Fic TWC de Shugaresugaru. Temporada II

Capítulo 19: Pájaro de oro

El barullo cantarín de los mirlos de Calabria era el único sonido que acompañaba los pasos del príncipe Thomas, que, habiendo madrugado, se fue directo a los aposentos destinados a aquella sabandija que se hacía nombrar guardia del Duque de Montpensier. Su atuendo aquel día combinaba con sus sentimientos; terciopelo negro, filigranas en plata y una corona sencilla eran mas que suficiente para poder andar sin ser molestado por nadie.

Había dejado a su hermano aún dormido y fuertemente vigilado en sus habitaciones, valiéndose de su cansancio. Se había asegurado de eso, haciéndole el amor gran parte de la noche anterior, de una forma intensa, algo ruda y desesperada. Sintió un poco de pena por él, le había dejado el pecho y la espalda llenos de mordiscos y rasguños, y por mucho que Bill se trataba de zafar y escurrir, argumentando la herida de espada que Tom tenía en el hombro, el príncipe mayor no le dio tregua alguna mientras los celos y la culpa estremecían los limites de su cordura.

El único gendarme que hacía guardia en el pasillo aun en penumbras, se sobresaltó terriblemente al ver aparecer de la nada la silueta oscura del príncipe, y luego de tocar tres veces y escuchar un escueto «adelante» abrió las puertas a su soberano. El heraldo lo anunció de manera sencilla y Tom se adentró en una habitación en penumbras, con el ambiente húmedo y cargado.

Buscó con la mirada a su adversario, encontrándolo tendido en diagonal sobre la cama perfectamente hecha, ya vestido de traje negro de corte sencillo, con la elegante levita abierta sobre la camisa blanca y en actitud aparentemente relajada, pero aun en la penumbra, sus ojos grises brillaban peligrosamente, como dos trozos de plata pulida, atentos, desconfiados al extremo, fijos en la silueta del príncipe.

—Vaya, esperaba que te hubieras desangrado durante la noche— le soltó apenas al verlo, cruzándose de brazos lentamente, ya que el dolor y los vendajes lo volvían lento de movimientos.

—Me temo que no tiene tanta suerte, Alteza, vuestro médico no es tan charlatán como parece e hizo un excelente trabajo — repuso, con cinismo, bajando la plomiza mirada hacia su pecho, que se apreciaba un poco abultado a causa del vendaje — ¿a qué debo el honor de vuestra visita?

Tom sonrió sin alegría, mostrando a medias sus afilados colmillos.

—Soy un anfitrión impredecible, un día puedo tratar de separar la cabeza de tu cuerpo, y al día siguiente mandar a mi médico a que te atienda, porque te atendieron bien ¿no? Mejor que en toda tu miserable y apestosa vida, de eso estoy muy seguro.

Theo respondió con un encogimiento de hombros que no prometía nada.

—Supongo que todas esas atenciones se deben a que le urge callar mi boca —soltó de forma cínica ante un impertérrito Tom que lo evaluaba fríamente — Pero, por si aún no se ha percatado, no me caracteriza hablar por hablar.

—Callar tu boca — sopló el príncipe con burla acercándose a la mesa que tenía, como cada habitación del palacio, un bello jarrón de porcelana fabricada a mano, lleno de esponjosos botones de rosas aun salpicadas de rocío — hago que te atiendan si así se me da la gana, al igual que sigues vivo por esa misma razón, ya que puedo ordenar que por la noche te claven un puñal en el corazón y mira, no lo he ordenado. Sigues respirando a capricho mío, y solo porque no me gusta matar a traición, aunque tú sí te lo merezcas.

—Por supuesto, ordenar algo así solo un cobarde lo haría y sé que usted no lo es, y yo tampoco lo soy, se lo confirmo por si se atrevía a ponerlo en duda — respondió aquel sujeto sin temor alguno en la voz. Se levantó lentamente, como si algo le doliera, pero sus ojos jamás se apartaron de la silueta envuelta en penumbras que lo retaba con la mirada —. Y espero que ya se haya dado cuenta que no soy un estúpido — añadió ya de pie y en una pose de franca hostilidad —. No somos tan diferentes como lo parece…

Tom suspiró apenas, llevando su mano enjoyada a la empuñadura de su espada, acariciándola, sintiendo su peso y su poder, pero decidido a no usarla de momento. Todos sus instintos le decían que saltara sobre aquella alimaña y le cortara la garganta de lado a lado, pero consiguió reprimirse bien.

