Fic TWC de Shugaresugaru. Temporada II

El heredero 22: Detrás de los mandalas

El galeón de Calabria regresó a su muelle casi cinco horas después de su apresurada partida. No hubo ceremonia alguna por la llegada. Los guardias que patrullaban los muelles sujetaron las amarras con firmeza cuando el ancla se hundió con un potente chapoteo.
La única figura que observaba todo, con los puños tan apretados como la mandíbula, era Georg. Había sido presa de la preocupación y la angustia durante todo el tiempo que el barco estuvo lejos, y en aquel momento, sus ojos de esmeralda despedían chispas al ver el estado del barco.
Una bala de cañón había destrozado parte del barandal de proa. La madera no era más que un puñado de astillas chamuscadas y la vela principal aun dejaba escapar volutas de humo negro. Y ver aquellos daños, solo hizo que aumentara la ansiedad del consejero, al que poco la faltó para encaramarse a un costado del barco cuando este aun ni había terminado de atracar. Necesitaba asegurarse de que ambos hermanos estuviesen bien. Era imperioso para él. Sintió su interior contraerse de pánico al ver a lo lejos, en altamar, una enorme bandada de buitres, que volaban lento, de modo siniestro y aterrador, formando el negro círculo de la muerte. Si había buitres, es que había muertos flotando en el mar.
La rampa fue bajada con un golpe seco y Georg suspiró de alivio al ver aparecer a ambos príncipes caminando por la cubierta. Pero enseguida supo que algo había ido tremendamente mal. Trepó la rampa casi de un salto, y se detuvo en seco al llegar arriba.
La elegante cubierta de madera clara estaba llena de charcos de sangre fresca. Bill le lanzó una hermética mirada que denotaba una profunda tristeza, y Tom ni lo miró.
—¿Bill…? ¿estás bien? — preguntó, pero hacer esa pregunta le pareció después algo estúpido. Era más que obvio que nadie ahí estaba bien.
—Hay que llamar al veterinario y ver que se atienda a los soldados heridos — dijo el príncipe menor sin emoción en la voz— y organizar un funeral digo para Marcus — suspiró, dirigiendo la mirada hacia donde el cadáver del guardia del príncipe estaba cubierto por el estandarte de guerra de Calabria, rasgado y empapado en sangre.
—¿Qué diablos pasó? — inquirió Georg, sintiendo un escalofrío de terror al ver el caos de muerte y sangre a su alrededor.
—Ya te enterarás— gruñó Tom, aun sin mirarlo. El mayor de los príncipes deseaba ayudar a la tripulación y a los soldados que habían resultado lastimados, pero no se atrevía a separarse ni un milímetro de su hermano, pues lo sabía presa de una particular y volátil inestabilidad, a fin de cuentas, hacía un par de horas, Bill había ido a matar y lo había logrado con una atroz precisión.
Los soldados que estaban ilesos ya habían sido organizados por el capitán y con esmero recogieron el cuerpo del guardia de Bill para bajarlo del galeón, y algunos ya preparaban mantas de lana donde acomodarían al caballo para llevarlo a los establos.
—¿Y el Duque de Montpensier? — cuestionó Georg, buscando al chico por toda la cubierta, más era evidente que no se encontraba ahí.
—Lo perdimos — susurró Bill, que estaba muy quieto y muy pálido, de pie al lado de su hermano — hay que mandar traer a Jean— añadió, mirando de reojo las mangas de la camisa de Tom, que habían pasado del blanco al rojo.
Georg asintió, y en ese momento, Tom le clavó una mirada extraña.
—¿Hay noticias del rey Valdric?
—Aun no, pero se espera que su barco llegue aquí hoy por la noche.
—Bueno Bill— Tom le lanzó una mirada cansada a su hermano — es hora de hablar con nuestros padres.
Y era más que claro que ninguno de los hermanos deseaba aquello, pero ya no había forma alguna de ocultarlo.
Una potente ráfaga de viento les azotó el rostro con fiereza, casi como el preludio de lo que estaba por suceder.
Tom no pudo montar a su caballo. La herida de su brazo se había resentido y aunque hubiera podido hacerlo, lo habría evitado. Ambos príncipes contemplaron con desolación como una docena de sirvientes y miembros de la tripulación bajaban a Capriccio entre bufidos por el peso del animal. El elegante corcel no tenía ni siquiera un buen punto de apoyo para lanzar coces, y solo atinaba a gruñir y medio relinchar de dolor mientras agitaba la perlada cabeza. Lo colocaron sobre una carreta plana y luego de asegurarle al príncipe William que el veterinario lo atendería para dejarlo en óptimas condiciones, se lo llevaron rápidamente.
