«Blame it Tom Kaulitz» Fic de Haruxita

EPÍLOGO

Una semana había transcurrido desde la matanza en la secundaria y de que Tom se mudara a su casa.

Para su desazón, su hermanito no mostraba señales de superar lo que fuera que le sucedió durante esas angustiantes seis horas y fracción. Hablaba poco, apenas lo necesario, y parecía haber perdido total interés en el mundo que lo rodeaba. Se tornó taciturno; era usual que Nick lo encontrara perdido en sus pensamientos, en algún mundo lejano al que él aparentemente no tenía permitido acceder.

Sus constantes esfuerzos por acercarse al chico no estaban dando resultados.

En un intento por que cambiara de aire (y de paso tenerlo vigilado), Nick consiguió que el chico accediera a acompañarlo cada día a la veterinaria. Sin embargo su entusiasmo era volátil, permanecía abstraído la mayor parte del tiempo, dibujando incansablemente en esa croquera que cargaba a todas partes y cuyo contenido no permitía que nadie viera.

Nick pronto se vio sobrepasado por la situación: ser testigo de cómo su hermano se sumía cada día un poco más en sus demonios, sin que él pudiera hacer algo para evitarlo, lo estaba minando física y emocionalmente.

Esa mañana Natalie lo llamó a su oficina para que le ayudara con una ficha perdida; era a todas luces una excusa pobre, pues hacía años que todo el papeleo de la clínica se manejaba de forma digital.

La mujer fue concisa y un poco dura, pero Nick agradeció su intervención. Tom necesitaba ayuda con urgencia, el tipo de ayuda que él no estaba capacitado para brindarle.

*

La mera mención de la palabra «psiquiatra» sacó a Tom de su letargo.

«¡No estoy loco!—espetó, rebelándose con furia—.¡Lo que necesito no es terapia, sino que todos me dejen en paz de una jodida vez!»

Fue una larga y extenuante discusión que se extendió por un par de semanas. Nick la dejaba estar unos días y luego la retomaba, con la persistencia de quien sabe que está haciendo lo correcto. Pese a ello, no quería obligarlo, temía que resultara contraproducente.

Afortunadamente Nick tenía bastante experiencia en eso de inventar maneras creativas de persuadir a su hermanito. Esta vez la dificultad era mayor pero, luego de darle mil vueltas al asunto en su cabeza, dio con la solución.

Lo sobornó.

Al marcharse de la casa paterna, Tom se llevó gran parte de sus pertenencias… sin embargo hubo una que Jorg no le permitió conservar: su adorado Escalade.

En su momento Nick no estuvo de acuerdo con esa compra (un vehículo de esas características le parecía excesivo para un chico de 16 años, que sólo lo usaría para pavonearse), sin embargo le constaba que su pérdida fue un duro golpe para Tom.

Desde luego la carita radiante que puso el chico de rastas ante su propuesta:«si acudes a terapia de forma responsable, te compraré un nuevo auto», se apagó al oir el resto de la frase:«… un auto acorde a tus necesidades»

El tira y afloja fue largo. Tom le enrostró al adulto que él mismo poseía una aparatosa camioneta, no fue sencillo para éste hacerle comprender que la necesitaba por su trabajo.

¿Has intentado trasladar a un rottweiler en un auto compacto?”

Tom acabó accediendo: un automóvil pequeño era mejor que nada, ya vería la forma de zafar de la terapia.

Acordaron que vería a una psicóloga tres veces por semana y un psiquiatra lo evaluaría cada quincena. Nick no aprobaba del todo el uso de fármacos, pero saltaba a la vista que su hermano necesitaba un poco de apoyo extra para sobrellevar su carga, al menos durante los primeros meses.

*

Nick nunca preguntó si las acusaciones contra su hermano eran ciertas, confiaba en que algún día este se abriera a él de forma espontánea.

Quizá pecaba de ingenuo pero —por mucho que Tom se hubiera descarriado en el último tiempo— no lo imaginaba capaz de asesinar a sangre fría, mucho menos a chicos con los que convivía a diario.

Con los tres tiradores muertos el caso debió cerrarse, sin embargo Erik Blumen— el Fiscal asignado — era más obstinado que un sabueso y tenía a Tom en la mira. Nick estaba convencido de que, a falta de pruebas concretas de la participación de su hermano en el tiroteo, la constante presencia del hombre rondando al chico tenía como único objetivo quebrarlo.

Con lo inestable que andaba Tom cualquier cosa podría pasar.

