«I’m in love with a ghost»

Capítulo 15: El mejor regalo

Ese día me levanté sin despertar a Tom pues parecía estar profundamente dormido, no pregunten cómo es que lo sé cuándo él es invisible, pero bueno, al parecer su respiración profunda me lo decía. Me vestí con una camisa de estampado rojo, unos pantalones y un chaleco, todo de color negro. Arreglé un poco mis uñas y cepillé mi cabello, dejándolo completamente lacio y suelto. Maquillé alrededor de mis ojos con algo oscuro y estuve listo.

— Wow ¡Te ves muy lindo! —La voz de Tom me espantó un poco pero sonreí de todas maneras. Amaba cuando me decía cosas así.

— Tú también te ves muy lindo Tomi.

— ¿Y de qué vale si siempre uso la misma ropa?

— ¡Thomas! Te ves hermoso con eso que traes puesto. — Aseguré mientras me recostaba a su lado. — Así como eres te amo. ¿Está claro? Ya deja de quejarte. —El fantasma sonrió levemente y besó mi frente.

— ¡Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti, Feliz cumpleaños amado Bill, Feliz cumpleaños a ti! —Cantó con una voz muy suave, haciendo que mi corazón saltara de emoción.

— Gracias. —dije y me aferré más a él. Alcé mi rostro, y sin siquiera avisarme, Tom me besó en los labios, sentirlo así de cerca era exquisito.

Si fuera por mí, me hubiera quedado en esa cama todo el día con mi extraño novio, pero tenía que salir muy a mi pesar.

La señora Carolina me había preparado un pastel delicioso: de chocolate con algunas fresas encima. Fuimos al comedor y ahí estaban los G’s, los papás de Andreas y el rubio.

— Ten Bill… —musitó el señor Ferdinand, mientras estiraba un sobre— Carolina me dijo que piensas regresar a tu antiguo hogar, así que creo que eso te será de mucha ayuda. — Abrí aquel regalo con algo de cuidado, en su interior se encontraba un cheque con un valor de cinco mil euros.

— Señor, yo no puedo aceptarlo, es mucho dinero y ustedes… Ustedes ya han hecho bastante por mí. —Estiré el sobre hacia él, pero con su mano lo empujó.

— Mira, te vas a poder mantener bien con eso por algún tiempo. Tómalo por favor… —pidió sonriente— Carolina y yo sólo queremos ayudarte en lo que podamos. — Lo pensé un poco más y terminé aceptándolo, de todas maneras, seguramente lo necesitaría.

— Gracias…

— Bien, ¡Va nuestro regalo! — Andreas parecía estar emocionado. Me dio una bolsita y yo la abrí. — Los G’s y yo esperamos que te guste.

Mi boca era una gran “O” literalmente, porque el regalo era un portaretratos con una foto que jamás había visto de mi madre, se veía hermosa, sonriente y feliz, como siempre.

Tom sonrió nervioso desde el otro lado de la habitación, estaba recargado en la pared como le era costumbre.

Sonreí con un poco de melancolía, me encantaría que él pudiera estar aquí conmigo y con todos disfrutando del pastel, de abrir los regalos… Disfrutando del amor que nos teníamos el uno al otro, pero tenía que saber desde el principio que eso sería imposible, posiblemente siempre sería así.

— Gracias chicos… —musité— En verdad lo aprecio mucho. Señor Ferdinand, señora Carolina, jamás olvidaré todo lo que han hecho por mí y créanme, aunque me vaya, seguiré ayudándolos con los gastos de la casa y lo que pueda, no me lo pueden negar.

La pequeña reunión continuó por un par de horas más, luego de eso regresé a mi habitación junto con Tom. — ¿Sabes? —dijo mientras se sentaba en la cama y se apoyaba en sus palmas para poder inclinarse un poco hacia atrás. — Yo también te tengo un par de regalos.

— ¿En serio? — exclamé sorprendido y él asintió, luego golpeó la cama para que me sentara a su lado. Cuando lo hice Tom se levantó y abrió el cajón del buró. — ¿Qué haces? —cuestioné entre risas cuando vi que el fantasma sacaba una hoja blanca doblada, regresó hacia mí pero no se sentó sólo extendió su mano.

— Ten —susurró sonrojado. Desdoblé aquello con un poco de desesperación, era una pequeña nota que decía: Yo sé que mi corazón no late más, pero siéntete dueño de él. Lo miré con los ojos un poco vidriosos, su letra era realmente hermosa y todo se hacía aún más bello con lo que había escrito para mí. Me levanté a abrazarlo y él me correspondió justo como quería. Agradecí aquel gesto en voz baja.