—Estará bien— dijo Tom, sonriendo hacia su hermano, pero sin mucha convicción, y unos cuantos minutos después, los príncipes abordaron el elegante carruaje negro y dorado que sus sirvientes habían ordenado. Georg los siguió montado en su propio caballo, que a su vez remolcaba las riendas del gigantesco Aquiles, quien había resultado ileso.
Al apearse en la más discreta de las entradas al palacio, los hermanos se miraron por un momento.
—No podemos presentarnos así— murmuró Tom, mirando a Bill quien tenía el pecho casi totalmente pringado de la sangre de Marcus. Era una escena bastante horripilante y Tom necesitó de todo su autocontrol para no hacer otro doloroso viaje al pasado. Lo único que lo mantuvo cuerdo y en su sitio, fue ver como la vida latía alocada en el cuello de Bill, y sentir su reconfortante y cálida presencia de pie frente a él, en perfecto estado.
—Bill asintió de forma grave, preocupado a su vez por Tom, y apesadumbrado por las pérdidas tan grandes que habían sufrido.
Los príncipes se fueron directamente a sus aposentos, mientras que Georg recibió la indicación de ir preparando el terreno con los Reyes de Calabria.
Ninguno habló. Ambos iban sumidos en sus pensamientos, mientras dimensionaban las proporciones catastróficas de lo que acababa de suceder. No había algarabía, ni fiestas, ni alegría. Habían perdido a Billam y el Rey Valdric estaba por llegar, y sin duda exigiría respuestas y explicaciones. ¿Cómo se las iban a dar?
¿Había sido realmente algo tan estúpido haber salido tras los piratas de esa forma tan atropellada? Los dos querían y necesitaban pensar y creer que no. De haber avisado a sus padres y de haber esperado un poco más, Barrabás se habría esfumado entre las tinieblas del océano sin dejar rastro. La rapidez del ataque había sido la clave, querían creer. Ahora, a pesar de que aquel maldito pirata había logrado escapar con su rehén, se sabía perseguido, estaba herido, tenía el navío dañado, la tripulación incompleta y no volvería a tener paz. De eso iban a encargarse los príncipes. Empero nada de eso cambiaba la realidad.
Habían sufrido pérdidas graves. Marcus era quizá lo que más le dolía a Bill. Sabía que jamás olvidaría la mirada de su guardia al morir por él. Su mente rememoraba una y otra vez el recuerdo de Marcus ofreciéndole agua cuando lo que más anhelaba en el mundo era morir por tanto dolor. Y después, cuidando su seguridad con un esmero que rayaba en la adoración. Bill siempre se sentía seguro, sabía que la reconfortante presencia casi invisible de Marcus estaba detrás de él, y en aquellos momentos su ausencia le dolía de un modo espantoso.
Habían muerto varios soldados también, y algunos de los cuerpos ni siquiera se podrían recuperar. Había que encargarse de sus familias. ¿Cómo iban a sobrevivir de ahora en adelante? Y Bill aún no se atrevía siquiera a pensar en que su caballo podría convertirse en una víctima más de sus arrebatos. Si la pata herida no sanaba, iba a ser necesario sacrificarlo. Y sacrificar a ese animal significaría acabar con una parte muy importante de la existencia y los recuerdos de Bill.
Llegaron a su elegante dormitorio en cuestión de cinco minutos, y sin más ceremonia se deshicieron de la ropa ensangrentada. Bill arrojó con fuerza el chaleco remachado hacia un rincón, y la camisa de algodón se volvió una bola sucia que aterrizó en el mismo sitio.
Tom parecía un poco más lento que de costumbre, y las manos agiles de Bill reemplazaron a las suyas, que luchaban con la camisa manchada de rojo.
—Demonios— gruñó Bill, apesadumbrado. A Tom se le habían saltado los puntos de la herida reciente y algunos hilos de sangre seca habían dibujado cardenales violaceos sobre su brazo. Y aquello sin contar con que el príncipe tenía varios cortes poco profundos debajo de los codos, además de algunos magullones. Pero Tom no parecía preocupado en absoluto por sus heridas, pues sus ojos idénticos a los de su hermano se habían anclado sobre el hombro derecho de Bill, donde una gran zona morada empezaba a oscurecerse entre el omóplato y la clavícula.
