N/A: Tarde, pero seguro.

Fic TWC de Shugaresugaru. Temporada II

El heredero 20: El amor es un pájaro rebelde

Al caer la tarde, el ambiente en el palacio era de celebración, no obstante, continuaba la tensión entre los príncipes gemelos. Por la mañana, Tom se había aguantado el insufrible dolor de la herida y luego de dejar a la princesa de Normandía en compañía de sus damas y sus guardias, montó con dificultad a Aquiles y fue en busca de su hermano, encontrándolo totalmente solo en Lido Vulcano, más al ver Bill que su hermano batallaba para sostenerse sobre el caballo, había desmontado de un salto para bajarlo a tirones y envolverlo en un apretado abrazo de posesividad. El espíritu del menor de los príncipes estaba terriblemente consternado y Tom se odió a sí mismo por eso, porque Bill no debería sufrir de esa forma por algo que él mismo Tom había provocado. Se abrazaron durante mucho tiempo, sin hablar apenas, pero comunicándose en silencio entre ellos. Sin embargo, hacer aquello minaba las fuerzas internas de Tom, porque se sentía celoso a rabiar, y el sentimiento de pérdida era cada vez más fuerte dentro de él, más aun cuando Bill le suplicaba con los ojos llenos de lágrimas que nunca lo fuese a abandonar, y aunque Tom se lo prometía con vehemencia, la promesa estaba ya agrietada y era frágil. Y Bill de algún modo lo presentía.

Luego de un par de horas regresaron al palacio caminando lento, conversando en voz baja. Dejaron a los caballos con los guardias y se fueron en línea recta a sus aposentos.

Los reyes, tanto de Calabria como los de Mónaco y Normandía se encontraban ocupados con sus propios parlamentarios, o fingían estarlo, para de ese modo, dar algo de libertad a sus respectivos descendientes para que interactuasen entre ellos.

Ese día, a petición de los herederos de Italia, estaba fijada una exclusiva cena íntima en la sala de recepciones de los príncipes de Calabria, a la que solo asistirían príncipes y princesas. No sería ni de cerca tan formal como la cena anterior, sin embargo, no todos los jóvenes visitantes del palacio podrían concurrir. La invitación solo se había extendido a la princesa Ambrosía y el príncipe Adam, a la princesa Felitza, al príncipe Andreas y al Duque de Montpensier. Los hijos e hijas de los marqueses, condes, vizcondes, barones y demás aristócratas alojados en el palacio, no estaban invitados. Los guardias quedarían fuera para darle intimidad a los jóvenes nobles para que departieran entre ellos con la desenvoltura que rara vez podían demostrar.

La cena que se ofrecería aquella noche tenía un claro aire de atrevimiento y un toque de jovialidad. Los cocineros y las reposteras estaban esmerados en agasajar tanto a sus respectivos soberanos, como a sus volubles invitados. Prepararon un verdadero festín veraniego, presentando solamente cuatro platillos salados pero abundaban los postres elaborados, cosa que solo la realeza podía disfrutar.

A pesar de lo informal de la cena, la comida era muy elaborada y especiada; de entrada habría una sopa caliente de carne suave y magra de cordero con cebada perla, pavo real a la miel, pollo con vegetales cristalizados y albondiguillas de carnero rellenas de queso, además de entremeses variados de frutas frescas y ácidas, melón, fresas y uvas; además de platones llenos de queso y jamón curado con sal, aceitunas, alcaparras y frutos secos exclusivos y variados, almendras, nueces, pasas y piñones sazonados con clavo y pimienta.

El vino también jugaba un papel importante en aquella velada. El palacio disponía de una impresionante cava y los príncipes podían disponer de ella a su antojo. Y a pesar de poseer centenares de botellas de champaña, los hermanos la desdeñaron.

El vino tinto era el preferido de Tom, mientras que el blanco era el predilecto de Bill y el rosado, mucho más suave y delicado de sabor, era el elegido entre las damas. También había variedad de licores fuertes que cerraban el estómago previniendo malestares, té caliente de hierbas finas y postres abundantes, frutas confitadas, chocolate suizo y decenas de pequeños pastelitos de crujientes y coloridas coberturas, hechos con auténtica azúcar traída desde Sicilia y decorados con una variada amalgama de rojos frutos del bosque.

La sala de recepciones, pequeña comparada con el gran comedor, había sido bellamente acondicionada para la ocasión. Las alfombras eran suaves y mullidas, sin una partícula de polvo en ellas.

Las sillas forradas en satén dorado, los sofás y los canapés con sus mullidos almohadones del mismo color estaban dispuestos de forma confortable en torno a una refinada mesa de madera pulida y ribeteada con pan de oro, cubierta por un fino mantel color perla que colgaba decorosamente por los extremos. Las paredes cubiertas de pinturas, esculturas y decoraciones barrocas estaban iluminadas por menorás* y velas a las que se les habían colocado alrededor farolillos de papel de colores. Los candelabros que pendían del techo estaban ya iluminados. La araña de cristal al centro del techo era una verdadera antigüedad de cristal cortado e incrustaciones de diamante que chisporroteaba arcoíris, la chimenea ardía violentamente y el crepúsculo mecía las cortinas abiertas de los ventanales y la terraza. Por doquier había jarrones llenos de flores frescas, y sobre la mesa, dispuestas de modo elegante, había rosas color rosa pálido engarzadas con frescas gardenias que dejaban escapar volutas de su sutil aroma, potenciado por la atmósfera cálida del lugar.

