Capítulo 9: Celos
Durante el atardecer italiano, el Palacio azul y blanco de Calabria se volvía incluso más misterioso y enigmático de lo que era, pues el sol que se ocultaba por el horizonte azul de agua del mar Mediterráneo, desparramaba sus rayos carmesí directamente sobre los muros blancos y las cúpulas puntiagudas de cada torre, arrancando destellos dorados desde sus ventanas, e incendiando de color cada jardín, cada fuente y cada construcción aledaña al castillo; y aquel día en particular, hacía fulgurar los zafiros y los diamantes incrustados en las coronas de los príncipes gemelos, que estaban sentados en torno a la gigantesca mesa de la sala de audiencias del Castillo. Ambos estaban mortalmente serios y callados, esperando expectantes a que su padre, el Rey, comenzara a hablar.
Incluso el par de guardias que custodiaban las puertas cerradas, intercambiaron una mirada de ansiedad y tensaron las lanzas.
La Reina permanecía tan callada como sus hijos, sus ojos azules e insondables estaban fijos en su esposo mientras permanecía sentada en medio de los príncipes, con cada una de sus manos entre las fuertes y varoniles manos de sus hijos, ambos preocupados.
Sobre la mesa oscura había un tintero cerrado y varios pergaminos abiertos delante del Rey, quien finalmente se decidió a hablar.
—Ya se ha fijado la fecha — comenzó, sin mirar nada más que los brillantes anillos de sus dedos. No deseaba alzar la vista para ver el coraje ardiendo en los ojos de Tom y la resignación en los ojos de Bill, odiaba eso — durante la primera semana de julio recibiremos visitas reales, desde Mónaco… Pero deseo aclarar, que eso no significa nada — dijo el rey rápidamente, esperando los arrebatos de Tom, pero para su asombro, el príncipe siguió serio y callado, como si fuera una estatua.
—¿No significa nada de que? — preguntó entonces Bill, con el ceño fruncido en una mueca de disgusto. Sabía que tarde o temprano llegaría el momento de volver a ver a los soberanos de Mónaco.
—No quiero que tú y tu hermano se sientan obligados a nada…— dijo el Rey, y la mente de Bill, siempre alerta, pescó en el aire la señal escondida en las palabras de su padre y la desdobló con facilidad en su mente.
—¿Mi hermano y yo?— preguntó Bill, irguiéndose de repente, lento y sutil como lo haría una serpiente a punto de atacar, y alertando así a su madre y a Tom.
El Rey parpadeó, totalmente en blanco, admirado e intimidado por la astucia y la perspicacia de su hijo menor, y asustado por el brillo medio demente en sus ojos.
— Como ambos saben, — prosiguió, aclarándose la garganta — el Rey Magnus vendrá, con la princesa Ambrosía y la familia real, pero también recibiremos visitas desde Baja Normandía para la misma fecha.
Mientras escuchaba a su padre, algo en el interior de Bill comenzaba a desperezarse lentamente, un algo oscuro y peligroso, y con lo que estaba muy poco familiarizado.
—¿Quien vendrá de Baja Normandía y para que?— gruñó Bill, dejando ver sus afilados y relucientes dientes cuando hablaba.
Tom frunció el ceño, sorprendido al igual que su madre al ver al joven y tranquilo príncipe así.
— Nos visitará el Rey Felipe Augusto III de Falaise y su esposa la Reina Arlette… ya que desean presentar ante… ustedes dos, a su hija, la princesa Felitza de Falaise.
Y nadie podría haber previsto la reacción del príncipe William. Una negra y espesa nube de celos le nubló la mente y su boca se inundó con el amargo sabor del fierro oxidado. No se debía ser muy listo para adivinar que los reyes normandos pretendían algo con Tom.
Bill nunca había sentido unos celos así que le consumían las neuronas y chamuscaban todo a su paso, volviéndole medio imbécil, era agónico y entonces comprendió el tormento que vivía Tom día a día al saber que la princesa Ambrosía estaba pronta a llegar.