—Esos malditos desgraciados — bufó, acariciando la zona lastimada. Sin duda era el resultado de la herida hecha a Capriccio. Tom recordó que Bill dio de lleno contra el duro suelo de la cubierta antes de rodar y ponerse de pie para luchar.
—No te preocupes— lo tranquilizó Bill, refugiándose entre los cálidos brazos de su hermano, que le rodearon en el acto — no me duele.
Y mientras los hermanos se lamían uno a otro las heridas, Georg buscaba a los reyes deseando no encontrarlos, pero aquello era imposible. A pesar de tener apenas unos años trabajando en el palacio, el consejero podía vaticinar con total claridad lo que iba a ocurrir.
No fue necesario buscar tanto. Los reyes de Calabria se encontraban en uno de los jardines principales actuando como debían. Los soberanos de Normandía y de Mónaco estaban con ellos, todos observando la alegre partida de criquet que hacía reír a las simpáticas princesas y al príncipe Andreas, y a ratos, incluso al príncipe Adam.
Habían degustado un almuerzo ligero al aire libre, cubiertos por parasoles blancos de lino suave y encaje curado, y del almuerzo solo quedaban algunas copas de licor y pequeños pastelitos y entremeses de fruta.
Se podría decir que los soberanos calabreses estaban casi plenos, empero el Rey Jörg no dejaba de preguntarse en donde estaban sus hijos, quienes deberían estar acompañándolos luego de despedir al duque, y su ausencia le parecía de mal augurio, mas no deseaba compartir sus pensamientos con la reina. Aunque al ver aparecer a su consejero, con tanto sigilo, y con ese semblante de falsa calma, pudo casi adivinar que algo había sucedido, y algo grave, además. Los ojos de Georg eran dos verdes lagunas de preocupación y temor, y fue eso lo que hizo que el rey se pusiera de pie casi como impulsado por resortes ni bien el consejero había dado apenas un par de pasos en su dirección.
—¿Jörg? — la reina lo miró en el acto, extrañada.
—Dame un momento por favor— pidió, pasando al lado de Magnus, quien, apoltronado cómodamente sobre su asiento, solo tenía ojos para su joven hija, quien era la que iba ganando la partida, para molestia de Felitza, que se esforzaba tanto para ganar como para tener cautiva la atención del príncipe Andreas.
—¿Qué sucede? — apremió el rey tras haber detenido los pasos de Georg a una distancia prudente, en donde nadie más podía escuchar. La silueta del monarca era más alta gracias a la corona, y su capa revoloteó a su alrededor al detener el ímpetu de sus pasos. A Georg le pareció que en ese momento mas que nunca, los hermanos eran realmente idénticos a su padre.
—Majestad…—Georg no sabía ni por donde comenzar, ni como darle la noticia a alguien como el rey Jörg. ¿Cómo le iba a decir que habían sido engañados por un maldito pirata, que había estado entre ellos burlándose, fingiendo ser un aristócrata, que había raptado a un duque, que había matado a uno de los mejores guardias que tenía Calabria, que había herido a un caballo purasangre, que había intentado matar a los hijos que los Reyes cuidaban con tanto celo y adoración…?
—¿Qué sucede? — repitió el Rey, comenzando a sulfurarse.
Georg se acobardó al final.
—Es necesario comunicarle algunas cosas un tanto graves que han ocurrido…
—¿Mis hijos están bien? — demandó el rey con prontitud, sin darse cuenta que la Reina ya estaba a su lado, con los ojos abiertos y empapados de temor, esperando una respuesta afirmativa por parte del consejero.
—Si Majestad. Ya los están atendiendo— respondió Georg sin pensar bien en su respuesta. Y el resultado fue que ambos reyes, seguidos por sus guardias, salieron como bólidos hacia las habitaciones de los príncipes sin cuestionar nada más.
Unos minutos más tarde, las puertas ornamentadas de las habitaciones de los príncipes se abrieron con estrépito, revelando la feroz silueta del rey, cuyos ojos de topacio buscaban frenéticamente a sus hijos. En realidad, el Rey tenía la mente en blanco, temeroso incluso de sus pensamientos, de modo que algo muy parecido al alivio le cayó encima cual bálsamo en cuanto entró, seguido de la reina, en la sala de recepciones y escuchó claramente la voz de los príncipes. Mas al ver salir a Jean por la puerta que conectaba la sala con la habitación, la sensación de alivio se esfumó.