Una ornamentada puerta separaba la sala de recepciones del elegante dormitorio de los príncipes, donde ambos se encontraban completamente solos.

Tom estaba soñoliento, aletargado y dolorido. Nunca imaginó que la herida que le había hecho ese infeliz rufián pudiera doler de semejante jodida manera. Picaba, punzaba, y la piel alrededor la sentía tirante e irritada. Y sentir aquel asqueroso dolor solo podía sumirlo aún más en la miseria, pues trataba de dimensionar el dolor que su hermano había sufrido varias veces antaño, y simplemente no era capaz de hacerlo.

Además, la jaqueca seguía martillando sus sienes despiadadamente. Se encontraba apáticamente tirado sobre un mullido sofá acomodado hacia la terraza, donde el cielo azul tenía parches de densas nubes blancas. No llevaba capa, ni corona ni chaleco ni nada parecido y la camisa blanca estaba abierta sobre su pecho desnudo, donde los vendajes se mostraban algo teñidos de un color rojo desvaído.

Por su parte, Bill esperaba ansioso a Jean. Le estremecía de pánico ver a su hermano así, y la furia seguía burbujeando a fuego lento dentro de él. Pero Tom estaba más hermético que nunca, y eso cabreaba a Bill tremendamente. Sabía que le ocultaba algo, algo grave, además, algo velado que ni siquiera concentrándose lo suficiente lograba captar. Pero había algo más apremiante, necesitaba que su hermano se sintiera bien.

—Estoy bien Bill— repitió Tom por décima vez cuando su hermano pasó delante de él. Poco faltaba para que hiciera un surco en el mármol pulido del piso.

Bill le dedicó una penetrante mirada evaluativa de ceja alzada, y se sentó en el amplio sofá a su lado. ¿De verdad pensaba Tom que iba a poder embaucarlo? el que lo intentara le parecía francamente insultante. Sin embargo, solo se apoyó en su hombro sano y posó su mano sobre las vendas manchadas. Debía concentrarse un poco, solo un poquito más y penetraría la muralla de pensamientos que escondía su hermano.

—¿Por qué te empeñas en engañarme? — susurró, mirando por el ventanal como las nubes del cielo adquirían un hermoso tono dorado, propio de los últimos rayos del sol. Bill suspiró cuando el viento danzó entre sus cabellos. Ojalá pudiera estar para siempre así, a solas con su hermano. No llegaría nunca a aburrirse, ni a desear nada más. Sentía, de alguna extraña manera, que su tiempo se estaba terminando igual que si fuera un reloj de arena, con poca arena ya.

El mayor no respondió, temeroso de lo perceptivo e intuitivo que era su hermano menor. Le pasó el brazo sano por la espalda, atrayéndolo hacia él para aspirar el fresco aroma de su cabello. Permanecieron así, juntos y en silencio; Tom peinaba los suaves y sedosos cabellos de Bill hacia atrás, maravillado ante su frescura mientras pensaba en lo que Theo le había dicho, aquellas ardientes palabras de profundo rechazo hacia lo que los hermanos compartían, pero es que nadie podría nunca comprender algo así, e intentar explicarlo era imposible.

Pasaron varios minutos hasta que llegó el médico real, quien, con presteza, examinó al mayor de los príncipes. Le cambió los vendajes, asegurando que el proceso de cicatrización iba rápido y eficiente, y que no había riesgo de infección.

—Opino que su Alteza debería guardar reposo absoluto en cama. No es bueno abusar de sus fuerzas con una herida que sangró tanto — recomendó al terminar de ajustar la venda con una tira de esparadrapo. Tom le dirigió una mirada de aburrimiento.

—Ni loco me meteré a la cama — repuso.

—Tendremos una cena — agregó Bill, mirando a Tom de forma grave — será aquí mismo, así que Tom estará sentado y tranquilo, te lo aseguro Jean.

Tom torció el gesto, aquello había sonado casi a una amenaza.

—Entonces está bien — murmuró, mientras sacaba un pequeño vaso de plata, lo llenaba a medias con agua y le añadía unas gotas color púrpura encendido.

—¿Qué demonios es eso? — cuestionó el príncipe, separando cuidadosamente las palabras, cuando el médico se aproximaba a él. Su mirada afilada era realmente intimidante.

—Le ayudará con el dolor Alteza— Jean le extendió el vaso. Tom lo tomó a regañadientes y lo olfateó.

—Esto apesta, no lo tomaré — se quejó — ¿Qué es?

—Una infusión de adormidera*. Con esto el dolor se irá y usted será capaz de pasarlo bastante bien.

—Vamos Tom, no pongas tantas pegas— regañó Bill de buen humor, sonriendo a medias, y Tom amaba eso más que otra cosa en el mundo. Si Bill seguía sonriendo así, él podría llegar a ingerir veneno y moriría feliz.

Vació de un trago el contenido del vaso, frunciendo el ceño, pero mirando embobado a Bill.

—No sabe tan malo en realidad, es como si me bebiera las cenizas del incienso — el médico asintió, ahogando una sonrisa.

