Capítulo 6: La Casa

Varios días habían pasado, lentos y monótonos, días en los que el calor aumentaba al mismo tiempo que las inquietudes de todos en el reino, en especial porque la salud de la Reina seguía disminuyendo, pero un domingo apacible y sereno, al caer la tarde, los príncipes gemelos iban montados en sus respectivos corceles, y recorrían las calles semivacías del pequeño pueblo de Calabria.

El altercado con el príncipe Andreas ya había pasado, y aunque el rubio monarca aún no regresaba de Sicilia, Bill ya lo había perdonado y le echaba de menos.

Tom estaba intrigado, no tenía idea de que es lo que Bill quería, como casi siempre, y se sentía algo inquieto. Esas calles no le traían muy buenos recuerdos. Pasaron frente a la casa de Georg, con sus alegres flores anaranjadas en las jardineras y sus molduras blancas pintadas a mano y Tom sintió que se le oprimía el estómago. Ahí fue donde empezó a buscar a Bill hacía tanto tiempo, cuando su hermano ya llevaba horas en alta mar.

Bill no dijo nada, pasó de largo de la casa de su amigo y siguió guiando a su caballo, siendo seguido de cerca por Tom; que no preguntaba, bien podría seguirlo por años, durante toda su vida.

Bill, por su parte, se sentía sereno, siempre estaba sereno cuando cabalgaba al lado de su hermano, siempre se olvidaba un poco de todos los problemas que tenía encima. La brisa flotaba cálida y perfumada y le acariciaba el rostro mientras avanzaba, mirando hacia todos lados con los ojos entornados.
El sonido de los cascos de los caballos resonando y creando ecos contra las calles empedradas, el calor del lomo de su corcel bajo sus fuertes piernas, las riendas de gamuza enrolladas suavemente alrededor de sus manos, le daban una extraña sensación de paz, de seguridad.

Le gustaba ir solamente con Tom, sin nadie más revoloteando a sus espaldas, ya que desde que se había convertido en príncipe heredero, luego de recuperarse de las múltiples heridas que la desalmada reina madre había ordenado se le infringieran, los Reyes no le quitaban el ojo de encima, lo rodeaban de mil guardias y escoltas y tampoco le habían dejado poner un pie afuera de los terrenos reales por mucho tiempo, tanto que de repente, Bill sintió que tenía ocho años en lugar de veinte, pero poco a poco la estricta vigilancia real fue menguando y pudo volver a salir, aunque fuera con una docena de guardias pisándole los talones. Por eso, aquella tarde en especial, a solas con Tom, la vida parecía más simple, más serena, más placentera.

Se detuvieron delante de una cerca blanca, con el césped algo crecido, y Bill cortésmente saludó a la señora que acababa de entrar a ese jardín.
—Señora Cravioto…— dijo, sonriendo cálidamente, los ojos entornados y una elegante inclinación de cabeza. Tom lo miraba en silencio, extrañado y curioso, con la vista y todos los sentidos puestos en Bill; mientras que la aludida señora se quedaba muda ante tal muestra de elegancia.
—Oh… —dijo, llevándose la mano al pecho…—Bill…eh… Altezas…— corrigió apenada, haciendo que la sonrisa de Bill se ensanchase.
—Bill está bien— dijo Bill, ignorando el chasquido molesto de Tom — su jardín esta descuidado…
—Si mi querido muchacho, ya nadie hace las cosas bien en estos tiempos…
—Veré que puedo hacer— dijo el príncipe, luciendo pensativo— por favor, de usted mis recuerdos al señor Cravioto.
—Por supuesto querido— dijo, suspirando— Constanza estaría tan orgullosa de ti…
—Ella lo está, —intervino Tom. Su voz era grave y amenazadora, estaba mortalmente serio, preocupado de que aquella mención pusiera melancólico a Bill.
—Por supuesto Alteza…
—Hasta luego señora Cravioto— se despidió entonces Bill, inclinado nuevamente la cabeza, haciendo que el platino de su corona refulgiera enloquecido a la luz del sol.
Siguió cabalgando, callado y pensativo, con un Tom más callado y pensativo, y hasta preocupado a su lado. Bill aun no quería hablar…
— ¿Puedes decirme ya a donde vamos? — suplicó Tom finalmente, pero Bill lo miró de manera enigmática, y en ese momento detuvo su caballo.
Habían llegado a su antiguo hogar.