La reina Simonetta lo adelantó, sin mirar siquiera al médico real. Se precipitó dentro del dormitorio, donde ambos príncipes, los dos con expresiones un tanto azoradas, la reverenciaron.
—¿Se puede saber que sucede aquí? — inquirió el rey, quien entró dos segundos después.
Los príncipes se veían cansados, abrumados y en los espejos de sus ojos, sus padres solo pudieron ver rabia y preocupación.
Ambos tenían aun el cabello muy húmedo y habían logrado ataviarse con ropa discreta pero tan elegante como siempre. Las ropas ensangrentadas ya habían sido retiradas por sus sirvientes, y amplias camisas de suave seda les cubrían las heridas, los dos portaban fajines plisados de seda color gris perla y pantalones negros a juego con botas limpias y lustrosas.
Ninguno de los hermanos respondió. Ambos clavaron la mirada en el suelo, apesadumbrados, y el silencio se hizo pesado como el plomo durante casi medio minuto, hasta que el medico real entró, entre reverencias, para recoger su maletín.
—Jean— el Rey lo detuvo con una astuta pregunta — ¿tú diagnóstico?
—Bueno— el médico se aclaró la garganta y, sin sospechar nada, respondió con claridad, mientras Tom dejaba escapar un sonido de fastidio y Bill cerraba los ojos con derrota y cansancio— en realidad ninguno de los príncipes tiene heridas de gravedad. Le he colocado al príncipe Thomas los dos puntos que se soltaron y con ungüento sanarán los cortes que tiene en los antebrazos, no fue necesario colocar suturas. La contusión que tiene su Alteza, el príncipe William en la espalda no es grave, solo le provocará dolor por algunos días y cederá, y con un par de gotas de láudano cada ocho horas, ninguno tendrá dolor alguno.
—Bueno — el rey arqueó las cejas. La rabia lo consumía vorazmente por dentro — muchas gracias Jean, ya puedes retirarte— su tono fue glacial, de modo que después de una reverencia a sus soberanos y lanzarle a Georg, quien permanecía en silencio en la sala de recepciones, una mirada un tanto hermética, se retiró.
Cuando estuvieron a solas, el rey dejó escapar un bufido.
—Descúbranse— ordenó, y ambos príncipes pusieron su mejor cara de póker — y explíquense.
Ninguno de los príncipes se movió un milímetro, y permanecieron como estatuas mientras la reina se aproximaba a ellos, observándolos de cerca con esa mirada tan maternal y tan preocupada suya. Los dos se dejaron hacer cual gatitos cuando la reina les desabotonó las camisas y ambos hermanos quedaron expuestos.
—Oh por Dios… Pero ¿qué sucedió? — cuestionó la reina con voz ahogada. Apenas podía soportar ver a sus hijos así. Ambos eran todo un poema de heridas y cardenales — ¡ustedes estaban bien!
—¿Georg? — el Rey apenas pudo destrabar la mandíbula para pedir explicaciones a su consejero, pues intuía que sus hijos no le dirían quizá toda la verdad, y mientras esperaba la respuesta, observaba como la reina pasaba las manos por los vendajes de Tom, por los morados de Bill, y su corazón se desangraba de rabia. Quienquiera que hubiese hecho aquel daño a los príncipes, lo pagaría con su vida.
—Fuimos engañados Majestad— anunció Georg, quería y debía responder ante el rey, pero ni siquiera el sabía al cien todo lo que había sucedido. La información completa solo la poseían los príncipes.
—¿Engañados? — cuestionó el Rey, volviéndose hacia Georg, pero al ver que su amigo corría el riesgo de cargar con la ira del Rey, Bill se escabulló un poco de su madre, se abotonó la camisa, y dijo la verdad.
—Tom tenía razón, tuvo razón todo el tiempo…padre… — se lamentó el príncipe, recibiendo tres miradas desconcertadas.
—¿Razón en qué, exactamente, William?
—En desconfiar de esa asquerosa alimaña que acompañaba al Duque de Montpensier. No era mas que un malnacido pirata…
—¿¡Que?! — los ojos del Rey por poco se salieron de sus orbitas, y tuvo que poner las manos sobre la delicada mesita redonda que tenía al lado.
—Pero Billam…— comenzó la reina, aun examinando a un incomodísimo Tom.
