, sé que me agradará echar a patadas a su escolta.

—Siempre sabes como complacerme— canturreó el príncipe menor, con los ojos cerrados. Tom se había perdido mirándolo, el contraste de la suave y blanca piel del cuello de Bill, envuelto en la almidonada camisa bordada con oro, y en la casaca negra que contrastaba con aquella blancura, conseguía volverlo ciego de excitación; ni siquiera hizo el intento por contenerse cuando sus labios rozaron ese cuello, para despues besarlo suavemente; sonriendo al sentir que la piel que recorría con su lengua se tensaba y erizaba; sonrió, Bill siempre tan receptivo — si piensas terminar lo que tu boca ha comenzado, lo mejor será que pongas el cerrojo hermanito…

⚜️

—Será mejor que vayamos a ver si el Duque y su extraña compañía están listos para instalarse — dijo Tom algunos minutos después de iniciar aquel masaje en la espalda de su hermano, lo que inevitablemente había desembocado en uno de sus talismánicos y sagrados encuentros en los que se unían para volver a ser uno solo — a decir verdad, se nota que necesita un buen descanso desesperadamente.

Ambos príncipes esperaban de pie cerca de las enormes puertas labradas del palacio, observando a lo lejos el bamboleo del carruaje que se aproximaba y los movimientos algo ansiosos y desesperados de aquel a quien el Duque había nombrado su escolta. Al parecer a aquel sujeto no le agradaba para nada el hecho de que el Duque estuviera ahora rodeado por guardias que estaban pendientes de él.

El príncipe Tom empequeñecía sus ojos de furia y sospecha al observar los movimientos del escolta del Duque de Montpensier, algo en aquel individuo no conseguía hacerle bajar la guarida, pero sus pensamientos y sospechas no se atrevió a compartirlos con su hermano, quien de verdad quería creer que aquel hombre era de fiar. Por otro lado le parecía que el Duque era sincero y estaba algo temeroso, de alguna extraña manera le recordaba las primeras semanas de Bill en el palacio, luego de recuperarse de sus heridas. Algo de miedo y aprehensión, todo teñido por un cansancio absoluto. Decidió que vigilaría muy de cerca al Duque y a su escolta, y a las interacciones entre ambos.

Finalmente el Duque fue ayudado a apearse y estuvo en tierra, y ambos príncipes decidieron que ellos mismos lo escoltarían a sus aposentos, por lo que luego de darle un par de minutos para instrucciones, se aproximaron a él, acompañados de su siempre perenne escolta.

—Lamentamos la demora— murmuró William, para asombro de Tom, quien sabiamente permaneció callado — venga con nosotros por favor, lo guiaremos a sus habitaciones.

El plan del príncipe mayor estaba en marcha, y no se sintió defraudado al observar la virulenta reacción de aquel al que llamaban Theo, al saber que el Duque estaría separado de él. En el fondo, Tom estaba disfrutando de todo aquello. El extraño hombre de ojos grises lanzó una mirada cargada de recelo hacia el Duque, y estuvo a punto de protestar, mas no se atrevió al estar presentes los jóvenes monarcas de Calabria, acompañados por quizá, demasiados guardias.

—Georg, encárgate de llevar al resto de los invitados a sus aposentos y después puedes irte a descansar un rato, el sol se ha ido.

El interpelado asintió ante el príncipe William cual fiel perro guardián, y guió al escolta del Duque junto a su demás tripulación hacia el ala este del palacio, a las habitaciones de invitados, mientras los tres nobles, rodeados de guardias y escribas se dirigían a la torre norte, donde se hospedaban los de su mismo rango
Le darían al Duque una habitación en el segundo piso de la torre, el mismo piso donde estaban los fatuosos aposentos de los príncipes, y un piso más abajo de toda la planta que ocupaban las habitaciones de los Reyes de Calabria.

El trayecto fue silencioso y sereno, resultó que el Duque era bastante callado, pero William pudo apreciar como aquel muchacho observaba a su alrededor como si aquello resultara totalmente desconocido para él, algo sumamente raro, ya que él llevaba toda una vida siendo Duque y debería estar acostumbrado. Sus reacciones eran mucho mas parecidas a las suyas cuando Tom le mostró aquella primera vez el enorme y suntuoso palacio. No era algo normal, empezaba a presentir que algo realmente malo pasaba con aquel chico tan joven y tan callado.

Habían elegido cuidadosamente la habitación del Duque a pesar de lo inesperado de su llegada. Por ser solo un huésped, se le concedió una enorme habitación en el mismo piso donde dormían los príncipes, un piso mas arriba de los aposentos donde se hospedaban los reyes de Mónaco y Normandía, aquellas habitaciones eran mucho mas grandes y servían para albergar a mas huéspedes, sin embargo la habitación designada al Duque era mucho mas elegante y luminosa que las demás.

Después de un corto trayecto llegaron al pie de unas enormes puertas de madera clara, ornamentadas con plata, ilustrando un sencillo paisaje de la campiña italiana, las cuales eran celosamente custodiadas por dos guardias, quienes a una leve señal...

Después de un corto trayecto llegaron al pie de unas enormes puertas de madera clara, ornamentadas con plata, ilustrando un sencillo paisaje de la campiña italiana, las cuales eran celosamente custodiadas por dos guardias, quienes a una leve señal del príncipe Tom, reverenciaron con respeto y abrieron hacia adentro, revelando un verdadero paraíso de sedas claras y pisos de mármol blanco pulido. Tres enormes ventanales de piso a techo dejaban entrar la luz a chorros, había sofás y canapés color hueso acomodados estratégicamente hacia los rayos del sol; del techo pendían seis candelabros con capacidad para doce velas cada uno, las cuales ya estaban encendidas. De las paredes se sostenían mas lámparas que iluminaban y calentaban aquella opulenta habitación. Sobre todas las mesas descansaban floreros llenos de frescas rosas blancas, había pequeños frascos de cristal cortado llenos de dulces y auténtico chocolate suizo y el incienso de mirra ardía en tres pebeteros colgados del espejo. En la pared central ardía alegremente el fuego en una gran chimenea, frente al enorme lecho con dosel y cortinas de seda, lleno de mullidos almohadones decorados con brocado español y adornados con diminutas perlas de río.

