Fic TWC de Khira

Capítulo 3: Inesperado

A la mañana siguiente, Bill bajó a desayunar con las gafas de sol puestas.

-Vaya resacón, ¿no? -se burló Georg-. Si es que esta juventud de hoy en día no aguanta ni una noche de juerga…

Bill no le contestó. Prefería mil veces que sus compañeros creyeran que llevaba las gafas para ocultar un rostro resacoso, a que supieran que se había pasado la noche llorando y que por eso tenía los ojos inflamados y enrojecidos.

Otra consecuencia de su maratón lagrimoso era que le dolía la cabeza una barbaridad.

-¿Alguien tiene una aspirina…?

Todos los que había a su alrededor se le quedaron mirando. Bill también se sorprendió al escuchar su voz tan ronca, seguramente también a causa del llanto.

-Joder, Bill -exclamó Gustav-. Espero que esa ronquera se te haya pasado de aquí al próximo concierto…

-Bill, ¿estás bien? -preguntó Silke, la asistenta, que estaba de pie junto a ellos.

-Me duele la cabeza, eso es todo… Si pudieras traerme una aspirina, te lo agradecería mucho…

-Eso está hecho. Si quieres subir de nuevo a la habitación para tumbarte un rato, te puedo traer allí la aspirina y el desayuno.

-Muchas gracias, pero me basta con la aspirina. No tengo nada de hambre.

-Bill, tienes que comer…

-Ya comeré algo más tarde, ¿vale?

La última frase de Bill sonó más brusca de lo que él pretendía, pero Silke no pareció ofendida.

-Está bien, pues sólo la aspirina.

Silke se marchó y Bill se puso de pie.

-¿Quieres que te acompañe, Bill? -preguntó Gustav al darse cuenta que el cantante se había tambaleado un poco al incorporarse.

-No, no hace falt…

-Ya le acompaño yo.

A través de los oscuros cristales, Bill miró atónito a Tom, quien hasta ese momento se había mantenido en absoluto silencio. El guitarrista se levantó y se colocó a su lado.

-¿Vamos? -preguntó de forma neutra.

Bill asintió y se pusieron en marcha. Por el camino no se dirigieron más la palabra, pero Bill notaba, sobre todo durante el trayecto en el ascensor, que Tom no dejaba de mirarle. El vocalista maldijo su mala suerte: hacía dos días que Tom le ignoraba a su pesar, y ahora que no tenía ganas de ser observado, su hermano no le quitaba la vista de encima.

Llegaron a la habitación y Bill sacó la tarjeta para poder entrar. Pensó que Tom ya se marcharía, pero sorprendentemente su gemelo hizo el amago de entrar con él.

Bill se sentó en la cama con gesto cansado. Tom se aproximó a él y, antes de que pudiera impedirlo, le quitó las gafas de sol con un movimiento rápido.

-¡¿Qué coño haces?! -exclamó Bill furioso, tratando sin éxito de recuperar sus gafas.

-¿Qué te ha pasado? -preguntó Tom, sin inmutarse por el enfado de su hermano, mientras contemplaba sus ojos rojos e hinchados.

-Nada que te importe -contestó Bill renunciando a sus gafas y girándose hacia la ventana.

-Ayer en la fiesta te vi entrar detrás de David en los baños -anunció Tom, haciendo que Bill se pusiera en alerta-. Al poco él salió pero tú te quedaste un buen rato, hasta que al final apareciste con la cara desencajada. ¿Qué pasó? ¿Te hizo algo?

Bill, al recordar de nuevo la dolorosa escena de su ruptura con David, ni siquiera se dio cuenta del matiz de preocupación de las últimas dos preguntas de Tom. Se cruzó de brazos y trató que no se le quebrara la voz al responder.

-No pasó nada. Bueno sí, me dejó. Eso es todo.

Al estar de espaldas, Bill no pudo ver el gesto de sorpresa de Tom.

-¿Te dejó? -repitió el guitarrista en un murmullo.

-Sí, así es. Todo ha acabado entre David y yo. ¿Estás contento?

Al no escuchar respuesta alguna, Bill se giró lentamente de nuevo hacia su hermano, quien nada más hacerlo le devolvió sus gafas de sol tirándoselas a la cara.

-Eres imbécil -fue lo único que le dijo.

Y dando media vuelta se apresuró a marcharse de la habitación.

Bill recogió sus gafas de sol del suelo y las colocó encima de la mesilla de noche. Quizá se había pasado al insinuar que Tom se alegraría de su desgracia. Otra metida de pata más para añadir a la lista…

Se pasó ambas manos por el lacio cabello, pues esa mañana aún no se había peinado, tratando en vano de tranquilizarse. Las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos y Bill tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para no romper a llorar otra vez. No quería que Silke le encontrara de esa guisa cuando subiera a traerle la aspirina…

Mientras esperaba a que el ascensor llegara a la planta, Tom dio un par de vueltas en el vestíbulo, intentando pensar con claridad.

