Capítulo 18: Reflexiones de pasión

¡¿En qué demonios estabas pensando Tom?!— retó Bill en voz alta.

Habían llegado por fin a un sus habitaciones, con los sudorosos escribas y doncellas limpiando el rastro de sangre que a ratos chorreaba de la herida de Tom, que aguantaba estoico la retahíla de mal humor de Bill.

No fue nada— le respondió, evasivo, sentándose en el sofá mas grande. Bill le desató la capa, arrojándola tras de si.

No te atrevas a decir que no es nada— le espetó. Estando por fin solos, Bill no se le separaba ni cinco centímetros, estaba aterrado y furioso; la sangre no dejaba de gotear y había empapado parte del pecho de Tom, su brazo y comenzaba a empurpurar su cuello. Bill notó que el torniquete hecho con el moño de Billam no servía para nada. Terminó por abrir la casaca de Tom, quitarla con cuidado y desgarrar con sus manos los jirones maltrechos y ensangrentados de su elegante camisa de seda.

No me duele nada— murmuró, perdido en Bill. La herida apenas si le molestaba, le gustaba mas ver la fiera concentración y la rabia que emanaba de su hermano.

Mejor cállate— gruñó Bill, atinando a poner sus manos envueltas en un paño blanco sobre la herida de Tom, haciendo presión para detener el sangrado, sin embargo, algunos hilillos rojizos y calientes subían como una marea roja que hacía desaparecer los dedos blancos antes de escurrirse, danzando hacia abajo para gotear sobre el sofá — no puedo creer que te hayas atrevido a tanto. ¡Pelearte con ese sujeto! ¿Sabes lo que pasará cuando se enteren nuestros padres?

No va a pasar nada porque no fue lo que piensas— murmuró Tom con algo de fastidio, pero aun así jamás le diría a su hermano la verdadera razón por la que se había peleado con aquel canalla. Bill no tenía porque preocuparse por un problema más.

A mi no me engañas, has deseado desquitarte con alguien desde que llegó Adam, y ese idiota guardaespaldas de Billam no sabe que ha comenzado a cavar su propia tumba al acceder a la locura de luchar contra ti.

Bill se sintió algo mas tranquilo cuando notó que la herida no sangraba más. Resultaba espeluznante y trágico para él, el ver así a Tom. Conocía su anatomía mejor que nadie en el mundo y si algo en verdad amaba, era el cuerpo liso, firme y sin imperfecciones de su hermano, y ahora todo estaba arruinado. Tom estaría marcado para siempre, igual a él.

Ese imbécil se lo buscó — gruñó, en voz baja, su corazón aleteó de furia, lo que envió un nuevo hilillo de sangre fuera de su cuerpo. No le molestaba sangrar, incluso reconocía en el aroma de su propia sangre, el mismo aroma que emanaba de las heridas que Bill había sufrido antaño y que lo habían llevado al borde de la muerte. En comparación, pensaba, lo suyo no era mas que un rasguño, y el deseaba experimentar algo del dolor de su hermano, para comprenderlo más, pero intuía que estaba lejos de poder sentir una agonía como aquella.

Vas a tener que explicarme muy bien lo que sucedió, o yo mismo le cortaré la cabeza a ese sujeto— amenazó Bill, retirando el paño ensangrentado. En efecto, la herida no sangraba, pero era profunda. El joven príncipe remojó un paño de gasa en una vasija que tenía agua caliente y comenzó a tratar de remover la sangre alrededor del corte — apenas puedo creer que después de que te ha dejado así, hayas ordenado que se le atienda.

Bueno — Tom jadeó, algo que hizo Bill le dolió — no puedes culparme por eso, si esto hubiese sucedido antes de conocerte, te aseguro que ese estúpido a estas alturas ya sería comida para los perros de mis guardias, pero por ti he aprendido a ser mas cauto, y quizá, menos duro.

Bill sonrió casi imperceptiblemente, las palabras de Tom le acariciaban el alma, pero sabía que Tom seguía siendo el mismo volcán explosivo de siempre, y que si no había rebanado a Theo en dos cuando había estado arrodillado ante ellos, era por algo que se estaba esforzando mucho por esconder.