En la pared central ardía alegremente el fuego en una gran chimenea, frente al enorme lecho con dosel y cortinas de seda, lleno de mullidos almohadones decorados con brocado español y adornados con diminutas perlas de río

Los príncipes dejaron que el Duque se adelantara, observando con cuidado su reacción, como si aquello fuera totalmente nuevo para él

Los príncipes dejaron que el Duque se adelantara, observando con cuidado su reacción, como si aquello fuera totalmente nuevo para él. De nuevo se apoderó de ellos cierta sensación de que aquel joven escondía algo verdaderamente oscuro debajo de la serenidad de su mirada.

—¿Y bien?— el mas joven de los príncipes se adelantó un poco — ¿Que le parece Billam? ¿le agrada?— cuestionó, seguro de que el Duque descansaría a pierna suelta en aquel lugar.

—Me fascina, me gusta suponer que el buen gusto de este aposento es debido a usted — dijo, sonriendo, pero estaba equivocado, aquel aposento había sido decorado por la Reina en persona hacía algunos años — me hace sentir acogido por completo y se lo agradezco.

Aquello ya era demasiado, Tom no entendía en absoluto al duque, era como estar reviviendo lo vivido con su hermano, era como estar acogiendo de nuevo a un noble disfrazado de mendigo. De pronto, las heridas apenas cicatrizadas en el alma de Tom, empezaban a supurar.

—Es una estupenda adulación de su parte Billam, pero me temo que aún no está familiarizado con la historia de la llegada de mi hermano al palacio;  este aposento no ha sido decorado por él.

La espalda del príncipe William se tensó. Tom jamás hablaba con nadie sobre aquello, y seguramente había notado, al igual que él, que había actitudes sospechosas con aquel joven noble. 

La expresión del Duque era de puro desconcierto y cansancio, pero aún así seguía sonriendo.

—Me temo que no, sin embargo no pararé de hacer mención del buen gusto y cortesía de vuestro hermano menor— musitó casi en un suspiro, señal de que necesitaba tiempo a solas urgentemente; sin embargo, Tom no pudo contenerse más.

—Disculpe si no parece agradable mi cuestionamiento pero ¿cuánto tiempo exactamente ha estado navegando en esa fragata? Pues su asombro es francamente inexplicable; jamás un Duque de su rango vería este lugar como algo tan especial.

Bill sintió que palidecía ¿es que Tom debía ser siempre tan directo? Sabía que sospechaba algo, pero soltarlo así, a destajo y casi a la llegada del Duque parecía algo muy falto de tacto. Sin embargo el joven recién llegado no se sorpendió en demasía, o supo disimular muy bien, pues por toda respuesta sonrió, entornando aquellos ojos suyos tan azules como el cielo.

—El tiempo suficiente para que extrañe la paz de aposentos como este.

—Me complace que sea de su agrado— Bill se adelantó para evitar que su hermano hiciera otro comentario de esos suyos tan llanos  — Siéntase cómodo y descanse, mas tarde será llamado para cenar, de etiqueta me temo, por lo que todo queda a su servicio, las doncellas están a su disposición, así como un escriba, un mayordomo y dos guardias, si necesita llamar para que le ayuden con su vestuario, sientase cómodo de hacerlo. Si necesita algo en especial, no dude en mandarnos llamar.

Al salir, el príncipe Tom se volvió hacia su guardia personal.

—Lucca, quédate aquí junto a estos guardias— señaló a los gendarmes que estaban postrados tan quietos como estatuas — que nadie moleste a nuestro invitado, no dejes pasar a nadie mas que a su servicio, si alguien más quiere verlo, lo despachas enseguida.

El guardia asintió una sola vez, y se acomodó al centro de ambas puertas, eficiente y letal como sólo el guardaespaldas de un futuro rey podía serlo.

—¿Y si viene a buscarlo alguien de su tripulación?— a William le divertía un poco la actitud de Tom, no la entendía del todo, pero sabía que su hermano quería fastidiar al escolta del Duque.

—No me interesa, ese chico necesita descansar sin que nadie lo moleste.

William estuvo de acuerdo, ambos aceptaron la reverencia de la doncella que llevaba una colación ligera para el Duque, y se retiraron a sus propias habitaciones, pues aunque no les agradase demasiado, aquel día la cena estaría muy concurrida, y presentían que sería no tan aburrida como las de costumbre.

⚜️

El gran comedor hervía de actividad. Mas de cien velas se habían encendido en candelabros de oro. Decenas de meseros se afanaban preparándolo todo, verificando con regla el acomodo de los cubiertos; (tres tenedores, tres cuchillos y dos cucharas, además de cinco copas por comensal, champán, agua, vino blanco, vino tinto y madeira), verificando que las servilletas de lino con costura de oro no tuvieran doblez alguno, que las velas aromatizadas a mirra no chorrearan ni una gota de cera fuera de las palmatorias de oro macizo, que las flores estuvieran adornadas y acomodadas de manera que no estorbasen en lo más mínimo a los comensales.

Algunos otros pulían los cubiertos de oro hasta dejarlos tan brillantes como espejos, acomodaban los platos de acuerdo al menú de aquella noche y quitaban hasta la mas breve brizna de polvo que hubiera en las sillas o en la enorme mesa

Algunos otros pulían los cubiertos de oro hasta dejarlos tan brillantes como espejos, acomodaban los platos de acuerdo al menú de aquella noche y quitaban hasta la mas breve brizna de polvo que hubiera en las sillas o en la enorme mesa. Todos se hallaban aprehensivos y ansiosos, había habido muchos banquetes en aquel enorme salon calentado por ocho chimeneas, pero nunca uno como aquel, en donde se reunirían los Reyes y Reinas de tres naciones, tanto de Calabria como los de Mónaco y Normandía, y no sólo ellos, sino también la próxima generación de monarcas, todos aquellos jóvenes nobles y herederos: los príncipes gemelos herederos de Calabria, tan enigmáticos y misteriosos que inspiraban un tremendo respeto y hasta algo de miedo, la princesa Ambrosía, tan callada y tan graciosa en sus modos y movimientos que todo aquel que la mirase quedaba cautivado, el príncipe Adam, que había osado insultar al príncipe William y ahora parecía haber olvidado aquel atrevimiento, la princesa Felitza, que era animosa, altanera, orgullosa y fresca como las rosas que pendían del techo, el príncipe Andreas, que prácticamente era considerado otro respetado morador de aquel palacio, además del recién llegado Duque de Montpensier, a quien habían asignado un lugar de honor, siendo su asiento situado entre el príncipe William y la princesa Ambrosía, ya que no había manera de separar ni por cinco minutos al príncipe Thomas de su hermano, siempre se sentaba a la derecha de él.