Se levantó violentamente, presa de la histeria y caminó de lado a lado frente al ventanal, bufando de coraje, quería destrozar algo usando solamente sus manos.
Se veía impresionante, alto, esbelto, e idéntico a Tom cuando éste se enojaba; la corona lo hacía ver más alto aún y la pesada capa negra acariciaba las espuelas de oro de sus botas cuando caminaba y de esa manera había impresionado a sus padres, puesto que después de su rescate, al verse rodeado de tanto amor, el coraje y el arrojo que lo habían hecho sobrevivir a las mil adversidades a las que se enfrentó, no le habían hecho falta, pero ahora, al saber que su amado hermano era el nuevo objetivo de los Reyes de Baja Normandía y de una princesa en específico, había hecho que su brío y su ardor despertaran con más fuerza que nunca.
Tom tenía una leve sonrisa filosa medio escondida en las comisuras de sus labios, le ponía a mil ver a su hermano celoso, y deseó poder acercarse a el y meterle la lengua hasta la campanilla, pero era obviamente imposible con sus padres ahí.
La noticia le había sacudido la mente y no sabía ni que pensar. También ardían los celos en su interior, igual que un volcán cuya lava nunca dejaba de brotar, como una herida purulenta que jamás cicatrizaba, y aquellos celos de su hermano gemelo lo hacían sentirse halagado y un poco osado, pues sentía los suyos multiplicados al cuadrado. Definitivamente se lo comería entero de no ser por la presencia de sus padres.
— ¿William? — la voz de la reina era vacilante, tanto ella como el Rey desconocían esa faceta de Bill.
Sin embargo, el Rey no se sentía tan sorprendido, sus hijos eran hermanos gemelos y compartían incluso aquellos arrebatos de mal humor que los caracterizaba. En aquellos momentos y ante sus ojos, Bill era idéntico a Tom.
— ¿Y de dónde demonios salió ahora esa princesa?— gruñó Tom, haciendo gala de todo su mal humor, que ya se había acumulado hasta desbordarse, esa mala uva que tampoco sorprendía a su padre le emanaba por cada poro.
— Bien sabes que los heraldos son los encargados de llevar las noticias por todos los reinos y el rango y la situación de ustedes es, especial por así decirlo.
Tom puso los ojos en blanco y bufó, cabreado.
— Dime algo — Bill se aproximó a la mesa, furioso — estos Reyes normandos, ¿tienen algún otro descendiente?
— No — repuso el rey, aún admirado por la agudeza de Bill. Nunca lo había visto así, mostrando el esplendor de su carácter, y se sentía fascinado, era como verlo por vez primera y ese ardor lo hizo sentirse tremendamente orgulloso de él — Felitza es la única hija de los Reyes normandos.
Bill sintió que un calor inmenso lo envolvía, como si su sangre hirviera burbujeante en sus venas, carbonizándole el cerebro y las capacidades de pensar y discernir.
— ¿ Y cuáles son sus pretensiones? ¿ Qué Tom se convierta en rey de Baja Normandía?— casi gritó, señalando a su hermano con una mano blanca, fuerte, y perfumada, mientras su pecho amplio y sereno subía y bajaba rápidamente con cada respiración que tomaba. Ahora mas que nunca, el miedo y la ansiedad por la llegada de la realeza de Mónaco lo consumían.
Se preguntaba en que momento empezaría a escupir fuego.
— William — intervino la reina con su voz suave y musical, haciendo que Bill la voltease a ver con esos ojos que despedían chispas de pura rabia, pero al ver los ojos de su madre, tan azules y tan hermosos como el mar que se enredaba a sí mismo en la bahía, su rabia se apaciguó un poco, igual que la frescura del océano refresca el ardor de un río de lava— tu padre ha dicho que no deben sentirse obligados, ni presionados por nada ni por nadie. Recibiremos a Magnus por su terquedad, pero el Rey Felipe es un viejo amigo y no es tan insensato como el rey de Mónaco, el sólo desea que conozcan a su hija, la joven princesa Felitza.