Tom no tenía ni idea de donde estaban, solo miraba una calle polvorienta, semivacía, con casas apenas sostenidas en sus bases de concreto blanco y madera vieja. Bill desmontó con gracia y ató las bridas del caballo a un arbol cercano, Tom lo imitó, intrigado, mientras su hermano subía los tres peldaños de la casa ante la que se habían detenido. Bill tenía un nudo indisoluble en la garganta.

Estaba en casa… nuevamente.

Con un cuidado que casi rayaba en la adoración, Bill acarició con la punta sonrosada de sus dedos el ángel que servía de llamador, luego el símbolo contra el mal de ojo casi borrado que estaba plasmado en la puerta, y sacó del bolsillo de su pantalón de lino la llave de la que fuera su casa. Entonces Tom lo entendió, y antes de que pudiese decir o hacer cualquier cosa, Bill abrió la puerta, que rechinó como si fuera un sarcófago y se adentró con pasos cuidadosos, alerta como un gato. La última vez que había estado ahí enterándose de su linaje y de la verdad de su vida, había acabado al borde de la muerte.

Todo estaba tranquilo, callado y en orden, los estantes, las esculturas, los miles de frasquitos llenos de extrañas sustancias, que añejadas eran aun más potentes que el veneno, el pequeño y roído sofá, la mesa con sus bancos. Todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo y abandono. Bill se sentía realmente impactado con el aspecto de su casa. Miraba con los ojos desorbitados los espacios. Contra todo lo que él quería o podía aceptar, se había terminado por acostumbrar a las gigantescas dimensiones del palacio, y en ese momento no entendía como había podido vivir en ese espacio tan reducido.

Pero si, había vivido ahí, y había sido feliz estando sólo con Constanza. Se dirigió a las escaleras y subió con tiento, siempre alerta. No quiso entrar en la habitación de Constanza, sus fuerzas en aquel momento no le daban para tanto, solo se dirigió a la que fuera su pequeñísima habitación, y ahí estaba todo; la cama rota, la diminuta mesa, y en el piso al lado de la cama, la palmatoria negra tirada en el piso, una vela apagada y casi consumida por completo al lado y una gran mancha oscura de sangre que se había vuelto granulosa, disipándose y haciéndose una costra marrón hundida en la madera. Su sangre. Se llevó la mano a la nuca y sintió ahí la abultada cicatriz de aquel salvaje golpe que lo dejó sin sentido, en esa misma habitación.

Bill cerró los ojos para disiparse, porque aun después de dos años, su pasado a veces arremetía fuertemente contra él. Pero ahora era diferente, estaba a salvo, estaba con Tom. Entonces pensó en Tom; su hermano no lo había seguido. Bill salió caminando rápido, agitando la capa negra y dejando una estela de su fresco aroma tras de sí y en dos segundos estaba abajo nuevamente, y vio que Tom estaba muy serio, parado en el porche de la casa, sin atreverse a entrar.

—Ven… — lo llamó entonces, estirando la mano, sintiéndola cálida al momento en que Tom la tomaba— esta es mi casa… aquí crecí— dijo, arrastrando a su hermano.

En realidad Tom no quería entrar, y a la vez si quería, tenia curiosidad por saber en qué lugar su hermano, con esa personalidad tan mágica y enigmática había crecido, y no, porque sabía que ver aquello iba a doler.

Pero entró, no podía negarle nada a Bill, y pudo ver de cerca la miseria; y saborear su esencia rancia en la punta de la lengua. Había cambiado tanto su forma de pensar… Tom miró la mesa, llena de arañones, el diminuto espacio, la estufa improvisada con hierro, cenizas y algunos leños ennegrecidos y muy viejos metidos hasta el fondo. Se sentía ridículo. Después se paseó por la pequeña estancia, deteniéndose ante el mueble que tenía los miles de frasquitos con hierbas tan potentes como para matar a diez hombres al mismo tiempo.