En las cocinas la actividad era aún mas incesante, los cocineros ladraban ordenes, preparaban un enorme banquete y debían supervisar todo. Aquella flamante noche servirían de entrada unos delgados escalopes de langosta estilo provenzal aderezados con mantequilla derretida y hierbas finas, seguido por unos suaves filetes de salmón escalfado con hinojo y una velouté* al vino blanco. Como platos principales ofrecerían medallones de solomillo de buey escocés con trufas y salsa de madeira acompañados con patatas fondant, calabacines y ensalada de hierbas mixtas, rábanos y apios, además de cordero de temporada relleno de hortalizas de primavera y salsa de oporto, y de postre ofrecerían tarta de chocolate negro decorada con finos frutos rojos, fresas frescas con crema de hierba luisa, y en honor a los soberanos de Mónaco, Normandía y Montpensier, todos provenientes de Francia, servirían petits fours con salsa de praline* y centro de crema de miel.

Las modistas y maestros de vestuario apenas si se daban abasto con semejante cantidad de trabajo, pero habían logrado atender a todos, incluyendo al recién llegado Duque de Montpensier, a quién habían mostrado sedas de todos los colores, botas lustrosas y una doncella que en específico se encargaría de arreglar sus largos cabellos; algo que por otro lado detestaban los príncipes herederos. Siempre se encerraban en sus aposentos, rechazando la ayuda de cualquiera, y se arreglaban de tal modo que parecía que un ejército de sirvientes lo habían hecho por ellos. Sin embargo habían dado órdenes claras de atender a todos los invitados con el esmero y la escrupulosidad que ellos tanto desdeñaban.

Las princesas habían hecho sus elecciones aquel mismo día, y los brocados en los olanes de sus vestidos eran cosidos a mano a toda prisa por sus doncellas. Ambrosía se había decidido por perlas pequeñas y cristales pulidos para su elegante vestido de organza clara bordada con oro y plata, mientras que Felitza había escogido piedrecillas de ámbar y las mas extrañas que tenían los joyeros, tracería de púrpura amatista, gemas muy a juego con el vestido de seda y lino color ocre que lucía un intrincado diseño de flores hechas de terciopelo negro.

El reloj del salón del trono anunció la hora con siete campanadas, y los cornos imperiales comenzaron a sonar, llamando a todos a la concurrida cena de aquel día. Los músicos del reino ya se preparaban para ofrecer melodías tranquilas que amenizarían la cena. 

El salón de banquetes exhalaba dulces y cálidos aromas por las puertas custodiadas por engalanados guardias, ataviados con el traje de gala, las chimeneas rugían con fiereza calentando el ambiente y potenciando el aroma de la comida. La champaña se enfriaba en finas champañeras de plata que contenían hielo, un verdadero lujo en aquella época, lujo que solo podía permitirse la realeza. Hielo traído desde Noruega, expresamente serrado y transportado para el palacio de Calabria. Aquel producto sorprendía a todos los invitados por igual, quienes no sabían que tenerlo en algo tan simple como enfriar champaña era un logro inusual, ya que era traído en barcos especiales con personal cuyo único trabajo era preservarlo e impedir que se derritiera, y que al llegar se almacenaba en las colinas orientadas al norte, en cuevas especiales que estaban en las laderas de los montes más altos y más fríos.

El salón ya estaba a medio llenar, el conde y la condesa de Escocia estaban en sus lugares, conversando entre sí, mientras su hija mas joven miraba enfurruñada hacia las llamas de la chimenea que tenía mas cerca.

Junto a ellos, había tres barones: Gran Bretaña, Dinamarca y Lyon, todos con sus respectivas esposas. Todos conversaban y disfrutaban de la abundancia de aquel lugar, aquella noche, visto desde fuera, el palacio de Calabria parecía un espejismo de oro derretido.

Tres golpes resonaron en el piso, a la entrada del salón.

Sus Reales Majestades, el Rey Jörg Alberto Von Kaulitz, y la Reina Simonetta Charlotte Enola Beatriz de Hannover, Reyes de Calabria.

Toda la audiencia se levantó y reverenció con profundo respeto cuando el heraldo anunció de forma solemne que los Reyes de Calabria estaban llegando, como los anfitriones, debían ser los primeros en llegar. Se ubicaron en sus respectivos lugares, al centro de la gigantesca mesa, siendo seguidos por una escolta de sirvientes que sostuvieron las sillas y colocaron las servilletas de lino con el escudo de armas de Calabria bordado en oro sobre sus piernas. Sus escoltas, leales y silenciosas, tomaron su lugar detrás de las sillas de los Reyes, tan quietos que parecían haberse fundido con los pilares de mármol con incrustaciones de oro.

Los comensales reían, conversaban y disfrutaban, pero casi todos mantenían un ojo fijo en las puertas, pues quienes mas curiosidad despertaban en esos momentos eran aquellos jóvenes nobles que pronto asumirían las responsabilidades de reinar en sus propios reinos.

⚜

—No debería dejarte bajar esta noche — la sedosa voz de Tom aleteó cerca del oído de su hermano, quien interrogante, levantó una ceja.

—¿Por qué no?— cuestionó en tono juguetón, mientras entornaba sus alucinantes ojos de chocolate derretido, con los párpados ahumados.