—Iguales no somos — se mofó el soberbio príncipe un segundo después, inclinando la cabeza hacia un lado, de forma evaluativa — tu eres una basura de la calle, y yo soy un príncipe heredero, pero obviando eso, puedo concederte el hecho de que nos mataremos de frente, y no a traición por la espalda, ya que has demostrado tener las suficientes agallas como para enfrentarte a mí.

—Hable claro y sin tapujos, tampoco tengo el tiempo suficiente para escucharlo.

—No puedes hablar de tiempo mientras estés en mi reino, y si he venido, es para despejarte una duda, una que sé, debe estarte comiendo por dentro. Y es simple y sencillamente por qué sigues vivo.

Un relámpago de desconcierto desenfocó los fanales grises que le miraban sin parpadear.

—Ah, es eso… — dijo al mismo tiempo que movía el cuerpo sobre su eje, al parecer, para liberarse de cierta sensación de agarrotamiento — ¡Qué honor es que la vida de un miserable sea perdonada por su alteza! — añadió con un tono verdaderamente mordaz —. Y si sigo vivo es por consideraciones a su pequeño hermano gemelo, ¿o me equivoco? —dijo sonriendo con perversidad, haciendo que a Tom se le inundara la garganta de rabia — Lo que se ve, no se juzga en este lugar…

Aquello era demasiado. Los ojos de Tom flamearon por el coraje y su mandíbula crujió. No soportaba en absoluto que aquel bastardo infeliz hablara de su hermano, ni siquiera que pensara en él. Su puño se cerró, casi decidido, en la empuñadura de la espada, movimiento que no pasó desapercibido a los ojos que le miraban atentamente.

—Si impedí que ayer murieras como un perro sarnoso es solo porque no quiero que mi hermano te cargue en su conciencia por el resto de sus días — escupió, con el coraje burbujeando en su voz.

Y ante aquellas palabras, su oponente sonrió como solo el demonio podría hacerlo.

—Su hermano pequeño parece tan diferente, no como su alteza…pero vamos, no puede cuidarlo todo el tiempo, ya no es un niño— razonó, poniéndose sin notarlo en peligro inminente. El príncipe entrecerró los ojos, lanzándole una mirada de odio mortal —Un niño no podría dejarse manosear por su hermano mayor…

El esfuerzo que hizo el príncipe por no degollarlo ahí mismo, fue titánico. Empero las fuerzas y la determinación por comportarse como un caballero le estaban fallando. Los deseos asesinos estaban infectando cada gota de su sangre y no se sentía nada estable ya.

—Al menos, eso ya no es un secreto para mí… — añadió como si nada. Pero Tom jamás admitiría eso. Permaneció callado, atento, pensando, preguntándose como demonios es que lo dejaba hablar así. Ansiaba degollarlo de un solo tajo, pero maldita sea, el hombro desgarrado le dolía bastante y su equilibrio estaba algo comprometido al tener el brazo fijo al pecho, eso sin contar el molesto dolor que sentía en las costillas. Definitivamente aún no estaba en condiciones de retomar la pelea que tenían pendiente.

—No tienes idea alguna de lo que hablas, y eso mismo puede llevarte a la ruina. Y no te confundas, puedo matarte con una mano mientras me hago una paja con la otra, pero sería muy aburrido para mí. Mira a tu alrededor, son mis órdenes las que se obedecen aquí, y ni siquiera todo el tiempo… son los deseos de mi hermano los que se vuelven sagrados, de modo que, si vuelves a mencionarlo en ese tonito canalla que te caracteriza, te cortaré la lengua para después meterla por tu garganta hasta que te ahogues con ella.

—Si me ha perdonado la vida por esa u otras razones más, eso me tiene sin cuidado — rezongó vulgarmente, para luego pasearse frente a Tom con fingida indiferencia. El príncipe observó como aquel miserable tomaba una exótica frambuesa tan roja como la sangre del platón de dulces que tenía enfrente y supo, por su expresión, que jamás las había probado, y que quizá, no las volvería a probar una vez que acabara con su deshonrosa existencia — Lo que verdaderamente importa es qué sucederá — cuestionó, mirando luego al príncipe con burla y cierta chispa de curiosidad escondida en las pupilas. Parecía arisco y receloso, y Tom adivinó también, preocupación.