—Aloes— dijo en voz baja, leyendo las etiquetas de los frasquitos— corteza de olmo, genciana, raíz de jengibre, asafétida, menta…
Bill lo observaba en silencio, apoyado contra el marco de la puerta, con una sonrisa discreta oculta en la seriedad sus afiladas facciones. Estaba embelesado con Tom y su silueta alta y aristocrática, y su corazón saltaba dentro de su pecho cada que Tom movía un poco la cabeza, haciendo que su corona destellara sin parar.
— ¿Qué es todo esto Bill?
—Remedios, los usaba Constanza…
—Los usaba tu madre— corrigió Tom, aun leyendo las etiquetas de los frascos.
—Los usaba mi madre— la sonrisa de Bill se hizo mas pronunciada. —quiero mostrarte algo…
Y Tom entonces volvió su apuesto rostro hacia Bill, y alzando una ceja, se puso a su servicio.
—Muéstrame entonces…
Y siguió a Bill escaleras arriba, despacio, como si aquella casa de repente fuera a caerse. Bill entró en su dormitorio, con Tom a sus espaldas, que estaba tan callado como un muerto en su tumba, mirando como su hermano se agachaba a recoger una bola de trapo negra, y se la tendía, segundos después.
—¿Qué es esto? — inquirió Tom, frunciendo las cejas, y mirando a Bill.
—Esto es tuyo…— respondió el menor, dejando en los brazos de Tom su capa de terciopelo negro. Aun era suave como el pelaje de un armiño en las zonas en donde no estaba la sangre seca de Bill, y los botones brillaban como pequeños soles encendidos.
—Mi capa…— dijo Tom con un hilo de voz— con ella te cubrí las heridas…— continuó, sintiendo los manchones duros y tiesos en la suavidad de la tela— hace… tres años…
—Si… y ahora te la puedo devolver
—Bill— Tom dobló cuidadosamente la capa y la dejó sobre la desvencijada cama— lo mejor será que la dejemos aquí…— dijo, apretando la mandibula al recordar el porqué estaba esa capa así.
—¿Por qué?
—Porque si la llevamos a casa, los sirvientes la asearán, y al ver sangre seca en ella, se va a desatar un infierno… después de lo que ha pasado contigo lo sabes…
—Andreas tendría problemas— dijo Bill finalmente, sin rencor.
—No me importa que él tenga problemas, sabes que aún quiero matar a ese idiota con mis propias manos por lo que te hizo.
— ¿Entonces?
—Sería duro para nuestros padres.
Entonces Bill lo meditó largamente. No quería que su madre llorara aún mas, ni verla más decaída o triste. A últimas fechas, la había visto bastante desmejorada, y su padre, el rey, casi enloqueciendo por eso.
—Dejémosla entonces aquí— dijo, sonriendo a medias.
—Pertenece aquí ¿Podemos irnos ya? — pidió Tom, y Bill pudo ver cuánto le agitaba a su hermano aquel lugar. Le parecía curioso, pues su sangre estaba agitada también, como si aquel lugar, el que fuera su hogar durante tantos años, fuese de repente algo desconocido, y ese sentimiento le asustó. ¿Era ya un aristócrata? Recordó la carta de su madre y lo que decía «Eres un príncipe».

Pensó en su vida desde hacía dos años, viviendo en el irrealmente bello palacio de Calabria, al lado de Tom, al lado de los Reyes que eran sus verdaderos padres y rodeado de sirvientes, cortesanos, guardias y amigos. Vivía en medio del lujo, de la opulencia y de la elegancia, y aunque se dijera que eso no significaba nada para él, bien podría decir que estaba acostumbrándose o ya acostumbrado a eso.

A diario al despertar veía un océano de mármol fresco, blanco y brillante como un espejo rodeándolo, sus trajes de seda, de lino, de terciopelo o satén ribeteados de oro, de plata, de piedras preciosas e hilos de oro, estaban limpios y ordenados. Las coronas, que ya eran más de dos docenas, en sus estuches. El palacio, sus espacios, los jardines, el gigantesco barco real, su caballo pura sangre…Simplemente el almuerzo que había tomado aquel día: Un plato de fruta fresca salpicada de miel, un arenque ahumado y una copa rebosante de leche tibia de almendras…

«Todo esto es tuyo William» le había dicho su padre, cierta tarde que Bill estaba de pie a orillas del lago, triste y silencioso, mirando a los elegantes cisnes de Tom pasearse en la quieta superficie del agua.
No le respondió a su padre aquel día, pero permitió que el Rey lo abrazara por largo rato.