—Es un narcótico muy potente. Fue muy poco en realidad, si nos pasamos de la dosis, quedará usted totalmente fuera de combate Alteza.

—Así que drogándome otra vez— acusó Tom chasqueando la lengua y afilando sus ojos de lobo, Bill sonrió mostrando su impecable dentadura.

El sabor aceitoso y dulzón también estaba presente en su lengua.

—Fue en verdad muy poco. Apenas lo sentirá. Le ayudará con el dolor, verdaderamente ayudará y así podrá usted disfrutar de su velada — dijo Jean, con tono de promesa.

—Deberías quedarte con nosotros Jean— ofreció Bill. El joven médico había recibido muchas invitaciones no solo de los príncipes, sino también de los Reyes, sin embargo, las declinaba todas.

—Se lo agradezco en verdad Alteza, pero no he terminado mis ocupaciones.

—¿Por qué no te consigues un ayudante?— cuestionó el menor de los hermanos — tu eras ayudante del otro médico — el que ocultó la verdad de mi nacimiento, pensó con tristeza, tanto tiempo perdido…

—De momento estoy bien así…

—¿Y porque no le diste la misma porquería apestosa a Bill hace años? — interrumpió Tom, entrecerrando los ojos con recelo.

—Ah, pues el necesitaba algo más fuerte. Opio en forma de morfina directo en la vena.

—Ya veo… — sí, que Bill estuvo a punto de morir, pensó Tom con amargura, volviendo a hundirse en el sofá.

Jean, con la mano en el mentón y cara de circunstancia, contempló a Tom atentamente.

—Carne— soltó de pronto, haciendo que el príncipe lo mirase como si se hubiera vuelto loco.

—¿Disculpa?

—Mientras más proteína consuma Alteza, más rápido se regeneran los músculos y recupera la sangre perdida.

Tom farfulló algo ininteligible y se arremolinó en el sofá, malhumorado.

El médico no se quedó mucho tiempo más. Tenía orden de ir con el guardia del Duque para revisarle también la herida y darle el mismo menjurje y después regresaría al pequeño hospital del pueblo.

Bill le lanzó una mirada algo burlona a Tom. El príncipe lo miró de forma pensativa, ante la cual, Tom rezongó.

—Ah no, ni lo sueñes hermanito, no pienso comer como un cerdo solo porque el idiota de Jean lo dice como si fuera el gilipollas más sabiondo del mundo.

—Tendrías que quedarte aquí, tranquilo— murmuró Bill, pero Tom ya estaba negando imperceptiblemente. Ni estando muerto dejaría a su hermano enfrentarse a solas con aquella sabandija de ojos grises. Joder que era muy capaz de salirse de la mismísima tumba para acompañarlo.

Su rictus trágico desapareció después de unos minutos, y una agradable sensación de relajante alivio le lamió los nervios desde el cerebro hasta las puntas de los pies. El dolor desapareció, también la rigidez de la herida y la molesta jaqueca. Ahora si podría disfrutar de la cena, pues se dio cuenta que moría de hambre.

Ambos príncipes se alistaron minutos después. No vestirían con tanta elegancia esa noche. Se cubrieron con sendos atuendos gemelos que constaban de pantalones de lino negro sin una sola arruga, camisas blancas de seda con cuello de cascada, ajustadas del torso y mangas sueltas y bombachas, muy frescas y cómodas. Los fajines de seda eran blancos y plisados, ceñidos a sus delgados torsos por encima del pantalón, y no llevarían corona. Deseaban estar lo más ligeros posibles. Bill se colocó un ankh de plata al cuello, y a pesar del apretado vendaje que le impedía a Tom utilizar su brazo izquierdo, apenas si se notaba, pues iba escondido bajo la fresca camisa. Ambos lucían un anillo de oro idéntico salvo por la inicial del nombre, y el más joven de los hermanos se remarcó los ojos de forma alucinante con autentico kohl egipcio, ante la mirada anhelante y ansiosa de su hermano mayor.

Cerca de las siete de la tarde, los hermanos bromeaban entre ellos. En un rincón discreto y elegante de la sala de recepciones, frente a un enorme piano de cola y cerca de un ventanal abierto, una estilosa mesa de billar, exclusivo y reciente regalo de Su Majestad El Rey, para sus hijos, descansaba sobre sus gruesas patas de caoba oscura.

El mas joven de los príncipes jugaba ante la atenta mirada de su hermano, quien por su lesión, no podía acompañarlo, sin embargo, sonreía y bromeaba ante la inexperiencia de Bill. Una mesa de billar no era algo que se viera a menudo, era un entretenimiento solo para la realeza, y aquella era la única en todo el palacio.

—¡Ahí lo tienes!— exclamó Bill al meter la bola negra en una de las troneras de la esquina.

—Bueno — Tom puso cierta expresión de circunstancia — admito que esa ha sido buena, pero no estoy muy seguro de que así se juegue.

—Bueno, ya aprenderemos— murmuró Bill dejando el elegante bastón de madera brillante y pulida sobre el terciopelo verde de la mesa.

En ese mismo momento, el príncipe Andreas hizo acto de presencia, sonriendo con su natural indolencia y dedicando a los hermanos una elegante inclinación de cabeza.