No entendía qué estaba pasando. ¿Ahora resultaba que Bill y David habían roto? Bill había dicho que David le había dejado a él. ¿Por qué? Le habría gustado preguntárselo a su hermano, pero le había dado tanta rabia aquello de «¿Estás contento?» que había preferido largarse.

No, no estaba contento. Por muy enfadado que estuviera con Bill por haberle mentido y ocultado lo de David, o disconforme con esa relación, nunca, absolutamente nunca, sería capaz de alegrarse al verle de esa manera.

Cuando le había quitado las gafas y visto los ojos… se había quedado sin respiración. No recordaba haber contemplado nunca antes a su hermano en ese estado.

Pero él no se sentía con fuerzas para consolarle. De momento, la ira que le había provocado descubrir que Bill le ocultaba tan grande secreto, era superior a la compasión que le inspiraba el saber que le habían partido el corazón a su hermano.

Los días siguientes pasaron de forma muy lenta para los hermanos Kaulitz. Antes de partir hacia la siguiente ciudad donde iban a dar el último concierto de su gira, tenían que conceder tres entrevistas más y realizar dos sesiones de fotos para diferentes medios. Para Bill y Tom fue un verdadero martirio tener que guardar la compostura durante tantas horas seguidas, especialmente para el primero. Afortunadamente lo consiguieron, y ningún periodista ni fotógrafo notó nada raro durante el tiempo que pasó con Tokio Hotel.

Pero detrás de la escena, las cosas eran muy diferentes. Todo el staff que acompañaba al grupo, y sobre todo Georg y Gustav, se habían dado cuenta de que algo andaba realmente mal con los gemelos.

El que más preocupados les tenía era Bill. El muchacho se pasaba todo el tiempo libre de que disponían encerrado en su habitación del hotel, y cuando no le quedaba más remedio que estar con los demás, no pronunciaba palabra. Además, apenas comía, y su cara, semioculta casi siempre tras sus ya prácticamente inseparables gafas de sol, lucía siempre pálida.

A pesar de los intentos de Georg y Gustav, los que más se esforzaron en intentar sonsacarle algo al vocalista, no consiguieron averiguar qué le pasaba.

Con ese panorama llegó el momento de partir por fin a su próximo destino. Se desplazaron en avión a causa de la distancia que separaba ambas ciudades, y, por primera vez, Bill y Tom no se sentaron juntos, sino que Bill se sentó con Gustav y Tom hizo lo propio con Georg.

Al igual que en el viaje anterior, al día siguiente de su llegada estaba prevista la prueba de sonido in situ. Los cuatro integrantes de la banda se colocaron en sus puestos, y una vez que les indicaron que todo estaba conectado, empezaron con el ensayo.

La primera canción que practicaron fue «Reden». Y aunque la ronquera de Bill había desaparecido, el chico no afinaba en absoluto. Gustav miraba la espalda del cantante desde su posición, y Tom y Georg se miraban entre ellos.

Intentaron no alarmarse, al igual que el staff que les acompañaba. Pero en la segunda canción, «Wo sin eure Hände», Bill tampoco daba una.

Además, en la tercera canción, «Spring nicht», se equivocó al comienzo varias veces con la letra y también en el estribillo, repitiendo dos veces la misma frase y rompiendo el ritmo de sus compañeros. Tom, cabreado, dejó de tocar y se sacó la cinta de la guitarra.

-¡Maldita sea! -gritó-. ¡Así no se puede tocar!

Georg y Gustav también cesaron su actividad.

-Tom, no te pongas así… -dijo Georg, conciliador-. No es para tanto.

-¡¿Que no es para tanto?! ¡No se lo está tomando en serio! -rugió señalando a su hermano-. ¡Nos está haciendo perder el tiempo!

Bill, aunque en el fondo sabía que Tom tenía razón, cansado ya de los reproches de todo tipo de su hermano, también se enfadó y se dirigió hacia él.

-¡Pues si te estoy haciendo perder el tiempo, te largas! ¡No te necesitamos para terminar la prueba! -chilló.

Gustav abandonó su puesto en la batería y al igual que Georg se aproximó a los dos hermanos.

-¡¿Ah, no?! -replicó Tom, dejando su guitarra en el suelo-. ¡Pues entonces quizá lo haga; así no tendré que soportar tus «gorgoritos» durante más tiempo! ¡Me están dañando el oído!

-¡Tú no has tenido oído en tu vida! -siseó Bill-. ¡¿O acaso te crees que por saber tocar cuatro acordes sin saber solfeo eres un genio de la música?!

-¡Basta, basta! -gritaron Georg y Gustav a la vez, al ver que los gemelos se decían cada vez mayores burradas.

-¿Qué coño os pasa? -preguntó el batería-. ¡¿No veis que estáis haciendo el ridículo?