—Vámonos ya— dijo Bill finalmente, bajando tras Tom, quien parecía tener mucha prisa por irse; y Bill comenzó a sospechar que Tom no soportaba la miseria, o el olor, o a saber qué, y como él quería saber, le preguntó
—¿Te molesta mi casa?
—Esta no es tu casa— dijo Tom, llegando al porche dando enormes zancadas. Su pecho dolía.
—Fue mi casa…— Bill empezaba a sentirse melancólico ¿acaso a Tom le daba asco, o disgusto?
—Pero ya no lo es más — dijo obstinadamente el mayor, ya fuera, volteándose a ver porque Bill no estaba a su lado. El príncipe menor se había detenido en el umbral de la puerta, bajo el marco astillado y descolorido por el paso del tiempo.
—¿Te da asco? — se lanzó Bill, no lo entendía. Y la reacción de Tom fue inesperada. Su apuesto rostro se transformó en una máscara de puro dolor, y Bill llegó a su lado con la rapidez del rayo. — ¿Qué te pasa Tom? — preguntó, casi presa del pánico.
—No me da asco— Tom logró recomponerse muy rápido, y miró directamente a los apesadumbrados ojos de su hermano— ¿no entiendes aún Bill? Lo único que me pasa, es dolor, dolor en el alma.
— ¿Por mi?
—Por ti, porque nunca debiste vivir aquí ¿entiendes? Aunque agradezco con mi vida a Constanza por haberte salvado, para mí, saber que vivías aquí, cuando debiste estar en el palacio conmigo, es un dolor agudo, que no encuentra consuelo. Y al mismo tiempo conocer en donde te escondías todos estos años… es demasiado ya… no soy tan fuerte— terminó, mientras acariciaba muy suavemente la mejilla de su hermano— nunca traigas a mamá aquí…
—Nunca lo haré— dijo Bill, parpadeando para disipar las lagrimas que amenazaban con asomar por sus ojos— vámonos ya.
Y se alejaron lentamente, dejando aquella casa pequeña y fantasmagórica sumiéndose poco a poco en la penumbra de la noche.

Esa misma noche, los gemelos se negaron a cenar en el comedor real, que se encontraba bastante lleno de cortesanos e invitados de los Reyes, y optaron por cenar en la pequeña y ornamentada veranda, del lado norte del palacio, alejados de las miradas irritantes y curiosas que siempre les dirigían cuando se mezclaban con las personas de su clase; y mientras eran servidos, Tom miraba un pergamino que había pescado de la biblioteca real, mientras que Bill leía ávidamente un libro.
La cena fue sencilla; para Tom había pez espada cocinado con una receta siciliana, mientras que a Bill, a quien los cocineros iban conociendo poco a poco, le fue servido un plato de pasta con pichón y trufas negras en áspic con salsa de regaliz. A un lado de la mesa, también habían puesto un gran plato lleno de biscochos con miel.
—¿Qué es esto Tom? — inquirió el menor, mirando con mucha desconfianza las trufas.

—Son trufas negras de hígado de pato en áspic, no te recomiendo para nada  que lo pruebes, yo lo detesto — le respondió, omitiendo que gran parte de su odio por esa comida, era porque a su difunta abuela le fascinaban.