—Porque no debería estar permitido que luzcas tan… — Tom hizo una pausa para encontrar la palabra adecuada — apetecible.

—No se te olvide que somos hermanos gemelos — Bill sonrió, mostrando sus afilados caninos, haciendo que a Tom le diera vueltas la cabeza por el deseo — y que si voy indecentemente bien, tu luces exactamente igual.

Era un milagro que ambos estuvieran solos, pues habían despachado a sus escoltas y escribas, ordenando que se adelantaran.

Tom sonrió también, viéndose exactamente igual que Bill, quien sin poder resistir, lo tomó por las solapas de la casaca y lo atrajo, engullendo la sonrisa de Tom en un lúbrico beso que acompañó con suaves mordidas.

Tom respondió gustoso, ahogando un ronco gemido y llevando sus manos al rostro de porcelana de Bill, con tanto cuidado como quien acaricia una burbuja de cristal envuelta en seda, con miedo a que se rompa. Pero lo que se rompió rápidamente fue aquel beso tan prohibido, ya que no estaban en la intimidad de sus habitaciones, sino en el pasillo que llevaba a las enormes escaleras de mármol, y alguien podría verlos con mucha facilidad.

Ambos respiraban a bocanadas, intentando recuperar el aliento en cuanto se separaron.

—Demonios Bill— gruñó Tom, sentía la cabeza convertida en tornado mientras se arreglaba el ancho moño que Bill había desordenado al morderle el cuello — alguien puede vernos.

Bill se encogió de hombros, restándole importancia; se lamió los labios enrojecidos y húmedos. No le interesaba mucho si los descubrían, pero al parecer, nadie los había logrado ver.

—Vámonos entonces— refunfuñó el menor de los príncipes, reanudando la marcha.

—¿Ya estarán todos ahí?— Tom hizo la pregunta mas para sí mismo que para Bill.

—No lo sé, ojalá y ya estén todos, tengo hambre— Bill se sobó el plano estómago e hizo un puchero — claro que no es como esa otra hambre que he conocido.

Aunque su tono fue un murmullo roto, Tom sintió de pronto que caminaba descalzo sobre cristales cortados, pero decidió cambiar de tema.

—¿Sabes si alguien avisó al Rey Valdric que su hermanito está aquí?

—Si, Georg se encargó de eso, el aviso ya fue enviado, y si a Valdric le interesa su hermano, estará aquí en una semana, o menos si hace navegar su barco a toda su potencia.

Tom deseó que el Rey Valdric llegase pronto, de ser posible cuando Billam aun estuviera en Calabria, pues el recelo que sentía de aquellos que acompañaban al Duque crecía a pasos agigantados.

Unos metros antes de llegar al salón de banquetes, Marcus y Lucca, los guardias de ambos príncipes los reverenciaron y comenzaron a seguirlos igual que si fueran sus sombras, y el heraldo se aclaró nerviosamente la garganta, listo para anunciarlos, y mirándolo, Tom puso los ojos en blanco. Odiaba los protocolos, y odiaba mas aún las expresiones que estaba seguro iba a ver en cuanto entraran al salón de banquetes; sorpresa, escepticismo, incredulidad, incertidumbre, recelo, fascinación; como si Bill y él fueran un maldito espectáculo de circo. 

Para aquella ocasión, los hermanos se habían decantado por trajes recién hechos de color gris oscuro, completamente idénticos, con detalles exquisitos, camisas blancas de seda suave y cuello de cascada, chalecos bordados con florituras de plata, casacas cerradas, pantalones de lino, botas pulidas y capas forradas de seda color gris perla. Las coronas eran sencillas, platino con zafiros y pequeños diamantes hexagonales.

—Su Alteza Real, el príncipe Thomas Von Kaulitz de Hannover, heredero al trono de Calabria, señor de la casa de Capua, marqués de Gravina, y Su Alteza Imperial, el príncipe William Von Kaulitz de Hannover, príncipe heredero al trono de Calabria, príncipe de los señores Erpa-ha, noble de la casa de Mónaco, príncipe heredero de Italia. 

Todos los presentes hicieron una respetuosa inclinación de cabeza, mientras los sirvientes estaban obligados a hacer una reverencia.

Ambos príncipes esperaron pacientemente mientras el heraldo recitaba sus nombres, rangos y los anunciaba, rara vez se hacía mención de todos los títulos que poseían, y aquella ocasión era importante. Mientras entraban para sentarse frente a sus padres, Tom captó al conde de Baviera susurrarle algo a su esposa, la condesa, algo al parecer sorprendente por la mirada evaluativa que ella les dirigió, más al percatarse que el príncipe la miraba fijamente, se ruborizó completamente. Tom la mandó al infierno mentalmente.

Los soberanos de Baja Normandía ya estaban en su sitio, así como el fresco príncipe Andreas, que sentado junto a la princesa Felitza conversaba educadamente con ella

 Los soberanos de Baja Normandía ya estaban en su sitio, así como el fresco príncipe Andreas, que sentado junto a la princesa Felitza conversaba educadamente con ella. Bill y Tom se sentaron y saludaron a sus padres, a los reyes Normandos y a los reyes de Mónaco, sin embargo las sillas contiguas a la de Bill seguían vacías. El joven príncipe enfocó la vista para mirar las tarjetas doradas que estaban sobre los platos de oro, enterándose que el sitio contiguo al suyo lo ocuparía el Duque de Montpensier, y el que estaba al lado del Duque correspondía a la princesa Ambrosía.

—Marcus — llamó a su guardia con voz baja, mientras el interpelado se acercaba, solícito — ¿sabes si la princesa Ambrosía está indispuesta? 

—No alteza, no se ha reportado que la princesa se encuentre indispuesta, tampoco se ha reportado algo similar en cuanto al Duque.

—Gracias Marcus— Bill miró al frente, sintiendo los ojos profundos de Tom mirándolo de soslayo, mientras se veía obligado a responder al saludo de la princesa Felitza. Bill decidió no voltear, temeroso de que su mirada que se había vuelto gélida sorprendiera a alguien. No soportaba en casi nada a la pequeña princesa celta.