—¿ Lo que sucederá? — el príncipe sonrió entonces con la más pura maldad, decidiendo sondear a aquel canalla utilizando lo que había descubierto gracias a sus cuidadas observaciones — lo que sucederá es que mi amado hermanito se ha encaprichado con el Duque de Montpensier, por lo que puedo asegurar que su estadía aquí será muy larga… — y mirando hacia la ventana de forma muy elocuente añadió — porque, por si no lo has notado, cada persona en todo Calabria vive solo para complacer a mi hermano.

Y sonrió al ver, por vez primera, alarma en aquellos ojos hundidos en la maldad. Definitivamente al tal Theo no le complacía en nada la noticia, y eso hizo que Tom se aferrase a ella con la tenacidad de una garrapata.

—Y usted es quien le complace más… — masculló, claramente irritado y fastidiado. — Y no es así —añadió, cada vez de más mal humor, hecho que divertía a Tom — no es posible quedarse más tiempo aquí, me temo que los caprichos de su amado hermanito no podrán satisfacerse en esta ocasión.

—Al parecer eres lento de entendimiento — resopló Tom, poniendo los ojos en blanco, soportar a aquel gusano inmundo le suponía una fiera batalla interna para buscar la paciencia que no tenía — lo que mi hermano quiere, lo obtiene, de una u otra forma es así, y de momento quiere pasar tiempo con el joven e inocente Billam, y de paso he de mencionar, que mi plan es entregar a ese chico directo en manos de su hermano, el Rey Valdric ¿si lo conoces no? he oído decir que tiene a mucha gente aun buscando a su hermanito, y cuando esté aquí, te juro que lo primero que preguntaré es como demonios aceptó que un rufián como tú cuide de su único hermano.

Theo puso los ojos en blanco, a medias fastidiado, a medias enfadado, haciendo que el príncipe disfrutase al máximo de su desazón.

—No por nada estoy aquí, usted mismo sabe de qué soy capaz y de mi habilidad para protegerme, no le temo a nada ni nadie, soy la persona indicada para el cuidado incluso del mismísimo Rey Valdric, así que estaría perdiendo el tiempo preguntando algo tan estúpido como eso.

Tom asintió, sin inmutarse en absoluto. Una sonrisita cortante como el filo de una navaja le alzó un poco las comisuras, mientras fingía desinterés al mirar a su alrededor, donde la chimenea dejaba escapar sus últimas agónicas exhalaciones, al mismo tiempo que el alba comenzaba a iluminar a través de los ventanales.

—Vamos, eso ni siquiera tú te lo crees — repuso burlonamente — pero saldremos de dudas más temprano que tarde, y por otro lado también ansío saber qué opina cuando sepa que el muy capacitado guardián de su hermano, se cuela en su habitación en plena madrugada — entonces el príncipe sufrió un cambio dramático en su aparentemente sereno semblante. La punta afilada de la espada terminó presionando los vendajes del pecho de aquel sujeto, cuyos ojos por poco se salieron de las cuencas debido a la impresión. El príncipe se moría de ganas de atravesarle el corazón de lado a lado y verlo desangrarse lentamente, pero no iba a hacerlo mientras su oponente estuviera desarmado, él era un hombre de honor, no un vulgar bandido — si me entero que lo vuelves a hacer, te sacaré las tripas con mis propias manos y me las comeré para el desayuno — gruñó, para luego darle una de sus aterradoras sonrisas llenas del sadismo que creyó haber olvidado — ya que sé que tus intereses con ese chico no son nada profesionales, he visto cómo se te escurre la baba al verlo, y en cómo te jode el hecho de que no puedas estar cerca de él porque a mí no se me da la gana, y por mera diversión mía, he ordenado que encadenen ese apestoso barco que tripulan y les impidan el paso, así que no intentes irte de Calabria, te aseguro que no lo conseguirás.

Dicho aquello, la espada volvió a su funda y el príncipe sonrió como si no hubiera estado a punto de asesinar a su adversario. El guardia del Duque se había congelado, estaba estupefacto, y sus ojos despedían chispas de pura rabia. Tom lo gozaba en verdad.

—Ah claro, y también he venido a informarte que esta noche, el pequeño Billam está invitado a una privada, y tranquila cena en compañía de mi hermano y todos los demás herederos chupasangres que están hospedados aquí. Te esperaremos con ansias.

