«I’m in love with a ghost»

Capítulo 17: Anne Müller

La alarma sonó puntual a las seis de la mañana. Me levanté y me puse una camisa roja y negra, unos pantalones y tenis negros. Cepillé mi cabello peinándolo en una coleta no muy alta.

— ¿Ya nos vamos? — Preguntó Tom de repente, tomé mi mochila que estaba en el suelo y me la colgué al hombro. — Sí. — Caminó hacia mí y tomó mi mano, sonreí ante aquel gesto recordando el día de mi cumpleaños, cuando salimos de la escuela tomados de la mano con la mirada de las personas sobre nosotros.

Bajamos a la sala y tomé un poco de dinero para comprarme algo durante el almuerzo. Cuando salimos, los G’s y Andreas ya nos esperaban.

— Hola — Saludé con mi brazo aún inclinado, ellos me vieron raro, así que muy a mi pesar tuve que soltar a Tom. Comenzamos a caminar hasta la escuela. — ¿Qué tienen esos dos? — Exclamé cuando vi que los G’s hablaban amenamente, sin siquiera voltearnos a ver un poco.

— Creo que ya se reconciliaron… —dijo Andreas— Incluso fueron hasta mi casa a recogerme y en el camino hacia la tuya ni me pelaban. Por eso los apresuré a que llegáramos. Me aburrí —sonreí. Seguramente ellos ya habían arreglado las cosas.

— Pues no hacen tan mala pareja ¿eh? — Aseguró Tom de repente y no pude evitar voltear a verlo, sin discreción alguna. — Aunque no se ven mejor que nosotros. — Y por andar distraído con la maravillosa sonrisa y la profunda mirada que el de trenzas tenía, tropecé sin caerme, aunque aún así me gané la risa sonora del rubio.

Llegamos a la escuela pocos minutos después. Fuimos al salón, en todas las horas Gustav y Georg no dejaban de mirarse, lo peor es que por mucho que trataran de disimular un poco, todos se estaban dando cuenta, aunque en verdad parecía no importarles.

La hora del almuerzo llegó rápido. Como siempre nos sentamos en una de las mesas que había en el patio, aunque ésta vez fue en una de las más alejadas y sin la presencia de la novia de Andreas.

— No entiendo que puede ser tan malo como para que Alicia no pueda sentarse con nosotros como siempre. — El rubio estaba enojado, cruzado de brazos y miraba a Gustav con ojos que parecían lanzar fuego.

Los G’s estaban sentados el uno al lado del otro, frente a ellos Andy y Tom y yo a su lado.

— Andreas, puede que sea tu novia pero aún no le tenemos la suficiente confianza para lo que tenemos que decirles… — Andy resopló. Pareció que lo pensó un poco y terminó asintiendo. De todas maneras el de lentes tenía un poco de razón. Llevaba saliendo con Alicia hacía poco más de un mes, todavía no era el tiempo suficiente para que se entrometiera en ese tipo de asuntos, mucho menos si los que iban a hablar eran sus amigos y no estaban de acuerdo con su presencia.

— Bueno, ¿Qué es lo que tienen que decirnos? —cuestioné con una gran sonrisa en mi rostro. Gus tomó un poco de aire y luego, él y Georg entrelazaron sus manos, gesto que sorprendió mucho al rubio. A mi sólo pudo ponerme feliz.

— Pues… Bill, Andreas… — Tomó una gran bocanada de aire. — Georg y yo tenemos una relación. Somos novios. — La boca del rubio era una literal “O” muy grande, la mía era una gran sonrisa igual que la de Tom. Él y yo teníamos las manos tomadas por debajo de la mesa.

— ¿Es en serio? —cuestionó Andreas.

— ¡Claro que sí! No bromearíamos con algo así… —dijo el castaño un poco ofendido.

— ¡Genial! ¡Por fin se dan cuenta! — Festejó mi amigo mientras se levantaba de su lugar.

Los G’s se sonrojaron.

— ¿Cómo que darse cuenta?

— ¡Por dios Gustav! A ti se te notaba demasiado, ni siquiera podías disimular un poco, Georg si sabía, pero había momentos en los que ni escondía que te miraba como bobo…

— Ambos chicos se miraron y sonrieron un poco apenados.

&

Después de la escuela Tom y yo fuimos a la pequeña cafetería en la que trabajaba. Mientras atendía a algunos clientes encontraba un poco de tiempo para poder hacer mi tarea y también para admirar al fantasma. Estaba sentado en una de las mesas de la esquina con la mirada perdida, parecía absorto en sus pensamientos.

La duda me comía por dentro, pero definitivamente no podría sentarme con él a platicar un rato, estaba trabajando, además, hacerlo sería muy sospechoso y raro.

El día se pasó rápido, a las siete de la noche mi turno terminó y por fin pudimos irnos a casa. Como era de noche y estaba oscuro, Tom y yo nos tomamos de las manos, aferrándonos el uno al otro como si fuera la última vez.

Llegamos a casa en un cómodo silencio, me di una ducha rápida y ambos nos metimos a las sabanas de la cama. Me sentía sumamente cansado.

— Tomi…—musité en medio de la penumbra de la habitación.

— ¿Qué pasa cariño?

— ¿Qué tenías hace rato? Te veías pensativo.