— ¿Por qué no me dijiste que ya podías escribir? —pregunté sin separarme de aquel cálido abrazo.

— Porque se suponía que era una de las sorpresas para tu cumpleaños —explicó como si fuera lo obvio— ¿Te gustó?

— Mucho… —Nos alejamos un poco y me miró unos cuantos segundos.

— Bien, ahora vámonos.

— ¿Irnos? … ¿A dónde?

— Tiene que ver con la otra sorpresa —confesó.

— Y ¿Por qué no me la das aquí?

— No puedo. — Tomó mi mano y comenzó a jalarme fuera de la casa, sin importarle que durante el trayecto alguien me viera y me cuestionara si algo sucedía con mi brazo, aún así fue algo más que tendría para recordar.

Tom me dirigió a la escuela, era domingo y por supuesto que no había nadie. Entramos por el patio trasero hacia la biblioteca, nos sentamos entre el último y penúltimo anaquel, justo como la vez pasada, en sus ojos había un brillo extraño, como de miedo, felicidad y emoción al mismo tiempo, era raro. Aunque con el de trenzas hasta el más mínimo roce era extraño, así que no era nada que tuviera que sorprenderme.

— Espero que te guste… —musitó antes de cerrar los ojos.

De repente, la temperatura comenzó a descender, hacía bastante frío, incluso de mi boca salía vaho. Tom parecía estar concentradísimo en aquello que estaba haciendo, se veía hermoso así.

Bill… — Se escuchó y de inmediato pude reconocer de quién era aquella voz.

— Mamá. — Musité con varias lágrimas escapando por mis mejillas al suelo. Tom abrió los ojos y me miró.

— Cariño, voltea —ordenó con voz suave. Lo hice con algo de miedo y emoción. Cuando veía para el otro lado, me sorprendí mucho al reparar en la persona que se encontraba ahí parada, entonces me levanté y corrí hacia ella.

— ¡Mamá! —grité y la abracé. Se veía hermosa, su mirada irradiaba paz y amor. — Te he extrañado mucho —dije sin soltarla pero ella me separó de su cuerpo.

— Pero tienes a Tom contigo. — Ella lo miró con agradecimiento. —Hijo, no quiero que me extrañes —pidió sonriente.

— ¿Por qué no?

—Porque no puedes vivir atado a mi recuerdo. Ya te lo dije, Tom está contigo, lo estará hasta cuando tú quieras. — Suspiré, pero en parte ella tenía razón.

Yo le debía mucho a ese chico de trenzas, es más, estaba completamente enamorado de él y ya no podría vivir sin su presencia, sin sus hermosas palabras. Tom se acercó hasta mí y me tomó de la mano.

— ¿Lo amas Bill? —cuestionó de repente. Miré a mi hermoso novio y me apresuré a contestar.

— Por supuesto que lo amo.

— Entonces, lucha por eso que sientes cariño, ambos luchen por su amor. — Mamá acarició mi mejilla derecha suavemente. — ¿Saben? Alguna vez escuché por ahí que las almas gemelas nunca mueren, ¿creen que sea verdad? — Estuve a punto de contestar, pero ella simplemente no me dejó. — Tengo que irme.

— ¿Qué? … ¿Tan pronto? —asintió.

— Yo ya cumplí todo lo que tenía que hacer en éste mundo, pero recuerda que te quedas con Tom y será muy difícil que él se vaya —sonreí ante ese hecho— Gracias por todo —dijo al de trenzas.

— No tiene nada que agradecer señora… Ojalá algún día nos volvamos a ver. — Ella negó sonriente, me dio un último abrazo en el cual cerré fuertemente los ojos, dejando que algunas lágrimas más se escaparan. Cuando los abrí, ella ya no estaba ahí.

— Gracias Tomi —musité mientras me aferraba al cuello de mi amado— Gracias por hacer que la viera de nuevo, aunque fuera por última vez.

— Cariño, era lo menos que podía hacer para ti. — Tomó mi mejilla y besó la comisura de mis labios.

— Éste sin duda es el mejor regalo que alguien me ha dado en toda mi vida —sonrió.

Nos quedamos por algún tiempo más en la biblioteca, hasta que el sol se escondió por completo y la oscuridad era notable. Regresamos a casa tomados de la mano, me importó poco la gente que nos veía y que me miraba raro por tener en esa posición mi extremidad, seguramente pensaban que yo era un loco, claro que lo era, estaba loco por Tom y sus pensamientos me daban igual.

Ninguno de ellos podría siquiera vivir una pizca de lo que yo estaba viviendo, ninguno.

Continúa…

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