Tom hizo un mueca de total incredulidad ante las palabras de su madre. Por supuesto que el Rey normando pretendía que él y su hija se unieran, ya que al pensar que Bill reinaría Calabria al unirse con la princesa Ambrosía, entonces él salía sobrando y gracias a su linaje y a todos los títulos de nobleza que los príncipes Von Kaulitz poseían, lo consideraba perfecto para el trono de Baja Normandía, el lo sabía perfectamente, pero no tenía tanta moral como Bill y jamás accedería a casarse por una corona, ni por protocolo ni aunque lo obligasen, y mucho menos accedería a perder a su hermano y además irse de su tierra. Primero rodarían cabezas.
Bill se alejó hacia la chimenea, apoyando sus manos sobre el pulido marco superior decorado con figuras de cristal cortado, y permaneció ahí, inclinado hacía el fuego, con los ojos clavados en las llamas que devoraban los leños sin piedad.
— ¿Ahora comprendes lo que siempre te decía Bill? — siseó Tom, haciendo que su hermano lo mirase con el ceño fruncido.
— ¿Sobre qué?
— Una vez me preguntaste que sentía al saber que iba a convertirme en Rey ¿lo recuerdas?
La mente de Bill hizo en el acto la conexión con ese recuerdo. Se vio a si mismo a través del tiempo, mirando el lago color turquesa donde los cisnes imperiales nadaban en su majestuosa danza. Recordó sentirse intimidado e inferior a la vez que fascinado por Tom y por su futuro. Por supuesto que lo recordaba.
— Si — afirmó, —claro que lo recuerdo.
— Bueno, ahora sabes lo que se siente saber que vas a ser Rey, aunque sea a la fuerza.
—Es una vida de esclavitud— murmuró Bill sólo para él, en voz baja y dolorosa, pero todos alcanzaron a escucharle.
Exactamente lo mismo le había dicho Tom aquella vez.
Los Reyes observaban estupefactos a sus hijos, preguntándose cuando habría pasado aquello, y finalmente la reina verbalizó la pregunta.
— ¿William ya había estado aquí?
Y ambos príncipes pusieron la mejor cara de poker que tenían. Los Reyes no sabían nada de aquellos episodios; que Bill había estado en el castillo por un corto período, débil y herido, tampoco sabían de la golpiza que Andreas le había propinado, ni tampoco sobre las amenazas de Tom acerca de obligarlo a permanecer en el Palacio como un esclavo.
No lo sabían, aquello sería abrir una caja de Pandora que ninguno de los príncipes estaba listo para abrir, y menos aún dadas las circunstancias ya que, probablemente Andreas terminaría en la horca y Tom… seguramente sus padres lo matarían también, figuradamente.
Pero el príncipe mayor ya había aguantado lo suficiente, su sangre bullía furiosa detrás de sus sienes y se levantó, rabioso y letal. La ira lo consumía. Fue directamente hacia donde estaba Bill, paseándose cerca de él, ante la mirada de sus padres, y enfureciéndose aun mas al captar con su vista periférica como los guardias tensaban nuevamente las lanzas.
Sabía que se estaba comportando como un egoísta idiota, pero no estaba al cien por ciento dueño de su autocontrol.
— Eso mismo Bill, es una maldita vida de esclavitud, la vida de la realeza es una jodida trampa, no es el cuento de hadas que todos creen, es una pesadilla.