— Oh… Estaba pensativo —contestó.

— ¿En qué pensabas?

— En Gustav y Georg —fruncí el ceño.

— ¿Por qué en ellos?

— Porque hoy ellos hicieron “formal” su relación. Pensé que tal vez nosotros nunca podamos hacer lo mismo… —suspiró y busqué su mano por encima de las sabanas.

— Tom, lo haremos. ¿Recuerdas lo que dijo mamá? Debemos luchar por lo que sentimos… — Besó mi frente y sonreí. — Oye, ¿cuándo me llevarás a casa de Anne?

Rió un poco. — Eres un tonto Billie, apenas y tienes tiempo para todo lo que haces, pero tranquilo — Apretó mi mano. — Iremos éste mismo fin de semana.

La semana se pasó lenta, pero realmente lo agradecía porque así podía pensar mucho mejor en las cosas que le diría a Anne. Tenía tanto que reclamarle, tanto que preguntarle, tanto que quería saber, podría parecer un chismoso por completo, pero es que seguía sin entender cómo es que ella pudo haber engañado a Tom de la manera en la que lo hizo.

Cuando el sábado por fin llegó, me levanté sin despertar al de trenzas, desayuné y me cambié de ropa, me maquillé también por supuesto. El fantasma se rió de mí porque decía que parecía hasta emocionado por verla.

Salimos de casa como a las doce o una de la tarde, caminamos hasta la Universidad en donde él estudiaba y luego de eso, el camino duró seis calles más. Llegamos a un lugar en donde había muchos departamentos y entramos.

— Buenas tardes… — Saludé a una señorita que se encontraba detrás de un escritorio, ella me miró extraño.

— Dígame. — Miré a Tom de reojo.

— Dile que vienes a ver a la señorita Anne Müller.

— Vengo a ver a la señorita Anne Müller. — Tomó el teléfono que tenía ahí y se lo puso en el oído.

— ¿De parte de quién?

— Bill Kaulitz. — Esperé impaciente unos segundos hasta que ella habló, la otra chica pareció desconcertada, seguramente se estaba preguntando quién diablos era yo y por qué iba a verla.

— La señorita Anne viene en unos minutos. — Avisó la recepcionista. Por las escaleras bajó una chica que reconocí de inmediato por la descripción que Tom me había dado cuando me contó sobre ella.

— Hola…— Saludó viéndome de arriba a abajo, cuando regresó su vista a mi rostro se mordió el labio. — ¿Quién eres lindura? — Sí, perra por completo.

— Mi nombre es Bill y necesito hablar contigo ahora —dije serio.

— Sígueme. — Indicó y comenzamos a caminar hacia su departamento. Subimos hasta el tercer piso, abrió la puerta y entramos. — Siéntate. — Así lo hice, Tom estaba parado justo detrás de mí en aquel sillón. — Y bueno, ¿en qué puedo servirte Bill?

Suspiré tomando mucho aire. — Soy amigo de Thomas Trümper. — Solté de golpe y las palabras no le cayeron del todo bien porque se puso demasiado pálida.

— Has dicho de… ¿Thomas Trümper?

— Sí. Necesito explicaciones querida Anne —pedí sarcástico— ¿Por qué diablos lo engañaste con Gerard?

— ¿Qué? … ¿Tú cómo sabes eso? —cuestionó un poco alterada.

— Él me lo contó.

— ¿Él? Pero eso es imposible, ¡Tú estás loco!

— La única loca aquí eres tú… — Me levanté amenazante y la tomé por los hombros sacudiéndola un poco. — ¡Dime por qué!

— ¡Porque no lo amaba!

— Entonces, ¿por qué simplemente no terminaste con él? ¡Se murió por tu culpa! ¿Acaso ni siquiera te arrepientes?

— ¡Yo no lo maté! … ¡Joder! Tampoco lo obligué a que se peleara con el estúpido de Gerard y si te hace feliz, debes de saber que él se suicidó poco después de lo que pasó, el idiota no aguantó el remordimiento. — Se zarandeó zafándose de mi agarre.

— ¿No te arrepientes tampoco de haberlo engañado? — Estaba enfurecido, apretaba mis manos fuertemente e incluso mis nudillos ya estaban blancos.

— ¡Eso a ti no te importa! Es y será mi vida. — Ella se aguantaba las lágrimas, seguramente estaba realmente arrepentida pero no quería admitirlo. Volteé por instinto a cualquier otro lado, no quería mirarla más. En mi camino me encontré con una pequeña mesita que estaba al lado de uno de los sillones y divisé una foto, caminé hacia ella y la miré. Era Tom, se veía sonriente y muy feliz. Tomé el portaretratos, sacando la foto para luego meterla a mi bolsillo del pantalón tratando de no doblarla en lo más mínimo. —¿Qué es lo que haces?

— Llevándome lo que es mío.

— ¿Lo que es tuyo? — Me paré justo frente a ella y sonreí sarcásticamente.

— Tom y yo somos novios. — Caminé arrogante hasta la puerta seguido del de trenzas, Anne veía algo con horror, era Tom, que ahora era visible para ella también, estaba parado junto a mí sonriente como en la foto. — ¿Sabes qué? Ni siquiera eres tan bonita como te imaginé. — Y salí de ahí satisfecho por lo que acababa de hacer.

Continúa…

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