—Billam es un rehén… y no nos dimos cuenta.
El rey sufrió un mareo al escuchar aquello.
—Mientras nos despedíamos de Billam hace unas horas, el me entregó una nota, pero con la indicación de abrirla una vez se hubieran marchado— murmuró Bill, parpadeando para disipar las molestas lágrimas de ira que sus ojos amenazaban con soltar — demoré escasa media hora, y era una nota de súplica, de auxilio. Billam lleva meses secuestrado, a merced de esos malditos nauseabundos piratas.
—Fuimos tras ellos en el acto— añadió Tom, tomando las manos de su madre entre las suyas, para luego besarlas y abotonarse la camisa al final — los alcanzamos rápidamente, y luchamos por recuperar a Billam, pero ese maldito lo usaba para detenernos…
—¿Pudieron salvarlo? — preguntó la reina, sentándose sobre el sofá blanco más cercano al ventanal. Se sentía mareada e inestable por lo que estaba ocurriendo.
Bill negó casi imperceptiblemente.
—No. El líder de los piratas estaba dispuesto a asesinarlo, lo hirió frente a nosotros, no iba a tener piedad y no pudimos… no lo íbamos a arriesgar de esa manera…
—Por supuesto que no— acordó la reina, que tenía las manos sobre la boca y los ojos llenos de lágrimas, le dolía en verdad el destino de Billam.
—No lo asesinará — dijo Tom, para calmar a su madre, pues después de Bill, era la segunda persona a la que mas amaba en la tierra — es su único seguro para poder seguir huyendo.
—Perdimos a Marcus…— añadió Bill en voz muy baja — lo asesinaron.
Ambos reyes se quedaron sin aire al escucharlo. Por un segundo les pareció haber oído mal.
—¿A Marcus? — repitió el Rey, totalmente incrédulo.
—Se interpuso entre Bill y la muerte — murmuró Tom — dio su vida por mi hermano.
Ante eso, el rey se sentó al lado de la reina, mudo de horror.
—Perdimos a varios soldados también — dijo Tom, mirando sus botas — y el caballo de Bill está herido
—Dios mío — la voz del rey era pura conmoción.
—Ellos no se fueron limpios, la fragata que tripulan quedó bastante dañada, perdieron parte de su tripulación y quedaron heridos. Saben que los perseguiremos.
Por mas de un minuto nadie dijo nada. Los príncipes demasiado apenados para hablar, y los reyes demasiado impresionados para lo mismo.
Al final, el rey, pese a la conmoción y el choque de emociones y sentimientos que bullían en su interior, demostró el aplomo que lo llevó a convertirse en quien era. Se levantó y encaró a sus hijos, mirándolos con una mezcla extraña que oscilaba entre el orgullo, el alivio y la exasperación.
—Pese a que fue bastante insensato el exponerse a un peligro de semejante magnitud, pienso que la rapidez con la que actuaron fue y será la clave para que nuestro joven amigo, Billam pueda ser rescatado. De haberse demorado en avisar, o en pedir refuerzos, los piratas se hubieran desvanecido en el océano, llevándose a Billam con ellos.
Tom frunció un poco el ceño ante la actitud de su padre. No lo comprendía del todo. Hubiera esperado una retahíla de regaños sin descanso que los harían sentir tan inútiles y estúpidos como un par de cucarachas, pero su padre se mostraba demasiado objetivo y calmado. ¿quizá por Bill? ¿Quizá por la palidez de la reina? ¿Quizá porque comprendía que pese a la superioridad numérica que tuvieron, realmente fue algo muy peligroso el combatir de la manera en que lo hicieron con quizá el peor de los piratas que existían? No había forma de saberlo.
Pero a Tom no le gustó para nada esa ecuanimidad, y permaneció callado y ondulando alrededor del agitado espíritu de su hermano.
—Georg — el Rey no despegaba la vista de sus herederos ni por una fracción de segundo, y estaba empezando a ponerlos nerviosos.
—¿Majestad?