—Pero…
—Pero nada —bufó — ¿es que ya no te gusta tu jaula de oro? — escupió, cínico, en el rostro de Bill, quien le dirigió una mirada oscura y fulminante, peligrosa…— estabas mejor cuando eras un mendigo, —Bill retrocedió, shockeado, hasta toparse con el marco de la chimenea— recuerdo cuando estabas aquí y eras solamente el hijo de Constanza y sentí envidia Bill, pura y negra envidia porque no te dabas cuenta que lo tenías todo ¡todo! Quise estar en tu lugar —gritó, aun sabiendo que cometía un error grave al hacerlo — y yo teniendo todo esto — volvió a gritar, mientras abría sus brazos en un ademán de abarcar la gigantesca sala de audiencias, elegante y lujosa hasta los extremos, con las cuatro chimeneas de mármol ardiendo violentamente, los enormes sofás, alfombras mullidas y las decoraciones de oro y maderas preciosas — no tenía en realidad nada, tu eras libre, libre de hacer tu vida… y yo deseaba tanto esa libertad, que traté de enjaularte…
Pero Tom erró al decir aquello, porque los negros ojos de Bill llamearon de puro coraje, con el negro y mortal tono del veneno.
«¿llegará el día en que deje de encontrar a Bill menos perfecto?» Pensó Tom al contener el aliento, arrepentido, mirando el rostro furioso y herido de su hermano, seda cremosa y líneas suaves como mármol blanco, horadada esa irreal belleza por dos turmalinas negras de brillo vítreo y que despedían chispas.
Recordó como habían estado hacía tan sólo un par de días, metidos hasta la barbilla en el agua caliente de la bañera de oro y porcelana de sus aposentos, con Bill regalándole enormes y destellantes sonrisas llenas de luz, y después, resbaladizos de jabón y humedad, conectados de todas las maneras posibles en las que dos cuerpos podían conectarse, devorándose a besos tan lúbricos y salvajes que aún lucían las marcas en sus cuerpos ahora envueltos por sedas y terciopelo.
—¿ Mi libertad? — vociferó a todo pulmón, acercándose tanto a Tom y de una manera tan fiera, que el príncipe mayor retrocedió los pasos que había avanzado, se sentía tremendamente arrepentido de haber abierto la bocaza— repite eso Tom, ¡si no me largaba de aquí jamás habría tenido mi libertad! Y no es gracias a ti que estoy aquí, es gracias a la princesa Ambrosía.— gruñó, dándole la espalda.
Y aquel Dardo que Bill tan amargamente lanzó, dio en el blanco. Tom retrocedió, desconcertado, como si acabara de recibir un puñetazo, la hostilidad de Bill quizá, tan amarga, le hizo daño.
Estaba mudo y hervía de furia y de pena, mientras miraba el hermoso rostro de Bill, distorsionado por la ira y surcado de cicatrices. Se sintió de repente flojo y debil, y cerró los ojos por un momento, tenía deseos de llorar.
Los Reyes habían observado en silencio, abrumados, la discusión de sus hijos sin entender muchas cosas, sobre todo que Bill había estado en el Palacio antes de que se supiera quien era, y que Tom había interferido para que no tuviera libertad.
Sabían que su hijo menor había huido de la miseria de Calabria en un barco con destino a Mónaco, pero lo demás lo desconocían.
—¿Qué Bill estuvo aquí? ¿Cuándo? Quiero saberlo ahora — repitió la reina, haciendo que ambos príncipes voltearan.
La miraron dos pares de ojos idénticos en forma, tamaño y sentimientos, aunque estuvieran en aquellos momentos empapados por la amargura y el dolor.
—Antes — dijo Tom escuetamente.
—¿Porque no supimos nada? — intervino el Rey, ganándose una mirada un tanto despectiva por parte de Tom.
—Padre, no te ofendas, pero en ese entonces, Bill no te habría importado en lo más mínimo. Sólo era un mendigo, un príncipe, pero escondido detrás de un niño enfermo y muerto de hambre. Lo habrías rechazado igual que a un perro — Tom sacudió la cabeza, rememorando que incluso cuando Bill acababa de ser torturado por su abuela, antes de que Jean encontrase esa carta que revelaba su identidad, su padre lo había tratado con cierto desprecio.