Pero Bill era curioso por naturaleza, así que cortó un trozo con sus cubiertos dorados y lo probó, ante la mirada seria y especulativa de Tom, quien ya había abandonado su pergamino.
—Sí, definitivamente tienen el fuerte sabor del hígado — dijo Bill, alejando las trufas— y la consistencia no me gusta.
—Te lo dije— sonrió Tom, mientras comenzaba a comer. Adoraba el pez espada. Ambos comieron en silencio por algunos minutos, Bill centrado en su libro, y Tom centrado en Bill. Le gustaba verlo tan concentrado, con las cejas casi juntas y la frente de alabastro decorada con pequeños surcos. —¿Y que lee su Majestad? — inquirió Tom, ahogando una sonrisa ante su incapacidad por no hablarle a su hermano.
—La Iliada— respondió Bill, pasando de pagina—la leí hace mucho tiempo, tal vez unos diez años y ¿sabes que?— preguntó, mirando a su hermano con esa mirada oscura y brillante que le caracterizaba— es el mismo tomo…
—¿El mismo? — balbuceó Tom, mirando las manos enjoyadas de Bill sobre las paginas.
—Sí… mi madre llevaba libros para mi… de aquí— y levantó la tapa trasera— recuerdo los sellos y las firmas, y una pagina esta rota— y leyó— «presa de perros y pasto de aves» lo recuerdo como si fuera ayer…
Tom estaba fascinado. El también amaba ese poema épico y todos sus cantos, y saber que Bill lo había leído, el mismo tomo… le causaba sensaciones extrañas.
—Cuéntame mas— pidió.
—No Tom— dijo Bill, y al ver el ceño fruncido de Tom por su negativa, rápidamente continuó—Se que tu corazón se parte un poco más cada vez que hablamos sobre mi pasado.
—Un poco— Tom lucía pensativo y muy serio— tu lugar siempre fue éste y, saber como viviste, hace que mi interior se pudra de rabia.
—Pero nada arreglas con eso— dijo Bill, poniendo su mano blanca sobre la piel ligeramente mas bronceada de la mano de Tom.
—Lo sé— dijo Tom, luciendo mas apacible— es solo que me gusta saber.
—Bueno, si así lo deseas— dijo Bill, y se tomó su tiempo para desmenuzar con su tenedor, la carne suave y blanca de su plato. —Constanza quería que yo fuera un niño muy instruido sabes— cortó otro trozo y lo saboreó, y Tom comenzó a imitarlo, tenía hambre. —Yo no lo comprendía del todo— continuó Bill— no teníamos nada, y ella no me dejaba moverme hasta que terminaba las lecciones y no me quejo, sinceramente, me encantaba aprender aún sin saber para qué lo debía hacer, y así fue… luego ella enfermó— la voz de Bill descendió varias octavas y el brillo de sus ojos desapareció— y yo trabajaba tanto para conseguir la morfina con la que se le apaciguaba el dolor…
Las alertas de Tom se encendieron en ese momento, aquel era un tema muy peligroso, que él no tenia aún el valor para hablar, y Bill lo sabía. —Le debo todo Tom. Siempre me decía que yo era su mejor regalo… ojalá siguiera aquí…
Y Tom cerró sus ojos y pudo transportarse a aquella terrible noche de su nacimiento, y ver con total claridad el río caudaloso, la luna llena y brillante y la aterciopelada noche, y en medio de la negrura, una figura fantasmalmente blanca, acunando en su pecho a un príncipe inocente, recién nacido y recién condenado a muerte, y volvió a agradecer a Constanza la decisión de respetar la vida de su hermano.

— Ella sigue aquí Bill — musitó Tom, y su hermano sonrió.

La noche siguió su cálido recorrido, envolviendo entre su bruma las esencias plateadas de los príncipes gemelos. La luna brillaba intensamente en el terciopelo negro del cielo, llena y radiante para su único hijo, orgullosa, helada y cómplice de los príncipes que rodaban bajo las sabanas de seda, besándose y fundiéndose en uno solo, como cada noche. Ya habría tiempo para sufrir después.

Continuará…

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

6 comentario en “El Heredero 6: La Casa”
  1. Ese «ya habría tiempo para sufrir después «… creo que ya debo empezar a familiarizarme con el hecho que la boda es inminente y la separación de ambos se acerca.
    Este capítulo creo que es el preámbulo a algo fuerte y me gustó que Tom guarde profundo respeto y gratitud a Constanza y aunque es u n pasado que todos quisieran olvidar siempre estará presente.
    Mención aparte una vez más (sí, parezco disco rayado xd) pero tu forma de narrar y describir todo es apasionante y me ayuda bastante para seguir aprendiendo.
    Espero que el siguiente capítulo no demore mucho y que estés bien! Saludos!

    1. Pues Si, si van a sufrir Ady 😣 pero van a aprender de todo esto porque la suya no es una vida fácil aunque naden en oro…
      Y me fascina que te guste mi narración, a veces me parece algo redundante pero con palabras cono las tuyas me doy cuenta de que no pierdo tanto mi tiempo
      Mil gracias por.comentar siempre!!!
      💙💙💙

  2. Hay mucha melancolia en este capitulo, el recuerdo de Constanza y lo que hizo por Bill, es un doloroso recuerdo para Tom de que su hermano no crecio a su lado. Ahora aunque las cosas estan bien, la sombra del Rey Magnus y su amenaza para que Bill se case con Ambrosia sigue latente en la cabeza de ambos principes.
    Nos leemos en el proximo, saludos y bonito domingo 😊

    1. Lo de Constanza es algo terrible, pero ella debe estar siempre presente porque es la causa de que Bill siga vivo.. Y siempre la recordarán!!
      Y en efecto, la llegada de los de Mónaco.va a provocar una sacudida grande en Calabria y muchos cambios y espero que no me odien por eso 😣😣😣😣

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