—Saludos, mis queridos príncipes repetidos. ¿Cómo va ese brazo Tom?

—Que tal Andreas— Tom le dedicó un fugaz movimiento obsceno con el brazo que tenía sano.

—¿Has visto a alguien más?— cuestionó Bill, rodeando la mesa para estrechar la mano del rubio príncipe sonriendo ante la seña de Tom.

—Bueno, aun es algo temprano, pero si no me equivoco, vienen para acá los hijos de Magnus.

—Fantástico — gruñó Tom.

—¿Y bueno que tal va el billar?— inquirió el príncipe de Sicilia, tomando el bastón de la mesa e inclinándose, dirigiéndolo hacia la bola rojo brillante que estaba justo al centro.

—Nefasto, no entiendo nada— confesó Bill, cruzándose de brazos —¿tu sabes jugar?

—En realidad no, pero le pediré a mi padre que me ponga una mesa de billar en mi habitación en Sicilia.

—De nada serviría, idiota — gruñó Tom de mala gana — siempre estás metido aquí.

—Pero — Andreas no estaba en absoluto afectado — así cuando me vaya, sabré como se juega.

Tom puso los ojos en blanco y lo ignoró. Le lanzó una mirada divertida a su hermano y cuando Andreas lanzó el bastón hacia adelante, dispuesto a golpear la bola roja con la blanca, Tom se recargó en la mesa, y el tiro le falló por mucho al rubio príncipe.

—¡Tom!— gruñó, irguiéndose — ¡con un demonio! me hiciste fallar.

—Si vieras cuanto lo siento— espetó el aludido sin expresión en el rostro.

—Ya deja en paz a Andy— rió Bill, jalando suavemente una de las trenzas de Tom, quien decidió ignorar a Andreas, dedicándole toda su atención a Bill, que de pie junto a el, sonreía y entornaba sus maravillosos ojos ahumados. A Tom le producía una sensación extraña ver sonreír a Bill tan de cerca, pues algunas de sus cicatrices se acentuaban, causándole al mayor de los hermanos un dolor atroz en el alma. Sin embargo, la droga que le había suministrado Jean bailoteaba por todas sus venas y encendía sus conexiones neuronales como si fueran bengalas, manteniéndolo en un animo juguetón y relajado.

—En verdad Bill, debes decirme como es que logras que Tom se vuelva tan bobo solo contigo— se burló el rubio príncipe. Tom, sin despegar la mirada de Bill ni borrar la sonrisa de dulzura que le surcaba el rostro, alargó la mano derecha, le arrebató el bastón a Andreas y lo arrojó por la ventana. Andreas se llevó las manos a la cabeza y puso cara de espanto.

—¡No Tom! ¡eres un loco! ¡Joder! ¡Vas a matar a alguien!— Andreas se asomó rápidamente por la ventana, pero no había caso, el hermoso bastón yacía varios pisos mas abajo, destrozado sobre el piso de cantera negra, mientras Bill reía a carcajadas.

—Una palabra más y el próximo en volar por la ventana serás tu — amenazó el siniestro príncipe lanzándole una mirada mordaz.

—Debajo de la mesa hay muchos bastones más— añadió Bill, dándole una fugaz y divertida mirada al indignado príncipe de ojos azules, quien sacó otro bastón del sitio indicado y optó por dejar a los hermanos en paz.

Algunos minutos después, el mayordomo que custodiaba las puertas anunció a la princesa Ambrosía y a su hermano, el príncipe Adam. Ambos vestían tan magnífico como siempre, pero con mucha mas desenvoltura de la habitual.

Al igual que los gemelos, ninguno llevaba corona. Adam portaba un elegante traje negro de levita larga sin botones, que dejaba admirar un hermoso y exquisito trabajo de orfebrería sobre el chaleco, hecho con hilos y cadenitas de oro. Ambrosía por su parte, llevaba encima un vaporoso vestido de raso color marfil, sin mangas y decorado con pequeños diamantes blancos y rosados que titilaban cada vez que la princesa respiraba. Su dorado cabello iba parcialmente recogido con horquillas de oro en un moño suelto, del que escapaban algunas hebras que enmarcaban su delicado rostro.

Se saludaron con respeto, y la presencia de Ambrosía no afectó demasiado a Tom, pues aunque Bill conversaba con ella, se mantenía tan pegado a el que parecían un par de siameses.

De la actitud hostil del príncipe Adam no quedaba ni rastro. Ahora se mostraba encantador, educado, galante, amable y atento en todo momento a su hermana, quien llegó prendida de su brazo.

Un par de doncellas con uniforme almidonado comenzaron a ofrecer a los jóvenes nobles, vinos variados que transportaban en charolas de plata. Adam, que si sabía jugar al billar, era observado por Andreas y conversaba con él. Ambrosía tenía entre sus pequeñas manos enguantadas en satén una copa de vino rosado que había entrechocado con las copas de los gemelos, las cuales contenían vino tinto y vino blanco.