Después de unos momentos, al parecer Theo había asimilado todo y se había serenado lo suficiente como para lanzar una punzante y venenosa respuesta.

—Yo no niego lo visible, se me escurre la baba como a usted, cuando mira a su hermanito — escupió, valiéndose de lo que sospechaba igual que lo haría cualquier canalla —, la diferencia es que mis intereses no son prohibidos y asquerosos como los suyos. — prosiguió con tono triunfal, pose de malo y una sonrisa perversa. Ah, ahí de nuevo estaban los prejuicios que juzgaban un amor el cual jamás nadie comprendería. Aquello le dolió a Tom —. Y veremos cuáles caprichos se cumplen más rápido, si los del príncipe William o los del Duque al que sirvo, porque tenemos orden estricta de irnos dentro de muy poco tiempo, así que me temo que esas cadenas no servirán de nada. Le agradezco el anuncio y la cordial invitación, no faltaré.

Tom sonrió cuando ese insecto disfrazado de noble pasó a su lado para abrir la puerta de la habitación. No era la primera vez que lo echaban de su propio palacio, y como tal, no iba a irse tan pronto. Lucca, su guardia que esperaba fielmente en la puerta, tensó la mano sobre su espada, listo para cualquier orden que pudiera recibir.

—En verdad tu no entiendes nada — el príncipe hervía de rabia, pero no iba a dejar que aquel sujeto lo notara. Nunca se había enfrentado a alguien tan fuerte como él. Suspiró, inflando el pecho y sintiendo una puntada aguda de dolor en las costillas, que según Jean solo estaban algo golpeadas, pero a saber. Estaba satisfecho también. Había logrado confirmar sus sospechas. El tal Theo iba detrás del joven Billam con, al parecer, muy bajas intenciones.

El príncipe se acercó lento a la puerta, procurando marcar bien el paso, las espuelas doradas, a juego con la estilizada corona, tintineaban, hasta que encaró de frente a aquel miserable. Debía dejar las cosas claras, él era un príncipe, su poder se extendía por todo lo largo y ancho de Italia, estaba acostumbrado a salirse con la suya, y aquella no sería la excepción.

—Nada es prohibido, ni asqueroso ni inmoral para mí, no puedes pararte ahí y juzgar mi relación con mi hermano gemelo a la ligera, es algo que ni muriéndote veinte veces podrías llegar a entender, en cambio lo que pretendes con Billam si es una cosa verdaderamente repulsiva y asquerosa. Ese chico está muy por encima de ti, no puedes ir por ahí intentando tontear con él, no te engañes a ti mismo, jamás estarás a su altura, y no lo digo porque él sea un miembro de la realeza y tu no, sino porque la bondad, la inocencia y la clase, le brotan por cada poro, mientras que tú… vamos, ni las ratas se atreverían a comerse tu cadáver — dicho aquello volvió a sonreír aunque se sentía físicamente ya mal, la ira y los deseos de matar le estaban provocando una molesta jaqueca — no podrán irse hasta que Valdric esté aquí, así que tu orden estricta se va a ir mucho la mierda, si me entero que intentas huir, ordenaré que le hagan un enorme agujero a tu amado barco y procuraré que veas como es que se hunde en mitad de la bahía.

Y disfrutó ver como la mandíbula de aquel sujeto se tensaba a causa de la más pura rabia.

No se quedó a esperar ninguna respuesta, ni dijo adiós, ni hizo una inclinación de cabeza, ese sujeto no se merecía nada más que una muerte lenta y dolorosa. Le dirigió una mirada de helado desdén al pasar a su lado.

Maldijo por lo bajo durante todo el camino de regreso a sus aposentos. Lucca y su escriba casi corrían detrás de él, temerosos del aura de rabia que lo rodeaba.

Necesitaba tranquilizarse, no podía ir con Bill estando así, eso pondría en guardia a su hermano y no lo dejaría tranquilo hasta averiguar qué era lo que le sucedía y Bill no tenía por qué enterarse de que ese cerdo despreciable conocía y se estaba aprovechando del más sagrado de sus secretos.

