Fic TWC de Melody Fliegen
Capítulo 11: Recuerdos de pastillas
By Tom
Luego de saludar a mis padres apresurado y decirles que Bill estaba en el baño a punto de ducharse y que no lo molestaran, corrí a mi pieza, y terminé de masturbarme gruñendo silencioso para no ser escuchado, sólo me pude correr pensando en el trasero tan estrecho de Bill, que estuve a punto de ultrajar mientras el muy cobarde rogaba piedad.
Quizás me había pasado. Él me había pedido que le hiciera el amor. Pero lo primero que hice con él fue tratarlo con brutalidad, ni siquiera pensé en él, no tenía por qué hacerlo… pero algo me provocaba mi hermano. A pesar de ser totalmente fastidioso a veces, lo que más me interesaba era su seguridad, que se sintiera seguro conmigo sólo para tocarlo y satisfacerme.
Sí, por eso era que lo quería hacer sentir protegido, para complacerme a mi mismo… eso era… eso…
Debía pedirle perdón. No, no tenía por qué hacerlo. Él me había dicho que era una bestia, que no sabía lo que era el amor, que era un animal. Él había sido el culpable, mierda, que me había insultado y golpeado cuando él mismo me estaba pidiendo que lo follara.
Tomé mis manos y las puse en mi cabeza nervioso. Era lo mismo que me había pasado aquella vez… exactamente lo mismo.
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Flash Back
—Ma… mamá… — tenía el móvil puesto en mi oído para escuchar la voz de ella mientras me tocaba el cuello delicadamente – no llegaré a cenar hoy, lo siento… sé que es algo familiar, pero… no es por Bill, él no tiene nada de malo… — apreté mi puño mirando a los ojos a mi acompañante, que me miró con sus ojos oscuros seriamente, haciendo una seña para que me tranquilizara – no lo sé… el ensayo se alargó… sí, prometo que no voy a llegar después de las diez – sonreí tranquilo mientras me tomaba las manos y las ponía sobre mi cabeza, lo miré expectante y curioso cuando me quitó el celular y cortó la llamada por mí.
—No quiero ser aguafiestas Tom, pero deja de pensar en Bill…y en tu familia, hoy tenemos trabajo. Ando con ganas… muchas ganas – lo miré mordiéndome el labio. No me iba a negar, él me había enseñado todo, algo le debía dar a cambio. Que dijera y listo ¿qué has hecho con Bill últimamente?
—Mm… — sonreí con indiferencia – Sólo lo toqué… hace tres semanas que comencé a tocarlo y a tratarlo como mi juguete… tal y como tú me dijiste… — callé al instante cuando me empujó suavemente hacia la cama para que me recostara, le obedecí sin rechistar –… lo controlo, como me dices que tengo que hacer. Si me gano su confianza…será fácil hacer que caiga y sufra como él lo hizo conmigo – sonreí divertido. Ya quería ver eso… sería un proceso fácil, sólo duraría un par de meses para que se sintiera ilusionado conmigo, y después venía un poco de la realidad en su cara.
—Ya… entiendo… no te dejas controlar por él y eso está muy bien – me sonrió mientras mis manos le tocaban el rostro
suavemente. No solíamos ser así de cariñosos, nunca, de hecho me sentía un poco incómodo por su comportamiento y el mío, pero no me moví, me quedé estático esperando sus palabras – hoy hay nueva lección para mi aprendiz favorito… — susurró mientras sus ojos cafés me penetraban hasta el alma, me conocía tan bien desde ese día hacía ya casi tres años, cuando tenía diez… desde ahí que había aprendido de él. Pero él aún no me comprendía totalmente, y eso siempre me decía que le gustaba, que fuera misterioso hasta con su mentor — ¿Me vas a escuchar o vas a seguir pensando en lo que estés pensando?— volví a posar mi vista en sus ojos. Acerqué mi rostro al suyo, casi llegando al roce.
—¿Por qué… estamos así? Yo… — me calló cuando se levantó de la cama y se puso las manos en los bolsillos caminando por la habitación. Sus ojos brillaban emocionados. Me senté nuevamente en la cama, respirando tranquilo, arreglándome las rastas que caían sueltas por mi rostro, odiaba eso, pero él me había quitado mi jockey minutos antes, sin que yo lo hubiese notado.
—No sé cómo decirte que… haces un trabajo bueno con Bill… sigue así y vas a poder controlarlo como quieras. Sólo queda que tú lo desees… lo odias tanto que se te va a hacer fácil, mientras más odio, mejor. – volvió para mirarme fijamente a los ojos – Pero…
—¿Por qué Bill no me odia? – fue mi rápida pregunta mirando hacia el techo de esa habitación sólo alumbrada por una tosca ampolleta de ahorro de energía, cambiando el tema que sabía a dónde iba a llegar a parar.