El heraldo principal hizo sonar de nuevo su cayado contra el piso, mientras anunciaba una nueva llegada que hizo a todos guardar silencio y mirar expectantes. El recién llegado no otro que el joven Duque de Montpensier, quien dirigía hacia todos lados unos confusos ojos azules y brillantes. Iba ataviado con un traje de seda azul tan profundo como sus ojos, los cuales resaltaban en la excesiva blancura de su rostro, pero que armonizaban perfectamente en el traje con detalles en hilo de oro bordado sobre el cuello y las mangas de la casaca. A pesar de su gran altura y gallardo porte, algo en su rostro denotaba la vulnerabilidad de su juventud, y aún, un poquito de asombro. Los presentes inclinaron la cabeza con el mismo respeto con el que se saluda a alguien de tan alto rango, mientras que el escriba del Duque lo guiaba hasta su asiento, justo al lado del príncipe William, sin embargo, el Duque tomó el asiento que le correspondía a la princesa Ambrosía, señalando caballerosamente que ella debía situarse en medio de ambos, pues de no ser así, podrían incurrir en la imperdonable descortesía de ignorarla accidentalmente. Ante eso, Bill estuvo de acuerdo.

—Saludos Billam— saludó el príncipe, cuando el Duque estuvo sentado — me alegra que ya esté aquí y me disculpo por hacerle venir a este banquete el mismo día en que ha llegado a Palacio, pero le aseguro que después de esto, tendrá todo el tiempo que necesite y requiera para descansar y reponerse de su largo tiempo en altamar.

La princesa Felitza no podía reprimirse de lanzar miradas curiosas y evaluativas hacia el Duque, molesta por tenerlo tan lejos, más se consolaba al hallarse entre otros dos príncipes, aunque el mayor de los herederos de Calabria pareciera mas molesto y serio que otra cosa.

El Duque sonrió, entornando aquellos ojos suyos tan brillantes como los zafiros de la corona de Bill, y respondió de modo condescendiente.

—No hay nada de que disculparse príncipe William, tenía tiempo, bastante tiempo que no podía asistir a cenas de gala como éstas, con invitados de mi mismo rango, y resulta algo muy agradable.

—Según sé  — Bill cada vez sentía mas simpatía por aquel muchacho — en honor a su país natal se han basado varios platos que se servirán esta noche, espero que lo disfrute.

—El honor será para mí— aseguró, y de pronto sus ojos se nublaron un poco — la dieta en altamar no es muy variada a decir verdad — mientras hablaba, fue puesta delante suyo una copa rebosante de champán, dorado y burbujeante como el sol que moría en el horizonte. La sonrisa del Duque chispeó. Lo único que había bebido por mucho tiempo era vino barato, y probablemente robado.

El ambiente era cálido y especiado, conversaciones educadas resonaban como una queda música de fondo, música que de un momento a otro cesó, pues el heraldo estaba anunciando de forma solemne que  finalmente la princesa Ambrosía acababa de llegar.

El silencio reinó por un momento, momento en que la orgullosa princesa sonreía al entrar. Todos los caballeros presentes se levantaron en el acto. Al verla, Tom se clavó las uñas en las palmas y un desagradable escalofrío le erizó los vellos de la nuca, mientras Bill sonreía, complacido al ver en ella ese brillo y la delicada altivez que alguna vez tan celosamente protegió. La princesa estaba verdaderamente deslumbrante aquella noche, resplandecía en su largo y fino vestido, que era una atrevida pieza de gasa clara que sugería muy sutilmente la forma torneada de sus largas piernas, el corsé era entallado, amoldado a su talle delgado y alto, y estaba hermosamente bordado con diamantes, hilo de oro e hilo de plata. En el cuello lucía una gargantilla ajustada de seda dorada, sobre la cual estaban engarzados ochenta diamantes formando delicados trazos, y engastado al centro de la misma, un raro y exquisito diamante canario destellaba como si de un pequeño sol se tratara. No llevaba corona, solo portaba una delicada tiara hecha de hojas de oro descansando sobre su melena dorada, que resplandecía como la seda mojada, y aquella belleza se completaba con el brillo de sus grandes ojos azules, orgullosos y tan mojados como los pétalos de una rosa.

No llevaba corona, solo portaba una delicada tiara hecha de hojas de oro descansando sobre su melena dorada, que resplandecía como la seda mojada, y aquella belleza se completaba con el brillo de sus grandes ojos azules, orgullosos y tan mojados ...

Fue escoltada por Gustav hasta la mesa donde iba a sentarse, entre el príncipe de Calabria y el Duque de Montpensier

Fue escoltada por Gustav hasta la mesa donde iba a sentarse, entre el príncipe de Calabria y el Duque de Montpensier.

La Reina Eleonora sonrió al ver a su hija, en tanto el Rey Magnus inflaba el pecho con un orgullo desbordante y atrevido, sintiéndose un poco dueño de Calabria a ratos, sobre todo al ver la cantidad de miradas que atrapaba su hija. 

«Si William no cae rendido ante ella, es porque está ciego» Se decía el Rey.

Los sirvientes comenzaron a servir el banquete, la champaña manaba como el agua de un río. Fluidas conversaciones en diferentes idiomas llenaban el espacio con un sordo parloteo.

La princesa Ambrosía no había tenido oportunidad de hablar aún con el objeto de su intenso amor, y aunque parecía relajada en el exterior, los nervios la consumían intensamente, mientras se acomodaba con ayuda de su doncella sobre la mullida silla dorada.

—Princesa— Bill sonrió, sus ojos ardían con la misma intensidad y el mismo brillo que el fuego de las chimeneas. La princesa perdió el hilo de las ideas, permaneció en blanco mirándolo, y sus latidos se detuvieron cuando el príncipe tomó su mano muy lentamente y la besó.

Aquel movimiento no pasó desapercibido, y se clavó como un puñal en el alma de Tom, que apenas si logró permanecer sentado, aunque los celos y la locura lo devoraban por dentro, hubiera podido destrozar la silla en donde estaba sólo con las manos.