Las puertas volvieron a abrirse, revelando a los invitados que hacían falta. Bill trató de no poner mala cara ante la presencia de la jovial princesa Felitza, cuyo leonado cabello de fuego iba suelto, repartido en suaves curvas que parecían ondular como las llamas de una hoguera, en donde titilaba una exquisita tiara de oro amarillo engastada con pequeños diamantes que creaban el intrincado diseño de una enredadera. Un vestido azul cielo resaltaba aún mas la intensa blancura de su piel y envolvía aquellos ojos suyos en un verdadero misterio de color. Su mirada y actitud eran altivas y pagadas de sí mismas, y cuando evaluó a la princesa Ambrosía, lo hizo desdeñosamente.

—Saludos — exclamó con algarabía, parpadeando hacia sus anfitriones y sus invitados. Los príncipes gemelos inclinaron la cabeza en su dirección, Andreas le besó el dorso de la mano y Adam, que había captado a la perfección el gesto hostil hacia su hermana, permaneció impasible y apenas si respondió al saludo entornando los ojos —que hermosa velada, tan íntima.

—Exclusiva en verdad, princesa Felitza — musitó Ambrosía con amabilidad, lo que le ganó un guiño del príncipe William.

—Nos complace que estén aquí, estamos extasiados— añadió Tom, ahogando un suspiro resignado que escondía cierta ironía.

Pero por mucho que Bill hubiera intentado contenerse ante la insolencia de Felitza, todos sus esfuerzos se vieron desperdiciados, pues detrás de la princesa celta, el Duque de Montpensier fue anunciado y entró con paso ligero y una titubeante sonrisa, siendo seguido por su guardia personal. Aquel individuo al que él príncipe William le había jurado venganza. La mirada del príncipe se congeló.

—¿Qué hace aquí este canalla?— increpó, chasqueando las mandíbulas con enfado. Su mano viajó directamente a la espada que colgaba del cinturón, se cerró en torno a la empuñadura y no la sacó simplemente por la cercanía de sus invitados. Un mal movimiento podría terminar en una tragedia.

Tanto Billam como su guardia se apreciaban diferentes. Nada quedaba de la expresión distante que había dominado los ojos del Duque el día anterior. Ahora parecía un poco avergonzado y muy afligido por el helado coraje que emanaba del príncipe mas joven de Calabria. Incluso la aflicción del Duque lograba salpicar los ojos grises de su guardia, pero también estaba la posibilidad de que solamente fuera muy buen actor.

Por casi un minuto solo se escuchó el crepitar de las llamas de la chimenea y el suave ondular de las cortinas al viento.

Tom no hizo nada por contener a su hermano, se limitó a mirar con suficiencia al tal Theo, que también tenía una estampa medio cómica, con las pupilas algo dilatadas. Seguramente también iba drogado gracias a Jean.

Ambas princesas se habían quedado desconcertadas por el cambio en William, por sus palabras y por su enfado, ya que el príncipe siempre aparentaba estar de buen humor. Incluso el príncipe Adam se había alejado de la mesa de billar para ver que era lo que sucedía en la entrada de la sala de recepciones.

El único que entendía enteramente la actitud de Bill era el príncipe Andreas, que también estaba asesinando con la mirada al guardia del duque por lo que le había hecho a Tom. Tanto era su coraje, que no se quedó callado.

—Creo que se aclaró que los perros esperaban afuera a sus amos — chasqueó, llegando al lado de Tom — esto solo es para nobles y herederos, así que lárgate.

Tanto el Duque, como su guardia se quedaron pasmados ante tal comentario. Lo mismo que los demás invitados, y aunque los ojos de Theo relucieron con coraje, adoptó un aire casi despistado y su voz salió modulada y con respeto al responderle al príncipe William.

—Lamento que haya alguna confusión, Alteza — murmuró, dándole una sonrisita cortante a Bill, lo que hizo que Tom se encendiera de puro coraje. No podía soportar ver como aquel infeliz se atrevía a hablarle a su hermano como si fueran del mismo rango, y peor aun era verlo entornar los ojos con interés al dirigirse a él. Bill era completamente suyo — pero fue el mismo príncipe Thomas en persona quien me extendió la invitación, esta misma mañana.

Al segundo siguiente todos los ojos se posaron en Tom, quien a su vez miraba al guardia con una ira que casi era palpable, pero se recompuso en el acto y sus ojos se llenaron de dulzura al ver la expresión de enloquecido cabreo de Bill, que claramente estaba esperando una respuesta.

—Vamos Bill— respondió Tom con indulgencia luego de acomodar hacia atrás el rebelde mechón de cabellos que Bill tenía en la frente — debes ser un poco mas compasivo. Piensa que este pobre infortunado individuo después de esto, no volverá a estar en sitio igual, ni con semejante compañía y con un banquete de estas proporciones, hay que dejar que la servidumbre disfrute de vez en cuando ¿no lo crees?

Bill no entendía a Tom para nada y no se creía en absoluto sus palabras, y el hecho lo desesperaba, pero conocía lo suficiente a su hermano como para saber lo que pretendía, así que pese a todo, decidió seguirle el juego.

—Bueno— su expresión se tornó pensativa y fijó los ojos en Billam, que estaba ahí de pie reluciendo como una joya en su elegante traje color gris perla — supongo que Tom tiene razón, seguramente cuando Valdric llegue, hará cambios significativos — dicho esto le lanzó al guardia de Billam un escueto y muy forzado gesto de condescendencia — seas bienvenido entonces, Theo.