Anhelaba ir a montar, sentir el viento en el rostro y las potentes zancadas de Aquiles bajo sus muslos, pero no estaba en condiciones. El brazo apretado contra el cuerpo le molestaba de veras. Se sentía apabullado, su mente estaba absorbiendo demasiado, y los pensamientos golpeteaban contra las sienes, causándole un verdadero martirio. A donde quiera que mirase había problemas.

Aquel sujeto era un dolor directo en los huevos, nunca mejor dicho. Además, el hecho de rodear al Duque de guardias le extenuaba, los cuales por cierto eran unos completos imbéciles para él, pues ni siquiera eran capaces de hacer bien su trabajo, e incluso sopesó seriamente la posibilidad de ordenar que Omaggio, el poderoso galeón de Calabria, disparase un cañonazo a la negra fragata que estaba atada y custodiada a su lado, pero decidió no hacerlo. Seguramente su hermanito se pondría más furioso que el infierno si se enteraba que le había roto el barco a Billam, y todo aquello no eran ni la mitad de sus problemas.

También estaba el estúpido insolente de Adam. Ya no había vuelto a abrir la jodida bocaza para dirigirse a Bill, pero Tom estaba lejos de perdonarle lo que había dicho a su llegada. Solo necesitaba encontrar la oportunidad perfecta para hacerlo pagar.

Y, por otro lado, estaba el más doloroso de sus tormentos. La boba princesa Ambrosía, que estaba más que entusiasmada con Bill, y su hermano, tan ingenuo y débil ante ella que a Tom se le disolvían las tripas dentro del cuerpo a causa del coraje.

La jaqueca del príncipe alcanzó proporciones épicas. Sufrió un mareo y en su estómago despuntaron las náuseas. Se detuvo ante uno de los ventanales del pasillo que llevaban a la torre norte, y apoyó la mano derecha sobre el marco de madera; sus ojos se cerraron, dándole algo de alivio. Su respiración se volvió un jadeo ahogado.

—Alteza — la voz de Lucca, que se revolvía inquieto detrás de él, destilaba preocupación — ¿se encuentra bien?

Tom lo miró fugazmente antes de volver la vista hacia el jardín.

—No lo sé— respondió con sinceridad, deseando que su mente pudiera apagarse al menos por un rato.

—¿Desea que mandemos por el príncipe William?

Tom sopesó la posibilidad, pero tras unos segundos, negó ligeramente, la vista clavada en el jardín. Apenas si eran las siete de la mañana, Bill tendría que seguir durmiendo.

—No, dejad a mi hermano en paz— demandó, antes de retomar su camino hacia los jardines, quizá respirar algo de aire fresco y frío le ayudase un poco.

En el jardín aledaño al campo de tiro, la actividad era incesante. Tom estaba de pie, completamente inmóvil en un pasillo de cantera negra bordeado por setos llenos de flores de colores. La fría brisa matutina se había llevado las náuseas, empero la jaqueca no le daba tregua.

Los caballos del reino acababan de ser sacados a trotar cerca de los establos. El clima frío de las mañanas en Calabria obligaba a los sirvientes de los establos a tener listos a los animales, y a proporcionarles un desayuno alto en proteínas para mantenerlos calientes y activos. Tom vio en silencio salir a Aquiles, su amado corcel negro, seguido por el tozudo caballo blanco de Bill que lanzaba una coz tras otra. El príncipe sacudió la cabeza. Aquel animal era indomable, y sintió lástima por el encargado del establo, que debía tratar a esa bestia con sumo respeto por pertenecer a su hermano. Era el único caballo blanco, tan inmaculado, que resplandecía con un brillo extraño. Más y más caballos salieron de los establos un segundo después. Ahí vio al corcel de su padre, al caballo castaño de Andreas, los garañones imperiales que tiraban de los carruajes y otros caballos de variados colores que utilizaban los soldados.

Rio entre dientes al ver al pobre caballerango esquivar las potentes patadas que el caballo blanco lanzaba, pero entonces algo llamó su atención. Del otro lado de la cerca, con el palacio de fondo y acompañada por dos mujeres de mediana edad y sus guardias, la princesa Felitza contemplaba también a los caballos. Estaba extasiada y su mirada era de pura emoción. Sin temor alguno rodeó la cerca y se acercó demasiado al gigantesco Aquiles, que dejaba escapar nubes de vaho al respirar.