Ah Tom — le habló en voz baja, inclinándose para besarle el hombro y recorrer a besos lentos su pectoral izquierdo, lamiendo la sangre hasta llegar al erizado pezón, que saboreó igual que si fuera un dulce. En respuesta, la hombría de Tom despertó en un segundo — olvidas que hemos sido concebidos con la misma alma y el mismo pensamiento — el aliento caliente de Bill, y sus labios húmedos contra la piel estaban volviendo loco de deseo a Tom — con la misma sangre, con el mismo corazón, y sé que tú me estas mintiendo, sabes que tarde o temprano averiguaré lo que sucedió.

Tom se dio por vencido, su cabeza daba vueltas de pura excitación, con la mano derecha atrajo a Bill hasta que estuvo pegado a su pecho. Pese a su mal humor, Bill se dejó hacer, derretido ante los modos dominantes de Tom, que lo arrastraba como la marea. Bill conocía esa mirada que tenía ahora su hermano, los ojos oscuros, afilados, brillantes de deseo. Tom casi engulló la boca de Bill en un lujurioso beso, mientras sus manos trataban de quitarle la ropa.

No Tom — Bill le tomó las manos y trató de alejarlas de su cuerpo — estate quieto, estas herido.

No me interesa— jadeó, llevando su inquieta y húmeda boca hacia el cuello de Bill, dándole besos profundos y mordidas traviesas que enrojecieron enseguida la delicada piel blanca. Bill estaba ciego de pasión, y hubiera podido dejarse desnudar si no hubieran sido interrumpidos por un llamado desesperado a las puertas cerradas. Tom gruñó. Su erección se esfumó y se dejó caer de nuevo en el sofá. Bill se acomodó a medias la ropa y se lamió la sangre que había manchado sus labios.

Adelante— murmuró Tom, hastiado y no necesitaba mirar hacia la puerta para adivinar quien era.

El médico real entró rápidamente. Había sido alertado, mientras estaba en el pequeño hospital del pueblo, que uno de los príncipes necesitaba atención urgente. Ni siquiera preguntó quien, y temía llegar y encontrar al príncipe William revolviéndose en la cama de su hermano, bañado de sangre y cubierto de heridas. Sin embargo, un extraño sentimiento de calma se extendió por todo su cuerpo al entrar en los aposentos privados de los hijos del rey Jörg, y ver de pie, con su gallardo porte, en perfecto estado y mirada fiera al mas joven de ellos. Hubiera sonreído de alivio, de no haber visto el estado en que se hallaba el mismísimo príncipe Thomas.

Jean— saludó Bill, suspirando de alivio.

Saludos Altezas— dijo, aproximándose de manera profesional para echarle un vistazo al mayor de los príncipes — esta es una herida bastante fea — murmuró, frunciendo el ceño al revisar de cerca, pero sin tocar a Tom.

Pero puedes curarla ¿no?— de repente, la voz de Bill fue temblorosa, lo que dejaba traslucir el intenso pánico que sentía.

Por supuesto— aseguró Jean, mientras se lavaba las manos a conciencia — es un corte limpio, no hay desgarres ni exposición de tejido. ¿ Puedo preguntar cómo pasó?

No, no puedes— gruñó el hermano mayor, qué tenía los ojos cerrados y expresión de fastidio. Jean sonrió, nada sorprendido por la respuesta que recibió.

Ya basta Tom.

Bueno al parecer es un corte hecho por una espada de gran envergadura — dijo Jean, haciendo una leve presión y posteriormente abriendo un poco los pliegues de piel herida. El príncipe siseó de dolor y frunció el ceño, mosqueado ante lo que Jean iba sacando de su maletín. Había frascos llenos de antiséptico, agujas curvas, hilos de sutura y la jeringuilla que recordaba haber visto hundirse en la delicada piel de Bill.

No quiero que me drogues— espetó Tom, haciéndose para atrás. Jean sonrió.

Solo será un poco Alteza, de no hacerlo, el dolor será muy fuerte.

¿Tan fuerte como el de mi hermano?— preguntó, señalando el tórax de Bill envuelto en sedas. Jean sabía perfectamente a lo que Tom se refería — puede que ni me haga efecto, igual que a él.

Jean negó, su semblante estaba serio mientras enroscaba una aguja nueva en el cuerpo de la jeringuilla.

No alteza, en su cuerpo la morfina va a funcionar a la perfección. A vuestro hermano no le hizo efecto alguno puesto que su herida estaba muy infectada y los tejidos estaban muriendo, en este caso — Jean toqueteó de nuevo los bordes de la herida, la carne expuesta protestó, enviando aguijonazos de dolor al cerebro de Tom— los tejidos están vivos, es muy reciente y hay muy poco riesgo de infección.