No le agradaba pedir favores, pero no le quedó más alternativa que acudir a un abogado amigo (el mismo que lo guío con las gestiones en la secundaria para fungir como tutor de Tom) para asesorarse.

***

La secundaria permanecía cerrada mientras se realizaban las pericias y luego vendría un periodo indeterminado de reparación antes de estar operativa nuevamente. Sin embargo, un considerable número de familias manifestó su intención de no continuar enviando a sus hijos a ese establecimiento una vez se reestablecieran las clases.

Los Trümper eran una de ellas. Fue un acuerdo tácito, en ningún momento se discutió, fue de ese tipo de cosas que ambos sabían sólo con mirarse.

Bill, como todos quienes estuvieron en la Ellen Key Schulee el infame día de San Valentín, presentaba un cuadro de stress post traumático.

Aunque su caso no era tan severo como el de aquellos que fueron heridos o vieron a sus amigos morir ante sus ojos, cosas como los ruidos fuertes o repentinos lo asustaban, sin mencionar que la dependencia de su hermano —que había aminorado al entrar en la pubertad— sufrió un considerable repunte.

Dormir con Val se había convertido ahora en la norma, no conseguía conciliar el sueño si el adulto no lo abrazaba con fuerza, lo que supuso más de un inconveniente para este último. No solo le costó una dura pelea con su novio (quien insistía en que Bill no era más que un chiquillo malcriado que necesitaba una buena colleja), sino que debió postergar un viaje a América que estaba programado con anticipación.

Bill no era ajeno a los constantes sacrificios que su hermano mayor realizaba por su causa. Por motivos laborales el modelo precisaba dejar Alemania; Milán, Paris y New York eran las opciones que la agencia barajaba. Sin embargo este llevaba un par de años dándole largas anteponiendo el bienestar del adolescente a su carrera.

Por ello, cuando el adulto reflotó la idea de mudarse y empezar de nuevo en otro lugar, por primera vez Bill accedió a pensarlo.

Dejar su casa, su ambiente y sus amigos implicaba un gran sacrificio, pero también era cierto que se lo debía.

***

En su fuero interno Nick tuvo que reconocer que se sintió un poco decepcionado al no recibir una llamada, o al menos un mensaje, del modelo con el paso de los días, o tan siquiera topárselos —a Val y a Pumba— en Grunnewald ese sábado. Aunque supuso que eso tenía un poco que ver con Bill.

Él mismo pensó en quedarse en casa, pero Scotty no perdonaba y Tom —que se negó en redondo a acompañarlo, algo comprensible dadas las circunstancias— lo empujó metafóricamente. «No faltes por mi culpa. Necesitas relajarte».(Aun así no se quedó tranquilo hasta que lo dejó a cargo de Natalie.)

Había esperado que su relación regresara al punto en que se quedó antes de su bocafloja y su torpeza la arruinara. Ver los días pasar sin noticias del modelo fue una gran decepción. Tres veces tuvo el impulso de llamarlo y tres veces le faltó lo que se necesitaba para marcar su número. Era un pusilánime, lo asumía. El temor a que Val le respondiera de forma cortante era aún más fuerte que sus enormes deseos de oír su voz.

Pero cuando la llamada finalmente llegó se le estrujó el corazón: Val se oía al borde del colapso. El veterinario tuvo dificultades para comprender qué le sucedía, pero intentó transmitirle calma, algo un tanto difícil por teléfono.

Los pensamientos que sugerían que, de no estar en problemas, esa llamada nunca hubiera sucedido fueron relegados a un sitio recóndito. Val lo necesitaba y eso era lo único que importaba en ese momento.

Tenía un par de pacientes citados para esa mañana, pero consiguió que Nat se encargara de ellos.

*

Luego del fortuito encuentro el día de la tragedia, Val no volvió a saber de Nick. Abrumado por múltiples problemas no tuvo tiempo para dedicar siquiera un pensamiento al veterinario, hasta que una nueva desgracia aconteció.

Desde que lo adoptó, Val llevaba a Pumba con él siempre que le era posible. La de esa mañana era una reunión de rutina con su agente, quien —tal como todos quienes trabajaban estrechamente con el modelo— tuvo que adaptarse a esa pequeña fábrica de babas.

Pero a David Jost realmente no le agradaban los perros, poco y nada sabía de ellos, salvo que la última visita de Pumba Trümper le costó un sillón nuevo. Por ello, en cuanto el can entró corriendo de forma patosa a su oficina, le arrojó su pelotita antiestress sin pensar en las consecuencias.

