«I’m in love with a ghost»
Capítulo 18: Nos amamos
— Tenemos que ir al cementerio… —musitó Tom una vez que estuvimos fuera de aquél lugar. Lo miré un poco extrañado pero casi al instante comprendí cual era la razón por la que quería ir: Gerard.
Asentí y comenzamos a caminar un poco, no importaba que el cementerio quedara algo lejos de ahí, ambos queríamos pensar un poco. En menos de veinte minutos llegamos y entramos.
Caminamos por entre las tumbas sin tener rumbo fijo, sólo leyendo los nombres de todas aquellas personas en silencio. Un señor de edad avanzada se encontraba barriendo, así que me acerqué a él. — Buenas tardes —saludé.
— Buenas tardes joven.
— Disculpe, ¿usted no sabe si aquí está sepultado el cuerpo de Gerard…?
— Su apellido era Blumer —complementó Tom cuando vio que yo no lo sabía.
— Sí, de Gerard Blumer…
— Oh, sería cuestión de revisar el libro —contestó sonriente— Sígame por aquí. — El de trenzas y yo seguimos el camino de aquél señor, llegamos a una habitación en donde sólo había un escritorio, una silla y un estante no muy grande con varias carpetas. Él tomó una de ellas entregándomela. — Puede buscar aquí el nombre de esa persona, viene también el pasillo en el que su tumba se encuentra.
— Muchas gracias. — El señor salió de ahí, yo me senté en la silla y el fantasma se puso a mi lado para poder ayudarme. Busqué la letra B y luego fui pasando mi dedo por cada nombre que había ahí. Eran cientos y cientos los apellidos que comenzaban con esa letra, pero después de varios minutos pude encontrarlo. — Aquí está. —dije satisfecho— Blumer, Gerard. Está en el pasillo 15, sólo dice eso.
Ambos salimos del cuarto y comenzamos a buscar el pasillo 15, lo cierto es que ni siquiera eran pasillos, sino caminos chuecos que sólo se podían distinguir por el número que estaba al inicio de éstos. Cuando lo localizamos, nos separamos para poder encontrar la tumba, de repente Tom se quedó inmóvil frente a una de ellas, parecía estar un poco sorprendido. Corrí hacia él y puse una de mis manos sobre su hombro.
— Tranquilo Tomi… — Fue todo lo que pude decir porque parecía que el de trenzas se pondría a llorar en cualquier momento y lo que menos quería era que eso pasara.
— Me siento culpable, eso es todo. — Musitó sin quitarle la mirada a la tumba.
— ¿Por qué? Tú no tienes la culpa de nada…
— Está muerto Bill…
— ¿Y qué? —interrumpí— Si estás muerto es por su culpa, aunque lo que pasó fuera un accidente. ¿Por qué crees que se suicidó? Fue sólo porque se sintió culpable y lo era. —dije. Sí, era cruel, pero era la verdad.
Él volteó y me miró dándome la razón de lo que le estaba diciendo. Aún así no evitó llorar y yo lo abracé demostrándole todo el apoyo que le daba.
&
El tiempo siguió su curso, la graduación de la preparatoria llegó más rápido de lo que pude haberme imaginado. Andreas siguió la relación con su novia, parecía que los G’s cada día estaban más felices y bueno, Tom y yo no éramos la excepción, aunque nadie se enterara.
Gustav y Georg habían decidido hablar con sus familias de una vez sobre la relación que tenían, el señor Jurgen fue el primero en enterarse y por lo que ellos mismos nos habían contado, él lo había tomado muy bien. Ahora los únicos que faltaban eran los padres de Georg, que creían eran los más difíciles.
El castaño preparó una cena aquel día, era martes. Incluso Andreas y yo le ayudamos con algunas cosas. Cuando la noche llegó nosotros nos despedimos para que él pudiera arreglarse un poco, estaba completamente nervioso, sabía que las cosas no serían tan fáciles con sus progenitores.
Se vistió con algo no tan formal, dejó su cabello suelto y lacio como la mayoría de las veces lo hacía. Esperó en la sala de su casa, sentado en uno de los sillones, a que Gustav llegara, sus padres estaban en su habitación. A los pocos minutos alguien tocó la puerta y él de inmediato se levantó a abrir, era el de lentes por supuesto.
Se saludaron con un rápido beso en la comisura de sus labios y Gustav entró a su casa.
— ¿Y tus padres? —preguntó nervioso.
— En su habitación, creo que ya voy por ellos. — Georg se dio la vuelta pero Gus lo detuvo sosteniéndolo de uno de sus brazos. — ¿Qué pasa?
— Te amo… —dijo mientras se sonrojaba notablemente. El castaño no evitó darle un abrazo y luego de eso se fue corriendo hacia la planta alta, a la habitación de sus padres. Golpeó la puerta suavemente un par de veces hasta que los dos salieron, ambos vestidos como si fueran a la boda real o algo parecido.