—Auxíliate de tus sirvientes. Que los príncipes reciban la mejor de las atenciones de Jean. Que se quede en el palacio hasta que mis hijos estén en perfectas condiciones. Si el galeón sufrió daños, hoy mismo deben empezar a repararlo para enviarlo a patrullar los océanos en busca del Duque de Montpensier, también quiero a todas mis embarcaciones militares y los acorazados en busca de ese chico — Georg tomaba nota con rapidez y de modo eficiente mientras su interior odiaba un poco a los príncipes por todo el trabajo extra que iba a tener — hay que organizar el funeral de Marcus, que sea un funeral digno del héroe que fue, y destina una cantidad que se dará como compensación a las familias de los soldados caídos, y asegura que se les otorgue el mismo sueldo que recibían. También encárgate que el jefe de los establos trabaje junto con el veterinario para que Capriccio se recupere rápidamente. Quiero que ese animal vuelva a estar de pie y en perfectas condiciones.
—A la orden majestad — respondió Georg antes de hacer una respetuosa reverencia y retirarse a cumplir sus encargos.
—En cuanto a ustedes— prosiguió, aproximándose por fin hacia los príncipes hasta quedar a casi diez centímetros de ellos — no pondrán un solo pie fuera del palacio, se comportarán con la sensatez y la sabiduría que deberían tener dos jóvenes de veintitrés años — ambos hermanos lo contemplaron en silencio. Bill con una límpida mirada que no traslucía absolutamente nada, y Tom con una expresión de profundo hastío — seguirán al pie de la letra las instrucciones de Jean, saben que detesto verlos lastimados. ¡Maldita sea! si por mi fuera ni siquiera el aire se atrevería a rozarlos, pero hijos míos, ustedes en verdad se empeñan en poner a prueba mi escasa paciencia. Es casi un hecho que hoy por la noche arribe a nuestras tierras el Rey Valdric y no tenemos cara para aceptar que Billam nos fue arrebatado de las manos con una facilidad insultante, de modo que es nuestra responsabilidad ofrecer las disculpas necesarias y redoblar esfuerzos en encontrar al Duque, pero delegando ¿he sido claro?
Y no olviden, que tenemos visitas, y hay que atenderlas.
Dicho aquello, el Rey puso ambas manos sobre los hombros de los príncipes, sonriendo un poco.
—Agradezco al cielo en verdad, que ambos estén aquí, a salvo, no vuelvan a hacer algo así por favor.
Bill suspiró, dejó caer los hombros y le dedicó a su padre un asentimiento de cabeza. Tom solo se limitó a reverenciar al Rey de modo muy escueto.
La reina se levantó en ese momento, besó a sus hijos con dulzura y salió junto con el Rey un par de segundos después.
—¡Maldición! — gruñó Tom, dándole un puntapié a la pata del sofá, una vez que estuvieron solos — peor que animales enjaulados.
Bill no respondió. Se acercó a paso lento a la enorme terraza, y se perdió viendo el mar. Sus ojos marrones se perdieron lejos, donde estaba Billam, quizá sufriendo el peor de los castigos a manos del maldito pirata que lo tenía cautivo. Y viendo aún más lejos el azul horizonte, donde Marcus estaba ya con Constanza.
—Quiero ver a Capriccio — murmuró de pronto. Una angustia paralizante le atenazó el pecho con saña. No deseaba quedarse encerrado en sus habitaciones. También compartía el mismo pensamiento de Tom. Aunque su padre se había mostrado comprensivo, veladamente los había encerrado en el palacio, cuando más deseos tenían ellos de salir a comerse el mundo, incluyendo por supuesto a los piratas.
Tom, desde el sofá le dedicó a su hermano un asentimiento y tras ponerse capas ligeras de saten negro, salieron en dirección a los establos.
Pero en cuanto salieron al pasillo, un verdadero ejército de guardias los recibió.
Los hermanos trataron de hacer caso omiso a aquel hecho y apresuraron el paso.
—Necesitas otro guardia— murmuró Tom en voz baja. A pesar de que su padre los había rodeado de guardianes, Lucca seguía siendo aquel que caminaba mas cerca de los príncipes, empero incluso el sentía la falta de Marcus como una espina en el costado.
—¿En dónde está Nicco? — cuestionó Bill de regreso, lanzando una mirada a sus espaldas, pero el susodicho no se encontraba ahí.
—¿Enserio Bill? ¿el ladrón? — graznó Tom, incrédulo. Era cierto que aquel muchacho se esforzaba día con día, que tenía una habilidad nata, que era ágil y muy inteligente y había escalado en posiciones con una rapidez asombrosa, pero Tom, que era arisco y desconfiado como un gato, aun recelaba de él.
—Ha demostrado su lealtad— repelió el menor, frunciendo el ceño. Georg me entrega informes semanales sobre su progreso.
