Fic TWC de Khira
Capítulo 7: Sueños y recuerdos
Reconoce el lugar. Es el estudio de Berlín, donde han grabado sus últimos singles. Lo que no sabe es lo que está haciendo allí.
El muchacho sigue avanzando sin rumbo por el angosto pasillo. A su derecha aparece una cristalera que da a la sala de descanso, y a la izquierda una puerta metálica que conduce a la sala de ensayos. Camina unos cuantos pasos más, hasta que se detiene en seco.
¿Qué ha sido ese ruido?
Vuelve sobre sus pasos y se detiene frente a la cristalera. Detrás hay una persiana de lamas de aluminio que oculta parcialmente la habitación. Se agacha un poco para poder ver entre dos lamas.
Y lo que ve le deja sin respiración.
Hay dos personas en un rincón de la habitación. Una con la espalda apoyada en la pared y la otra sobre ella, aprisionándola.
La persona que está apoyada en la pared es Bill. Y el que le está comiendo la boca es David.
Tom se apoya con una mano en el cristal, pues siente que las piernas le flaquean. Quiere apartar la vista, pero es incapaz de hacerlo.
Ahora sabe qué es lo que ha oído: un gemido. Bill vuelve a gemir en ese instante, provocando un escalofrío al guitarrista. La expresión de su hermano pequeño confirma que está absorto y dejándose llevar completamente por el placer.
Observa cómo las manos de ambos se mueven como si estuvieran forcejeando. Poco después se da cuenta de que lo que sucede es que se están desabrochando mutuamente los cinturones.
«No, no puede ser…», piensa Tom alarmado. «No pueden hacerlo aquí… ahora…»
Sin embargo, Bill y David no parecen tener intención de detenerse. Los pantalones de Bill caen hasta sus tobillos. Sus bóxers negros no tardan en seguir el mismo camino. El muchacho se deshace de ellos con una pequeña patada.
Tom sabe que su hermano está desnudo de cintura para abajo, aunque no ve nada con el cuerpo de David delante. De pronto, David levanta a Bill y éste enlaza sus piernas en la cintura del productor. Un movimiento estudiado, y su hermano menor suelta un revelador quejido.
Tom ahoga una exclamación al comprender lo que acaba de comenzar.
Los gemidos de Bill inundan todo el estudio. De Jost sólo se oye su respiración entrecortada. Tom no sabe qué hacer. Por un lado quiere salir corriendo, pero por el otro desea entrar allí y arrancar a su hermano de los brazos del productor.
Aún está decidiendo qué hacer, cuando su campo de visión varía bruscamente. Ahora ya no ve a Bill a través de un cristal, sino que le tiene enfrente, y con el rostro tan cerca que puede distinguir todas y cada una de las pequeñas gotas de sudor que resbalan por sus sienes. Su hermano tiene los ojos cerrados, y sus labios están separados apenas un par de centímetros de los suyos.
De pronto lo comprende.
Ya no es David quien está sosteniendo a su hermano, sino él mismo.
Los labios de Bill se entreabren una vez más, dejando escapar un nombre en medio de los gemidos.
-Tom…
De pronto Tom se despertó, con un sudor frío en la frente y el corazón acelerado. Conmocionado, se incorporó poco a poco en la cama hasta quedar sentado. Poco a poco su mente se fue aclarando.
Había sido un sueño. Y por desgracia, lo recordaba todo claramente.
Recordaba perfectamente como él estaba… sosteniendo a Bill… y…
El muchacho meneó la cabeza, sin atreverse siquiera a seguir describiendo la escena en su mente. Pero entonces, cayó en la cuenta de una conocida molestia en la zona de su entrepierna.
Los ojos se le abrieron como platos cuando se dio cuenta de que tenía una erección.
-¿Pero qué…? ¡No, no, no…! -exclamó en voz baja mirando la tienda de campaña que se había levantado en sus pantalones de pijama.
¿Cómo era posible? Vale que no era la primera vez que se despertaba empalmado, más bien era algo habitual en él y en cualquier otro chico de su edad, pero tener una erección tras haber soñado que se tiraba a su hermano… eso ya no era normal.