Tom ladeó la cabeza, observando el brío y la fortaleza de aquella atrevida muchacha. No demostró temor en absoluto al levantar la mano y tomar la brida de Aquiles, alzando su rostro para lanzarle un beso. El príncipe sonrió y se acercó a ella, haciendo una reverencia. No confiaba en que las capacidades intelectuales de Felitza fueran muy prometedoras, pero quizá le serviría como distracción tener una plática con alguien a quien prácticamente no conocía en absolutamente nada.

—Saludos Alteza ¿no es demasiado temprano para las princesas? — cuestionó un poco en burla, un poco en admiración. Ella lo miró en el acto, pero lejos de demostrar sorpresa o temor, sonrió de vuelta con altivez y coquetería.

—Buenos días príncipe Thomas — respondió, volviendo a levantar la vista hacia el caballo, que, tras reconocer la voz de su amo, rascó el césped con la pata delantera, dándole la bienvenida — no me gusta dormir hasta tarde, me parece que por la mañana es todo más emocionante.

—¿Le parece? — cuestionó el príncipe, mirándola divertido e intrigado.

Un atrevido vestido largo de piel negra se adhería de forma muy favorable al delgado cuerpo de la princesa. Las mangas largas y el cuello de barco le estilizaban aún más el esbelto y blanco cuello a la muchacha, y su cabello de fuego estaba peinado hacia atrás con horquillas negras a juego con su atuendo. No portaba corona, pero incluso a la distancia, se apreciaba su porte señorial y su perfil aristocrático. A ratos, el viendo le peinaba la encendida melena, llevando su aroma almizclado hasta la nariz del fiero príncipe, que trataba de adivinar la combinación de aquel sutil aroma.

—Este caballo es fabuloso— admiró, acariciando el hocico del animal, ahí donde el ronzal de cuero negro decorado barrocamente con detalles en plata se aseguraba a la cabeza.

—Se llama Aquiles— murmuró el príncipe, mirando a su caballo, cuyos inmensos ojos acuosos no lo perdían de vista.

—¿Es de su propiedad? — inquirió ella, entornando sus extraños ojos bicolores al mirar a Tom, sintiéndose emocionada. Tenerlo tan cerca, con ese porte suyo de dignidad distante y su rostro de chico malo, la hacía apreciarlo en todo su esplendor. El mayor de los príncipes gemelos era absolutamente misterioso y apuesto, y no podía negar que le gustaba. Su semblante aquella mañana era incluso mas feroz que el día anterior, mas oscuro y mas burlón, empero mostraba una caballerosidad impresionante para con la delicada princesa.

—En efecto, este es mi caballo— acordó sin tocarlo. — Y su alteza ¿posee algún ejemplar?

La joven princesa levantó una ceja, decidida a provechar cada segundo que tenía en compañía del príncipe Thomas.

—Si claro — murmuró, asintiendo, lanzando una mirada sutil hacia el joven heredero, para volver nuevamente los ojos al caballo tan solo un segundo después  — una yegua francesa de silla… la llamé Noreia de Vix.

—Gran nombre para una gran raza de caballos— reconoció Tom, gratamente impresionado.

—De una antigua princesa celta— añadió. Felitza era caprichosa y berrinchuda, pero su más grande pasión era leer y aprender, y conocía toda la mitología celta de la cual era descendiente.

En ese momento, ambos voltearon hacia donde estaban los demás caballos, y es que el hermoso pura raza andaluz del príncipe William, relinchaba de furia cada pocos segundos, alborotando a los demás animales.

—Ese es Capriccio — añadió Tom — el caballo de mi hermano.

—¿De verdad? — ella pareció desconcertada, su frente de porcelana se arrugó. Tom la miró con atención, mirar a Capriccio. En realidad debía reconocer que Felitza era algo hermoso para admirar, tan aguerrida y confiada como una guerrera celta — a mi parecer, nadie podría domar a ese animal.

Una fría corriente de aire se llevó las palabras que iba a pronunciar el príncipe Thomas y peinó los largos cabellos de Felitza, y cuando cesó, un saludo helado los puso alertas a ambos.

—Buenos días…

Y ambos miraron absortos al príncipe William, de pie un par de pasos detrás de su hermano. Su estampa era magnifica. Vestía de forma espléndida con un traje blanco con hilos de plata creando hermosos diseños de enredaderas de laureles en el chaleco. Su aroma fresco se enroscaba y fundía con el viento. La capa forrada en dorado se agitaba tras él, y los suaves y negros cabellos mojados, peinados hacia atrás revelaban que el príncipe acababa de tomar una ducha. Su corona dorada chisporroteaba arcoíris ambarinos a la luz del sol y el emblema de los príncipes Erpa-ha decoraba orgullosamente su pecho.