Vamos Tom, no seas obstinado — rogó Bill, haciendo que Tom cediera solo por no verlo así.

Vale, pero no te vayas a reír si suelto alguna gilipollez.

Hecho.

El príncipe apenas sintió la aguja entrando en su piel, estaba atento a los oscuros y fijos ojos de su hermano, que seguían con atención todos los movimientos del médico. Fue consciente de que Jean lavaba a conciencia la herida, del nuevo río de sangre que escurrió por su brazo, pero gracias a la morfina, aquello no le dolía prácticamente nada. Se sentía extrañamente liviano.

¿Va a quedarle alguna marca?— preguntó Bill, consternado.

Apenas, no quedará ni de cerca como las vuestras, Alteza.

Pero la piel de Tom es tan perfecta — se lamentó — la conozco muy bien…

Al escucharlo el médico levantó una ceja e hizo una mueca un tanto socarrona. Desde que llegó había notado que Bill tenía manchas rojizas en el cuello, sin embargo, no dijo nada. Tom suspiró ruidosamente, mirando el techo, y Bill optó por cerrar el pico.

Después de tres cuartos de hora y veinte puntos escondidos a la perfección, la aparatosa herida se convirtió en una limpia línea rojiza.

Me temo que no podrá usar el brazo izquierdo por un par de semanas, Alteza, en especial, en duelos de espada o tiro con arco — Jean comenzó a fijar el brazo de Tom a su pecho mientras el príncipe mandaba mentalmente al infierno a aquel medico tan intuitivo.

¿Por cuanto tiempo debe estar inmóvil?— protestó el príncipe, sintiéndose extraño. No le gustaba la sensación de sentirte apretujado.

Por tres días si es demasiada la incomodidad, solo es para que comience a cicatrizar la piel, después podrá usar el brazo pero poco a poco, sin cargar nada, sin hacer esfuerzos ni movimientos bruscos, o algún punto podría soltarse — Jean terminó el vendaje asegurándose de su firmeza, y después recorrió con sus dedos las costillas de Tom, sobre su costado izquierdo. Una gran área morada se dibujaba en la tensa y lustrosa piel — estos golpes de aquí… — palpó mas a conciencia — no, no hay nada roto — murmuró, mientras Bill le dirigía a Tom una mirada fulminante — solo dolerán por algunos días, de cualquier forma mañana vendré a verlo, y analizaremos el dolor — luego el medico se enderezó — por favor Alteza, nada de movimientos bruscos, y nada de peleas.

No te preocupes Jean — Bill estaba de pie frente a su hermano, tenía los brazos cruzados y una ceja alzada — yo veré que Tom esté bien y no haga locuras.

Estoy seguro de ello Alteza— respondió el médico, sonriéndole al menor de los príncipes con simpatía — en una semana vendré a quitarle los puntos.

Ya ándate Jean — Tom estaba de malas, la morfina lo hacía sentir como si estuviera borracho, y le había soltado la lengua, sus palabras se arrastraban — que quiero estar solo con mi hermanito.

Hasta pronto Altezas — el médico se despidió sin parecer afectado.

Espera — lo detuvo — ve a revisar a ese estúpido bastardo guardia del Duquesito de Montpensier, con suerte y logré sacarle el corazón del pecho, si no es así, pues lo curas.

Al escucharlo, Bill puso los ojos en blanco y le indicó al medico en donde podía encontrar al guardaespaldas del duque. Luego de asentir, el médico se retiró.

Tom — Bill regresó al centro de la habitación, donde Tom descansaba apoyado en un montón de almohadas, con el pecho desnudo, envuelto el brazo izquierdo en vendas blancas y apretadas — juro que a veces no te entiendo.

Lo sé.

El mayor de los príncipes soltó una risita, volvió el rostro hacia la terraza abierta y en un minuto, sus ojos se cerraron a causa de la morfina. Bill sabía bien que la siesta de Tom sería muy larga. Se sentó a su lado, contemplándolo largamente. Le gustaba el rostro dormido de su hermano, le gustaba la calma que irradiaba al estar con los ojos cerrados. Sonrió, pasando los dedos sobre la zona recién curada, sintiendo el intenso retumbar del corazón por debajo de su palma. Dejó un beso suave en sus labios, y salió, ordenando a los guardias cuidar de su hermano y mandar por él si acaso se despertaba.