—Todo lo que quieras Bill, pero poner tu seguridad y tu vida en sus manos — Tom mencionó aquella ultima frase con fervor — ya es otra cuestión, y además, supongo que esa decisión no será totalmente tuya.
—Nicco me comprende un poco más que el resto de los guardias — resopló Bill, haciendo que su rebelde mechón de negros cabellos se agitara en su frente.
Tom no le respondió, solo se limitó a darle una mirada un tanto consecuente y llegaron en silencio a los establos, adentrándose mientras Lucca detenía al enjambre de guardias en las puertas para darles a los príncipes algo de privacidad.
—Saludos Alte…— el saludo se le quedó atascado en la garganta a Bernardo, el encargado de las caballerizas.
Los príncipes no aceptaron ninguna ceremonia. Bill sentía una prisa intensa por ver a su corcel, y medio suspiró de alivio al verlo en una amplia caballeriza cubierta de dorada paja, de pie y rumiando parsimoniosamente del gran comedero lleno de frescos brotes de alfalfa. La pata herida estaba cubierta por una venda tan blanca como la piel del caballo y no parecía molestarle en absoluto.
—¿Cómo esta? — inquirió el príncipe mas joven, mientras pasaba la mano por la frente del caballo, cuyas orejas se irguieron de gusto al reconocer a su amo.
—Sorprendentemente bien Alteza — en realidad es un corte profundo pero no tan delicado, permítame mostrarle algo — añadió, despertando la curiosidad en los hermanos, que lo siguieron hacia el centro del enorme establo. Ahí amontonadas en el piso cubierto de mas paja estaban las armaduras con las que habían blindado a los caballos. Bernardo tomó la parte que cubría las patas delanteras, y claramente se apreciaba un buen golpe en el acero.
—La estocada golpeó primero la armadura — comentó, acercando el material a los ojos de ambos príncipes — y luego resbaló, que fue cuando ocasionó el corte sobre la rodilla, porque un impacto de esta magnitud habría cercenado la pata del caballo como si fuera mantequilla.
Al escucharlo, un escalofrío sacudió la espina de Bill, haciendo que la rabia lo consumiera. Maldito Barrabás. Mil veces maldito.
—¿Se repondrá? — cuestionó, viendo como Tom se alejaba unos pasos hasta la caballeriza contigua a la de Capriccio, donde Aquiles asomó la gigantesca cabeza para que Tom pudiera acariciarla.
—Sin duda, el veterinario asegura que en un par de semanas estará como nuevo, y no quedarán secuelas mas que la cicatriz.
—Eso espero— murmuró Bill con aire cansado. Quería apagar su mente un rato, pero no podía, la vorágine de pensamientos era atroz y un cierto dolorcillo medio jodido de cabeza empezaba a fastidiarlo.
Luego de agradecer al encargado de las caballerizas con una escueta reverencia y asegurarle a Capriccio que iría a verlo al día siguiente, ambos príncipes se retiraron.
Bordearon los jardines por un camino de grava que crujía bajo las botas, y trataban de hacer caso omiso del enjambre de guardias que los seguía, cuando, para fastidio de Tom, se toparon al dar la vuelta por el pulcramente recortado laberinto, con las princesas Ambrosía y Felitza, que paseaban junto con el príncipe Andreas.
Evitarlas habría sido imposible, por no mencionar que también habría sido increíblemente descortés.
—¡Saludos Altezas! — saltó Felitza inmediatamente, pues se le notaba claramente aburrida e irritada por tener que ir en compañía de Ambrosía, quien sonrió dulcemente antes de hacer una delicada reverencia.
Los hermanos se detuvieron, algo sorprendidos y azorados, pero reverenciaron con elegancia a los recién encontrados.
Al parecer, aun no sabían todo lo que había ocurrido, porque sin duda los habrían bombardeado de preguntas, y ambos hermanos agradecieron que nada de eso estuviese sucediendo.
—Que tal — saludó Bill de modo frío al saludo de Felitza, contemplando después a ambas muchachas, igual que hacía Tom, irritado ante la pulsante belleza que emanaba de la mayor de ellas. El príncipe se preguntaba cómo infiernos podía verse Ambrosía mas bella cada día. Sus ojos azules resplandecían como diamantes bajo la luz del sol, el dorado cabello ondulado jugueteaba con el viento, y aquel día, la princesa si portaba una sencilla corona de oro amarillo, lo que la volvía aun mas bella e interesante. Tanto, que incluso él se vio arrastrado ante el impulso de saludarla educadamente.