— Basta, !basta! — gritó la reina, rompiendo a llorar de una manera desconsolada. — basta ya por favor… Tom… Bill….—su alma estaba hecha pedazos, y más se resquebrajaba al ver la siluetas tan altas, elegantes e irreales de sus hijos, que se recortaban con la luz del sol que entraba a chorros por el ventanal, y por todo lo que había pasado, y sobre todo por aquel ataque tan cruel y tan certero de Tom hacía su padre.
Sus delgados hombros se sacudían a causa de los sollozos, y su hermoso rostro como de porcelana estaba escondido tras sus manos blancas y delicadas.
Los príncipes guardaron silencio, avergonzados.
El Rey se había sentado junto a su esposa y la abrazaba para tratar de consolarla, mientras le dirigía a sus hijos una mirada oscura y reprobatoria.
—Basta ya — dijo el Rey, y su voz estaba cargada de autoridad, una que nunca había usado con Bill, y que Tom conocía a la perfección, una autoridad que lo único que podía generarle era cierta apatía— No me sorprende tu carácter Thomas, y el tuyo sí que me sorprende William, y lamento hacerlos sufrir de esta manera pero el destino vuestro es éste mismo, y ahora toda Italia está pendiente de vosotros y de las decisiones que deben tomar, no es un capricho, es vuestra responsabilidad y espero que la asuman como los Príncipes, y sobre todo como los hombres que son.
— No sigas padre — dijo Bill, cuadrando los hombros y levantando el mentón, se sentía triste y ofendido— yo lo entiendo, pero Tom necesita aprender a ver más allá de su nariz— soltó de una forma ácida, sabiendo que aquellas palabras eran las que más enfurecían a su hermano.
Bill pasó al lado de un colérico Tom sin mirarlo, se inclinó y besó la mano de su madre con adoración, luego de restañarle las lágrimas con sus níveos y largos dedos — lo siento mamá — se disculpó de una manera muy dulce, haciendo que en medio de su llanto, la reina sonriera, ya que Bill en contadas ocasiones la llamaba así — Padre, recibe mis disculpas — dijo, inclinando la cabeza ante su padre.
Acto seguido se retiró.
Tom permaneció de pie y en silencio, las manos le picaban y sentía su pulso latiendo furioso detrás de las orejas. Sólo atinó a reverenciar a sus padres de una manera muy rígida antes salir atropelladamente detrás de su hermano.
Cuando los Reyes se quedaron solos, el Rey suspiró, se levantó y miró fijamente por el ventanal mas cercano a la mesa donde se encontraban, y la reina supo exactamente lo que su esposo estaba pensando.
— Hay que averiguar que es eso de lo que estaban hablando. —dijo, con la temblorosa por el llanto.
El Rey asintió de manera seria.
— Por supuesto que hay que averiguar eso, sabemos que Bill vivió, o sobrevivió toda su vida en la miseria en la que Calabria estaba sumida antes, para mi vergüenza individual, y que se fue de aquí en el barco real de Mónaco, pero este detalle que revelaron hoy me causa un desasosiego muy extraño.
— Bill estaba muy molesto— añadio la reina, pensativa.
— Así es, y Tom… ese hijo mío, tan fiero como siempre, pero en sus ojos habia pena y arrepentimiento, y eso no es propio de él— el Rey se dio la vuelta— voy a interrogar al medico real, algo me dice que el está enterado de lo que ha pasado.
— ¿A Jean?
— Así es querida mía, a Jean, incluso me atrevería a decirte que Ferrer sabe más, pero no tengo idea de a donde se fue después del exilio al que lo condené.
La reina asintió, pensativa y al segundo siguiente, su rostro se volvió blanco como la cera, y un aguijonazo de dolor le atravesó la columna vertebral, haciendo que se arqueara.
Las cosas sucedieron entonces como en camara lenta; el Rey llegó con la rapidez de un rayo a su lado, para sostenerla al mismo tiempo que vociferaba a los guardias traer al medico real.