Necesitaba despejarse, y pensar en lo que había sucedido. Lo comenzaba a dimensionar en realidad, y si el guardaespaldas de Billam hubiera lanzado la estocada mas arriba, en aquellos momentos Tom estaría muerto. Se estremeció de pánico y de rabia. Estaba casi decidido a ir con su padre y contarle lo sucedido. Sabía lo que pasaría si lo hiciera, en ese mismo momento, el Rey ordenaría arrestar a Theo y probablemente sería condenado a muerte luego de ser largamente torturado, pero Tom algo escondía, lo conocía bien, de modo que luego de pensarlo a solas, apoyado en la balaustrada de la terraza del salón blanco, decidió que le daría tiempo a su hermano, y trataría de averiguar el motivo de aquel estúpido pleito. Y después, el tal Theo, efectivamente moriría.

La fresca brisa vespertina le había serenado un poco el espíritu. El crepúsculo comenzaba a aproximarse, y vio como las antorchas que decoraban el jardín del lado norte eran encendidas una a una por los sirvientes. Pero no fue aquello lo que llamo su atención. En el perfectamente recortado laberinto que destellaba con los últimos rayos de sol de aquel día, estaba la princesa Ambrosía, sola. Bill se turbó, y Marcus, que estaba en invisible y silenciosa vigía, lo notó.

¿Sucede algo Alteza?— cuestionó.

No en realidad, es solo que me parece extraño que la princesa de Mónaco esté en el jardín, sola.

El guardia se acercó un poco, mirando lo que su soberano le platicaba, y en efecto, no había nadie que estuviera haciéndole compañía a la delicada princesa de rubios cabellos, quien embelesada contemplaba las exóticas flores de Calabria, en donde aún revoloteaban las mariposas a pesar de la hora.

De modo resuelto, Bill salió por las escaleras de piedra de la terraza, y sonrió, notando cuanto placer estaba comenzando a sentir al ver la sutil delicadeza que emanaba de su pequeña benefactora. Llevaba encima un vaporoso vestido de gasa color rosa pálido, con los hombros caídos, mangas bombachas y escote discreto que bien dejaba al descubierto la tierna y suave forma de sus pechos. No llevaba ningún adorno en el suave cabello rubio que le despeinaba el viento, sin embargo su vestido estaba festonado de pequeños diamantes que flameaban a la luz del sol. Ella aún no lo había notado, pero cuando Bill llegó e hizo una profunda y galante reverencia ante ella, la princesa dio un pequeño brinco y sus ojos se agrandaron con sorpresa, no con alegría, y el príncipe lo notó.

Lamento haberle asustado, princesa — se disculpó él.

No me asusté — respondió, permaneciendo muy seria, incluso el transparente color de sus ojos parecía haberse cristalizado, sin embargo, su pecho subía y bajaba, agitado por la respiración.

¿Puedo preguntar porque te encuentras sola?— un leve destello de irritación le hizo fruncir el ceño, pero ella entornó los ojos en un gesto de travesura, haciendo que inevitablemente, el príncipe sonriera.

Me he escapado de Gustav — al decir eso, suspiró — probablemente se enoje mucho por esto, pero en realidad deseaba estar sola porque… — ella vaciló y él esperó paciente, animándola a seguir al guardar silencio — no es lo mismo…

Bill lo comprendió enseguida y su semblante se tornó preocupado.

Lamento en verdad ya no poder cuidar de ti como antes.

Ella parpadeó y se giró, comenzando a caminar de modo lento por entre los pisos empedrados del laberinto. El príncipe la siguió casi en el acto, caminando junto a ella, exactamente igual que antes.

No es algo para lamentarse, es solo que me había acostumbrado mucho a tu presencia, Gustav es muy buen guardián, pero se mantiene distante, y no alcanza a comprenderme del todo, pero no lo lamento en absoluto, porque ahora, se que estás donde debes estar y eso me tranquiliza.