De no haber estado tan cerca de perder a su hermano, apenas dos semanas atrás, quizás la reacción del modelo habría sido más mesurada. (Quizás, estamos hablando de Valentino Trümper, después de todo). De cualquier manera, para todo padre es angustiante ver a su bebé peludo tragarse una pelota de goma.

David había presenciado la furia del modelo en algunas ocasiones, pero lo de esa mañana no tuvo parangón. Si sólo tan hubiera gastado cinco euros en un juguete de cartílago se habría ahorrado padecer las penas del infierno esa mañana.

Val profería amenazas descabelladas todo el tiempo, mismas que quedaban en nada luego de olvidada la afrenta… pero existía un peligroso precedente que nadie que estuviera en conocimiento de ello osaba olvidar: Val destruyó a Lies luego de que éste se metiera con Bill.

La mirada desencajada que tenía Val cuando amenazó a su agente con arrancarle la piel a tiras si su bebé moría por su culpa, se parecía bastante a la de aquella vez en que el infame libro del paparazzi llegó a sus manos.

*

Nick tenía bastante experiencia tratando ese tipo de accidentes domésticos. Sabía de sobra que lo último que espera oír el dueño de un perro que ha ingerido un cuerpo extraño es«no te preocupes, no es nada serio». En esas eventualidades, un poco de empatía hacia el humano beneficia tanto a este como al can. Por ello se mantuvo al teléfono en todo momento durante el trayecto.

De lo que pudo colegir por la información proporcionada por el asustado ‘padre’ el caso no revestía mayor gravedad, Pumba no corría peligro si se actuaba a tiempo.

Nunca había estado en la agencia, todo mundo lo miraba de forma extraña, salvo una chica menuda que esperaba por él en la puerta principal y que lo condujo hasta la oficina en que Val y el travieso paciente se encontraban.

No hubo tiempo para mayores presentaciones, por lo que el sujeto de cabello claro junto a Val lo miró con sospecha cuando éste le echó los brazos al cuello al verle llegar.

Sin saber cómo reaccionar ante tal despliegue de emotividad en el usualmente controlado modelo, acarició su espalda con suavidad un instante, esperando que ello lo confortara, sin embargo intentó apartarse en cuanto notó cómo la mirada del otro sujeto lo taladraba. No se parecía al novio de Val (de ser así, no se hubiera atrevido a tocarlo de esa manera) pero todo en su lenguaje corporal gritaba reprobación, tan evidente que hasta un despistado crónico como Nick se dio por aludido.

Tomó a su amigo de los brazos, lo apartó con firmeza (Val se resistía a soltarse, otra prueba de cuán sobrepasado se encontraba) y, tras aclararse la garganta, pidió que lo dejaran a solas con el cachorro.

En circunstancias normales Val lo ponía nervioso, en ese momento además de ello el chico le transmitía su ansiedad a Pumba. En tales condiciones Nick no podía realizar su trabajo apropiadamente.

Como suponía la emergencia no era tan grave, con la atención adecuada Pumba estaría bien en unas horas. Se alegró de poder darle una buena noticia a su amigo y también por el cachorro, a quien le había cogido mucho afecto durante el tiempo en que éste vivió en la veterinaria.

*

Ya en la cínica, la radiografía de rigor confirmó lo que ya sabían, la pelota estaba en el estómago de Pumba. El procedimiento común en ese caso era cirugía pero, dada la condición médica del cachorro, someterlo a anestesia podía resultar riesgoso. Sólo restaba una segunda alternativa, menos invasiva pero más lenta: aguardar a que el cachorro expulsara la bola espontáneamente.

***

La decisión estaba tomada: en una semana viajaban a escoger apartamento y una vez instalados iniciarían la siempre engorrosa búsqueda de una nueva academia para Bill.

El encantador estudio que poseían cerca de la embajada estaba bien para estancias ocasionales, pero si la idea era radicarse precisaban mas espacio ¡Tan sólo los zapatos de Val ocupaban un armario completo!.

Bill enfrentaba sentimientos encontrados.

Por una parte estaba ansioso por alejarse de Berlín. Sus últimos dos años de secundaria habían sido bastante poco gratos (por usar un eufemismo), en París podrían comenzar de nuevo y además las dos personas y el cachorro que amaba iban con él.