—Ug, creo que no cenaré nada— la princesa Felitza también había notado la galantería del príncipe para con Ambrosía, sin embargo era tanta la envidia que sentía, que no pudo permanecer callada.

—Oh vamos Alteza — el príncipe Andreas sonreía de lado con desenfado — William tiene una debilidad extraña por Ambrosía, no dejes que eso te sorprenda.

La princesa de Mónaco se sonrojó encantadoramente al escucharlo.

—No era por eso— repuso ella, toda molesta, mientras Tom ansiaba darle un puñetazo a  Andreas en plena cara, y si se podía, romperle de nuevo la nariz.

—No tengo ganas de comer carne— murmuró Ambrosía a su doncella — solo quiero salmón por favor.

Bill probó la langosta y el salmón, comió un poco de carne pero rechazó el cordero, pues su sabor le parecía fuerte, pero animó a Ambrosía a probar la langosta. 

Tom apenas si probó algo, sus tripas estaban hechas un nudo, y la rabia dio paso a la tristeza. El había tratado de prepararse para aquello, para contemplar en primera fila como perdía a su hermano sin poder evitarlo, y no podía culparlo por ser galante con Ambrosía. Era casi imposible resistirse a su encanto. La princesa se veía exquisita, su perfume con aroma a pétalos de rosa flotaba cerca de él y era dulce y agradable, Bill se mantenía cortés y educado no solo con ella, también con Billam, que platicaba a ratos con Ambrosía, e inclusive con Adam, quien no hacía mas que quejarse de la comida, criticando que los italianos no cocinaban bien la comida francesa. 

Felitza dejó de lado su pequeño arrebato y disfrutó de los postres franceses, sobre todo de los petits fours, y charló alegremente con el príncipe Andreas.

El joven príncipe de Mónaco no participó en casi ninguna conversación, pero observó la extraña debilidad que William al parecer sentía por Ambrosía, y pensaba en como sacar provecho de ello.

Tom probó la tarta de chocolate con un mejor humor, pero deseando poder comerla directamente desde la espalda de Bill; se entretuvo mirando con disimulo a su hermano, disfrutando la vista de sus manos al manipular los dorados cubiertos, o cuando el champán de su copa le besaba los labios e imaginaba el sabor helado y dulce que tendrían sus besos, si pensaba en sus momentos a solas con él, le parecía mas llevadero el dolor que sentía, mientras alternaba miradas de amor para su hermano y miradas asesinas hacía el escolta de Billam, que apenas si era capaz de quitar los ojos de encima del muchacho los segundos suficientes para mirar al mayor de los príncipes con retador desprecio. 

El duque de Montpensier por su parte, probó un poco de todos los platillos, y conversó animadamente con Ambrosía y con William sobre las diferencias de la vida en altamar y la vida en Palacio, y expresó con cuánto anhelo deseaba volver a Montpensier, y lo mucho que extrañaba a su hermano, el Rey Valdric. Se desenvolvía de forma tan natural, como si en lugar de llevar unas horas en Calabria, llevara años viviendo ahí.

Por su parte, el Rey Felipe disfrutaba de la abundante cena, y se entretenía mirando quizá demasiado a los jóvenes nobles que lo rodeaban, en especial a los príncipes de Calabria, fascinado ante ellos.

«Es tan asombroso el parecido que no puedo dejar de mirarlos» pensaba «¿Como demonios puede Jörg identificarlos tan bien? son enteramente iguales, jamás vi nada semejante, ni siquiera para dudar sobre la estirpe del menor, que es idéntico al mayor y viceversa, y de algún modo mas peculiar y delicado, son casi iguales a su padre, salvo por la forma de los ojos, que es indudablemente de su madre, pero ese color pardo, ni siquiera es parecido al de Jörg, es distinto» elucubraba.

A veces el Rey se cohibía, pues los miraba con demasiada intensidad, tratando de absorber por medio de los ojos tan tremendo parecido de belleza tan devastadora, sin tener en cuenta que ambos vestían igual, y los reflejos que lanzaban las coronas platinadas al mínimo movimiento que los príncipes hacían, conseguía fascinarlo más, y por primera vez desde que llegó a Calabria, se encontró deseando que su hija pudiese enamorarse y ser correspondida por alguno de aquellos seres tan místicos. Ahora entendía un poquito más al Rey Magnus.

—Y bien Billam— el rey Jorg sonreía al hablar — ¿piensas volver ya a Montpensier? una ausencia tan prolongada nunca es buena.

—Me temo que sí — y tras esas palabras, una chispa de luz atravesó los expresivos ojos azules, cual océano tranquilo frente a los rayos del sol —. Sin atreverme a meditar, nuestro próximo destino es justo Montpensier.

—Quizá el Rey Valdric esté aquí pronto y así puedas irte con él — Tom alzó la voz lo suficiente para ser escuchado, Bill sintió un escalofrío, Tom a veces era demasiado franco y soltaba las cosas tal cual las pensaba — claro, después de que disfruten de nuestra hospitalidad todo el tiempo que deseen.

Bill, y todos aquellos quienes lo rodeaban suspiraron de alivio, y el Duque sonrió mas pronunciadamente.

Tom lanzó una mirada retadora y mordaz hacia Theo, que se había quedado de piedra al escucharlo, pero el hombre había logrado recomponer su expresión en tan solo un segundo.

—Agradezco su noble hospitalidad príncipe Thomas, y la honraré aceptándola con placer, me encuentro bastante agobiado por la vida en altamar y disfrutaré al máximo mi estadía en sus hermosas tierras antes de partir hacia mi reino.

—Excelente —alabó el Rey de Calabria, verdaderamente jubiloso por todas aquellas visitas que ahora recibía y que hacían chispear el palacio.

—¿Y que nos puedes contar de Montpensier, Billam? — ahora era la dulce voz de la reina de Calabria la que preguntaba, y aún así, muchos oídos curiosos esperaban la respuesta del duque.