Se levantó de un salto de la cama. Tenía que hacer algo con «aquello», ya que le dolía tanto que no le parecía probable que se calmara solo. En otras circunstancias no habría tenido ningún problema en meterse en la ducha y darse algo de amor propio, pero se negaba rotundamente a terminar algo que se había iniciado a partir de un sueño incestuoso.
«¡Claro, la ducha!», exclamó mentalmente. Una buena ducha de agua fría era lo que necesitaba.
Abrió la puerta de su habitación, y tras comprobar que no había parientes en la costa, poco probable dado que parecía ser muy temprano, cruzó el pasillo y se metió en el baño que compartía con Bill. Cerró la puerta con pestillo, se desnudó rápidamente y se metió en la ducha.
Colocó la mano en el grifo de la regadera. Estaban en primavera, pero aún así el agua de la red salía casi tan fría como en pleno invierno.
Miró hacia abajo. No, definitivamente «aquello» no se iba a calmar fácilmente. Y como decía el refrán, situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.
Sin dudarlo un instante más, abrió el grifo del agua fría de golpe.
-¡¡UUUWAAAAAHHHH!! -su grito resonó por toda la casa.
El primero en llegar al baño fue Gordon, tras comprobar que Tom no estaba en su habitación.
-¿Tom? -le llamó alarmado mientras aporreaba la puerta al comprobar que estaba cerrada-. ¿Qué ha pasado?
Tras él apareció Simone, también con cara de susto, y por el lado contrario del pasillo llegó Bill.
-¿Qué demonios…? -empezó.
-¿Tom? -insistió Gordon.
-E-estoy aquí… -tartamudeó Tom, aterido de frío-. ¿Qué pasa?
-¿Cómo que qué pasa? -preguntó Simone-. ¿Por qué gritabas? ¿Te has hecho daño?
-N-no he gritado… -mintió Tom, avergonzado al darse cuenta del estúpido lío que había montado-. E-estaba cantando…
Simone, Gordon y Bill se miraron entre ellos. Bill puso los ojos en blanco.
-Y luego dice que yo desafino… -masculló-. Al menos no doy esos berridos…
Se frotó los ojos con expresión somnolienta. Luego comprobó su reloj de pulsera: eran apenas las siete de la mañana.
-Yo me vuelvo a la cama… Ya me contaréis qué le ha pasado a este tarado…
Gordon seguía atento a lo que pudiera suceder tras la puerta del baño y no le prestó atención, pero Simone le llamó antes de que se marchara.
-Bill, ya que te has despertado temprano, aprovecha y ve a arreglar el trastero antes de que haga demasiado calor.
Bill, quien se había detenido a medio camino, suspiró y asintió. Se metió en su habitación para cambiarse y ponerse ropa cómoda, en concreto un chándal blanco, y luego bajó a la cocina para desayunar algo antes de ponerse manos a la obra.
Mientras tanto, Tom salió finalmente del baño, vestido con un albornoz y todavía temblando de frío.
Ambos, Simone y Gordon, le miraron con expresión curiosa mal disimulada.
-¿Q-qué pasa? -preguntó el muchacho sin dejar de tiritar.
-¿Te has duchado con agua fría…? ¿Por qué? -inquirió Simone.
-Te-tenía calor… -respondió simplemente, y antes de que pudieran seguir formulando preguntas incómodas, el guitarrista se metió deprisa en su habitación.
Al menos, el «problema» se había solucionado. De momento…
&
En cuanto Bill accedió al trastero, situado en la buhardilla, lo primero que pensó fue que sería imposible terminar la tarea en una mañana. En aquel recinto de unos veinte metros cuadrados, se apilaban montones y montones de cajas de cartón repletas de objetos, muebles, ropa y demás enseres sin ninguna pauta ni orden. Por no hablar del polvo que se acumulaba por doquier y amenaza con invadir también sus pulmones.