Bill estaba admirando y gratamente impresionado por el cambio operado en Ambrosía. Aunque siempre le había parecido una chiquilla sensata, no dejaba de ser levemente caprichosa por el modo en el que había sido educada, sin embargo ahora era totalmente diferente, desde el aspecto físico. Era tan solo diez centímetros mas baja que el, lo que la ponía en clara ventaja de estar a su altura, y ahora, con casi veinte años, su cuerpo estaba armoniosamente conformado por sutiles y suaves curvas que lograban distraer al príncipe a ratos, no por el deseo, sino por la sorpresa. Internamente también había cambiado. Se expresaba de manera suave pero determinante, hablaba lo justo, sus palabras eran sensatas, su voz apenas el arrullo de una paloma y sus ojos rezumaban bondad. Aquellas cualidades la convertían en un verdadero placer para quien tuviera la fortuna de disfrutar de su compañía.

Nunca olvidaré, que gracias ti estoy en mi hogar.

Y es lo que mas gusto me da — ella se detuvo y lo encaró. El azul de sus ojos estaba agitado — y permite que me disculpe por la lamentable ofensa que mi hermano lanzó en contra tuya Bill, no encuentro palabras para disculpar semejante…

Oh vamos — el príncipe colocó un dedo sobre sus labios, chistándole suavemente — si alguien debe disculparse no has de ser tu.

Aún así— respondió ella, quitando la mano del príncipe de su boca, pero sin llegar a soltarlo, no quería soltarlo jamás. El toque le incendiaba la piel, y lentamente subió la otra mano, mientras sus ojos se mostraban interrogantes — ¿puedo?— cuestionó, y cuando el príncipe asintió con deliberada lentitud, ella acarició de manera muy suave las cicatrices que Bill lucía en el pómulo izquierdo, y con el mismo tiento fue siguiendo la casi invisible línea blanca que se perdía entre el cabello de las sienes. A pesar de aquellas marcas, el príncipe continuaba siendo extremadamente apuesto. Ella estaba extasiada. Poder volver a tocar a su gran amor la sumía un un estado rebosante de felicidad. Bill cerró los ojos ante aquel toque, e involuntariamente inclinó la cabeza hacia la mano de Ambrosía, que ahora reseguía los suaves y perfumados cabellos negros peinados hacia atrás — tenía miedo Bill— dijo ella, de manera temblorosa, los ojos húmedos, la misma confianza de antaño, cuando eran solo ellos dos — no sabía si te encontraría bien, si estarías entero, si serías el mismo de siempre…

Soy el mismo de siempre— murmuró el, suspirando, aún con los ojos cerrados. Sabía que sería peligrosamente fácil llegar a amar a esa muchacha que era mas bella que un ángel, tan dulce, tan suave. Sin duda podría acostumbrarse a su ternura, a sus atenciones; podría amar su cuerpo y su alma. Se sentía arrastrado por el brillo intenso de sus ojos y por el aroma suave que despedía su cuerpo, pero su alma y su corazón le pertenecían a otra persona, y supo que por más fácil que fuera amar a Ambrosía, no podría hacerlo, pues toda su existencia le pertenecía a Tom. Abrió los ojos, topándose con la mirada celeste de la princesa, alerta y brillante, llena de emoción.

Flashback

El gusto por los paseos solitarios no había mermado en la princesa Ambrosía, incluso en Calabria se daba tiempo para pasear, además de que esos paseos le resultaban emocionantes, pues había muchos rincones que explorar, y en medio de su tranquila ronda, la princesa había llegado hasta las cocinas del palacio, lugar en donde todo aquel que se topaba le sonreía y la reverenciaba. Ella no se detuvo, siguió andando, observando todo, percibiendo aromas, grabando en su memoria cada rostro, cada detalle, pensando que quizás le serviría aquella información si con mucha suerte lograba convertirse en la esposa del príncipe William.

Al dejar las cocinas atrás, salió a un enorme patio empedrado, de muros húmedos decorados con musgo, y donde al fondo un grupo de doncellas lavaban ollas y cacerolas mientras compartían un intenso chismorreo. Ninguna se fijó en la princesa recién aparecida gracias a varios muros de soporte tras los cuales Ambrosía se escondió para escuchar atenta. No lo habría hecho de no haber escuchado su nombre siendo pronunciado por aquellas muchachas.

Les juro que apenas si puedo concentrarme con él presente— decía una.

Al menos tienes suerte, yo no he podido atender mucho al príncipe William— cacareaba otra con evidente molestia — es tan guapo que me congelo si lo veo.

Ya te digo — una tercera, que tenía los brazos y la cabeza metidos en una olla gigantesca hablaba creando ecos — es una lástima que no sea como su hermano.