—¿Y eso qué importa?— volvió la vista hacia mí negando con la cabeza, me tiré en la cama nuevamente. Realmente ahora no entendía la actitud de Bill, él siempre actuaba como si nada, como si no me odiara… él sí me odiaba, lo sabía, pero al parecer sabía actuar mejor que yo… y eso me ponía aún más celoso. Se supone que los mayores hacen mejor las cosas que los menores, pero Bill siempre era el más preciado de los dos, el favorito de la familia entera… y yo quedaba enterrado, era la sombra de mi gemelo, pero en ella se me era imposible brillar o aparecer, era como un fantasma.
—Pero es que…Bill ya no es el mismo de antes, hace tres años él… — primera vez que me oía de esa manera… era hasta repugnante… como lastimera… yo no era así. Cerré los ojos negando con la cabeza.
—Las personas no cambian Tom, sólo actúan… como tú, estás comportándote distinto hoy, sé como eres siempre – se acercó nuevamente a mí y se puso encima de mi cuerpo, le corrí el rostro — ¿qué mierda te pasa?
—Estoy listo, creo que aprobé todas tus lecciones.
—Acabas de retroceder una cuantas con la actitud que estas adoptando Tom, tú no actúas así, no eres de ser compasivo con la gente… nunca – se tocó el pelo café lentamente mientras me tomaba la cara – veamos qué haces respecto a esto…si logras pasar esto, estaré orgulloso de ti.
Entonces me tomó tan rápido los brazos que no me dio tiempo de defenderme, me juntó las piernas impidiendo que le pudiera pegar un golpe en su entrepierna, y me comenzó a besar con descaro. Solíamos besarnos y esas cosas sólo para ver si podía superar sus pruebas, en general siempre experimentábamos con chicas, agarrábamos unas y ellas felices jugaban con nosotros… eran tan perras algunas… no les interesaba saber que jugábamos con ellas, de hecho ellas mismas se entregaban, ni siquiera a cambio de algo. Él me había enseñado todo… sobre todo me había enseñado cómo excitar con un par de roces mínimos… por eso tenía a mi hermano idiota a mi merced. Si no hubiese sido por él, sería controlado por todo lo plástico de mi familia, porque todo era una farsa, siempre lo había sido, y siempre lo iba a ser.
Él era el único que me miraba a mí antes que a Bill, él siempre me decía que Bill no era como yo, que yo era único, él nunca me consideró un ser invisible, y me ayudó a quitarme esa idea de la cabeza.
Pero… ¿Qué debía hacer? Su lección estaba demasiado confusa… me tocaba como nunca… me intentaba separar… intenté golpearlo, me defendía a manotazos y golpes, pero él tenía más años, muchos más… y eso era una desventaja.
Y luego olvidé lo que sucedió…
Lo único que veía era una vacío representado por una pantalla blanca, confusa… sólo podía recordar cuando llegué a casa con un gran moratón en mi ojo, y con dolor en mi cuerpo, lo sentía pesado… algo había pasado ese día con él, algo me había hecho para que de mis ojos salieran lágrimas… pero para mí todos los recuerdos estaban en blanco. Eran pasadas las diez, mis papás me reprenderían tarde o temprano, pero esta vez lo importante era que ellos ni Bill me vieran… nunca había llegado en ese estado, además estaba malditamente todo en blanco, y eso me frustraba aún más. Un recuerdo borrado de mi mente quizás por algo que no debo recordar.
Desde ese día no lo volví a ver.
Corría a través de las calles oscuras, alumbradas sólo por esos faroles que parpadeaban o cambiaban su brillo, era un ambiente extraño, tétrico. Al llegar a casa abrí sigilosamente observando todo a oscuras. Había un silencio sepulcral que me aterraba, aún era un chico de trece… era normal, pero no en mí.
Extrañamente me sentía el rey del mundo. Sí, efectivamente ese día sentí como si nada se pudiera interponer ante mí, nada podría hacerme daño, yo era dueño de mi destino y el de los demás… sobre todo el de Bill, esa era la vida que más me pertenecía, sólo estaba en otro cuerpo… pero sería fácil arrebatarle eso a Bill. Mi hermano era tan inocente, tan malditamente ingenuo que lo llevaría a su propia perdición. Me creía todo el cuento… todo lo que yo le decía era ley para él… estaría bajo mi control por siempre, su alma estaba bajo mi control, lo tenía sólo para mí.