La corona dorada de la reina cayó al piso con un tintineo agudo y dorado, sus ojos azules parpadearon un par de veces, y luego se cerraron.
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El impenetrable manto negro de la noche se había cernido sobre la hermosa Calabria, trayendo consigo las sombras y la oscuridad, y llevándose con su frescura el calor bochornoso de la media tarde.
Las llamas de la chimenea crepitaban tenuemente en los enormes aposentos de los Reyes, donde la reina ahora dormía tranquilamente, despues de ser atendida por el servicial y eficiente medico real.
—¿Qué es lo que le sucede Jean?— inquirió el Rey, sentado en una silla dorada, mientras el médico, de pie frente a la mesa, guardaba parte de su instrumental.
—No lo sé con claridad Majestad, la reina no tiene ningún síntoma que me revele alguna enfermedad, sólo la presión un poco elevada, esos extraños dolores y cansancio en general.
—¿Y lo de hoy? Vi en sus ojos el dolor agudo que la atravesó.
—Tengo que hacer un par de pruebas más para poder dar un diagnóstico acertado Majestad.
—Es parecido a… —el Rey pasó saliva, incómodo — ¿se parece a lo que… enfermó a Constanza?
—No majestad —el médico negó, seguro de sus palabras — el malestar de Constanza era fuerte y mortífero, sumamente doloroso y degenerativo.
—Ya… veo, entonces mi Reina… ¿corre algún peligro similar?
—Peligro inmediato no Alteza, pero cualquier malestar trae consigo un peligro inminente, aunque yo no aconsejaría, si me permite usted, mortificarse de más.
El Rey se frotó la frente para tratar de despejar la nube de cansancio que lo abrumaba, y luego de suspirar, hablo con la mirada fija en las llamas de la chimenea.
—Jean —murmuró, haciendo que el médico lo mirase con una ceja arqueada, pues el tono del rey se había vuelto áspero — hoy me enteré de algo, de lo que se que tu debes estar enterado…
—Dígame… majestad — dijo el médico, tragando saliva de una manera forzada, tanto que se notó el movimiento en su garganta.
—Mi hijo William, ¿estuvo aquí en el Palacio mucho antes de saberse quien era?
El médico no sabía que los Reyes ignoraban que el más joven de los príncipes ya había sido atendido por múltiples heridas mucho antes de ser nombrado Erpa-ha y de ser torturado. La pregunta lo sorprendió, pero respondió afirmativamente.
—En efecto Alteza, vuestro hijo, el príncipe William estuvo aquí hace más de tres años, lo conocimos porque había que atender ciertos daños en su cuerpo que comprometían seriamente su salud; el príncipe Thomas fue quien nos mando llamar para atenderle.
—¿Pero que daños? — pregunto incrédulo el rey, con la voz inundada por el dolor y el desconcierto.
—Si mal no recuerdo, varios golpes, una costilla fisurada, una herida seria y ya infectada en el costado, y mas heridas leves. El príncipe Thomas lo tenía en su habitación y cuido de él con esmero, aún sin saber que era su hermano.
—Pero… —el Rey estaba perdido y no entendía nada, sólo la furia se abría paso por su pecho con la fuerza de una marea de lava —¿y quién demonios le causó esas heridas?— bufó.
—Esa información la ignoro majestad, sólo respondimos al llamado urgente del príncipe Thomas y atendimos al príncipe William, luego entonces pasó mucho tiempo hasta que volví a verle, cuando atendí las heridas causadas por…
—Ya, ya se cuales, basta — interrumpió el Rey bruscamente.
—Lamento incomodarlo Alteza — se disculpó el rubio médico, sintiendo la inquietud del Rey cerrarle la garganta.
—Bueno, no es tu culpa de cualquier manera Jean — suspiró el Rey — ¿tienes hijos? — preguntó de repente.