Todas sabemos que tu eres una mujerzuela barata Loreta— se burló una cuarta, haciendo saltar a Ambrosía, sin embargo todas estallaron en carcajadas

Yo tuve la suerte de compartir el lecho del príncipe Thomas en dos ocasiones, — se vanagloriaba la tal Loreta — claro que hace muchos años, ahora no parece estar interesado en nadie mas que en su hermano.

Eso es raro— añadió la primera que habló — yo apenas si soporto a mi hermano por cinco minutos.

Pero ellos son hermanos idénticos. Debe ser diferente, y apenas si se están conociendo. Aunque no se si me gustaría tener otra yo.

Y todas volvieron a estallar en estrepitosas carcajadas.

¿Qué creen que vaya a suceder ahora? hay muchas visitas en el palacio…

Pues yo espero que el príncipe William se case con la princesa Ambrosía, ella es tan linda, y tendría toda la suerte del mundo, mataría por estar en sus zapatos.

Al escuchar aquello, las mejillas de Ambrosía se encendieron de puro bochorno.

Pues si hay que escoger, que sea ella, porque la otra princesa, la pelirroja, es algo que nadie quisiera que sucediera aquí.

Uggh si — el gesto de desagrado que escuchó la princesa la hizo sonreír — es muy grosera y alzada.

Es normal, es una princesa eh…

La princesa de Mónaco no es así.

Lo que pasa es que nos hemos acostumbrado a la forma de ser de nuestros amos, yo no olvido como cambió todo con la llegada del príncipe William, el es una bendición.

No entiendo— murmuró una doncella jovencísima, que no pasaba los quince años.

Es que tu eres nueva Galia, pero antes las cosas eran distintas— ahora las voces se volvieron susurros cuidadosos. Ambrosía tuvo que agudizar el oído — antes, tanto los reyes como el príncipe Thomas eran verdaderos ogros, groseros, gruñones, déspotas. La reina siempre estaba triste, nada interesada en nada, y el rey y el príncipe Tom se la vivían peleando y discutiendo por todo.

Fue en la época en que todos sabíamos que la princesa Ambrosía y el príncipe Tom iban a casarse, y luego sucedió lo que ya todas sabemos…

Y alguna vez han llegado a pensar que el príncipe William sea realmente… ¿que?

¿De verdad vas a ponerte a dudar?— retó la doncella que tenía mas edad — debes estar verdaderamente miope para no notar que ambos príncipes son tan idénticos como dos gotas de agua, y aunque el príncipe William no fuera hijo de los reyes, con la paz y la abundancia que ha traído su presencia al reino ya tenemos todos para estar agradecidos. Mis padres estaban enfermos, creí que los perdería, todo lo que podíamos ganar se iba en los impuestos, ahora mis padres están atendidos en sus enfermedades, y la mitad de lo que cosechan vienen a ofrendarlo a los pies del príncipe que les cambió la vida. Jamás vuelvas a dudar de el, Eudora.

Y la interpelada decidió cerrar la boca.

Ambrosía estaba estupefacta al enterarse de todo cuanto escuchaba.

Si, tienes razón— dijo Eudora — y de verdad espero que se case con la princesa Ambrosía y no lo obliguen a casarse con la princesa Felitza, ella no me agrada.

Quizá se me aparezca un hada madrina y me haga una princesa también, les juro que pelearía por el con uñas y dientes — comentó otra mirando con ensoñación hacia la nada — ser una princesa, que te atiendan, no tener que hacer nada, vestir hermosos vestidos ¡casarse con un príncipe!

Si querida, sigue soñando— se burló otra doncella y todas volvieron a estallar en carcajadas.

Los ojos de la princesa Ambrosía estaban arrasados de lágrimas, y la indignación hacía ondular su pecho. Decidida, se plantó delante del grupo de doncellas, que de la impresión dejaron caer la loza que lavaban, creando un gran estrépito.

¡No saben la suerte que tienen al no ser unas estúpidas princesas! — les gritó, para luego darse la vuelta y alejarse corriendo, pensando en lo injusta que era la vida.

Fin flashback.

Ambrosía no podía pensar en nada más que en su mano envuelta por la frescura de la melena del príncipe, por más que se había jurado a sí misma el no demostrar lo que sentía ante Bill, sus emociones la traicionaban. El era perfecto, seguía siendo el mismo joven gallardo, sensible y educado del que ella se había enamorado, aun cuando lo conociera vestido con harapos. Y ahora era un príncipe. Nada impedía su amor. ¿o si? Anhelaba entregarse a él, lo amaba como jamás pensó que se podría llegar a amar a alguien, pero al recordar al príncipe Thomas, quien era el que se interponía delante de sus deseos, hizo que su alma volviera a sentirse devastada.