Entré a mi habitación de puntillas pasando por los pasillos. Abrí la puerta con lentitud para no hacer ruido… pero me lo encontré allí… ahí estaba él con cara de preocupación, surcada de unas notorias ojeras, extrañas en él… mi pequeño e ingenuo hermano, que apenas me observó al encender la pequeña lámpara de velador, se puso pálido al ver mi rostro, sobre todo mi ojo amoratado y un par de heridas que manaban un poquito de sangre. Sentía mi mejilla hinchada y dolía, pero eso no importaba, ¿qué hacía Bill en mi habitación sin permiso?
Bill se acercó mucho a mí, tanto que nuestros alientos se unieron, mi hermano me miraba preocupado, con compasión. Como si un sentimiento sirviera, como si no supiera que todo lo que él hacía era solo una actitud para que cayera en su juego, yo lo tenía en mi poder, no él a mí… él era ingenuo.
Sin embargo lograba actuar igual o más bien que yo, no admitía que me detestaba, no lo admitía y eso me sacaba de mis casillas.
Era un puto hipócrita, sabía mentirme bien…
Me miró fijamente y me miró las heridas, yo sólo podía cerrar los ojos y apretar la mandíbula, yo no recordaba lo que me había sucedido… no podía recordarlo…
—Tomi… Tomi yo… esas heridas… ¿qué te hicieron? –miraba ahora pálido mientras tragaba saliva. ¿Por qué mierda era así?
—Bill… fuera… ¿Qué haces aquí? No puedes entrar sin mi permiso, eso lo tienes claro… — lo tomé de los hombros con fuerza empujándolo contra la pared. Estaba enojado por sus mentiras… por su eterna falsedad.
—Es que yo… — no lo dejé continuar. Golpeé la pared haciendo que Bill se asustara y callara.
—ándate… no quiero ver tu puta cara… — lo miraba fijamente a los ojos mientras un par de lágrimas brillaban en los ojos de mi hermano, deseosas de arruinar el perfecto maquillaje de mi gemelo – no sé por qué estás aquí… no deberías meterte en mi vida. Déjame en paz.
—Vi cosas…
—Sí, viste televisión, estuviste feliz con mamá y papá mientras yo… tocaba en la banda, ¿ok? Lo capto, no pertenezco aquí… Bill me miró con el ceño fruncido.
—Sí perteneces aquí… ¿Qué pasó? Hermanito estás raro… — apreté aún más mi mandíbula. Quería gritarle, quería decirle que valía mierda, que se fuera para siempre de mi vida, que dejara de ser un maldito hipócrita y que de una vez por todas me dijera que me detestaba – Anda… tócame… — tomó mi mano con lentitud y la dirigió su cuerpo, más directamente a su miembro – sé que eso te tranquiliza…
—¿A qué juegas conmigo? – susurré entre dientes metiendo mi mano en sus bóxers, sí, me relajaba tocarlo — ¿acaso crees que me puedes controlar? – comencé a masturbarlo con lentitud, de arriba hacia abajo, observando sus facciones a la luz de esa pequeña lámpara de velador, observando cada pequeño músculo que se retraía y relajaba con mi tacto, quería gemir, se le notaba en la mirada, pero se reprimía mordiéndose los labios y apretando la mandíbula.
—A… nada… yo nunca jugaría contigo – eso hizo que me enojara un poco más… ya era hora que admitiera… — mm… no tan fuerte…
—Mierda… quiero follarte… — le susurré al oído.
—No… — me abrazó con lentitud – no quieres… sólo tranquilo Tomi… sigue… yo te tranquilizo… mm… Tomi…Tomi…— Tomi… Tomi… di otra cosa…
—Yo sufro como tú… en tu ausencia veo cosas que no deseo… te veo a ti… ah… ah… a ti… y otro chico…él es malo… no te juntes con él.
—No sigas – cerré los ojos con fuerza y lo besé lentamente mientras lo dirigía hacia la salida de mi pieza. Conexión… debía haberlo imaginado…
—él… te trató mal…sentí como él te…
—Calla…
Lo besé con fuerza mientras él terminaba de gemir para correrse en sus bóxers, haciendo que sus piernas flaquearan por el esfuerzo. Lo empujé fuera de mi pieza, cayendo él al suelo con lentitud, sus piernas le habían fallado y pude sentir el dolor en su trasero cuando se golpeó. No era mi culpa… él me había provocado…
Un par de lágrimas de dolor salieron de sus ojos, me acerqué a él con lentitud y nuestros rostros se situaron a escasos centímetros del contrario, y le susurré:
—Nunca le cuentes a nadie lo que viste hoy… nada de lo que sentiste… olvídalo… ni siquiera lo pongas en tema conmigo – tragó saliva nervioso, al parecer quería contármelo para demostrar que era verdad… para eliminarse un peso de encima – si quieres quédate con ese recuerdo… porque yo… yo veo blanco lo que tú viste nítido… — quedó boquiabierto al escuchar esas palabras – y yo no quiero saber lo que pasó… tú eres el que tiene que sufrir – tragó saliva.