—Saludos, princesa Ambrosía, princesa Felitza — Tom le lanzó una mirada elocuente a su amigo — Andreas. Espero que estén pasando agradables momentos.
—Sin duda alguna — respondió el mencionado — pero ya que nos encontramos, será mas placentero continuar el paseo todos juntos.
Los hermanos compartieron una breve mirada y asintieron. A ambos les parecía una total pérdida de tiempo hacer aquella cosa, pero las riendas de la realeza los sujetaban con fuerza e impedían a sus espíritus correr desbocados para hacer lo que en realidad estaban deseando. ¿Cómo diantres iban a pasear cuando tantas cosas malas estaban sucediendo?
El sendero por el que discurría el paseo era angosto, y como era mal visto que las señoritas caminasen solas cuando abundaban los caballeros, Bill ofreció enseguida su brazo a la princesa Ambrosía, pues la princesa Felitza no perdió ni un segundo al encaramarse del musculoso brazo de un azorado Tom,  quien apenas si pudo ahogar el siseo de dolor.
Lo había pillado por sorpresa totalmente, y pese a todo, el príncipe se comportó como un caballero y permitió el agarre, esbozando la mas ínfima de las sonrisas.
—Si me permite, príncipe Andreas— murmuró Ambrosía algo apenada al entrelazar suavemente su brazo con el de Bill.
—No hay problema, le cederé el honor al príncipe William— respondió animadamente, no obstante, era evidente la lucha interna de Bill. Pues los celos y la furia le habían hecho apretar la mandíbula, empero el suave agarre de la princesa de Mónaco, su aroma y la calidez de su cuerpo funcionaban como un potente bálsamo que aliviaba un poco la rabia que sentía hacia el intrépido atrevimiento de Felitza.
Caminaron charlando bobadas hasta que llegaron al palacio. Empezaba el crepúsculo cuando se despidieron entre reverencias a las princesas, asegurando verse durante la cena.
Las antorchas que iluminaban seductoramente los senderos que llevaban al palacio crepitaban animadamente cuando Georg alcanzó a los hermanos, que aun permanecían por fuera, callados y pensativos, pero pese a todo, disfrutando de la mutua compañía. A Bill ya casi se le había pasado el coraje de haber visto caminar a su hermano casi diez minutos con aquella simpática princesa colgada de su brazo, y Tom, a su vez, aun se lamía las heridas que la impotencia de ver a Bill ser galante y solicito con Ambrosía, le había dejado.
—Príncipe Tom — hizo una escueta reverencia hacia el mencionado — Bill…
—¿Que noticias tienes Geo?
—Varias, de hecho— respondió, haciendo que Bill le pusiera toda su atención, al igual que Tom, quien clavó su impresionante y oscura mirada en él.
—Las patrullas reportan leves avistamientos de humo en altamar, pero hasta ahora nadie ha reportado ninguna fragata negra, ni ninguna otra cosa sobre eso. Los funerales de Marcus se llevarán a cabo mañana a las nueve de la mañana en la iglesia, y así mismo se va a conmemorar a los veintidós soldados que perdieron la vida en batalla.
Bill se tragó ruidosamente el nudo que se le formó en la garganta al escuchar a su amigo.
—¿Y Valdric? — cuestionó, casi con miedo.
—El galeón del Rey Valdric acaba de ser visto en la cresta oeste de Gioia Tauro— dijo, y al escucharlo, el alma de los príncipes se volvió pesada como el plomo — de modo que estará arribando quizá en una media hora. Ya lo espera un carruaje en los muelles, una habitación lista en palacio, y el Rey Jörg lo recibirá en la sala del trono, y pide que si dirijan para allá.
Continúa… 
Trato en verdad de no hacer tan largo ya esto, pero hay muchos detalles y situaciones que debo abarcar…
La parte buena es que las actualizaciones serán más y más constantes de ahora en adelante, ya estamos casi entrando en la recta final.
Mil gracias por seguir aquí ❤️✨

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

Un comentario en «El Heredero 22: Detrás de los mandalas»
  1. ¡Me encanta esta historia! Ojalá puedas actualizar mas seguido, aunque me duele que ya esté a punto de terminar 😞 Solo espero que tenga un final bonito para los gemelos y que no están estorbándoles las princesas jajaja.

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