Lo sé, puedo sentirlo — añadió, colocando las manos en la espalda. De repente se sentía avergonzada, y el príncipe no ayudaba a que su mente fuera despejada, su aroma fresco y varonil la envolvía y le impedía pensar con claridad. Vistos desde lejos, parecían una joven pareja de enamorados — ¿Bill, porque no volviste a escribirme?

El rostro del príncipe se turbó un poco.

Lamento mucho no haber podido escribirte princesa, lo lamento en verdad — sus palabras eran bajas y sinceras — después de… lo que sucedió, todo fue vertiginosamente rápido, y aun sigo aprendiendo de todo esto, que no son mas que superfluosidades para mí, pero a las que debo respeto; es demasiado lo que debo hacer durante el día, que no me queda tiempo — añadió suspirando — se que suena como una excusa, pero no es mas que la verdad.

¡Alteza! — ambos voltearon ante tal grito, solo para ver a Gustav aproximándose con rapidez — al fin la encuentro— dijo jadeante, reverenciando a ambos nobles.

Recupera el aliento querido amigo— dijo Bill serenamente, inclinándose con respeto hacia el que fuera uno de sus mejores amigos — la princesa esta a salvo, se encontraba muy amablemente haciéndome compañía.

¡Cuanto gusto me da volver a verte Bill! — Gustav estaba emocionado, pero entonces recordó quien era ahora su amigo — lo lamento, príncipe William.

Oh vamos— Bill ahogó una carcajada y le soltó un puñetazo amistoso a Gustav en el hombro, sintiéndose exactamente igual que cuando él y Gustav tomaban cerveza en la taberna del pueblo — puedes llamarme como tu desees, Bill esta bien, sigo siendo el mismo de siempre.

Gustav entonces rió con el, satisfecho al ver que nada había cambiado a su amigo, ni su posición, ni su rango, ni la horrible tortura que había tenido que soportar. Bill seguía siendo el mismo de siempre y eso valía la pena de todo lo demás.

Los tres se alejaron de los jardines, caminando lento y charlando animadamente. A ninguno se le ocurrió levantar la mirada, donde el príncipe Thomas los observaba desde la terraza de su habitación. Había observado todo con el rostro serio, la mano derecha vuelta puño sobre el hombro herido que le punzaba con cada agónico latido de su corazón.

Ante sus ojos, aunque se lo estuviera negando frenéticamente, su hermano y la princesa de Mónaco lucían muy bien juntos. El dolor era grande para él al darse cuenta de lo evidente, de lo inútil que iba a ser luchar contra lo que estaba por suceder, y el único obstáculo era él.

Al lado de Tom, en silencio, estaba el príncipe Andreas, que al enterarse que Tom había resultado herido había prácticamente volado para saber cómo se encontraba, sacando así al príncipe de su narcótica siesta.

Ahora ambos estaban en la terraza. Andreas vestido exquisitamente con un traje a medida en color escarlata, el platinado cabello cayendo por la espalda y la capa anudada al cuello. Tom solo con el pantalón de lino puesto, y una bata de seda negra con filigranas de hilo de oro, por encima de los hombros, cubriendo parcialmente los apretados vendajes.

Se ven muy bien juntos — murmuró el príncipe de Calabria con voz lúgubre, los ojos apagados, siguiendo cada paso que daba su hermano.

Eh… Tom ¿Te encuentras bien? — Andreas miraba en silencio a su amigo, que parecía estar a punto de gritar, de vomitar o de destrozar algo…

No, no me encuentro nada bien — murmuró, con los ojos aun fijos en la gallarda figura de Bill, que se alejaba —sufro un dolor terrible porque el idiota guardaespaldas de Billam me hirió con su ridícula y sospechosa espada, arrebatándome la honra, y porque mi propio hermano gemelo me ha abandonado para estar con esa estúpida mocosa.

Lo siento Tom— respondió Andreas en tono bajo, sin saber con certeza porque necesitaba expresar condolencias, condolencias que fueron recibidas por su amigo.

Gracias — respondió muy bajito al pasar junto a él caminando lento, con la mirada perdida hasta perderse en las penumbras de su habitación.

Continúa…

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!