Detrás de él, Marcus y Nicco, el par de guardias de mayor confianza de Bill, estaban en silenciosa vigía.

—Saludos príncipe William. Hace un espléndido día — respondió la princesa Felitza, que casi podía ponerse a aplaudir al estar a solas con aquellos príncipes tan apuestos y tan idénticos, aunque el menor de ellos permanecía mortalmente serio, dirigiéndoles a ambos una gélida mirada de conspiración.

—La princesa Felitza admiraba los caballos — agregó Tom, quien podía sentir perfectamente en la punta de la lengua los celos enfermizos que inflamaban el pecho de su hermano.

—Son grandiosos — repuso el menor de los príncipes entre dientes. Sus ojos ahumados se entrecerraron, su piel de marfil resplandecía igual que la seda, algo más encendida en las mejillas a causa de la brisa fría.

Tom volteó su cuerpo para no darle la espalda a su hermano, pero Bill miraba hacia el frente, donde su salvaje caballo seguía haciendo de las suyas.

La silenciosa corriente de información fluía entre los hermanos con la misma fuerza que el violento río que bajaba de la montaña. Bill estaba consumido por los celos y el desdén, pero Tom pensó que su hermano podía aguantarse al menos por un rato. El también estaba molesto, estaba celoso, se sentía herido por el hecho de que Bill había preferido ir con Ambrosía el día anterior en lugar de quedarse a su lado, y lo más jodido de todo, es que ni siquiera podía culparlo por eso. Y Bill ardía de celos y rabia a su vez, al haber despertado a solas, y, por si fuera poco, luego de buscar a Tom, el hecho de hallarlo en compañía de la princesa de Normandía le masacraba las neuronas, aquella muchacha le causaba una tremenda aversión.

El mozo de cuadra encargado de Capriccio parecía estar a punto de llorar. No conseguía controlar al animal que se comportaba aún más salvaje al haber captado la presencia de su dueño.

—Si me disculpáis— murmuró gélidamente el más joven de los príncipes, adelantándose, con su guardia pegada a los talones. Tom se perdió mirándolo, tan embobado como siempre. La espada en el cinturón de Bill resonaba con un metálico tintineo, sobrio y refinado y la capa siendo agitada por el viento lo volvía algo casi irreal, como un ángel de doradas alas a punto de emprender el vuelo, como un pájaro de oro.

La princesa observó atentamente, dudando de forma total, pensando que seguramente el pobre William se iba a llevar una buena patada. Volvió sus enormes ojos hacia Tom, pero notó que el príncipe mayor lucía bastante serio pero nada preocupado por la seguridad de su hermano.

Observó entonces a William saludar de forma cortés y educada tanto al mozo de cuadra como al encargado de las caballerizas, y por poco se fue su boca al piso cuando vio al indómito y rebelde corcel volverse tan sumiso como un perrito faldero cuando el apuesto príncipe le acarició la frente.

—Vaya— musitó, sorprendida y encantada. Tom permanecía imperturbable mientras Bill subía al blanco caballo al que a toda prisa le habían ajustado la silla de montar, hermosamente decorada con detalles de oro.

—El caballo solamente obedece a mi hermano— murmuró el mayor de los gemelos.

William, dueño de una tenebrosa seguridad en sí mismo, erguido gallardamente sobre el caballo, haló un poco la brida, de forma gentil para no dañarle el hocico, dio un par de vueltas sobre su eje y salió disparado un segundo después, deteniéndose en el lindero del campo de tiro, a unos cien metros de las figuras inmóviles de Tom y de la princesa que detestaba con todas sus fuerzas. Entonces volvió su rostro hacia su hermano, entornó los ojos y le lanzó una melancólica mirada cargada de tristeza, de culpa y de aflicción. Aquella era la mirada de un corazón hecho pedazos.

Tom se olvidó casi de respirar. Sentía romperse su interior a causa de la tristeza, sobre todo cuando Bill giró la cabeza, acicateó a su caballo y se perdió entre los árboles, en dirección al mar.

Continúa… 

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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