Dicho aquello todo el grupo se dispersó un poco. Andreas y Adam volvieron a la mesa de billar en tanto las princesas, los gemelos y el duque y su guardia, se sentaron cerca de los ventanales. Las doncellas atendieron a los recién llegados, ofreciéndoles las charolas llenas de copas de vino. Felitza imitó a Ambrosía en cuanto al vino, pues sintió un despunte de celos al ver el armonioso contraste de colores entre los satinados guantes y el brillo rosado como el amanecer de la bebida.

Billam se decidió por una copa del fino vino blanco alemán que habían escogido para esa noche mientras que su guardia parecía indeciso.

—Deberías probar el vino tinto— satirizó Tom — es de una cosecha especial, un Chateau Lafite de 1787 que vale su peso en oro.

—Una excelente cosecha — alabó Billam, quien claramente por ser quien era, conocía perfectamente el tema.

—Comprendo que a sus excelencias les guste el vino francés— les respondió el guardia en un tonito algo sardónico, luego de tomar una copa llena a medias con vino tinto — pero en lo personal, si se me permite decirlo, prefiero los vinos del Marqués de Murrieta*

Tom se volvió hacia su hermano y sonrió malignamente, dejando ver sus afilados caninos.

—¿Qué tal? Resulta que este desarrapado conoce la casa del Marqués de Murrieta — se burló con malicia.

—No me gustan como sea, los vinos españoles— desdeñó Bill, sonriendo de modo idéntico a su hermano, con la misma burla y la misma maldad.

—Hemos estado viajando por muchos lugares, a mi guardia realmente le parecieron muy buenas las cosechas del castillo de los Murrieta — soltó Billam de pronto, rompiendo el momento de complicidad entre los gemelos, quienes lo miraron con incredulidad. ¿Realmente había saltado un Duque en defensa de un simple guardia?

—¿Ah si?— Tom se lo estaba pasando muy bien. La furia que ardía silenciosamente en los ojos grises que lo miraban fijamente lo entretenía — obviamente que los ha probado gracias a ti, querido Billam, porque pagar el costo de una botella de ese vino… bueno, no se lo puede permitir cualquiera.

—¿Qué dicen ustedes, queridas señoritas? — Bill dedicó su atención a las princesas, que observaban entretenidas el intercambio entre los caballeros.

—Bueno…— la frase que había comenzado la princesa Ambrosía fue interrumpida de forma un tanto ruda por la princesa Felitza.

—Los vinos de la región francesa son los mejores del mundo, todos lo saben— afirmó con petulancia, agitando las pestañas hacia los caballeros. Billam asintió junto con Tom, pero Bill ni la miró. Simplemente levantó las cejas en dirección a la princesa de Mónaco, dándole así la palabra que le habían arrebatado.

—Pues— la princesa se sonrojó acentuando su desmesurada belleza, haciendo que hasta el guardia del Duque la viera con atención — el prime rose de la casa de los Ygay es muy bueno…

—Es una gran conocedora entonces— remarcó el tal Theo, lanzando luego una mirada mordaz al príncipe mayor de Calabria — si me disculpa el atrevimiento Alteza, creo que usted será la mejor Reina que Calabria pueda tener.

Tom sintió un dolor mucho mas fuerte que el de la herida de la espada, y Bill lo sintió también. Sin embargo eran muy buenos fingiendo que todo estaba bien. Pero el comentario además, logró fastidiar el animo de Felitza, que le lanzó una velada mirada de furia a la rubia y sonrojada princesa de Mónaco.

—Por favor— replicó Ambrosía, abochornada — solamente soy la princesa de Mónaco…

—No por mucho, he oído decir— respondió Theo en el acto, sonriendo y disfrutando de regresarle a los príncipes algo del malestar que él sentía — realmente cualquier príncipe sería afortunado de convertirla en Reina, y ¿quien mas que alguno de los que nos acompañan ahora? Finalmente, son idénticos, puede usted escoger a cualquiera…

—Theo…— la voz de Billam fue de advertencia, pero el daño estaba ya hecho.

—Ya basta— bufó Bill, sin disimular su furia. Abandonó su pose relajada y echó el cuerpo hacia adelante — no eres nadie aquí como para decir ese tipo de cosas, además, estás incomodando a la princesa ¿no lo notas? — y era verdad. Ambrosía estaba mas que colorada y su mirada destilaba desconcierto. — ¿hasta cuando tendremos que soportar tus insolencias?

—No era mi intención contrariar a su Alteza, solo me hago eco de lo que he escuchado desde que llegamos aquí. — respondió aquel sujeto, mientras le hacía una reverencia respetuosa a la princesa de Mónaco, que estaba frente a él y en el sofá contiguo al de Bill.

—Quien quiera que obtenga la mano de la princesa Ambrosía será por demás un hombre afortunado, no necesitas hacer alarde de eso — susurró Bill, pues antes que otra cosa, debía mostrar educación y respeto.

—Esto de las bodas arregladas es todo un tema ¿no lo crees así, Billam?— murmuró Tom de forma ácida y mordaz. Si Theo quería volver a jugar, Tom estaba mas que preparado.

Sin embargo, el Duque parecía confuso ante las palabras del príncipe.