Me puse de pie nuevamente, y, sin ayudarlo, cerré la puerta de mi habitación y me senté apoyando mi espalda en la puerta.
Bill sabía lo que él me había hecho, lo que me había dicho, todo lo que había pasado lo tenía él en su carne, en su memoria. No quería saber lo que había pasado, por algo se había bloqueado en mi mente, todo tenía un por qué. Quizás era un comportamiento cobarde, pero…
Palpé mi bolsillo en busca de la ansiada pastilla que siempre llevaba conmigo… él me la había regalado hacía mucho tiempo, y siempre me decía que si quería olvidar algo, cualquier momento de mi vida, que la tomara en ese segundo y lo olvidaría.
Lágrimas comenzaron a salir de mis ojos, totalmente incomprensible e indescifrables, vergonzosas. Un par de gemidos salieron de mi boca por dolor. Me había roto, no había logrado soportarlo…
Esas lágrimas vergonzosas, las sacaría de mi mente para siempre, porque lágrimas así no merecían estar en la piel de Tom Kaulitz.
Saqué la pastilla y la tragué sólo juntando un poco de mi saliva.
Cerré los ojos mientras mi mente se nublaba poco a poco con el pasar de los segundos, incansables segundos que lloraban por mis ojos adoloridos de las lágrimas, tan desconocidas para mi orbes.
Y caí dormido, sumido en una pastilla que me haría olvidar esa noche en la que había llorado… y en la que había amenazado a Bill
Fin Flash Back
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Hasta ahora… mi mente había vuelto a mostrarme esas imágenes como una antigua cinta de video. Esa noche que quería olvidar… en la que de mis ojos habían salido lágrimas por primera vez desde que lo había conocido. Y había amenazado a Bill con eso, con esos recuerdos que sabía aún guardaba en su mente pero de los que nunca había hablado por mi advertencia.
Desde ese día en adelante me sentí dueño de un mundo nuevo en el que mi más preciada y ambiciosa pieza me había guardado un secreto doloroso, su mirada lo había revelado todo… él no me odiaba, a pesar de que yo quería que lo hiciera, a pesar de que yo quería creer que él me detestaba para yo tener un pretexto para tratarlo así… me había tratado desde siempre como una especie de Dios, como su única manera de existir, y por eso me había aguantado todos mis momentos… hasta el presente, aguantaba cada actitud mía.
Debía hablar con él, tomarlo en mis brazos y por lo menos por una vez tratarlo con delicadeza para que así me perdonara, no le imploraría, sólo le diría que a veces era así… lo haría sentir culpable diciéndole que se había pasado con sus palabras, que por eso yo había actuado así. Tendría un poco de razón, él había sido un hijo de Puta hablándome como se le daba la gana, y él era sólo la pieza de mi tablero, no tenía control de sus actos, yo era su titiritero. Merecía un castigo… se lo hubiese dado si no lo hubiesen salvado mis peones. Unas simples piezas de mi obra maestra habían logrado salvar a la pieza más valiosa del tablero bicolor.
Él no me odiaba, no me detestaba como yo a él, por ser siempre el más importante y frágil de los dos, mi pobre hermanito pelinegro debía ser tratado con delicadeza por su inestabilidad y dulzura… lo detestaba, porque no me gustaba ser su sombra… toda la vida lo había sido… gracias a mis padres, a toda la gente que no me quiso conocer, sólo miró al chico tierno y dulce que sonreía a todos, nunca al niño que lloraba, que mostraba sus sentimientos, siempre el que sonreía y fingía que la vida era perfecta… para él lo era…
Scoty me ladró haciéndome volver de mi trance. Me puse de pie y lo miré con seriedad. Le dije que dejara de ladrar para así estar más tranquilo, y luego lo tomé en mis brazos para subirlo a mi cama, eso me daría tiempo para cambiarme de ropa y salir.
Acaricié el lomo suave del cachorro y le sonreí. Escuché a mis padres caminar hacia la habitación de Bill, tranquilamente entré a bañarme, desnudándome en el camino al baño, quedando a mitad de camino ya totalmente desnudo. Sabía que nadie entraría a mi pieza, lo tenía más que claro, por lo que no me preocupaba porque me pusieran malas caras o me reprendieran por ser tan liberal. Mis papás nunca se habían preocupado por mí, como lo hacían con mi débil hermanito.