—Me fascina tanto Montpensier que podría tomarme toda la velada para contarles — murmuró en francés mientras ahogaba una sonrisa. Todas las personas a un radio de cinco sillas se encontraban pendientes de lo que decía — durante esta temporada, durante el día, el sol calienta nuestras tierras fértiles, y al anochecer la fresca ventisca nos deja disfrutar del cielo estrellado. Nuestro clima es tranquilo, suficientemente cálido para alcanzar a cosechar lo esencial hasta el próximo solsticio de invierno. Los campos florecen por doquier, las frutos pintan de muchos colores los árboles y los arbustos, y todo se llena con el acre aroma de aquellos frutos que no se pueden cosechar debido a la abundancia de los mismos.

—Se alcanza a apreciar en su voz que le fascina la naturaleza Billam — murmuró ahora la princesa Ambrosía, que con añoranza recordaba su propio reino, caliente y tan anaranjado que parecía un espejismo.

—La naturaleza es el centro de mi inspiración, de mi día a día — confesó, utilizando un tono galante que hizo a Ambrosía sonreír. 

El príncipe William también sonreía, encontrando fascinante la personalidad de aquel chico, ya que se parecía en demasía a la suya propia. Nadie más hablaba de la naturaleza así, como si fuera una necesidad vital para sobrevivir. 

—Su joven edad es notable — comentó Tom en voz alta, lo cual hacía a propósito, pues sabía que el tal Theo tenía todos sus sentidos puestos en la plática de la realeza — ¿Qué funciones el rey Valdric ha dejado a su cargo a tan corta edad?

El silencio fue sepulcral por mas de medio minuto, sin embargo el Duque no parecía afectado, sino concentrado. A pesar de la personalidad tan arrolladora de Tom, y de sus formas tan directas, se sentía seguro con él.

—Soy joven, por supuesto, pero con muchos sueños y metas— respondió — mi hermano, el Rey Valdric VIII me ha dado libertad para elegir, si bien cumplo con mis deberes de cuna, como el buen uso de las armas para defensa de mi reino, estoy interesado también en ayudar a nuestro pueblo para que tengan una mejor calidad de vida, así que tengo proyectos en marcha.

Tom sonrió de forma evaluativa. El Duque era demasiado parecido a su hermano, que si bien apenas había sido nombrado príncipe, lo primero que hizo fue tomar en sus manos el control de los impuestos, manejando todo de tal modo, que ahora Calabria era una tierra muy diferente a la que fuera antaño. Si el Duque seguía por el mismo camino, Montpensier sería un lugar muy próspero para vivir.

—Debo confesar que no esperaba una respuesta como esa — Bill se sentía gratamente impresionado — regir un pueblo es muy importante, un buen reino depende de un buen pueblo, sin duda alguna.

—Un buen pueblo es el reflejo de un buen reino— dijo el Rey de Calabria.

Todos asintieron ante las juiciosas palabras del Duque, y el Rey Jörg levantó su copa, siendo imitado por todos, quienes después de entrechocar el champan de sus copas y sonreír, brindaron por la dicha de estar juntos.

Pero el alma del mayor de los príncipes estaba inquieta, y sentía las tripas revueltas. Algo malo presentía, igual que un perro sabueso que capta el disimulado olor putrefacto de algo. Y eran los insondables ojos grises del escolta del Duque lo que le hacía sentir ese malestar. Tom no se iba a quedar callado. Mirando al Duque de frente, preguntó:

—¿Y en sus proyectos para la mejora de su pueblo está el viaje a otras naciones? ¿O cuál es la razón de que, junto con su extraña tripulación, esté tan lejos de Montpensier?

El silencio que siguió fue mayor que el anterior, y Bill cerró los ojos con enfado.

—Busco una mejor calidad de vida para ellos, príncipe Thomas. Me gustaría que mi gente pudiera tener la posibilidad de tan siquiera alimentarse decentemente. Que tengan acceso a recursos que los mantengan fuertes. Mi primer gran desafío es implementar la ganadería, que ya no sea solo algo para la nobleza. He discutido un poco con mi hermano por mis planes. Piensa que no soy nada mas que un soñador.

Tom sonrió, satisfecho. Definitivamente aquel chiquillo era una versión mas joven de su propio hermano gemelo, y como tal, también lo iba a proteger. Le dedicó una fugaz mirada burlona a Theo antes de volver a lanzar otro dardo venenoso.

—¿Y es por eso que viaja con una tripulación que no parece del servicio que un Duque se merece?

Bill se quedó helado. El rey Jörg se aclaró ruidosamente la garganta, la reina Simonetta suspiró pesadamente, y los soberanos de Francia alternaban miradas entre el impetuoso príncipe y el joven Duque.

—Tom— intervino Bill, al ver que su hermano empezaba a soltar de más la lengua, pero Tom estaba pasándolo muy bien, podría jurar que de los oídos del tal Theo comenzaba a salir humo. 

El Duque parpadeó, claramente desconcertado por la franqueza de aquel príncipe que no parecía temerle a nada, ni siquiera a la oscura mirada envenenada que su propio hermano acababa de dirigirle y que a él le erizó la espalda. Pero sentía, de alguna manera, que el fiero príncipe deseaba protegerlo.

—Mi tripulación debe pasar un poco desapercibida — comentó de forma evasiva — debe ser variada para poder diluirse con el resto de las personas, claramente una patrulla de soldados resulta ser un poco intimidante si uno va por ahí tratando de hacer negocios — murmuró, haciendo que el príncipe asintiera.

—Ya veo— respondió Tom, decidiendo no hacer mas preguntas a Billam. En la lengua le quemaban varias punzantes preguntas, pero no quería que Bill le arrancara la cabeza, al menos no frente a todos.

Dejó que la charla volviese a ser general, y satisfecho, miró de nueva cuenta al escolta de Billam, que sin duda había escuchado absolutamente todo. Pero aquel hombre tenía un dominio sin precedentes sobre sí mismo. Si bien las pupilas dilatadas reflejaban algo de su ira, su semblante se mantenía plácido, y le devolvió la mirada al príncipe con metálica frialdad.