—¿Bodas arregladas?— repitió el Duque, bastante perdido en el tema. Al parecer había estado mas preocupado por el intercambio que sostenía su guardia con los príncipes, que en quien realmente era él ahí.

—Claro — Tom sonrió pese al enojo que sentía — ya sabes, tu eres la primera opción que tienen los reyes Normandos en cuanto a esta preciosa princesita— murmuró, lanzándole una sonrisita a Felitza, quien abandonó el ceño fruncido y sonrió bobamente.— ¿No lo sabías?

—Ehh… — ahora fue Billam el que fue presa del bochorno, y Tom gozó como nunca de la expresión de su guardia, que era igual a la de una persona a la que le han dado un buen puñetazo en el estómago — siendo así, sería para mí todo un honor— respondió el Duque, galante, educado y caballeroso como debía ser, al dirigirle a la princesa Felitza una mirada cálida.

—Es como si pudiera verte Billam, siendo el Rey de Baja Normandía— prosiguió Tom, sonriendo hacia Billam, que aún se veía la mar de perdido — seguro que a Valdric le encantaría también.

—Estaríamos mas que dichosos de celebrar los esponsales aquí mismo en el Palacio — murmuró Bill sin la misma malicia de Tom.

—Es muy pronto para hablar de eso — comentó Billam, que si bien estaba algo nervioso, lo disimulaba muy bien — creo que tanto Felitza como yo, somos un poco jóvenes aún para pensar en el matrimonio.

—Supongo que si — suspiró Bill — quizá Valdric tenga otros planes para ti.

Tom vio al guardia del duque inflar el pecho para hablar, pero en es mismo momento fueron intervenidos por una de las respetuosas doncellas, que les avisaba que la cena los esperaba. De modo que cinco minutos después, todos estuvieron sentados a la mesa, disfrutando de la abundante comida y de la música que un par de interpretes del palacio hacían brotar dulcemente del piano y de un violín.

En la mesa, todo transcurrió con soltura. Había demasiada comida solo para siete personas, y aunque era muy abundante, las preferencias quedaron mas que marcadas. Los príncipes gemelos rechazaron el pavo real y optaron por la sopa suave de cebada y el pollo con vegetales.

Ambas princesas apenas si probaron las cosas, y se decidieron por picotear los entremeses de frutas frescas, los frutos secos y los jamones curados.

Billam en cambio, al igual que su guardia, se tomaron el tiempo para probar de todo, y ambos mostraron predilección por el carnero al que acompañaron con mas vino.

Después de rematar con el festín, se movieron al conjunto de suaves sofás que estaban frente a la chimenea, donde disfrutaron de licores de madeira y almendras, mientras los envolvía la noche, cuyo viento podría llegar a ser frío si la sala de recepciones no estuviera con tantos invitados, y la chimenea devorando vorazmente la leña de abedul previamente rociada con aceites cítricos.

Tom, apoltronado en un sofá y pegado a su hermano, se las arregló para mirar disimuladamente a Billam, que a ratos cuchicheaba con su guardia en una actitud cómplice bastante extraña. Bill, por su parte, parecía haberse relajado con tanta comida y bebida, y conversaba animadamente con Ambrosía, con Andreas y hasta con Felitza, que estaba muy entretenida comiendo cerezas con un leve toque licor.

La herida no le molestaba en absoluto y si no se ponía a pensar en todos los problemas que tenía encima, podría decirse que se estaba muy a gusto como estaba, respirando los aromas de la madera que se quemaba, el de las flores acomodadas por doquier, el del cabello de Bill que a ratos se despeinaba con el aire que mecía las cortinas y con la cálida y tenue iluminación que había. Incluso con la presencia del guardia del Duque. Se sentía… bien, tanto, que podría hasta quedarse dormido.

Bill también estaba muy tranquilo. Sentir el calor y la forma del cuerpo de Tom pegado a su espalda lo reconfortaba y era un tranquilizador mas potente que el láudano.

—¿Qué nos dice usted, príncipe Adam?— Bill había retomado sus modales educados con Adam pese a la molestia de Tom — ¿hay alguna dama que tenga posibilidades de ostentar la corona de Mónaco?

—Sí que la hay— musitó Ambrosía, sonriendo hacia su hermano, quien también sonrió aunque muy enigmáticamente — es la princesa Almudena de Hasburgo.

—¿La princesa de España?— interrogó Tom, alzando las cejas.

El príncipe Adam asintió cortésmente y les contaba como es que mantenía contacto con ella mediante cartas y visitas escasas, y tanto Andreas como Bill se mostraban atentos, hasta que la princesa de Normandía suspiró, queriendo llamar la atención.

—¿Le sucede algo, Alteza?— preguntó el príncipe Andreas con atención, mientras que Adam y Ambrosía la miraban con hastío.

—Estoy un poco aburrida— murmuró, lanzando luego su mirada hacia el piano y hacia el músico que lo tocaba.

—¿Por qué no nos canta algo?— la animó. Los demás la miraron, pensando en que quizá se rehusaría, pero la audaz muchacha les lanzó una sonrisa emocionada, para después levantarse y pedir a los músicos una canción en especial, que no era otra cosa que un aria en francés, una que tenía un atrevimiento casi descarado por lo que decía.