Lamentablemente, necesitaba sexo, y del duro… en ese momento no me interesaba con quién o dónde. Porque haber llegado tan lejos con Bill, aunque hubiese sido a la fuerza y de manera brutal, me había hecho mal, me sentía extraño… y eso sólo lo podía parar teniendo sexo o tocando a Bill… debía descartar la segunda opción… Bill estaba dañado, y no me dejaría acercarme a él en un buen rato. Me masturbaría, sí, era lo más fácil, era penoso… pero no había otra opción en ese momento.
Mi juguete se había roto porque lo había tratado muy mal, y sinceramente… este juguete no quería desecharlo todavía… lo sanaría… pero para eso… debía hablar con él… suspiré cansado. Hablar con mi hermano no estaba en mis planes… pero si eso hacía que volviera a entrar a mi tablero… lo haría… lo necesitaba, al final a él debía hacerle el jaque mate.
Me metí a la ducha rápidamente mientras me tocaba en mi punto sensible del cuerpo nuevamente excitado, gruñendo algunos momentos, otros gimiendo un poco, intentando imitar a Bill. Era imposible, sólo él podía, a mí me salían sonidos roncos. Cuando me corrí en la ducha, logré relajarme por fin después de una mañana tensa. Me lavé el cuerpo con una esponja anaranjada y cuando hube terminado de lavar mis rastas cuidadosamente, salí de la ducha con una toalla en las caderas.
Salí rascándome un poco la cabeza, no era que tuviera bichos, simplemente tenía un pensamiento en la mente que no quería salir.
Pero entonces algo se me hizo raro… algo faltaba en mi habitación. Miré mi cama, el suelo, la caja…
— ¡Scoty! Mierda Scoty… ¡¿Dónde estás?! ¡Cómo te estés escondiendo de mí…! – escuché unos ladridos suaves en el pasillo.
Rápidamente me puse lo primero que encontré en mi armario, unos bóxers esta vez blancos con una banda naranja, unos pantalones grandes como siempre, pero esta vez que no tuvieran costuras, venía la familia hoy…
Y salí sin polera a la busca del cachorro. “Dónde está, dónde está…” estaba desesperado por encontrarlo… llegué a las escaleras dispuesto a gritarle a medio mundo cuando vi a mi hermanito ya vestido y maquillado, sentado en las escaleras, con el perrito bicolor en sus manos, que apenas me vio, movió el rabo, pero no se movió de su posición. Bill tampoco volteó a verme cuando dije su nombre, sólo procuró no estremecerse.
No hizo efecto…
Era ahora o nunca.
Me acerqué a mi hermano con cautela, esperando que no saltara, y me senté al lado de él, le iba a tocar el hombro, pero apenas vio mis intenciones, exclamó entre dientes:
—No se te ocurra tocarme – levantó su dedo índice en amenaza. Tomó a Scoty de sus ancas y me lo pasó sin mirarme, tenía su pelo perfectamente alisado, pero un mechón tapaba gran parte de sus ojos – Agradece que lo salvé, mamá y papá lo sacaron de casa, alcancé a decir que era mío… — sonreí mientras Bill se mordía el labio al arrepentirse de sus palabras.
—Entonces, si es tuyo, deberías…
—No quiero tener nada tuyo Tom Kaulitz. – siempre usaba mi nombre completo cuando estaba “enojado”. Se cruzó de brazos y reprimió el deseo de mirarme. Bajó la vista y se le tapó más la cara, comenzó a contar el tiempo con el pie.
—Bill… aunque tú no quieras… – lo miraba fijamente, pero ni se dignaba a darme su vista. Acaricié a Scoty – Tenemos que hablar…— Yo no tengo nada que hablar contigo…
—Sí, no eres tú el que tiene que hacerlo, yo tengo que hablar contigo.
Terminé diciendo antes que tocaran la puerta un poco insistente. Bill se puso de pie de un salto, me observó con el rabillo del ojo por una milésima de segundo, y se estremeció antes de correr hacia la puerta y abrirla de un aventón.
Una cabellera rubia hizo aparición tímidamente, y un Bill eufórico y alegre lo abrazó sin rechistar.
Me puse de pie y subí las escaleras con el perrito en mis manos.
Por lo menos había algo bueno este día: tenía nueva mascota….
Pero quizás perdería a mi juguete favorito por un arrebato de bestialidad.
Continúa…
Gracias por la visita.