Estaba a punto de dar media vuelta para buscar a su madre y convencerla de lo imposible de la misión, cuando ésta apareció por la trampilla con un par de trapos y media docena de cajas perforadas de plástico relucientes, plegadas unas dentro de otras.
-Ten, compré esto hace unos días -explicó a la vez que dejaba las cajas a los pies de su hijo menor-. A medida que vayas vaciando las viejas de cartón, las apilas y las pondremos para reciclar.
-¿Pero qué se supone que tengo que hacer? ¡Aquí hay demasiados trastos!
-Como ves todo está mezclado. Tienes que vaciar las cajas, clasificar lo que hay dentro y guardarlo de nuevo en las cajas nuevas. Por ejemplo, en una caja metes mis libros, en otra los tuyos y los de Tom, en otra ropa, etc. Y a lo que esté sucio, le pasas primero el trapo para quitarle el polvo. ¿Entendido?
Bill bufó, contrariado, pero sí, había entendido.
-Por cierto, acaba de llamar Silke, sólo quería saber si todo sigue bien, y le he dicho que sí, que no has tenido molestias.
-Ok…
«Qué pesada…», pensó Bill. La asistente había llamado prácticamente todos los días desde que estaba en Loitsche.
Su madre volvió a bajar por la trampilla y el muchacho se quedó solo en el trastero de nuevo. Desganado, dio un par de pasos y se sentó en una vieja silla de comedor cubierta con una sábana.
Bostezó. Aunque la noche anterior se había quedado frito en el sofá encima de su hermano, cuando fue la hora de acostarse en la cama se desveló y ya no pudo pegar ojo. Pero en esa ocasión no habían sido sus pensamientos respecto a David lo que le había impedido conciliar el sueño. La discusión de la noche anterior con Gordon y la posterior charla con Tom habían reavivado unos recuerdos sobre su padre que Bill creía tener ya profundamente enterrados. Pero ahora se había dado cuenta que a esos recuerdos tan sólo los cubría una capa de polvo como la que decoraba esa habitación.
Suspiró y miró a su alrededor. Le esperaban varias horas de trabajo. Al menos estaría entretenido, y así no pensaría tanto… Se levantó y se puso manos a la obra.
&
Habían pasado cinco horas y Tom aún tiritaba mientras ponía la mesa. O esa era la sensación que él tenía cada vez que recordaba el impacto del agua helada contra su piel.
-Ya está todo -informó a Simone en cuanto colocó el último cubierto.
-Gracias, cariño -dijo la mujer de espaldas a él, terminando de aliñar la ensalada-. Ahora podrías ir a buscar a Bill, ya seguirá por la tarde. A ver si con el esfuerzo le ha entrado hambre…
-Voy -aceptó Tom, sonriendo por el último comentario de su madre.
Tom salió de la cocina y subió por las escaleras hasta el primer piso, donde al final del pasillo estaba situada la trampilla que daba acceso a la buhardilla que empleaban como trastero. Mientras caminaba por el pasillo, el muchacho no pudo evitar recordar por enésima vez el «extraño» sueño que había tenido aquella noche. Se preguntó si sería capaz de mirar a la cara a su hermano. Suspiró. Fuese como fuese tenía que disimular, no quería que Bill notara nada raro en su actitud. Al llegar subió con agilidad por la escalera de la trampilla y se asomó a la estancia.
Se notaba que Bill llevaba horas allí arriba. Tom recordaba perfectamente cómo estaba el trastero la última vez que lo visitó, y la cosa había mejorado bastante. Sin embargo, en ese momento su hermano no estaba ordenando, sino sentado justo en medio del lugar con las piernas cruzadas, ojeando lo que parecía una revista antigua. Se había recogido el pelo con una especie de moño que le quedaba muy gracioso, y su chándal blanco se había vuelto de color grisáceo a causa del polvo.
-¿Descansando? -preguntó el guitarrista mientras se aproximaba a él.
Bill, quien no había oído a su hermano llegar, se sobresaltó un poco. Miró un segundo a Tom y asintió.
-Es que he encontrado esto… -murmuró.