Pero, por otra parte, les había cogido mucho afecto a sus amigos. Intuía que aunque hablaran a diario por Skype no sería lo mismo e inevitablemente la amistad se acabaría diluyendo.

Perder a los chicos era lo que mas le dolía de su partida, adivinaba que no se tomarían muy bien la noticia pero no podía aplazarlo por más tiempo.

Ese jueves, a sabiendas de que las reuniones de su hermano con David se solían extender hasta muy tarde, los invitó al pent-house con la idea de contarles las nuevas.

Nadie estaba de humor para fiestas todavía, por lo que sólo ordenaron pizza e intentaron no tocar“el tema”,pero éste llamó a la puerta, literalmente. Fue así como Bill se enteró, de boca del propio fiscal, que “Bob Marley” aún era considerado sospechoso de asesinato.

Cuando Blumen se marchó, los chicos lo pusieron al día con las noticias. No sólo el resto del grupo, sino que muchos de sus compañeros habían recibido la ingrata visita. El sujeto se veía determinado a inculpar al chico de rastas a como diera lugar.

Bill tuvo un flashazo de Tom llorando, abrazando sus rodillas muerto de miedo. No se dio cuenta de que sus pensamientos salieron en voz alta.

—Pobre, no se merece esa cacería de brujas.

Todos reaccionaron sorprendidos por su comentario, sus peleas con el otro chico eran bien sabidas.

No podía evitar sentir algo de empatía por el chico luego de lo que ocurrió entre ellos dos ese día, sin embargo a nadie se lo había mencionado y no planeaba hacerlo.

—Sólo digo que el hecho de que sea un idiota no es motivo para que lo encarcelen — aclaró, intentando salir del paso.

*

Geo había sido el último en unirse al grupo, sin embargo esos pocos meses le bastaron para aprender algunas cosas sobre Bill. Una de ellas era que cuando éste mentía mantenía la mirada fija y no parpadeaba en lo absoluto.

Si las circunstancias fueran otras lo habría jodido hasta averiguar qué carajos estaba ocultando, pero el ánimo del chico no parecía para nada festivo y decidió darle un respiro. Ya tendría tiempo de hacer las preguntas en otra ocasión.

—Tom no responde mis llamadas, pero hablé con su hermano, dice que ya contrataron un abogado “sólo por si acaso”, aunque no cree que Blumen encuentre nada. Nick es el sujeto más optimista que yo haya conocido, yo en su lugar estaría cagado de miedo.

Bill simuló una sonrisa tirante, lo que no hizo más que acrecentar sus dudas.

***

—…al, hey… ¡Val! —el adulto, que llevaba buen rato en Babia, espabiló a marchas forzadas ante el llamado de atención—. Vas a dejar un surco en la taza.

El aludido dejó la cuchara en el platillo e hizo el ademán de llevarse la taza a los labios, sólo para que su hermano se desternillara de risa a su costa.

—Llevas veinte minutos revolviendo una taza vacía. ¿Quieres decirme qué demonios sucede contigo?

El mayor de los Trümper desestimó las cuitas del adolescente, encogiéndose de hombros y esgrimiendo un «nada» que hubiera sido más convincente de no ir acompañado por un suspiro desvaído y una pequeña sonrisa que no alcanzó a ocultar a tiempo.

—Ajá. ¿Un «nada» con barba y cara de«yo no fui»? – Inquirió el más pequeño, con suspicacia.

—Bibí… —se apresuró a explicar, previendo una nueva discusión— con Nick aclaramos lo sucedido, fue un tonto malentendido y…

—Val, no voy a pelear contigo por su causa. Sólo te aviso que si ese imbécil integral la caga de nuevo le sacaré el hígado por el ombligo y se lo haré tragar —. Terció, dando el asunto “Reconciliación de mi adorado hermano con el idiota” por zanjado.

Su hermano sólo sonrió, con esa expresión boba que no se había quitado en días.

~*~

La agonía de Val se había extendido por nueve horas y veintiocho minutos, que fue lo que Pumba tardó en vomitar la pelota de David. Durante todo ese tiempo mantuvo al cachorro sobre su regazo, lo acarició y tarareó muy bajito la canción de cuna que le cantaba a Bill cuando de niño enfermaba.

Nick no se había separado de su lado en ningún momento, pese a que él mismo le explicó que aquello —de producirse— podía tardar horas, incluso días.

Ese fue el momento en que Val comprendió que si se marchaba, dejaría su corazón en Berlín.

FIN de temporada

por Haruxita

Escritora del Fandom

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