Los tres bajaron, sus papás estaban un poco desconcertados porque no entendían para qué tanto misterio por parte de su hijo, sospechaban que les presentaría tal vez a su novia o algo parecido, pero desecharon la idea en cuanto vieron al de lentes.
— Señora Giselle, señor David, buenas noches… —saludó.
— Hola Gustav. — Ella le dio un rápido abrazo, mientras que el señor extendió su mano, dando un amistoso apretón, aunque ambos seguían sin entender que era lo que él estaba haciendo ahí.
— Vamos… Vamos a la mesa, la cena ya está lista… — Todos hicieron caso y los dos señores se sentaron, mientras que los G’s servían la comida. Luego de eso comenzaron a ingerir los alimentos.
El ambiente era sumamente pesado e incómodo, había un silencio terrible, nadie sabía que podía decir en esas circunstancias porque por lo menos David y Giselle no estaban enterados por qué tenían que estar ahí.
Unos veinte minutos después, la cena hubo terminado, recogieron los platos sucios de la mesa pero se quedaron ahí sentados bebiendo un poco de vino. — Necesito saber qué es lo que tienen que decirnos, ¿para qué ésta cena? —cuestionó David con voz firme y seria. No había perdido su tiempo para nada.
— Papá… Mamá… —Georg respiró profundo, estaba nervioso, nervioso como nunca creyó poder estar, él siempre había sido alguien seguro, alguien a quien le importaba poco las consecuencias de sus actos, pero las cosas estaban cambiando y estaba completamente seguro que después de lo que iba a de decir, nada volvería a ser igual.
— Georg, di lo que tengas que decir de una vez. Sabes que me molesta que le den tantos rodeos a las cosas. — Ordenó molesto, él miró por última vez a Gustav buscando el apoyo en su mirada y claro que lo encontró, incluso descifró que el de lentes estaba dispuesto a ser quien dijera lo que pasaba, pero no, eso era obligación de él mismo.
— Papá, mamá… — Hizo lo mismo que cuando nos lo dijo a nosotros, tomó la mano de Gustav por encima de la mesa. — Él y yo somos novios, nos amamos. —confesó rápido.
— ¿Qué? — Exclamaron sus progenitores al unísono sin poder creerlo.
— Lo que escucharon papás. Amo a Gustav y él me ama a mí, somos novios y queríamos que lo supieran. — El señor David, director de la preparatoria y universidad a la que pronto asistiría, comenzó a reírse a carcajadas grandes, su esposa lo miró incrédula.
— Es una broma, ¿no es cierto? Oh chicos, estuve a punto de creerme que era cierto…
— Y siguió con su risa escandalosa.
— Papá, no es una broma. —dijo Georg serio.
— Pero… Esto no puede ser posible. ¡Mi hijo no puede ser un maricón de mierda! — Gritó tan fuerte que espantó a todos los que estaban ahí, se levantó de su asiento y golpeó la mesa con sus dos puños. — Yo no voy a permitir esa relación.
— No te estoy pidiendo permiso papá, sólo te estoy avisando, quería que lo supieran pero nada más.
— O sea que no te importa lo que tu madre y yo opinemos.
— Sí me importa y mucho, pero no voy a permitir que interfieran en nuestra relación.
— ¿Es tu última decisión? — Preguntó mirando con furia a Gustav, se sintió engañado y con ganas de vomitar. ¿En qué momento su propio hijo y su mejor amigo se habían vuelto maricones? Eso era lo que se preguntaba pero no lograba encontrarle una respuesta.
— Sí, es mi última decisión. —contestó el castaño más seguro que nunca.
— Bien, lárgate por tus cosas, si te empeñaras en ser un maldito gay, te olvidas de que existimos.
— Pero David… — Su esposa quiso interrumpir y defender a su hijo, pero sólo recibió un grito para que se callara.
Georg no dijo nada más, tomó a Gustav de la mano y ambos subieron a su habitación. Comenzaron a empacar sólo su ropa, zapatos, echó su computadora portátil, su celular y algunas otras pertenencias.
— Georg, ¿estás seguro de esto? —cuestionó el otro chico antes de que terminaran de cerrar las maletas.
— Claro que estoy seguro —contestó el castaño mientras tomaba de las manos al otro— Te amo y no voy a permitir que mi papá interfiera en esto. — Gustav sonrió.
Terminaron de cerrar el equipaje, Georg tomó sus ahorros y luego de eso salieron de la habitación, bajaron por las escaleras cada uno cargando una maleta diferente, sus padres estaban sentados en la sala.
— Hijo —dijo David seriamente— Si te vas, te olvidas de que tienes padres. — Sin volver a voltear, los dos salieron de la casa y caminaron juntos envueltos en la oscuridad de la noche.
Continúa…
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