Los músicos conocían la tonada a la perfección, y como todos los nobles entendían el francés perfectamente, Felitza aprovechó para exhibirse y alardear de la bella voz de mezzosoprano que había heredado de sus antepasados celtas.

(Canción)

«El amor es un pájaro rebelde, que nadie puede dominar, y es vano llamarlo, si él prefiere rehusarse»

Tan solo al iniciar la canción, con la picardía que la caracterizaba, logró atraer la atención de todos los presentes, cuyas expresiones fueron un verdadero poema para sus ojos.

«De nada sirve amenazar o suplicar» siguió, acercándose primeramente a los herederos de Calabria, para cantar casi frente a ellos «Uno habla bien, el otro se calla» primero miró a Tom, sonriendo con coquetería «y es al otro al que yo prefiero; no ha dicho nada pero me gusta» cantó entonces, guiñando un ojo hacia el príncipe William.

¡El amor! siguió cantando.

¡El amor! los príncipes gemelos se miraron, azorados.

¡El amor! el príncipe Andreas sonreía como idiota mientras Adam y Ambrosía parecían estar en blanco.

¡El amor! el duque había enrojecido, y su guardia, miraba con curiosidad la frescura altanera de la princesa que cantaba.

«El amor es un niño vagabundo» cantó mientras avanzaba lentamente entre los sofás, acariciando cada estrofa con la suavidad de su voz.

«Jamás, jamás ha conocido ley. Si tú no me amas, yo te amo; y si te amo, ¡Ten cuidado!»

Ahora se había situado frente a Billam, que sin quererlo, también estaba sonriendo sin notarlo, y es que no era fácil de evitar al ver la soltura de la muchacha y darle contexto a la sugerente melodía.

«El pájaro al que creíste sorprender, batió sus alas y voló… El amor está lejos, puedes esperarlo; no lo esperas más ¡y ahí está!»

Felitza sabía ejecutar aquellas presentaciones con tanta facilidad como respirar, pues en su palacio lo hacía por puro placer, y porque sus padres disfrutaban con aquellos dones que la princesa poseía, y la animaban a ser la mejor, por encima de quien fuera.

«A tu alrededor, rápido, rápido; viene, se va, luego regresa. Crees tenerlo, te evita; creíste evitarlo, y él te tiene»

La canción terminó con la princesa mirando hacia los rostros de los jóvenes nobles con una rapidez tal como la misma letra de la canción, causando en los príncipes, y el Duque, una sensación de vértigo que los fascinó por un momento, tanto que al terminar, los aplausos repiquetearon por toda la sala.

—En verdad que ha sido una interpretación espectacular— musitó el guardia de Billam. Su voz era amable pero escondía un tonito caustico imposible de ignorar, pero a Felitza no le afectó en absoluto. Había gozado demasiado el hecho de coquetearle al joven Billam.

—Muy interesante en verdad — reconoció el rubio príncipe de Sicilia — ¿no lo creen?— cuestionó, volviéndose hacia los príncipes gemelos.

—Exquisito.

—Fantástico — Tom medio gruñó.

Adam no abrió el pico para nada, y no aplaudió.

—Son muy amables— respondió la princesa, sentándose y lanzándole una mirada de presunción a Ambrosía — ¿Y, Su Alteza no piensa deleitarnos con alguna presentación?

Pero la princesa de Mónaco no se dejó intimidar. Simplemente sonrió de modo afable.

—No pretendo pugnar contra la maravillosa melodía con las que nos has entretenido, querida Felitza. El esplendor de esta noche será solo tuyo.

Y Felitza, no acostumbrada a tales despliegues de elegancia, prefirió quedarse en silencio, confusa y extrañada ante el imperturbable carácter de Ambrosía.

—Me temo que se ha hecho un poco tarde— comentó entonces el príncipe Adam, notando que ya la noche era cerrada — mi padre ha pedido que la más preciada flor de su jardín no regrese tan tarde, de modo que si nos disculpáis

Las charlas de despedida empezaron justo después, pues aunque se estaba muy a gusto, Tom empezaba a sentirse dolorido nuevamente, y por las expresiones de fastidio que a cada minuto eran mas visibles en el guardia de Billam, el también se sentía igual de mal.

—Disculpe Alteza— en el alboroto de las conversaciones de despedida, Billam llamó al mas joven de los príncipes de Calabria hacia un lado — me temo que mañana sea el último día que abusaremos la hospitalidad que Calabria nos ha brindado.

—¿Se van?— Bill se quejó de inmediato. No quería que el duque se fuera tan pronto, y aun esperaba castigar de alguna manera a su estúpido guardia, por haber herido a Tom.

—¿Podemos reunirnos mañana después del almuerzo?— cuchicheó Billam en voz baja al ver que Tom se aproximaba.

—De acuerdo— aceptó Bill antes de que la platica se hiciese general, y en menos de cinco minutos, la sala de recepciones se quedó vacía y los príncipes herederos, encerrados en su habitación.

Continúa…

Menorá * candelabro o lámpara de aceite de siete brazos

Adormidera* planta que produce alcaloides de opio, utilizada en medicina antigua contra el dolor.

Marqués de Murrieta* productor de vinos tintos de la Rioja, España.

N/A: Para comprender la intensidad de la escena de la canción, lo mejor es reproducir el video.

Hasta la próxima. 🙂

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!