En efecto, todo el staff les estaba mirando, tal y como Bill y Tom comprobaron al mirar a su alrededor. Y si David o Patrick estuvieran por allí, ya se estarían llevando una buena regañina por su comportamiento. Bill respiró hondo y le dio la espalda a su hermano, mientras decidía que debía concentrarse más y mejor en cantar. Las fans no tenían la culpa de sus problemas sentimentales ni de sus trifulcas con Tom.

Pero Tom no se calmaba tan fácilmente. Y la última frase que le había dirigido Bill le había dolido en el alma. Apretó los puños.

-Maricón… -se le escapó en voz baja.

Por un momento dio la sensación que el tiempo se había detenido. Ni Georg ni Gustav, que a pesar del bajo volumen habían escuchado perfectamente a Tom, podían creerse que realmente el guitarrista le hubiera llamado eso a su hermano, sobre todo por el tono tan despectivo que había empleado.

Bill tampoco se lo hubiera esperado nunca, pero él reaccionó antes.

Sin dudarlo un segundo, Bill se dio la vuelta para encarar de nuevo a Tom, y, sorprendiendo a todos, le propinó tal puñetazo en la nariz que obligó al guitarrista a dar un par de pasos hacia atrás para mantener el equilibrio mientras aullaba de dolor.

-¡Bill! -exclamaron Georg y Gustav, atónitos por que hubiera llegado a ese extremo. A su alrededor se escucharon más exclamaciones de sorpresa provenientes de algunos miembros del staff que aún les observaban y habían visto el puñetazo en directo.

-¡Ah! -gritó también Bill casi al mismo tiempo que sus compañeros, pues el golpe dado a su hermano le había hecho daño a él mismo en los nudillos.

Mientras Bill se sostenía la mano derecha con la izquierda, Tom se recuperó y miró a su hermano con odio. Gustav y Georg previeron lo que iba a suceder a continuación y se apresuraron a interponerse entre los dos hermanos, pero fue inútil. Tom empleó más fuerza de que la se esperaban en deshacerse de ellos y se abalanzó contra Bill.

Aunque Bill se esperaba ese contraataque por parte de Tom, fue incapaz de esquivarlo. El puño de su hermano se estrelló en su boca, y fue el turno del cantante de tambalearse.

-¡Tom!

-¡¿Pero qué estáis haciendo?!

-¡Basta, chicos!

El asistente de David y dos miembros más del staff se habían acercado ya lo suficiente al grupo para interponerse también entre los gemelos. Georg y Gustav suspiraron. Al menos ya no habría más intercambio de golpes.

-¡¿Se puede saber qué está pasando aquí?! -les gritó Oliver, el asistente de David.

-¡Él ha empezado! -se defendió Tom, también doliéndose de su mano.

-¡Por favor, Tom, pareces un niño pequeño! -se quejó Georg.

-¡Silencio! -exigió Oliver. Miró a Tom y luego a Bill-. Bill, ¿estás bien? -preguntó preocupado.

El labio inferior de Bill sangraba, pero eso no era lo que había alertado al hombre.

Bill estaba blanco como el papel.

De pronto, el chico puso los ojos en blanco y se desplomó, haciendo un ruido sordo y seco al chocar su cuerpo con el duro suelo.

-¡Bill! -exclamaron todos a la vez.

Oliver corrió a agacharse junto a Bill, siendo enseguida imitado por Tom. El asistente colocó dos dedos en su cuello y luego comenzó a palmearle la cara con suavidad mientras le llamaba por su nombre.

-Bill, Bill…

-¡¿Qué le pasa?! -gritaba Tom.

-Se ha desmayado, pero no tengo ni idea de por qué.

-¿Qué ha pasado? -preguntaban los otros miembros del staff que se iban acercando.

-Se ha desmayado -repitió Oliver-. Llamad a una ambulancia. Creo que se ha golpeado la cabeza al caer.

Tom se asustó aún más al oír la palabra ambulancia.

Hacía apenas unos segundos estaban discutiendo a voz en grito, y ahora un silencio espectral llenaba todo el recinto, mientras su hermano estaba tendido en el suelo, inmóvil, como una marioneta a la que hubieran cortado las cuerdas.

Un terrible escalofrío sacudió la espina dorsal del guitarrista.

-¿Es culpa mía? -preguntó en un susurro-. ¿Ha sido por el puñetazo?

-No creo -trató de tranquilizarle Oliver.

A sus espaldas podía oír la voz de uno de los técnicos de sonido pidiendo la ambulancia por teléfono.

«Bill, por favor, despierta… Por favor…», suplicó Tom mentalmente a la vez que se inclinaba un poco más sobre su hermano y le cogía de la mano, zarandeándola con delicadeza.

Pero Bill no despertaba. Y Tom sintió que el miedo le invadía, un miedo tan atroz que no le dejaba ni respirar.

¿Qué le estaba pasando a su hermano?

Continúa…

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