-¿Qué es? -preguntó Tom agachándose a su lado.
-Una de las viejas revistas de mecánica de papá.
Tom tragó saliva y optó por sentarse.
-Pensé que mamá las había tirado todas…
Bill no respondió, estaba absorto contemplando una de las fotografías. El guitarrista se fijó mejor en la foto y entendió por qué. En la fotografía salía su padre, acompañado por unos amigos. Si no recordaba mal, uno de aquellos amigos había ganado un concurso y por eso salían todos en la revista.
Miró de nuevo a su hermano, quien seguía inmóvil. El moño estaba medio deshecho y varios mechones le cubrían el rostro.
-La comida está lista. Mamá ha dicho que sigas por la tarde.
Bill asintió. Tom iba a levantarse, pero la voz de su hermano le detuvo.
-Sabes, creo que papá supo antes que yo que era maricón…
-¿Por qué dices eso? -preguntó Tom, sorprendido.
Entonces Bill desvió por fin su atención de la fotografía y miró fijamente a su gemelo a los ojos.
-Sé que tú también lo recuerdas. Yo era el que más recibía, no tú. Incluso más que mamá.
Tom se mordió un labio. Siempre habían evitado tener ese tipo de conversación, pero ahora Bill no parecía dispuesto a dejar que se hiciera el loco.
-Papá era alcohólico -dijo finalmente-. No busques motivos a su comportamiento, porque no los había.
-¿Pero por qué yo? -inquirió Bill, exaltado-. ¿Por qué siempre venía a por mí?
-No lo sé, Bill -terminó aceptando Tom, con ojos repentinamente brillantes-. Pero te juro que si hubiera podido lo mataba. Suerte para él que mamá le dio puerta antes.
El brillo de los ojos de Tom y el convencimiento en sus palabras sorprendió a Bill. El muchacho entendió entonces el remordimiento y la culpa que arrastraba su hermano mayor desde entonces. Por no haber podido ayudarle. Por no haber podido defenderle.
Tiró la revista sobre una caja y se levantó, sacudiendo el polvo que había manchado sus pantalones de chándal. De pronto todo parecía estar bien. Tom tenía razón. No podía buscar explicación a algo que no la tenía, y el hecho de que Gordon estuviera enterado de todo le hacía sentir como si se hubiera quitado un peso de encima. Ya no había secretos entre los cuatro. Ya eran una familia.
-Vámonos ya. Me muero de hambre.
Tom sonrió, tanto por el cambio de actitud de su hermano como por su último comentario.
-Ha funcionado…
-¿Eh?
-Nada, nada…
Y uno detrás del otro bajaron por la trampilla.
-¿Te falta mucho? -preguntó Tom mientras caminaban por el pasillo.
-Bastante. Esa buhardilla es como un agujero a otra dimensión, no dejan de salir trastos y más trastos.
-Esta tarde te ayudo.
-No hace falta -sonrió Bill-. Es mi castigo. Pero gracias de todos modos.
-Tú siempre me ayudabas cuando mamá me castigaba a arreglar el jardín. Ahora me toca a mí.
Tom había hablado tan serio que Bill optó por aceptar su ayuda. Sorprendiendo a su hermano, le pasó un brazo por los hombros y le plantó un sonoro beso en la mejilla.
-Si es que tengo el mejor hermanito del mundo -dijo con una radiante sonrisa al separarse.
Se adelantó un par de pasos, se giró y señaló a Tom con su dedo índice sin dejar de sonreír.
-Pero luego cuando veas bien el panorama no te arrepientas, ¿eh?
Y se metió en la cocina. Tom se quedó parado justo antes de cruzar el umbral.
Como un autómata, llevó su mano derecha a la mejilla que su hermano había besado. No recordaba siquiera la última vez que Bill había tenido ese gesto con él, quizás tendrían unos ocho o nueve años. Pero a pesar del tiempo transcurrido, aquel beso no dejaba de ser lo que era: un beso cariñoso entre hermanos.
Entonces, ¿por qué se había quedado sin respiración?
Continúa…
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