—No su Majestad — los ojos del médico se suavizaron — No tengo hijos aún.
—Entonces no puedes entenderme — la voz del rey era pura melancolía — Ya puedes retirarte, si te necesito te mandaré llamar.
El médico asintió, angustiado por el tono de la voz del rey, ira y melancolía mezcladas sin diluir, y deseó de corazón, que aquella persona que había herido antes al joven príncipe William, estuviera muy lejos del Reino, por su bien.
Continuará…
MizukyChan: Muchas gracias por la visita y no olviden dejar su amor a Shugaresugaru en los comentarios. Recuerden que es su apoyo lo que motiva a los escritores a actualizar pronto.
La noticia de la llegada de una nueva princesa interesada en Tom, desperto a la bestia de los celos que dormia en Bill y las cosas se pusieron bastante feas entre ambos principes, pero estoy mas que segura que eran los celos y el temor a perderse lo que les hizo sacar a colación aquel viejo episodio de la primera vez de Bill en el castillo. La enfermedad de la reyna me sigue intrigando.
Nos leemos en el siguiente, bonito domingo 😊
Asi es Mimiss, son cosas que no se controlan, ahora no sólo es Bill sino también Tom, y es algo más complicado por la situación, en el nuevo capítulo se puede saber un poco más de las personalidades que están detrás de ellos jo, osea no todo está perdido, las cosas se pondrán suoer buenas ya verás!!!
Gracias x tu comentario 🖤💙 y espero que el próximo te guste!!
Con cada avance de la historia siento mucho coraje con el destino que van pintando los príncipes. Solo espero que los síntomas de la reyna sean de embarazo y que eso libere a los gemelos 🙁 juro que no soporto la idea de que se separen
Coraje!! Hostia, eso me gusta, en la realeza las cosas son así y a veces hasta más absurdas, si tu supieras.. Y me agrada lo que piensas ehh tanto que lo consideraré, ojalá te guste el nuevo capítulo y me lo hagas saber!
Un abrazo💙💙
Joder! !! Tantas emociones reveladas el día de hoy! Fascinada con la descripción de Bill y sus celos desbordantes
Su actuar impredecible. La analogía con una serpiente rápida y audaz…su figura vestida con el traje de príncipe dejando ver su enojo con su simple caminar y luego los pensamientos oscuros, de deseo de Tom. ..joder, por favor no tardes mucho en el siguiente capítulo!
No sé cómo los gemelos vayan a salir de este momento de revelaciones , de fantasmas del pasado, no es momento de dividirse, es momento de pensar pero aquí algo me inquieto un poco, lo que les dijo el rey, asumir su rol como príncipes de una nación. .si ellos lo asumen , si ellos buscan el bien de su país anteponiendo sus deseos personales, su felicidad, eso quiere decir que dan carta abierta para los matrimonios y no, por favor eso no u.u
Si ahora ambos están consumidos por el fuego de los celos, no me quiero imaginar el infierno que será sus vidas…
Se pone cada vez mejor y yo sólo pido a las musas que sigan estando de tu lado! ♥
Nos leemos en el siguiente capítulo!
Perdona por tardar tanto Ady, la inspiración no ha estado de mi lado estos meses, ha sido difícil en verdad, pero me encanta que a pesar de todo eso aún te guste está historia. Y si tienes razón, las cosas van a ponerse color hormiga, Un poco de sabe con este nuevo capítulo que acabo de subir, quizá las cosas parezcan muy complicadas pero no del todo.
Espero te guste y nos volvamos a leer juju
Un abrazo!!💙
Un capítulo emocionante!!!
No se que harán los príncipes para superar el mal momento que pasaron a causa de sus celos y reclamos del pasado…
Continua por favor!!!
Les va a costar perdonarse por haberse dicho esas cosas ya hirientes pero no tanto, ya verás en el próximo capítulo 😉😉😉 que espero te guste!¡
Gracias por tu comentario, un besoooo