Ambos se miraban como fieras salvajes esperando el momento oportuno para atacar. Tom le dirigió una sonrisa filosa casi imperceptible, y no se sintió defraudado cuando aquel hombre le devolvió el gesto. El príncipe entonces levantó su copa hacia él, recibiendo una respuesta idéntica. El escolta del Duque vació su copa de un sorbo y asintió. La guerra acababa de ser declarada entre los dos.

La gala no se prolongó por mucho tiempo más. El rey Jörg agradeció la presencia de todos los invitados, convocó un brindis de pura satisfacción y dio por terminada la cena.

Poco a poco los invitados empezaron a retirarse. El príncipe William caminó unos pasos con Ambrosía, intercambiaron algunos comentarios, y la dejó en compañía de Gustav y de su aya. Tom no perdía de vista a Bill, y el dolor punzante le aturdía sin cesar cada que lo veía cerca de la linda princesa rubia.

—Comí tanto que voy a reventar — anunció Andreas en cuanto se reunió con Tom. La princesa Felitza también estaba con ellos, ya que seguía charlando con el príncipe Andreas, y trató de congraciarse con el príncipe Tom, quien con educación se volvió hacia ella.

—¿Le ha gustado la cena, Alteza?— preguntó, bajando la cabeza para mirarla de frente.

—Ha sido interesante— dijo ella, sonriendo — no sabía que en Italia supieran preparar tan bien los platillos franceses.

—Creo que uno de los cocineros es francés — comentó Tom de forma distraída, pues estaba pendiente de varias cosas a la vez. 

Su hermano aún seguía charlando con Ambrosía, y eso lo hacía morir de celos, y a unos pasos de William, el Duque de Montpensier respondía a algo agradable que le preguntaban sus padres, y por tanto, el tal Theo no podía acercarse a él, pero claramente eso es lo que esperaba, por la forma en como lo miraba. No dejaba lugar a ninguna duda, entre ellos había una relación mucho más profunda que la de amo y esclavo.

Tom le dedicó una educada reverencia a Felitza y le pidió a Andreas que la acompañase hasta sus aposentos, para después dirigirse a su guardaespaldas.

—Lucca — llamó, y en un segundo, su guardia se inclinó ante él — acompaña al Duque hasta sus habitaciones, no te separes, y no permitas que su escolta, el individuo de los ojos grises, se acerque a él. Deja guardias cuidando su puerta toda la noche. Y no te preocupes por mi — añadió, viendo la reticencia a dejarlo solo, en los ojos de su guardia — estaré con mi hermano y con Marcus.

—Como ordene Alteza— el guardia volvió a reverenciar al príncipe, y se colocó a medio metro por detrás del Duque. Si Marcus cuidaba a ambos príncipes entonces todo estaría bien. Marcus tenía bien ganada una reputación asesina de matar primero y cuestionar después.

El príncipe Tom sonrió burlonamente ante el rostro ensombrecido del tal Theo, quien con los dientes apretados por la ira, vio frustrado su deseo por acercarse a Billam, y tras dedicarle una punzante mirada de soberbia, decidió que Ambrosía ya había tenido suficiente de Bill por aquella noche. 

Se acercó a ellos a paso lento hasta quedar al lado de su hermano, e inclinó la cabeza respetuosamente hacia la princesa.

—Espero no importunar — murmuró, mirando a la princesa con una profunda hostilidad que el príncipe sabía disfrazar muy bien de cortesía.

—En absoluto— respondió Bill casi de inmediato, haciendo que el corazón de Tom repiqueteara. Bill podría sentir lo que quisiera por quien quisiera, pero Tom sabía que el corazón de su hermano le pertenecía solamente a él.

—Ha sido una noche muy placentera, príncipe Thomas — comentó la princesa, resignada a que su tiempo con William se había terminado.

—Me alegra que lo haya disfrutado Alteza— añadió, dirigiendo después una mirada de impaciencia hacia Gustav, que esperaba fiel, un paso atrás de Ambrosía.

Tom decidió no observar como su hermano besaba la mano de la princesa, porque se sentía inestable y no deseaba echar mas leña al fuego, y volvió a enfocar sus oscuros ojos en Theo, quien sin percatarse que era observado, miraba a su vez a Billam con un anhelo febril casi enloquecido. Para alguien tan observador como Tom, aquello no pasó desapercibido. Entre el duque y su escolta pasaba algo raro, sin duda alguna.

Pero de un momento a otro, el duque se retiró, su semblante se apreciaba cansado, y cuando Bill rozó su mano casi imperceptiblemente, todos los demonios desatados que corrían dentro de Tom se apaciguaron, su mirada de piedra se suavizó hasta convertirse en caramelo derretido, y le sonrió a su hermano.

—¿Podemos irnos ya? me siento un poco cansado— dijo, con voz suave y aterciopelada.

—Vámonos entonces hermanito — respondió dócilmente, y siguiendo a Bill, dejó que todos sus pensamientos de ira, celos y de sospecha se durmieran por un rato.

Continuará…

Velouté*: Sig. Aterciopelado. Salsa clara de origen francés que está formada por un caldo, denominado fondo claro. Puede ser de carne de aves, ternera, pescado o vino blanco.

Hierba Luisa*: también conocida como cedrón, planta originaria de América del sur, conocida por sus propiedades medicinales y por ser usada en preparación de postres.

Petit four*: pastel de pequeño tamaño, dulce clásico de la repostería francesa

Praliné*: pasta utilizada en repostería y compuesta tradicionalmente de una mezcla de almendras o avellanas confitadas en azúcar caramelizado.

⚜

Como bien lo prometimos, aquí está la actualización, capítulo largo como compensación por tanta espera.

Por fin pueden convivir príncipes y piratas aunque ya han saltado chispas de hostilidad, y lo que se viene estará de muerte… peleas, batallas, venganzas y etc.

Seguiremos trabajando para avanzar sin tanta espera, aunque los votos y comentarios ayudan a motivarnos mucho más.

No olviden pasar a leer Barrabas de Monnyca16 para que puedan ver todo desde una perspectiva diferente.

Nos vemos muy pronto!

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!